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INDICE
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Informe sobre mis viajes
al alto río Negro y al Caquetá en
los años 1903-1905 *
|POR EL DR. THEODOR KOCH-GRÜNBERG EN BERLÍN
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Bailarines tukanos con escudos y lanzas-sonajero. Rio
Tiquie
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|Abstract: First spanish translation of the lecture given
in 1905 by the German philologist and ethnographer Theodor
Koch-Grünberg (1872-1924), about his travels of 1903-1905 to the
rivers of the Rio Negro and Vaupés basins (Isana, Aiarí,
Curicuriarí, Tiquié, Cuduiarí) and the Caquetá basins (Pirá-Paraná,
Apaporis) in the Brazil west and in south Colombia. Description of
Arawak and eastern Tukanoan Indian communities, among which he
collected ethnographic material for the Museum Für Völkerkunde of
Berlin.
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Mi viaje a Suramérica, realizado en los años 1903-1905, por
encargo del Königl. Museum für Völkerkunde (Museo Real de
Etnología
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perseguía ante todo fines etnológicos y tuvo como objetivo la
esquina noroeste de Brasil, las regiones del alto río Negro y el
Yapurá, allí donde se encuentran las tres naciones: Colombia,
Venezuela y Brasil.
Después de que hube pagado en Manaos mi tributo al terrible
clima donde caí gravemente enfermo, víctima de una especie de
fiebre amarilla, pude al fin, el 1 de julio de 1903, iniciar en un
pequeño vapor brasilero mi viaje río Negro arriba. Había logrado
conseguir en Manaos un buen servidor, atto Schmidt de Victoria en
Espíritu Santo, de padres alemanes provenientes de Pomerania, quien
fue para mí un fiel camarada y un muy útil acompañante durante los
dos años siguientes.
El viaje por el río Negro es maravilloso. Es un poderoso río,
tan ancho a ratos que recuerda el mar, lleno de islas alargadas que
pocas veces permiten ver ambas orillas al tiempo. Un pronunciado
ensanche del río, a pocos días de navegación arriba de Manaos, es
denominado por los indígenas
|"boíauasú",
|"gran culebra". El que se aventura en una
pequeña canoa por el intrincado laberinto de las islas, sin conocer
las rutas, se expone a un gran peligro, ya que muy pocas están
habitadas.
Una vegetación espléndida cautiva la vista con sus cambiantes y
variadas tonalidades de verde. Aquí y allá se abre la misteriosa
desembocadura de un afluente en la continuada e impenetrable pared
de la orilla. Se presenta un fenómeno curioso, como me aseguraron
varias veces, y es que en los afluentes de la margen izquierda, que
por lo general son de aguas blancas, como por ejemplo el río Branco
y el Padauiré, entre otros, ataca una malaria terrible, mientras
que los afluentes de la margen derecha, de aguas negras, son
absolutamente sanos. Durante todo el viaje permanece uno libre de
mosquitos.
El aire es fresco y saludable. Mientras más subimos y mientras
más se estrechan las orillas, más encantador se torna el viaje.
Viviendas aisladas, aseadas casitas claras de los pocos colonos
blancos o en la mayoría de los casos auténticas chozas indígenas de
palma, medio escondidas bajo el verde de las anchas hojas de los
bananos, se levantan contra el fondo oscuro de la selva,
produciendo un contraste impresionante. Esbeltas canoas, ocupadas
por seis y más personas, viajan con rapidez río arriba.
Poco a poco aparecen a la derecha cadenas de montañas azules
entre ellas la mítica sierra de Curicuriary, con una cima
puntiaguda e inclinada, la cual visité casi un año más tarde.
En los siguientes días pasamos varios rápidos nada peligrosos, y
sin embargo nuestra vieja máquina sólo pudo cruzados con mucho
esfuerzo y a todo vapor. El l0 de julio llegamos finalmente a
Trindade, un villorrio con pocas casas, prácticamente indígena,
punto final de la navegación con barcos a vapor en esa región. Un
poco más adelante de este asentamiento empiezan los terribles
rápidos del río Negro, que sólo se pueden cruzar en canoas con
remos.
El 23 de julio partí de Trindade en una canoa que me había
conseguido el superintendente de este distrito, pero la tuve que
abandonar al día siguiente con todo mi equipaje, ya que se averió
bastante en un rápido. Tuvimos que pasar los siguientes 14 días
alojados en un miserable cobertizo indígena, abierto por los cuatro
lados, expuestos todas las noches a las torrenciales tormentas
tropicales.
