|
Introducción
Este artículo presenta resultados todavía preliminares de la investigación sobre el
desempeño del Ejército en el período Samper que se adelantó durante el año 2000 y que
todavía no ha culminado. Este proyecto partió de la siguiente hipótesis de trabajo: el
Ejército se consolidó, entre 1994 y 1998, como un actor más de la violencia al perder
parcialmente su rol protagónico como encargado del monopolio del uso de la fuerza; en
varias zonas del país y momentos de ese período se sustrajo del conflicto entre grupos
armados irregulares (guerrilla y paramilitares); esta situación contrasta con el aumento
en hombres y recursos que ha sido la tendencia de la última década y que en el período
Samper pareció mantenerse.
Como
punto de partida cabe señalar que se caracteriza al Ejército colombiano como un actor
institucional histórica y estructuralmente débil aunque crecientemente constituido en
una organización burocrática grande y compleja que no sólo responde a los avatares del
conflicto sino que funciona en el marco administrativo e institucional propio del Estado
colombiano. Actor institucional encargado de ejercer el monopolio legítimo del uso de la
fuerza para el Estado colombiano y de cumplir una función constitucionalmente delimitada,
pero que como organización ha desarrollado unos objetivos e intereses institucionales
propios, aunque enmarcados en los que constitucionalmente debe defender. Desde esta
perspectiva analítica, se intenta una evaluación de su desempeño institucional que
está en permanente discusión con las hipótesis mencionadas.
Para
ello, se han desarrollado tres fases en lo relativo a la recolección y procesamiento de
la información. Una primera que recogió la información sobre el Ejército en ese
período, de acuerdo con la bibliografía existente y con una cuidadosa recolección de
prensa y de alguna documentación de primera mano
2
.
A partir de esta información, en una segunda fase se construyó una matriz
temático-cronológica, disponible para ser consultada, en la cual se indagó cuáles eran
tanto temporal como temáticamente, las cuestiones de mayor importancia en el desempeño
del Ejército en los cuatro años estudiados. En ese ejercicio se revisaron tanto las
hipótesis, como las temáticas centrales a considerar, asuntos que condujeron a
replanteamientos importantes para la tercera fase, los cuales se reflejan en la estructura
del texto que aquí se desarrolla, en las entrevistas que se han adelantado y se piensan
adelantar todavía. En ese ejercicio quedó muy en claro que la investigación
necesariamente se ha apoyado prioritariamente en información exógena a la institución y
a su desempeño, lo cual le da una perspectiva determinada al trabajo adelantado que es
necesario tener en cuenta: hay un vacío, sólo parcialmente resuelto, en lo relativo a la
dimensión endógena del tratamiento de estos temas; y, aunque aspectos relacionados con
las cuestiones de estructura institucional, funcionamiento y desarrollo como organización
compleja, son relativamente tenidos en cuenta, ameritan un tratamiento aún más elaborado
para una adecuada aproximación al desempeño de la institución en un determinado
período.
Este
artículo, junto con otras elaboraciones preliminares, constituye un resultado tentativo
que corresponde a los rasgos señalados. Las tres temáticas que se han considerado más
relevantes y sobre las cuáles se ahonda, previa una referencia a los rasgos básicos de
la institución en el período, son: las relaciones Ejecutivo-cúpula militar, el
desempeño operacional militar y el gasto militar. Son tres temáticas relativamente
autónomas en su análisis y exposición, aunque evidentemente interrelacionadas en su
desarrollo. No obstante, y tal y como se presentan aquí, se ha preferido la exposición
paralela y complementaria, sin pretender una síntesis que todavía está en proceso de
elaboración y de la cual se hace apenas un intento muy preliminar en las conclusiones.
En
relación con el primer tema, las relaciones Ejecutivo-cúpula militar, lo que le otorga
centralidad en este período en particular es el carácter estratégico de las relaciones
mencionadas tanto para que el gobierno Samper consiguiera culminar su período, como para
incrementar significativamente el peso político de las instituciones militares y del
Ejército en particular, aunque el balance final resulte en este aspecto bastante
paradójico. Esta aparente centralidad, que sirve de fundamento explicativo a varios de
los procesos analizados, es la que conduce a tratar este tema en primera instancia. En
cuanto al segundo tema, los dos factores que llaman poderosamente la atención son los
cambios tácticos en el combate a las guerrillas y al narcotráfico que se dan en todo
caso dentro de ciertos parámetros de continuidad con lo que se venía ejecutando; y la
dificultad de las Fuerzas Militares y, en particular del Ejército, para responder ante la
capacidad demostrada especialmente por las Farc para generar unas nuevas condiciones de
combate y asestar una seguidilla de golpes militares que pusieron en cuestión la
capacidad de reacción de las instituciones armadas. Acerca del tercer tema, lo que
resulta fundamental es ahondar analíticamente en el peso de los determinantes del gasto
militar en el período estudiado, así como indagar por la injerencia de las Fuerzas
Militares dentro de las decisiones de presupuesto que les conciernen, también dentro de
unos comportamientos inerciales y unas tendencias de gasto difíciles de modificar.
