|
INDICE
|
|
En este contexto, decidí ampliar el marco de mi indagación a
otras fuentes y testimonios. Además tuve la oportunidad de discutir
sobre los banquitos con Eudosio Becerra, indígena uitoto, profesor
de la lengua uitoto en la Universidad Nacional, y con Blanca de
Corredor, colega especialista en los grupos uitotos del
Departamento del Amazonas; asimismo exploré fuentes históricas y
arqueológicas, guiado, en algunos casos, por sugerencias de otros
colegas, en particular de Joanne Rappaport, Arturo Cifuentes y
David Stemper. Como consecuencia de este proceso se puso de
presente la relevancia del Hombre-Sentado para las diversas
sociedades amerindias preshispánicas y contemporáneas. Como
veremos, el encuentro de los dos mundos, en 1492, estuvo ya signado
por el banco, como espacio de poder, de intercambio, de
comunicación.
De otra parte, algunos colegas, en particular Arturo Cifuentes y
Femado Urbina, han llamado la atención sobre la presencia del
hombre sentado como un motivo recurrente en el arte rupestre. En
una aguda observación, Cifuentes reconoció el tema en petroglifos
del Magdalena Medio (1989). Fernando Urbina ha efectuado
observaciones similares respecto a los petroglifos del río Caquetá;
recientemente publicó un valioso libro (acompañado de una carpeta
de ilustraciones) sobre este tema en el arte rupestre americano.
Aunque tengo mis dudas de que algunas de las representaciones
iconográficas signifiquen siempre el tema del Hombre Sentado, su
recorrido corrobora la amplia difusión del símbolo y de sus ideas
subyacentes.
|
|
|
Don Angelino Tapí, jaibaná Embera del
ríoCatrú, «...el mejor cantador de jai del Catrú y del alto
Dubuaza», fallecido en 1974.
|
A lo largo de los últimos años, he publicado algunos articulos
cortossobre el tema. Este ensayo se propone contribuir con nuevos
datos que permitan comprender las significaciones socioculturales
del butaquito,tomando como referencia, principalmente, las fuentes
etnohistóricas y etnográficas de diversas regiones de Colombia. En
algunos casos retomo ciertos temas, pero profundizándolos,
ampliando su temática o enfoque. Este trabajo quiere, también,
resaltar la importancia de efectuar un inventario de las técnicas
de pensamiento, un capítulo fundamental de la Historia de la
Conciencia. Pienso que los etnólogos podríamos aportar una
información y análisis relevantes para este inquietante problema:
¿qué significa pensar?
Asientos de dioses y tesoros de las
Indias
El «descubrimiento» de América representó, sin duda, un
formidable reto político e intelectual para los habitantes de los
dos mundos. Ciertamente, según Hernando Colón, hijo del Almirante,
en la madrugada del 12 de octubre, cuando Colón y su gente,
anclados en la bahía de la isla quesería llamada San Salvador,
esperaban el alba para confirmar sus sospechas y esperanzas de
haber hallado tierra,
|«...llegado el día, vieron que era una isla de quince leguas
de larga, llana y sin montaña, llena de árboles muy verdes y de
muchas aguas, con una gran laguna en medio, poblada de muchas
gentes que con mucho afán acudían a la playa, atónitos y
maravillados a la vista de los navíos, creyendo que fuesen algunos
animales, y no llegaban la hora de saber qué cosa eran».
(Colón, 1947, 90)
|
Banco Embera del río Catrd.
|
|
Tomada posesión de la tierra en nombre de los Reyes Católicos,
previa gracias a Dios:
«Concurrieron muchos indios a este
fiesta y alegría, y viendo el Almirante que era gente mansa,
tranquila y de gran sencillez, les dió algunos bonetes rojos, y
cuentas de vidrio, las que se ponían al cuello, y otras cosas de
poco valor, que fueron más estimadas por ellos que si hubieran sido
piedras preciosas de mucho precio.»
|«Retirado después el Almirante a sus bateles, los indios le
siguieronhasta ellos y hasta los navíos, unos nadando y otros en
sus barquillaso canoas; y llevaban papagayos, algodón hilado en
ovillos, azagayasy otras cosillas para cambiarlas por cuentas de
vidrio, cascabeles yotros objetos de poco valor». (Ibid.,
90-91)
Durante los días y meses siguientes, escenas similares se
repitieronen los diversos contactos; los americanos, fascinados e
intrigados por lanaturaleza de los hombres extranjeros, anhelaban
de forma vehemente apropiarse de algunas de sus pertenencias:
|«Pero la liberalidad que mostraban en el vender no procedía
-anotá el hijo del Almirante- de que estimasen mucho la materia de
las cosas que los nuestros les daban; sino porque les parecía que
por ser nuestras eran dignas de mucho aprecio, por tener como cosa
cierta que los nuestros fueron gente bajada del cielo, y por ello
anhelaban que les quedase alguna cosa suya como recuerdo».
