Ficha bibliográfica
Titulo:
Destrucción de templos indígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta
Edición original: 2005-05-23
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-23
Creador: Carlos Alberto Uribe




INDICE





Mejor suerte ha corrido el «Llanto sagrado de la América meridional». Este libro es ante todo un relato de las peripecias por las que hubo de pasar su autor, desde que salió de Quito hasta su desembarco en Cádiz en 1692. Allí dejó consignados el fraile agustino sus primeras desventuras misioneras en Timaná, el éxito en su corta campaña de extirpación de las «idolatrías» de los indígenas «arhuacos» de la Sierra Nevada de Santa Marta, así como sus experiencias etnográficas entre los «infieles» guajiros de la jurisdicción del Río de la Hacha. También dejó Fray Francisco en esta obra un recuento de su estadía en la isla de Cuba y de sus planes, también marrados, de catequizar la península de la Florida. No obstante, el tema que más concita su atención es el estado de peligroso abandono por el que en su época pasaba la obra de conversión de todos los nativos del Virreinato del Perú y de la Audiencia de la Nueva Granada, decadencia de la que él fue un testigo privilegiado. La situación de las misiones era tan crítica, como que grandes masas de aborígenes preferían regresar a sus antiguos cultos en desmedro de la recién recibida religión católica.

Para Fray Francisco la explicación de tales eventos es inequívoca. Por todas partes los indígenas se escapaban de sus doctrinas por los despiadados abusos de los encomenderos y los corregidores, por la explotación que sufrían en los obrajes y en el trabajo de las minas. Además, porque cuando se reducían a «vivir en policía», muchas veces eran esclavizados, cuando no masacrados, por los capitanes españoles y sus secuaces, con la connivencia de los gobernadores y demás funcionarios coloniales de las distintas provincias. Como muestra de que la esclavitud operaba aún entonces en el Nuevo Mundo, el Padre Romero relata en su libro lo acaecido en la gobernación de Santa Marta unos pocos años antes de que él aportara a Valledupar en 1691. Lo siguiente es lo que al respecto escribe nuestro fraile, con no disimulado encono:

|Como llegasen a entender los jueces, que estos indios apóstatas [del obispado y gobierno de Santa Marta] no se hallaban bien en la oscuridad de la gentilidad, y que muchos de los infieles estaban descontentos con ella también, determinaron arrojar por diversas cejas de los montes que habitaban, algunas lenguas [indígenas intérpretes, en este caso mensajeros], que le asegurasen de parte de V.M [el Rey] favorable recepción y muy seguro el paso, para conseguir la salvación de sus almas; logróse el intento de que recibiesen la noticia, que para ellos fue agradable. Convocáronse hasta cuatrocientos o quinientos indios, y vinieron al Real, donde los españoles ofrecieron esperarlos con iglesia fabricada y con sacerdote que los instruyese y recibiese en el gremio del catolicismo. Apenas se dio vista a la muchedumbre de los indios, cuando el calor de la codicia determinó (10 que los mismos bárbaros no ejecutaran) hacer esclavos a los que venian a serlo en Jesucristo, por no serlo más del demonio. Llegáronse a los nuestros amigablemente, quienes les dijeron que si querian congregarse en la iglesia y ver celebrar el santo sacrificio de la misa, hablan de poner el arco y flecha fuera del templo. No dudaron de obedecer, por conseguir lo que deseaban; mas apenas reconocieron los españoles esta puntualidad de obediencia, cuando determinaron hacer más formidables sus intentos, para l cual, con advertida cautela, comenzaron a cortar las cuerdas de los arcos flecheros que traian los indios. Conseguido esto, pasaron (aqui la mayor pena) a hacer Campidolio, O coliseo el templo, ensangrentándolo crudelisimamente con la inocente sangre de aquellos miserables. Y los que mejor libraron, quedaron condenados a una esclavitud, o a la servidumbre de un remo en las galeras de Cartagena, donde hoy se hallarán algunos; a otros dieron garrote en el mismo Real; a otros ahorcaron en la ciudad de los Reyes, en el Valle de Upar. (...) Algunos indios ganaron el monte y dieron noticia del sacrilego engaño de los españoles a otros infieles, que deseaban también ser de Cristo; pero con el extraordinario suceso retiraron los intentos y pasaron a hacer cólera entre todos para vengar la sangre de sus compatriotas; 10 cual ejecutan hoy con mucha frecuencia, porque están apoderados de un paso real inevitable, que es el monte Carupal, donde salen todos los dias a caza de españoles y son raros los que se pasan sin que hagan crueles presas. Asi me lo hizo reconocer la abundancia de cuerpos muertos que vi en el espacio de dos leguas, que son las que ocupa este bosque de racionales fieras. (Romero, 1955: 116-117)

