Ficha bibliográfica
Titulo:
Los bancos taumaturgos
Edición original: 2005-05-23
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-23
Creador: Roberto Pineda C.




INDICE




En este contexto, decidí ampliar el marco de mi indagación a otras fuentes y testimonios. Además tuve la oportunidad de discutir sobre los banquitos con Eudosio Becerra, indígena uitoto, profesor de la lengua uitoto en la Universidad Nacional, y con Blanca de Corredor, colega especialista en los grupos uitotos del Departamento del Amazonas; asimismo exploré fuentes históricas y arqueológicas, guiado, en algunos casos, por sugerencias de otros colegas, en particular de Joanne Rappaport, Arturo Cifuentes y David Stemper. Como consecuencia de este proceso se puso de presente la relevancia del Hombre-Sentado para las diversas sociedades amerindias preshispánicas y contemporáneas. Como veremos, el encuentro de los dos mundos, en 1492, estuvo ya signado por el banco, como espacio de poder, de intercambio, de comunicación.

De otra parte, algunos colegas, en particular Arturo Cifuentes y Femado Urbina, han llamado la atención sobre la presencia del hombre sentado como un motivo recurrente en el arte rupestre. En una aguda observación, Cifuentes reconoció el tema en petroglifos del Magdalena Medio (1989). Fernando Urbina ha efectuado observaciones similares respecto a los petroglifos del río Caquetá; recientemente publicó un valioso libro (acompañado de una carpeta de ilustraciones) sobre este tema en el arte rupestre americano. Aunque tengo mis dudas de que algunas de las representaciones iconográficas signifiquen siempre el tema del Hombre Sentado, su recorrido corrobora la amplia difusión del símbolo y de sus ideas subyacentes.

Don Angelino Tapí, jaibaná Embera del ríoCatrú, «...el mejor cantador de jai del Catrú y del alto Dubuaza», fallecido en 1974.

A lo largo de los últimos años, he publicado algunos articulos cortossobre el tema. Este ensayo se propone contribuir con nuevos datos que permitan comprender las significaciones socioculturales del butaquito,tomando como referencia, principalmente, las fuentes etnohistóricas y etnográficas de diversas regiones de Colombia. En algunos casos retomo ciertos temas, pero profundizándolos, ampliando su temática o enfoque. Este trabajo quiere, también, resaltar la importancia de efectuar un inventario de las técnicas de pensamiento, un capítulo fundamental de la Historia de la Conciencia. Pienso que los etnólogos podríamos aportar una información y análisis relevantes para este inquietante problema: ¿qué significa pensar?

Asientos de dioses y tesoros de las Indias

El «descubrimiento» de América representó, sin duda, un formidable reto político e intelectual para los habitantes de los dos mundos. Ciertamente, según Hernando Colón, hijo del Almirante, en la madrugada del 12 de octubre, cuando Colón y su gente, anclados en la bahía de la isla quesería llamada San Salvador, esperaban el alba para confirmar sus sospechas y esperanzas de haber hallado tierra,

|«...llegado el día, vieron que era una isla de quince leguas de larga, llana y sin montaña, llena de árboles muy verdes y de muchas aguas, con una gran laguna en medio, poblada de muchas gentes que con mucho afán acudían a la playa, atónitos y maravillados a la vista de los navíos, creyendo que fuesen algunos animales, y no llegaban la hora de saber qué cosa eran». (Colón, 1947, 90)

Banco Embera del río Catrd. |
 

Tomada posesión de la tierra en nombre de los Reyes Católicos, previa gracias a Dios:

«Concurrieron muchos indios a este fiesta y alegría, y viendo el Almirante que era gente mansa, tranquila y de gran sencillez, les dió algunos bonetes rojos, y cuentas de vidrio, las que se ponían al cuello, y otras cosas de poco valor, que fueron más estimadas por ellos que si hubieran sido piedras preciosas de mucho precio.»

|«Retirado después el Almirante a sus bateles, los indios le siguieronhasta ellos y hasta los navíos, unos nadando y otros en sus barquillaso canoas; y llevaban papagayos, algodón hilado en ovillos, azagayasy otras cosillas para cambiarlas por cuentas de vidrio, cascabeles yotros objetos de poco valor». (Ibid., 90-91)

