|Relación de los resultados de la
lexicoestadística y el método comparativo con los de la
antropología física y la arqueología
Como se ha comentado previamente, el inicio de la fragmentación
del protochibcha se remontaría al del cuarto milenio antes de
Cristo, lo cual implica un establecimiento muy antiguo de los
pueblos chibchenses en buena parte de los territorios que ocupan
actualmente y se opone a la visión que predominó desde los
cuarentas hasta los setentas, originada en autores como Mason
(1940), Lothrop (1940) y Jijón y Caamaño (1943) de que los pueblos
chibchenses hubieran te nido su punto de partida en la Cordillera
Central colombiana y de allí se hubieran extendido en época más
bien reciente a Centroamérica. Ya en 1981, con base únicamente en
lo sugerido por los resulta dos obtenidos a partir del método
comparativo rechacé esta visión, planteando que el movimiento, en
todo caso debería de haber sido en la dirección inversa.
Es muy satisfactorio que esto coincida, plenamente y sin ninguna
dependencia, con la visión que a partir también de la década de
1980 ha venido desarrollándose en arqueología, que apunta hacia la
conclusión de que la diversificación cultural en la Baja
Centroamérica (en el sentidoque le da, por ejemplo, Bray 1984, en
que queda incluida una buena porción de Colombia), territorio en el
que están situadas todas las lenguas chibchenses, se debió
predominantemente a (Cooke 1986: 89):
|«patrones de aglutinación
y fisión en una población antigua y distribuida a lo largo de la
región». El mismo autor ( 1985) señala que en el Panamá central
no se dan indicios que permitan postular interrupciones
iconográficas o tecnológicas drásticas en materia de manufactura de
cerámica en el período de 4500 años que concluye con la conquista.
Este tipo de indicaciones, con el avance de las investigaciones
arqueológicas, se van encontrando en otras partes de los dominios
chibchenses en Centroamérica. Por ejemplo, el proyecto Arenal ha
determinado ocupación continua sin transiciones violentas entre
fases en esta región de Costa Rica por un lapso de 3500 años (desde
el 2000 a.C., Fonseca Zamora 1992: 96-105). Bray (1984: 308-9),
haciendo referencia a la estabilidad poblacional del área
señala:
En primer lugar, las fronteras entre
las provincias culturales discretas permanecen constantes por
períodos muy largos. Un milenio no es cosa poco común... No sugiero
que nunca hubiera habido cambios en las fronteras (claramente los
hubo), sino que la estabilidad, en vez de la fluctuación continua,
fue el estado normal de las cosas.
De acuerdo con el mismo autor (ibídem)
|«los indicios sugieren
que las migraciones a gran escala y las invasiones fueron
acontecimientos escasos...»
Este panorama está de acuerdo también con el que se deriva de
los estudios actuales de genética de poblaciones sobre pueblos de
lenguas chibchenses de Costa Rica y Panamá, como los de Barrantes,
Smouse y asociados en los que se concluye (1990: 28) que se
presenta una distribución de tipo «corredor» con afinidades mayores
entre vecinos:
|«Tenemos también la presencia de polimorfismos
privados y variantes raras de orígenes presumiblemente antiguos,
que revelan un desarrollo regional y relativamente aislado de estos
grupos».
Por lo que respecta a uno de los detalles de la cultura de los
hablantes del protochibchense rescatados por medio de la
reconstrucción léxica, el conocimiento del maíz, Piperno y otros
(1985) han determinado que en el Panamá Central se podría haber
conocido desde comienzos del cuarto milenio a. C., si bien se
habría mantenido como un elemento de menor importancia en la dieta
hasta comienzos del primer milenio a. C.
Para concluir, algunas coincidencias interesantes se presentan
también entre fechas lexicoestadísticas obtenidas y las fechas
relativas a los inicios de las culturas tairona y chibcha (en el
sentido original de muisca duit) de Colombia.
La fecha arqueológica más antigua que conozco para la cultura
muisca duit (que carece de continuidad con la que la precedió en
Cundinamarca y Boyacá) es 240 d.C. (Botiva Contreras, 1989: 115).
Esta fecha está bastante de acuerdo con la que se obtiene
glotocronológicamente para la separación del muisca y el tunebo:
alrededor de 2500 antes del presente, es decir 500 a.C.
De igual modo, para la Sierra Nevada de Santa Marta, el período
más antiguo vinculado con la cultura tairona es el de Nahuange o
tairona temprano costero, que se remonta al siglo y d.C. (la fecha
más temprana parece ser 430 d.C., Groot de Mahecha 1989: 51). Esto
está razonable mente de acuerdo con las fechas glotocronológicas de
fragmentación del grupo arhuácico (1900 antes del presente para el
cogui y el damana, 2200 para el cogui y el ica).
Si bien los cambios culturales no necesariamente conllevan
reemplazos lingüísticos, estos últimos datos, sobre todo por
comparación con los procedentes del territorio que he denominado
central (en particular los de sitios de Panamá central y
occidental) que no muestran discontinuidades culturales semejantes,
dan apoyo a la idea de que las poblaciones chibchenses establecidas
al este del Magdalena hayan resultado de inmigraciones a los
territorios que ocupaban en el momento de la llegada de los
europeos.
Finalmente, desde el punto de vista biológico, el hecho de que
los icas diverjan marcadamente, debido a su alta frecuencia del
alelo Diª de otros pueblos chibchenses tanto de Colombia como de
Panamá y Centroamérica (Barrantes, Smouse y otros 1982: 208) podría
ser resultado de la asimilación de poblaciones previas sobre las
cuales se hubieran asentado al inmigrar.