Finalmente pude alquilar una nueva canoa, recurriendo a la
población circundante, y ello de agosto llegamos a la pequeña
ciudad de Sáo Gabriel, ubicada en medio de los rápidos. La llamada
ciudad constaba de media docena de casas medio caídas, no tenía
casi habitantes y era sin embargo la sede del gobierno, del
superintendente.
Iría demasiado lejos, si intentara familiarizados con todas las
estaciones que voluntaria o involuntariamente conocí de cerca.
Baste saber que la «paciencia» brasil era jugó un gran papel en el
comienzo de mi viaje y que me alegré cuando el 22 de Agosto llegué
finalmente a Sáo Felippe, mi meta por el momento. Una afortunada
estrella me llevó a elegir este pequeño asentamiento como punto de
partida para mis próximas empresas, ya que el dueño de esta
ordenada comunidad, mi estimado amigo don Germano Garrido y Otero,
nacido en el norte de España, quien había logrado rescatar un
poquito de verdadera cultura en esta indómita región, estuvo en
todo momento de palabra y de hecho a mi lado, de manera que el
éxito de este viaje se lo debo en gran parte a él. Siempre le
guardaré el más agradecido de mis recuerdos.
Pude aprovechar maravillosamente las siguientes semanas en Sáo
Felippe con estudios de indígenas de diferentes grupos: Don Germano
tiene varios cientos de indígenas a su servicio, a quienes gobierna
con rigor patriarcal. Se le puede considerar el dueño de toda esta
región, sin cuya aceptación no es posible penetrar en los
afluentes.
El primer viaje que emprendí desde aquí tenía como objetivo el
río Içána -un río muy importante que desemboca arriba de Sáo
Felippe en el río Negro- para investigar a los indígenas del grupo
Aruak allí asentados, quienes se destacan por la elaboración de una
cerámica muy desarrollada.
Este río se caracteriza también por poderosos rápidos, entre los
cuales el de Tunuhý es uno de los más importantes y peligrosos. Le
da origen la pintoresca sierra de Tunuhý, que encajona aquí al río
entre escarpadas paredes rocosas. El río se precipita con estrépito
en una especie de embudo, formando peligrosos remolinos. Tuvimos
que recurrir a todo nuestro cuidado y apelar a todas nuestras
fuerzas para lograr pasar con la ayuda de los indígenas nuestra
canoa por este rápido; pocos días después nos dirigimos al río
Aiarý, un afluente por la margen derecha, en donde logramos conocer
a los indígenas en toda su autenticidad.
Pronto hicimos amistad con esta bondadosa gentecita y tuvimos
una estadía muy interesante entre ellos. Me fue posible adquirir
aquí una colección muy rica en elementos de las danzas y en
utensilios domésticos, que ilustran muy bien la cultura propia de
estos grupos Aruak. En compañia de su jefe principal viajamos de
pueblo en pueblo, siendo acogidos con gran amabilidad en todas las
limpias y bien construidas casas colectivas, hasta llegar a la
rugiente cachivera de Yakaré, que constituye al mismo tiempo el
límite de la región habitada.
Es una imponente catarata de aproximadamente 10 metros de altura
con varias caídas. La blanca espuma salpica bien alto y asciende
como un fino rocío; retumba el rugido de las aguas (fig. 7). En las
rocas al pie de la catarata se ven innumerables grabados de tiempos
antiguos que representan pájaros, cuadrúpedos, ranas, tortugas y
seres humanos que volvemos a encontrar en los utensilios domésticos
de los actuales indígenas, y que provienen indudablemente de sus
antepasados. Un poco más abajo de este punto, emprendí con algunos
indígenas un viaje por tierra hacia el río Uaupés
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, siguiendo un angosto sendero a
través de la selva, que se acerca aquí notablemente a la cuenca del
Yapurá. Mientras tanto envié a mis servidores río arriba con el
equipaje. Sólo gastamos tres horas y media en el recorrido,
caminando, claro está a paso indígena, descontando las pausas de
descanso. Durante el viaje cruzamos la divisoria de aguas, una
pequeña elevación de máximo cien metros de altura.
Al principio fuimos recibidos con desconfianza, ya que nunca
había llegado un blanco por ese lado, pero logré ganarme en poco
tiempo la confianza de la numerosa población indígena que allí
habitaba. Con su ayuda logré cruzar un buen número de bravíos
rápidos -el Vaupés en su totalidad está constituido; por así
decido; por una catarata continua- y abajo de la gran cachivera de
Carurú retorné en un día y medio al Aiarý por otro sendero
indígena. El 8 de enero de 1904 regresamos sanos y salvos a Sáo
Felippe.
