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INDICE
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Diferentes oleadas de poblamiento en
la prehistoria tardía de los Andes Orientales
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ROBERTO LLERAS PÉREZ MUSEO DEL
ORO
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Niños Ika, fotografía de Fernando Urbina.
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|Abstract: During the late agricultural period of the
Eastern Andes of Colombia and Venezuela (from 800 A.D. to the
European conquest), archeological evidences show transformations in
the societies that can be partly explained by the arrival of succes
sive waves of immigrants. A first Chibcha-speaking migration,
arrived about the 7th to 9th centuries AD. from the Caribbean
lowlands, was followed around the l3th century by others of Chibcha
and Arawak affiliation. In different regions (the Muisca and Guane
areas, the Cordillera de Mérida) it begins now to be possible to
distinguish phases or stages inside this period.
Numerosas investigaciones arqueológicas realizadas en los
últimos treinta años han permitido definir la periodización
arqueológica en los Andes Orientales para un prolongado lapso
comprendido entre la etapa de poblamiento temprano y la conquista
española ( Lleras, 1989).
Este cuadro, elaborado específicamente para el altiplano
cundiboyacense en Colombia, puede adaptarse con algunas
modificaciones menores para toda la región de los Andes Orientales
y es válido en forma indiscutible para el mas tardío de los
períodos (Lleras y Langebaek, 1987).
Esta propuesta de periodización postula la existencia de cuatro
períodos bien diferenciados:
1.
|Poblamiento temprano. Comprendido alrededor del 20.000
y el 6000 a. C., corresponde a la época inicial de ocupación de las
tierras andinas por grupos de cazadores y recolectores altamente
diversificados en el marco de un clima y un ambiente con cambios
drásticos. Las herramientas de piedra son el utillaje más
representativo del período. La habitación dispersa y temporal en
abrigos rocosos y terrazas fluviales también caracterizó el
período. 2.
|Período arcaico. Va del 6000 al 1500 a. C. época
durante la cual el clima ya se ha estabilizado y han desaparecido
las manadas de grandes mamíferos sobre los cuales basaban su
subsistencia los cazadores. Gracias al aprovechamiento de recursos
de caza y recolección de variados ambientes se logra el
asentamiento en campamentos permanentes, lo cual facilita la
experimentación y cultivo incipiente de plantas, especialmente
tubérculos. El utillaje es muy similar al del período anterior,
pero los procedimientos y la parafernalia funeraria se hacen más
complejos.
3.
|Período agrícola temprano. Del 1500 a. C. al 800 d. C.
la región de los Andes Orientales es invadida por grupos de
agricultores portadores de tradiciones cerámicas incisas
provenientes de las tierras bajas que inician la ocupación a través
de los valles de vertiente. Estos grupos tienen viviendas
permanentes y campamentos estacionales y entre sus actividades
económicas se destaca la explotación de fuentes de aguasal.
4.
|Período agrícola tardío. A partir del 800 d. C.
aproximadamente (o incluso antes), viene una nueva oleada de
pobladores cuya presencia está indicada por cerámica pintada y por
obras de adecuación agrícola y de vivienda. Estos grupos permanecen
hasta la época de la conquista española y nos han dejado abundantes
huellas de su ocupación mediante las cuales y con la ayuda de los
testimonios escritos del siglo XVI se puede reconstruir en forma
detallada su modo de vida y organización sociopolítica.
En otras ocasiones (Lleras y Langebaek, 1987; Lleras, 1989b) nos
hemos referido a este último período para el cual tiene plena
validez el concepto geográfico y cultural de Andes Orientales.
Nuestro planteamiento es que durante este período prehistórico
tardío el poblamiento se da por parte de etnias emparentadas
culturalmente y cuya filiación lingüística es chibcha. Los aportes
de los arqueólogos venezolanos (Wagner, 1965, 1979, 1980 y otros)
han contribuido a este estudio aclarando que, al menos en la Sierra
Nevada de Mérida, la influencia arawak es predominante. Es posible
que en la extensa área de los Andes Orientales, chibchas y arawaks
hayan tenido gran interacción y se presentaran casos de simbiosis
cultural.
