RESEÑAS
Ambito y
ocupaciones tempranas de la América tropical
INÉS CAVELIER Y SANTIAGO MORA, EDS.
ICAN COLCULTURA - FUNDACIÓN ERIGAIE. BOGOTÁ.
1995
Es muy valioso que surjan recopilaciones como esta. El estudio
de los primeros pobladores comienza a mostrarse como un espacio
abierto a múltiples preguntas y diversos enfoques.
Contrario a lo que pudiera ser un campo de estudio limitado por
la aparente falta de datos, en comparación con otros períodos, este
libro nos muestra que dichos límites, si existen, son más parte de
las preguntas que se hacen a los investigadores que de los datos
mismos.
Por esto resulta muy apropiado que los editores digan en el
prefacio que
|«fueron contactados especialistas en el tema, que
habían trabajado en ocasiones bajo criterios y perspectivas
contrastantes... El texto que hoy presentamos.., es el resultado de
esta reunión. El lector encontrará en él los énfasis propios de los
enfoques teóricos que guiaron cada uno de los escritos, al tiempo
que puede obtener una idea general de los alcances y orientación de
estos estudios».
Con esta idea abordé la lectura. Enfocar estos trabajos desde el
punto de vista teórico resultó ser un descubrimiento de
posibilidades, que se abren en gran parte según la disposición de
apertura de los investigadores. Surge un contrapunteo, que a
continuación presento, entre los diferentes enfoques que se le dan
al estudio de los problemas de esta etapa del pasado.
Por un lado, hay trabajos que se continúan dando a la manera
tradicional, desde la óptica de entender la adaptación humana desde
una perspectiva funcional, característica de los trabajos que se
han hecho sobre este período en Colombia. A este línea pertenecen
los trabajos hechos por de Ana María Groot sobre Checua, de Héctor
Salgado en el cañón del río Calima, de Carlos Eduardo López en el
Magdalena Medio, de Camilo Alberto Rodríguez en el sur del Tolima y
de William P. Barse en el Orinoco. Estos trabajos resultan
importantes pues amplían la información que se tiene sobre las
ocupaciones tempranas de los territorios americanos.
Completan así el panorama que se va teniendo sobre la ocupación
y la forma de adaptarse a su medio de estos primeros pobladores,
para zonas ya estudiadas como la Sabana de Bogotá o para otros
territorios no tan conocidos. Este tipo de estudios, tal como lo
han mostrado otros investigadores de este período, nos han
permitido desvirtuar la idea de un patrón de caza especializada
traída desde norteamérica y entender los diversos patrones de
adaptación de los primeros habitantes de Centro y Suramérica
(Ardila y Politis, 1989; Ardila, 1992; Dilehay et al., 1993).
Sin embargo, desde y frente a este tipo de trabajos se abren
nuevas alternativas para entender mejor el comportamiento de los
primeros pobladores del territorio americano. En este libro se
encuentran ejemplos estimulantes de otras vías que permiten
comprender más sobre esta etapa de nuestro pasado. Ellas
complementan el objetivo de esta recopilación, que es conocer
diferentes enfoques en las investiaciones de los grupos humanos del
periodo de las ocupaciones tempranas. Bajo otras formas de
investigar, o sea como alternativas, se investigan aspectos de la
cultura de estos grupos tales como la movilidad, el manejo del
territorio, las diferentes relaciones con el entorno y tal como el
título de este libro lo insinúa, la relación del «ámbito y las
ocupaciones tempranas de la América tropical».
Las condiciones de cada uno de estos trabajos se relacionan
estrechamente con los problemas que en cada caso se investigan; sin
embargo, lo importante es notar la innovación de los enfoques
derivados, basados, sobre todo, en las inquietudes de sus
investigadores. Una muestra más de que los límites no están en los
datos.