Descansé allí solamente el tiempo necesario para contestar mi
correspondencia y empacar mi colección; la cual fue transportada
por mensajeros de don Germano río arriba hasta el vapor. El 7 de
febrero partí nuevamente de Sáo Felippe con el fin de visitar la
mítica sierra de Curicuriarý.
Cruzamos los rápidos del río Negro y seguimos el río Curicuriarý
y un pequeño afluente por la margen derecha; que según mis
indígenas debía venir de las montañas; hasta un sendero
indígena.
Caminamos por éste hasta que se perdió en la selva y después nos
abrimos paso a empujones por entre la espesa maleza. Finalmente
logramos llegar al vallecito del pequeño arroyo y al pie de la
sierra. Encontramos una vegetación completamente diferente;
indómita y de una verdadera exuberancia tropical. Frondosos
árboles, de una altura nunca vista, cuyos troncos, rectos como
cirios, se elevaban aparentemente hasta el infinito. En la base de
los troncos¡ de circunferencia casi californiana, corren altas
raíces hacia todos los lados, por encima de las cuales hay que
pasar con gran esfuerzo. Filodendros de anchas hojas y otros
parásitos trepan hacia las alturas por las altas palmeras de
paschiuba que se agarran a la tierra por medio de innumerables
raíces aéreas.
Las más variadas clases de orquídeas se han instalado en
cualquier grieta de los árboles, en cualquier rama seca, en fin en
cualquier lugar donde puedan encontrar algo de alimentación.
¡Cuántos tesoros botánicos esconderá este indómito y desconocido
trópico! El suelo cubierto con follaje enmohecido exhala humedad;
gigantescos árboles derribados y en descomposición cierran por
doquier el camino.
Solamente con un gran esfuerzo, arrastrándose muchas veces por
el suelo, es posible abrir, con la ayuda del machete, un sendero
por entre este laberinto; a ello se añade el sofocante calor de
invernadero debajo del denso techo de hojas a través del cual no
penetran casi los rayos del sol. Se siente una gran opresión en el
pecho.
Empezamos a subir la cuesta empinada de la montaña. La
vegetación permanece igual. Al poco rato aparecen inmensas rocas
que parecieran haber sido apiladas unas encima de otras por la mano
de un gigante; en el medio proliferan altos helechos. Uno se hunde
hasta las rodillas en el húmedo moho.
Al fin alcanzamos de nuevo el lecho del pequeño arroyo, nuestro
fiel guía en esta marcha, que se precipita desde una inmensa
altura, como una pequeña rueda hidráulica, en una estrecha
chimenea.
Seguimos trepando en las alturas hasta que una pared rocosa,
perpendicular y lisa, nos detiene en forma imperativa¡ pero el
maravilloso panorama que se despliega aquí delante de nuestros ojos
nos recompensa ampliamente de tanto esfuerzo y peligro. En el aire
maravilloso y claro, la vista se pasea por las distancias
infinitas, libre sobre la poderosa selva que se extiende delante de
nosotros como un mar hasta el horizonte azul.
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Traducido por María Mercedes Ortiz y
revisado por María Estela González de Pérez
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Koch-Grünberg, Theodor. 1.906
«Bericht übel seine Reise am oberen río Negro una Yapurá in den
Jamhrn 1.903-1.905». En: Zeitschrift der Gesellschaft für Erdkunde
zu Berlín. 1.906. 80- 101 + Karte.
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3
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Se trata del actual Museo Etnológico
(Museum für VöIkerkunde) de Berlín en Dahlem, donde se encuentran
en muy buen estado de conservación las colecciones traídas por
Koch-Grünberg en este viaje y del Roraima-Orinoco entre 1911 y
1913. La mayoría de las fichas que acompañan cada objeto fueron
elaboradas de su puño y letra y muchas de ellas van acompañadas de
dibujos con los diseños que adornan los objetos. Son 747 objetos
provenientes de los siguientes grupos: Suisi del río Aiarý (108
objetos), Caua del Aiarý (106), Katapolitani del Isana (71), Cubeo
del Cuduiarý (140), Tuyuka del alto Tiquié (50), Desana del tiquié
(10), Bará del Tiquié (31), Tukano del Tiquié(167). Hianakóto-Umáua
del río Macayá (8), Ofaina del río Apaporis (13), Yahúna del bajo
Apaporis (35) Y Bubágana del Pirá-Paraná (4). N del T.
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Este rio recibe casi siempre en la
región que visité el nombre de Caiarý y por tal motivo lleva en el
mapa adjunto el nombre de río Caiarý-Uaupés.
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