Ficha bibliográfica
Titulo:
Destrucción de templos indígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta
Edición original: 2005-05-23
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-23
Creador: Carlos Alberto Uribe




INDICE




«Representacion de uno de los adoratorios de los Indios Aruacos en la Sierra Nevada de Santa Marta, destruido por el Padre Fray Francisco Romero, de Agustinos calzados». Tomado del |Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada, por el Coronel Joaquín Acosta, 1848.

Marcha pues una partida compuesta por el sobrino del capitán indígena, en conjunto de un «mozo de buena diligencia» que acompañaba al Padre Romero llamado Antonio Fermín Rodríguez de Esquibel, y otros dos españoles, a reconocer tan escondida cansamaría. No les fue muy fácil llegar a su meta, pero al otro día todos regresaron a donde el Padre misionero, a informar que en efecto se había encontrado e incendiado el templo, pero que los ídolos por parte alguna aparecieron. Se inicia así otra querella: que me traéis los ídolos don Julián, que de no, habréis de ir preso; que os vuelvo a enviar por ellos; y que pasan dos días más y nada que aparecen los dichosos ídolos. Entonces interviene el entrometido del cacique Guaímaro: que los ídolos de don Julián estaban ya allí, pero que faltaban dos, los más principales;

|Y reconociendo cuáles eran los que habían traído, sólo halló el Padre misionero tres figuras, las cuales sacó en mi presencia, [ante mí, el notario], y las mostró a todos. Y la una de ellas estaba recién adornada de colores, por donde reconocimos que actualmente ido1atraban en ellas, y para tomar más por extenso la razón de todo, hizo el Padre misionero llamar al capitán don Tulián, el cual se había ya ausentado diciendo que iba por los demás ídolos, y como no llegara tan presto, y nos hallábamos en una quebrada sin ningún abrigo, determinamos con acuerdo de todos el volvemos al asiento de la Vega, dejando orden el Padre misionero al cacique y a dos indios principales de que trajeran a buen recado a don Julián, si acaso no traía los ídolos. Pero que si los traía, no lo molestasen en nada. Antes sí le dijesen que bajara al sitio de la Vega, donde le esperábamos para regalarle, lo cual se ejecutaría luego que llegara dicho indio. Pero reservando siempre el dicho Padre misionero el dar parte al señor gobernador y capitán general de Santa Marta, para que a dicho indio lo saquen de estos parajes por ser el mayor idólatra que hay en ellos. Y siendo lo referido cierto y verdadero, doy el presente instrumento en manera que haga fe, según lo mandado en la comisión que va por cabeza por dicho señor visitador general, y para que conste donde convenga, lo firmé en este sitio de la Vega, jurisdicción de la ciudad de los Reyes de Valle de Upar, en veinte y seis días del mes de julio de mil seiscientos y noventa y un años. En testimonio de verdad. Melchor de Espinosa, notario eclesiástico.

Cumplida con gran celo su misión apostólica en la Sierra Nevada y destruidos por el fuego 10 templos masculinos «arhuacos», o cansamarías, Fray Francisco Romero y los suyos regresan a Valledupar. Su propósito era mostrarle al señor visitador, don Juan Cuadrado de Lara, los ídolos y demás instrumentos con que los indios eran engañados por el mismo Belcebú. Legalista como todos nosotros, el cura Cuadrado manda a su notario que expida la siguiente certificación:

|En conformidad con lo mandado por el auto de arriba, certifico y doy verdadero testimonio, yo Juan de Vega, clérigo presbítero notario de visita, como hoy veinte y siete de julio de mil y seiscientos y noventa y un años exhibió ante el Señor Visitador el Reverendo Padre Fray Francisco Romero de la Orden del Señor San Agustín, cantidad de ídolos que dijo traía de las sierras nevadas que había hallado en los templos que los indios de nación arhuacos tenían en aquella Sierra de diferentes figuras de animales incógnitos y del todo horrorosos. Y asimismo otros de figuras de hombres también horribles y espantosos, y algunos bonetes de innumerables plumas de cerca de vara de alto, y pendiente hacia la espalda un turbante largo hasta los pies también cubierto de pluma, y cantidad asimismo de flautas, pitos y calabazas, todo lo cual reconoció y vida dicho Señor Visitador. Y para que conste de mandado de Su Merced, doy el presente en esta ciudad de los Reyes del Valle de Upar, en dicho día, mes y año. Juan de Vega, notario de visita.