Durante los ocho siglos que duró la ocupación agrícola tardía en
los Andes Orientales no hay, como se ha querido ver, una
homogeneidad y una continuidad en la cultura, sino que, por el
contrario, se presentan cambios más o menos profundos en las
evidencias que indican transformaciones en las sociedades. Hemos
planteado, igualmente (Lleras y Vargas, 1990), que estos cambios
pudieron obedecer a tres diferentes factores: la dinámica cultural
interna, la interacción con otras etnias en áreas de frontera y la
llegada al área de nuevas oleadas de inmigrantes emparentados
étnica y lingüísticamente. Aún cuando los tres factores pudieron
confluir y, de hecho, debieron hacerlo, hay indicativos de que la
influencia producida por nuevas oleadas de migración pudo ser muy
fuerte.
Las evidencias disponibles hasta el momento, pese a no ser
concluyentes, sí indican que la región de origen de las migraciones
chibchas que poblaron los Andes Orientales pueden ser las tierras
bajas del litoral Caribe, entre las penínsulas de Paraguaná y La
Guajira, incluyendo la cuenca del lago de Maracaibo y la serranía
de Perijá. Esta zona, a su vez, habría sido inicialmente poblada
por grupos chibchas procedentes de Centroamérica (Constenla,
comunicación personal y artículo en este Boletín). En esta extensa
zona se encuentran complejos cerámicos como el Ranchoide (Ardila
1986), el Tierroide (Rouse y Cruxent, 1961) y la Fase Mirinday
sistemáticamente asociados con fechas del primer milenio de nuestra
era y que poseen suficientes elementos diagnósticos como para
demostrar un parentesco cercano con los complejos cerámicos
chibchas en los Andes Orientales. Estos conjuntos de similitudes, y
la correspondencia cronológica sustentada por un buen cuerpo de
fechas absolutas (Lleras y Langebaek, 1986) según las cuales los
grupos de tierras bajas son consistentemente más antiguos que los
andinos y terminan hacia la misma época en que aquellos empiezan,
han sustentado la teoría del poblamiento chibcha en los Andes
Orientales.
Un fenómeno histórico de este tipo y magnitud se debió producir
a lo largo de muchas décadas e incluso algunos siglos, y con
probabilidad implica sucesivos desplazamientos de grupos humanos en
oleadas hacia los nuevos territorios, como ocurrió, por ejemplo, en
Europa durante la época de la invasión bárbara. Las diferentes
oleadas de poblamiento serían detectables en el registro
arqueológico por la presencia de diversas etapas de ocupación que,
no obstante guardar cierta relación y continuidad entre sí,
presentan rupturas y elementos nuevos indicativos de un renovado
influjo cultural.
Hasta hace relativamente poco tiempo, en ninguna de las áreas
estudiadas se contaba con datos que permitieran plantear una
división del período tardío en fases o etapas pero, actualmente,
esta situación ha cambiado de manera considerable. El primer
planteamiento de este tipo lo hizo Broadbent (1986) para el
altiplano cundiboyacense, al dividir el complejo cerámico muisca en
dos grandes familias cuya cronología y distribución presentan
diferencias; la propuesta ha sido retomada y ampliada por Boada,
Mora y Therrien (1988), quienes plantean dos tradiciones cerámicas
para el área Muisca. Los autores citados correlacionan las
tradiciones cerámicas con las sucesivas ocupaciones de un sector
del altiplano (valle de Samacá), encontrando diferencias en los
patrones de asentamiento de los dos períodos. Al primer grupo o
tradición cerámica corresponden los tipos arenosos en los cuales se
encuentran vasijas burdas de paredes gruesas cuya pasta contiene
desgrasante de arena gruesa. En el segundo grupo o tradición se
encuentran otros tipos cuya manufactura y acabado son mejores y en
los cuales hay un mayor grado de experimentación en cuanto a formas
y motivos decorativos. Entre los grupos se presentan elementos de
continuidad e incluso hay un tipo, el llamado desgrasante gris, que
aparece en toda la secuencia.
La hipótesis de las dos ocupaciones en el área muisca se vería
reforzada por los testimonios etnohistóricos del siglo XVI que,
cuidadosamente analizados, muestran una gran heterogeneidad
cultural al interior del territorio. Las diferencias entre los
Muiscas en el sur y el norte incluirían no sólo su cultura material
sino también los contenidos de sus creencias y mitos, aspectos
particulares de su organización sociopolítica y su lengua
(Langebaek, 1987; González, comunicación personal; Constenla,
comunicación personal).
