REVISTA COLOMBIA INTERNACIONAL

( número 49/50)
Esta es una publicación del Departamento de Ciencia Política - Facultad de Ciencias sociales
Universidad de Los Andes

 

NARCOTRÁFICO, VIOLENCIA POLÍTICA Y POLÍTICA EXTERIOR DE ESTADOS UNIDOS HACIA COLOMBIA EN LOS NOVENTA *

Dr. Bruce Michael Bagley **

 

Los conflictos internos en Colombia y la seguridad regional

La iniciativa de paz del presidente Pastrana también se ha visto obstaculizada por las crecientes repercusiones de los conflictos internos de la nación a los países aledaños. Las guerrillas, los paramilitares y narcotraficantes colombianos actualmente suelen cruzar los territorios vecinos de Panamá, Venezuela, Brasil, Perú y Ecuador para refugio seguro, reservas, tráfico de armas y narcotráfico. Los incidentes de secuestros y asesinatos transfronterizos también han aumentado dramáticamente en años recientes. Y miles de campesinos desplazados han buscado protección al otro lado de las fronteras en Venezuela y Panamá.

Después que el Presidente Hugo Chávez asumiera la presidencia en Venezuela en febrero de 1999, las relaciones colombo-venezolanas se deterioraron rápidamente. Chávez acusó inmediatamente a Colombia de no ser capaz de controlar sus fronteras apropiadamente y luego anunció que abriría negociaciones con las FARC directamente en lugar de esperar resultados del frágil proceso de paz de Pastrana. Dada su retórica populista, anti establecimiento y vagamente "revolucionaria", algunos observadores en Colombia temían que inclusive podría brindarle apoyo clandestino a las FARC u otorgarle "status de beligerancia". Aunque en la práctica Chávez no realizó ninguna de estas acciones durante 1999, las relaciones bilaterales entre los dos vecinos se mantuvieron tensas e incómodas a comienzos de 2000 (Semana, 1999L; El Nuevo Herald, 1999a; Reyes, 1999).

Aunque han sido menos públicas, han surgido tensiones similares en las relaciones bilaterales con Brasil, Perú y Ecuador durante el último año y medio. Durante 1999, tanto Brasil como Perú enviaron refuerzos militares similares a sus fronteras con Colombia para fortalecer sus defensas contra incursiones transfronterizas. Siendo la primera ruta de tráfico de armas y de drogas dentro y fuera de Colombia y zona clave de conflicto entre las FARC y las AUC, sin embargo, la frontera entre Colombia y Panamá fue la más polémica de las relaciones bilaterales en 1999. La salida de tropas estadounidenses de la Zona del Canal a finales de año y la capacidad militar limitada de la Policía Nacional de Panamá originó serios cuestionamientos sobre la futura seguridad del propio canal (Bagley, 1999).

La incapacidad del ejército colombiano de asegurar sus fronteras hace de los esfuerzos de Pastrana para contener el tráfico de drogas y lograr un acuerdo de paz con las guerrillas en Colombia sean considerablemente más problemáticos, pues tanto los traficantes como los insurgentes claramente se han convertido en actores transnacionales más allá del control efectivo de Bogotá. Como resultado, durante 1999 las preocupaciones de Washington con respecto a las crecientes amenazas a la seguridad regional por parte de Colombia se incrementaron dramáticamente y en últimas condujeron a que la administración Clinton propusiera mayores aumentos en la asistencia de Estados Unidos dirigidos a reforzar la capacidad de la administración Pastrana para manejar los problemas de Colombia 8 .

 

Narcotráfico, guerrilla y relaciones colombo-estadounidenses

Ya profundamente preocupado con el aumento vertiginoso de la producción y tráfico de drogas, el incremento de la violencia guerrillera y paramilitar y el deterioro de las condiciones políticas y económicas de Colombia, el 1 de marzo de 1998 Washington optó una vez más por "certificar" a Colombia como "país cooperador" en la guerra estadounidense contra las drogas por primera vez desde 1994. En 1995 la administración Samper había sido "descertificada", pero la administración Clinton le otorgó un "________por seguridad nacional" que permitió la continuación de la ayuda estadounidense a Colombia. En 1996 y 1997 el gobierno de Samper fue descertificado totalmente y el flujo de ayuda estadounidense fue severamente reducido (a excepción de la Policía Nacional). Aunque Clinton no impuso finalmente sanciones al comercio en Colombia como la legislación estadounidense autoriza en casos de descertificación, el uso de "diplomacia coercitiva" o "chantaje" diplomático por parte de Washington durante este período ejerció un efecto de profundo congelamiento de toda la actividad de negocios y flujos de inversión extranjera desde 1996 en adelante (Bagley, 1998: 103-118).