Se
señaló al comienzo la hipótesis con la cual se inició la investigación. En su
desarrollo se ha preferido acotar el contenido de los planteamientos explicativos, aunque
no se niegue el carácter iluminador de tales intuiciones. En el momento actual del
proyecto, centrado más descriptivamente en una evaluación del desempeño de la
institución, la hipótesis que le da unidad al tratamiento del tema es la de una
conjunción de paradojas que conllevaron a una pérdida de presencia institucional,
política y militar, pese a contar a lo largo del período con coyunturas y situaciones
propicias para la toma de decisiones que parecían potenciar y repotenciar esa presencia.
El desempeño, en consecuencia, puede catalogarse de tendencialmente desfavorable para la
institución, sus intereses y los de sus miembros. No obstante, el que ello sucediera no
se deriva de manera causal y necesaria de la situación del país, sino que obedece
también a la forma particular y dependiente en grado importante de condicionamientos
internos y decisiones de política y acción impuestos por la organización y
funcionamiento de la institución.
Algunos
referentes mínimos sobre el Ejército colombiano
El Ejército colombiano al iniciarse el período Samper constituía una organización
burocrática amplia y compleja. Sin haber roto plenamente los rasgos de debilidad
histórica y estructural y un tamaño que lo ubicó siempre entre los ejércitos más
pequeños de la región, tanto en términos absolutos como en términos relativos respecto
del tamaño de la población, había adquirido una dimensión de algo más de 120000
hombres (véase Cuadro 1), como producto del proceso de crecimiento en que se vio inmerso
desde mediados de la década de los años ochenta. El Ejército era el arma más numerosa
con un 80.5% del total de efectivos. Le seguían la Armada con un 12% y la Fuerza Aérea
con un 7.5% (véase cuadro 3). La evolución del personal militar (que incluye también a
la Fuerza Aérea y la Armada) pasa de 83 802 en 1982, a 152 407 para 1994. Con esto, el
pie de fuerza por 100 habitantes es 4.4, cifra inferior al promedio latinoamericano de 4.6
(veáse cuadro 4). Igualmente, sin ser sujeto de una altísima inversión y gasto, los
recursos destinados a su funcionamiento y a la inversión para un adecuado desempeño en
el conflicto mostraban un crecimiento sostenido en términos absolutos desde la época
señalada, que contrastaba con los recortes presupuestales a que se veían sujetos sus
congéneres en varios países de la región.
Contaba
entonces con un estado mayor, cinco divisiones activadas, veintidós brigadas, diecisiete
de ellas con ubicación y atribuciones territoriales propias de un Ejército regular, una
Brigada de Institutos Militares, la Escuela Militar, la Brigada Logística, la de
Inteligencia, y una Brigada Móvil activada. De ellas dependían 153 unidades tácticas
(batallones), una escuela de suboficiales, escuelas de formación para las diferentes
armas y servicios, más el personal asignado a la Escuela Superior de Guerra, al Estado
Mayor Conjunto, a los comandos unificados del sur y el oriente, y a las agrupaciones de
Fuerzas Especiales Urbanas y otras activas contra distintas manifestaciones criminales.
Este
Ejército, compuesto por cerca de 5000 oficiales, 16000 suboficiales y cerca de 95000
soldados, entre regulares, bachilleres y profesionales (véase Cuadro 1), tenía una
disposición cuartelaria tradicional, con unidades compuestas según las Tablas de
Operación y Equipo propias de un Ejército regular, salvó en las unidades
específicamente dispuestas para la guerra irregular, de composición mucho más liviana.
El dispositivo territorial mantenía una importante concentración de unidades y personal
en la región andina, la más poblada, lo cual se reflejaba en algunas de las brigadas
allí ubicadas, las cuáles concentraban un porcentaje muy alto del personal
3
.
