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INDICE
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El lugar de la religión en la
organización social muisca*
EDUARDO LONDOÑO L.
MUSEO DEL ORO
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Página opuesta. Entre los indígenas actuales de la cuenca
amazónica colombiana, el canasto es un símbolo del universo que
contiene todas las cosas y el chamán sentado en cuchíllas es
interpretado como un hombre-canasto. Esta pieza de ofrenda muisca
procedente de Muzo (MO 1.248) parece transmitir el mismo concepto;
va más allá de la simple estilización del hombre sentado y sugiere
la fibra del canasto. Fotografía de Rudolf.
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|Abstract: Ethnohistoric analysis and typology of the
temples existing among the Muisca chiefdoms inhabiting the Central
Plateaus of Colombia at the advent of the contact with Europe.
Priests and sacred boys, temples and shrines, idols and gods,
offerings and sacrifices, are the elements in a religious
structure, corresponding to the different levels of a social
structure which is the final subject of the study.
A la llegada de los conquistadores españoles en 1537, los
muiscas que poblaban el altiplano cundiboyacense en el centro de la
actual Colombia estaban organizados en cacicazgos o jefaturas
(Londoño, 1985; 1988). Había por lo menos cuatro grandes cacicazgos
regionales independientes aunque interrelacionados (Bogotá, Tunja,
Duitama y Sogamoso) que abarcaban cada uno un número variable de
cacicazgos subregionales y locales. La conquista desmembró pronto
las unidades mayores y cambió el esquema social prehispánico por el
régimen de encomiendas. Pero gracias a que el reparto de éstas
aprovechó el nivel de los cacicazgos locales -dando a un español un
cacique local con los indios que tuviera a su mando-, la sección
inferior de la estructura social se conservó casi intacta durante
por lo menos un siglo.
Al interior de los cacicazgos locales encontramos una
reproducción en miniatura del esquema mayor (Broadbent, 1964;
Villamarín y Villamarín, /1975/; Londoño, 1983, 1985). El cacique
gobernaba sobre un número variable de «capitanías», cada una
encabezada por un capitán. Había dos niveles de capitanías: la
mayor o sybyn y la menor o uta, respectivamente a cargo de
capitanes principales denominados sybyn tiba y capitanejos llamados
uta o utatiba. Pocas veces se desglosan estos niveles en los
documentos, pero al parecer cada sybyn se componía de un número
variable de utas
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Estas parecen haber sido linajes matrilineales, puesto que la
pertenencia a ellas se transmitía de madre a hijo y de tío a
sobrino hijo de hermana. Los cargos de cacique y capitán se
heredaban así mismo por vía matrilineal.
Imbricada con esta estructura social aparece en las fuentes una
estructura religiosa. Sus elementos son sacerdotes (jeques) y niños
sagrados (moxas), templos y adoratorios, ídolos y dioses,
sacrificios y ofrendas. Si en tiempos prehispánicos la religión
muisca fue del dominio público y había magníficos templos con
calzadas ceremoniales, procesiones y «carreras» en las que se
lucían atuendos vistosos y joyas de oro, con los saqueos y la
persecución de la idolatría que impusieron los conquistadores los
ritos se hicieron cada vez más «secretamente y de noche», y los
adoratorios que solían estar en campos y cerros pasaron a
esconderse en las casas y bohíos-despensas de los indios (Santiago,
/1569/: f. 666v, 655v).
En el presente artículo intentaremos ver cómo se integraban esas
dos estructuras, social y religiosa. Dejando de lado el nivel
regional que las crónicas describen de oídas, preferimos
concentrarnos en el ámbito local, registrado en las actas de
primera mano dejadas por las campañas de extirpación de santuarios
(Londoño, 1994). El tema de la religión es muy amplio y está lleno
de cantos de sirenas (el simbolismo, la orfebrería, los mitos, las
torturas...) que desvían la atención del investigador; para
abordarlo con orden nos centraremos en dos aspectos del nivel
local: los jeques «que en lengua española quiere decir sacerdote» y
las cucas «que en lengua española quiere decir casa santa"
(Colmenares, 1973: 59).
Formación individual de los
jeques
La «Memoria de los ritos y ceremonias que tienen los indios», un
texto escrito en Fontibón en 1594 (Ibarra y Porras Mexía, 1990:
245-247), describe el proceso de entrenamiento para el sacerdocio y
permite empezar a ubicar al jeque en el marco de la sociedad
muisca. Tres o cuatro muchachos a partir de los diez años de edad
son encerrados juntos en un bohío especial lleno de restricciones
«seminario») y, para formarlos, «allí vienen los jeques viejos a
quien estos indios han de suceder que son sus tíos». Este primer
dato sugiere la existencia de linajes de sacerdotes, y Simón
precisa que el cargo pasaba de tío a sobrino hijo de hermana
(/1625/: 3: 383).
