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INDICE
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Jeques de la capitanía
Si en el seminario se encontraban el futuro capitán y el
sacerdote, en el adoratorio del funcionario «civil» sólo podía
entrar el funcionario religioso, pues como lugar de ofrendas era
tabú para todos los demás (Epítome,:300; Londoño, 1989: 103;
Colmenares, 1973:59; ANC. CaIn: 16: 575v, 58lr). El jeque resultaba
un complemento indispensable del capitán, quien a través de él
cumplía con cuidar el santuario, hacer ofrendas y sacrificios:
Los caciques hacen sacrificio mandándolo hacer a sus jeques y
santeros, que son seis santeros de cada cacique grande y de cada
capitán uno y dos si es capitán grande. (Santiago, 1991: 664v;
Casilimas y López, /1981/).
No punteamos mejor esta declaración aislada porque presenta
problemas semánticos. En los documentos de archivo la expresión
«capitán grande» suele referirse al sybyntiba por oposición al uta,
de manera que podría leerse que el primero podía tener dos
sacerdotes a su servicio y el utatiba uno (y por lo tanto templos
de la uta), o bien que ser capitán grande era requisito para tener
uno o dos santeros. Para complicar las cosas, también se
distinguían rangos entre los sacerdotes, diferenciados en jeques y
tibas «que son los xeques curas y los tibas sacristanes» (Ibarra y
Porras Mexía, /1594/: 247). Desde ya resalta el uso del mismo
término para los capitanes y estos dichos «sacristanes». Muchas
veces se dice a fines del siglo XVI que los santuarios los cuidaban
«indios viejos», lo que de acuerdo al diccionario de la lengua
Mosca se decía tybara o tybacha, donde cha es varón; pero tyba
aparece también como platero (orfebre) y por «[h]ola compañero»
(Anónimo, 1987: 219, 285, 296, 331, 333).
Durante la visita de Ibarra a Fontibón se capturaron cien
santeros y se levantó un listado de sus nombres (Tabla 1) que como
género de documento, es diferente de las opiniones individuales que
hemos venido usando hasta aquí: el listado se habría elaborado un
sábado a partir de testimonios de indios pero el domingo, estando
todo el pueblo reunido después del sermón, los funcionarios
españoles «mandaron que cada capitanía apartase sus jeques» y
trabajaron con ellos directamente durante una semana hasta
decomisar centenares de ídolos y ofrendas. Lamentablemente, se
habla de 35 santeros más que no quedaron listados por estar fuera
del pueblo y falsean las estadísticas. El cacique, por ejemplo,
aparece con cuatro jeques, uno de los cuales «es su jeque mayor»
(otro grado de jerarquía entre sacerdotes); pero un quinto jeque,
Cuy, le sirvió para hacer una ofrenda en esos días
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(Ibarra y Porras Mexía,
/1594/).
Fontibón tenía para esta fecha 507 indios tributarios y 1.324
«indias y chusma» (Ruiz Rivera, 1972: 23) y era una de las siete
mayores encomiendas del partido de Santafé. Aún así, los 135
sacerdotes resultan ser más de una quinta parte de los hombres, una
proporción a todas luces muy alta. En Fúquene, una cantidad similar
de sacerdotes se asocia a la presencia de un templo, lo cual
también pudo ser el caso de Fontibón:
En una de las islas de la laguna de Fúquene -dice Quesada en su
Compendio-, habría un templo de gran veneración y donde de
ordinario había gran romeraje y concurso de peregrinos, y donde
había siempre cien sacerdotes para el culto de aquel santuario.
(Zamora, / 1701/: 1: 278).
En otro tiempo, cuenta el padre Lyra, [Fontibón] había poseído
un célebre templo indígena, consagrado a una de las divinidades
chibchas, Festiquintiba. Centenares de negociantes acudían a él en
busca de los favores de su dios
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. (J. M. Pacheco, en Velandia, 1982:67).
Si nos adentramos en el análisis del listado de santeros
encontramos en primera instancia que está organizado por capitanías
sybyn «diez capitanes e parcialidades principales» dicen Ibarra y
Porras Mexía, /1594/:251) confirmando que los sacerdotes se ceñían
a este esquema de la sociedad. Sin embargo, no registra «uno y dos»
sino seis a catorce santeros por capitanía (más los 35 faltantes).
A la vez, parece distinguir entre jeques y tibas, ya que casi todos
los nombres traen uno u otro término como sufijo: hay 34 jeques, 55
tibas y 11 con otras terminaciones (Tabla 1).
