Ficha bibliográfica
Titulo:
Informe sobre mis viajes
Edición original: 2005-05-23
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-23
Creador: Dr. Theodor Koch-Grunberg




INDICE




¡De hecho los indígenas tienen razón! Son «casas de piedra" pero no construidas por las débiles manos humanas. ¡La poderosa naturaleza ha sido el maestro de obras! ¡Cuántos siglos habrán transcurrido para que las inundaciones excavaran estas cavidades en la piedra arenisca y crearan este inmenso laberinto que parece ser se extiende con varias entradas debajo de toda la altiplanicie, y cuántos siglos se deben haber necesitado para culminar esta gigantesca obra.!

El 12 de diciembre iniciamos el viaje de regreso y llegamos sanos y salvos a Sao Felippe el 1 de enero de 1905, después de un viaje vertiginoso y peligroso por los innumerables rápidos. Les será posible hacerse una idea de este pavoroso viaje si les cuento que recorrimos en cinco días un largo trecho lleno de rápidos que casi no logramos cubrir a la ida en 14 días y con un inmenso esfuerzo. El río había adquirido otro aspecto y había retrocedido notablemente, ya que estábamos en la mitad de un  verano muy fuerte. Algunos lugares como la peligrosa Cachivera Tapiíra, en cuyos bloques de piedra amontonados ven los indígenas una cabeza de tapir, se habían vuelto muy tranquilos. Otros sitios por los cuales escasamente habíamos logrado pasar con el nivel de aguas alto, estaban ahora repletos de salientes rocosas.

No temíamos por nuestra vida -nos habíamos acostumbrado ya al peligro constante - sino por la valiosa carga, fruto de viajes largos y difíciles, que contenía entre otros más de cien vestidos pintados con máscaras para danza, elaborados en corteza de árbol, piezas de inmenso valor etnológico que se habrían estropeado irremediablemente con la más mínima humedad.

En Sao Felippe me esperaban malas noticias. Durante mi ausencia el asentamiento se había incendiado y mi equipaje que estaba allí almacenado, en espera de mi último viaje, había sido pasto de las llamas. Afortunadamente la casa en la que yo había guardado mis papeles, diarios, vocabularios, etc. se había salvado del desastre de manera que no tuve que lamentar pérdidas irremediables.

Así que podía estar plenamente satisfecho de los viajes realizados. La larga convivencia con mis morenos amigos que viven en su gran mayoría apartados de la así llamada cultura europea, de acuerdo a sus antiguas costumbres, me deparó cosas muy interesantes y materiales muy valiosos para mi estudio. Los variados panoramas y el maravilloso romanticismo que la naturaleza ha derramado tan pródigamente sobre este río envuelto en leyendas, contribuyen a convertir este viaje en una experiencia verdaderamente inolvidable para aquel que no ha perdido todavía la sensibilidad frente a la naturaleza y sus bellezas, de manera que los continuos peligros y fatigas se olvidan con facilidad.

Ya podía finalmente llevar a cabo el plan que tenía en mente desde mi segundo viaje: llegar por el río Yapurá dando amplios rodeos y por regiones desconocidas a la civilización europea y encontrar así la conexión con la patria. El 6 de febrero de este año me despedí definitivamente de Sao Felippe. Con mi servidor y algunos indígenas remonté de nuevo el Tiquié hasta llegar al sendero indígena que ya había alcanzado en mi segundo viaje (mayo de 1904) y allí con la ayuda de los numerosos indígenas logré pasar con la canoa y el equipaje la corta divisoria de aguas hasta un arroyo de la selva, el Igarapé Yauakáka, que según los indígenas lleva sus aguas al Yapurá. Empezó entonces la parte difícil de ese «viaje a la patria". El arroyo no alcanzaba a estar 50 metros libre de obstáculos. A cada rato teníamos que trepar sobre poderosos árboles derribados, mientras los indígenas arrastraban con todas sus fuerzas la pesada canoa sobre ellos. Nos teníamos que tender también sobre la canoa cuando había que pasar a toda velocidad cerca de la gruesa rama de un árbol. De pronto el riachuelo parecía acabarse y se hacía necesario cortar grandes cantidades de gigantes de la selva con un ingente esfuerzo de varias horas para hallar una salida. Después de cuatro días de viaje el arroyo se tornó finalmente más navegable y encontramos a los primeros indígenas, quienes nos recibieron con hospitalidad. Nunca antes habían llegado blancos hasta aquí. Visitamos algunos poblados de estos grupos aún vírgenes y el 15 de mayo entramos a un río más grande, el Pirá-Paraná, en uno de cuyos terribles rápidos perdimos al día siguiente una gran cantidad de sal entre otras cosas. Mis fieles indígenas del Tiquié regresaron con muy buena paga por otro camino a su casa. No quisieron acompañarme por miedo a los grupos de abajo con quienes se mantenían en guerra desde hacia mucho tiempo. Decidí entonces continuar el viaje con mi servidor en mi canoa grande un poco a la deriva, ya que había recibido de mis indígenas indicaciones poco precisas sobre la duración del viaje hasta el Yapurá que ellos mismos sólo conocían de oídas y que oscilaban entre 4 y 14 días. Se suponía que en la desembocadura del Pirá-Paraná encontraríamos de nuevo indígenas.