Al cabo de cuatro a seis años, los mismos tíos los sacan del
encierro «y de allí los llevan a la casa donde han de vivir, donde
está aparejado de hacer una borrachera... y en la dicha borrachera
se saludan con sus parientes»: el nuevo santero vivirá entre su
parentela (matrilinaje). Luego el tío los lleva a orar en el
adoratorio y se cumplen dos ceremonias con caciques: «un cacique
que está dedicado para ello» les horada las orejas para que lleven
orejeras «en señal de que están hábiles y suficientes», y «el
cacique de este mismo pueblo» los recibe en las puertas de su
cercado durante tres amaneceres seguidos para darles comida
condimentada con sal. Cada día avanzan a una puerta más interna del
cercado hasta llegar el tercero a la casa del jefe, lo que, con la
sal que no probaban hacía años, podría tomarse como una
introducción paulatina en la vida civil para quien viene de un
mundo exclusivamente sagrado.
El último día este cacique les da poporo y mochila para la coca,
un discurso y un «rodete» o gorro como símbolo de su investidura.
Se sabe que era también el cacique quien «ceñía la manta» a los
muiscas púberes y hoy en día entre los kogi recibir el poporo
representa acceder al rango de los hombres (Colmenares, 1973: 58);
en 1567 un jefe muisca que enviaba una orden a sus sujetos por
medio de sus pregoneros les daba sus orejeras, mantas y sombreros
«por señal» de autoridad (Santiago, 1991: f. 665v).
La Memoria parece referirse a dos caciques diferentes, uno
regional de importancia religiosa y otro local. Los cronistas fray
Alonso Medrano y fray Pedro Simón, quienes describen el
entrenamiento de los jeques con algunas variantes aunque dentro de
la misma estructura del relato, confirman esta apreciación.
Refiriéndose cada uno a un solo funcionario, en Medrano «un gran
cacique a quien ellos tienen por sumo sacerdote» les otorga el
bonetillo, y en Simón es claramente el mandatario local del pueblo
del jeque quien da el poporo y a la vez otorga «licencia para
ejercer el oficio de jeque en toda su tierra, porque en cada una
los había particulares» (Londoño, en Ibarra y Porras Mexía, 1990:
241; Simón, /1625/: 3: 383). Tenemos entonces que cada nuevo jeque,
miembro y heredero de un linaje de esta especialidad, hace alianza
con los indios de su capitanía, con un cacique regional de
importancia religiosa y con el cacique local; un periplo similar al
que tenían que cumplir los caciques para ser reconocidos en su
cargo (Londoño, 1985: 181-183). Para reforzar el isomorfismo de las
esferas política y religiosa entre los muiscas, los caciques y
capitanes también cumplían un encierro ritual donde establecían una
alianza indispensable con los dioses:
Los que han de ser caciques o capitanes, así hombres como
mujeres, métenlos cuando pequeños en unas casas; encerrados allí
están algunos años, según la calidad de lo que esperan heredar. Y
hombre hay que está siete años... y salido ya, puédese horadar las
orejas y las narices para traer [cercillos de] oro, ques la cosa
entre ellos de más honra (Epítome, /1547/: 297-298).
Una diferencia importante de las dos estructuras está en la
poligamia de los caciques y el celibato de los jeques. Los
primeros, aunque no debían ser libidinosos, vivían el gran mundo de
la política, donde dependían de sus múltiples esposas para preparar
agasajos y establecer alianzas (Simón, /1625/: 3: 391; Londoño,
1985: 132 y siguientes). Los segundos, como especialistas de los
mundos superiores e inferiores, tenían una vida de ayuno y
privaciones. Al salir de su encierro debían demostrar continencia
durmiendo con dos doncellas «y si lo cumple corre la fama y lo
tienen por santo, y acuden a ellos muchos indios afligidos para que
los consuele y haga oración por ellos» (Ibarra y Porras Mexía,
1990: 247).
De hecho los muiscas de todos los niveles jerárquicos hacían a
través del jeque ofrendas para «desenojar» y propiciar al
santuario, lo cual puede verse hoy incluso en la técnica orfebre y
el sentido simbólico de sus «tunjos» (Plazas, /1981/; Santiago,
1991); también con los caciques y capitanes era indispensable
propiciar una alianza, para lo cual los indios de
menor jerarquía les ofrecían presentes cuando los visitaban o
cultiva pan para ellos (Londoño, 1985). El cercado del cacique era
tenido como templo (Casilimas y López, /1981/) y a él se entraba
con la misma veneración que ante los ídolos de los santuarios
(Simón, /1625/).
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Ponencia presentada al Simposio
«Los chibchas de los Andes Orientales», organizado por el Museo del
Oro en el Vi Congreso de Antropología en Colombia (Universidad de
los Andes, Bogotá, junio de 1992).
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1 Según nuestra hipótesis, todo muisca pertenecía
simultáneamente a una uta, una sybyn y un cacicazgo.
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