Clarac plantea para la cuenca baja del Chama una ocupación
tardía de origen arawak que adoptó la cultura chibcha predominante
en la zona conservando la lengua. Pese a que este no es el espíritu
inicial del planteamiento de Wagner (1965, 1967), cabe la
posibilidad de que los patrones andino y subandino que ella
establece no correspondan únicamente a complejos arqueológicos con
una distribución espacial diferente sino que además tengan una
posición cronológica distinta. Con probabilidad la secuencia de la
cuenca del Chama se puede extender a toda la Serranía de Mérida;
encontraríamos allí una ocupación chibcha en todas las alturas
seguida de una ocupación arawak que sólo habría alcanzado a
penetrar las partes bajas de las vertientes andinas.
Es posible que en algunas partes de la cordillera Oriental
colombiana esta segunda oleada de poblamiento fuera, al igual que
en los Andes venezolanos, de origen arawak. Aún no hay informes
publicados sobre la arqueología de la vertiente oriental de la
Cordillera Oriental colombiana a la altura de la cuenca baja del
río Garagoa, pero investigaciones preliminares en esta zona poblada
en el siglo XVI por los teguas indican que el material cerámico
tiene muchas similitudes con los complejos de la cuenca del lago de
Maracaibo (Ardila, comunicación personal). Los grupos arawak de los
llanos del Meta, Casanare y Apure pudieron ejercer gran influencia
en la vertiente cordillerana y ocupar las partes. más bajas de los
Andes en una época tardía, ya muy cerca del siglo XVI.
De hecho, entre las etnias de las familias chibcha y la familia
arawak se dio una particular forma de relación que permitió las
simbiosis culturales como la registrada en la cuenca baja del
Chama. Langebaek (1987) transcribe algunos documentos
etnohistóricos que atestiguan la sujeción de poblados no muiscas de
los Llanos Orientales a cacicazgos muiscas de la cordillera. El
mismo autor pone de presente la intensidad del intercambio
prehispánico entre la cordillera y el altiplano, posibilitado por
un tipo de entendimiento que excluyó los enfrentamientos bélicos
como los que se dieron en la vertiente opuesta entre los muiscas y
los grupos de habla karib (panches, muzos y colimas) del valle del
Magdalena.
En la región situada al norte del altiplano cundiboyacense,
conformada por una sucesión de mesetas y profundos cañones y que
desde el siglo XVI se conoció como el territorio de los guanes, se
han realizado algunas investigaciones que aclaran el problema de
las diferentes oleadas de poblamiento. Las prospecciones y
excavaciones allí realizadas (Sutherland, 1972; Cadavid, 1984;
Lleras, 1989a y Lleras y Vargas, 1990), junto con los estudios
etnohistóricos (Lucena, 1974; Morales, 1984), permiten distinguir
dos grandes complejos arqueológicos cuya cerámica presenta
diferencias en cuanto a su forma, técnica de manufactura,
distribución espacial y, en especial, cronología.
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Indígena Motilón, fotografía de Fernando Urbina.
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En el territorio guane (hoy departamento de Santander), entre
los siglos IX y XIII d. C. la población se concentró en la zona
nororiental sobre las mesetas de Los Santos, Barichara y
Bucaramanga y el cañón del río Chicamocha. Se manufacturó una
cerámica doméstica burda en la cual está casi ausente la decoración
y que se asemeja a la cerámica utilitaria de la misma época en los
Andes venezolanos. Junto a los tipos utilitarios se fabricaron
vasijas con decoración incisa a las cuales se añadió mica para dar
brillo a la superficie y copas pintadas en color ocre sobre fondos
crema o negro que sobresalen por la dureza y resistencia de la
pasta. Los habitantes de este período guane temprano enterraron a
sus muertos en fosas simples con muy poco ajuar, mientras que a los
caciques y sacerdotes se les momificó colocándolos en cuevas
naturales sobre las paredes rocosas de los cañones de los ríos.