En el
período examinado, los principales cambios en lo hasta aquí señalado se dieron en los
siguientes aspectos: la creación de una brigada aérea o aviación militar, la
activación de dos brigadas móviles adicionales y la desaparición de la Brigada de
Inteligencia o Brigada XX. En cuanto al personal, dentro de marcadas oscilaciones, se
constata en definitiva un crecimiento del número de oficiales, suboficiales y soldados
cercano al 10% en los cuatro años que, sin embargo, no parece seguir un patrón o
tendencia claramente identificable con la situación del conflicto o el peso político de
la institución. Hay, eso sí, un cambio que para el final del período comienza a hacerse
notorio en términos de la disminución de los soldados bachilleres (con la explícita
salida de los soldados menores de edad) y un incremento en el número de soldados
profesionales o voluntarios. Viraje éste que se profundizaría en el nuevo gobierno.
A
grandes rasgos, el período examinado podría leerse como de continuidad, aunque cabe
resaltar los cambios señalados con el incremento de las brigadas móviles, la aviación
militar y la repentina desaparición de la Brigada de Inteligencia. El cambio en la
composición del personal de soldados apenas ve sus primeros indicios en el período.
CUADRO
1
EVOLUCION
PERSONAL DEL EJERCITO
1994-1998
|
|
1994
|
1995
|
1996
|
1997
|
1998
|
|
OFICIALES
|
4673
|
4674
|
4939
|
5070
|
5192
|
|
SUBOFICIALES
|
15267
|
16099
|
16626
|
16373
|
17406
|
|
SOLDADOS
|
93548
|
102137
|
93293
|
105919
|
101644
|
|
CIVILES
|
7162
|
7420
|
6951
|
6775
|
6779
|
|
TOTAL
|
120650
|
130330
|
121809
|
134137
|
131021
|
Fuente:
"Evolución planta y efectivos", Departamento Nacional de Planeación, borrador.
CUADRO
2
EVOLUCION
PERSONAL DE SOLDADOS DE LA FUERZA PUBLICA
1994-1998*
|
SOLDADOS
|
1995
|
1996
|
1997
|
1998
|
|
REGULARES
|
69270
|
51376
|
54126
|
53374
|
|
ALM.
|
2869
|
2299
|
3062
|
3656
|
|
VOLUNTARIOS
|
19718
|
18543
|
20174
|
21415
|
|
COL.
|
89
|
95
|
60
|
89
|
|
DRAGONEANTES
|
4606
|
3597
|
2660
|
3442
|
|
BACHILLERES
|
16117
|
23588
|
34335
|
28985
|
|
PM
|
1796
|
1992
|
1970
|
1706
|
|
GP
|
400
|
388
|
672
|
414
|
|
TOTAL
|
114865
|
101878
|
117061
|
113081
|
*Incluye
personal de soldados de todas las fuerzas. No está discriminado por fuerza.
Fuente:
"Fuerza pública evolución personal", Departamento Nacional de Planeación,
borrador.
CUADRO
3:
COMPOSICIÓN
DE LAS FUERZAS MILITARES*
(planta:
octubre de 1995)
|
Fuerza
|
Oficiales
|
Suboficiales y alféreces
|
Cadetes
|
Soldados
|
Alumnos
|
Civiles
|
Total
|
|
Ejército
|
4587
|
16493
|
1462
|
98797
|
1893
|
7882
|
131114
|
|
Armada
|
1145
|
4672
|
446
|
8438
|
250
|
2942
|
17893
|
|
FAC
|
1055
|
2169
|
365
|
3865
|
397
|
3335
|
11186
|
|
Total
|
6787
|
23334
|
2273
|
111100
|
2540
|
14159
|
160193
|
*Nota:
Incluye Armada y Fuerza Aérea. Las diferencias en los totales de pie de fuerza del
Ejército en 1995 obedecen a los momentos específicos en que se hace el corte. Con la
desincorporación e incorporación permanente de soldados, suboficiales y oficiales, no
hay cifras absolutas y estáticas. Dado el objeto diferenciado para cada cuadro se ha
preferido trabajar con las cifras encontradas en las propias fuentes oficiales.