En combinación con el retraso económico global, la profundización en las recesiones en Venezuela y Ecuador y el manejo económico y político clientelista y populista de Samper durante su período, la descertificación ayudó a conducir a la economía de Colombia por un despeñadero entre 1997 y 1998 de la cual aún no se ha recuperado. De hecho, en 1999 Colombia experimentó su peor recesión económica en setenta años ya que la economía se contrajo en casi el 6%, mientras que los niveles de desempleo alcanzaron el 18% (Orrego, 1999:5B; Semana, 1999m, 1999n). La severidad de la presente crisis económica en Colombia y el descontento popular generalizado causado por ésta fueron dos factores que generaron los problemas de criminalidad común y gobernabilidad enfrentados por el presidente Pastrana durante su primer año y medio de gobierno, al tiempo que ha alimentado y fortalecido alentado a las guerrillas del país. Las acciones de la guerrilla - secuestros, sabotaje a la infraestructura, escalada del conflicto armado - a su turno han exacerbado y prolongado el actual descenso en la economía del país (Semana, 2000c, 2000d).

A principios de 1998 la situación de deterioro en Colombia se había vuelto tan preocupante para las autoridades estadounidenses que, a pesar del hecho de que el empañado período de cuatro años del presidente Samper no estaba programado para terminar hasta agosto de 1998, de todas maneras Washington procedió a "recertificar" a Colombia el 1 de marzo. Esta decisión despejó el camino para que la administración Clinton otorgara US$ 289 millones en ayuda antinarcóticos a Colombia en el año fiscal de 1999, una suma que inmediatamente catapultó a este país a la posición del tercer receptor de ayuda estadounidense en el mundo, sólo después de Israel y Egipto. Dado que el año fiscal de Estados Unidos no comienza sino hasta octubre 1 de cada año de calendario, los nuevos fondos de ayuda estadounidense comenzaron a entrar a Colombia sólo a finales de 1998 (bastante después de que el presidente Pastrana asumiera la presidencia el 7 de agosto). Este margen de tiempo aseguró que el gobierno Samper no recibiera beneficios directos del aumento en la ayuda de Estados Unidos en el año fiscal de 1999 9 .

Tan pronto como Pastrana asumió la presidencia, las relaciones bilaterales colombo-estadounidenses se mejoraron rápidamente. En octubre de 1998 el presidente Clinton recibió al presidente Pastrana en una visita de Estado a Washington, con lo cual claramente marcó el contraste con el anterior presidente Samper, a quien oficialmente se le había negado la visa para viajar a Estados Unidos en 1996. A pesar de ser escéptica, la administración Clinton públicamente respaldó las propuestas de paz de Pastrana hacia las FARC a finales de 1998. En efecto, a petición del presidente Pastrana, la administración Clinton inclusive estuvo de acuerdo en enviar emisarios para sostener encuentros secretos con los representantes de las FARC en Costa Rica en diciembre de 1998 para discutir la voluntad de las FARC de emprender programas de erradicación de drogas como parte del proceso de paz. Sin embargo, una vez fueron reveladas públicamente a la mayoría republicana en el congreso de Estados Unidos, estas conversaciones secretas causaron tanta controversia en Washington que la administración Clinton se vio obligada a desautorizarlas y a comprometerse a abstenerse de cualquier discusión futura con los "terroristas" de las FARC (El Nuevo Herald, 1999b) 10.

La administración Clinton continuó respaldando la iniciativa de paz de Pastrana durante 1999 en su diplomacia pública. Sin embargo, en la medida en que el proceso de negociaciones se empantanaba mes tras mes, los formuladores de política claves en Estados Unidos claramente llegaron a la conclusión de que las FARC nunca negociarían seriamente, a no ser que fueran obligadas a hacerlo tras su derrota en el campo de batalla. Indicando un cambio importante, en marzo de 1999 Washington acordó comenzar a cooperar con inteligencia en tráfico de drogas y actividad guerrillera con el gobierno Pastrana y el ejército colombiano, incluyendo los datos obtenidos de observaciones satelitales de la zona de despeje (Albright, 1999; Reuters, 1999c:A15).

