Ficha bibliográfica
Titulo:
Huaquería, procedencia, y fantasía: los soles de oro del Ecuador
Edición original: 2005-05-27
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-27
Creador: Banco de la República




INDICE




Pero otras evidencias de la influencia peruana son escasas. Hay un sello manteño que muestra un cuerpo devorado por buitres, castigo común entre las culturas de la costa norte del Perú (figura 15). Hay varias figuras de dragones, sin crestas y con crestas, que ciertamente tiene su origen también en Moche o en las culturas relacionadas con Moche. Y después, con la intensificación del comercio del Spondylus, primero con la cultura Sicán o Lambayeque y posteriormente con los Chimúes (¿y los comienzos del comercio por balsa?), aparecen los adornos personales: alfileres, cucharas de orejas y cosas parecidas, que por lo menos a juzgar de sus detalles pudieran haber sido fabricados en el Perú. Está también el problema de las hachas moneda, admirablemente tratado por Hosler, Lechtman y Holm (1990). Estas se encuentran en los sitios tardíos más no en los sitios de los tiempos incaicos o de la conquista. Pero toda la evidencia es de un intercambio, probablemente no directo, con las culturas costeras peruanas: no hay evidencia de la presencia de Huari en la costa ecuatoriana ¿Por qué? Me aventuraría a decir que esto sucedió porque la presencia Huari en las culturas de la costa norte peruana fue muy débil y no afectó substancialmente ni al arte ni a la iconografía de los pueblos de la costa. Al contrario: la Huari era una cultura de la sierra y, como sucedió posteriormente con los Incas, su interés hacia el norte era por las culturas serranas. Y, como los Incas en los siglos que vendrían, su interés era sustancial. Por supuesto, así sucedió con los peruanos de la costa, y es en las culturas de la sierra sur del Ecuador donde se ve la evidencia de comercio no solamente con Huari y Moche, sino también con Sicán y Chimor. Es posible que este comercio trajera alguna influencia ideológica, como se puede ver en el sol de oro: la cara de un dios peruano.

Figura 15. Sello manteño con un motivo Moche-Chinif del castigo de los buitres. Según la figura 96, Emilio Estrada, Arqueología de Manahí, Museo Víctor Emilio Estrada, Guayaquil, 1962.
 

La evidencia de la anécdota

Ninguno de los dos soles fue encontrado por un arqueólogo, esto es muy cierto. En el caso del sol de Quito, sin embargo, tenemos el testimonio de miembros de la familia, como también el de un ex-ciudadano de Sigsig, el licenciado Guillermo Segarra. Max Konanz compró el sol a Cornelio Vintimilla Muñoz. El señor Vintimilla tenía un negocio de importaciones en la ciudad de Cuenca "a donde frecuentemente acudían anticuarios, huaqueros, y negociantes de arqueología -dice Juan Crespo Vintimilla en unas notas escritas en enero de 1996 -, que sabían de su gran amistad con su concuñado Max Konanz y le vendían piezas para él", Un día, probable mente a fines del año 1939 o a comienzos de 1940 el señor Ariolfo Vásquez Moreira llego con una "pelota" de oro arqueológico. Lo curioso es que el señor Vásquez era un empleado del Banco Central del Ecuador encargado de la adquisición del oro arqueológico para fundir. En el caso del sol, decidió vendérselo al señor Vintimilla, indicándole que la pieza procedía de la vecindad de Sigsig.

En un video realizado por Juan Crespo Vintimilla el 15 de junio de 1990 en la hacienda de San Calo, en donde Max Konanz tenía su museo privado, se ve que Martha Konanz Muñoz, hija de Max, doña Eulalia Vintimilla de Crespo, Cornelio Vintimilla Espinosa y su hijo de Cornelio Vintimilla Muñoz -quien compró el sol del señor Vásquez- averiguaron que el sol de Quito procedía de la vecindad de Chordeleg - Sigsig. Doña Eulalia y doña Martha también dicen que cuando Max Konanz recibió la máscara vieron que ésta tenía la forma de un bulto con la cara en el centro y los rayos enrollados y aplastados alrededor del rostro del "Inca". Ambas señoras dicen también ci se hallaban presentes en la casa de Max Konanz en Guayaquil cuando él y su esposa, Dolores Vintimilla, pasaron la noche desenrollando el sol con pequeños martillos y espátulas de madera, proceso durante el cual que tiraron algunos de los rayos.

