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INDICE
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Ese día en que hicimos la fundición, no se presentaron mayores
problemas, y los diez frenos y estribos salieron perfectos. En
otras ocasiones sí hubo desafíos mayores. Por ejemplo, a veces el
crisol se parte durante el trabajo. En tal caso la fundidora escoge
de su colección un fragmento de botella de vidrio, y con la muelle
coloca una astilla en la raja. El vidrio se ablanda en el calor,
tapando el crisol por un tiempo. Con suerte este remedio permite
que se termine la fundición.
En otra ocasión el metal no quiso derretirse. Cuando Don Angel
levantó el crisol para inspeccionarlo, descubrió que se había
quebrado y que una buena parte del bronce estaba en el fondo de la
fragua. Además una escoria (metal y carbón sobrequemado) tapaba la
boca del tubo de aire. El material que quedaba en el crisol era una
aleación tan rica en cobre que no se fundía. Don Angel tuvo que
vaciar el crisol en la tierra, desarmar la fragua, recuperar el
metal del fondo, sacar la escoria del tubo con cincel y martillo,
y, para volver a usar el material del crisol y del fondo de la
fragua, rompió con cincel los lingotes (cinco libras de material).
Luego, empezó de nuevo con otro crisol. La mala suerte resultó en
un día adicional de trabajo castigador.
El acabado
El último paso en la producción es cortar los jitos (apéndices
inútiles de los artefactos), pulir las piezas y armar los frenos y
espuelas. Don Angel tiene la costumbre de usar un tornillo de
banco, con el cual sostiene cada artefacto para poder sacar los
jitos (con una sierra para cortar metal) y para limarlos. En
cambio, la señora Rosa trabaja de la manera que aprendió en su
niñez. Hasta la fecha Rosa prefiere sentarse descalza en el piso de
la casa, frente a una tabla de madera (65 x 12 x 9 cm.) en la cual
se encuentra un clavo (sin cabeza) que sirve para sostener los
artefactos durante el limado (Figuras 19-20) . Para limar con
energía Rosa tiene distintas maneras de aprisionar el artefacto sin
usar el tornillo de banco. Lo atrapa con el pie y a cada rato
cambia la posición del artefacto con destreza. En un caso, Rosa
inserta la punta de una lima vieja en el hueco del freno y aplasta
el otro extremo de la lima debajo de la pierna doblada: con la
presión de la pierna, agarra el artefacto para poder limarlo. El
limado, sea en el tornillo o en el piso, requiere bastante energía
y fuerza.
El acabado se hace con limas de media caña (quiere decir que el
corte transversal es plano-convexo) . Se empieza con una lima de
grano grueso para sacar toda el barro quemado, las irregularidades
de los filos y cualquier mancha en la superficie de la pieza.
Luego, se usa una lima fina para dar brillo a todo. Los estribos,
los «ochos» (tornillos para amarrar animales) y las marcas reciben
un solo limado que deja la superficie brillante pero rayada. Los
artefactos más finos, como hebillas y las espuelas, reciben dos
limados, y luego se lija con papel de esmeril (primero el grado
grueso y luego fino). Al final los fundidores le sacan el brillo
con un bruñidor de hierro inoxidable (utilizado por dentistas para
pulir). Las espuelas de platina brillan como un espejo.
Para acabar un freno, las piezas de bronce reciben un solo
limado, pero Rosa siempre presta mucha atención a los filos de cada
pieza, para que salgan lisos y redondeados: así no hacen daño ni al
animal ni a las correas de cuero o de soga. Luego hay que unir al
freno algunos componentes de hierro. Los fundidores son también
herreros, y con un fuego pequeño en la misma fragua trabajan clavos
de varios tamaños, alambres y varillas de hierro (de una media
pulgada). De estos materiales fabrican, sobre el riel que sirve de
yunque, una serie de piezas especiales, incluyendo una cadena
apropiada para armar el freno (Figura 2). El artesano (o la
artesana) fabrica las piezas con dimensiones determinadas por
mediciones hechas de la manera tradicional. Una de las piezas de
hierro mide una cuarta más un nudito (unos 20 centímetros) . Una
cuarta es la distancia entre el extremo del dedo meñique y el
extremo del pulgar cuando los dedos están extendidos, y el nudito
es la distancia entre el extremo próximo del primer falange del
pulgar y el extremo distal de la uña del mismo.
Con todas las piezas hechas, Rosa y Angel se sentaron en el piso
de la casa con algunas herramientas para armar los frenos. Los
«ojos» (o huecos) enlos artefactos de bronce permitieron que las
piezas de hierro se unan con las piezas fundidas. A lo último, se
insertaron en los extremos del freno dos ganchos de hierro, y las
dos argollas se engancharon allí. Golpeando con un martillo, Rosa
cerró cada gancho para que las argollas quedaran en su posición,
listas para juntar las riendas. Aunque las argollas se gastan con
el tiempo, las piezas principales de bronce duran toda la vida. Las
partes que son de hierro se dañan pronto. Igual las marcas de
bronce, que se funden encima de una varilla de hierro (que sirve de
mango), tienen que reemplazar- se porque la varilla se oxida y se
rompe después de unos años.