El río corría permanentemente entre altas y escarpadas orillas y al contrario de las aguas blanquecinas del Igarapé Yauakáka sus aguas eran negras. En los días siguientes atravesamos varios peligrosos rápidos y tuvimos que transportar a ratos el pesado equipaje por tierra. El 21 de marzo llegamos al Apaporis, el mayor afluente del Yapurá por la margen izquierda, pero no encontramos a los prometidos indígenas que de hecho vivían a dos días más de viaje, río arriba.

Habíamos renunciado a cazar para no asustar a los eventuales indígenas con los disparos. Unas pocas sardinas en aceite, sin ningún condimento, constituían nuestra frugal alimentación. Se sentía cada vez más la escasez de sal y de cereales y nuestras fuerzas disminuían rápidamente a causa de la mala alimentación y el pesado trabajo que nos exigía la travesía de los continuos rápidos, al que no estabamos acostumbrados. Finalmente el 23 de marzo, cuando nuestra situación empezaba a ser realmente crítica, encontramos una canoa con un cauchero colombiano y algunos indígenas del nacimiento del Apaporis y poco después a los primeros indígenas sedentarios. Estos indígenas eran buenos hombres y fueron amigos míos a pesar de su apariencia salvaje y sus armas mortales, flechas y lanzas envenenadas con curare, al igual que todos los otros llamados «salvajes» entre los cuales viví durante estos dos años. Tuve una interesante estadía, marcada por la novedad, en sus casas comunales limpias y redondas, ya que toda su cultura y su estilo de vida difieren bastante del de los grupos del Uaupés. Estos indígenas nos ayudaron a cruzar el último rápido del Apaporis y el16 de abril entramos al río Yapurá ya de considerable anchura. El río causó una gran impresión en nosotros que habíamos durado viajando durante tres meses por ríos angostos y arroyuelos. Sus tramos infinitamente largos hacia el oriente, que permiten ver el horizonte despejado, despiertan la nostalgia por el mar y por la patria lejana que está detrás, pero a la vez producen una gran fatiga cuando hay que remar por ellos bajo el ardiente sol de mediodía. La travesía por el ancho río, ocupado por innumerables islas que permiten ver muy pocas veces ambas orillas, es muy peligrosa para canoas pequeñas a causa de las súbitas tempestades que se presentan con frecuencia.

El Yapurá es un río rico: las orillas están llenas de animales de caza, las aguas de peces y tortugas tartaruga, los bosques de árboles de caucho, la riqueza del Amazonas. No faltan los víveres y el dinero está, como se dice, «en la calle", pero faltan manos humanas para aprovechar toda esta riqueza. Da tristeza cuando en ciertos trayectos de doce horas de viaje se pasa por 20 o 30 viviendas abandonadas y cuando se oye contar que hasta hace unos pocos años reinaba un intenso tráfico, mientras que hoy en día hay que viajar días enteros para llegar de un exiguo asentamiento al otro. Esta desolación obedece exclusivamente a la escasez de medios de transporte adecuados que permitan llevar al mercado los tesoros obtenidos mediante un trabajo tan penoso. La navegación es igual a cero. Los recolectores de caucho, antes tan numerosos, se han retirado a buscar suerte en ríos mejor atendidos como el Purús, Juruá, Javary entre otros y la selva retoma sus antiguos derechos.

