Los indígenas narran historias maravillosas sobre esta sierra.
Dicen que en la cima hay una laguna que alimenta las corrientes de
agua y una canoa de piedra de tiempos inmemoriales. El agua del
arroyo que remontamos es de agua de lluvia. Las nubes chocan contra
las escarpadas pendientes, originando una lluvia continua.
Se podría comparar esta cordillera con las montaña Roraima, de
la Guayana británica, envuelta en leyendas, a la cual, según
Schomburgk, los indios Arékuna cantan así:
«Roraíma, montaña rosada
envuelta en nubes
tú, eterna madre fértil de los
ríos.»
Después de un ascenso en extremo extenuante¡ en el cual casi
pierdo a uno de mis hombres por el desprendimiento de una roca,
continuamos la marcha por el torrentoso Curicuriary arriba.
Los pocos indígenas establecidos allí son emigrantes del cercano
Uaupés, Tukáno en su mayoría¡ que se han logrado salvar en estas
indómitas soledades de los males de la llamada «civilización».
Indígenas de menor valor, en un estadio cultural muy primitivo,
son los llamados Makú, deambulan por los bosques de la orilla
derecha sin sitios fijos de vivienda, inestables y evasivos como
animales salvajes, los grupos más desarrollados los odian y los
persiguen.
Nos desviamos después por un afluente a la izquierda y lo
seguimos hasta un sendero indígena por el cual logramos cruzar en
dos días la divisoria de aguas de escasa altura y transportar
nuestra canoa y nuestro equipaje hasta un pequeño afluente del
Uaupés, el 6 de marzo alcanzamos este poderoso tributario del río
Negro.
Le dedicamos los siguientes meses al río Tiquié, un afluente
importante del Uaupés por la margen derecha¡ ya su numerosa
población indígena libre. Aprendí muchas cosas nuevas y obtuve una
colección grande y rica sobre todo en hermosos adornos de
fiesta.