Quiero mostrar cada caso siguiendo el orden en que aparecen el
libro:
El trabajo de A. J. Ranere y R. G. Cooke, (:5- 26), hecho en
Panamá con los datos que se han ido acumulando en la región y por
comparación con otros relacionados de Centro y Suramérica,
refuerzan la importancia de esta región como paso obligado de los
primeros pobladores de Suramérica. Las problemáticas de esta zona y
para esta etapa son múltiples, de ahí que también sean variadas las
tentativas para solucionarlas. Es importante entonces, que junto a
la problemática de ocupación y desplazamiento de los pueblos
«Clovis» o «preclovis», se busquen relaciones lingüísticas con
grupos de Centro y Suramérica y se preste mucha atención a la
transformación de hábitos de sus antiguos ocupantes. Por ejemplo el
paso de la cacería a la horticultura como un proceso que necesita
más comprensión y no como un salto casi lógico por lo
tradicionalmente establecido.
El trabajo de Cavelier, Rodríguez, Herrera, Morcote y Mora
(:27-44) es de gran importancia porque como ellos mismos dicen
«constituye un caso de importancia dentro de la discusión generada
en torno a la ocupación de cazadores recolectores independientes de
los productos agrícolas en las selvas tropicales»(:28). Resulta en
un aporte como estrategia de investigación de los grupos de
«cazadores recolectores» porque este esfuerzo ha requerido una
disposición diferente hacia el estudio de la vida de estos grupos.
Se parte del interés por comprender de manera más amplia la
interacción humana con su medio; la relación con el «ámbito»
implica también la capacidad de transformación humana de su en
torno y no sólo su supervivencia. Al conocimiento del medio, en
especial de las plantas, le otorgan especial importancia como
también a la capacidad de utilización y transformación de los
recursos disponibles. Si bien este trabajo se hizo en una zona de
bosque y, por lo tanto, en una zona no convencional en el estudio
de estos grupos, su enfoque amplio es un llamado a considerar la
participación de la cultura de estos grupos en la interacción con
su medio de una forma más integral, ya que lo que queda para todos
los interesados en conocer sobre los primeros pobladores de este
territorio es que la frontera entre la caza y recolección y la
agricultura debe ser vista de una forma más fluida.
Con el artículo de Gnecco (:59-71) resulta que aunque es
oportuno el trabajo claro desde teorías o hipótesis que existen
sobre los «cazadores-recolectores», ellas son ante todo
herramientas de la investigación que deben ser puestas a prueba. No
se trata entonces, de un traslado ingenuo de datos, tal como se
dice a veces al referirse al uso de conocimientos foráneos. La
puesta a prueba de una hipótesis implica la posibilidad de que se
afirmada o negada.
En su trabajo, el investigador trata de averiguar es el tipo de
movilidad para el sitio de La Elvira, en el valle de Popayán, según
un modelo ya establecido. Y ya que lo que el hace es poner a prueba
este modelo con los datos de este sitio, resulta ser un buen
ejemplo de que si ampliamos nuestras fronteras -mentales-, el
conocimiento sobre el pasado puede ser enriquecido con lo que otros
han hecho. Esto permite corroborar, contradecir, pero en todo caso
no se justifica un aislamiento académico en aras de la producción
de conocimiento autóctono.
Junto al trabajo de Cavelier, Rodríguez, Herrera, Morcote y
Mora, el artículo de Salazar resulta ser un complemento a la visión
más integral de interrelación del ser humano con el medio. Al igual
que en el trabajo de los citados, en el de este investigador se
reconoce que los grupos no solo explotan el medio sino que también
lo transforman, en este caso en la zona del Ecuador que él
investiga.
Una transformación que pudo contribuir a la extinción de la
megafauna del Ecuador es un interesante ejemplo de cambio de
perspectiva; considerar que la acción de los grupos de «cazadores
recolectores» respecto a su medio implica entender también la forma
como este se adapta al ser humano. Gran lección para replantearse
la relación unidireccional que tradicionalmente se ha planteado en
Colombia para los primeros pobladores de nuestros territorios.