A mediados de 1999, más de 300 estadounidenses estaban apostados en Colombia: 22 entrenadores y asesores y más de 100 operativos de la Drug Enforcement Administration (DEA) y de la Central Intelligence Agence (CIA). El control de drogas continuó siendo la prioridad política declarada de Estados Unidos en Colombia. La misión primordial de Estados Unidos era entrenar y equipar un batallón antinarcóticos nuevo de 950 hombres en el ejército colombiano (Semana, 2000e).

Pero el estancamiento en el proceso de paz y los reveses que sufrió el ejército en combate contra las FARC durante 1998-1999, combinados con la creciente evidencia de los vínculos de este grupo guerrillero con el tráfico de drogas, forzaron a Washington a aceptar que la guerra contra las drogas ya no podía ser claramente distinguida de la lucha contra la guerrilla. Con el impulso de Washington, en septiembre de 1999 el gobierno Pastrana emitió el documento del "Plan Colombia", en el cual exponía su estrategia general para manejar los múltiples problemas que aquejan al país, que van del narcotráfico, la violencia política, crisis humanitaria y recesión económica hasta la corrupción institucional. El precio del plan era de US$7.5 billones durante un período de tres años, de los cuales Colombia prometió aportar US$ 4 billones. Se esperaba que Washington suministraría de US$1.5 a US$2 billones y que el monto restante provendría de instituciones financieras multilaterales (FMI, Banco Mundial y BID) y la Unión Europea 11 .

Después de no lograr promover una respuesta más temprana a través del Congreso estadounidense a finales de 1999, el 11 de enero de 2000 la administración Clinton presentó un nuevo proyecto de ley al Congreso de Estados Unidos por un programa de ayuda de emergencia de US$ 1.28 billones para Colombia. Pensado para ayudar a Bogotá a luchar contra el tráfico de narcóticos en aumento y para afianzar la democracia durante los siguientes dos años, cerca de la mitad del dinero estaba incluido como una solicitud de presupuesto suplementaria para el Año Fiscal 2000. La otra mitad fue incorporada en la propuesta de presupuesto de Clinton al Congreso para el Año Fiscal 2001 presentada en febrero 7 de 2000. Agregada a los US$ 300 millones previamente asignados para Colombia en el presupuesto del Año Fiscal del 2000, la ayuda total a Colombia en los próximos dos años alcanzará cerca de US$ 1.58 billones, casi doblando la cantidad aportada durante toda la década de los 90 (Albright, 2000; The White House, 2000).

En efecto, con esta nueva propuesta de ayuda la administración Clinton reveló un cambio dramático en la estrategia de Estados Unidos hacia Colombia. En 1999, al igual que en años anteriores, virtualmente toda la ayuda antinarcóticos de Washington había sido canalizada hacia la Policía Nacional y no hacia el ejército. El nuevo paquete, en cambio, asignaba el grueso de la futura asistencia estadounidense a las fuerzas armadas colombianas (ejército, fuerza aérea y marina), mientras que reducía sustancialmente los flujos de ayuda a la policía. Del total de US$ 1.573 billones a ser aportados durante los próximos dos años, casi dos tercios – US$ 940 millones)- se destinarán a la fuerza militar, versus US$96 millones para la policía. Para garantizar entrenamiento, equipos y la compra de 30 helicópteros Black Hawk y 33 Huey para dos nuevos batallones antinarcóticos, se proyecta que el ejército recibirá US$ 599 millones (US$ 512 millones en el Año Fiscal 2000 y 88 millones en el 2001). Para las actividades de interdicción la fuerza aérea y la marina recibirán US$ 341 millones (US$ 238 en el Año Fiscal 2000 y 103 millones en el 2001) (Gomez Maseri, 2000).

Mientras que el Consejero de Seguridad Nacional para América Latina de la Casa Blanca, Arturo Valenzuela, señaló que la nueva ayuda estadounidense no tenía "nada que ver"con la lucha contra la guerrilla, el Zar Antidrogas Barry McCaffrey admitió más directamente que el dinero haría una "importante contribución" a la lucha antisubversiva en Colombia. En la práctica, los continuos esfuerzos retóricos de Washington para mantener una estricta división entre la ayuda antinarcóticos y las operaciones antiguerrilla son falsas y fútiles. La realidad colombiana actual simplemente no se presta para hacer este tipo de distinciones. De hecho, durante su viaje a Washington a finales de enero de 2000 apuntalar el apoyo del Congreso de Estados Unidos al paquete de ayuda del presidente Clinton para Colombia, el presidente Pastrana reconoció abiertamente que en la medida en que las FARC estén "en el negocio", los fondos y equipos antinarcóticos de Estados Unidos se usarían contra las guerrillas (Torres de la Llosa, 2000).

