Ficha bibliográfica
Titulo:
Destrucción de templos indígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta
Edición original: 2005-05-23
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-23
Creador: Carlos Alberto Uribe




INDICE




«La idolatría de los Indios de Nación Aruacos, que habitan en las Sierras de S. Martha, destruida por un Religioso del Orden de San Agustín de la Provincia de Lima, el año de 1691. «Tomado de la segunda edición del L |lanto Sagrado, 1955.

El | documento comienza, como era de rigor, con el auto mediante el cual el visitador delega en la persona de Fray Francisco la tarea de adentrar se en la Sierra Nevada para destruir los templos en los cuales los indígenas arhuacos «dan adoración y culto a diferentes ídolos», y con la respuesta de acatamiento por parte del Padre peruano (autos ambos fechados el 17 de julio de 1691. cf. Romero, 1955: 79-81) | 4 . A continuación aparece un detallado recuento de la incursión en la Nevada de Fray Francisco y su grupo, relato escrito por el licenciado Melchor de Espinosa, cura de la ciudad de Riohacha y notario eclesiástico, quien fue comisionado por el visitador con el propósito expreso de que tomara atenta nota de |«todos los acasos y acontecimientos que en dicho tránsito (...) sucedieren». Es este recuento el objeto principal de nuestro interés.

La parte inicial del mismo fue redactada en el «sitio de los Atánquez», dato que inmediatamente nos sugiere que de los «arhuacos» de que trata la diligencia son los indígenas hoy conocidos como los kankuamo -cuyo territorio quedaba en jurisdicción del «pueblo de indios» de Atánquez, creado posteriormente durante el siglo XVIII y que todavía hoy subsiste con ese nombre-. Luego continúa así | 5 :

Habiendo comenzado el viaje en compañía del capitán Salvador Félix Arias, quien nos pertrechó caritativamente de todos los bagajes y mu­niciones, encontramos a diez leguas de distancia de la ciudad [de Valledupar], en el camino, un calabazo lleno de vino de palma y una porción de fruta. Y como conocimos que los indios la habrían puesto quizá envenenada por no parecer la persona que la puso, no la tocamos, ni comimos, recelando el daño que acostumbran a hacer en la fruta y demás comidas. Después pasamos más adelante, al parecer una legua de distancia, y sobre una peña hallamos otra porción de fruta y maíz, y recelando lo mismo que en el antecedente, no la tocamos.

Habiendo anochecido, hicimos alto en una quebrada donde amanecieron algunos indios e indias de esta nación, al parecer domésticos, los cuales llevamos por delante hasta una población de indios de dicha nación, cuyo capitán era un indio llamado don Tuhán, bastantemente sabido, y quien supimos había dado noticia de nuestra venida a otros indios. Y porque no se deteriorase el intento, pasó el Padre Misionero y yo en su compañía y la gente que nos resguardaba, al sitio nominado San Isidro de los Atánquez [el actual Atánquez] donde comienza lo encumbrado de la Sierra Nevada. Y en dicho paraje hallamos diversos indios, indias y muchachos, y entre ellos a un indio anciano, al parecer de setenta años, con unas argollas de oro atravesadas de las narices, un bonete de plumas de diversos colores, la barba muy larga y el vestido a su usanza. Y al dicho indio que se nombraba Serueme Guáimaro, reconocían dichos indios por su cacique y principal gobernador, y habiendo llegado a presencia del Padre Misionero le hizo dicho Padre este razonamiento:

|Yo bien sé, cacique, que sóis hombre de verdad, y de buen natural, pero algunos indios de la Ramada [en el norte de la Sierra, en la zona de la actual Dibulla] |que no os quieren bien, me han dicho que sóis idólatra, adorando al diablo para |lo cual tenéis muchos templos, los cuales llamáis Cansas Marías, y en ellos hacéis muchos ayunos ásperos, y muchos sacrificios al demonio que os habla por los idolos. Y  vos como no conocéis su engaño, lo creéis. Y para que lo conozcáis me ha traído Dios aquí, y a que me mostréis los templos que están en diversas partes de la Sierra, y todos los ídolos que adoráis por dioses, principalmente a Cambisurise, a Dunama, y a Maotama, y los demás cuyos nombres no sabemos. Que si lo ejecutáreis a nuestro deseo y mostráseis con sinceridad y verdad los falsos dioses de vuestra adoración, os prometo en el nombre de Dios Nuestro Señor y  de Nuestro Católico Rey de España, ofreceros dádivas de vuestro gusto y daros contento en todo lo licito; y lo contrario obrando, seréis despojados de vuestra tierra y naturaleza, y os llevaré preso a la presencia de mi Rey y Señor, que Dios guarde.

