Reseñas
Los
chamanes
jaguares de San
Agustín
Génesis de un
pensamiento
mitopoético
HÉCTOR LLANOS VARGAS
EDITADO POR EL AUTOR. SANTAFÉ DE BOGOTÁ, 1995.
En esta obra, el historiador y arqueólogo Héctor Llanos nos hace
partícipes de un balance de la arqueología agustiniana hasta el
momento con una síntesis de la historia de esta
sociedad y de una metodología de interpretación de su
arquitectura de tipo funerario con fundamento en lo que llama el
pensamiento mitopoético de los indígenas.
En el primero, con base en su trabajo de años, establece una
periodización que logra absolver las diferencias entre las
interpretaciones de Luis Duque Gómez y Gerardo Reichel Dolmatoff,
tanto en lo que tiene que ver con las respectivas periodizaciones
como en las afirmaciones del último sobre la presencia de
sociedades diferentes en la misma región en épocas distintas. Si
bien es posible percibir grandes cambios entre el Formativo y el
Clásico Regional en términos de Llanos, Horqueta-Primavera e
Isnos en los de Reichel también se encuentran continuidades
importantes, lo cual permite postular que se trató de una
apropiación amplia de elementos cultura les de una sociedad vecina,
quizás la Yotoco, en las condiciones del necesario reacomodamiento
a una mejoría climática.
También es notable la consideración de los Yalcones,
contemporáneos de la conquista española, como diferentes a los
agustinianos. Aunque el empleo del concepto de cultura para
denominar a las sociedades aborígenes induce a cierta confusión,
pues, aunque parece evidente que se trató, en efecto, de culturas
distintas, bien pudo ser una misma sociedad en dos momentos
distintos de su desarrollo. Me parece necesario dejar abierta esta
hipótesis.
En el método de análisis, el concepto de pensamiento mitopoético
que comienza a hacer carrera como base de interpretación en
arqueología, al menos en cuanto a San Agustín, es elemento
central. Así lo utiliza César Velandia; así lo intenta de nuevo
Héctor Llanos. Aunque en ambos casos no queda muy claro el porqué
de una denominación que tiene sabores de literaturización de las
historias orales indígenas, de pensarlas como semejantes a nuestra
poesía y, por qué no, en circunstancias extremas, como meras
formas.
Estas propuestas son valiosas en su intención de dejar atrás el
etnocentrismo y el positivismo imperantes en la arqueología
colombiana, que recurre al pensamiento de occidente para ver el
mundo aborigen revestido con los colores de sus ideologías, en un
deseo de domesticarlo, de hacerlo a la vez otro y cerca no, al
menos reconocible, sin conseguirlo nunca con plenitud. Y que, al
hacerlo, se niega a verlo en su realidad, haciéndolo invisible para
nosotros al ocultarlo bajo un disfraz que nos agrada, que deja la
ilusión de que es similar al nuestro, más aún, que constituye una
parte de él, incorporándolo a nuestro discurso.
Este acudir al pensamiento mitopoético es un camino para
mantener, al menos en parte, una congruencia, pues se propone una
interpretación que conserve la unidad de todo un sistema, al
desentrañar el sentido de las cosas de los indios en relación con
su propio pensamiento. Tanto Llanos como Velandia parten de esta
idea; es su substrato común. Pero hasta aquí la coincidencia. Si
Velandia no busca «parecidos entre un cuento contado con esculturas
y otro cuento contado con palabras», esto es precisamente lo que
hace Llanos, quien no compara estructuras ni sistemas, sino que
correlaciona directamente las estatuas, algunas de ellas, con los
mitos.
Además, Llanos procura construir un marco teórico que no sea
solamente el de la cosmovisión indígena; que no resulta, entonces,
exclusivamente mitopoético. Para ello, incluye a San Agustín dentro
de una dimensión universal del erotismo y la muerte con base en las
ideas de Bataille, pese a que su pro puesta sobre las causas del
entierro proteger de la voracidad de los animales y horror
ante los muertos no se da entre los indígenas, al menos no en
forma amplia.
Concurren también elementos de fuentes muy diversas, algunas no
muy congruentes entre sí e incluso contradictorias, sin que se las
someta a una crítica que permita adecuarlas a su cometido, ni
tampoco a un trabajo previo que demuestre su pertinencia.
Así ocurre con Foucault, quien asocia el saber con el poder,
situación particular de las sociedades de clases y que parece estar
lejos de corresponder a sociedades como la agustiniana y a figuras
sociales como los chamanes. Por supuesto, Llanos es consciente de
esto y así lo expresa cuando ubica el saber-poder como propio del
occidente moderno y lo emplea para hacer una crítica, en mi
concepto muy justa, del papel de la arqueología al servicio del
poder sobre los indios y del olvido-negación de sus saberes,. Pero,
al mismo tiempo, y al parecer sin percibirlo, apoya en él el
concepto de jefe chamánico hereditario, que contradice la realidad
más general que recoge la etnografía, en la cual aparece una
diferenciación nítida entre jefe y chamán. Por ello, tal vez,
identifica monumentalidad con mayor rango, con más o menos poder,
con complejidad social, sin tener en cuenta que el poder del chamán
no es un poder sobre los hombres en el sentido político, sino un
poder hacer. En sus sociedades, además, el poder no funda ni
explotación ni dominación, sino que va en el sentido del logro de
los intereses comunes.