La tecnología en
perspectiva moderna
Es importante señalar que el conocimiento técnico de los
fundidores nunca ha sido estático. A través de los siglos varios
aspectos novedosos se acomodaron dentro de la tecnología campesina.
Los artesanos luchan siempre para producir unos productos útiles en
una manera económica y eficaz. Mientras que las condiciones cambian
(por ejemplo, en el proceso de modernización), los fundidores
prueban nuevos procedimientos, incluyendo técnicas inventadas y
otras adoptadas. Por ejemplo la mamá de Adela Borbor (Sra.
Francisca Rodríguez) es la persona que inventó una revolucionaria
técnica para preparar el modelo de las espuelas. La señora Adela
explica que antiguamente la cola de la espuela se fundía en una
sola parte y que para armar la rodaja, el artesano tenia que cortar
esa cola con una sierra de metal. La señora Francisca experimentó
con una cola bifurcada, que hace mucho más fácil el armado de la
rodaja de la espuela (Figura 1 ) . Además, sus innovaciones (en el
modelado en cera y también en el enlodado) permitieron que se
coloque una rodaja más gruesa (de hierro galvanizado, bronce o
platina) . Este es un mejoramiento notable porque las rodajas
actuales son más duraderas que las antiguas. Hoy en día, todos los
fundidores preparan la cera y hacen el enlodado de la manera
inventada por la Sra. Francisca. No se ha solicitado patente.
A pesar de múltiples cambios en el periodo histórico, varias
técnicas actuales pueden tener sus raíces en el periodo aborigen.
No sabemos si el uso de la técnica de la cera perdida en Santa
Elena ha persistido durante cinco siglos, pero es fascinante que en
el campo esta tecnología se consideraba eficaz y económica hasta
nuestros tiempos. Solo la última ola de modernización está acabando
con la fundición campesina en la península de Santa Elena.
Es impresionante el hecho de que los fundidores tengan varias
habilidades: saben reparar casi toda clase de objetos de metal; son
herreros y también funden metal; reparan escopetas y candados;
fabrican llaves con herramientas especiales; y trabajan con plomo y
saben soldar metales utilizando diversas técnicas, incluyendo unos
procesos antiguos que son peligrosos y venenosos (ya no venden los
ingredientes necesarios en las ferreterías). Los fundidores dominan
varias ramas de la tecnología antigua, pero ninguna de estas tiene
valor en el mercado moderno.
Los fundidores de Santa Elena están orgullos de sus habilidades.
Les gusta la profesión y lamentan que el oficio antiguo se muera
con ellos.
Los conocimientos profundos de estos artesanos desaparecen
cuando la nueva generación no los aprende. La señora Adela (que
tiene más de 50 años) ya no puede ganar la vida fundiendo bronce
porque ya casi no hay demanda. Hay pocos animales y en las
ferreterías la gente compra espuelas baratas de la sierra y
argollas (para las redes de pesca) importadas del Japón. Parece
seguro que la fundición en el campo desaparecerá igual que el resto
de la cultura campesina de Santa Elena.
La única esperanza es que este oficio antiguo se mantenga en el
contexto de la exposición educacional en el nuevo museo regional en
Santa Elena (el Museo Los Amantes de Sumpa). Es posible que una
nueva generación aprenda el oficio como parte del recurso
educacional, y como parte de la nueva afición por el turismo
ecocultural. Cuando los jóvenes y niños escolares observan las
artesanías tradicionales, aprecian más la vida de antaño y
entienden mejor que sus abuelos trabajaron con pocas herramientas
pero con mucha destreza. Estos antepasados se defendieron bien y
durante siglos encontraron manera de satisfacer sus necesidades
trabajando con sus propias manos. Utilizaban los recursos del medio
ambiente local y compraron poco. Estos jóvenes tranquilamente
pueden estar orgullosos de estos abuelos y de su tradición
étnica.
Hoy en día la señora Rosa, su hija mayor y la señora Adela,
junto con otros artesanos, trabajan en los talleres del nuevo museo
y su trabajo sirve como un recurso educativo importante (Stothert y
Freire 1997). También los turistas gozan de la oportunidad de
conocer cómo era la vida hasta hace poco tiempo en el campo de
Santa Elena. La gente nacional y los extranjeros que visitan el
museo en Santa Elena para divertirse, representan un nuevo mercado:
muchos desean comprar los bellos estribos, hebillas y espuelas que
manifiestan la destreza de los artesanos tradicionales y que
representan una cultura duradera del pasado. Ojalá que la fundición
no se pierda.
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