(Ibíd., 94)
|
|
|
Banco taíno
conservado en el Museo del Hombre de París
|
Como se sabe, Colón prosiguió explorando las islas, guiado por
sus propias ideas sobre las Indias, las huellas de oro, y las
indicaciones de los nativos que había alistado como guías en la
isla San Salvador. Entonces se dirigió hacia la isla de Cuba, la
que exploró en diversos puntos: la gente, ante su presencia, huye,
temerosa. El Almirante decide enviar una expedición conformada por
dos españoles y un indio de San Salvador, para que se «adentrasen
en el país»; entretanto, aprovecha el tiempo para calafatear, en la
playa, la nave:
«Estando ya la nave aderezada y a
punto de navegar, volvieron los cristianos con los dos indios el 5
de noviembre, diciendo que habían caminado doce leguas tierra
adentro y que habían llegado a un poblado de cincuenta casas muy
grandes, todas de madera cubiertas de paja, hechas a manera de
tiendas o alfanaques, como las otras. Habría a allí hasta unos mil
hogares, porque en una casa habitaban todos los de una familia; y
que los principales de la tierra salieron a recibirlos y los
llevaron en brazos a la ciudad, dándoles por alojamiento una gran
casa de aquellas, donde les hicieron sentarse en ciertos
|banquillos, hechos de una pieza, y de extraña forma, casi
semejante a un animal que tuviese los brazos y las piernas cortas y
la cola un poco alzada para apoyarse; la cual es también ancha,
como la silla, para la comodidad del apoyo; tenían delante una
cabeza, con los ojos y las orejas de oro. A estos asientos los
llaman dujos o duchos. En ellos hicieron sentar a los nuestros, y
luego todos los indios se sentaron en tierra en torno a ellos, y
uno a uno iban después a besarles los pies y las manos, creyendo
que venían del cielo; y les daban de comer algunas raíces
cocidas, semejantes en el sabor a las castañas; y les rogaban mucho
que se quedasen con ellos en aquel lugar, o que por lo menos se
reposaran allí cinco o seis días; porque los dos indios que habían
llevado consigo como intérpretes les hablaban muy bien de los
cristianos. De allí a poco entraron muchas mujeres a verlos y
salieron fuera los hombres; y ellas, con no menos asombro y
reverencia, les besaban también los pies y las manos, como a cosa
sagrada, ofreciéndoles lo que consigo habían llevado.
|Cuando les pareció que era tiempo de volver a los navíos,
muchos indios quisieron venir en su compañía pero ellos no
consintieron que fuese más que el rey, con un hijo suyo y un
criado, a los cuales hizo mucha honra el Almirante; los cristianos
le contaron cómo al ir y al volver, habían hallado muchos poblados,
donde se les había hecho la misma cortesía y grato recibimiento,
cuyos poblados o aldeas no eran mayores de cinco casas juntas»
(Colón, 1947, 100-101).
Por su parte, cuenta Pedro Martir de Angleria, en su famosa
Primera Década del Nuevo Mundo, escrita entre 1493 y 1510, que los
indígenas de la Española tenían
|«bosques llenos de aromas... para procurarse por canje con
los habitantes de las islas vecinas las cosas que les agradan, como
son platos, asientos y otras semejantes, que en esos lugares se
fabrican con una madera negra de que ellos carecen» (Martir,
1964, 132).
Más adelante, Pedro Martir narra los insucesos del Adelantado
-don Bartolomé Colón- en territorio de la «corte» del cacique
Beuchío Anacauchoa, hermano de la famosa «princesa» Anacoana. De
regreso a la costa para encontrar una nueva nave española,
|«a medio camino hicieron noche en un pueblo en que está el
tesoro de la hermana del reyezuelo. Tesoro que no consiste en oro,
ni plata, ni perlas, sino sólo en utensilios y cosas tocantes al
uso humano, como
|asientos, platos, fuentes, bacías de madera
muy negra, tersa, reluciente (...)
|Regaló la princesa al
Adelantado catorce asientos y sesenta utensilios de mesa y cocina,
hechos de barro, a los que añadió cuatro ovillos de algodón hilado
de enorme peso»
(Ibíd, 158).