A lo anterior se agregan las ideas de Fericgla sobre los estados
alterados de conciencia y su papel en la vida social indígena, al
lado del concepto psicologista de arquetipos, de Jung. Continúa con
un acercamiento a la tradición japonesa a través de Barthes, a la
cual llega luego en forma directa con la filosofía de Kojima, de
quien toma la idea de la actitud fenomeno lógica pura, que supone
paralela a la de los chamanes en estado de creación mitopoética Y
quedamos a la espera de ver si, a partir de todo esto, logra
alcanzar una unidad coherente que permita una visión nueva de la
estatuaria como un todo, como un sistema.
Considero importante detenerme un poco en las implicaciones del
uso del concepto de arquetipos. Para Jung según Llanos que
cita a Jacobi, estos no se generan en la duración de la vida
orgánica, sino que aparecen con la vida misma y están en ese fondo
natural hereditario que es nuestro inconsciente colectivo; son,
pues, abstracciones universales de la naturaleza humana, de lo
humano-general, y manifestación de los instintos; cuando entran en
relación con la conciencia, se hacen imagen arquetípica (la cual,
para Llanos, es sinónimo de símbolo). Pero con esto nos encontramos
ya en la más completa ahistoricidad y de lleno en el
estructuralismo levistraussiano. Así se entiende que el texto
abarque fuentes del más distinto origen y mitos de épocas
históricas muy diversas y distantes; que retome estereotipos
altamente problemáticos, como aquel que asocia al hombre con
agresividad, combatividad y formalismo lógico, y a la mujer con
fecundidad, dulzura y sensibilidad; y que afirme la equivalencia de
las culturas indígenas del presente con las del pasado.
Este procedimiento lo hace plasmar en el texto algunas ideas que
incitan a confusión, como aquella de Fericgla acerca de que las
formas geométricas son eno naturalistas»; concepción falsa si
se toma en sí misma, pues es claro que algunas de estas formas
pueden venir de un proceso que abstrae sólo ciertos elementos de
plantas, animales y minerales, tal como el mismo Llanos lo plantea
por ejemplo, el dibujo en la piel de una culebra.
Del mismo Fericgla recoge la idea del pensamiento mitopoético
mitopoyésis, que es a la vez creación, construcción y
poesía, lo cual lo remite al chamán como potencial creador de mitos
y que se expresa en un lenguaje analógico, metafórico; pero los
conceptos de analogía y metáfora contradicen la idea, que retorna
de Páramo: la imagen no representa la cosa, es la cosa;
idea, además, poco congruente con el concepto de símbolo, el cual
es también representación, y que Llanos emplea a lo largo de todo
su trabajo.
A diferencia de lo que Kojima afirma que ocurre en el Japón, no
puedo compartir la idea acerca del vacío de la palabra
para referirse a la palabra indígena y menos aún a la palabra del
chamán, creadora por excelencia y que, además, está
inextricablemente unida a la materia real. Si tal «vacío»
existiera, la palabra de los indios no sería simbólica, como Llanos
lo plantea. Tampoco considero válido para las sociedades indígenas,
más allá de algunas semejanzas formales con conceptos como el de
alúna, el idealismo de Kojima en sus aseveraciones acerca de la
Nada horizontal y del fenómeno puro, que define como un hecho, una
ocurrencia, que no tiene cosa, sujeto, es decir, que no ocurre a
nadie, que nadie hace. Además, si las estatuas son fenómenos puros,
¿cómo puede afirmarse al mismo tiempo que son chamanes, aimas,
kashindukua, etc., todos ellos sujetos de acciones importantes en
los sistemas de pensamiento y de vida a los que pertenecen?
Me parece percibir a Llanos presa de un fuerte desgarramiento
entre el positivismo, que quiere superar, y el idealismo
simbolista, que sólo parece hacerlo; entre el pensamiento
occidental europeo, que lo atrae con fuerza, y la cosmovisión
indígena, que quiere seducirlo sin conseguirlo del todo.
Así, cuando sin ninguna mediación encuentra en los elementos
formales de las estatuas los principios y personajes que se mueven
en los mitos. No sólo cuando identifica al «ser mítico principal»
como felino-murciélago-serpiente-hombre, sino también cuando ve en
los demás «seres mitopoéticos»», y en los lugares de sus
presencias, a chamanes, mamos, payés, abuelos sabedores, señores
principales, heiséi, sitios de sewá, grupos de descendencia, madre
universal, árbol de la vida, linajes, rafue y de más, sin
establecer un orden y sin definir rela ciones entre unos y otros,
como si la cultura agustiniana fuera el gran compendio de las
visiones del mundo de todas las sociedades aborígenes e
indígenas.
Por otra parte, al hacerlo como lo hace y quedándose allí, sin
ir más lejos, toma las estatuas como objetos e imágenes que
ilustran los relatos míticos del pasado y del presente, siendo que
simultáneamente nos afirma que no es esto lo que se presenta en San
Agustín.
En este proceso de identificación, los distintos aspectos se
toman fuera de sus contextos etnográficos y arqueológicos, sin
tener en cuenta las condiciones de vida material, la organización
de la vida social, las formas de autoridad de los pueblos
respectivos; así, por ejemplo, rodeando a los chamanes-jaguares
aparecen elementos como el de alúna, sitios con sewá y otros de los
kogi, pese a que en esta sociedad no existe chamanismo en su forma
clásica y aparecen ya elementos de una concepción y una práctica
diferentes.