Para concluir, quiero decir que este libro es una muestra de los
variados enfoques que co-existen sobre este período y sus
ocupantes. Algunos artículos son más innovadores que otros, que son
en los que me he centrado al hacer este reseña, porque aún en las
condiciones que aparentemente contienen menos información es la
mirada del investigador la que anticipa y amplía las posibilidades
de investigación. De aquí que el estudio de los primeros pobladores
pueda ser el de los primeros ocupantes y transformadores de su
«ámbito», como lo propone el título de este libro.
De todas formas se vuelve a demostrar que es un tema, un espacio
y un aliento para buscar, y también para arriesgar.
Mercedes Eugenia Bravo, Estudiante de
Antropología Universidad Nacional de Colombia
Ideas y prácticas ambientales del
pueblo embera del Chocó
CAMILO ANTONIO HERNÁNDEZ CEREC, SERIE
AMERINDIA. BOGOTÁ. 1995
Este texto nos muestra la riqueza y la complejidad de la
concepción embera del mundo, haciendo énfasis en los aspectos
mágicos y religiosos de su pensamiento entorno a la relación del
hombre con la naturaleza. La información etnográfica se refiere
especialmente a los embera del Alto Baudó, cuyos resguardos se
superponen con el Parque Nacional Utría, creado en 1987 en
jurisdicción de los municipios de Bahía Solano, Nuquí, alto Baudó y
alto Bojayá. El autor recogió una gran cantidad de información en
la zona, gracias a su labor en la Fundación Natura, encargada de
ejecutar algunos proyectos en el Parque.
El autor presenta inicialmente los mitos embera sobre el origen
del universo y del hombre, así como los relatos sobre las etnias
prehispánicas y coloniales que existieron en la región. Estos
últimos, situados en la frontera entre el mito y la historia,
recrean la presencia de los
|Burugumiá, los Bibidicomia, los
Carauta y los Jura. Estos relatos se ven complementados con un
recuento histórico de la colonización del alto Baudó y de otros
ríos del Pacífico, realizado a partir de la tradición oral
nativa.
Tres capítulos referidos al jaibaná, a los seres míticos y a la
relación del jaibanismo con el manejo de la cacería y la pesca dan
continuación a la obra. En ellos se describe el pro ceso de
iniciación del chamán, su parafernalia ritual y los rituales de
curación. Para comprender mejor el chamanismo embera se muestran
los atributos de los
|jais o entidades espirituales de las
cuales se valen los jaibanás para obtener sus fines. Igualmente, el
autor nos muestra otros personajes sobrenaturales que pueblan el
mundo embera. A través de mitos, anécdotas y relatos de diversa
índole el lector puede captar la funcionalidad del jaibanismo en
diferentes contextos -curación de enfermedades, ataque a los
enemigos, equilibrio de fuerzas entre comunidades diferentes,
protección a los animales y a los cazadores, etc.- y los conflictos
que genera su presencia.
El tema de las recetas para enamorar permite al autor adentrarse
en los conflictos de la vida conyugal y en las creencias mágicas
sobre ciertas plantas y animales. En el capítulo final se analizan
sistemas de interpretación y clasificación de fauna y flora, las
relaciones entre los habitantes de los diferentes mundos que forman
el cosmos embera, dedicando más atención a personajes como el
Trueno, Pankoré, los colibríes, los venados, las sierpes y los
papagayos.
El epílogo de la Organización Regional Embera Wounaan del Chocó
(OREWA) resalta la relación armónica que los indígenas han
establecido con la naturaleza, la ruptura que significó para ellos
la conquista y colonización de sus territorios y la importancia de
la labor de la organización como base para reivindicar los derechos
de las comunidades y planear el progreso en concordancia con la
visión embera de las relaciones del hombre con su entorno.