Asimismo, y tomando como referencia la experiencia del ermitaño
Fray Ramón Pané, éste, el primer misionero que convivió con los
taíno, anotó que elaboraban, en efecto, «con algodón tejido y
relleno por dentro, imágenes humanas
|sentadas, parecidas a
los espectros nocturnos que nuestros artistas pintan en las
paredes» (Ibíd., 191).
También Gonzalo Fernández de Oviedo hace, en su Historia
Generaly Natural de las Indias, una observación respecto a los cemí
de la IslaEspañola que complementa la historia de Mártir:
|«Y no he hallado en esta generación cosa entre ellos más
antiguamente pintada ni esculpida o de relieve entallada ni tan
principalmente acatada e reverenciada, como la figura abominable e
descomulgada del demonio, en muchas e diversas maneras pintado o
esculpido, o de bulto, con muchas cabezas e colas e diformes y
espantables, e caninas e feroces dentaduras, con grandes colmillos,
e desmesuradas orejas, con encendidos ojos de dragón e feroz
serpiente e de muy diferenciadas suertes, y tales, que la menos
espantable pone mucho temor y admiración. Y ésles tan sociable e
común que no solamente en una parte de la casa le tienen figurado,
|mas aún en los bancos en que se asientan (que ellos llaman
dúho), a significar que no está solo el que se sienta, sino él e su
adversario»
(Fernández de Oviedo, 1959, t. 1, 112).
De otra parte, el gran cronista de Indias también anota que los
cadáveres de ciertos caciques se colocaban sentados sobre los
duhos, una asociación que encontraremos de manera recurrente en la
parte septentrional de Sur América:
|« (...)después que era muerto, le fijaban todo con unas
vendas de algodón tejidas, como cintas de caballo, e muy luengas, y
desde el pie hasta la cabeza lo envolvían en ellas muy apretados, e
hacían un hoyo y allí lo metían, como en un silo, e poníanle sus
joyas y las cosas que él más preciaba. Y para esto, en aquel hoyo
en que había de ser sepultado hacían una bóveda de palos, de forma
que la tierra no le tocase,
|e asentábanlo en un duho (que es un
banquillo bien labrado) y después lo cubrían de tierra por
sobre aquel casamento de madera e rama» (Fernández de Oviedo,
1959, t. 1, 119).
Sin duda, los bellos y majestuosos bancos de la Isla Española,
poblada por complejos cacicazgos taínos, no podían escapar a
aquellos avezados escritores y observadores. Pero tampoco escapó su
peculiar naturaleza social y simbólica; en su conjunto, como se ha
presentado, describen al duho o al banco como un objeto de poder,
enfatizando algunas de sus propiedades sociales: espacio de
autoridad, aura sagrada, recipiente de los «dioses», fundamento de
los muertos, medio de intercambio, «tesoro» de los indios. Se
trata, sin duda, de un banco taumaturgo, espacio de chamanes,
dragones, fieras y jaguares, condensación y expresión de
ideas
y técnicas muy antiguas difundidas de forma amplia en el continente
americano.
De las Antillas provienen, también, los bancos de chamán más
antiguos, hasta la fecha conservados. Fueron encontrados en cuevas
del área Taíno de Cuba, La Española y Puerto Rico, con una
antigüedad aproximada de 1.000 años a. P. No obstante, en Momil, al
norte de Colombia, diversos objetos cerámicos indican la existencia
de antiguos bancos ligados con funciones chamánicas; se trata de
pequeñas figuras humanas -femeninas o masculinas- a las cuales está
asociada una figura que ha sido interpretada como un jaguar.
Igualmente, en Valdivia, en la costa ecuatoriana, se han hallado
-en sus niveles 3 y 4- modelos de asientos de chamán en arcilla,
uno de los cuales muestra claramente la representación de un
jaguar.