Pienso que este procedimiento es válido si se lo considera como
un primer momento de abstracción metodológica, como un primer
acerca miento que conduzca a una serie de asociaciones que sirvan
como pistas sobre en dónde buscar y en dónde no hacerlo, para luego
trabajar con base en sistemas, en la lógica global de totalidades
de pensamiento, y retomar, necesanamente, los contextos
respectivos, única manera de trascender el formalismo y el
aislamiento.
De otro modo, parece darse una hipertrofia de lo simbólico,
donde en realidad lo que encontramos son falsos símbolos. Tales la
asociación del chamán-jaguar con el sol, a la vez Padre Creador;
las líneas de la decoración como expresiones de movimiento, orden y
equilibrio; el miembro viril amarrado, un rasgo etnográfico, como
símbolo de la sexualidad masculina, y la aparición de mamas
talladas de la femenina y, en general, de la sexualidad como fuerza
animal; >dos ojos y dos manos como «cantidades simbólicas»;
hasta llegar a la figura que coge una bolsita que puede simbolizar
para guardar hojas de coca». Pero, entonces, ¿qué es
simbolizar?
Esta visión entra en confrontación con la de los indios de hoy
respecto a las actividades de sus sabios tradicionales y sus
contextos, la cual se expresa con claridad cuando las piensan y
hablan de ellas como trabajo, a veces, incluso, como el verdadero
trabajo. Para ellos, entonces, no se trata de que los chamanes
construyan espacios simbólicos con sus mentes, ni de que los
rituales no re presenten la realidad sino espacios simbólicos; al
contrario, estas acciones y estos lugares no solamente son la
realidad sino la verdadera realidad, aquella de las esencias, en la
cual las actividades de los sabios tradicionales tienen su eficacia
y pueden transformar el mundo. De ahí que lo que ocurre no es que
el chamán actúe como «un ego consciente que encuentra directamente
el universo sino como lo que es: naturaleza pensante. No se trata
de que éste se auto- piense, sino que se introduce en el
conocimiento, se hace él, uno con un mundo que contiene su propio
conocimiento en la medida en que es así. Y saber es conocer cómo es
el mundo para transformarlo.
Aunque con algo de etnocentrismo cuan do, ante las tallas de La
Chaquira, Llanos se pregunta por qué no hay una cuarta figura que
mire hacia el cuarto punto cardinal, como si necesariamente todas
las sociedades aborígenes tuvieran que considerar los mismos puntos
que la nuestra piénsese en los kogi, el libro presenta
una hipótesis que, en mi criterio constituye su parte más lograda.
Aquella que relaciona no sólo la propia estatuaria, sino el
conjunto de los sitios de San Agustín, con los ciclos climáticos de
la región y con la observación astronómica, ciclos marcados por las
lluvias y su alternancia con las épocas secas y, por lo tanto, con
el ejercicio de las actividades productivas, en especial con la
producción de excedentes que posibilitaran la realización de las
obras monumentales. En ella, todo el saber agustiniano, todo su
conocimiento sobre el acontecer natural, aparece claramente
relacionado con aquella parte de la cultura que con dujo a las
estructuras y la estatuaria.
Las observaciones sobre la orientación de algunas de las
construcciones más importantes de acuerdo con los astros, en
especial con el sol y con la luna, la postulación de vanos sitios
como lugares de seguimiento de los caminos de éstos la asociación
de algunas esculturas con el vaivén de las lluvias y, por ende, de
las siembras y cosechas, establecen pautas iniciales para una
interpretación global del complejo monumental sanagustiniano. Esas
se refuerzan con las indicaciones que provienen de las formas de
vida de algunas sociedades aborígenes, como la embera, la andoke,
la tanimuka y otras, con las cuales se establecen relaciones que
van más allá del marco meramente positivista. Este procedimiento
constituye realmente el inicio de la construcción de un nuevo
camino metodológico para hallar el conocimiento de la sociedad
agustiniana, para entrar en él. Ruta que Héctor Llanos denomina
arqueologia simbólica, y que él mismo ha comenzado a recorrer al
tiempo que la construye al andar.
Luis Guillermo Vasco Uribe
Profesor Titular
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
San Agustín:
arte, estructura y arqueología
CÉSAR AUGUSTO VELANDIA JAGUA
FONDO PROMOCIÓN DE LA CULTURA DEL BANCO
POPULAR/UNIVERSIDAD DEL TOLIMA, COLECCIÓN
TEXTOS UNIVERSITARIOS. SANTAFÉ DE BOGOTÁ, 1994.
La ciencia supone la dificultad». Estas palabras de Velandia en
el prefacio de su obra ponen de presente con claridad lo que podría
considerarse su guía de trabajo sobre San Agustín. Veinticinco años
de darle vueltas una y otra vez, intentando explicaciones que, en
su rigor, fueran más allá de aquellas nubladas por la visión
ideológica de los intérpretes: obispos, dioses, templos, saurios
crestados, extra terrestres, etc.; buscando que la teoría deviniera
en instrumento para entender de una manera adecuada la estatuaria
agustiniana, cuyos creadores han sido ocultados hasta ahora por el
silencio de la historia.
Las concepciones y métodos del estructuralismo constituyen el
bagaje que acompaña a Velandia en su aventura por develar el
«misterio» de los monolitos del Macizo Central colombiano. Dos son
sus focos de atención: la forma de las estatuas, de algunas
estatuas, y el color que todavía recubre algunas de ellas y que, al
parecer, las cubrió casi todas en su momento. No en vano el aporte
levistraussiano es un formalismo, el más logrado de ellos.