Fuente:
Ministerio de Defensa
CUADRO
4
RELACION
PIE DE FUERZA/POBLACIÓN EN COLOMBIA
(1982-1994)
|
Año
|
Pie de fuerza
|
Población total
|
Tasa por 1000 habitantes
|
|
1982
|
83802
|
27617523
|
3.0
|
|
1983
|
80997
|
28225208
|
2.9
|
|
1984
|
87421
|
28846278
|
3.0
|
|
1985
|
87656
|
29481001
|
3.0
|
|
1986
|
93278
|
30024352
|
3.1
|
|
1987
|
100102
|
30577725
|
3.3
|
|
1988
|
108326
|
31141293
|
3.5
|
|
1989
|
140269
|
31715253
|
4.4
|
|
1990
|
127271
|
32299787
|
3.9
|
|
1991
|
137458
|
32841126
|
4.2
|
|
1992
|
138220
|
33391543
|
4.1
|
|
1993
|
140710
|
33951168
|
4.1
|
|
1994
|
152407
|
34520191
|
4.1
|
Fuente:
Ministerio de Defensa y DNP.
Las
relaciones Ejecutivo-cúpula militar: soporte transaccional y contestación obstaculizante
4
Esta temática forma parte de una cuestión más amplia y compleja, como lo son el
conjunto de relaciones entre civiles y militares, asunto problemático en cualquier
Estado-nación y que adquiere algunos rasgos particulares en los regímenes democráticos,
dentro de los cuáles y pese a limitaciones explícitas puede ubicarse el caso colombiano.
No obstante, en aras de la precisión y la posibilidad de profundizar, lo aquí trabajado
tiene que ver exclusivamente con las relaciones entre uno de los tres poderes de cualquier
ordenamiento político de corte republicano, el poder Ejecutivo, y las instancias de
liderazgo y dirección de las instituciones militares, en particular del Ejército. Para
un caso como el colombiano, en este ámbito de relaciones se pone en juego la necesaria y
tradicional subordinación al poder civil, como rasgo importante para considerar a un
régimen como democrático. Rasgo que tiene incluso una expresión constitucional. En la
práctica, en Colombia las relaciones entre civiles y militares se han movido entre la
subordinación y la autonomía. Esta última de carácter relativo y especialmente
manifiesta en lo relacionado con el orden público, aunque vigente también en muchos
componentes de la estructura y funcionamiento de la institución.
Es en
el vínculo entre poder ejecutivo e instituciones militares donde se ha establecido el
nexo y se ha puesto en juego la mayor o menor distancia entre lo establecido por la
Constitución y las leyes y el ejercicio práctico de la política. Es también allí
donde de manera permanente se ponen en juego las disposiciones constitucionales, las
manifestaciones de subordinación y las expresiones de autonomía, las cuales son mucho
más esporádicas y coyunturales en relación con los otros dos poderes. El otro ámbito
de relaciones entre civiles y militares que parece ofrecer una dinámica de interacción
más continua y visible es el de los organismos de control, especialmente la
Procuraduría.
Los
antecedentes de estas relaciones para el caso colombiano permiten señalar que se han
caracterizado por configurarse dentro de los parámetros fundamentalmente civilistas que
han prevalecido. El presidente, en tal sentido, es jurídica y prácticamente el
Comandante en jefe y ejerce desde esta posición el mando sobre el conjunto de la Fuerza
Pública. Si bien durante un período amplio (1953-1991) esta relación de mando y
subordinación se adelantó directamente a través del ministro militar de defensa
(siempre un oficial del Ejército), desde 1991 entró otro civil a intermediar y
participar de esta relación con el nombramiento de ministros civiles en la cartera de
defensa. De tal manera, uno de los rasgos básicos dentro de los parámetros señalados,
que se resolvía de acuerdo con la personalidad, el liderazgo, el conocimiento e interés
del presidente en los temas de seguridad, defensa y conservación del orden público,
depende desde entonces de variables adicionales como son esos mismos rasgos pero aplicados
al ministro de turno y algunos otros funcionarios civiles de alto nivel como los
consejeros en temas cercanos (seguridad y paz). Como es obvio, depende también de la
conformación de la cúpula y del carácter unificado y articulado o no de su
funcionamiento. Lo que resulta importante como consideración adicional es que, si bien el
tipo de relaciones que se han establecido históricamente depende significativamente de
asuntos como la personalidad y la empatía de quienes establecen las relaciones, hay un
marco institucional y de tradición que delimita y dificulta introducir modificaciones
significativas u obliga a hacer transacciones explícitas y concesiones evidentes para
avanzar en la dirección previamente fijada
5
.
