¡De hecho los indígenas tienen razón! Son «casas de
piedra" pero no construidas por las débiles manos humanas.
¡La poderosa naturaleza ha sido el maestro de obras! ¡Cuántos
siglos habrán transcurrido para que las inundaciones excavaran
estas cavidades en la piedra arenisca y crearan este inmenso
laberinto que parece ser se extiende con varias entradas debajo de
toda la altiplanicie, y cuántos siglos se deben haber necesitado
para culminar esta gigantesca obra.!
El 12 de diciembre iniciamos el viaje de regreso y llegamos
sanos y salvos a Sao Felippe el 1 de enero de 1905, después de un
viaje vertiginoso y peligroso por los innumerables rápidos. Les
será posible hacerse una idea de este pavoroso viaje si les cuento
que recorrimos en cinco días un largo trecho lleno de rápidos que
casi no logramos cubrir a la ida en 14 días y con un inmenso
esfuerzo. El río había adquirido otro aspecto y había retrocedido
notablemente, ya que estábamos en la mitad de un verano muy
fuerte. Algunos lugares como la peligrosa Cachivera Tapiíra, en
cuyos bloques de piedra amontonados ven los indígenas una cabeza de
tapir, se habían vuelto muy tranquilos. Otros sitios por los cuales
escasamente habíamos logrado pasar con el nivel de aguas alto,
estaban ahora repletos de salientes rocosas.
No temíamos por nuestra vida -nos habíamos acostumbrado ya al
peligro constante - sino por la valiosa carga, fruto de viajes
largos y difíciles, que contenía entre otros más de cien vestidos
pintados con máscaras para danza, elaborados en corteza de árbol,
piezas de inmenso valor etnológico que se habrían estropeado
irremediablemente con la más mínima humedad.
En Sao Felippe me esperaban malas noticias. Durante mi ausencia
el asentamiento se había incendiado y mi equipaje que estaba allí
almacenado, en espera de mi último viaje, había sido pasto de las
llamas. Afortunadamente la casa en la que yo había guardado mis
papeles, diarios, vocabularios, etc. se había salvado del desastre
de manera que no tuve que lamentar pérdidas irremediables.
Así que podía estar plenamente satisfecho de los viajes
realizados. La larga convivencia con mis morenos amigos que viven
en su gran mayoría apartados de la así llamada cultura europea, de
acuerdo a sus antiguas costumbres, me deparó cosas muy interesantes
y materiales muy valiosos para mi estudio. Los variados panoramas y
el maravilloso romanticismo que la naturaleza ha derramado tan
pródigamente sobre este río envuelto en leyendas, contribuyen a
convertir este viaje en una experiencia verdaderamente inolvidable
para aquel que no ha perdido todavía la sensibilidad frente a la
naturaleza y sus bellezas, de manera que los continuos peligros y
fatigas se olvidan con facilidad.
Ya podía finalmente llevar a cabo el plan que tenía en mente
desde mi segundo viaje: llegar por el río Yapurá dando amplios
rodeos y por regiones desconocidas a la civilización europea y
encontrar así la conexión con la patria. El 6 de febrero de este
año me despedí definitivamente de Sao Felippe. Con mi servidor y
algunos indígenas remonté de nuevo el Tiquié hasta llegar al
sendero indígena que ya había alcanzado en mi segundo viaje (mayo
de 1904) y allí con la ayuda de los numerosos indígenas logré pasar
con la canoa y el equipaje la corta divisoria de aguas hasta un
arroyo de la selva, el Igarapé Yauakáka, que según los indígenas
lleva sus aguas al Yapurá. Empezó entonces la parte difícil de ese
«viaje a la patria". El arroyo no alcanzaba a estar 50
metros libre de obstáculos. A cada rato teníamos que trepar sobre
poderosos árboles derribados, mientras los indígenas arrastraban
con todas sus fuerzas la pesada canoa sobre ellos. Nos teníamos que
tender también sobre la canoa cuando había que pasar a toda
velocidad cerca de la gruesa rama de un árbol. De pronto el
riachuelo parecía acabarse y se hacía necesario cortar grandes
cantidades de gigantes de la selva con un ingente esfuerzo de
varias horas para hallar una salida. Después de cuatro días de
viaje el arroyo se tornó finalmente más navegable y encontramos a
los primeros indígenas, quienes nos recibieron con hospitalidad.
