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Pero otras evidencias de la influencia peruana son escasas. Hay
un sello manteño que muestra un cuerpo devorado por buitres,
castigo común entre las culturas de la costa norte del Perú (figura
15). Hay varias figuras de dragones, sin crestas y con crestas, que
ciertamente tiene su origen también en Moche o en las culturas
relacionadas con Moche. Y después, con la intensificación del
comercio del Spondylus, primero con la cultura Sicán o Lambayeque y
posteriormente con los Chimúes (¿y los comienzos del comercio por
balsa?), aparecen los adornos personales: alfileres, cucharas de
orejas y cosas parecidas, que por lo menos a juzgar de sus detalles
pudieran haber sido fabricados en el Perú. Está también el problema
de las hachas moneda, admirablemente tratado por Hosler, Lechtman y
Holm (1990). Estas se encuentran en los sitios tardíos más no en
los sitios de los tiempos incaicos o de la conquista. Pero toda la
evidencia es de un intercambio, probablemente no directo, con las
culturas costeras peruanas: no hay evidencia de la presencia de
Huari en la costa ecuatoriana ¿Por qué? Me aventuraría a decir que
esto sucedió porque la presencia Huari en las culturas de la costa
norte peruana fue muy débil y no afectó substancialmente ni al arte
ni a la iconografía de los pueblos de la costa. Al contrario: la
Huari era una cultura de la sierra y, como sucedió posteriormente
con los Incas, su interés hacia el norte era por las culturas
serranas. Y, como los Incas en los siglos que vendrían, su interés
era sustancial. Por supuesto, así sucedió con los peruanos de la
costa, y es en las culturas de la sierra sur del Ecuador donde se
ve la evidencia de comercio no solamente con Huari y Moche, sino
también con Sicán y Chimor. Es posible que este comercio trajera
alguna influencia ideológica, como se puede ver en el sol de oro:
la cara de un dios peruano.
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Figura 15. Sello manteño con un
motivo Moche-Chinif del castigo de los buitres. Según la figura 96,
Emilio Estrada, Arqueología de Manahí, Museo Víctor Emilio Estrada,
Guayaquil, 1962.
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La evidencia de la anécdota
Ninguno de los dos soles fue encontrado por un arqueólogo, esto
es muy cierto. En el caso del sol de Quito, sin embargo, tenemos el
testimonio de miembros de la familia, como también el de un
ex-ciudadano de Sigsig, el licenciado Guillermo Segarra. Max Konanz
compró el sol a Cornelio Vintimilla Muñoz. El señor Vintimilla
tenía un negocio de importaciones en la ciudad de Cuenca "a donde
frecuentemente acudían anticuarios, huaqueros, y negociantes de
arqueología -dice Juan Crespo Vintimilla en unas notas escritas en
enero de 1996 -, que sabían de su gran amistad con su concuñado Max
Konanz y le vendían piezas para él", Un día, probable mente a fines
del año 1939 o a comienzos de 1940 el señor Ariolfo Vásquez Moreira
llego con una "pelota" de oro arqueológico. Lo curioso es que el
señor Vásquez era un empleado del Banco Central del Ecuador
encargado de la adquisición del oro arqueológico para fundir. En el
caso del sol, decidió vendérselo al señor Vintimilla, indicándole
que la pieza procedía de la vecindad de Sigsig.
En un video realizado por Juan Crespo Vintimilla el 15 de junio
de 1990 en la hacienda de San Calo, en donde Max Konanz tenía su
museo privado, se ve que Martha Konanz Muñoz, hija de Max, doña
Eulalia Vintimilla de Crespo, Cornelio Vintimilla Espinosa y su
hijo de Cornelio Vintimilla Muñoz -quien compró el sol del señor
Vásquez- averiguaron que el sol de Quito procedía de la vecindad de
Chordeleg - Sigsig. Doña Eulalia y doña Martha también dicen que
cuando Max Konanz recibió la máscara vieron que ésta tenía la forma
de un bulto con la cara en el centro y los rayos enrollados y
aplastados alrededor del rostro del "Inca". Ambas señoras dicen
también ci se hallaban presentes en la casa de Max Konanz en
Guayaquil cuando él y su esposa, Dolores Vintimilla, pasaron la
noche desenrollando el sol con pequeños martillos y espátulas de
madera, proceso durante el cual que tiraron algunos de los
rayos.
Aparte de las familias Vintimilla, Crespo y Konanz, era más o
menos bien conocido que el sol provenía de Chunucari, entre
Chordeleg y Sigsig. En entrevista realizada el 13 de diciembre de
1997, el licenciado Guillermo Segarra Iñíguez, nativo de Sigsig, me
contó de su visita a Chunucari después del descubrimiento del sol.
La propiedad, que queda cerca de la unión de los ríos Palmar y
Santa Bárbara, cerca de la puente actual de la carretera Cuenca-San
Bartolomé-Chordeleg-Sigsig, era de la familia Astudillo de Cuenca.