Casi sin ninguna duda, el anterior relato de Fray Francisco corresponde a las «proezas» que ejecutó en 1685 el maestre de campo Alonso del Castillo entre los indígenas tomoco, de la jurisdicción de Dulce Nombre de Jesús Pueblo Nuevo, cerca de Valledupar. Más aún, el fraile agustino debió recibir estos informes directamente de boca de Juan Cuadrado de Lara, cura de la catedral de Santa Marta, quien, como vimos, al tiempo de la llegada del padre Romero a Valledupar se hallaba ocupado de la visita del Obispado de Santa Marta. Entre las pesquisas que debía hacer en la visita el Padre Cuadrado se encontraba, precisamente, averiguar la veracidad de estos sucesos, como consta en un documento que reposa en el Archivo General de la Nación («El licenciado Juan Cuadrado, su visita a los naturales de Santa Marta y provincia de Río Hacha; y lo que infor­mara sobre la extinción: de algunas poblaciones indígenas» AGN. Visitas del Magdalena, tomo 11, falso 918-929, año de 1691) | 2

Con todo, la querella del |Llanto sagrado profundiza más en sus acusaciones. Porque es que para el Padre Romero, el gran problema está en que los gobernantes que el Rey manda a América hacen con las reales órdenes según les dicta su propia voluntad y sus propios intereses. Además, Fray Francisco enjuicia en términos muy severos lo que para él era un mal uso en el Nuevo Mundo del Regio Patronato Indiano. Según el fraile, el control que mediante el Patronato tenía el Estado español sobre las autoridades eclesiásticas, les daba a los gobernadores americanos facultad |«para descomponer la organización del cuerpo eclesiástico y que los hace iguales a las Majestades, y pretenden con esto un engañoso poder, que ya se puede llamar poder sobre poder» (Romero, 1955: 126). Y es que, opinaba el fraile, el agobio y la postración en que se hallaba América no eran remediables por la fuerza de las armas sino por la de la fe, pues |«son los hombres de Obispo (...) los que procuran mantenerla y dilatarla para Dios Nuestro Señor (... | (Romero, 1955: 127). Para el Padre Romero no era así muy descabellada la idea, discretamente sugerida en su texto, de que en las Indias debían ser |«cabeza de lo secular los que lo |son de 10 eclesiástico» (Romero, 1955: 131). En otras palabras, sólo si el estado indiano se depositaba en las manos de los obispos, podría la monarquía española preservar sus colonias americanas. Añoraba el fraile agustino las ya viejas épocas de cuando el Cardenal Cisneros era el «tercer rey de España |», en tiempos de Don Fernando y Doña Isabel, y de cuando el Obispo de Burgos presidía el Consejo de Indias a comienzos del siglo XVI (Romero, 1955: 131). No es pues de sorprender que, como escribe Giraldo Jaramillo (1955: 31) el libro del buen fraile peruano fuera retirado de la circulación y que «sólo algunos ejemplares escaparon del auto de fe que debió seguírsele» | 1 .

Para redondear lo que se conoce de la vida del misionero peruano, basta aquí consignar que otra vez en América, en 1694, el Padre Romero se dedicó a su misión entre los tama, en compañía de 13 misioneros que con él vinieron de la provincia agustiniana de Castilla. Pese a sus denodados esfuerzos, este segundo intento por convertir a estos indígenas también fracasó al cabo de unos pocos años. En su contra se aliaron un grupo de vecinos importantes de Neiva y de Timaná, el gobernador de la provincia y hasta el provincial de los agustinos de la Nueva Granada. Derrotado, Fray Francisco se mudó por fin a Lima, donde ya se encontraba hacia 1703. La última noticia que de él se conoce es la de que en 1705 el Padre Romero era el prior de la Recoleta de Nuestra Señora de Guía, en la capital peruana (Giraldo Jaramillo, 1955: 15-24). Por entonces nuestro fraile tenía 46 años de edad.