Recibidos estos objetos de los paganismos serranos, el cura Cuadrado ordenó que fueran quemados de manera pública en la plaza de la ciudad de los Reyes -acto que se ejecutó, ante notario, el 3 de agosto de 1691-. Como veremos, no todos ellos fueron quemados porque el Padre Romero llevó consigo unos cuantos ejemplares en su viaje a Madrid y a Roma.

Empero, no sabemos qué pasó con el capitán don Julián, el «mayor idólatra» que el misionero encontrara en los fragosísimos parajes de la Nevada. Confiemos, eso sí, que no fuera aprehendido y sacado a una cárcel para que cumpliera cadena perpetua. Porque es que según auto fechado el 29 de julio de 1691, don Juan Cuadrado ordenaba que se le aplicase dicha pena, según |« |lo mandado en el Sínodo Provincial que se celebró en la ciudad de Santafé por el Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Doctor Don Bartolomé Loboguerrero, Arzobispo de aquel Nuevo Reino en dos de septiembre de mil seiscientos y seis años, debía pasar a la averiguación de los zeques y maestros de dicha idolatría, para poder dar1es cárcel perpetua a aquellos que se hallaren comprendidos en tan perjudicial enseñanza».

Este auto contiene así una clave importante para entender la misión serrana de Fray Francisco: la palabra «zeque». En efecto, como es sabido, los zeques ( |jeques o chicuas) eran los sacerdotes de los muiscas del altiplano y sus «santuarios |», en donde hacían rituales a sus «falsos dioses» representados por ídolos, fueron el objetivo de sistemáticas campañas de exterminio desde finales del siglo XVI. Más aún, para tratar de extirpar de manera definitiva estas persistentes idolatrías, todavía en el siglo XVII se perseguía a los zeques, en grandes campañas contra los «engaños del demonio». Aquellos que fueran sorprendidos en sus prácticas eran castigados de forma severa, inclusive con cárcel perpetua. | El Visitador Juan Cuadrado, por tanto, sólo intentaba que en el territorio de su jurisdicción quedaran también extirpadas tales prácticas. Por eso envió a Fray Francisco a perseguir a los «zeques» de la Nevada, a los mámas arhuacos y a destruir sus «santuarios» o «cansamarías» (cf. v.gr. Langebaek, 1986, 1990; Londoño, 1986, 1989).

El celo misional de Fray Francisco Romero resultó, con los siglos, en una coincidencia extraordinaria. En efecto, el arqueólogo y etnohistoriador alemán Henning Bischof encontró hace pocos años en el Museo del Vaticano los «ídolos» que el buen fraile peruano trajo consigo a Europa (Bischof, 1974: 393-397). En realidad se trataba de dos máscaras de madera y tres estatuillas pequeñas del mismo material. El | análisis de Bischof le permitió puntualizar las asombrosas similaridades entre los objetos recolectados por el fraile y la iconografía tairona, tal y como esta aparece en el registro arqueológico. Más aún, las máscaras del Vaticano resultaron muy parecidas a las máscaras que el antropólogo alemán Konrad Theodor Preuss obtuvo de los kággaba entre 1914 y 1915, y que luego depositó en el Museo Etnográfico de Berlín (Preuss, 1926). Según Preuss, estas máscaras eran usadas por los kággaba en importantes festivales, al igual que lo era la máscara que el antropólogo norteamericano Gregory Mason le robó al mama Miguel Nolavita de Palomino en 1931 con destino al Museo Universitario de Filadelfia (Mason, 1938: 171-176; 1940). Estas máscaras, objetos preciados por todo tipo de visitantes a la Sierra Nevada de Santa Marta, misioneros y antropólogos por igual, constituyen todavía hoy una de las más importantes posesiones materiales guardadas en los templos de algunos pueblos de los kággaba. Para los kággaba, las máscaras vienen «de Antigüa», de «los tiempos de Teyuna», de los mayores mismos, de los ancestros. Para los antropólogos, las máscaras son una prueba fehaciente, objetiva, de que los kogui son los descendientes directos de los taironas -de tal manera que ver a un kággaba hoy, es como ver a un tairona reencarnado-. Para los misioneros que sucedieron a Fray Francisco Romero, misionero que fue de la Orden de Nuestro Padre San Agustín, las máscaras fueron una prueba fehaciente, objetiva, del «salvajismo» de estos nativos serranos -de tal manera que ver una máscara era como volver a taparse con el mismísimo Patas-.

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