La lectura de este libro servirá a todos los investigadores que
trabajan en la Costa Pacífica, no sólo a los antropólogos y
sociólogos, sino también a los biólogos que adelantan
investigaciones básicas sobre la selva húmeda tropical, a los
ingenieros que participan en proyectos de desarrollo para la región
y al personal del área de la salud que atiende a la población
embera. Este texto les permitirá conocer la tradición oral embera y
les dará la clave para comprender muchas de sus prácticas
cotidianas y rituales.
Hernández logra recoger de primera mano una cantidad enorme de
relatos que constituyen la base de esta obra. Gran parte de su
mérito radica en haber logrado captar la trama de esas narraciones,
redactarlas en un español comprensible para nosotros y organizarlas
de acuerdo con una lógica que pretende aproximarse a la lógica del
pensamiento indígena. Esta tarea es compleja e implica una
compenetración profunda con el pensamiento indígena. Además existen
muchas versiones de un mismo mito, los nombres de los personajes
varían de un rio a otro, fragmentos de distintos mitos aparecen en
otro lugar dando origen a un nuevo relato, lo cual obliga al
investigador a seleccionar algunas historias y a través de notas
explicativas, hacer referencia a otros relatos o creencias que
ayudan a explicar la historia inicial.
Algunos investigadores anteriores habían presentado
compilaciones de mitos embera, pero no se había hecho un esfuerzo
como este para integrarlos en un discurso continuo que restituye
las ideas que los embera tienen sobre su historia, los conflictos
que han tenido con otros grupos, la composición del mundo, las
relaciones con los animales, las plantas y los seres
sobrenaturales, etc. El autor organiza un corpus mítico de tal modo
que parece ser el embera quien está hablando. De todos modos la
labor del escritor puede influir en el resulta do final, así sea en
la manera de sintetizar y escribir lo relatos orales, en la
organización de las secuencias temáticas y en la manera de
correlacionar creencias, mitos y anécdotas para dar cuenta de la
concepción embera sobre un determinado aspecto de la naturaleza. El
texto final resulta un poco abigarrado, por la cantidad de mitos
que se suceden unos a otros, pero su valor documental es
incalculable.
Otro autor, desde una perspectiva teórica y metodológica
diferente, tal vez hubiera preferido reducir el conjunto de mitos y
emprender un análisis estructural clásico, ejercicio que no se ha
hecho aún con los mitos embera a pesar de que contamos ya con
varias compilaciones.
La elección metodológica del autor lo lleva a «ceder la palabra
al indígena» reproduciendo su discurso sobre el mundo; encontramos
entonces lo que se ha llamado una visión árnica en contraposición
con una visión ática. Desgraciadamente no hay en el texto una
reflexión del autor sobre el enfoque teórico y metodológico
empleado en la organización y análisis de los mitos. Tampoco hay
referencias a otros trabajos recientes como los de Stephanie Kane
(1988, 1990) y Anne Marie Losonczy (1990), en los cuales mitos,
relatos y creencias recogidas en campo, sirven de apoyo a las
autoras para someter a examen sus hipótesis y sustentar sus
interpretaciones, de tal modo que se trasciende el trabajo
etnográfico para avanzar en los análisis de carácter etnológico.
Creemos que en Colombia tenemos magníficos etnógrafos, como es el
caso de Hernández, que podrían hacer muchos aportes a la disciplina
avanzando en investigaciones de carácter comparativo que se
detengan un poco más en los problemas teóricos que plantea el
análisis del mito.