Aparte de las familias Vintimilla, Crespo y Konanz, era más o menos bien conocido que el sol provenía de Chunucari, entre Chordeleg y Sigsig. En entrevista realizada el 13 de diciembre de 1997, el licenciado Guillermo Segarra Iñíguez, nativo de Sigsig, me contó de su visita a Chunucari después del descubrimiento del sol. La propiedad, que queda cerca de la unión de los ríos Palmar y Santa Bárbara, cerca de la puente actual de la carretera Cuenca-San Bartolomé-Chordeleg-Sigsig, era de la familia Astudillo de Cuenca. Al lado de la casa de los Astudillo estaba la casa de una familia Montezdoca. La tumba en donde se descubrió el sol quedaba entre las dos casas. El licenciado Segarra pasó un día cavando alrededor de la tumba, descubriendo "algunas hachas de metal" (comunicación personal de 13 de diciembre de 1997).

Seguramente Max Konanz también creía en esta procedencia porque, en la primera foto del sol, tomada en la hacienda San Galo en 1940, escribió debajo del sol el nombre de Chunucari como lugar de procedencia. Fue solamente en los años 50 cuando Konanz cambió de pronto la procedencia pero no por La Tolita, sino por Mongoya, Manabí -por razones desconocidas.

Hay otra versión de la historia del sol. En Cuenca vive una persona que afirma que el sol, en realidad, fue encontrado en la costa por algunos nazis de apellido de Schwartz, que lo llevaron para venderlo con el fin de ocultar su origen. Esto parece difícil de aceptar, pues el sol estaba ya en la colección de Konanz mucho antes de que surgiera algún cuestionamiento a los nazis y simpatizantes en el Ecuador. Y está también la opinión de que debe provenir de La Tolita, porque dice así "el libro" (varios catálogos del Museo del Banco Central). Pero la procedencia de La Tolita, como agudamente observa Ernesto Salazar (1995: 162-163), llegó al sol de Quito muy tarde. En la primera publicación sobre esta pieza, en 19 se la asignaba a la sierra sur. Fue sólo más tarde cuando, de pronto, se le asignó La Tolita como lugar de procedencia, quizá porque el Museo había adquirido por este mismo tiempo un abundante material de La Tolita y una buena porción de aquel era de oro, aunque de un estilo muy diferente. Y, volviendo a nuestro comentario introductorio acerca de la costumbre de asignar nombres de lugares de procedencia por parte de los huaqueros, negociantes y curadores de museos, el atribuirlo a La Tolita quizá repentinamente resultaba más atractivo y más de moda que asignarle un insignificante rincón de la fría sierra austral, lejos de donde se llevaban a cabo en esos años las investigaciones del pasado del Ecuador.

Quizá existieron otras razones: Konanz cambió la procedencia del sol, después de más de 15 años, posiblemente a causa del nuevo sol de oro de Emilio Estrada. A su vez, Hernán Crespo Toral cambió esa procedencia por la de La Tolita. Nadie ha presentado ninguna prueba ni para sustentar la procedencia de Manabí ni la de La Tolita. En el video de 1990, la hija de Max Konanz dice que ella no sabe por qué se efectuó el cambio de procedencia sino que, como había intercambio entre la costa y la sierra, posiblemente su padre pensaba que el sol era el resultado de este intercambio.

La verdadera procedencia del sol de oro y de su gemelo

El volumen de pruebas iconográficas, arqueológicas y anecdóticas respalda la versión original del dueño del sol y de su cuñado, quien compró la pieza al cuencano, quien a su vez la compró al huaquero: que el sol vino de cerca de Sigsig, probablemente del mismo Chunucari.

Esta es un zona que ha proporcionado abundantes testimonios de elites ricas que comerciaban tanto con la sierra como con la costa del Perú y que se ataviaban con ornamentos procedentes de aquellos lugares o que introducían motivos extranjeros en los estilos locales de metal. No contamos con ejemplares de cerámica, madera o textiles, de manera que no podemos decir si esta influencia existió o no en muchos medios. El sol de Quito, sin embargo, es muy probablemente una obra ecuatoriana. No es una copia servil de una pieza peruana, sino más bien una reinterpretación de la figura de una deidad que parece que cansó una considerable impresión en por lo menos un ecuatoriano de entonces. El sol de Quito, con su boca cuadrada, sus colmillos y dientes y sus rayos elaborados que terminan en una serpiente que sostiene una cabeza de trofeo en la boca, es verdaderamente una obra de arte original.