Volvamos, para quedarnos esta vez, a las diligencias apostólicas del Padre Romero entre los llamados «arhuacos |» de la Sierra de Santa Marta en 1691. Las noticias de los indígenas que trajo el fraile de la Nevada, y que consignara de forma sumaria en su |Llanto sagrado, son muy importantes (Romero, 1955: 79-87). Ellas ofrecen una especie de ventana para mirar la situación de estos indígenas hace trescientos años, situación que resulta familiar a cualquiera que tenga hoy experiencia etnográfica en el macizo serrano. Ante todo, estos materiales son inequívocos en señalar la importancia de los sacerdotes nativos, o mamas, y de los «caciques |», y de la centralidad del templo masculino en la vida de los indígenas. Esta interacción entre los mamas, las autoridades «civiles |» («comisarios |» y «cabos») y la gente del común (o «vasallos |») alrededor de los templos, es todavía un elemento de capital importancia en la preservación entre los indígenas de un sentimiento de continuidad histórica entre el pasado y el presente.

Para nuestra buena fortuna contamos con que en el Archivo de Indias de Sevilla existe una copia autenticada de un documento en donde se amplía la información que da el misionero peruano en su libro. Sigámosle pues la pista a este otro documento, que forma parte del informe del visitador del obispado, el cura Juan Cuadrado de Lara | 3 .

1 La historiadora Lola G. Luna se refiere también a estos sucesos de la forma siguiente: «En 1685 el gobernador Jerónimo Royo habia enviado al maestre de campo Alonso del Castillo, para que sometiese a los indios tomocos que eran acusados de causar daños a otros pueblos. El maestre los reunió en la plaza con el pretexto de la misa y ahorcó a diez capitanes y el cacique, destruyendo también las sementeras. [Juan) Cuadrado informó que a los indios tomocos se les había acusado por el gobernador de ser los autores de muertes que habían sido realizadas por otros indios, los chimilas. Cuadrado comprobó que muchos pueblos de indios estaban medio abandonados, que los mayordomos vivían en ellos y que los gobernadores no visitaban los pueblos, pues los encomenderos les llevaban a los indios hasta la ciudad» [Luna, 1993: 601. Por otra parte, no parece ser muy cierto que los tomoco fueran «otros indios» diferentes de los chimila. En efecto, en un documento del siglo XVIII, que también reposa en el AGN, se afirma que los tomoco hablaban la misma lengua de los chimila (el ette taara) (AGN: Poblaciones varias, tomo X, falso 161r-163v, 1754; cf. Uribe, 1997: 14-17).
2 Pocos dilemas hay, en efecto, para afirmar que la polémica del padre Romero en contra del Patronato y de la subordinación del poder espiritual al poder político podía de manera harto fácil ser tachada como inconveniente y «subversiva» por las autoridades españolas. A pesar de que el religioso peruano escribe su Llanto en el pleno ocaso de la monarquía de los Augsburgo -una monarquía que siempre procuró hacer de la iglesia «una de las tantas dependencias administrativas en el seno del Estado», según escribe Rafael Sánchez Ferlosio- su propuesta de echar atrás el reloj para volver a los tiempos del Cardenal Cisneros, cuando la Iglesia tenía gran influencia en los asuntos políticos, debió disgustar a más de uno de los consejeros del inepto Carlos 11. Por otra parte, la cita completa de Sánchez Ferlosio es como sigue: «Si en tiempos de Mendoza, o mucho más especialmente en tiempos de Cisneros, pudo hablarse de una poderosísima influencia de la Iglesia, o más bien de la religión (...) en el Estado, hasta el punto de ser tal vez la componente más activa en la fuerza impulsara de su nueva configuración, sesenta o setenta años más tarde [en tiempos de Felipe 11] bien podría decirse, por lo menos respecto de las Indias, que la Iglesia no era ya sino una de tantas dependencia administrativas en el seno del Estado» (Sánchez Ferlosio, 1994: 2401.
3 La historiadora Lola G. Luna tuvo acceso a este mismo documento en el AGI. Por lo menos lo cita brevemente, en el contexto de la visita de Juan Cuadrado a la jurisdicción del obispado de Santa Marta (el. Luna, 1993: 60). Carl H. Langebaek reubicó en el AGI ese mismo material, del que obtuvo copia microfilmada. Con base en esa copia se realizó la transcripción de las porciones del documento que se emplean en el presente ensayo. La ídentificación completa del documento es: AGI. Santafé 59. Destrucción de Cansa-marias de los indios Amacos, Santa Marta, 1691. Agradezco a Carl H. Langebaek su gentileza al brindarme acceso a la copia microfilmada y al permitirme utilizar este material.

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