El título del libro alude a las ideas y a las prácticas
ambientales de los embera; sin embargo en el desarrollo del trabajo
el autor se concentra en las ideas y particularmente en aquellas
que tienen una connotación mágica o religiosa. Es cierto que en los
grupos indígenas de las selvas tropicales suramericanas se han
encontrado sistemas clasificatorios que combinan un conocimiento
detallado de las características biofísicas de los seres naturales
con un conjunto de creencias mágicas y religiosas sobre dichos
seres. Tal vez por eso las categorías de etnobotánica y
etnozoología no sean muy adecuadas, es posible que los indígenas de
estas selvas no tengan una taxonomía estrictamente botánica o
zoológica. Lo que en contramos son, más bien, complejas cosmologías
que involucran conocimientos y saberes de distinto orden y donde se
mezclan distintos criterios para clasificar los objetos y los seres
vivos. Además, la distinción que nosotros solemos hacer entre lo
natural y lo sobrenatural o entre naturaleza y cultura, no es muy
pertinente dentro del pensamiento de estos pueblos amerindios, lo
cual se ve claramente reflejado en la presentación que Hernández
nos hace de los relatos embera.
Consideramos que el título de! libro no refleja plenamente su
contenido ni su orientación, pues el tema de las prácticas
ambientales apenas se trata de manera tangencial. Creemos que hacia
el futuro las investigaciones deben trabajar verdaderamente sobre
los dos frentes, el de las ideas y el de las prácticas. En este
último se incluiría un estudio detalla do de la horticultura, de la
caza, la pesca, la recolección, la construcción de viviendas y de
embarcaciones, etc. Para ello sería indispensable, por ejemplo,
medir los terrenos en cultivo y en barbecho, cuantificar la
producción de cada especie vegetal, el tiempo de trabajo invertido,
la disponibilidad de alimentos por cada consumidor y las presas
capturadas por los cazadores en determinado lapso. Si la «práctica»
se convirtiera en el eje de la investigación, los mitos y creencias
mágicas adquirirían una nueva dimensión, pues no serían una rueda
suelta en la relación del hombre con su medio ambiente, no serían
un mero discurso esotérico, sino que estarían integradas al
quehacer cotidiano de estos pueblos. Además las discusiones sobre
la sostenibilidad de los modelos amerindios en territorios
selváticos no se debe dar únicamente a partir del discurso que
dichos pueblos tienen sobre su relación con los seres naturales,
sino con base en un análisis minucioso de su economía.
Reiteramos la importancia de este texto para la comprensión de
la cultura embera. La habilidad del autor para escribir los mitos
hace que su lectura sea agradable, accesible e interesante para un
público no especializado. Personas sensibles a la temática
indígena, teólogos e incluso los mismos embera leerían con placer
esta obra, que constituye un avance importante en los estudios
sobre este grupo indígena del Pacífico.
Sandra Turbay
Barbarie y canibalismo en la
retórica colonial: los indios Pijaos de fray Pedro Simón
ALVARO FÉLIX BOLAÑOS CEREC, BOGOTÁ,
1994
Esta obra se agrega a la escasa bibliografía colombiana sobre
los cronistas de los si glos XVI, XVII y XVIII. Se trata de un
libro crítico de la tercera parte de las Noticias Historiales de
Simón, dedicada ante todo a la lucha de pacificación de los Pijao y
ostenta el mérito de que se sale de la línea tradicional del
encomio muchas veces exagerado, sin caer tampoco en el dicterio por
mentiroso el autor, o por ser cómplice de las masácres de los
conquistadores. De ninguna manera. Bolaños hace un es fuerzo por
explicar los motivos que tuvo Pedro Simón para caracterizar a los
Pijao y para presentarlos como dignos de exterminio. Así mismo,
explora las atribuciones de antropófagos recaí das sobre ellos y
otros grupos indígenas presentes a la llegada de los europeos en el
siglo XVI.
Bolaños también muestra marcado interés en demostrar que muchos
de los criterios hispanistas y por tanto antiindígenas originados
por los discursos coloniales de los cronistas continúan vigentes en
buena parte de historiógrafos recientes y que lamentablemente esa
visión euro- centrista y etnocida es la que ha penetrado en la
mayor parte de los colombianos. Cita como ejemplo de esto la
matanza de los Cuiba ocurrida hace unas tres décadas donde uno de
los crimina les adujo reiteradamente que a él le habían enseñado
que matar indios no era delito ni pecado.