Durante los días y meses siguientes, escenas similares se repitieronen los diversos contactos; los americanos, fascinados e intrigados por lanaturaleza de los hombres extranjeros, anhelaban de forma vehemente apropiarse de algunas de sus pertenencias:

|«Pero la liberalidad que mostraban en el vender no procedía -anotá el hijo del Almirante- de que estimasen mucho la materia de las cosas que los nuestros les daban; sino porque les parecía que por ser nuestras eran dignas de mucho aprecio, por tener como cosa cierta que los nuestros fueron gente bajada del cielo, y por ello anhelaban que les quedase alguna cosa suya como recuerdo». (Ibíd., 94)

Banco taíno conservado en el Museo del Hombre de París

Como se sabe, Colón prosiguió explorando las islas, guiado por sus propias ideas sobre las Indias, las huellas de oro, y las indicaciones de los nativos que había alistado como guías en la isla San Salvador. Entonces se dirigió hacia la isla de Cuba, la que exploró en diversos puntos: la gente, ante su presencia, huye, temerosa. El Almirante decide enviar una expedición conformada por dos españoles y un indio de San Salvador, para que se «adentrasen en el país»; entretanto, aprovecha el tiempo para calafatear, en la playa, la nave:

«Estando ya la nave aderezada y a punto de navegar, volvieron los cristianos con los dos indios el 5 de noviembre, diciendo que habían caminado doce leguas tierra adentro y que habían llegado a un poblado de cincuenta casas muy grandes, todas de madera cubiertas de paja, hechas a manera de tiendas o alfanaques, como las otras. Habría a allí hasta unos mil hogares, porque en una casa habitaban todos los de una familia; y que los principales de la tierra salieron a recibirlos y los llevaron en brazos a la ciudad, dándoles por alojamiento una gran casa de aquellas, donde les hicieron sentarse en ciertos |banquillos, hechos de una pieza, y de extraña forma, casi semejante a un animal que tuviese los brazos y las piernas cortas y la cola un poco alzada para apoyarse; la cual es también ancha, como la silla, para la comodidad del apoyo; tenían delante una cabeza, con los ojos y las orejas de oro. A estos asientos los llaman dujos o duchos. En ellos hicieron sentar a los nuestros, y luego todos los indios se sentaron en tierra en torno a ellos, y uno a uno iban después a besarles los pies y las manos, creyendo que venían del cielo; y les daban de comer algunas raíces cocidas, semejantes en el sabor a las castañas; y les rogaban mucho que se quedasen con ellos en aquel lugar, o que por lo menos se reposaran allí cinco o seis días; porque los dos indios que habían llevado consigo como intérpretes les hablaban muy bien de los cristianos. De allí a poco entraron muchas mujeres a verlos y salieron fuera los hombres; y ellas, con no menos asombro y reverencia, les besaban también los pies y las manos, como a cosa sagrada, ofreciéndoles lo que consigo habían llevado.

|Cuando les pareció que era tiempo de volver a los navíos, muchos indios quisieron venir en su compañía pero ellos no consintieron que fuese más que el rey, con un hijo suyo y un criado, a los cuales hizo mucha honra el Almirante; los cristianos le contaron cómo al ir y al volver, habían hallado muchos poblados, donde se les había hecho la misma cortesía y grato recibimiento, cuyos poblados o aldeas no eran mayores de cinco casas juntas» (Colón, 1947, 100-101).

Por su parte, cuenta Pedro Martir de Angleria, en su famosa Primera Década del Nuevo Mundo, escrita entre 1493 y 1510, que los indígenas de la Española tenían

|«bosques llenos de aromas... para procurarse por canje con los habitantes de las islas vecinas las cosas que les agradan, como son platos, asientos y otras semejantes, que en esos lugares se fabrican con una madera negra de que ellos carecen» (Martir, 1964, 132).

Más adelante, Pedro Martir narra los insucesos del Adelantado -don Bartolomé Colón- en territorio de la «corte» del cacique Beuchío Anacauchoa, hermano de la famosa «princesa» Anacoana. De regreso a la costa para encontrar una nueva nave española,

|«a medio camino hicieron noche en un pueblo en que está el tesoro de la hermana del reyezuelo. Tesoro que no consiste en oro, ni plata, ni perlas, sino sólo en utensilios y cosas tocantes al uso humano, como |asientos, platos, fuentes, bacías de madera muy negra, tersa, reluciente (...) |Regaló la princesa al Adelantado catorce asientos y sesenta utensilios de mesa y cocina, hechos de barro, a los que añadió cuatro ovillos de algodón hilado de enorme peso» (Ibíd, 158).