Nunca antes habían llegado blancos hasta aquí. Visitamos algunos
poblados de estos grupos aún vírgenes y el 15 de mayo entramos a un
río más grande, el Pirá-Paraná, en uno de cuyos terribles rápidos
perdimos al día siguiente una gran cantidad de sal entre otras
cosas. Mis fieles indígenas del Tiquié regresaron con muy buena
paga por otro camino a su casa. No quisieron acompañarme por miedo
a los grupos de abajo con quienes se mantenían en guerra desde
hacia mucho tiempo. Decidí entonces continuar el viaje con mi
servidor en mi canoa grande un poco a la deriva, ya que había
recibido de mis indígenas indicaciones poco precisas sobre la
duración del viaje hasta el Yapurá que ellos mismos sólo conocían
de oídas y que oscilaban entre 4 y 14 días. Se suponía que en la
desembocadura del Pirá-Paraná encontraríamos de nuevo
indígenas.
El río corría permanentemente entre altas y escarpadas orillas y
al contrario de las aguas blanquecinas del Igarapé Yauakáka sus
aguas eran negras. En los días siguientes atravesamos varios
peligrosos rápidos y tuvimos que transportar a ratos el pesado
equipaje por tierra. El 21 de marzo llegamos al Apaporis, el mayor
afluente del Yapurá por la margen izquierda, pero no encontramos a
los prometidos indígenas que de hecho vivían a dos días más de
viaje, río arriba.
Habíamos renunciado a cazar para no asustar a los eventuales
indígenas con los disparos. Unas pocas sardinas en aceite, sin
ningún condimento, constituían nuestra frugal alimentación. Se
sentía cada vez más la escasez de sal y de cereales y nuestras
fuerzas disminuían rápidamente a causa de la mala alimentación y el
pesado trabajo que nos exigía la travesía de los continuos rápidos,
al que no estabamos acostumbrados. Finalmente el 23 de marzo,
cuando nuestra situación empezaba a ser realmente crítica,
encontramos una canoa con un cauchero colombiano y algunos
indígenas del nacimiento del Apaporis y poco después a los primeros
indígenas sedentarios. Estos indígenas eran buenos hombres y fueron
amigos míos a pesar de su apariencia salvaje y sus armas mortales,
flechas y lanzas envenenadas con curare, al igual que todos los
otros llamados «salvajes» entre los cuales viví durante estos dos
años. Tuve una interesante estadía, marcada por la novedad, en sus
casas comunales limpias y redondas, ya que toda su cultura y su
estilo de vida difieren bastante del de los grupos del Uaupés.
Estos indígenas nos ayudaron a cruzar el último rápido del Apaporis
y el16 de abril entramos al río Yapurá ya de considerable anchura.
El río causó una gran impresión en nosotros que habíamos durado
viajando durante tres meses por ríos angostos y arroyuelos. Sus
tramos infinitamente largos hacia el oriente, que permiten ver el
horizonte despejado, despiertan la nostalgia por el mar y por la
patria lejana que está detrás, pero a la vez producen una gran
fatiga cuando hay que remar por ellos bajo el ardiente sol de
mediodía. La travesía por el ancho río, ocupado por innumerables
islas que permiten ver muy pocas veces ambas orillas, es muy
peligrosa para canoas pequeñas a causa de las súbitas tempestades
que se presentan con frecuencia.
El Yapurá es un río rico: las orillas están llenas de animales
de caza, las aguas de peces y tortugas tartaruga, los bosques de
árboles de caucho, la riqueza del Amazonas. No faltan los víveres y
el dinero está, como se dice, «en la calle", pero faltan
manos humanas para aprovechar toda esta riqueza. Da tristeza cuando
en ciertos trayectos de doce horas de viaje se pasa por 20 o 30
viviendas abandonadas y cuando se oye contar que hasta hace unos
pocos años reinaba un intenso tráfico, mientras que hoy en día hay
que viajar días enteros para llegar de un exiguo asentamiento al
otro. Esta desolación obedece exclusivamente a la escasez de medios
de transporte adecuados que permitan llevar al mercado los tesoros
obtenidos mediante un trabajo tan penoso. La navegación es igual a
cero. Los recolectores de caucho, antes tan numerosos, se han
retirado a buscar suerte en ríos mejor atendidos como el Purús,
Juruá, Javary entre otros y la selva retoma sus antiguos
derechos.