No dormimos nunca en la margen izquierda porque mis indígenas tenían mucho miedo de los indómitos Guaríua, indígenas «mono araguato", que habitaban en número considerable los afluentes por la margen izquierda y que jamás habían sido visitados por blancos. A ratos salen de sus escondites para saltar los asentamiento s de la orilla derecha. En los últimos años han matado blancos en varios lugares e incendiado y robado casas. En febrero de este año una banda grande de estos indígenas asaltó a plena luz del día el asentamiento de Altamira y sólo como por un milagro los habitantes lograron escapar a sus flechas asesinas envenenadas. La reciprocidad desempeña aquí naturalmente un gran papel.

El 24 de abril encontramos finalmente un pequeño vapor que ante los ojos de nuestros indígenas aparecía como un monstruo de otro mundo. El 28 de abril llegamos a la pequeña ciudad de Teffé, situada en la desembocadura del río Teffé en el Amazonas, y allí cogimos un vapor más grande con el cual llegamos felizmente a Manaos el 4 de mayo.

Sería demasiado largo presentar aquí una descripción detallada de todos los grupos indígenas que visité. La población del Uaupés y de las cuencas limítrofes es muy numerosa y se divide en una gran cantidad de tribus que pertenecen a distintos grupos lingüísticos. Me limitaré pues a algunas breves consideraciones sobre su vida y sus costumbres.

Cada pueblo de los indígenas sedentarios se compone de una inmensa y bien construida casa colectiva que como la de los indígenas Tukáno del río Tiquié tiene 28 metros de largo, una altura de 10 metros y un ancho de 21 metros. El sólido techo se construye con varias capas de hojas de palmera colocadas unas encima de otras en forma de tablilla. Los poderosos postes y los travesaños se sostienen entre sí atados con bejuco, sin ningún tipo de clavo. La fachada está cubierta por lo general hasta más allá de la altura de un hombre con trozos de corteza de árbol que con frecuencia llevan diseños pintados a color. No es posible dejar de admirar esta construcción que ofrece una protección tan eficiente contra el viento y los temporales.

El interior de estas casas se mantiene muy aseado, el suelo apisonado se barre todos los días ya que la limpieza es una de las características principales de estos indígenas. Los postes bajos colocados a lo largo de los corredores laterales de la casa delimitan el espacio de las diferentes familias. Cincuenta personas y más conviven juntas, en armonía, en una de esta casas y nunca se oyen gritos ni peleas; ya podrían muchos europeos adoptar como modelo las buenas costumbres de estos salvajes.

Cuando alguien llega como huésped a una casa se sitúa en la entrada y emite un ¡hö----- !" hasta que el anfitrión se acerca y saluda al recién llegado, otorgándole a la vez el permiso para quedarse. El saludo y la respuesta son muy sencillos: «¿Tú llegas, mi hermano ?», pregunta el anfitrión, «Yo llego, hermano mío», contesta el huésped. Acto seguido tiene lugar una conversación rápida, en tono uniforme e inacabablemente larga, durante la cual los interlocutores eluden por lo general mirarse. Se intercambian las novedades. Este saludo tiene lugar entre cada habitante de la casa y cada huésped, de manera que el aburrido ceremonial de bienvenida suele tardar hasta media hora. Después de los hombres siguen las mujeres. Finalmente es posible sentarse en los banquitos y las mujeres traen cazabe en grandes cestos y ollas con pescado cocido y condimentado con mucho ají.

Después de que se han recobrado las fuerzas viene la parte agradable. El gran cigarro, una especie de pipa de la paz, que se coloca por su tamaño en un tenedor de madera hermosamente tallado, circula entre los hombres. Entre los grupos meridionales se ofrece además en estas oportunidades polvo de tabaco y coca. El recipiente de calabazo del cual se inhala la coca con un hueso de garza, muestra un notable parecido con los mismos utensilios que se encuentran .en las tumbas peruanas antiguas.

La alimentación se obtiene en primera instancia de la yuca brava preparada de diferentes maneras. Las mujeres rallan las raíces de la yuca, que ha sido cultivada en grandes plantaciones, en maderos en los que se han incrustado piedritas puntiagudas, formando diseños de muy buen gusto.