Otto Zerries, Donald Lathrop y Presley Norton consideran este
complejo chamán-jaguar-banco como característico de las «culturas
de selva tropical». De acuerdo con su punto de vista, se difundió
hacia el norte de Suramérica y la costa occidental del mismo
continente desde la Amazonia, probablemente en el segundo milenio
antes de Cristo (Zerries et al., s. f., p. 20).
|
|
|
Silla funeraria
Tolima (Museo del Oro, CTo 849. Fotografía Gérard Pestarque)
|
En otras regiones de Colombia existen también diversos
testimonios acerca de la importancia cultural de los asientos. Los
grupos del Valle del Cauca, para citar un caso, elaboraron
numerosas y variadas figuras en cerámicas u orfebrería que
representan caciques o cacicas sentadas en un banco. Asimismo, los
«coqueros» de Nariño, del período Capulí, son representaciones de
hombres sentados en sus respectivos butacos; poseen sendas
protuberancias en sus pómulos que han sido interpretadas como
evidencias de mambeo de coca
|(Erytrhoxilum coca
novogranatense). Las urnas del Valle del Magdalena medio tienen
figuras humanas sentadas sobre las tapas; en general, un número
significativo de las culturas prehispánicas representaron al
Hombre-Sentado (Pineda, 1994) en cerámica, orfebrería o en el arte
rupestre.
Caciques, dúhos y ritos funerarios
en TierraFirme
En diversas culturas amerindias de Colombia el asiento del
cacique o jefe se destacaba también como señal de preeminencia y
rango. En efecto, de acuerdo con la
|Descripción de la Villa de
Tenerife del 19 de mayo de 1580, como ha sido señalado por el
antropólogo Arturo Cifuentes, con ocasión de las fiestas y rituales
organizadas por el Señor principal de esta región,
|
|
|
Momia del Museo
Nacional (foto Fernando Urbina).
|
|
|
|
«Sepulcro de los
aborigenes de Antioquia. Su composición fue arreglada y dibujada
por el señor Alberto Urdaneta Comisión Corográfica (en L.Zerda, El
Dorado, 1882).
|
|« (...) en el buyo u ramada donde se ace la fiesta están
puestas por su orden las múcaras, que son las tinaxas de chicha, y
por su orden por ylera puestos todos, sentados en unos duos que son
las sillas do se sientan que son de un trozo de palo echo con
cuatro pies y su espalda donde se arriman, de forma que es todo de
una pieza, y a la cabecera de todos están los prencipales y el
mayor en medio muy galano más que todos, y todo el oro que tienen
lo echan encima de sí y quentas; y el duo del prencipal es el más
galano de todos, y ansi andan sirbyendo otros yndios que ponen en
unos platos de barro a manera de taza la comyda y otras dan de
beber y siempre a los prencipales les ponen dos totumas de chicha
en las ma(no)s, una en la una mano y otra en la otra, y en bebyendo
en ellas les ponen otras dos» (en Tovar, 1994, 331).
El vínculo entre banco y autoridad se encuentra también en las
sociedades del río Cauca Fernández de Oviedo narra, con respecto a
los Ancerma, que
|«cuando algún señor de esos venía a ver al mariscal [Robledo]
traíanlo por hombros sus indios por auctoridad; e tráenle un duho
en que se asiente, e por de si siete u ocho mujeres a do quiera que
el tal principal va, cuando le falta el duho e no se lo traen,
asiéntase en las rodillas de una de aquellas de sus mujeres. Hablan
muy despacio, representando una gravedad de señores» (Fernández
de Oviedo, t. II, 1959, 29).
Como se ha anotado, en las sociedades prehispánicas de Nariño,
al sur de Colombia, es frecuente la representación de hombres
sentados en bancos en una posible actividad de mambeo de coca;
según las fuentes etnohistóricas, los asientos tuvieron una
connotación de rango social, ya que en dicha sociedad las mujeres y
los hombres del común carecían de banco y tenían que reposar sobre
el suelo. Según un documento anónimo:
|«los asientos de los caciques son tiangas y si no es
principal sientase en el suelo (Anónimo, citado en Uribe, 1986,
34)
En otro documento, el cronista D. Ordoñez de Ceballos
sostiene:
|«Sientase en una tianga grande de palo, ques a modo de silla,
y allí, cuando lo hacen general cada cacique trae una cosa y lo
adornan» (Ordoñez de Cevallos, 1959, 215). (Ibid 34)
La signiflcación del banco como símbolo de autoridad permaneció
aún en el período colonial; en un testimonio relacionado con la
investidura del cacique de Cumbal, en 1693, se sostiene:
|«...y en birtud de esta otra parte y título de cazique con
que rrequerió al dicho justicia mayor don Ambrosio de Prado y
Sayalpud, cazique de la parcialidad de Cumhal, cojió por la mano al
dicho don Ambrosio de Prado y lo sentó en una silleta pequeña de
madera, en prezencia de los yndios e yndias de dicha parsialidad de
Cumbal, le quitó las mantas y las echó en el suelo y se las mandó
lebantar, y le huuieron cada uno una reberencia y los abrasó a
estos todos, que hizo en señal de posesión y verdadera posesión, la
cual se la dio real agtual corporal... sin contradizión de persona
alguna y sin perjuizio de otro tercero que mejor derecho tenga»
(Rappaport, 1990, 14-15).