Asimismo, y tomando como referencia la experiencia del ermitaño Fray Ramón Pané, éste, el primer misionero que convivió con los taíno, anotó que elaboraban, en efecto, «con algodón tejido y relleno por dentro, imágenes humanas |sentadas, parecidas a los espectros nocturnos que nuestros artistas pintan en las paredes» (Ibíd., 191).

También Gonzalo Fernández de Oviedo hace, en su Historia Generaly Natural de las Indias, una observación respecto a los cemí de la IslaEspañola que complementa la historia de Mártir:

|«Y no he hallado en esta generación cosa entre ellos más antiguamente pintada ni esculpida o de relieve entallada ni tan principalmente acatada e reverenciada, como la figura abominable e descomulgada del demonio, en muchas e diversas maneras pintado o esculpido, o de bulto, con muchas cabezas e colas e diformes y espantables, e caninas e feroces dentaduras, con grandes colmillos, e desmesuradas orejas, con encendidos ojos de dragón e feroz serpiente e de muy diferenciadas suertes, y tales, que la menos espantable pone mucho temor y admiración. Y ésles tan sociable e común que no solamente en una parte de la casa le tienen figurado, |mas aún en los bancos en que se asientan (que ellos llaman dúho), a significar que no está solo el que se sienta, sino él e su adversario» (Fernández de Oviedo, 1959, t. 1, 112).

De otra parte, el gran cronista de Indias también anota que los cadáveres de ciertos caciques se colocaban sentados sobre los duhos, una asociación que encontraremos de manera recurrente en la parte septentrional de Sur América:

|« (...)después que era muerto, le fijaban todo con unas vendas de algodón tejidas, como cintas de caballo, e muy luengas, y desde el pie hasta la cabeza lo envolvían en ellas muy apretados, e hacían un hoyo y allí lo metían, como en un silo, e poníanle sus joyas y las cosas que él más preciaba. Y para esto, en aquel hoyo en que había de ser sepultado hacían una bóveda de palos, de forma que la tierra no le tocase, |e asentábanlo en un duho (que es un banquillo bien labrado) y después lo cubrían de tierra por sobre aquel casamento de madera e rama» (Fernández de Oviedo, 1959, t. 1, 119).

Sin duda, los bellos y majestuosos bancos de la Isla Española, poblada por complejos cacicazgos taínos, no podían escapar a aquellos avezados escritores y observadores. Pero tampoco escapó su peculiar naturaleza social y simbólica; en su conjunto, como se ha presentado, describen al duho o al banco como un objeto de poder, enfatizando algunas de sus propiedades sociales: espacio de autoridad, aura sagrada, recipiente de los «dioses», fundamento de los muertos, medio de intercambio, «tesoro» de los indios. Se trata, sin duda, de un banco taumaturgo, espacio de chamanes, dragones, fieras y jaguares, condensación y expresión de ideas
y técnicas muy antiguas difundidas de forma amplia en el continente americano.

De las Antillas provienen, también, los bancos de chamán más antiguos, hasta la fecha conservados. Fueron encontrados en cuevas del área Taíno de Cuba, La Española y Puerto Rico, con una antigüedad aproximada de 1.000 años a. P. No obstante, en Momil, al norte de Colombia, diversos objetos cerámicos indican la existencia de antiguos bancos ligados con funciones chamánicas; se trata de pequeñas figuras humanas -femeninas o masculinas- a las cuales está asociada una figura que ha sido interpretada como un jaguar.

Igualmente, en Valdivia, en la costa ecuatoriana, se han hallado -en sus niveles 3 y 4- modelos de asientos de chamán en arcilla, uno de los cuales muestra claramente la representación de un jaguar.

Otto Zerries, Donald Lathrop y Presley Norton consideran este complejo chamán-jaguar-banco como característico de las «culturas de selva tropical». De acuerdo con su punto de vista, se difundió hacia el norte de Suramérica y la costa occidental del mismo continente desde la Amazonia, probablemente en el segundo milenio antes de Cristo (Zerries et al., s. f., p. 20).