Ya de entrada, el autor nos propone que su objeto es limitado,
aunque, precisamente por ello, de ilimitadas posibilidades. No se
trata de reconstruir la formación social agustiniana, ni siquiera
la estructura de la lógica total de la estatuaria que produjo, sino
de presentar un modelo que permita avanzar por tal camino,
iniciando con una construcción lógica nuestra que trate de
coincidir en parte con la aborigen, a partir de los maravillosos
restos y pedazos que nos han llegado.
El método de deshacer le permite tomar cualquier estatua, tumba
o losa polícroma y desarmaria en cada una de sus partes (unidades
de significado), para poder identificar y correlacionar variantes y
permutaciones, a la manera de los mitemas del análisis
levistraussiano.
Más adelante, rearticula estas unidades en un modelo teórico, a
modo de un cuerpo mítico. Pero, es preciso recordar aquí que este
modelo mítico no es el mito real, etnográfico, arqueológico en este
caso, sino un nueva totalidad construida por el autor con base en
su propia lógica, como un «lenguaje mitopoético de las relaciones
reales». Finalmente, busca identificar lo «real representado», es
decir, la estructura de la realidad que subyace tras este lenguaje
simbólico que la invierte.
Dos condiciones, como el autor las denomina, «tiran» el
resultado hacia la realidad, impiden que se convierta en una
fantasía del armador de modelos; al menos, éste así lo quisiera: la
primera, que ninguna forma o relación puede sacarse de su contexto
empírico; es decir, que sólo es posible construir con las piezas
disponibles; la segunda, que tampoco se las puede relacionar con el
repertorio de imágenes culturales del investigador; sólo con formas
y relaciones comparables del «material etnográfico y arqueológico
de sociedades homologables históricamente».
El estructuralismo lanza a Velandia por un camino que se
presiente importante en sus resultados: el de la simbolización. En
su idea, no importa qué tan «naturalistas» sean o no las
estatuas o sus componentes; lo significativo es que todo ello
constituye un conjunto de referentes simbólicos. Esta idea le
permite romper con las interpretaciones de un naturalismo inscrito
en un proceso evolutivo que conduce al geometrismo, a la
estilización y a una supuesta capacidad de abstracción que no
habrían existido antes, tan caras a «nuestra comunidad
científica.
Ruptura, además, que lo guía por oposición a comenzar su tarea
por una figura geométrica. Esto facilita la aplicación de su
método, estructurar relaciones y no cosas, en la medida en que no
logra saber en primera instancia de qué cosa se trata. Y no lo
sabe, pese a que muchos arqueólogos lo supieron antes que él:
«diadema», «aureola con grecas «escamas de ofidio» y hasta
«árbol de la vida».
En su tarea de encontrar estructuras semejantes, se olvida de
una de sus ideas iniciales: «la muestra es todo el universo y elige
cuidadosamente aquellas formas que se ajustan a su primer resultado
y permiten llevarlo más adelante en su nivel de comprensión:
presencia conjunta de saurios y serpientes al nivel de la
representación icónica, es decir, de las funciones que se les
adscriben. No son, pues, animales en sentido estricto, sino
sentidos que se les asignan, cosa que los hace creaciones
mitopoéticas.
Rememoremos de paso aquella visión de la estatuaria de San
Agustín como un «testimonio de piedra sobre el origen del
hombre mediante la unión de un saurio crestado y una
serpiente emplumada bajo la dirección de extraterrestres, visión
que sigue un camino metodológico opuesto al de Velandia, pues sólo
relaciona cosas; pero que se le parece en la medida en que
selecciona precisamente aquellas estatuas que le permiten construir
su discurso, y sólo aquellas, ordenándolas en una secuencia que
sigue los términos del mismo en lugar de producirlo.
En Velandia, el lenguaje y el movimiento de las formas son
deslumbrantes, como ocurre, por ejemplo, con la ruptura
(¿deconstrucción posmoderna?) del águila acorazonada y su
transformación en un caimán que «nos mira de frente muy taimado». O
con el «descubrimiento» del útero, que el mito permite relacionar
con el saurio en la manera que interesa: la muerte, que no lo es,
sino despedida y viaje.
Pero, ¿por qué el mito de sociedades indígenas de hoy? Porque
sus características de «sociedades frías» (Lévi-Strauss), con la
«relativa estabilidad de la estructura de las relaciones sociales
de producción, basadas en la estructura de las relaciones de
parentesco van las estructuras fundamentales de la
cultura» y, dentro de estas «es singularmente refractaria la
estructura ideológica». Congelamiento que ya dura el milenio.
La orientación de Velandia es clara: «No estoy buscando
parecidos entre un cuento contado con esculturas y otro
cuento contado con palabras. Cuando he asumido la posibilidad de
interpretar los significantes en la estatuaria mediante otros
significantes en los mitos, estoy planteando la posibilidad de
interpretar la estructura de un discurso puesto en un lenguaje de
signos no lingüísticos mediante su correlación con la estructura de
un discurso puesto en palabras, respecto del cual pretendemos tener
una mejor comprensión. En cierto sentido, el texto de las
narraciones mitopoéticas me sirve como una especie de lingua
franca; como una mediación para traducir el sentido remoto de la
iconografía arqueológica, sólo que la estructura de ésta se halla
articulada de alguna manera con el texto que intento traducir, ya
que tiene, según he advertido, su mismo trasfondo histórico y por
lo mismo comparten el mismo universo de significado».