Bolaños no es historiador ni su trabajo es estrictamente de
historiografía. Aunque sí maneja hechos y textos de tal naturaleza,
su tarea primordial se relaciona -a mi modo de ver- con la creación
textual en la colonia. Ve a Simón como agente del orden estatal
imperialista y expansionista que alega la obligación que tiene de
evitar el olvido para las generaciones del porvenir, de los hechos
gloriosos de los conquistadores. Sin embargo, Bolaños coloca a
Pedro Simón como representante de una tendencia nociva que tendía a
desconocer al otro en beneficio del español, de la Corona y en
últimas de Occidente.
Aunque el autor de la obra reseñada aquí, está lejos de ser
perpetuador de la Leyenda Negra, comete lo que yo llamaría error de
ingenuidad al esperar que en el siglo XVII un europeo, español o
no, a excepción de unos cuantos frailes de la escuela de Las Casas
y eso no del todo, pudieran renunciar a los valores de su tiempo. A
través de la obra, en diversas ocasiones le censura a Simón el
reproducir las valoraciones conceptuales peyorativas hacia los
Pijao y el indio americano en general. De otro lado, propone que
los juicios actuales contra los Pijao son «el perdurable legado de
Simón» (p. 25), lo cual es por lo menos exagerado, pues de no haber
sido este franciscano el cronista de la lucha contra los Pijao,
cualquier otro es pañol que la hubiera relatado a comienzos del
XVII, en calidad de cronista, habría transmitido una similar
imagen. Simón no forjó la ideología, más bien fue producto de la
misma como en otros lugares lo reconoce el autor.
En el mismo orden de ideas, tampoco puedo estar de acuerdo con
el señalamiento hecho en el libro, se el cual los cargos
administrativos ocupados por Fray Pedro fueron razón, casi única en
el texto, para que este cronista desarrollara un gran desdén por el
indio americano. Si así fuera, los soldados y capitanes españoles
de la Conquista y los encomenderos por estar en contacto cercano
con el nativo americano, habrían desplegado actitud de atención y
preocupación por ese indígéna; y la historia nos ha mostrado que la
tendencia no era siempre esa. Más bien al contrario. Luego la idea
de los cargos administrativos, sostenida también por Friede en nada
ayuda a entender la actitud etnocéntrica de Simón.
La reiterada crítica a la intolerancia y arrogancia
eurocentristas de la época hace pensar que el autor supusiera que
había otra alternativa posible formada socialmente y que quizá con
propósitos poco edificantes los españoles la mantenían oculta. Bien
sabido es que los loables ideales de Montesinos, Las Casas y otros
frailes indigenistas no tuvieron el eco esperado por ellos ni se
pueden considerar representativos de la sociedad española del siglo
XVI. Por tanto, menos posible pedir a los cronistas y al
franciscano Simón en particular que fuera relativista como
cualquier antro pólogo de fines de estos noventa, que manejara
críticamente el concepto alteridad y que obrara contrariamente a la
herencia mitológica europea que el autor de la obra demuestra
idoneamente que pesó sobre los relatos fantásticos de las crónicas.
Entonces, la manida división entre lo bueno europeo y lo malo
americano tenía toda la razón -debido a múltipies factores que el
autor trata- para ser popular y exitosa. Sin embargo, Alvaro Félix
Bolaños tiende a olvidar ese mismo peso que él ha documentado.
De todos modos, esta obra no cae en la tendencia continuadora de
la Leyenda Negra. Ni siquiera lo pretende. Trata de ver cómo se
formaron los juicios antipijao y antiindígenas en general para
explicarse el proceso creativo de una crónica específica. Dentro de
esa explicación repite muchas veces que .el resultado fue la
dicotomía formulada entre lo español y lo indígena, atribuyendo
valores positivos a lo primero y negativos a lo segundo. Y ese
resultado lo critica no a la luz de valores formados en la época de
la escritura, sino desarrollados mucho más tarde, es decir,
extemporáneos.