No dormimos nunca en la margen izquierda porque mis indígenas
tenían mucho miedo de los indómitos Guaríua, indígenas «mono
araguato", que habitaban en número considerable los
afluentes por la margen izquierda y que jamás habían sido visitados
por blancos. A ratos salen de sus escondites para saltar los
asentamiento s de la orilla derecha. En los últimos años han matado
blancos en varios lugares e incendiado y robado casas. En febrero
de este año una banda grande de estos indígenas asaltó a plena luz
del día el asentamiento de Altamira y sólo como por un milagro los
habitantes lograron escapar a sus flechas asesinas envenenadas. La
reciprocidad desempeña aquí naturalmente un gran papel.
El 24 de abril encontramos finalmente un pequeño vapor que ante
los ojos de nuestros indígenas aparecía como un monstruo de otro
mundo. El 28 de abril llegamos a la pequeña ciudad de Teffé,
situada en la desembocadura del río Teffé en el Amazonas, y allí
cogimos un vapor más grande con el cual llegamos felizmente a
Manaos el 4 de mayo.
Sería demasiado largo presentar aquí una descripción detallada
de todos los grupos indígenas que visité. La población del Uaupés y
de las cuencas limítrofes es muy numerosa y se divide en una gran
cantidad de tribus que pertenecen a distintos grupos lingüísticos.
Me limitaré pues a algunas breves consideraciones sobre su vida y
sus costumbres.
Cada pueblo de los indígenas sedentarios se compone de una
inmensa y bien construida casa colectiva que como la de los
indígenas Tukáno del río Tiquié tiene 28 metros de largo, una
altura de 10 metros y un ancho de 21 metros. El sólido techo se
construye con varias capas de hojas de palmera colocadas unas
encima de otras en forma de tablilla. Los poderosos postes y los
travesaños se sostienen entre sí atados con bejuco, sin ningún tipo
de clavo. La fachada está cubierta por lo general hasta más allá de
la altura de un hombre con trozos de corteza de árbol que con
frecuencia llevan diseños pintados a color. No es posible dejar de
admirar esta construcción que ofrece una protección tan eficiente
contra el viento y los temporales.
El interior de estas casas se mantiene muy aseado, el suelo
apisonado se barre todos los días ya que la limpieza es una de las
características principales de estos indígenas. Los postes bajos
colocados a lo largo de los corredores laterales de la casa
delimitan el espacio de las diferentes familias. Cincuenta personas
y más conviven juntas, en armonía, en una de esta casas y nunca se
oyen gritos ni peleas; ya podrían muchos europeos adoptar como
modelo las buenas costumbres de estos salvajes.
Cuando alguien llega como huésped a una casa se sitúa en la
entrada y emite un ¡hö----- !" hasta que el anfitrión se
acerca y saluda al recién llegado, otorgándole a la vez el permiso
para quedarse. El saludo y la respuesta son muy sencillos: «¿Tú
llegas, mi hermano ?», pregunta el anfitrión, «Yo llego, hermano
mío», contesta el huésped. Acto seguido tiene lugar una
conversación rápida, en tono uniforme e inacabablemente larga,
durante la cual los interlocutores eluden por lo general mirarse.
Se intercambian las novedades. Este saludo tiene lugar entre cada
habitante de la casa y cada huésped, de manera que el aburrido
ceremonial de bienvenida suele tardar hasta media hora. Después de
los hombres siguen las mujeres. Finalmente es posible sentarse en
los banquitos y las mujeres traen cazabe en grandes cestos y ollas
con pescado cocido y condimentado con mucho ají.
Después de que se han recobrado las fuerzas viene la parte
agradable. El gran cigarro, una especie de pipa de la paz, que se
coloca por su tamaño en un tenedor de madera hermosamente tallado,
circula entre los hombres. Entre los grupos meridionales se ofrece
además en estas oportunidades polvo de tabaco y coca. El recipiente
de calabazo del cual se inhala la coca con un hueso de garza,
muestra un notable parecido con los mismos utensilios que se
encuentran .en las tumbas peruanas antiguas.
La alimentación se obtiene en primera instancia de la yuca brava
preparada de diferentes maneras. Las mujeres rallan las raíces de
la yuca, que ha sido cultivada en grandes plantaciones, en maderos
en los que se han incrustado piedritas puntiagudas, formando
diseños de muy buen gusto.