Silla funeraria Tolima (Museo del Oro, CTo 849. Fotografía Gérard Pestarque)

En otras regiones de Colombia existen también diversos testimonios acerca de la importancia cultural de los asientos. Los grupos del Valle del Cauca, para citar un caso, elaboraron numerosas y variadas figuras en cerámicas u orfebrería que representan caciques o cacicas sentadas en un banco. Asimismo, los «coqueros» de Nariño, del período Capulí, son representaciones de hombres sentados en sus respectivos butacos; poseen sendas protuberancias en sus pómulos que han sido interpretadas como evidencias de mambeo de coca |(Erytrhoxilum coca novogranatense). Las urnas del Valle del Magdalena medio tienen figuras humanas sentadas sobre las tapas; en general, un número significativo de las culturas prehispánicas representaron al Hombre-Sentado (Pineda, 1994) en cerámica, orfebrería o en el arte rupestre.

Caciques, dúhos y ritos funerarios en TierraFirme

En diversas culturas amerindias de Colombia el asiento del cacique o jefe se destacaba también como señal de preeminencia y rango. En efecto, de acuerdo con la |Descripción de la Villa de Tenerife del 19 de mayo de 1580, como ha sido señalado por el antropólogo Arturo Cifuentes, con ocasión de las fiestas y rituales organizadas por el Señor principal de esta región,

Momia del Museo Nacional (foto Fernando Urbina).

 

«Sepulcro de los aborigenes de Antioquia. Su composición fue arreglada y dibujada por el señor Alberto Urdaneta Comisión Corográfica (en L.Zerda, El Dorado, 1882).

|« (...) en el buyo u ramada donde se ace la fiesta están puestas por su orden las múcaras, que son las tinaxas de chicha, y por su orden por ylera puestos todos, sentados en unos duos que son las sillas do se sientan que son de un trozo de palo echo con cuatro pies y su espalda donde se arriman, de forma que es todo de una pieza, y a la cabecera de todos están los prencipales y el mayor en medio muy galano más que todos, y todo el oro que tienen lo echan encima de sí y quentas; y el duo del prencipal es el más galano de todos, y ansi andan sirbyendo otros yndios que ponen en unos platos de barro a manera de taza la comyda y otras dan de beber y siempre a los prencipales les ponen dos totumas de chicha en las ma(no)s, una en la una mano y otra en la otra, y en bebyendo en ellas les ponen otras dos» (en Tovar, 1994, 331).

El vínculo entre banco y autoridad se encuentra también en las sociedades del río Cauca Fernández de Oviedo narra, con respecto a los Ancerma, que

|«cuando algún señor de esos venía a ver al mariscal [Robledo] traíanlo por hombros sus indios por auctoridad; e tráenle un duho en que se asiente, e por de si siete u ocho mujeres a do quiera que el tal principal va, cuando le falta el duho e no se lo traen, asiéntase en las rodillas de una de aquellas de sus mujeres. Hablan muy despacio, representando una gravedad de señores» (Fernández de Oviedo, t. II, 1959, 29).

Como se ha anotado, en las sociedades prehispánicas de Nariño, al sur de Colombia, es frecuente la representación de hombres sentados en bancos en una posible actividad de mambeo de coca; según las fuentes etnohistóricas, los asientos tuvieron una connotación de rango social, ya que en dicha sociedad las mujeres y los hombres del común carecían de banco y tenían que reposar sobre el suelo. Según un documento anónimo:

|«los asientos de los caciques son tiangas y si no es principal sientase en el suelo (Anónimo, citado en Uribe, 1986, 34)

En otro documento, el cronista D. Ordoñez de Ceballos sostiene:

|«Sientase en una tianga grande de palo, ques a modo de silla, y allí, cuando lo hacen general cada cacique trae una cosa y lo adornan» (Ordoñez de Cevallos, 1959, 215). (Ibid 34)

La signiflcación del banco como símbolo de autoridad permaneció aún en el período colonial; en un testimonio relacionado con la investidura del cacique de Cumbal, en 1693, se sostiene:

|«...y en birtud de esta otra parte y título de cazique con que rrequerió al dicho justicia mayor don Ambrosio de Prado y Sayalpud, cazique de la parcialidad de Cumhal, cojió por la mano al dicho don Ambrosio de Prado y lo sentó en una silleta pequeña de madera, en prezencia de los yndios e yndias de dicha parsialidad de Cumbal, le quitó las mantas y las echó en el suelo y se las mandó lebantar, y le huuieron cada uno una reberencia y los abrasó a estos todos, que hizo en señal de posesión y verdadera posesión, la cual se la dio real agtual corporal... sin contradizión de persona alguna y sin perjuizio de otro tercero que mejor derecho tenga» (Rappaport, 1990, 14-15).