La masa blanquecina se libera del jugo venenoso mediante un elástico tubo tejido o un fino colador y se hornea después en la cocina, que es común para toda la casa colectiva, en tortillas grandes y delgadas, el alimento indispensable de los indígenas. La comida de origen animal consta en lo fundamental de pescado que se obtiene disparando desde las canoas con arco y flecha o utilizando trampas, nasas, redes y grandes armazones que se colocan en los rápidos cuando grandes bancos de peces nadan río arriba durante la creciente de las aguas.

La larga cerbatana y las flechitas de madera dura de palma, envenenadas con curare, que se colocan en aljabas con bellos diseños para la protección del cazador, se utilizan para cazar pájaros de gran tamaño como el mutum, el inambú, una especie de perdiz y otros. Al disparar, el tirador sostiene por lo general la aljaba entre las piernas para poder sacar las flechitas mortales con facilidad. Las tribus meridionales suelen utilizar arcos con grandes flechas envenenadas y lanzas también envenenadas para la cacería de grandes cuadrúpedos como dantas, cerdos salvajes, venados y otros. Las lanzas y los escudos elaborados con varias capas de piel de danta se utilizan también en las frecuentes querellas que se presentan entre los grupos.

El juego y la danza desempeñan un gran papel en la vida de estos sosegados hijos de la naturaleza. Existe una gran predilección por el juego de pelota. Las pelotas se hacen con el amero del maíz, la parte final de estos se utiliza en manojo para darles la alineación, al igual que las plumas en las nuestras. Los jugadores forman un círculo; la pelota, que se golpea con la palma de la mano, no debe tocar la tierra al igual que en el tenis. Es un juego muy entretenido en el que se puede admirar la asombrosa agilidad de los indígenas y el maravilloso juego de los músculos de sus hermosos cuerpos desnudos.

La pieza más interesante y valiosa de mi colección es un tambor de señales que obtuve de los Tukáno del río Tiquié, una especie de teléfono inalámbrico. Este tambor se obtiene con gran arte tallando un tronco gigantesco: tiene 1.87 metros de largo, 2.15 metros de diámetro, cuatro aberturas acústicas circulares unidas entre sí por una estrecha ranura y es muy pesado. Descansa en cojines de corteza de árbol, moviéndose sobre dos bandas tejidas en bejuco que van atadas a cuatro postes. El tambor se toca con dos palillos de madera envueltos en caucho. El sonido se oye bien lejos durante la noche, como tuve ocasión de comprobar. Variando los tonos, los indígenas pueden sostener conversaciones enteras con miembros del grupo que viven lejos e invitados a fiestas y deliberaciones. También durante los bailes se toca este tambor para acompañar a las flautas.

Las danzas son muy variadas, sobretodo entre los Kobéua muy amantes del baile, con quienes conviví más tiempo. En algunas ocasiones son diversiones inofensivas, en otras se revisten de seriedad. En ciertas danzas los participantes llevan delante de sí, atadas a cordones, lagartijas elaboradas en corteza de árbol o figuras de pájaros talladas en madera y se mueven de aquí para allá con el usual y rápido paso de danza indígena a la vez que cantan. En otras danzas los bailarines llevan sobre la cabeza un sombrero tejido con palitos y bejucos y adornado con plumas de colores que les tapa gran parte del rostro, y en la mano las maracas con las que acentúan el compás de la danza. Peines finamente elaborados constituyen uno de los adornos preferidos en los bailes; se colocan en la parte de atrás de la cabeza y de sus extremos penden largos colgandejos de plumas. Para marcar el compás se utilizan bastones de madera ambaúva, pintados con hermosos motivos a color, que se elaboran ahuecando la madera con fuego. Las mujeres participan en algunas danzas, colocan su mano derecha sobre los hombros del bailarín y acompañan el rítmico canto de los hombres con gritos agudos y prolongados. Llevan a los niños cogidos de la otra mano y a los más pequeños los cargan sobre sus caderas. Al final de cada baile los más jóvenes ofrecen a todos los participantes una bebida ligeramente alcohólica, elaborada de mandioca, maíz o frutos de palmas para renovar el espíritu vital.