Otro tanto ocurre con el método para interpretar los colores de
estatuas y tumbas. Luego de agotar el examen total de aquellas que
tienen aún pintura o a las que puede serles re construida,
inventaría el conjunto de las formas en busca de regularidades que
lo conducen a enfocarse sobre las series de colores y sus
combinaciones y no sobre los colores en sí mismos, aislados. El
proceso de reconocimien to es más sencillo: se trata del código de
distribución y alternación del color en las serpientes corales, al
menos si nos atenemos, como Velandia lo hace, a su nivel más
empírico e inmediato.
Otro colorido hallazgo deriva de una acuarela que muestra un
ejemplar del «Rey de los Gallinazos», en cuya cabeza
aparecen, por supuesto, luego de un proceso de reducción y
simplificación que abstrae tonos y combinaciones, los mismos
colores que en San Agustín: rojo, negro, amarillo y blanco.
Esta misma reducción tiene lugar cuando, a partir del
pensamiento mitopoético, asocia el rey gallinazo con la muerte, sin
considerar que uno de los mitos, el embera, lo relaciona con el
maíz y el chontaduro, bases de la alimentación y subsistencia de
esa nacionalidad y, por tanto, fuentes de la vida. Reduccionismo
que alcanza su máximo al enfrentar el gallinazo real con la máscara
de una escultura del Alto del Purutal, y sólo con ella.
Todo el análisis anterior funda una lógica que, según el autor,
así como está presente en cada uno de los restos y pedazos, debe
ser la misma que anima la estructura global del pensamiento. Por
eso, le parece posible crear un modelo cuya construcción se apoye,
por oposición simétrica, en la estructura de otras culturas
americanas.
Sin embargo, para elaborar el modelo que propone, opera de un
modo inverso al que empleó hasta aquí, pues lo hace, en lo
fundamental, en forma deductiva, con base, además, en elementos que
vienen de las oposiciones y transformaciones del pensamiento en
estado salvaje, tal como las muestra Lévi-Strauss. La estatuaria
agustiniana cumple un papel que se reduce a la ejemplificación, y
ello, como en toda la labor anterior, mediante la elección de
algunas pocas estatuas que se ajustan a su cometido.
Habremos, sin embargo, por ahora, de aceptar su propio juicio y
pensar que no ha salido tan mal librado en su tarea, mientras
remitimos su comprobación, como él lo hace, a la futura
investigación arqueológica, siempre y cuando esta se decida, como
ahora parece, a abandonar la «estatuología», versión sanagustiniana
de la archiconocida.
De no resultar así, será presa fatal del taimado caimán o de las
venenosas corales y su cuerpo descompuesto será devorado por el re
luciente rey de los gallinazos.
Luis Guillermo Vasco Uribe
Profesor Titular
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
Textiles de las culturas muisca y
guane
GLADYS TAVERA DE TÉLLEZ
CARMEN URBINA CAYCEDO
UNIVERSIDAD DE LOS ANDES
INSTITUTO ANDINO DE ARTES POPULARES
DEL CONVENIO ANDRES BELL0-IADAP, 1994
Desde su origen mítico, en los relatos sobre la creación de los
seres humanos, transmitidos oralmente generación tras generación
para fijar las pautas culturales y rememorar los acontecimientos
trascendentales, aparece el tejido para justificar un oficio
esencialmente femenino. Chiminigagua, el dios creador, esencia de
la vida sin representación material, da forma al mundo, a los
animales, a las cosas y a dos caciques divinos, Iraca y Ramiriqui,
que se convertirían respectivamente en Luna y Sol después de haber
fabricado el primer hombre de tierra amarilla y a la primera mujer
de una hierba alta de tallo hueco, que no es otra cosa que el junco
que crece a orillas de las lagunas, ese mismo junco que,
entrelazado, forma las esteras y fue el origen de la industria
textil entre los indígenas» (Chaves Mendoza, citado en el
texto).
El tema de los textiles prehispánicos muiscas y guanes ha sido
abordado por varios investigadores desde la perspectiva de la
antropología, teniendo en cuenta distintos aspectos técnicos,
comerciales y simbólicos relacionados con el arte del tejido.
La visión que presenta este libro es el resultado de una
experiencia práctica de las autoras, a partir del conocimiento
especializado de los procesos de hilado y tejido, para llegar a un
análisis de los materiales y técnicas utilizadas por muiscas y
guanes en la elaboración de tejidos. Estudian colecciones de
textiles como la del Museo Casa de Bolívar en Bucaramanga, entre
otras.
La contribución de este trabajo radica en el análisis de los
elementos del tejido. Con una rica información acerca de la técnica
textil se logra describir el proceso de elaboración de los tejidos
de las culturas mencionadas, desde una experiencia presente,
tratando de reconstruir tradiciones y oficios de nuestros
antepasados que siguen teniendo vigencia, en la medida en que se
apliquen y actualicen.
En cuanto al contenido, se presenta una síntesis general de la
sociedad y las culturas guane y muisca; se destaca el tema de los
textiles arqueológicos, con base en los estudios de las colecciones
que reposan en el Museo del Oro, Museo Nacional, Museo del Traje de
Bogotá, Museo de Pasea (Cundinamarca), Museos de la Casa de la
Cultura del Socorro y Guane (Santander).
