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INDICE
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«La idolatría de los Indios de Nación Aruacos, que habitan en
las Sierras de S. Martha, destruida por un Religioso del Orden de
San Agustín de la Provincia de Lima, el año de 1691. «Tomado de la
segunda edición del L
|lanto Sagrado, 1955.
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El
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documento comienza, como era de rigor, con el auto
mediante el cual el visitador delega en la persona de Fray
Francisco la tarea de adentrar se en la Sierra Nevada para destruir
los templos en los cuales los indígenas arhuacos «dan adoración y
culto a diferentes ídolos», y con la respuesta de acatamiento por
parte del Padre peruano (autos ambos fechados el 17 de julio de
1691. cf. Romero, 1955: 79-81)
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4
. A continuación aparece un detallado recuento
de la incursión en la Nevada de Fray Francisco y su grupo, relato
escrito por el licenciado Melchor de Espinosa, cura de la ciudad de
Riohacha y notario eclesiástico, quien fue comisionado por el
visitador con el propósito expreso de que tomara atenta nota de
|«todos los acasos y acontecimientos que en dicho tránsito (...)
sucedieren». Es este recuento el objeto principal de nuestro
interés.
La parte inicial del mismo fue redactada en el «sitio de los
Atánquez», dato que inmediatamente nos sugiere que de los
«arhuacos» de que trata la diligencia son los indígenas hoy
conocidos como los kankuamo -cuyo territorio quedaba en
jurisdicción del «pueblo de indios» de Atánquez, creado
posteriormente durante el siglo XVIII y que todavía hoy subsiste
con ese nombre-. Luego continúa así
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5
:
Habiendo comenzado el viaje en compañía del capitán Salvador
Félix Arias, quien nos pertrechó caritativamente de todos los
bagajes y municiones, encontramos a diez leguas de distancia de la
ciudad [de Valledupar], en el camino, un calabazo lleno de vino de
palma y una porción de fruta. Y como conocimos que los indios la
habrían puesto quizá envenenada por no parecer la persona que la
puso, no la tocamos, ni comimos, recelando el daño que acostumbran
a hacer en la fruta y demás comidas. Después pasamos más adelante,
al parecer una legua de distancia, y sobre una peña hallamos otra
porción de fruta y maíz, y recelando lo mismo que en el
antecedente, no la tocamos.
Habiendo anochecido, hicimos alto en una quebrada donde
amanecieron algunos indios e indias de esta nación, al parecer
domésticos, los cuales llevamos por delante hasta una población de
indios de dicha nación, cuyo capitán era un indio llamado don
Tuhán, bastantemente sabido, y quien supimos había dado noticia de
nuestra venida a otros indios. Y porque no se deteriorase el
intento, pasó el Padre Misionero y yo en su compañía y la gente que
nos resguardaba, al sitio nominado San Isidro de los Atánquez [el
actual Atánquez] donde comienza lo encumbrado de la Sierra Nevada.
Y en dicho paraje hallamos diversos indios, indias y muchachos, y
entre ellos a un indio anciano, al parecer de setenta años, con
unas argollas de oro atravesadas de las narices, un bonete de
plumas de diversos colores, la barba muy larga y el vestido a su
usanza. Y al dicho indio que se nombraba Serueme Guáimaro,
reconocían dichos indios por su cacique y principal gobernador, y
habiendo llegado a presencia del Padre Misionero le hizo dicho
Padre este razonamiento:
|Yo bien sé, cacique, que sóis hombre de verdad, y de buen
natural, pero algunos indios de la Ramada [en el norte de la
Sierra, en la zona de la actual Dibulla]
|que no os quieren bien,
me han dicho que sóis idólatra, adorando al diablo para
|lo
cual tenéis muchos templos, los cuales llamáis Cansas Marías, y en
ellos hacéis muchos ayunos ásperos, y muchos sacrificios al demonio
que os habla por los idolos. Y vos como no conocéis su engaño, lo
creéis. Y para que lo conozcáis me ha traído Dios aquí, y a que me
mostréis los templos que están en diversas partes de la Sierra, y
todos los ídolos que adoráis por dioses, principalmente a
Cambisurise, a Dunama, y a Maotama, y los demás cuyos nombres no
sabemos. Que si lo ejecutáreis a nuestro deseo y mostráseis con
sinceridad y verdad los falsos dioses de vuestra adoración, os
prometo en el nombre de Dios Nuestro Señor y de Nuestro Católico
Rey de España, ofreceros dádivas de vuestro gusto y daros contento
en todo lo licito; y lo contrario obrando, seréis despojados de
vuestra tierra y naturaleza, y os llevaré preso a la presencia de
mi Rey y Señor, que Dios guarde.