¿Y el sol de Manabí? Es muy cierto que Emilio Estrada lo compró a media- dos de los años cincuenta (Estrada, l961) poco tiempo después de que el sol de Quito fuera publicado por primera vez (como portada del volumen VI No. 58 del Boletín de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, diciembre de 1953, donde figura Chunucari como lugar de procedencia de la pieza). Las circunstancias de la compra son un poco extrañas. Por lo común el señor Julio Viteri compraba las antigüedades para el señor Estrada. Pero fue el mismo señor Estrada quien compró el sol y ocultó esta compra a todos durante algunos meses (Javier Véliz, comunicación personal, noviembre de 1997). A diferencia del sol de Konanz, no se tiene la menor idea de cuándo se produjo su descubrimiento ni existen recuerdos personales de gente asocia da con el señor Estrada y su colección. De todos modos el sol permaneció en poder del señor Estrada, parece que por no más de un año, después de la primera publicación de una foto del sol de Konanz. Los dos soles son extraordinariamente semejantes. El uno mide 40 x 60 x 1 Cm; el otro, 44 x 48 x 2 cm, o sea es apenas un poco más grande. El sol de Quito tiene 46 rayos (o los tenía originalmente); e de Estrada, 44 (uno de los grupos de rayos de la base está totalmente roto; otros han perdido la cabeza y tino falta por completo). En ambos soles los rayos están distribuidos en forma casi idán tica en un penacho central que sale de la corona de la cara y en una serie de grupos a los lados. El sol de Quito tiene una distribución continua de rayos a los lados, alrededor y en sectores bajos de la cara; el de Estrada los tiene más claramente divididos en manojos, pero es esencialmente el mismo. La base del penacho superior es más estrecha y, a diferencia del sol de Quito, no tiene ningún diseño de dragones en antítesis. Los rayos de la pieza de Estrada son más simples que los del sol de Quito. No hay una línea levantada del centro que siga el zigzag del rayo, y las cabezas terminales son simples cabezas de serpiente, no una cabeza de serpiente con una cabeza trofeo en la boca.

El sol de Quito tiene un rostro rectangular con una curiosa área en forma de T, en donde está colocada la boca de semicircular con dientes pequeños y colmillos dobles. El sol de Estrada tiene un área más grande, también en forma de ojos almendrados semejantes al sol de Quito y boca más pequeña, menos definida, llena de pequeños dientes repujados y sin colmillos. Las narices son similares pero las orejas son muy diferentes. El sol de Quito presenta dos semicírculos repujados, con dos agujeros practicados para ajustar el sol a su espaldar. Las tres líneas, también repujadas, que penden de estas orejas estilizadas, probablemente representen los aretes largos comunes en el Ecuador en esta época (Bruhns, s.f.). La misma cara tiene un extremo claramente curvado, lados bien definidos, pero no hay línea del mentón. Los rayos inferiores salen de los lados del rostro-mentón sin ninguna demarcación. En contraste, el sol de Estrada tiene orejas de doble espiral, colocadas hacia atrás; en los lados del rostro. Modelos semejantes de orejas se utilizan en muchas culturas  de los Andes, pero todos miran en otra dirección. El rostro mismo es estrictamente rectangular, y los agujeros que presumiblemente se usaban para ajustar la máscara a su respaldo están colocados entre el rostro y las orejas hacia atrás.

Dada la real identificación de la máscara de Manabí con la de Chunucari, la interpretación simplista de la máscara manabita y los extraños detalles, como el de los oídos y el de la boca, puede ser que la máscara de Estrada no sea tan antigua como la gente ha pensado. La representación simplista de los detalles puede fácilmente deberse a una copia, usando la fotografía recientemente publicada (1953) como modelo. En esta fotografía, la boca con sus colmillos, la línea del centro que se levanta de los rayos y las cabezas que terminan en cabeza trofeo no están claramente visibles incluso en la impresión más clara disponible. El poner énfasis en las divisiones de los grupos de rayos y los extraños detalles, tales como las orejas hacia atrás y las cabezas de serpiente de Nazca (sí, de Nazca, presumiblemente copiadas de un catálogo, ampliamente accesible, del Museo de Oro Mujica Gallo de Lima) bien puede indicar que la pieza fue copiada de una fotografía por alguien que no estaba familiarizado con las exigencias del arte de Huari, pero que estaba muy enterado del interés del mercado del arte en piezas que fueran semejantes a las de los museos famosos. Así pues, la pieza fue vendida, como sucede con estas cosas, y cayó en manos de alguien que, como les pasa a muchos, creyó que este objeto maravilloso era de genuina antigüedad. Cabe mencionar que hoy en día los fabricantes de antigüedades de Manabí están habituados a usar las publicaciones del Museo del Banco Central y del Banco del Pacífico como modelos para sus obras de arte. No hay por qué pensar que ésta es una idea totalmente nueva. De todos modos, nunca lo sabremos.

Ambas piezas son testimonio de la. vergonzosa historia de robar el pasado para enriquecer el presente. Todas las discusiones acerca de dónde vinieron y aún de su autenticidad son, en último término, inútiles. Las anécdotas, testimonios y otras pruebas aportadas por la huaquería en la sierra sur parecerían respaldar la afirmación original de que el sol de Quito proviene de Chunucari. Quizá también el de Manabí sea auténtico. Quizá hubo un activo comercio entre los metalúrgicos o un intercambio de sus trabajos entre las elites de los cacicazgos o protoestados del Desarrollo Regional o Periodo de Integración del Ecuador. Pero esperemos a que se encuentren algunas de estas piezas en un contexto arqueológico en el curso de una excavación controlada.

 

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