Se hace énfasis en los elementos del tejido, las fibras y el
hilado; se mencionan los diferentes procesos y usos del fique,
bejucos, lianas y fibras naturales; así mismo, se presenta una
descripción analítica de los colores de origen vegetal, mineral y
animal; las técnicas de torsión del hilado y las diferentes clases
de tela res; el urdido y los ligamentos, las técnicas fuera del
telar, las redes, los vestigios de tejidos de pelo humano hilado,
orillos, flecos, uniones y cestería.
Por otra parte, se analizan los diseños de las telas pintadas y
tejidas, su ornamentación y su simbolismo. Se incluye la
descripción técnica detallada de diferentes fragmentos de textiles
prehispánicos, con su número de catalogación en el museo donde se
encuentran.
El marco conceptual y la terminología sobre el tema de los
textiles refleja la complejidad de este arte; lo cual a su vez, es
una muestra de que los tejedores muiscas y guanes fueron verdaderos
especialistas y tuvieron un amplio dominio del arte textil.
Si bien los estudiosos de las culturas precolombinas no están
del todo familiarizados con el significado ni con la utilización de
las diferentes fibras, formas de hilado, las diversas técnicas de
tejer, los colorantes, la decoración, los acabados y demás aspectos
de los tejidos, al leer el documento indudablemente se adquiere una
visión del oficio, que permite comprender la especialización de
este arte, el tiempo que implicó la elaboración de los tejidos y lo
que el artista quiso expresar a través de sus productos acabados.
De esta manera, se hace posible para futuros estudios profundizar
en la simbología y la función sociocultural, así como en el
significado del trabajo textil.
Teniendo en cuenta los aportes del libro, debe aclararse que se
presentan ciertas imprecisiones en el texto, como la referencia
acerca de la zona cultural Chibcha que es in correcta, pues como
tal no existió. Es conocido que la denominación Chibcha hace
relación a una familia lingüística a la que pertenecían los
muiscas, guanes, tunebos, tayronas y otros grupos indígenas
prehispánicos.
Se sabe que los muiscas no habitaron la Sabana de Bogotá
exclusivamente, su territorio se extendió por el Altiplano
Cundiboyacense. Por otra parte, el algodón no se cultivó en toda el
área ocupada por muiscas y guanes, la siembra de este producto
agrícola se hizo en diferentes zonas de las tierras cálidas.
Es incorrecta la referencia acerca de la refinación de la sal,
pues esta se sometía a un proceso de desecación o evaporación en
forma de panes» o bloques. Para tal fin, se utiliza ron
vasijas de forma semicónica de grandes dimensiones (gachas), en las
cuales se vertía el aguasal y por medio de calor se lograba
evaporar, hasta obtener la sal sólida.
Así mismo, el plátano no es autóctono de América, es de origen
asiático; el cacao es de origen centroamericano mas no del
territorio muisca-guane; los dátiles no son de origen americano. El
coco fue traído de Africa a Amé rica para alimentar a la población
negra sometida a la esclavitud, dentro de una empresa que se
implementó en todas las Antillas, el Caribe y el territorio
colombiano inclusive.
Se confunden los viajes de descubrimiento de Cristóbal Colón
(1492 - Siglo XV) con las incursiones de la conquista al interior
del territorio y el sometimiento de la población indígena durante
la colonia (1536 - Siglo XVI).
Es pertinente, en cuanto al origen del trabajo textil, la cita
de Alvaro Chaves Mendoza acerca de los juncos que crecen al borde
de las lagunas. En todo el territorio muisca existen lagunas
alrededor de las cuales crecen juncales; aún en los tiempos
actuales se siguen fabrican do esteras, canastos, adornos y
distintos artículos elaborados con juncos que crecen en los
alrededores de la Laguna de Fúquene.
En el texto se retoman los planteamientos del evolucionismo
unilineal, que describe los procesos sociales desde una perspectiva
secuencial y supone estadios superiores de desarrollo como
consecuencia de logros anteriores sin los cuales hubiera sido
imposible llegar a formas más complejas de organización social. De
igual manera se retoman los principios del materialismo
cultural.
La bibliografía sobre textiles es buena y sir ve como base para
el investigador que desde la Antropología o disciplinas afines
quiera acercarse a la urdimbre y a partir de allí empezar a tejer
la intrincada red de relaciones sociales que se desenvuelven en su
alrededor. Hacen falta las citas de los textos introductorios, que
si bien presentan una reseña con una visión general sobre muiscas y
guanes, no permiten del todo acercarse a las fuentes
originales.
A través de la lectura del libro de Gladys Tavera y Carmen
Urbina se logra penetrar en la trama de las fibras que ocuparon a
muiscas y guanes en labores y trabajos cuyos vestigios reflejan la
práctica de una tradición cultural ancestral, una fuente de
sustento, de intercambio y un mecanismo de diferenciación social.
Este trabajo, así como los de Marianne Cardale, Emilia Cortés y
Galarza, van conformando un corpus de información sobre el tema de
los textiles prehispánicos muiscas y guanes, que junto con la
información disponible sobre otras zonas como la de Nariño,
permiten profundizar y llegar a conclusiones sobre el arte textil
en general y sus particularidades según la zona a la que pertenecen
los vestigios.
Adriana Muñoz Hoyos
Alvaro Botiva Contreras
Somos Bari
HORTENSIA GALVIS
PRESENCIA, BOGOTÁ, 1995.
Hortensia Galvis es pianista de profesión, pero a la vez ha
desarrollado tareas como escritora, especialmente en el diario
Vanguardia Liberal de Bucaramanga. Posteriormente allí, y a raíz de
un incidente de persecución racial contra algunos Bari residentes
en un inmueble, logró conocer a Bruce Olson y de esa experiencia
surgieron su interés por la cultura indígena Bari, del Catatumbo, y
su admiración por la labor de Olson entre ellos.