Frente a la exhortación del fraile, el cacique Serueme Guáimaro
respondió, con la ayuda de un interprete que él mismo traía, que
estaba dispuesto a mostrar las cansamarías o templos (
|nuhué,
en koguían, o
|kankúrua en ika) junto con sus
correspondientes ídolos. Aunque manifestó sólo tener noticias de
siete de tales templos en su jurisdicción, localizados, eso sí,
|«en sierras muy ásperas y encumbradas e imposibles de. andar,
por los riesgos que había a cada paso así en los despeñaderos como
en los ríos que había que pasar».
Fray Francisco no le puso mucha atención a estas dificultades.
En cambio, le ordenó al cura Espinosa que al día siguiente
comenzara la predicación de la doctrina, para que todos los
indígenas que mostrasen los rudimentos de la fe católica fuesen
bautizados. Como en efecto lo ejecutó el Padre Romero con siete
muchachos y muchachas, así como casó por el rito romano a una
pareja de indígenas. A continuación el misionero ofició una misa,
mientras el notario eclesiástico advertía a los indígenas qué
hacer, por cuanto
|«ni aún hacer la señal de la cruz sabían».
De contera, el buen fraile siguió con sus prédicas con la ayuda,
esta vez,
|«de un lienzo donde estaba pintada la imagen de Cristo
Señor Nuestro, desnudo, azotado y muy llagado», por opinar él
que
|«ordinariamente los indios se pagan de lo visible».
Como viera el Padre Romero que por todas sus peroratas estos
arhuacos apenas asentían, sin mostrar mayor disposición para
indicarle el camino a sus templos y a sus «ídolos», hizo al notario
Espinosa leerles un papel escrito. Según este último lo indica de
manera expresa, se trataba de un escrito apócrifo. En sus
palabras:
|Y fingiendo dicho Padre un escrito sin que fuese en cabeza de
ninguna persona, para con él lograr más bien el intento, lo trajo
escrito y me lo dio con mucha seriedad en presencia de todos los
indios para que le leyese en voz alta. Lo cual ejecuté, y para que
conste en todo tiempo cual fue el escrito que leí, me ha pedido el
Padre misionero lo trasunte en el cuerpo de este instrumento, y
obrándolo así, es como sigue.
El siguiente es pues el texto del «documento» que leyera el cura
notario:
|Por cuanto se ha usurpado la gloria de Dios Nuestro Señor por
la nación de los indios arhuacos que residen en las Sierras Nevadas
de los Atánquez, jurisdicción de la ciudad de los Reyes del Valle
de Upar, gobernación de Santa Marta, dando adoraciones como a Dios
a idolos que tienen la figura del diablo, y fabricando templos que
llaman Cansas Marías para colocarlos. y sabemos por cosa cierta que
por ciertos tiempos se juntan dichos indios arhuacos a sacrificar
piedras labradas, ropajes y otras alhajas, y también a hacer
penitencias ásperas como son no comer sal en un mes, ni juntarse
con sus mujeres, ni comer cosa mascada, ni salir al sol, ni hablar
unos con otros aunque estén congregados, ayunando también
bárbaramente.
