Ficha bibliográfica
Titulo:
El hombre sentado. Arqueología de la comarca de Araracuara
Edición original: 2005-05-23
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-23
Creador: Fernando Urbina




INDICE




Arqueología de la comarca de Araracuara

El río Caquetá, que toma el nombre de Yapurá en el Brasil, nace en los Andes orientales de Colombia y ya en territorio brasilero desemboca en el Amazonas a medio camino entre Manaos y la frontera colombiana. Por tratarse de un río cordillerano arrastra espesos sedimentos que lo han hecho una arteria fluvial de gran riqueza biótica, tanto en el aspecto ictiológico como en lo relativo a la fecundidad de sus riberas inundables, razones por las cuales ha sido desde antaño asiento de numerosas poblaciones atraídas por las posibilidades que ofrece para la subsistencia. Este río, al igual que otros nacidos en los Andes y que drenan la planicie aluvial hacia oriente, constituyó un corredor natural que propició contactos entre las culturas del piedemonte -y aun las del interior andino- con las que se gestaron en la selva húmeda tropical más grande del planeta.

En sus riberas se han encontrado ricas evidencias arqueológicas que le dan un puesto privilegiado para incidir en la reconstrucción de las secuencias prehistóricas del noroeste amazonense; además, en las regiones por donde discurre se escalonan los territorios ancestrales (aunque no siempre los más antiguos) de numerosas naciones indígenas actuales, entre las que perviven tradiciones milenarias, garantes de la continuidad, a gran escala, de la civilización amazónica, truncada en su desenvolvimiento por la llegada violenta del conquistador europeo, primero, y criollo, después.

 

Los trabajos arqueológicos adelantados por el grupo Erigaie en la meseta de Araracuara suministraron en 1991 (Mora et al.: 12,42) dos fechas de radiocarbono que atestiguan la presencia de cultígenos hace aproximadamente cinco milenios (2645 a.e. y 2300 a.C.). Posteriormente (Cavelier et al.: 27 ss., también de Erigaie), en la localidad de Peña Roja, 50 km abajo de Araracuara, dieron con la fecha mejor establecida hasta ahora para garantizar la ocupación temprana de la Amazonia: 9250 antes del presente.

Trabajos anteriores (Andrade: 23, que a su vez continuaba las investigaciones de Herrera, L.,1981, y Herrera, L. |et a1., 1982) habían permitido establecer que los lotes de antrosoles (tierras negras y pardas debidas a actividad humana) presentes en Araracuara, en el curso medio del río Caquetá, son los más antiguos (2.000 a.p.), profundos y extensos encontrados hasta ahora en la Amazonia. Estas averiguaciones fueron ampliadas y complementadas por el grupo Erigaie que logró establecer la existencia en Araracuara de un gran antrosol de 32 hectáreas continuas y con espesores hasta de más de un metro (Mora et al.: 80); además, suministró alguna evidencia -presencia de polen de algas (ib.: 8, 50, Y 78)- para considerar que dichos suelos se formaron, al menos en algunas de sus fases, mediante una acción intencional para mejorar su capacidad orgánica y permitir por medio de esta tecnología una horticultura permanente, y lo fue tanto que los ocupantes del lugar mantuvieron en forma casi continua sus huertos y viviendas por casi un milenio (800 años: |ib.: 42).

La existencia de un asentamiento tan prolongado con base en cultígenos viene a contrastar la muy difundida tesis en la cual se afirma que la forma de explotación agrícola por parte de las sociedades aborígenes amazónicas ha sido la de simple recolección y la de horticultura de tumba y quema. Práctica que por el rápido agotamiento de los suelos no permite un establecimiento permanente y hace necesario itinerar desplazándose a sitios alejados del asentamiento, una vez que los terrenos cultivables adyacentes -no todos son aptos- han sido sistemáticamente explotados, agotando sus posibilidades agrícolas.

 

Utilizando la observación etnográfica (ya histórica), el lapso que media entre la ocupación de un nuevo enclave y su posterior abandono es variable, pero bien puede asimilarse al transcurso de una generación, como mínimo, y al de dos como máximo. Esto se debe a que los huertos explotados alrededor de las malocas se van inutilizando para los cultivos de pancoger por agotamiento de su capacidad, siendo necesario explotar terrenos cada vez más alejados de la vivienda, lo que llega a ser no eficiente por el esfuerzo que implica el desplazamiento y el acarreamiento de los productos. En caso de ser reutilizados los rastrojos | 5 , sólo es posible hacerlo al cabo de mucho tiempo (más de 15 años), cuando ya la tierra agotada por la siembra haya podido recuperarse un tanto. La formación de antrosoles posibilita, en cambio, la agricultura permanente o casi permanente al mejorar -ya sea intencional o accidentalmente- la capacidad orgánica de los suelos. En el modelo agrícola a que dan lugar los antrosoles sólo es necesario abandonar las tierras de cultivo por un tiempo muy breve para que se recuperen ( |íb. 78).

Conviene agregar que, para el caso de Araracuara, el modelo de agricultura itinerante -en el que obligadamente al agotarse la capacidad de los suelos es necesario emigrar- entra en contraposición con la necesidad de conservar un lugar que representa -y seguramente ha representado por espacio de milenios- unas ventajas estratégicas de doble orden. Por un lado, la ocupación del lugar garantiza un control sobre la vía acuática más importante de una amplísima región, toda vez que la ribera norte del río Caquetá, en Araracuara, es paso obligado para quienes traten de ascender o descender este curso de agua, interrumpido por el gran cañón y raudal -no navegable- que lleva dicho nombre. Pero lo que quizás más importa es el control que ejerce quien habite en forma permanente en la comarca de Araracuara en orden al usufructo de la riqueza ictiológica del lugar, toda vez que la captura de inumerables peces se facilita cuando éstos tratan de superar las correntadas en la boca de salida del gran raudal.

La formación de los antrosoles -al menos inicialmente- tiene como causa la ocupación permanente del lugar pero no por razones de beneficio hortícola. Todo parece indicar que, posteriormente, se introdujo un mejoramiento en forma intencional en los lotes mediante el acarreo de cipa | 6 dejada por la crecida anual de las aguas barrosas del río. De esta manera, ya no había necesidad de abandonar una región que suministraba las ventajas estratégicas enumeradas |supra.

 

Que la región ha sido desde hace milenios objeto de disputas, puede entreverse en el conflicto que sirve de telón de fondo al mito de |Feréukudo o de Nopïniyaikï | 7 (Urbina: 1988). Éste último personaje es uno de los Dueños míticos de Araracuara. Veamos un breve resumen:

Nopïniyaikï | 7 -Hombre·de·piedra- tiene a su hija La·mujer·de·balso (La·mujer·falsa) como una trampa. Los jóvenes que llegan a solicitada la reciben de manos del viejo, pero al copular con ella mueren al punto y luego sirven de pitanza al hechicero. Feréukudo busca a su hermano, una de las víctimas. Como es un Sabedor no se deja atrapar y termina por copular con la mujer a quien ha hecho dormir y durante ese momento ha procedido a extraer de su vagina todos los animales ponzoñosos que ocasionaban la muerte de los sucesivos esposos. Furioso, al saber arruinada su trampa, el viejo intenta por muchos medios matar a su yerno. Uno de estos intentos consiste en solicitade a Feréukudo quemar la tala pero a partir del centro, en redondo, hacia la periferia, de tal manera que las llamas lo cerquen. El héroe lo hace así pero escapa por entre las brasas en forma de iguana. Finalmente muere cuando el viejo, por medio de la hija, le quita el poder que lo hacía invulnerable a sus asechanzas; y esto ocurre cuando el hombre se sumerge en el río para destapar el tapaje del suegro, trampa de pesca que no es otra cosa que el propio Cañón de Araracuara.

5 5 Un tipo de flora que prolifera en los antiguos sitios de cultivo. A mediano plazo, da origen a un bosque secundario y sólo al cabo de más de un centenar de años se consolida nuevamente como bosque pleno, si bien nunca igual al anterior debido a las modificaciones antrogénicas.
6 Barro muy rico en materias orgánicas dejado en las riberas de los ríos durante sus crecidas; también cipero, colombianismo (Norte de Santander).
7  En el texto se emplea la letra /ï/: vocal alta o central no labializada (sonido entre /e/e i/).

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