Durante las grandes festividades tanto hombres como mujeres se pintan con tinturas vegetales hermosos diseños sobre todo el cuerpo. La cabeza de los hombres va adornada con un complicado tocado de plumas de arara, de garza blanca y de otras plumas. Alrededor del cuello cuelga el famoso adorno de piedra de los indígenas del Uaupés, un cilindro de cuarzo, en cuya perforación y elaboración trabajan los indígenas a veces hasta un año y que por lo mismo constituye su mayor riqueza. Las caderas van adornadas con un hermoso cinturón de dientes de jaguar del que cuelga adelante un faldellín de corteza de árbol pintado con diseños a color. Se colocan bandas finamente tejidas en fibras de palma en las piernas y en el brazo izquierdo bandas de cuerdas de pelo de mono y plumas. En la mano derecha se lleva la inevitable maraca que también se coloca a veces en el pie derecho, atada al tobillo.

Esta danza en círculo en la que participan las mujeres jóvenes y las muchachas desnudas, con excepción de las falditas de cuentas de cristal y las bandas de las rodillas, constituye un hermoso espectáculo. Empieza despacio y paulatinamente adquiere una mayor rapidez hasta alcanzar un salvaje |fortissÍmo; el suelo retumba con el fuerte pisoteo. Es un placer contemplar estas figuras vistosas y pletóricas de fuerza con sus coloridos adornos que la oscilante luz de las antorchas -sólo se baila de noche resalta aún más. El canto es rápido, un canto grave, nada monótono, quisiera decir guerrero.

En la gran fiesta de los muertos de los Kobéua, que se realiza cada 10 o 15 años, se desentierran y queman los huesos de los muertos y se ingieren convertidos en fina ceniza con el kaschirí, la bebida festiva. En esta ocasión los bailarines llevan largas tiras de corteza de árbol alrededor del cuello, mazas debajo del brazo y tubos de madera a los que van unidos peces tallados en madera y de los cuales se extraen tonos tristes y sordos.

Pero las danzas más interesantes de los Kobéua son sin lugar a dudas las danzas con máscaras, sobre las cuales hablé extensamente en el congreso de antropología de Salzburgo (agosto de 1905). Sólo se llevan a cabo cuando alguien muere y son ejecutadas exclusivamente por los hombres, pero en presencia de las mujeres y los niños. Los trajes con máscaras, elaborados en corteza blanca de árbol y decorados con diseños a color, representan varios demonios que se materializan temporalmente en la máscara y por lo tanto en el bailarín. Algunos son espíritus de animales, otros tienen forma humana, gigantes y enanos, que se distinguen por rasgos específicos en la forma y en la pintura de sus máscaras, así como por las características de sus por lo general fatales actividades. Los bailarines imitan con fidelidad los movimientos de los respectivos animales.

Entre los resultados de mis dos años de viaje hay que destacar la exploración de una gran región en parte poco conocida y en parte totalmente desconocida, del curso de algunos ríos y de la estrecha relación existente entre las cuencas del Orinoco y el Guaviare, el río Negro y el Yapuráque se pudo comprobar en varios puntos y que permite extraer conclusiones certeras sobre las migraciones de los grupos indígenas.

Permanecí varios meses entre un solo grupo, viviendo no sólo entre los indígenas sino también con ellos, y como empecé a dominar paulatinamente varias lenguas que me permitían entenderme con ellos, pude escudriñar a profundidad su vida, sus actividades y sus concepciones espirituales. un rico material lingüístico que abarca más de cuarenta lenguas, la mitad de ellas desconocidas hasta ahora, permite agrupar correctamente a estos grupos. Más de 1.000 fotografías ofrecen un fiel testimonio de la espléndida naturaleza, de su belleza y de su horror, de la vida de la expedición, de los tipos físicos de los diferentes grupos, de las labores de los indígenas en la casa y en el campo y de sus juegos y danzas.

Mi gran colección que contiene muchos objetos etnográficos nuevos, entre ellos ciento treinta máscaras y el poderoso tambor de señales, se encuentran en el Real Museo de Etnología de Berlín. Le regalé al Real Museo Botánico de Berlín una pequeña colección botánica con varias orquídeas nuevas. Doné las muestras de piedra provenientes de todas las regiones visitadas al Real Museo de Ciencias Naturales y serán clasificadas allí junto con las piedras traídas por el señor profesor DI. Passarge de la Guayana.

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