Conclusiones generales
Los resultados de las investigaciones lingüísticas diacrónicas
sobre las lenguas chibchenses que se han tratado a lo largo de esta
exposición indican que estas constituyen, de acuerdo con las
profundidades temporales existentes entre sus miembros, una
agrupación del nivel de nominado por Swadesh (1954: 326) estirpe
(inglés stock).
El inicio de la fragmentación del antepasado común de estas
lenguas se remonta, de acuerdo con las estimaciones
glotocronológicas a comienzos del cuarto milenio antes de Cristo.
El vocabulario reconstruido indica que los hablantes del
protochibcha practicaban algún tipo de agricultura y estaban
familiarizados con las plantas que posteriormente constituyeron
algunas de sus fuentes principales de alimentación.
Los datos procedentes tanto de la aplicación del método
comparativo como de la lexicoestadística dividen estas lenguas, de
acuerdo con la estrechez de sus relaciones, en dos grandes
subgrupos: uno constituido por el cuna y las lenguas situadas hacia
el oeste hasta el sur de Costa Rica y otro integrado por las
habladas al este del Magdalena en Colombia y regiones fronterizas
de Venezuela. Además, en el norte de Costa Rica y el sudeste de
Nicaragua, se dan dos lenguas (guatuso y rama) que constituyen una
agrupación menor, y en el sudeste de Honduras hay una (el paya),
que se presenta, de acuerdo con su posición geográfica, como la más
aislada.
La mayor diversificación que se da en el continuum de lenguas
situado desde el sudeste de Nicaragua hasta el oeste de Panamá (que
se manifiesta en que en dicha área se dé el mayor entrecruce de
isoglosas) sugiere que en estos territorios se haya encontrado el
lugar de origen del antepasado común y que de ellos hayan partido,
en época muy temprana, las migraciones de los antepasados de los
pueblos que se afincaron finalmente al este del Magdalena y de los
payas de Honduras.
|Recomendaciones y
perspectivas
Desde muy diversos puntos de vista, el conocimiento de las
lenguas chibchenses ha avanzado muy notablemente en los últimos
veinte años, superando definitivamente la etapa de «acarreo de
materiales antiguos», de inexistencia de descripciones modernas
lingüísticas (Tovar, 1961: 8) y de hipótesis diacrónicas sin
fundamento objetivo. Resta, sin embargo, muchísimo por hacer y, en
mi opinión, algunas de las acciones que nos permitirían seguir
avanzando serían las siguientes:
1. Redoblar los esfuerzos en materia de la descripción de las
lenguas chibchenses como los que han venido realizando grupos como
el de la Universidad de los Andes y el Instituto Lingüístico de
Verano en Colombia, y el de la Universidad de Costa Rica, de modo
que se tengan cada vez mejores condiciones para la aplicación de
los métodos de la lingüística diacrónica. Sin descripciones
gramaticales y léxicos amplios accesibles (que son la materia prima
del trabajo diacrónico) resulta muy difícil avanzar, en particular
en el caso de lenguas que constituyen casos muy marcados de
diversificación como el barí, el chimila, el tiribí y el paya.
2. Aplicar el método comparativo a la reconstrucción de
subantepasados como han hecho Jackson y Jara. Esto nos permite
retroceder en el tiempo y, a la vez, hacer reconstrucciones más
ricas (debido a la menor profundidad temporal) que pueden
aprovecharse para aclarar tanto los pasos que llevaron del
antepasado común a las lenguas documentadas como para medir más
exactamente las distancias entre las distintas divisiones de la
agrupación total.
3. Aplicar el método de reconstrucción interna, lo cual también
permite retroceder algo en el tiempo (establecer prelenguas) y
facilita mucho el reconocimiento de correspondencias que, por ser
muy drásticos los cambios fonológicos implicados, resultan
difíciles de reconocer. En el caso de lenguas de posición muy
aislada o medianamente aislada este trabajo es de especial
importancia.
4. Ampliar las listas de vocabulario básico empleadas como base
para los cálculos lexicoestadísticos (la que yo he usado es de 116
términos, pero con la aparición de datos nuevos de lenguas como el
chimila espero poder hacer los próximos cálculos con base por lo
menos en 200 palabras).
5. Intensificar todo lo que se pueda el trabajo etimológico
minucioso que nos permitirá contar cada vez con materiales mejores
para refinar las reconstrucciones y el reconocimiento de las
innovaciones, y que añadirá cada vez más detalles al conocimiento,
por medio de la lingüística, de la cultura de los hablantes de la
protolengua.
6. Ahondar en los estudios areales, de modo que podamos
reconocer mejor los préstamos de todo tipo y discriminar entre lo
adquirido por difusión y lo heredado.
7. Comparar constantemente los resultados de nuestro trabajo
lingüístico con los de la arqueología, la etnohistoria, la
etnografía y la antropología física, pues de ellos, cuando menos,
podemos obtener indicaciones muy valiosas incluso sobre la
viabilidad de nuestras propuestas lingüísticas y, en muchos casos,
la explicación de los hechos que observamos y describimos.
Si se cumplen estos objetivos, tendremos la oportunidad de
llegar a reconstruir el pasado de los pueblos chibchas con un grado
de detalle que no se avizora todavía en el caso de una mayoría de
los pueblos indígenas americanos.