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INDICE
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«Representacion de uno de los
adoratorios de los Indios Aruacos en la Sierra Nevada de Santa
Marta, destruido por el Padre Fray Francisco Romero, de Agustinos
calzados». Tomado del
|Compendio histórico del descubrimiento y
colonización de la Nueva Granada, por el Coronel Joaquín
Acosta, 1848.
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Marcha pues una partida compuesta por el sobrino del capitán
indígena, en conjunto de un «mozo de buena diligencia» que
acompañaba al Padre Romero llamado Antonio Fermín Rodríguez de
Esquibel, y otros dos españoles, a reconocer tan escondida
cansamaría. No les fue muy fácil llegar a su meta, pero al otro día
todos regresaron a donde el Padre misionero, a informar que en
efecto se había encontrado e incendiado el templo, pero que los
ídolos por parte alguna aparecieron. Se inicia así otra querella:
que me traéis los ídolos don Julián, que de no, habréis de ir
preso; que os vuelvo a enviar por ellos; y que pasan dos días más y
nada que aparecen los dichosos ídolos. Entonces interviene el
entrometido del cacique Guaímaro: que los ídolos de don Julián
estaban ya allí, pero que faltaban dos, los más principales;
|Y reconociendo cuáles eran los que habían traído, sólo halló
el Padre misionero tres figuras, las cuales sacó en mi presencia,
[ante mí, el notario], y las mostró a todos. Y la una de ellas
estaba recién adornada de colores, por donde reconocimos que
actualmente ido1atraban en ellas, y para tomar más por extenso la
razón de todo, hizo el Padre misionero llamar al capitán don
Tulián, el cual se había ya ausentado diciendo que iba por los
demás ídolos, y como no llegara tan presto, y nos hallábamos en una
quebrada sin ningún abrigo, determinamos con acuerdo de todos el
volvemos al asiento de la Vega, dejando orden el Padre misionero al
cacique y a dos indios principales de que trajeran a buen recado a
don Julián, si acaso no traía los ídolos. Pero que si los traía, no
lo molestasen en nada. Antes sí le dijesen que bajara al sitio de
la Vega, donde le esperábamos para regalarle, lo cual se ejecutaría
luego que llegara dicho indio. Pero reservando siempre el dicho
Padre misionero el dar parte al señor gobernador y capitán general
de Santa Marta, para que a dicho indio lo saquen de estos parajes
por ser el mayor idólatra que hay en ellos. Y siendo lo referido
cierto y verdadero, doy el presente instrumento en manera que haga
fe, según lo mandado en la comisión que va por cabeza por dicho
señor visitador general, y para que conste donde convenga, lo firmé
en este sitio de la Vega, jurisdicción de la ciudad de los Reyes de
Valle de Upar, en veinte y seis días del mes de julio de mil
seiscientos y noventa y un años. En testimonio de verdad. Melchor
de Espinosa, notario eclesiástico.
Cumplida con gran celo su misión apostólica en la Sierra Nevada
y destruidos por el fuego 10 templos masculinos «arhuacos», o
cansamarías, Fray Francisco Romero y los suyos regresan a
Valledupar. Su propósito era mostrarle al señor visitador, don Juan
Cuadrado de Lara, los ídolos y demás instrumentos con que los
indios eran engañados por el mismo Belcebú. Legalista como todos
nosotros, el cura Cuadrado manda a su notario que expida la
siguiente certificación:
|En conformidad con lo mandado por el auto de arriba,
certifico y doy verdadero testimonio, yo Juan de Vega, clérigo
presbítero notario de visita, como hoy veinte y siete de julio de
mil y seiscientos y noventa y un años exhibió ante el Señor
Visitador el Reverendo Padre Fray Francisco Romero de la Orden del
Señor San Agustín, cantidad de ídolos que dijo traía de las sierras
nevadas que había hallado en los templos que los indios de nación
arhuacos tenían en aquella Sierra de diferentes figuras de animales
incógnitos y del todo horrorosos. Y asimismo otros de figuras de
hombres también horribles y espantosos, y algunos bonetes de
innumerables plumas de cerca de vara de alto, y pendiente hacia la
espalda un turbante largo hasta los pies también cubierto de pluma,
y cantidad asimismo de flautas, pitos y calabazas, todo lo cual
reconoció y vida dicho Señor Visitador. Y para que conste de
mandado de Su Merced, doy el presente en esta ciudad de los Reyes
del Valle de Upar, en dicho día, mes y año. Juan de Vega, notario
de visita.