|Por cuanto mandamos con todo rigor a Zerueme Guáimaro [sic],
cacique principal de los arhuacos, en el Nombre de Dios Nuestro
Señor, del Papa Santo de Roma y del Católico Rey de España Nuestro
Señor, que Dios guarde, que él y todos los indios principales,
luego que llegue el Padre Fray Francisco Romero, misionero
apostólico de la Orden del Señor San AgustÍn, lo crean en todo lo
que les predicare, y juntamente le enseñen los templos que llaman
Cansas Marías, los Ídolos y demás instrumentos de idolatría, aunque
estén ocultos en sierras muy nevadas, principalmente a Cabisuri, a
Dunama ya Matuama [sic], principales dioses que con engaño del
demonio adoran.
|Y con vista de todo lo dicho mandamos a dicho Padre misionero
obre según convenga al servicio de Dios Nuestro Señor, y al mayor
agrado del Rey de España Nuestro Señor, que Dios guarde. Y así
mismo es nuestra voluntad mandar a dicho Padre misionero que todos
los ofrecimientos que se hallaren en los templos, como son
mochilas, piedras labradas, vestuarios y otras alhajas, aunque sean
de oro o plata, se los entreguen a Serueme Guáimaro, cacique
principal de los arhuacos, para que en compañía de los principales
reparta dichos ofrecimientos a sus dueños. y de haber muerto los
que los sacrificaron, se reparta entre los hijos o deudos, y de no
haberlos entre los pobres. y de no cumplir todo lo dicho, así
mandamos al padre misionero que traiga preso al dicho cacique, y al
capitán don Tulián, ya los dos más principales, pero si enseñaren
los idolos y Cansas Marías mandamos al Padre misionero que los
regale, y enseñe a rezar. Y obrando lo contrario se ejecutará lo
que tenemos dicho, y cuando los haya de traer presos a dichos
indios no les permitirá el Padre misionero mascar haya, ni comer
poporo, y les quitará las argollas de las narices, y las barbas,
por ser lo referido el mayor castigo que puede haber para ellos.
Dios os guarde.
Apócrifo o no, Fray Francisco sabía lo que hacía entre su
audiencia nativa esta muestra de autoridad escrita, que por arcano
misterioso tan bien parecía comprender todo lo atinente a sus
ayunos y demás preparativos rituales, lo mismo que a sus ofrendas y
pagamentos sagrados. En efecto, todo su ceremonial parecía estar
guardado en tan misterioso papel, que cual adivino o «mama»
consumado, el Padre Romero sacaba desde lo más recóndito de su
cuerpo, desde su corazón, por entre los pliegues de sus hábitos de
monje. De paso, el fraile nos dona un estupendo testimonio
etnográfico, que no ha de sorprender hoyn a ningún émulo tropical
del gran Malinowski.
En su
|Llanto sagrado, el Padre Romero nos aporta otro
detalle de su encuentro con el cacique kankuamo Serueme Guáimaro,
cuando una de esas noches trataba de convencerlo de que le indicara
el camino a sus templos «dedicados al demonio». En efecto, el Padre
dice que le dijo al cacique.ç
|«que si querian ver la poca fuerza de sus dioses, me.
llevasen a sus altares y verian cómo los destruía sólo con una arma
pequeña que traía labrada de un basto leño (y sacando del pecho una
cruz la mostré) y que hablan de conocer su engaño, viendo que toda
la fortaleza de sus dioses no tenia vigor para defenderse, y no
teniéndola (como ellos lo daban a entender) para defensa propia,
les habla de faltar precisamente fuerza para defenderlos a ellos, y
reconocerían era engañosa fortaleza la que mostraban sus
ídolos» (Romero, 1955: 83).
El buen misionero, este Elías peruano del siglo XVII, se valió
pues de muchas modalidades en su empeño de que el Dios
judeocristiano fuera tenido por el verdadero Dios en esas
vastedades de la Nevada.
Lo que a continuación relata el documento del notario Espinosa
trasunta todos los elementos del ya ajado «realismo mágico» del muy
vecino Macondo garciamarquiano. Porque es que Fray Francisco
decidió que había llegado la hora de ir a pesquisar cansamarías
donde moraba el demonio, con cuyo propósito organizó una expresiva
procesión que su fiel notario transcribe en los siguientes
términos:
|Después pusimos el lienzo en que estaba la imagen de
Jesucristo en una asta por bandera, la cual llevé yo, el presente
notario, y de esta suerte juntos y congregados, salimos a pie
repechando la Sierra Nevada hasta que llegó la noche. Y en una
ranchería de un indio idólatra llamado Mapayar, nos alojamos por
determinarlo así el cacique, respecto de que cerca del dicho sitio
estaba el primer templo de idolatría.
|Lo cual fue cierto, porque luego que amaneció partimos a él,
y yo, el presente notario, le reconocí entrando en él. Y
registrándolo yo, en dicho escrutinio hallamos tres ídolos de
madera que se formaban de dos figuras de formas no conocidas y una
cara mal agestada, con más diversos bonetes llenos de plumas, y
otros instrumentos de idolatria como flautas y chirimías. Y
habiendo sacado del templo todo lo referido, pasamos a destruirlo,
el cual quedó por los suelos.
|Asi mismo, pasamos después más adelante, en prosecución de
otros templos de idolatría, y habiendo llegado al pie de otra
sierra nevada, hallamos en aquel distrito cuatro templos o Cansas
Marias, las cuales guardaba un indio. Y entrando en ellas, sacamos
otros ídolos diversos y más instrumentos de idolatría, como eran
bonetes de plumas, flautas y macanas labradas, y habiendo despojado
el templo de todo lo dicho pasamos a destruir dichos cuatro templos
pegándoles fuego, por disponerlo así el Padre misionero.
(...)
|y se determinó que volviésemos por el mismo camino para
buscar senda para pasar en busca de otros templos, y habiéndola
descubierto harto peligrosa, registramos en un profundo y dilatado
foso dos templos de idolatría. Y no habiendo hallado ídolos en
ellos, conoci yo el presente notario, que los podrían haber
ocultado respecto de que uno de los templos daba premisas de que
estaba cursado por haber en él asientos. Por todo lo cual hallando
ser conveniente, fingí gran enojo con el cacique y los demás
indios, tratándoles de falsos y cautelosos que no me revelaban
dónde estaban ocultos los ídolos. Y que yo por sacerdote hablaba
con Dios y sabia todas sus idolatrías, y que el muy alto Señor me
decía en el corazón que habla ídolos alli. Y para más acreditarlo,
ponía un relicario al oído, fingiendo que me hablaba y decia lo que
ellos no querían descubrir, todo lo
|cual quedó creído por el
cacique.
|Y luego sin dilación despachó dos indios por los ídolos los
cuales tenían ocultos en una quebrada honda y habiendo traído dos
dijeron no haber más, aunque segunda vez les volví a ejecutar, pero
siempre respondieron que si hubiera más ídolos los hubieran traído
porque ya conocian su engaño. Y reconociendo ser así, dimos
principio a abrasar un templo dejando el otro por reconocer era muy
antiguo y no podría haber uso de idolatría en él, y también por no
quemarles algunos árboles frutales de que se sustentaban dichos
indios los cuales servían de atrio al templo.
|Asimismo, después de haber andado algunas leguas más adelante
llegamos a una eminencia de un cerro y en una abra de él vimos un
indio, el cual reconocido de cerca tendría ochenta años, y
preguntándole por el intérprete en dónde estaban los templos que él
guardaba respondió que sólo de dos sabia, y pasando a mostrarlos
entré en ellos y no hallé ningunos ídolos porque con lo sucedido en
los otros templos habría tenido noticia y con ella habría
transportado dichos ídolos. Y reconociendo yo el presente notario
el buen logro que antecedentemente hablamos tenido con el fingido
enojo, volví segunda vez a fingirle mayor, determinando (sic) el
traer preso al indio. y atemorizado de la amenaza fue a un monte y
sacó de él unos idolos y otros instrumentos de idolatría, y dijo no
haber más por lo cual pasamos a la destrucción de dichos dos
templos.
|Asimismo, de vuelta llegamos a las labranzas del cacique y
hallamos otro templo antiguo sin ningunos ídolos. Y preguntándole
por ellos dijo que el Padre Juan de Zárate [aparentemente el cura
de la encomienda de José Tafur de Va1enzue1a, a la que pertenecían
estos «arhuacos»] se lo habla llevado cuando descubrió dicho templo
por habérselo mostrado el capitán Salvador Félix Arias, lo cual fue
todo cierto porque dichos ídolos se trajeron a la ciudad de los
Reyes, y yo el presente notario doy fe haber visto uno de
ellos.
|Y reconociendo ser verdad lo que dicho cacique decia y
juntamente que no podrían quedar otras iglesias de idolatría en los
términos y jurisdicción de dicho cacique, con todos los ídolos e
instrumentos de idolatría. Los cuales se entregaron al Padre
misionero en dicho paraje donde se había quedado dicho Padre,
porque habiendo salido a esta empresa, al pasar un río nombrado
Sagarriga se le atravesó un perro al caballo y llenándose de furia
dio muchos saltos en medio del río hasta que despidió al dicho
Padre de la silla, y por habérsele engargantado el pie derecho lo
llevó arrastrado por el río, de que quedó herido y desconcertado un
pie.
El pie desconcertado del Padre Romero no fue un atasco que le
impidiera continuar con su misión redentora de aquellos indios
arhuacos idólatras, engañados por el demonio. Porque tan pronto
regresó su notario, nuestro fraile y toda su compañía marchó en
procura del indígena don Julián, capitán de otro partido, de quien
se recibió noticias mantenía otro «templo de idolatrías».
Las cosas con este don Julián fueron un poco más difíciles.
Cuando fue requerido, al punto negó, hablando en español, que él se
ocupase de esos asuntos tan graves; que sus padres sí dejaron un
templo,
|«pero que los ídolos como él no los usaba, su madre los
hab
|ía escondido en un monte y que ya estarían
deshechos». El obcecado notario Espinosa insistió:
-Enséñanos el templo -le dijo.
-Está en serranías más ásperas que las que habéis trajinado
-respondió impávido don Julián.
-En vano os cansáis, porque aunque supiera que todos hemos de
morir en el camino, no he de desistir en el intento -acotó
dignamente Fray Francisco.
-Entonces, para que no hubiéseis tan horrible trabajo en el
viaje, os envío un sobrino mío por los ídolos, y que juntamente os
enseñe el templo a quien gustéis -fue la respuesta del apretado y
molesto don Julián.
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El término arhuaco, a veces también
escrito amaco, aparece en la documentación del siglo XVI relativa a
Santa Marta para denominar a una «provincia» indígena situada en
las faldas de la vertiente sur del macizo. Durante el siglo XVII,
todos los indígenas del macizo serrano comenzaron a ser conocidos
por los europeos como los 0indios arhuacos -una extensión del
término original en la que tuvo mucha responsabilidad el cronista
Lucas Fernández de Piedrahita, autor de la Historia General del
Nuevo Reino de Granada publicada por primera vez en 1688. Para la
moderna etnografía hay cuatro etnias sobrevivientes en el macizo
serrano, etnias que algunos autores denominan como tribus: los
kogui o kággaba, los íkas (a veces denominados ahora como
arhuacos), los wiwa y los kankuamo. Las relaciones sociales y
políticas entre estos cuatro grupos conforman uno de los problemas
que espera una explicación adecuada en la antropología de la Sierra
Nevada (cf. Oribe, 1993a: 14-23; Oribe, 1993b).
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En la transcripción del documento
he modernizado la ortografía y la puntuación.
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