En otro testimonio, también recogido por J. Rappaport, una cacica cuyo cargo estaba en disputa es cargada por 4 indios en una silla adornada y con alfombra; aquella es llevada a la puerta de la Iglesia, donde los caciques se despojan de sus mantas y se las ofrecen en señal de aceptación de su autoridad (Autos de don Reymundo Guayca) sobre el cacicazgo de Cumbal, Fondo Popayán, caja 55, 734, en Ibíd., 16).

De otra parte, al mismo respecto la mencionada etnohistoriadora transcribe el siguiente testimonio del año 1761:

|«Y senttado dicho casique en su silla fueron viniendo los yndios, yndias, chinos y chinas de la dicha parcialidad y tendiendo sus mantas hasiendo sus acattamientos a su usansa y costumbre le vesaron el pie y los parientes le abrasaron en señal de resepción y obediensia y después fue cargado en ombros por sus principales y pasado por los quattro angulos de la plasa con lo cual quedo fenesido este actto...» (Ibid., 16)

Diversos testimonios históricos mencionan que los caciques u hombres principales fallecidos eran colocados en sus «tiangos» y sujetos a diversas ceremonias fúnebres. Por ejemplo, la Relación de Quito del año 1571 sostiene:

|« (...) En sus mortuorios hay grandes voces y planto. Cuando los llevaban a enterrar eran sentados en una tianga y sobre una barbacoa que iba en hombros, y al tono de su baile llorando, andando un poco y volviendo atrás desandando lo andado; de manera que para llevar a un principal a enterrar trecho de un tiro de piedra, habían de tardar 2 y 3 horas. Llevados al entierro, lo ponían sentado en su tianga y metían con él la mujer más querida; y sobre cuál había de ser, había entre ellas diferencia. Enterraban con ellos todo su tesoro de oro y plata, piedras y cosas entre ellos estimadas, poniendo en la bóveda muchos cántaros de chicha. Los demás indios ordinarios, al tiempo que los enterraban, eran sentados con una guadua, que es caña gorda, en la boca, y subía medio estado encima de la tierra, y como era hueca, le echaban sus parientes y mujer de su vino, diciendo que era para sustento del difunto» (en Ponce, 1992, p. 216).

Asimismo, Fray Juan de Paz Maldonado asevera en la Relación de San Andrés Xunxi, del año 1582:

|«Tenían por uso en tiempos pasados, y si lo pudieran ahora hacer sin que el sacerdote lo sepa lo hacen, que cuando se muere algún Señor principal le amortajan y en una 'tiana' que es una banqueta en que se asientan los señores caciques (o casados) y bailan alrededor de él, y hacen una borrachera solemne y beben mucho y se emborrachan, y después lo entierran en un hueco debajo de tierra, así asentado en su tianga, y tapian aquel hueco; por manera que está asentado en aquel hueco, y allí le meten mucha chicha y comida y ropa». (Ibíd 323-324)

La asociación del cacique con el «butaquito es un aspecto recurrente, asimismo, en las culturas de los Andes centrales. Según el Padre Bernabé Cobo, en las comunidades sujetas a la jurisdicción del imperio incásico, con ocasión de la elección de un nuevo cacique se le concedía o entregaba un banco en señal de autoridad:

|«With regard to the succesion of the cacicazgos and dominios, the Inca kept the following order. If the eldest son was competent and able to take over his father's cacicazgo, he was appointed to the post, and he was given the duho, which was a low stool or bench on which the caciques sat on takingpossesion of their cacicazgo, and after only they used this seat». (Cobo, 1983, 200).

En el mismo centro del Imperio, cuando se reunían los altos funcionarios en la ciudad del Cuzco para tomar decisiones, los señores traían sus bancos de madera como «símbolos de su poder y prerrogativas» (Zerries, Lathrop and Norton, s.f., 27).

En la lucha por la extirpación de las idolatrías los españoles empecinadamente persiguieron las imágenes del Sol; sin duda, debió de ser sorprendente cuando se apoderaron del Sol que permanecía en manos del Inca sobreviviente y encontraron que se trataba de una maciza figura de oro que representaba un hombre sentado en su banquito (comunicación personal de Tom Zuidema).

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