Adicionalmente,
un rasgo común en los distintos períodos ha sido el permanente apoyo de parte del
Ejecutivo a las instituciones armadas en el cumplimiento de sus funciones y un respeto por
el conocimiento y manejo de los temas operacionales y específicamente militares,
cuestión que a veces es contrapesada con la obligatoriedad para que acepten ciertas
decisiones que implican limitaciones y costos para las instituciones militares. Esto
permite señalar que, sin que necesariamente exista una dinámica de negociación y
transacción entre el poder ejecutivo y la cúpula militar, el examen de períodos y
coyunturas puede aclararse para la interpretación si se le mira desde esta perspectiva.
En el
período Samper es factible preguntarse por qué, en condiciones de fortalecimiento de la
institución dado su rol de sostén de un gobierno cuestionado, el balance al culminar el
período es negativo. Pero igualmente, cabe preguntarse cuáles fueron los rasgos
predominantes y si estos implicaron una ruptura o una continuidad con lo existente hasta
entonces. A este respecto, es factible recoger una primera respuesta en relación con el
esquema de relaciones entre civiles y militares que prevaleció. Tal y como se argumenta
en el epílogo de El juego del poder: historia, armas y votos (Dávila, 1998), tanto
por su interés y conocimiento del tema, como por la situación de inestabilidad y
debilidad que introdujo el proceso 8000, el gobierno Samper habría desechado todo lo
construido y avanzado en el período Gaviria y habría retornado a esquemas propios del
Frente Nacional. Es decir, de poco interés del alto gobierno en los temas de seguridad y
propiamente militares, de atención coyuntural producto de las circunstancias de orden
público y de carencia de un interlocutor civil reconocido por las instituciones armadas,
especialmente tras la obligada renuncia de Fernando Botero al Ministerio de Defensa. Por
tanto, la situación quedó sujeta a esquemas muy marcados por las relaciones personales,
que no institucionales, pero en un contexto que no hacía sino agravar la situación
vigente.
Durante
el período Samper, un factor clave a considerar fue la inestabilidad que marcó estas
relaciones dado que por diversas razones se nombraron cuatro ministros de defensa y se
adelantaron cinco cambios de cúpula militar, incluida la de noviembre de 1994, en que se
modificó la que se heredó del gobierno Gaviria. En esta misma dirección, parece
pertinente delimitar subperíodos de acuerdo con rasgos predominantes en las relaciones,
en donde parece claro que primó un tipo de interacción mientras fue ministro Fernando
Botero (agosto del 94 a agosto del 95), y otro desde la salida de Bedoya del cargo de
Comandante de las Fuerzas Militares (de julio del 97 a agosto del 98). Entre esos dos
períodos hay el lapso más largo, en el cual se suceden dos ministros civiles, Esguerra y
Echeverri, frente a una presencia crecientemente protagónica del general Bedoya, primero
como comandante del Ejército y luego como comandante de las Fuerzas Militares. Esta
periodización permite señalar rasgos diferenciales dentro de la dinámica prevaleciente
a lo largo del período, en principio muy asociados a rasgos personales más que
institucionales. En efecto, la inestabilidad condujo a someter el esquema de relaciones a
la empatía, la simpatía, la aceptación, el respeto entre unos y otros como resultado de
los continuos cambios que se dieron. En este contexto, en principio, la inestabilidad
pareció afectar más al Ejecutivo que a la cúpula que tuvo siempre en Bedoya a un líder
que parecía representar al conjunto de las instituciones militares. Sin embargo y en
definitiva, los resultados parecen decir algo diferente en términos institucionales: más
favorables al Ejecutivo que a los militares, en parte por la forma en que la polarización
política que sufre el país alcanza a atravesar la institución y en parte porque con la
salida de Bedoya se pierde su significación como líder y representante, en
circunstancias en que a la institución se le acaba el capital político y militar
mientras el gobierno pierde el temor a no culminar el período y cosecha la continuidad
presidencial como logro fundamental.
Un
segundo asunto a considerar es la configuración de un proceso de fortalecimiento
político y debilitamiento militar de la institución a lo largo del cuatrienio, en el que
se desarrollaron diversos arreglos Ejecutivo-cúpula bajo la lógica de soporte
transaccional-contestación obstáculizante. Si bien habría que precisar que esta lógica
no es exclusiva ni novedosa de este período, si se hace explícita y crecientemente
visible, otorgándole a las relaciones un carácter de negociación personalizada y
casuística. Este rasgo explicaría por qué el resultado final implicó un
desaprovechamiento sistemático de la posibilidad que tuvo el Ejército de reafirmar y
fortalecer su capacidad de incidir en decisiones políticas y vetar en aquellos asuntos
que les incomodaran como institución, lo que se configuraría como debilitamiento
político al mezclarse con los fracasos militares que acompañaron la segunda parte del
cuatrienio. Sólo así se entiende la condición particular que los obligó a acogerse sin
capacidad de respuesta a las iniciativas y concesiones de paz del presidente Pastrana al
iniciar su cuatrienio (1998-2002).