Implicaciones del cambio en las prioridades de la política estadounidense

En el fondo, la administración Clinton se ha preocupado últimamente más por la estabilidad de la democracia colombiana y las implicaciones de un potencial colapso del Estado colombiano para la seguridad regional que por el control antidrogas per se, aunque los dos obviamente están estrechamente entrelazados. En efecto, a mediados de enero de 2000 la Secretaria de Estado Madeleine Albright particularizó a Colombia, junto con otros tres países (Nigeria, Indonesia y Ucrania) como merecedores de atención especial, dado que "cada uno de ellos puede ser una fuerza de gran importancia para la estabilidad y progreso de su región y cada una es un punto crítico en el camino de la democracia" (Reuters, 2000d:A20). De hecho, Colombia es hoy en día vista en Washington como el país "problema" en el hemisferio occidental y, como tal, ha surgido como el principal punto focal de la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina en 2000.

Mientras que esta atención elevada por parte de Washington casi siempre está acompañada por recursos que se necesitan urgentemente, la experiencia acumulada indica que también implica típicamente una mayor "condicionalidad" y una participación creciente de Estados Unidos en los asuntos domésticos del país en cuestión. El caso colombiano no será la excepción. En primer lugar, Washington ha estipulado que la mayor parte de la asistencia estadounidense sea usada para operaciones de control de drogas en el sur del país, donde se cultivan dos tercios de los cultivos de coca y donde las FARC son más activas en la protección de los campos, los laboratorios de procesamiento y las pistas de aterrizaje. La intensificación del conflicto del gobierno con las FARC parece ser un resultado inevitable del mandato que Estados Unidos le hizo a Bogotá.

En segundo lugar, la administración Clinton está profundamente consciente de la pasada vinculación de las fuerzas militares de Colombia en abusos de los derechos humanos y ha atado la ayuda de Estados Unidos directamente al monitoreo permanente de las actividades de los nuevos batallones antinarcóticos y a la certificación estadounidense de que no se presente ningún vínculo de la policía o el ejército con grupos paramilitares. En efecto, US$ 93 millones están explícitamente destinados en la nueva propuesta de presupuesto a fortalecer los derechos humanos, la administración de justicia y la democracia en Colombia (US$ 45 millones en el Año Fiscal 2000 y 48 millones en el 2001). Consciente de la probabilidad de un mayor escrutinio del récord de derechos humanos de sus fuerzas armadas en orden de batalla, durante un viaje a Washington (el cuarto en los primeros 18 meses de su presidencia) a finales de enero de 2000, Pastrana explícitamente pidió que la ayuda no estuviera ligada a los derechos humanos. "Sabemos que aún tenemos muchos problemas ... [pero] no creo que sea bueno para la ayuda tratar de poner todo tipo de condiciones en ella" (Golden, 2000). A pesar de las preferencias de Pastrana, varios demócratas en el Congreso como el Senador Patrick J. Leahy (Vermont) parecían decididos a presionar para poner tales condiciones. "No quiero que en la guerra contra las drogas cometamos el mismo error que tuvimos en la guerra fría, donde aportamos dinero ... sin tener en cuenta sus récords de derechos humanos con tal de que fueran anti-comunistas" (Golden, 2000; The Associated Press, 2000h).

En tercer lugar, Washington ha estipulado, un poco contradictoriamente, que todas las operaciones de las nuevas unidades antinarcóticos de Colombia financiadas por Estados Unidos deben relacionarse directamente con las misiones de control de drogas y no con las acciones generales anti-guerrilla. Sin embargo, el no cumplimiento con casi total seguridad va a provocar intensos debates políticos dentro del Congreso de Estados Unidos y potencialmente puede conducir a la negación de ayuda estadounidense futura. El salto cuantitativo en la ayuda total estadounidense en el 2000 y la consecuente condicionalidad, en efecto, convierten a las acciones militares de Colombia en un asunto "interméstico" (tanto internacional como doméstico) en el sistema político estadounidense en una mayor medida de lo que había sido en el pasado (Semana, 2000f, Radau ____:1-4)).

Finalmente, los oficiales estadounidenses han presionado para que Colombia incremente sus esfuerzos de erradicación de cultivos de coca y amapola. En señal de acatamiento, el 21 de enero de 2000 la Policía Nacional de Colombia se comprometió a expandir su campaña de fumigación aérea con herbicidas de las 40.000 hectáreas eliminadas en 1999 a 80.000 en el 2000. Un total de US$ 145 millones se enmarca en el nuevo paquete de ayuda para proyectos de desarrollo alternativo durante los próximos dos años (US$ 92 millones en el Año Fiscal 2000 y 53 millones en el 2001). Si se cumple, sin embargo, estas ambiciosas metas de fumigación probablemente desplazarán decenas de miles de campesinos cultivadores de coca en regiones dominadas por las FARC en el sur, impondrán considerable sufrimiento humano en el proceso y provocarán protestas cívicas masivas en contra del gobierno Pastrana. Aunque la intención de esta política es claramente debilitar a las FARC mediante la reducción de sus ingresos provenientes del cultivo de coca, el resultado no intencionado bien puede ser fortalecer el movimiento de la guerrilla, al inducir a miles de campesinos víctimas de la pobreza y el resentimiento a incorporarse a sus rangos 12 .

Las cifras de entrenadores consejeros militares estadounidenses, agentes de la DEA, operativos de la CIA y personal de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID) en Colombia puede elevarse sustancialmente junto con el aumento en los flujos de ayuda de Estados Unidos durante los próximos años. A la luz de las pasadas experiencias amargas en Vietnam, prácticamente la probabilidad de que Washington envíe tropas de combate estadounidenses a luchar en Colombia en el futuro cercano es nula. Sin embargo, el cambio en la estrategia estadounidense en este momento indica indudablemente que Washington ya no está atacando los carteles de la droga en Colombia tanto como lo está haciendo con la "narcoguerrilla" en aumento en el país. La posibilidad de que algunos militares y/o funcionarios estadounidenses sean asesinados a medida que la lucha se intensifique es bastante real y seguramente ocasionará que el tema colombiano se incluya en los debates políticos domésticos de EU (Sweeny, 1999; Tokatlian, 2000b:13-15; Marcella y Schultz, 2000:3-22).

Enfatizando esta posibilidad, a finales de febrero de 2000 el comandante de las FARC, Raúl Reyes, afirmó que su organización percibía el paquete de ayuda estadounidense como nada más que una declaración de guerra sutilmente disfrazada por parte de Washington a las FARC. Él, a su turno, le declaró la "guerra" a Estados Unidos y juró que las FARC lucharían contra la intervención extranjera en Colombia (Reuters, 2000e; The Associated Press, 2000i). Para evitar exponer el personal militar estadounidense y arriesgar las protestas domésticas que inevitablemente sobrevendrían, Washington puede optar en cambio por la bien establecida práctica de negocios privados conocida como "outsourcing". Esta estrategia involucraría emplear contratistas civiles (muchos de los cuales son oficiales estadounidenses antiguos) para apoyar su programa de ayuda en lugar de aumentar abruptamente los niveles de personal militar estadounidense. Aunque quizá es conveniente desde el punto de vista de Washington, las organizaciones de derechos humanos tales como Amnistía Internacional advierten que dicha estrategia genera serios cuestionamientos en términos de responsabilidad : "el Departamento de Defensa en sí mismo, en su entrenamiento, tiene que cumplir con ciertos lineamientos de derechos humanos porque están obligados por la ley a hacerlo. Pero no es claro hasta qué punto se extiende dicho mandato cuando estamos hablando de actores privados esencialmente" (Brigs, 2000).

Tanto Bogotá como Washington preferirían obviamente que las FARC reaccionaran acelerando el ritmo de las negociaciones de paz y acabando con sus vínculos con el tráfico de drogas. De acuerdo con una encuesta reciente patrocinada por El Tiempo en Bogotá, el 70 % de todos los Colombianos está a favor de los aumentos que se planean en la ayuda de EU a su país. Pero menos de la mitad cree que la ayuda servirá para reducir los niveles del conflicto armado. El escenario más probable, de acuerdo con la mayoría de los encuestados, es el del escalamiento del conflicto entre las FARC y el ejército colombiano, al menos en el futuro previsible. De hecho, la mayoría de los analistas creen que es posible que las FARC respondan con una nueva gran ofensiva que incluirá sabotaje intensificado de la infraestructura , aumento en lo secuestros y asesinato y movilizaciones campesinas masivas para protestar por el fortalecimiento de los programas de erradicación de coca y amapola (El Tiempo, 2000f).

 

Conclusiones

La lógica implícita de la nueva estrategia de Estados Unidos es forzar a las FARC a negociar seriamente con el gobierno Pastrana demostrándoles en el campo de batalla que tienen más que ganar con un acuerdo de paz que con la continuación de la guerra. Que esta estrategia vaya a funcionar está bastante puesto en duda. Lo que no debe dudarse es que el nuevo paquete de ayuda de Estados Unidos pondrá en escena una época más sangrienta y violenta en los conflictos internos de Colombia durante los últimos años. Además, sería un error creer que la presente propuesta de ayuda de dos años será suficiente para bajar la marea. Si la estrategia tiene alguna posibilidad de funcionar, Washington tendrá que sostener sus elevados niveles de fondos para Bogotá durante la mayor parte de la próxima década y deberán encontrarse donantes adicionales (más probablemente en Europa) para complementar los compromisos de Estados Unidos 13 .

Aún asumiendo flujos sostenidos de ayuda estadounidense y europea, muchos críticos permanecen escépticos con respecto a los prospectos de acabar la violencia política y el tráfico de drogas en Colombia con la estrategia asumida actualmente por Bogotá y Washington. En blanco y negro, los críticos pueden dividirse en dos grupos o campos básicos. Por un lado, hay una "línea dura" que sostiene que las FARC están tan profundamente involucradas en (y tan bien financiadas por) el tráfico de drogas y otras actividades ilegales que nunca acordará una negociación de paz que las obligue a deponer las armas y renunciar a sus fuentes ilícitas de ingresos. La lógica de esta línea lleva a la conclusión de que las FARC primero tendrán que ser derrotadas militarmente en una guerra antisubversiva prolongada antes que la paz pueda ser restablecida o el cultivo de drogas pueda ser debilitado en Colombia. Washington debe reconocer esta realidad, sostienen los partidarios de la "línea dura", "primero declarando la primacía absoluta de la guerra contra los comunistas, en vez de la guerra contra las drogas" (Radu :...) No existe esta nota, Radu no se ha nombrado

Desde esta perspectiva, la insistencia de Washington en distinguir entre operaciones anti-drogas y anti-guerrilla se considera artificial y frustrante. Además, atar la ayuda estadounidense al respeto por los derechos humanos y a la eliminación de vínculos del ejército y la policía a los grupos paramilitares sólo incapacitará a las fuerzas de seguridad, al tiempo que dejará libres a las guerrillas para operar sin dichas trabas. En el análisis final, el escepticismo de los partidarios de la "línea dura" surge de su creencia en que las Fuerzas Armadas de Colombia no serán capaces de derrotar a las guerrillas, aún con la ayuda de Estados Unidos, si Washington insiste en manejar a nivel micro los esfuerzos de la lucha (Radu :....)

Entre los que defienden la "línea dura" hay importantes diferencias en énfasis que no pueden pasarse por alto. Algunos dudan que inclusive con el respaldo de Estados Unidos la elite colombiana efectivamente posea la voluntad de luchar. " ¿Por qué enviar un sólo dólar, para no hablar de un soldado estadounidense, para apoyar a un ejército en el cual no se necesita un diploma de bachiller para prestar servicio ? "Acaso el gobierno colombiano - débil, corrupto e inconstante - merece nuestra ayuda para sobrevivir ?" (Peters, 2000:B01). El punto básico de este argumento es que - como lo reveló Vietnam- ninguna ayuda estadounidense salvará un régimen incapaz de salvarse a sí mismo. Puede servir sólo para prolongar el "terrible" status quo. "El resultado no deseado de nuestra ayuda puede ser fortalecer el actual sistema lo suficiente como para preservar todas sus peores características y manteniendo el balance de males" (Peters, 2000:B01).

Tales dudas no necesariamente conducen a los adeptos de la "línea dura" a rechazar la necesidad del actual paquete de ayuda de Clinton. De hecho, aún los más cautelosos creen que la ayuda debe enviarse para otorgarle al gobierno Pastrana una "última" oportunidad para demostrar su voluntad y capacidad de "rescatar" a Colombia de los terroristas y narcoguerrillas de toda clase. Si Bogotá responde de manera efectiva, está bien. Sin embargo, si no lo hace, debe tenerse la mayor precaución de que Estados Unidos no despliegue tropas de combate para luchar en las batallas de Colombia. "Debemos tener cuidado del ‘Síndrome Saudita’, en el cual regímenes extranjeros completamente inmerecidos nos manipulan para librar la pelea por ellos". (Peters, 2000:B01) "Si Bogotá se niega a fundar su propia defensa, Washington no debe asumir la responsabilidad" (Radu :...). En dicho escenario, la mejor alternativa, como algunos - aunque ciertamente no todos - creen, sería permitir que el actual gobierno corrupto, oligarca y moralmente arruinado colapse en lugar de postergar la agonía de su muerte al costo de vidas estadounidenses. Tras dicho colapso, admiten, Estados Unidos puede terminar teniendo que luchar en Colombia para proteger sus intereses estratégicos de todas maneras. Sin embargo, señalan, Washington puede hacerlo como parte de un consenso regional sobre la necesidad de intervención y como miembro de una coalición pelear en apoyo de un nuevo régimen "digno" en lugar de sostener artificialmente beneficiarios "indignos" (Peters, 2000:B01)

Por otro lado, existe una "línea reformista" que afirma que los conflictos internos actuales del país nunca serán resueltos para siempre, a menos que Bogotá primero emprenda profundas reformas socio-económicas y políticas diseñadas para solucionar las evidentes inequidades en la sociedad colombiana y democratizar su sistema político corrupto, elitista y excluyente. Desde esta perspectiva, la actual estrategia de Estados Unidos no refleja ni un plan realista para luchar contra las drogas ni un programa viable a largo plazo para la restauración de la paz y la estabilidad. "Washington debió haber aprendido desde hace tiempo que una relación con un ejército latinoamericano abusivo e ineficaz rara vez produce resultados positivos y casi siempre amenaza la democracia en la región" (The New York Times, 2000).

Dejando a un lado la retórica estadounidense, los reformistas piensan que el paquete de ayuda de Washington está extremadamente sesgado hacia soluciones militares y dedica demasiados pocos recursos a la "construcción institucional" y la reforma económica estructural. Los partidarios de la reforma no ignoran la necesidad de reorganizar y fortalecer las fuerzas armadas colombianas. Pero subrayan la crucial importancia de una estricta observancia de los derechos humanos por parte del ejército de romper vínculos entre las fuerzas del gobierno y los paramilitares, en lugar de equiparlos para librar una guerra prolongada contra la subversión. También enfatizan la necesidad fundamental de eliminar la impunidad militar mediante la subordinación de personal militar al escrutinio y las sanciones judiciales civiles. Esto, a su vez, requerirá que Washington y Bogotá asignen una mayor prioridad y más fondos a la reforma de un sistema judicial colombiano debilitado. De acuerdo con esta lógica, los US$ 45 millones en el 2000 (US$ 48 millones en 2001) designados para fortalecer los derechos humanos, la administración de justicia y la democracia son funestamente inadecuados y brindan un indicador revelador de las prioridades trastocadas que contiene la actual propuesta de ayuda de la administración Clinton.

Igualmente reveladores son los niveles comparativamente bajos de recursos (US$ 145 millones) designados para programas de desarrollo alternativo. Si se llevan a cabo, el compromiso de Colombia de destruir 80.000 hectáreas de coca en el 2000 inevitablemente desplazará cientos de miles de campesinos de las zonas de cultivo de coca en el sur del país. Los recursos de ayuda contemplados en la actual propuesta de presupuesto ante el Congreso de Estados Unidos simplemente no serán suficientes para abordar el problema de la nueva población desplazada y mucho menos para manejar las dificultades de casi dos millones de colombianos que han sido dislocados previamente durante los últimos quince años de conflicto. Adicionalmente, la prioridad dada al ejército colombiano deja poco o nada para los programas de sustitución de cultivos y desarrollo alternativo que se necesitan con tremenda urgencia, al igual que inversión en carreteras, puentes, escuelas y facilidades de salud pública. En lugar de alejar al campesinado colombiano del cultivo de coca, la presente estrategia tiene mucha mayor probabilidad de expandir la producción de coca hacia la vasta frontera agrícola de los llanos orientales de Colombia, la región amazónica y más profundamente en Brasil y otros países vecinos. Al mismo tiempo, al menos cierta parte de la población campesina colombiana que se encuentra cada vez más desesperada probablemente engrosará las filas de las FARC, otros grupos guerrilleros y los paramilitares.

Si bien generalmente adoptan un enfoque de política estadounidense más "orientada al desarrollo" hacia Colombia, algunos reformadores también hacen gran énfasis en la necesidad de que Washington gaste más dinero en reducir la demanda de Estados Unidos, mientras que otros no. Dichos críticos sostienen que Estados Unidos ha asignado consistentemente muy pocos recursos para tratamientos de prevención, educación, y rehabilitación en su propio país. "Sólo compárese la solicitud de US$ 1.6 billones por parte de Colombia durante un período de 18 meses con los US$ 2 billones para toda la prevención y tratamiento en el presupuesto propuesto para 2001..." (Seattle Post-Intelligencer Editorial Board, 2000). "Francamente, será mucho más valioso para la salud de Estados Unidos gastar dinero domésticamente que en helicópteros Blackhawk..." (Seattle Post-Intelligencer Editorial Board, 2000).

Evidentemente, la actual estrategia hacia Colombia no satisface de lleno ni a los de "línea dura" ni a los reformistas. En efecto, lo que busca es no tomar partido por ninguna de las dos opciones. La guerra contra las drogas sigue siendo la prioridad formal y el monitoreo a los derechos humanos una condición para la ayuda de Estados Unidos. Sin embargo, el grueso de la asistencia estadounidense será canalizada a través del ejército colombiano en vez de ser dedicada a reformas socio-económicas e institucionales. Esta estrategia de "dos opciones" puede incluso ser capaz de sostener el régimen político al menos durante los próximos años, pero es poco probable que genere una paz duradera o una estabilidad política permanente en la década venidera.

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citas

8.Aunque los oficiales de alto rango de Estados Unidos alimentaron las expectativas de un mayor paquete de ayuda de EU durante la segunda mitad de 1999, las discusiones partidistas y las intensas disputas alrededor de prioridades presupuestales entre los republicanos y los demócratas del Congreso condujeron a posponer la solicitud de ayuda inicial en el Congreso de Estados Unidos a finales de 1999 (Shifter, 2000: 51).
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9.Los US$ 228 correspondían a tres veces la cantidad de ayuda que Colombia había recibido de Estados Unidos en el Año Fiscal de 1998 durante el último año del gobierno de Samper. Durante esta administración, prácticamente todo el flujo reducido de ayuda anti-narcóticos de Estados Unidos a Colombia fue canalizada a través de la Policía Nacional encabezada por el General Rosso José Serrano, más que mediante el ejército, el cual fue percibido por las autoridades estadounidenses como corrupto y profundamente involucrado con abusos de los derechos humanos (GAO, 1998, 1999d).
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10.El asesinato por parte de las FARC de tres norteamericanos defensores de los derechos humanos, ocasionó la impensable reactivación de los contactos entre los diplomáticos norteamericanos y las FARC
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11.(Presidencia de la República, 1999) Claramente indicando que su pretensión primordial era convencer a Estados Unidos de apoyar al gobierno Pastrana, el Plan Colombia fue inicialmente escrito en ingles y fue circulado primero en Washington antes de estar disponible en español para el Congreso de la República en Bogotá.
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12.Sobre los efectos de los programas de erradicación de coca en Colombia ver Younger (1997) y Tokatlián (2000)
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13.Cuando fue presionado por congresistas escépticos durante su testimonio sobre el paquete de ayuda de Clinton ante el subcomité de la Casa de Apropiaciones ? ? ? que vigila la ayuda externa, el Director de la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas, el General Barry McCaffrey, respondió : "Yo personalmente creo que tenemos que pensarlo como un esfuerzo de cinco años". Para entonces, afirmó, habría "reducciones sustanciales en la producción de drogas". Algunos de sus críticos en el subcomité expresaron temores de que la propuesta conduciría a Estados Unidos hacia otra intervención al estilo de Vietnam y otros señalaron que los fondos podrían ser mejor utilizados en Estados Unidos en el control a la demanda de drogas en ese país (Fram, 2000). Sobre las dificultades para obtener recursos de la Unión europea ver (Corral, 2000)
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