Recibidos estos objetos de los paganismos serranos, el cura
Cuadrado ordenó que fueran quemados de manera pública en la plaza
de la ciudad de los Reyes -acto que se ejecutó, ante notario, el 3
de agosto de 1691-. Como veremos, no todos ellos fueron quemados
porque el Padre Romero llevó consigo unos cuantos ejemplares en su
viaje a Madrid y a Roma.
Empero, no sabemos qué pasó con el capitán don Julián, el «mayor
idólatra» que el misionero encontrara en los fragosísimos parajes
de la Nevada. Confiemos, eso sí, que no fuera aprehendido y sacado
a una cárcel para que cumpliera cadena perpetua. Porque es que
según auto fechado el 29 de julio de 1691, don Juan Cuadrado
ordenaba que se le aplicase dicha pena, según
|«
|lo mandado
en el Sínodo Provincial que se celebró en la ciudad de Santafé por
el Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Doctor Don Bartolomé
Loboguerrero, Arzobispo de aquel Nuevo Reino en dos de septiembre
de mil seiscientos y seis años, debía pasar a la averiguación de
los zeques y maestros de dicha idolatría, para poder dar1es cárcel
perpetua a aquellos que se hallaren comprendidos en tan perjudicial
enseñanza».
Este auto contiene así una clave importante para entender la
misión serrana de Fray Francisco: la palabra «zeque». En efecto,
como es sabido, los zeques (
|jeques o chicuas) eran los
sacerdotes de los muiscas del altiplano y sus «santuarios
|»,
en donde hacían rituales a sus «falsos dioses» representados por
ídolos, fueron el objetivo de sistemáticas campañas de exterminio
desde finales del siglo XVI. Más aún, para tratar de extirpar de
manera definitiva estas persistentes idolatrías, todavía en el
siglo XVII se perseguía a los zeques, en grandes campañas contra
los «engaños del demonio». Aquellos que fueran sorprendidos en sus
prácticas eran castigados de forma severa, inclusive con cárcel
perpetua.
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El Visitador Juan Cuadrado, por tanto, sólo
intentaba que en el territorio de su jurisdicción quedaran también
extirpadas tales prácticas. Por eso envió a Fray Francisco a
perseguir a los «zeques» de la Nevada, a los mámas arhuacos y a
destruir sus «santuarios» o «cansamarías» (cf. v.gr. Langebaek,
1986, 1990; Londoño, 1986, 1989).
El celo misional de Fray Francisco Romero resultó, con los
siglos, en una coincidencia extraordinaria. En efecto, el
arqueólogo y etnohistoriador alemán Henning Bischof encontró hace
pocos años en el Museo del Vaticano los «ídolos» que el buen fraile
peruano trajo consigo a Europa (Bischof, 1974: 393-397). En
realidad se trataba de dos máscaras de madera y tres estatuillas
pequeñas del mismo material. El
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análisis de Bischof le
permitió puntualizar las asombrosas similaridades entre los objetos
recolectados por el fraile y la iconografía tairona, tal y como
esta aparece en el registro arqueológico. Más aún, las máscaras del
Vaticano resultaron muy parecidas a las máscaras que el antropólogo
alemán Konrad Theodor Preuss obtuvo de los kággaba entre 1914 y
1915, y que luego depositó en el Museo Etnográfico de Berlín
(Preuss, 1926). Según Preuss, estas máscaras eran usadas por los
kággaba en importantes festivales, al igual que lo era la máscara
que el antropólogo norteamericano Gregory Mason le robó al mama
Miguel Nolavita de Palomino en 1931 con destino al Museo
Universitario de Filadelfia (Mason, 1938: 171-176; 1940). Estas
máscaras, objetos preciados por todo tipo de visitantes a la Sierra
Nevada de Santa Marta, misioneros y antropólogos por igual,
constituyen todavía hoy una de las más importantes posesiones
materiales guardadas en los templos de algunos pueblos de los
kággaba. Para los kággaba, las máscaras vienen «de Antigüa», de
«los tiempos de Teyuna», de los mayores mismos, de los ancestros.
Para los antropólogos, las máscaras son una prueba fehaciente,
objetiva, de que los kogui son los descendientes directos de los
taironas -de tal manera que ver a un kággaba hoy, es como ver a un
tairona reencarnado-. Para los misioneros que sucedieron a Fray
Francisco Romero, misionero que fue de la Orden de Nuestro Padre
San Agustín, las máscaras fueron una prueba fehaciente, objetiva,
del «salvajismo» de estos nativos serranos -de tal manera que ver
una máscara era como volver a taparse con el mismísimo Patas-.
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