Frente a la exhortación del fraile, el cacique Serueme Guáimaro respondió, con la ayuda de un interprete que él mismo traía, que estaba dispuesto a mostrar las cansamarías o templos ( |nuhué, en koguían, o |kankúrua en ika) junto con sus correspondientes ídolos. Aunque manifestó sólo tener noticias de siete de tales templos en su jurisdicción, localizados, eso sí, |«en sierras muy ásperas y encumbradas e imposibles de. andar, por los riesgos que había a cada paso así en los despeñaderos como en los ríos que había que pasar».

Fray Francisco no le puso mucha atención a estas dificultades. En cambio, le ordenó al cura Espinosa que al día siguiente comenzara la predicación de la doctrina, para que todos los indígenas que mostrasen los rudimentos de la fe católica fuesen bautizados. Como en efecto lo ejecutó el Padre Romero con siete muchachos y muchachas, así como casó por el rito romano a una pareja de indígenas. A continuación el misionero ofició una misa, mientras el notario eclesiástico advertía a los indígenas qué hacer, por cuanto |«ni aún hacer la señal de la cruz sabían». De contera, el buen fraile siguió con sus prédicas con la ayuda, esta vez, |«de un lienzo donde estaba pintada la imagen de Cristo Señor Nuestro, desnudo, azotado y muy llagado», por opinar él que |«ordinariamente los indios se pagan de lo visible».

Como viera el Padre Romero que por todas sus peroratas estos arhuacos apenas asentían, sin mostrar mayor disposición para indicarle el camino a sus templos y a sus «ídolos», hizo al notario Espinosa leerles un papel escrito. Según este último lo indica de manera expresa, se trataba de un escrito apócrifo. En sus palabras:

|Y fingiendo dicho Padre un escrito sin que fuese en cabeza de ninguna persona, para con él lograr más bien el intento, lo trajo escrito y me lo dio con mucha seriedad en presencia de todos los indios para que le leyese en voz alta. Lo cual ejecuté, y para que conste en todo tiempo cual fue el escrito que leí, me ha pedido el Padre misionero lo trasunte en el cuerpo de este instrumento, y obrándolo así, es como sigue.

El siguiente es pues el texto del «documento» que leyera el cura notario:

|Por cuanto se ha usurpado la gloria de Dios Nuestro Señor por la nación de los indios arhuacos que residen en las Sierras Nevadas de los Atánquez, jurisdicción de la ciudad de los Reyes del Valle de Upar, gobernación de Santa Marta, dando adoraciones como a Dios a idolos que tienen la figura del diablo, y fabricando templos que llaman Cansas Marías para colocarlos. y sabemos por cosa cierta que por ciertos tiempos se juntan dichos indios arhuacos a sacrificar piedras labradas, ropajes y otras alhajas, y también a hacer penitencias ásperas como son no comer sal en un mes, ni juntarse con sus mujeres, ni comer cosa mascada, ni salir al sol, ni hablar unos con otros aunque estén congregados, ayunando también bárbaramente.

|Por cuanto mandamos con todo rigor a Zerueme Guáimaro [sic], cacique principal de los arhuacos, en el Nombre de Dios Nuestro Señor, del Papa Santo de Roma y del Católico Rey de España Nuestro Señor, que Dios guarde, que él y todos los indios principales, luego que llegue el Padre Fray Francisco Romero, misionero apostólico de la Orden del Señor San AgustÍn, lo crean en todo lo que les predicare, y juntamente le enseñen los templos que llaman Cansas Marías, los Ídolos y demás instrumentos de idolatría, aunque estén ocultos en sierras muy nevadas, principalmente a Cabisuri, a Dunama ya Matuama [sic], principales dioses que con engaño del demonio adoran.

|Y con vista de todo lo dicho mandamos a dicho Padre misionero obre según convenga al servicio de Dios Nuestro Señor, y al mayor agrado del Rey de España Nuestro Señor, que Dios guarde. Y así mismo es nuestra voluntad mandar a dicho Padre misionero que todos los ofrecimientos que se hallaren en los templos, como son mochilas, piedras labradas, vestuarios y otras alhajas, aunque sean de oro o plata, se los entreguen a Serueme Guáimaro, cacique principal de los arhuacos, para que en compañía de los principales reparta dichos ofrecimientos a sus dueños. y de haber muerto los que los sacrificaron, se reparta entre los hijos o deudos, y de no haberlos entre los pobres. y de no cumplir todo lo dicho, así mandamos al padre misionero que traiga preso al dicho cacique, y al capitán don Tulián, ya los dos más principales, pero si enseñaren los idolos y Cansas Marías mandamos al Padre misionero que los regale, y enseñe a rezar. Y obrando lo contrario se ejecutará lo que tenemos dicho, y cuando los haya de traer presos a dichos indios no les permitirá el Padre misionero mascar haya, ni comer poporo, y les quitará las argollas de las narices, y las barbas, por ser lo referido el mayor castigo que puede haber para ellos. Dios os guarde.