Hacia el siglo XIII sobreviene un cambio y se impone una nueva
cultura que sobrevive hasta la época de la conquista española. En
esta etapa guane tardía también se ocuparon sitios de la etapa
anterior, pero es evidente una concentración de la población hacia
el suroccidente. Se abandona la manufactura de la cerámica micácea
y se reemplaza por un tipo inciso con algunas variantes en la
decoración. La cerámica ocre pintada es reemplazada por cerámica
naranja con pintura roja, con mayor riqueza en formas y decoración,
pero notablemente inferior en cuanto a la calidad de la pasta.
Hallazgos textiles procedentes de dos cuevas vecinas en la región
del cañón del Chicamocha que han sido fechados revelan la
existencia de dos industrias diferentes cuya cronología coincide
con la planteada por nosotros para los dos períodos guanes
(Cardale, comunicación personal).
En el período guane temprano hay un énfasis mayor en los
contactos con la serranía de Mérida y la Sierra Nevada del Cocuy,
mientras que en el guane tardío son más intensos los contactos con
el altiplano Cundiboyacense. Entre los dos períodos hay elementos
de continuidad y de ruptura y no se tienen elementos de transición
que nos muestren un gradual desarrollo de una a otra forma por
parte de la misma gente. Tampoco son suficientemente fuertes las
evidencias de una influencia cultural por parte de los grupos
vecinos como para producir un cambio tan drástico.
Desgraciadamente hasta el momento, de las siete u ocho áreas
étnicas que, en el siglo XVI, conformaron la gran área cultural de
los Andes Orientales, no tenemos datos sino para tres. Estos datos
son además muy fragmentarios, pues el asunto no se ha tomado como
un problema de investigación sino hasta hace muy poco; la mayoría
de evidencias sobre fases en la ocupación chibcha nos han llegado
por mera casualidad. No obstante, las evidencias son muy sugestivas
y, vistas en conjunto, guardan mucha coherencia.
Recapitulando nuestra hipótesis, los Andes Orientales parecen
haber sido poblados por grupos chibchas en una época cercana al
siglo VIII o IX, a partir de las tierras bajas del litoral Caribe,
en lo que constituiría la primera gran oleada de poblamiento. Estas
etnias chibchas ocuparon la cordillera Oriental colombiana desde el
páramo de Sumapaz hacia el norte, hasta la depresión del Táchira y
la serranía de Mérida, y desde esta región hasta el valle de
Quíbor; aún no hay seguridad sobre si los grupos que ocuparon la
Serranía de Perijá eran o no de la familia lingüística chibcha,
pero otros grupos chibchas también poblaron en una época cercana el
área de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde conformaron la
cultura Tairona. Desde entonces, en toda esta extensa región
existió un activo intercambio y se dio un sentimiento de
pertenencia a un tronco común que se expresaba en las actividades
económicas como los mercados muiscas y en mitos como el del vuelo
de las Tijeretas (Osborn, 1985). Probablemente desde este momento
inicial el tamaño de las poblaciones, la extensión de los
territorios y el grado de desarrollo económico, social y político
fueron diferentes.
Una segunda oleada de poblamiento llegó a los Andes Orientales
alrededor del siglo XIII. Es probable que parte de estos nuevos
migrantes proviniera también de las tierras bajas del litoral
Caribe y que se tratara, como en el caso de la primera oleada, de
gentes de habla chibcha portadores de una cultura material y unas
costumbres similares a las de los primeros pobladores. En otras
regiones la segunda oleada de poblamiento correspondió a grupos de
la familia lingüística arawak provenientes del litoral Caribe y
también de los llanos de la cuenca del Orinoco. La interacción
entre la primera y segunda oleadas no siempre implicó un
desplazamiento de los primitivos habitantes, pero sí resultó en
cambios más o menos profundos detectables en la cultura
material.
Por supuesto, esta hipótesis deberá constituir tan sólo una
herramienta de trabajo para guiar las investigaciones y analizar,
bajo una nueva óptica, los datos disponibles. Esta misma dinámica
permitirá que sea confrontada y modificada para adecuarse a la
realidad de los datos encontrados.
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Esta ponencia fue presentada en el simposio «Los chibchas en
América» (Museo del oro) del II Congreso mundial de Arqueología
(Barquesimeto, Venezuela, 1990).
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