La masa blanquecina se libera del jugo venenoso mediante un
elástico tubo tejido o un fino colador y se hornea después en la
cocina, que es común para toda la casa colectiva, en tortillas
grandes y delgadas, el alimento indispensable de los indígenas. La
comida de origen animal consta en lo fundamental de pescado que se
obtiene disparando desde las canoas con arco y flecha o utilizando
trampas, nasas, redes y grandes armazones que se colocan en los
rápidos cuando grandes bancos de peces nadan río arriba durante la
creciente de las aguas.
La larga cerbatana y las flechitas de madera dura de palma,
envenenadas con curare, que se colocan en aljabas con bellos
diseños para la protección del cazador, se utilizan para cazar
pájaros de gran tamaño como el mutum, el inambú, una especie de
perdiz y otros. Al disparar, el tirador sostiene por lo general la
aljaba entre las piernas para poder sacar las flechitas mortales
con facilidad. Las tribus meridionales suelen utilizar arcos con
grandes flechas envenenadas y lanzas también envenenadas para la
cacería de grandes cuadrúpedos como dantas, cerdos salvajes,
venados y otros. Las lanzas y los escudos elaborados con varias
capas de piel de danta se utilizan también en las frecuentes
querellas que se presentan entre los grupos.
El juego y la danza desempeñan un gran papel en la vida de estos
sosegados hijos de la naturaleza. Existe una gran predilección por
el juego de pelota. Las pelotas se hacen con el amero del maíz, la
parte final de estos se utiliza en manojo para darles la
alineación, al igual que las plumas en las nuestras. Los jugadores
forman un círculo; la pelota, que se golpea con la palma de la
mano, no debe tocar la tierra al igual que en el tenis. Es un juego
muy entretenido en el que se puede admirar la asombrosa agilidad de
los indígenas y el maravilloso juego de los músculos de sus
hermosos cuerpos desnudos.
La pieza más interesante y valiosa de mi colección es un tambor
de señales que obtuve de los Tukáno del río Tiquié, una especie de
teléfono inalámbrico. Este tambor se obtiene con gran arte tallando
un tronco gigantesco: tiene 1.87 metros de largo, 2.15 metros de
diámetro, cuatro aberturas acústicas circulares unidas entre sí por
una estrecha ranura y es muy pesado. Descansa en cojines de corteza
de árbol, moviéndose sobre dos bandas tejidas en bejuco que van
atadas a cuatro postes. El tambor se toca con dos palillos de
madera envueltos en caucho. El sonido se oye bien lejos durante la
noche, como tuve ocasión de comprobar. Variando los tonos, los
indígenas pueden sostener conversaciones enteras con miembros del
grupo que viven lejos e invitados a fiestas y deliberaciones.
También durante los bailes se toca este tambor para acompañar a las
flautas.
Las danzas son muy variadas, sobretodo entre los Kobéua muy
amantes del baile, con quienes conviví más tiempo. En algunas
ocasiones son diversiones inofensivas, en otras se revisten de
seriedad. En ciertas danzas los participantes llevan delante de sí,
atadas a cordones, lagartijas elaboradas en corteza de árbol o
figuras de pájaros talladas en madera y se mueven de aquí para allá
con el usual y rápido paso de danza indígena a la vez que cantan.
En otras danzas los bailarines llevan sobre la cabeza un sombrero
tejido con palitos y bejucos y adornado con plumas de colores que
les tapa gran parte del rostro, y en la mano las maracas con las
que acentúan el compás de la danza. Peines finamente elaborados
constituyen uno de los adornos preferidos en los bailes; se colocan
en la parte de atrás de la cabeza y de sus extremos penden largos
colgandejos de plumas. Para marcar el compás se utilizan bastones
de madera ambaúva, pintados con hermosos motivos a color, que se
elaboran ahuecando la madera con fuego. Las mujeres participan en
algunas danzas, colocan su mano derecha sobre los hombros del
bailarín y acompañan el rítmico canto de los hombres con gritos
agudos y prolongados. Llevan a los niños cogidos de la otra mano y
a los más pequeños los cargan sobre sus caderas. Al final de cada
baile los más jóvenes ofrecen a todos los participantes una bebida
ligeramente alcohólica, elaborada de mandioca, maíz o frutos de
palmas para renovar el espíritu vital.
Durante las grandes festividades tanto hombres como mujeres se
pintan con tinturas vegetales hermosos diseños sobre todo el
cuerpo. La cabeza de los hombres va adornada con un complicado
tocado de plumas de arara, de garza blanca y de otras plumas.