En la obra, Hortensia Galvis recoge varias narraciones ofrecidas
en español por varios nativos que además de ser bilingües, se han
podido educar fuera de su territorio, en colegios y universidades
de los blancos, con el apoyo y entusiasmo de Bruce Olson.
Tal como ella lo asegura, algunas narraciones son fruto de
experiencias reales, que efectivamente ocurrieron: «que son fiel
copia de las experiencias que yo oí de boca de quien las
vivió» (p. 12). Otras utilizan personajes ficticios, pero
todas tienen el objetivo de dar a conocer muchas tradiciones
sociales, económicas y religiosas de los Bari con la intención de
reivindicar ante quienes no son indígenas, la cultura de esta etnia
que se debate entre fuerzas disolventes como los petroleros, las
misiones religiosas y los colonos.
Efectivamente, no se puede negar que las narraciones constituyen
documentos etnográficos que presentan normas culturales Bari
arraigadas en la tradición. En tal sentido merecen destacarse las
menciones a los espíritus Chigbar, las sesiones competitivas de
canto, las ideas y los rituales mortuorios, entre otras cosas. Sin
embargo, un antropólogo hubiera querido saber más sobre la
organización social y el parentesco, a los cuales no se les concede
mucha atención en el libro.
Las referencias a los procesos de cambio cultural adquieren
bastante interés porque son testimoniales y poseen el valor de
aceptar que los Bari también han tenido iniciativas de civilizarse,
especialmente por parte de los jóvenes. Pero fuera de ese
reconocimiento, el discurso sobre los agentes aculturadores
estado, colonos, misioneros y sobre el mundo
occidental, estremendamente agresivo, a veces insultante. Y aun que
uno pueda entender que los Bari, al igual que las demás minorías
étnicas de origen americano, tienen suficientes motivos para
mostrar resentimiento contra «los blancos», lo que no
adquiere claridad es por qué se responde de la misma manera que se
critica. Son los mismos estereotipos y adjetivos que las monjas y
los colonos usan contra el indio, pero dirigidos a los blancos. Y
hasta a los antropólogos, por no asumir un verdadero compromiso,
por prometer y no cumplir e incluso por decir mentiras.
En el libro se percibe una gran frustación y un intenso dolor de
los narradores, especialmente porque no le conceden nada positivo a
los que no son Bari excepto los Lamas del Tibet y Bruce
Olson. Pero surge la gran contradicción: el mundo de los blancos
está penetrado por el mal pero los que han aportado las narraciones
hablan el idioma de esos blancos y han salido a estudiar a sus
escuelas y universidades y viven en sus ciudades. ¿Será que los
testimonios ex presados así están revelando la profunda crisis de
identidad que sufren estos Bari que están estudiando por obra y
gracia del señor Olson?. Es posible, pues siempre él aparece como
su redentor y sin embargo es quien los ha llevado a que conozcan la
podredumbre del blanco y se contagien de ella en Bucaramanga y
Nueva York.
Por lo tanto, como documento sobre cambio cultural el libro peca
por contradictorio y el lector se desorienta, pues no sabe si las
fuentes que recoge Hortensia son individuos con conciencia Bari
supérstite o personas sin identidad Bari pero arrepentidos de
haberla perdido.
¿Y Olson? Es el héroe del libro. El único blanco bueno, pero no
logramos saber cómo son compatibles su bondad e interés por
preservar la cultura Bari con los entusiasmos por sacar jóvenes a
estudiar en ciudades alejadas de la selva del Catatumbo, donde
nadie habla Bari. Tampoco sabemos si es lingüista, antropólogo o de
pronto misionero, o un poquito aficionado a todo ello.
Valdría la pena que este libro estimulara futuros estudios,
incluso llevados a cabo en asocio con los Bari menos aculturados
sobre su cultura y situación actual, para cotejarlo con el reseñado
aquí.
Jorge Morales Gómez
Universidad de los Andes
Dioses, demonios y brujos de la
comunidad indígena Chamí
VÍCTOR ZULUAGA GÓMEZ
PEREIRA, RISARALDA CULTURAL, COLECCIÓN DE
ESCRITORES DE RISARALDA, No. 6, 1991
El historiador Víctor Zuluaga incursiona con este libro por los
senderos de la etnografía de los chamí, pero su transcurrir es tan
breve como lo es, según nos cuenta, la duración de sus visitas de
investigación a los miembros de esa comunidad.
Este problema metodológico explica el por qué, después de haber
producido textos tan va liosos como la «Historia de la comunidad
indígena chamí», el libro actual resulta escaso y pobre.
Pero, sobre todo, ambiguo, pues al tiempo que hace suyo una gama
de conceptos cargados de prejuicios etnocéntricos hacia los embera,
tales como calificar sus saberes de «logros obtenidos por la
actividad empírica»», el trabajo de los jaibanás como «hechice
rías», «maleficios» y pactos con el demonio»» y a estos
mismos como «brujos»», a los seres de su mundo espiritual como
«dioses» y a sus mitos como «leyendas indígenas», etc., nos
muestra su desconcierto y su propia lucha por entender la
cosmovisión de los indígenas, por comprender que para ellos no hay
personajes ni hechos completamente buenos ni completamente malos,
que los seres que él denomina «dioses» se piensan llenos de
imperfecciones y debilidades, a diferencia del dios cristiano. De
una manera especial, nos habla de su esfuerzo por respetar a los
chamí y a su cultura, hacia quienes siente una profunda simpatía y
en cuyo respaldo desarrolla una buena parte de su trabajo como
investigador.