Como si se tratara de un lazo entre el «cura» y el «sacristán»,
es notorio que los nombres de los jeques y los tibas se
construyeron con frecuencia a partir de una misma raíz, tanto al
interior de una capitanía (en cinco de ellas), como en el listado
global (Tabla 2); de tres sybyn cuyo nombre termina en tiba dos
tienen un chique con la misma raíz (Nensetiba > Nensechique;
Gachoatiba > Gachochique) y en la tercera el propio capitán
es jeque. Ninguna capitanía deja de tener al menos una raíz
compartida con alguna otra, y Chanco y Gachotiba comparten dos
entre sí. Nombres idénticos también se repiten de una sybyn a otra
(Tabla 2). Como éstas, se pueden encontrar numerosas coincidencias
que aún no encuentran una cabal explicación. Probablemente resulte
útil comparar esta lista con las que pueden encontrarse en Roma o
en los archivos de la Catedral Primada de Santafé de Bogotá, dado
que en repetidas ocasiones se capturaron en Fontibón (los mismos?)
cien jeques (Bernand, 1989; Londoño, en Ibarra y Porras Mexía,
1990)
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El Archivo Nacional sólo conserva al parecer una «descripción» o
lista de los indios de Fontibón, pero ésta data de 1639, cuando
habían pasado 45 años y seguramente todos los santeros de 1594
habían muerto (ANC. Vis Cund: 12: 959r-992v). Sin embargo, es de
interés porque distingue las utas de las sybyn: para esta fecha hay
en Fontibón ocho sybyn además de la del cacique, de las cuales seis
pueden reconocerse en las del siglo XVI
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. Llama la atención que ocho utas de 1639 se
reconocen así mismo en los nombres de «tibas» del documento de
Ibarra, por lo menos cinco de los cuales pertenecientes a idéntica
sybyn en ambos siglos (Cabiotiba y Teusacatiba, por ejemplo, son
santeros de Gachoatiba en el primer listado y utas del mismo en el
segundo). Como ninguna uta coincide con un «chique» todo parece
sugerir una relación de identidad entre los «sacristanes» tiba y
muchos de los utatiba o capitanes menores, los cuales tendrían así,
además de su cargo «civil» una función religiosa que motivó que su
comunidad los hiciera incluir en nuestra Tabla l.
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Figura votiva muisca procedente de
la Fracción Las Sardinas, Fusagasugá, Cundinamarca, Sólo se conocen
siete ejemplares en distintas colecciones; de personajes muisca
sentados sobre bancos (Roberto Lleras, comunicación personal). MO
6.780. 4.7 x 2.3 cm.
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Otros santuarios y ofrendas
El factor Diego Hidalgo que en 1577 recorrió el norte del
territorio muisca extirpando idolatrías no hizo una encuesta
coherente sobre qué cargos de la organización social estaban
asociados a santuarios (Cortés Alonso, 1960). Aunque en cada pueblo
inquiría sobre las ofrendas de caciques y capitanes, torturaba por
precaución a todo indio destacado que pudiera tener oro. Un indio
principal de Tuta, hermano del cacique y tío del capitán de su
parcialidad, «dijo que él no era cacique ni capitán e que era
cristiano, que cómo había de tener santuario» (AGI. EscriCam: 824A:
(6): 236v). Sin embargo, leyendo los documentos de la persecución
de idolatrías de 1595 en Lenguazaque e Iguaque (ANC. CaIn:
16:563-616; Egas de Guzmán y Gómez Garzón, /1595/) queda la
sensación de que hubo otros santuarios además de los de caciques y
capitanes (Langebaek, 1990a: 94). Para certificado habría que estar
seguro de que sus dueños no eran utas ni sybyntibas de dichos
pueblos (algo que esperamos aclarar en el futuro), pero el examen
del caso mejor documentado nos será útil aquí.
Pedro Guyamuche, alcalde indígena de Lenguazaque
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, confesó tener dos santuarios: uno
lo había heredado de sus antepasados y quedaba en el cerro del
pueblo, entre unas peñas, donde se lo había enseñado un hermano
suyo ya muerto, llamado Foscauba; éste tenía 60 pesos de buen oro y
sus jeques eran Tibaguya y Boscauba (?), ya muertos. Su otro
santuario lo tenía su hermano (o primo, que en un linaje es casi lo
mismo) Gonzalo Niatinguya, en cuya casa se halló un canasto con un
envoltorio que contenía un santillo de hilo y elementos de
plumería, y quien mostró además un bohío pequeño con petacas llenas
de mantas de ofrenda y plumería, un ídolo (cabeza de león) y ollas
donde se quemaba maque como sahumerio. De esto era jeque Niatinguya
«y Runyamiquiguya, que es el muy viejo, que éste tenía cuidado de
guardar la casa donde estaba la plumerían» (ANC. CaIn: 16:
564v-565r, 572r-573r).