Alrededor del cuello cuelga el famoso adorno de piedra de los
indígenas del Uaupés, un cilindro de cuarzo, en cuya perforación y
elaboración trabajan los indígenas a veces hasta un año y que por
lo mismo constituye su mayor riqueza. Las caderas van adornadas con
un hermoso cinturón de dientes de jaguar del que cuelga adelante un
faldellín de corteza de árbol pintado con diseños a color. Se
colocan bandas finamente tejidas en fibras de palma en las piernas
y en el brazo izquierdo bandas de cuerdas de pelo de mono y plumas.
En la mano derecha se lleva la inevitable maraca que también se
coloca a veces en el pie derecho, atada al tobillo.
Esta danza en círculo en la que participan las mujeres jóvenes y
las muchachas desnudas, con excepción de las falditas de cuentas de
cristal y las bandas de las rodillas, constituye un hermoso
espectáculo. Empieza despacio y paulatinamente adquiere una mayor
rapidez hasta alcanzar un salvaje
|fortissÍmo; el suelo
retumba con el fuerte pisoteo. Es un placer contemplar estas
figuras vistosas y pletóricas de fuerza con sus coloridos adornos
que la oscilante luz de las antorchas -sólo se baila de noche
resalta aún más. El canto es rápido, un canto grave, nada monótono,
quisiera decir guerrero.
En la gran fiesta de los muertos de los Kobéua, que se realiza
cada 10 o 15 años, se desentierran y queman los huesos de los
muertos y se ingieren convertidos en fina ceniza con el kaschirí,
la bebida festiva. En esta ocasión los bailarines llevan largas
tiras de corteza de árbol alrededor del cuello, mazas debajo del
brazo y tubos de madera a los que van unidos peces tallados en
madera y de los cuales se extraen tonos tristes y sordos.
Pero las danzas más interesantes de los Kobéua son sin lugar a
dudas las danzas con máscaras, sobre las cuales hablé extensamente
en el congreso de antropología de Salzburgo (agosto de 1905). Sólo
se llevan a cabo cuando alguien muere y son ejecutadas
exclusivamente por los hombres, pero en presencia de las mujeres y
los niños. Los trajes con máscaras, elaborados en corteza blanca de
árbol y decorados con diseños a color, representan varios demonios
que se materializan temporalmente en la máscara y por lo tanto en
el bailarín. Algunos son espíritus de animales, otros tienen forma
humana, gigantes y enanos, que se distinguen por rasgos específicos
en la forma y en la pintura de sus máscaras, así como por las
características de sus por lo general fatales actividades. Los
bailarines imitan con fidelidad los movimientos de los respectivos
animales.
Entre los resultados de mis dos años de viaje hay que destacar
la exploración de una gran región en parte poco conocida y en parte
totalmente desconocida, del curso de algunos ríos y de la estrecha
relación existente entre las cuencas del Orinoco y el Guaviare, el
río Negro y el Yapuráque se pudo comprobar en varios puntos y que
permite extraer conclusiones certeras sobre las migraciones de los
grupos indígenas.
Permanecí varios meses entre un solo grupo, viviendo no sólo
entre los indígenas sino también con ellos, y como empecé a dominar
paulatinamente varias lenguas que me permitían entenderme con
ellos, pude escudriñar a profundidad su vida, sus actividades y sus
concepciones espirituales. un rico material lingüístico que abarca
más de cuarenta lenguas, la mitad de ellas desconocidas hasta
ahora, permite agrupar correctamente a estos grupos. Más de 1.000
fotografías ofrecen un fiel testimonio de la espléndida naturaleza,
de su belleza y de su horror, de la vida de la expedición, de los
tipos físicos de los diferentes grupos, de las labores de los
indígenas en la casa y en el campo y de sus juegos y danzas.
Mi gran colección que contiene muchos objetos etnográficos
nuevos, entre ellos ciento treinta máscaras y el poderoso tambor de
señales, se encuentran en el Real Museo de Etnología de Berlín. Le
regalé al Real Museo Botánico de Berlín una pequeña colección
botánica con varias orquídeas nuevas. Doné las muestras de piedra
provenientes de todas las regiones visitadas al Real Museo de
Ciencias Naturales y serán clasificadas allí junto con las piedras
traídas por el señor profesor DI. Passarge de la Guayana.