Tal vez la misma razón metodológica, conduce a que el trabajo
caiga en algunas imprecisiones. Así ocurre cuando caracteriza al
jaibaná como la «autoridad natural.... en el cual con fían la
dirección acertada del grupo», cosa que no es la regla, ni
entre los embera en general ni entre los chamí en particular,
aunque pueden presentarse ciertos casos en los que autoridad y
jaibaná lleguen a coincidir.
También cuando atribuye el pelo blanco de Domitila a su avanzada
edad, explicando que la falta de canas de los demás chamíes viene
de su escaso promedio de vida, cuando se sabe que la verdadera
causa se encuentra en el fenotipo mongoloide. Incluso, en el caso
de Domitila, su pelo blanco no era canoso, sino el resultado de un
proceso de despigmentación que le afectaba también la piel.
Pese a estas dificultades, el libro contiene elementos de
importancia, resultados de la familiaridad del autor por muchos
años con los pobladores del Chamí y de la confianza que les suscita
por la incidencia de su trabajo de investigación histórica, en
especial en los archivos, en la tarea de fundamentar sus
recuperaciones territoriales.
Se destacan entre ellos los relatos que re coge de boca de
varios indígenas, principal mente de Mario Restrepo, el jaibaná y
antiguo cacique. Son estos: »»El gurre que cagaba oro y plata»»,
«La culebra Jepá»», «Juan Oso», El jaibaná mellizo»,
«Jinopotabar», » origen del agua y de las hormigas», y
unos muy breves relatos de animales: «Tío gallo»» y «Tío
conejo».
De casi todos ellos existen versiones que algunos investigadores
recogieron de boca de otros indígenas de la región o en otros
asentamientos embera del país y Panamá. Zuluaga coloca frente a
frente algunas de ellas, pero después no avanza en el proceso de
confrontar sus semejanzas y diferencias, lo cual habría sido de
gran importancia.
Igualmente interesantes son las informaciones acerca de la
relación de muchos años que se dio entre los chamí y los
misioneros, así como sobre las contradicciones entre estos últimos,
aprovechadas por las monjas de la Madre Laura para azuzar a los
indios contra los sacerdotes españoles, como lo relata Mario.
También los criterios y opiniones de éste sobre la religión y la
acción misionera misma son de gran valía para una historia de las
misiones en la zona, todavía por escribir.
El autor confiere la mayor importancia en su obra al tema
relativo al jaibaná, aunque no lo desarrolla de un modo general,
sino a partir de sus entrevistas con Mario, cuya actividad de
«cantar jai»» no presenció nunca. Es de la mentar que el trabajo se
haya realizado por el método de entrevistas adelantadas mediante
preguntas y. respuestas, generalmente muy breves, lo cual no
permite profundizar en los distintos aspectos que se tocan, ni en
las diferencias que aparecen respecto de otros trabajos sobre el
jaibaná, como el de Mauricio Pardo y el mío propio; por ejemplo, en
lo tocante con los llamados «animales míticos»».
Hasta aquí el material que aporta el autor con base en su
trabajo de campo y que constituye la mitad de la publicación. Pero,
¿y la otra mitad? La respuesta nos permite conocer cómo se fabrica
un libro de 240 páginas pese a contar sólo con material propio
relativamente breve.
Víctor Zuluaga transcribe en toda su extensión, sin ningún
comentario ni análisis, varios de los relatos que publicaron los
antropólogos Milcíades Chávez y Gerardo Reichel-Dolmatoff en los
años 40, contados por los chamí que habi taban en Riofrío, Valle
del Cauca; así como el largo relato de «Las luchas entre Karagabí y
Tutriaca (sic») que publicara el también antropólogo Luis
Fernando Vélez Vélez, quien lo construyó a partir de narraciones
que dieron a conocer hace mucho tiempo los misioneros Severino de
Santa Teresa y María de Betania. Del primero de ellos, Zuluaga
incluye otros textos:
«La historia del pecado original» y «Las luchas entre los catíos
y los cunas»», en especial aquellas que tiene que ver con Séver, el
hijo de Caragabí, de quien plantea, a manera de hipótesis, que pudo
haber sido el primer jaibaná.
Como si lo anterior no fuera suficiente, una tercera parte del
libro (80 páginas) está conformada por una lista de 355 plantas, de
la cual son autores Edgardo Cayón Armella y Silvio Aristizábal,
transcrita sin modificaciones, anotaciones ni comentarios propios,
de la publicación original en la revista Cespedecia de la
Universidad del Valle.
La obra de Zuluaga carece de bibliografía, de modo que es
imposible ubicar la referencia de algunos de los títulos que se
mencionan y de los cuales se toman transcripciones o citas
extensas; tampoco saber si el autor se funda mentó en otras obras
ya publicadas como referencias sobre los temas que trata.
Un mérito apreciable de este trabajo se encuentra en el estilo
con que está escrito, no sólo en primera persona, sino también en
forma de un relato ameno, ágil, que se deja leer con facilidad por
toda clase de público. Circunstancia poco común en las obras
etnográficas, lo que suele hacer de ellas, en muchas ocasiones,
verdaderos ladrillos.
Luis Guillermo Vasco Uribe
Profesor Titular
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia