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INDICE
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Mejor suerte ha corrido el «Llanto sagrado de la América
meridional». Este libro es ante todo un relato de las peripecias
por las que hubo de pasar su autor, desde que salió de Quito hasta
su desembarco en Cádiz en 1692. Allí dejó consignados el fraile
agustino sus primeras desventuras misioneras en Timaná, el éxito en
su corta campaña de extirpación de las «idolatrías» de los
indígenas «arhuacos» de la Sierra Nevada de Santa Marta, así como
sus experiencias etnográficas entre los «infieles» guajiros de la
jurisdicción del Río de la Hacha. También dejó Fray Francisco en
esta obra un recuento de su estadía en la isla de Cuba y de sus
planes, también marrados, de catequizar la península de la Florida.
No obstante, el tema que más concita su atención es el estado de
peligroso abandono por el que en su época pasaba la obra de
conversión de todos los nativos del Virreinato del Perú y de la
Audiencia de la Nueva Granada, decadencia de la que él fue un
testigo privilegiado. La situación de las misiones era tan crítica,
como que grandes masas de aborígenes preferían regresar a sus
antiguos cultos en desmedro de la recién recibida religión
católica.
Para Fray Francisco la explicación de tales eventos es
inequívoca. Por todas partes los indígenas se escapaban de sus
doctrinas por los despiadados abusos de los encomenderos y los
corregidores, por la explotación que sufrían en los obrajes y en el
trabajo de las minas. Además, porque cuando se reducían a «vivir en
policía», muchas veces eran esclavizados, cuando no masacrados, por
los capitanes españoles y sus secuaces, con la connivencia de los
gobernadores y demás funcionarios coloniales de las distintas
provincias. Como muestra de que la esclavitud operaba aún entonces
en el Nuevo Mundo, el Padre Romero relata en su libro lo acaecido
en la gobernación de Santa Marta unos pocos años antes de que él
aportara a Valledupar en 1691. Lo siguiente es lo que al respecto
escribe nuestro fraile, con no disimulado encono:
|Como llegasen a entender los jueces, que estos indios
apóstatas [del obispado y gobierno de Santa Marta] no se hallaban
bien en la oscuridad de la gentilidad, y que muchos de los infieles
estaban descontentos con ella también, determinaron arrojar por
diversas cejas de los montes que habitaban, algunas lenguas
[indígenas intérpretes, en este caso mensajeros], que le asegurasen
de parte de V.M [el Rey] favorable recepción y muy seguro el paso,
para conseguir la salvación de sus almas; logróse el intento de que
recibiesen la noticia, que para ellos fue agradable. Convocáronse
hasta cuatrocientos o quinientos indios, y vinieron al Real, donde
los españoles ofrecieron esperarlos con iglesia fabricada y con
sacerdote que los instruyese y recibiese en el gremio del
catolicismo. Apenas se dio vista a la muchedumbre de los indios,
cuando el calor de la codicia determinó (10 que los mismos bárbaros
no ejecutaran) hacer esclavos a los que venian a serlo en
Jesucristo, por no serlo más del demonio. Llegáronse a los nuestros
amigablemente, quienes les dijeron que si querian congregarse en la
iglesia y ver celebrar el santo sacrificio de la misa, hablan de
poner el arco y flecha fuera del templo. No dudaron de obedecer,
por conseguir lo que deseaban; mas apenas reconocieron los
españoles esta puntualidad de obediencia, cuando determinaron hacer
más formidables sus intentos, para l cual, con advertida cautela,
comenzaron a cortar las cuerdas de los arcos flecheros que traian
los indios. Conseguido esto, pasaron (aqui la mayor pena) a hacer
Campidolio, O coliseo el templo, ensangrentándolo crudelisimamente
con la inocente sangre de aquellos miserables. Y los que mejor
libraron, quedaron condenados a una esclavitud, o a la servidumbre
de un remo en las galeras de Cartagena, donde hoy se hallarán
algunos; a otros dieron garrote en el mismo Real; a otros ahorcaron
en la ciudad de los Reyes, en el Valle de Upar. (...) Algunos
indios ganaron el monte y dieron noticia del sacrilego engaño de
los españoles a otros infieles, que deseaban también ser de Cristo;
pero con el extraordinario suceso retiraron los intentos y pasaron
a hacer cólera entre todos para vengar la sangre de sus
compatriotas; 10 cual ejecutan hoy con mucha frecuencia, porque
están apoderados de un paso real inevitable, que es el monte
Carupal, donde salen todos los dias a caza de españoles y son raros
los que se pasan sin que hagan crueles presas. Asi me lo hizo
reconocer la abundancia de cuerpos muertos que vi en el espacio de
dos leguas, que son las que ocupa este bosque de racionales fieras.
(Romero, 1955: 116-117)
Casi sin ninguna duda, el anterior relato de Fray Francisco
corresponde a las «proezas» que ejecutó en 1685 el maestre de campo
Alonso del Castillo entre los indígenas tomoco, de la jurisdicción
de Dulce Nombre de Jesús Pueblo Nuevo, cerca de Valledupar. Más
aún, el fraile agustino debió recibir estos informes directamente
de boca de Juan Cuadrado de Lara, cura de la catedral de Santa
Marta, quien, como vimos, al tiempo de la llegada del padre Romero
a Valledupar se hallaba ocupado de la visita del Obispado de Santa
Marta. Entre las pesquisas que debía hacer en la visita el Padre
Cuadrado se encontraba, precisamente, averiguar la veracidad de
estos sucesos, como consta en un documento que reposa en el Archivo
General de la Nación («El licenciado Juan Cuadrado, su visita a los
naturales de Santa Marta y provincia de Río Hacha; y lo que
informara sobre la extinción: de algunas poblaciones indígenas»
AGN. Visitas del Magdalena, tomo 11, falso 918-929, año de
1691)
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Con todo, la querella del
|Llanto sagrado profundiza más
en sus acusaciones. Porque es que para el Padre Romero, el gran
problema está en que los gobernantes que el Rey manda a América
hacen con las reales órdenes según les dicta su propia voluntad y
sus propios intereses. Además, Fray Francisco enjuicia en términos
muy severos lo que para él era un mal uso en el Nuevo Mundo del
Regio Patronato Indiano. Según el fraile, el control que mediante
el Patronato tenía el Estado español sobre las autoridades
eclesiásticas, les daba a los gobernadores americanos facultad
|«para descomponer la organización del cuerpo eclesiástico y que
los hace iguales a las Majestades, y pretenden con esto un engañoso
poder, que ya se puede llamar poder sobre poder» (Romero, 1955:
126). Y es que, opinaba el fraile, el agobio y la postración en que
se hallaba América no eran remediables por la fuerza de las armas
sino por la de la fe, pues
|«son los hombres de Obispo (...) los
que procuran mantenerla y dilatarla para Dios Nuestro Señor
(...
|)» (Romero, 1955: 127). Para el Padre Romero no era
así muy descabellada la idea, discretamente sugerida en su texto,
de que en las Indias debían ser
|«cabeza de lo secular los que
lo
|son de 10 eclesiástico» (Romero, 1955: 131). En otras
palabras, sólo si el estado indiano se depositaba en las manos de
los obispos, podría la monarquía española preservar sus colonias
americanas. Añoraba el fraile agustino las ya viejas épocas de
cuando el Cardenal Cisneros era el «tercer rey de España
|»,
en tiempos de Don Fernando y Doña Isabel, y de cuando el Obispo de
Burgos presidía el Consejo de Indias a comienzos del siglo XVI
(Romero, 1955: 131). No es pues de sorprender que, como escribe
Giraldo Jaramillo (1955: 31) el libro del buen fraile peruano fuera
retirado de la circulación y que «sólo algunos ejemplares escaparon
del auto de fe que debió seguírsele»
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Para redondear lo que se conoce de la vida del misionero
peruano, basta aquí consignar que otra vez en América, en 1694, el
Padre Romero se dedicó a su misión entre los tama, en compañía de
13 misioneros que con él vinieron de la provincia agustiniana de
Castilla. Pese a sus denodados esfuerzos, este segundo intento por
convertir a estos indígenas también fracasó al cabo de unos pocos
años. En su contra se aliaron un grupo de vecinos importantes de
Neiva y de Timaná, el gobernador de la provincia y hasta el
provincial de los agustinos de la Nueva Granada. Derrotado, Fray
Francisco se mudó por fin a Lima, donde ya se encontraba hacia
1703. La última noticia que de él se conoce es la de que en 1705 el
Padre Romero era el prior de la Recoleta de Nuestra Señora de Guía,
en la capital peruana (Giraldo Jaramillo, 1955: 15-24). Por
entonces nuestro fraile tenía 46 años de edad.
Volvamos, para quedarnos esta vez, a las diligencias apostólicas
del Padre Romero entre los llamados «arhuacos
|» de la Sierra
de Santa Marta en 1691. Las noticias de los indígenas que trajo el
fraile de la Nevada, y que consignara de forma sumaria en su
|Llanto sagrado, son muy importantes (Romero, 1955: 79-87).
Ellas ofrecen una especie de ventana para mirar la situación de
estos indígenas hace trescientos años, situación que resulta
familiar a cualquiera que tenga hoy experiencia etnográfica en el
macizo serrano. Ante todo, estos materiales son inequívocos en
señalar la importancia de los sacerdotes nativos, o mamas, y de los
«caciques
|», y de la centralidad del templo masculino en la
vida de los indígenas. Esta interacción entre los mamas, las
autoridades «civiles
|» («comisarios
|» y «cabos») y la
gente del común (o «vasallos
|») alrededor de los templos, es
todavía un elemento de capital importancia en la preservación entre
los indígenas de un sentimiento de continuidad histórica entre el
pasado y el presente.
Para nuestra buena fortuna contamos con que en el Archivo de
Indias de Sevilla existe una copia autenticada de un documento en
donde se amplía la información que da el misionero peruano en su
libro. Sigámosle pues la pista a este otro documento, que forma
parte del informe del visitador del obispado, el cura Juan Cuadrado
de Lara
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La historiadora Lola G. Luna se
refiere también a estos sucesos de la forma siguiente: «En 1685 el
gobernador Jerónimo Royo habia enviado al maestre de campo Alonso
del Castillo, para que sometiese a los indios tomocos que eran
acusados de causar daños a otros pueblos. El maestre los reunió en
la plaza con el pretexto de la misa y ahorcó a diez capitanes y el
cacique, destruyendo también las sementeras. [Juan) Cuadrado
informó que a los indios tomocos se les había acusado por el
gobernador de ser los autores de muertes que habían sido realizadas
por otros indios, los chimilas. Cuadrado comprobó que muchos
pueblos de indios estaban medio abandonados, que los mayordomos
vivían en ellos y que los gobernadores no visitaban los pueblos,
pues los encomenderos les llevaban a los indios hasta la ciudad»
[Luna, 1993: 601. Por otra parte, no parece ser muy cierto que los
tomoco fueran «otros indios» diferentes de los chimila. En efecto,
en un documento del siglo XVIII, que también reposa en el AGN, se
afirma que los tomoco hablaban la misma lengua de los chimila (el
ette taara) (AGN: Poblaciones varias, tomo X, falso 161r-163v,
1754; cf. Uribe, 1997: 14-17).
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Pocos dilemas hay, en efecto, para
afirmar que la polémica del padre Romero en contra del Patronato y
de la subordinación del poder espiritual al poder político podía de
manera harto fácil ser tachada como inconveniente y «subversiva»
por las autoridades españolas. A pesar de que el religioso peruano
escribe su Llanto en el pleno ocaso de la monarquía de los
Augsburgo -una monarquía que siempre procuró hacer de la iglesia
«una de las tantas dependencias administrativas en el seno del
Estado», según escribe Rafael Sánchez Ferlosio- su propuesta de
echar atrás el reloj para volver a los tiempos del Cardenal
Cisneros, cuando la Iglesia tenía gran influencia en los asuntos
políticos, debió disgustar a más de uno de los consejeros del
inepto Carlos 11.
Por otra parte, la cita completa de
Sánchez Ferlosio es como sigue: «Si en tiempos de Mendoza, o mucho
más especialmente en tiempos de Cisneros, pudo hablarse de una
poderosísima influencia de la Iglesia, o más bien de la religión
(...) en el Estado, hasta el punto de ser tal vez la componente más
activa en la fuerza impulsara de su nueva configuración, sesenta o
setenta años más tarde [en tiempos de Felipe 11] bien podría
decirse, por lo menos respecto de las Indias, que la Iglesia no era
ya sino una de tantas dependencia administrativas en el seno del
Estado» (Sánchez Ferlosio, 1994: 2401.
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La historiadora Lola G. Luna tuvo
acceso a este mismo documento en el AGI. Por lo menos lo cita
brevemente, en el contexto de la visita de Juan Cuadrado a la
jurisdicción del obispado de Santa Marta (el. Luna, 1993: 60). Carl
H. Langebaek reubicó en el AGI ese mismo material, del que obtuvo
copia microfilmada. Con base en esa copia se realizó la
transcripción de las porciones del documento que se emplean en el
presente ensayo. La ídentificación completa del documento es: AGI.
Santafé 59. Destrucción de Cansa-marias de los indios Amacos, Santa
Marta, 1691. Agradezco a Carl H. Langebaek su gentileza al
brindarme acceso a la copia microfilmada y al permitirme utilizar
este material.
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