Al lado de la casa de los Astudillo estaba la casa de una familia
Montezdoca. La tumba en donde se descubrió el sol quedaba entre las
dos casas. El licenciado Segarra pasó un día cavando alrededor de
la tumba, descubriendo "algunas hachas de metal" (comunicación
personal de 13 de diciembre de 1997).
Seguramente Max Konanz también creía en esta procedencia porque,
en la primera foto del sol, tomada en la hacienda San Galo en 1940,
escribió debajo del sol el nombre de Chunucari como lugar de
procedencia. Fue solamente en los años 50 cuando Konanz cambió de
pronto la procedencia pero no por La Tolita, sino por Mongoya,
Manabí -por razones desconocidas.
Hay otra versión de la historia del sol. En Cuenca vive una
persona que afirma que el sol, en realidad, fue encontrado en la
costa por algunos nazis de apellido de Schwartz, que lo llevaron
para venderlo con el fin de ocultar su origen. Esto parece difícil
de aceptar, pues el sol estaba ya en la colección de Konanz mucho
antes de que surgiera algún cuestionamiento a los nazis y
simpatizantes en el Ecuador. Y está también la opinión de que debe
provenir de La Tolita, porque dice así "el libro" (varios catálogos
del Museo del Banco Central). Pero la procedencia de La Tolita,
como agudamente observa Ernesto Salazar (1995: 162-163), llegó al
sol de Quito muy tarde. En la primera publicación sobre esta pieza,
en 19 se la asignaba a la sierra sur. Fue sólo más tarde cuando, de
pronto, se le asignó La Tolita como lugar de procedencia, quizá
porque el Museo había adquirido por este mismo tiempo un abundante
material de La Tolita y una buena porción de aquel era de oro,
aunque de un estilo muy diferente. Y, volviendo a nuestro
comentario introductorio acerca de la costumbre de asignar nombres
de lugares de procedencia por parte de los huaqueros, negociantes y
curadores de museos, el atribuirlo a La Tolita quizá repentinamente
resultaba más atractivo y más de moda que asignarle un
insignificante rincón de la fría sierra austral, lejos de donde se
llevaban a cabo en esos años las investigaciones del pasado del
Ecuador.
Quizá existieron otras razones: Konanz cambió la procedencia del
sol, después de más de 15 años, posiblemente a causa del nuevo sol
de oro de Emilio Estrada. A su vez, Hernán Crespo Toral cambió esa
procedencia por la de La Tolita. Nadie ha presentado ninguna prueba
ni para sustentar la procedencia de Manabí ni la de La Tolita. En
el video de 1990, la hija de Max Konanz dice que ella no sabe por
qué se efectuó el cambio de procedencia sino que, como había
intercambio entre la costa y la sierra, posiblemente su padre
pensaba que el sol era el resultado de este intercambio.
La verdadera procedencia del sol de
oro y de su gemelo
El volumen de pruebas iconográficas, arqueológicas y anecdóticas
respalda la versión original del dueño del sol y de su cuñado,
quien compró la pieza al cuencano, quien a su vez la compró al
huaquero: que el sol vino de cerca de Sigsig, probablemente del
mismo Chunucari.
Esta es un zona que ha proporcionado abundantes testimonios de
elites ricas que comerciaban tanto con la sierra como con la costa
del Perú y que se ataviaban con ornamentos procedentes de aquellos
lugares o que introducían motivos extranjeros en los estilos
locales de metal. No contamos con ejemplares de cerámica, madera o
textiles, de manera que no podemos decir si esta influencia existió
o no en muchos medios. El sol de Quito, sin embargo, es muy
probablemente una obra ecuatoriana. No es una copia servil de una
pieza peruana, sino más bien una reinterpretación de la figura de
una deidad que parece que cansó una considerable impresión en por
lo menos un ecuatoriano de entonces. El sol de Quito, con su boca
cuadrada, sus colmillos y dientes y sus rayos elaborados que
terminan en una serpiente que sostiene una cabeza de trofeo en la
boca, es verdaderamente una obra de arte original.