Apócrifo o no, Fray Francisco sabía lo que hacía entre su audiencia nativa esta muestra de autoridad escrita, que por arcano misterioso tan bien parecía comprender todo lo atinente a sus ayunos y demás preparativos rituales, lo mismo que a sus ofrendas y pagamentos sagrados. En efecto, todo su ceremonial parecía estar guardado en tan misterioso papel, que cual adivino o «mama» consumado, el Padre Romero sacaba desde lo más recóndito de su cuerpo, desde su corazón, por entre los pliegues de sus hábitos de monje. De paso, el fraile nos dona un estupendo testimonio etnográfico, que no ha de sorprender hoyn a ningún émulo tropical del gran Malinowski.

En su |Llanto sagrado, el Padre Romero nos aporta otro detalle de su encuentro con el cacique kankuamo Serueme Guáimaro, cuando una de esas noches trataba de convencerlo de que le indicara el camino a sus templos «dedicados al demonio». En efecto, el Padre dice que le dijo al cacique.ç

|«que si querian ver la poca fuerza de sus dioses, me. llevasen a sus altares y verian cómo los destruía sólo con una arma pequeña que traía labrada de un basto leño (y sacando del pecho una cruz la mostré) y que hablan de conocer su engaño, viendo que toda la fortaleza de sus dioses no tenia vigor para defenderse, y no teniéndola (como ellos lo daban a entender) para defensa propia, les habla de faltar precisamente fuerza para defenderlos a ellos, y reconocerían era engañosa fortaleza la que mostraban sus ídolos» (Romero, 1955: 83).

El buen misionero, este Elías peruano del siglo XVII, se valió pues de muchas modalidades en su empeño de que el Dios judeocristiano fuera tenido por el verdadero Dios en esas vastedades de la Nevada.

Lo que a continuación relata el documento del notario Espinosa trasunta todos los elementos del ya ajado «realismo mágico» del muy vecino Macondo garciamarquiano. Porque es que Fray Francisco decidió que había llegado la hora de ir a pesquisar cansamarías donde moraba el demonio, con cuyo propósito organizó una expresiva procesión que su fiel notario transcribe en los siguientes términos:

|Después pusimos el lienzo en que estaba la imagen de Jesucristo en una asta por bandera, la cual llevé yo, el presente notario, y de esta suerte juntos y congregados, salimos a pie repechando la Sierra Nevada hasta que llegó la noche. Y en una ranchería de un indio idólatra llamado Mapayar, nos alojamos por determinarlo así el cacique, respecto de que cerca del dicho sitio estaba el primer templo de idolatría.

|Lo cual fue cierto, porque luego que amaneció partimos a él, y yo, el presente notario, le reconocí entrando en él. Y registrándolo yo, en dicho escrutinio hallamos tres ídolos de madera que se formaban de dos figuras de formas no conocidas y una cara mal agestada, con más diversos bonetes llenos de plumas, y otros instrumentos de idolatria como flautas y chirimías. Y habiendo sacado del templo todo lo referido, pasamos a destruirlo, el cual quedó por los suelos.

|Asi mismo, pasamos después más adelante, en prosecución de otros templos de idolatría, y habiendo llegado al pie de otra sierra nevada, hallamos en aquel distrito cuatro templos o Cansas Marias, las cuales guardaba un indio. Y entrando en ellas, sacamos otros ídolos diversos y más instrumentos de idolatría, como eran bonetes de plumas, flautas y macanas labradas, y habiendo despojado el templo de todo lo dicho pasamos a destruir dichos cuatro templos pegándoles fuego, por disponerlo así el Padre misionero. (...)

|y se determinó que volviésemos por el mismo camino para buscar senda para pasar en busca de otros templos, y habiéndola descubierto harto peligrosa, registramos en un profundo y dilatado foso dos templos de idolatría. Y no habiendo hallado ídolos en ellos, conoci yo el presente notario, que los podrían haber ocultado respecto de que uno de los templos daba premisas de que estaba cursado por haber en él asientos. Por todo lo cual hallando ser conveniente, fingí gran enojo con el cacique y los demás indios, tratándoles de falsos y cautelosos que no me revelaban dónde estaban ocultos los ídolos. Y que yo por sacerdote hablaba con Dios y sabia todas sus idolatrías, y que el muy alto Señor me decía en el corazón que habla ídolos alli. Y para más acreditarlo, ponía un relicario al oído, fingiendo que me hablaba y decia lo que ellos no querían descubrir, todo lo |cual quedó creído por el cacique.

|Y luego sin dilación despachó dos indios por los ídolos los cuales tenían ocultos en una quebrada honda y habiendo traído dos dijeron no haber más, aunque segunda vez les volví a ejecutar, pero siempre respondieron que si hubiera más ídolos los hubieran traído porque ya conocian su engaño. Y reconociendo ser así, dimos principio a abrasar un templo dejando el otro por reconocer era muy antiguo y no podría haber uso de idolatría en él, y también por no quemarles algunos árboles frutales de que se sustentaban dichos indios los cuales servían de atrio al templo.

|Asimismo, después de haber andado algunas leguas más adelante llegamos a una eminencia de un cerro y en una abra de él vimos un indio, el cual reconocido de cerca tendría ochenta años, y preguntándole por el intérprete en dónde estaban los templos que él guardaba respondió que sólo de dos sabia, y pasando a mostrarlos entré en ellos y no hallé ningunos ídolos porque con lo sucedido en los otros templos habría tenido noticia y con ella habría transportado dichos ídolos. Y reconociendo yo el presente notario el buen logro que antecedentemente hablamos tenido con el fingido enojo, volví segunda vez a fingirle mayor, determinando (sic) el traer preso al indio. y atemorizado de la amenaza fue a un monte y sacó de él unos idolos y otros instrumentos de idolatría, y dijo no haber más por lo cual pasamos a la destrucción de dichos dos templos.

|Asimismo, de vuelta llegamos a las labranzas del cacique y hallamos otro templo antiguo sin ningunos ídolos. Y preguntándole por ellos dijo que el Padre Juan de Zárate [aparentemente el cura de la encomienda de José Tafur de Va1enzue1a, a la que pertenecían estos «arhuacos»] se lo habla llevado cuando descubrió dicho templo por habérselo mostrado el capitán Salvador Félix Arias, lo cual fue todo cierto porque dichos ídolos se trajeron a la ciudad de los Reyes, y yo el presente notario doy fe haber visto uno de ellos.

|Y reconociendo ser verdad lo que dicho cacique decia y juntamente que no podrían quedar otras iglesias de idolatría en los términos y jurisdicción de dicho cacique, con todos los ídolos e instrumentos de idolatría. Los cuales se entregaron al Padre misionero en dicho paraje donde se había quedado dicho Padre, porque habiendo salido a esta empresa, al pasar un río nombrado Sagarriga se le atravesó un perro al caballo y llenándose de furia dio muchos saltos en medio del río hasta que despidió al dicho Padre de la silla, y por habérsele engargantado el pie derecho lo llevó arrastrado por el río, de que quedó herido y desconcertado un pie.

El pie desconcertado del Padre Romero no fue un atasco que le impidiera continuar con su misión redentora de aquellos indios arhuacos idólatras, engañados por el demonio. Porque tan pronto regresó su notario, nuestro fraile y toda su compañía marchó en procura del indígena don Julián, capitán de otro partido, de quien se recibió noticias mantenía otro «templo de idolatrías».

Las cosas con este don Julián fueron un poco más difíciles. Cuando fue requerido, al punto negó, hablando en español, que él se ocupase de esos asuntos tan graves; que sus padres sí dejaron un templo, |«pero que los ídolos como él no los usaba, su madre los hab |ía escondido en un monte y que ya estarían deshechos». El obcecado notario Espinosa insistió:

-Enséñanos el templo -le dijo.

-Está en serranías más ásperas que las que habéis trajinado -respondió impávido don Julián.

-En vano os cansáis, porque aunque supiera que todos hemos de morir en el camino, no he de desistir en el intento -acotó dignamente Fray Francisco.

-Entonces, para que no hubiéseis tan horrible trabajo en el viaje, os envío un sobrino mío por los ídolos, y que juntamente os enseñe el tem­plo a quien gustéis -fue la respuesta del apretado y molesto don Julián.

4 El término arhuaco, a veces también escrito amaco, aparece en la documentación del siglo XVI relativa a Santa Marta para denominar a una «provincia» indígena situada en las faldas de la vertiente sur del macizo. Durante el siglo XVII, todos los indígenas del macizo serrano comenzaron a ser conocidos por los europeos como los 0indios arhuacos -una extensión del término original en la que tuvo mucha responsabilidad el cronista Lucas Fernández de Piedrahita, autor de la Historia General del Nuevo Reino de Granada publicada por primera vez en 1688. Para la moderna etnografía hay cuatro etnias sobrevivientes en el macizo serrano, etnias que algunos autores denominan como tribus: los kogui o kággaba, los íkas (a veces denominados ahora como arhuacos), los wiwa y los kan­kuamo. Las relaciones sociales y políticas entre estos cuatro grupos conforman uno de los problemas que espera una explicación adecuada en la antropología de la Sierra Nevada (cf. Oribe, 1993a: 14-23; Oribe, 1993b).
5 En la transcripción del documento he modernizado la ortografía y la puntuación.

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