En otro testimonio, también recogido por J. Rappaport, una
cacica cuyo cargo estaba en disputa es cargada por 4 indios en una
silla adornada y con alfombra; aquella es llevada a la puerta de la
Iglesia, donde los caciques se despojan de sus mantas y se las
ofrecen en señal de aceptación de su autoridad (Autos de don
Reymundo Guayca) sobre el cacicazgo de Cumbal, Fondo Popayán, caja
55, 734, en Ibíd., 16).
De otra parte, al mismo respecto la mencionada etnohistoriadora
transcribe el siguiente testimonio del año 1761:
|«Y senttado dicho casique en su silla fueron viniendo los
yndios, yndias, chinos y chinas de la dicha parcialidad y tendiendo
sus mantas hasiendo sus acattamientos a su usansa y costumbre le
vesaron el pie y los parientes le abrasaron en señal de resepción y
obediensia y después fue cargado en ombros por sus principales y
pasado por los quattro angulos de la plasa con lo cual quedo
fenesido este actto...» (Ibid., 16)
Diversos testimonios históricos mencionan que los caciques u
hombres principales fallecidos eran colocados en sus «tiangos» y
sujetos a diversas ceremonias fúnebres. Por ejemplo, la Relación de
Quito del año 1571 sostiene:
|« (...) En sus mortuorios hay grandes voces y planto. Cuando
los llevaban a enterrar eran sentados en una tianga y sobre una
barbacoa que iba en hombros, y al tono de su baile llorando,
andando un poco y volviendo atrás desandando lo andado; de manera
que para llevar a un principal a enterrar trecho de un tiro de
piedra, habían de tardar 2 y 3 horas. Llevados al entierro, lo
ponían sentado en su tianga y metían con él la mujer más querida; y
sobre cuál había de ser, había entre ellas diferencia. Enterraban
con ellos todo su tesoro de oro y plata, piedras y cosas entre
ellos estimadas, poniendo en la bóveda muchos cántaros de chicha.
Los demás indios ordinarios, al tiempo que los enterraban, eran
sentados con una guadua, que es caña gorda, en la boca, y subía
medio estado encima de la tierra, y como era hueca, le echaban sus
parientes y mujer de su vino, diciendo que era para sustento del
difunto» (en Ponce, 1992, p. 216).
Asimismo, Fray Juan de Paz Maldonado asevera en la Relación de
San Andrés Xunxi, del año 1582:
|«Tenían por uso en tiempos pasados, y si lo pudieran ahora
hacer sin que el sacerdote lo sepa lo hacen, que cuando se muere
algún Señor principal le amortajan y en una 'tiana' que es una
banqueta en que se asientan los señores caciques (o casados) y
bailan alrededor de él, y hacen una borrachera solemne y beben
mucho y se emborrachan, y después lo entierran en un hueco debajo
de tierra, así asentado en su tianga, y tapian aquel hueco; por
manera que está asentado en aquel hueco, y allí le meten mucha
chicha y comida y ropa». (Ibíd 323-324)
La asociación del cacique con el «butaquito es un aspecto
recurrente, asimismo, en las culturas de los Andes centrales. Según
el Padre Bernabé Cobo, en las comunidades sujetas a la jurisdicción
del imperio incásico, con ocasión de la elección de un nuevo
cacique se le concedía o entregaba un banco en señal de
autoridad:
|«With regard to the succesion of the cacicazgos and dominios,
the Inca kept the following order. If the eldest son was competent
and able to take over his father's cacicazgo, he was appointed to
the post, and he was given the duho, which was a low stool or bench
on which the caciques sat on takingpossesion of their cacicazgo,
and after only they used this seat». (Cobo, 1983, 200).
En el mismo centro del Imperio, cuando se reunían los altos
funcionarios en la ciudad del Cuzco para tomar decisiones, los
señores traían sus bancos de madera como «símbolos de su poder y
prerrogativas» (Zerries, Lathrop and Norton, s.f., 27).
En la lucha por la extirpación de las idolatrías los españoles
empecinadamente persiguieron las imágenes del Sol; sin duda, debió
de ser sorprendente cuando se apoderaron del Sol que permanecía en
manos del Inca sobreviviente y encontraron que se trataba de una
maciza figura de oro que representaba un hombre sentado en su
banquito (comunicación personal de Tom Zuidema).
|