¿Y el sol de Manabí? Es muy cierto que Emilio Estrada lo compró
a media- dos de los años cincuenta (Estrada, l961) poco tiempo
después de que el sol de Quito fuera publicado por primera vez
(como portada del volumen VI No. 58 del Boletín de la Casa de la
Cultura Ecuatoriana, diciembre de 1953, donde figura Chunucari como
lugar de procedencia de la pieza). Las circunstancias de la compra
son un poco extrañas. Por lo común el señor Julio Viteri compraba
las antigüedades para el señor Estrada. Pero fue el mismo señor
Estrada quien compró el sol y ocultó esta compra a todos durante
algunos meses (Javier Véliz, comunicación personal, noviembre de
1997). A diferencia del sol de Konanz, no se tiene la menor idea de
cuándo se produjo su descubrimiento ni existen recuerdos personales
de gente asocia da con el señor Estrada y su colección. De todos
modos el sol permaneció en poder del señor Estrada, parece que por
no más de un año, después de la primera publicación de una foto del
sol de Konanz. Los dos soles son extraordinariamente semejantes. El
uno mide 40 x 60 x 1 Cm; el otro, 44 x 48 x 2 cm, o sea es apenas
un poco más grande. El sol de Quito tiene 46 rayos (o los tenía
originalmente); e de Estrada, 44 (uno de los grupos de rayos de la
base está totalmente roto; otros han perdido la cabeza y tino falta
por completo). En ambos soles los rayos están distribuidos en forma
casi idán tica en un penacho central que sale de la corona de la
cara y en una serie de grupos a los lados. El sol de Quito tiene
una distribución continua de rayos a los lados, alrededor y en
sectores bajos de la cara; el de Estrada los tiene más claramente
divididos en manojos, pero es esencialmente el mismo. La base del
penacho superior es más estrecha y, a diferencia del sol de Quito,
no tiene ningún diseño de dragones en antítesis. Los rayos de la
pieza de Estrada son más simples que los del sol de Quito. No hay
una línea levantada del centro que siga el zigzag del rayo, y las
cabezas terminales son simples cabezas de serpiente, no una cabeza
de serpiente con una cabeza trofeo en la boca.
El sol de Quito tiene un rostro rectangular con una curiosa área
en forma de T, en donde está colocada la boca de semicircular con
dientes pequeños y colmillos dobles. El sol de Estrada tiene un
área más grande, también en forma de ojos almendrados semejantes al
sol de Quito y boca más pequeña, menos definida, llena de pequeños
dientes repujados y sin colmillos. Las narices son similares pero
las orejas son muy diferentes. El sol de Quito presenta dos
semicírculos repujados, con dos agujeros practicados para ajustar
el sol a su espaldar. Las tres líneas, también repujadas, que
penden de estas orejas estilizadas, probablemente representen los
aretes largos comunes en el Ecuador en esta época (Bruhns, s.f.).
La misma cara tiene un extremo claramente curvado, lados bien
definidos, pero no hay línea del mentón. Los rayos inferiores salen
de los lados del rostro-mentón sin ninguna demarcación. En
contraste, el sol de Estrada tiene orejas de doble espiral,
colocadas hacia atrás; en los lados del rostro. Modelos semejantes
de orejas se utilizan en muchas culturas de los Andes, pero todos
miran en otra dirección. El rostro mismo es estrictamente
rectangular, y los agujeros que presumiblemente se usaban para
ajustar la máscara a su respaldo están colocados entre el rostro y
las orejas hacia atrás.
Dada la real identificación de la máscara de Manabí con la de
Chunucari, la interpretación simplista de la máscara manabita y los
extraños detalles, como el de los oídos y el de la boca, puede ser
que la máscara de Estrada no sea tan antigua como la gente ha
pensado. La representación simplista de los detalles puede
fácilmente deberse a una copia, usando la fotografía recientemente
publicada (1953) como modelo. En esta fotografía, la boca con sus
colmillos, la línea del centro que se levanta de los rayos y las
cabezas que terminan en cabeza trofeo no están claramente visibles
incluso en la impresión más clara disponible. El poner énfasis en
las divisiones de los grupos de rayos y los extraños detalles,
tales como las orejas hacia atrás y las cabezas de serpiente de
Nazca (sí, de Nazca, presumiblemente copiadas de un catálogo,
ampliamente accesible, del Museo de Oro Mujica Gallo de Lima) bien
puede indicar que la pieza fue copiada de una fotografía por
alguien que no estaba familiarizado con las exigencias del arte de
Huari, pero que estaba muy enterado del interés del mercado del
arte en piezas que fueran semejantes a las de los museos famosos.
Así pues, la pieza fue vendida, como sucede con estas cosas, y cayó
en manos de alguien que, como les pasa a muchos, creyó que este
objeto maravilloso era de genuina antigüedad. Cabe mencionar que
hoy en día los fabricantes de antigüedades de Manabí están
habituados a usar las publicaciones del Museo del Banco Central y
del Banco del Pacífico como modelos para sus obras de arte. No hay
por qué pensar que ésta es una idea totalmente nueva. De todos
modos, nunca lo sabremos.
Ambas piezas son testimonio de la. vergonzosa historia de robar
el pasado para enriquecer el presente. Todas las discusiones acerca
de dónde vinieron y aún de su autenticidad son, en último término,
inútiles. Las anécdotas, testimonios y otras pruebas aportadas por
la huaquería en la sierra sur parecerían respaldar la afirmación
original de que el sol de Quito proviene de Chunucari. Quizá
también el de Manabí sea auténtico. Quizá hubo un activo comercio
entre los metalúrgicos o un intercambio de sus trabajos entre las
elites de los cacicazgos o protoestados del Desarrollo Regional o
Periodo de Integración del Ecuador. Pero esperemos a que se
encuentren algunas de estas piezas en un contexto arqueológico en
el curso de una excavación controlada.
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