En ese mismo sentido, la anterior acotación puede hacérsele a
Juan Friede, cuyos juicios sobre la obra de fray Pedro son
anteriores a los de Bolaños y van en la misma dirección.
Aparte de esto, el autor reseñado aquí hace un minucioso
análisis de las menciones de antropofagia contenidas en crónicas y
en versiones de informantes comprometidos en la lucha contra los
Pijao y pone de presente lo difícil que es hallar testimonios
directos de constancia ocular sobre dicha práctica. Abundan las
referencias a haber oído, a que es conocido, e inferencias en
general. Ese manejo de la información resulta meritorio en la obra
pues además del examen riguroso de los textos no opta por caminos
radicales negando el canibalismo, al estilo de Arens, de manera
rotunda, sino que con serenidad metodológica expone las debilidades
de los juicios de fray Pedro que los convierten en exageraciones y
generalizaciones no muy fundamentadas. En este aspecto del
canibalismo el autor también destaca la condición nefasta que las
crónicas en general atribuyen a los Pijao y otros grupos, dentro de
la cual no sólo ocurre esa costumbre, sino además la sodomía, el
asesinato y una muy notable caracterización de afeminamiento que
resulta importante para ser contrastada con la hombría y valentía
de los soldados de España. Esos son aspectos brillantes del trabajo
de Bolaños, indudablemente.
El estudio del canibalismo es de por sí bastante complejo. Sería
muy interesante poder tener en cuenta la perspectiva arqueológica
al respecto, pues el libro la ignora por completo. Si es escasa, al
menos hacerlo constar sería conveniente para ilustrar que esta
fuente científica también puede aportar argumentos importantes en
la descripción y explicación de tal institución.
Así mismo, valdría la pena ahondar en la distinción entre el
canibalismo (si existió) cometido entre indígenas antes de la
llegada de los españoles y el dirigido a éstos a partir del siglo
XVI, pues este análisis puede develar muchos conceptos culturales
ilustrativos de la cosmovisión de los Pijao.
El libro de Alvaro Bolaños contribuye a en tender bastante de la
ideología española presente en la Conquista. Así es como presenta
el ideal caballeresco con sus atributos inherentes de nobleza,
honor y valentía, característico de militares como Miguel
Bocanegra, quien preliminarmente emprende campañas contra los
Pijao. Luego tal ideal queda relegada a un segundo plano en el caso
de Juan de Borja quien enarbola el estandarte de la causa justa con
respaldo oficial de la Corona. Ya no hay contemplaciones ni
reconocimientos a los enemigos, como en el primer caso. Cualquier
recurso es admitido y las crueldades, como el empleo de perros
carniceros, son privilegiadas como acciones. El ideal caballeresco
incluso llega a proyectarse en la obra de Simón a adalides Pijao
como Calarcá quien es reputado de valiente asombroso en la
lucha.
Vale la pena detenerse un poco antes de terminar en una
hipótesis de trabajo que el libro insinúa pero no desarrolla. El
uso de perros carniceros pudo forjar en los Pijao la imagen del
español caníbal y contribuir en alguna medida a ideaciones que
estimularan esta práctica contra los invasores.
Hay dos pequeñas cosas que valdría la pena aclarar en últimas:
Una se refiere a que el no matar es el quinto y no sexto
mandamiento, como anota el autor. La otra es que los Pijao y los
indígenas en general no pueden considerarse mayoría étnica, sino al
contrario, minoría, pues lo que prima en la determinación de tal
concepto no es la cantidad de personas sino la inferioridad en el
acceso al poder.
Podríamos concluir que esta obra de Alvaro F. Bolaños abre
caminos muy interesantes para el análisis de las crónicas de los
siglos XVI y XVII y para entender más a profundidad las relaciones
interétnicas de la Conquista, especialmente desde la perspectiva de
los dominadores, lo cual casi no se ha estudiado.
|Jorge Morales