Ya en 1577 se daba un caso similar, cuando Hidalgo llegó ante el
cacique de Tocabita y «le pidió que le diese el santuario de sus
antepasados, y él dijo que no sabía dél y que el dicho Diego
Hidalgo le dijo pues das vuestro santuario»
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(AGI. EscriCam: 824A:
(6):259r). Aparecen de nuevo dos géneros de santuario, uno personal
probablemente creado por su dueño y uno heredado. Llama la atención
que el santuario heredado por Guyamuche es un ofrendatario en el
monte, con ofrendas acumuladas que normalmente se considerarían
abandonadas en manos de los dioses, en tanto que el nuevo es el que
contiene la plumería necesaria a su nuevo cargo. También el otro
alcalde de Lenguazaque, Andrés Juyeta, habría tenido casas de
plumería, una que guarda su mandador y otra «de por sí» (personal)
«aquí en su casa» (AGI. EscriCam: 824A: (6): 573r-v). Ambos casos
recuerdan los testimonios citados atrás en el sentido de que hacer
santuarios da poder político; así, estos funcionarios creados por
el régimen colonial estarían manejando una doble estrategia de
poder: Guyamuche vendió al encomendero el santuario de sus antiguos
y lo cambió por ganados (poder económico colonial) pero se hizo a
una casa de plumería (poder político tradicional).
La frecuencia de la preocupación por el santuario de los
antepasados en las visitas de Diego Hidalgo y de Andrés Egas de
Guzmán hace pensar en la posibilidad de que en cacicazgos como los
muiscas hubiera un culto por los antepasados. Esto no es claro sino
para los caciques, cuyas momias se conservaban en Tunja y en
Iguaque con ese fin (Egas de Guzmán y Gómez Garzón, /1595/: 230ss;
Langebaek, 1990); su versión doméstica podría estar en otro género
de santuario que el licenciado Jiménez de Quesada asocia con los
Lares romanos:
Sin estos ídolos de los templos, tiene cada indio, por pobre que
sea, ,un ídolo particular, y dos y tres y más, que es a la letra lo
que en tiempo de gentiles llamaban Lares. (/1547/: 300-301; Oviedo,
/1548/: 3: 110).
En Roma los Lares guardaban la casa y las tierras de cada
familia y los Penates eran espíritus de las despensas. Se trataba
de estatuillas con pequeños receptáculos donde a la hora de comer
se quemaban trocitos de alimentos como ofrenda a los muertos
(Hadas, 1967). Los lares muiscas eran ídolos caseros, pequeños, que
los indios podían llevar colgados del brazo al cultivar o guerrear
(como tal vez se los ve en las figuras de oro) y a los que hacían
ofrendas. Con ellos llegamos a la base de la estructura social y
tal vez salimos del radio de acción de los jeques. Si
verdaderamente los lares tuvieron un aspecto de culto a los
antepasados no sería raro que el uta-» tiba», jefe del linaje,
estuviera involucrado en su ritual y que con ellos desarrollara su
faceta religiosa.
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Cuy estuvo con Ibarra al término de
la semana de visita a Fontibón; que no haya entrado a la lista
demuestra que no hubo un ánimo de corregida y completada, a pesar
de que el documento que llegó a nosotros es una copia «en limpio»
posterior.
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Tal «dios del comercio», por
cierto, repite la palabra tibl y contiene inclusive el propio
nombre indigena de Fontibón, llamado Intyba en eL diccionario
anónimo (1987: 207, 292).
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Es interesante que María Stella González atribuye e!
diccionario anónimo a Joseph Dadey, quien fuera cura doctrinero de
Fontibón entre 1609 y 1625. El diccionario cita con frecuencia en
sus ejemplos a Fontibón y a sus vecinos Bogotá, Suba, Cota, etc., y
dice registrar la ,«lengua» de Bogotá corriente. (1987: 54, 207,
282, 292, 147; Velandia: 1983, 58, 61,41-47). Esto permitiría
usarlo para intentar traducir nombres propios de esta lista, en
cuyas raíces se reconocen «nieto», «ídolo», partes del cuerpo y
toponímicos.
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En esa ocasión el oidor encontró que la sybyn de Boxacá tenía
pocos tributarios y la transformó en uta, agregándola a otra sybyn
[ANC: VisCund: 12: 991v); lo mismo debió ocurrir en el lapso entre
los dos documentos con Fitahontibón, que pasó a depender de
Fichotiba, antes uno de sus «tibas» , Fichuatiba parece haber
corrido la suerte contraria (Villamarín yVillamarín, /1975/:
92).
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El cabildo que gobierna el
resguardo colonial tiene dos al caldes. Guyamuche, indio ladino,
fue nombrado hace, dos meses aunque aún el cacique don Juan, de 40
años. No conocemos su jerarquía dentro del sistema nativo, pero no
le dicen «don».
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El cacique no «sabe» del santuario
de sus antepasados, pero su jeque Mietagueta si y lo entrega (un
bohío adoratorio); el otro santuario nose menciona más.
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