Resulta
destacable que los rasgos señalados de contestación obstaculizante (como la manifestada
ante la iniciativa de despejar La Uribe para los diálogos con las FARC
6
), y soporte transaccional, se hicieran
claramente visibles en el período de auge de Bedoya, pero la vigencia de esta dinámica
de interacción va más allá de la presencia y personalidad de este general. No obstante
lo señalado, es manifiesto que su rechazo a ciertas iniciativas del Ejecutivo respecto a
la paz y al conflicto, van a conducir a las mayores concesiones como lo fueron la
aprobación de la creación de la aviación militar y la puesta en marcha de las zonas de
orden público, prebendas con un alto componente institucional, mas que personal. La
primera quedaría como un vestigio siempre polémico de lo conseguido por Bedoya para la
institución, mientras lo segundo se echaría para atrás luego de las decisiones de la
Corte Constitucional al respecto. Cabe señalar que la contestación sirvió como fórmula
para generar la dinámica propicia al soporte transaccional: el gobierno contó siempre
con el respaldo de la institución, aún en momentos de "ruido de sables",
rumores de golpe de Estado y situaciones de aparente situación de renuncia presidencial,
pero a sabiendas que era necesario "premiar" con concesiones y recursos la
lealtad demostrada.
Esta
dinámica, que apuntaba claramente a un fortalecimiento del capital político e
institucional de los militares, tiene un desenlace relativamente inesperado, aunque la
dinámica permanece. En efecto, es precisamente en ese lapso cuando las FARC comienzan a
dar los golpes más significativos contra el Ejército y la presencia del paramilitarismo
se hace más notoria, lo cual modifica cabalmente los resultados esperados del esquema
desarrollado. La aparición de la nueva estrategia de las FARC modificó el escenario de
la negociación y propició el debilitamiento militar a un grado tal que, como resultado
de la ecuación fortalecimiento político debilitamiento militar, se obtuvo un
predominio final de la tendencia al retroceso y al decrecimiento conjunto de la capacidad
institucional tanto para afrontar el conflicto como para incidir en la escena política.
En ese momento final, el carácter personalizado de la relación se hizo más notorio en
tanto Bonnet cosechaba para sí su lealtad al presidente aún a costa de la pérdida de
prestigio de la institución, mientras Bedoya naufragaba en los lodazales de la política,
sin que su decidida preocupación por la institución pudiese contener el retroceso. A
favor del esquema mencionado quedarían unos recursos adicionales aprobados en 1997, pero
cuyo efecto apenas se vería durante 1999, en un momento posterior al estudiado.
En
principio, la inestabilidad mencionada como rasgo central del período, pareció favorecer
al Ejército por la continuidad en la cúpula del general Bedoya. Sin embargo, su salida y
reemplazo por un oficial muy cercano al presidente Samper como lo era Bonnet y el ya
mencionado dato de las debacles militares, terminó por dejar en situación de predominio,
precario pero predominio al fin y al cabo, al Ejecutivo (ejemplo de ello se puede
encontrar en el decreto expedido para introducir una modificación en el sistema de
ascensos de la alta oficialidad, decisión a la que se opuso Bedoya permanentemente y que
fue finalmente introducida aun contra las opiniones de buena parte de la alta oficialidad
en servicio y en retiro). Esto, que podría leerse como beneficioso para un esquema de
relaciones entre civiles y militares democráticas, tendió más bien a enrarecer el
escenario y el esquema de interacción y, ante todo, a dejar a la institución en una
situación de impotencia. Este último factor generó, sin embargo, diversos efectos:
permitió llevar adelante sin contrapeso las decisiones del nuevo presidente en torno al
proceso de paz con las FARC y, en particular, al despeje; indujo a un proceso de
reestructuración y reforma irreversible e impuesto, con una autocrítica contenida, pero
con efectos complejos; y dio vía libre al auge paramilitar, ciertamente sin vínculos
institucionales, pero igualmente como un fenómeno desestabilizador y cuestionable.
CONTINUAR
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