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INDICE
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La tierra del oro
y el cobre:
parentesco e
intercambio entre comunidades orfebres del norte de Colombia y
áreas relacionadas
|ANA MARÍA FALCHETTI
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Terra firma et Novum Regnum
Granatense et Popayan
Amstelodami
Joannes Sansonius (S.F.)
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|Abstract: The development of prehispanic goldwork in the
north and center of Colombia is analyzed in the context of the
interrelationships between those regions, the Midd American isthmus
arid vast areas to the east. From the flrst centuries A. D.,
similar gold objects were produced and exchanged in several areas,
stirnulating the formation, at various times, of different regional
styles and important local developments: the Zenu goldwork from the
caribban plains, Tairona from the Sierra Nevada de Santa Marta, and
Muisca from the high plateaus of the Eastern Cordillera, each une
unique and unrnistakable, as associated to a particular social
order. Some regional styles, beyond their differences, express the
ancient relationships shared by their makers: Muisca and Tairona
show linguistic, social, cultural and ideological aspects that
coincide, suggesting ancestral links between communities
geographically separated and historically differentiated. The
metallurgical centers excerted influence on the adjacent areas,
iridependently of the cultural and linguistic affiliation, and
scattered communities sustained an indirect trade, the symbolism
trascending al tipes of borders. Many groups shared the use of
tumbaga alliage, a particular technology and objects with similar
forms, themes and iconographies; the symbolic meaning of birds with
spread wings, almost two thousand years old, is still known to sume
indian communities.
|En tempranos tiempos, el hermano menor Taikú elaboraba los
utensilios de oro de los mamas. El hizo canutillos de oro,
pectorales y aretes, toda clase de adornos para los brazos y las
piernas... diademas de oro, gorras doradas, adornos dorados de
plumas de arara... El confeccionó todas estas cosas para que se
pongan estas joyas de oro en el baile de la casa ceremonial, para
consagrar la cosecha, llamar la lluvia e invocar la sequía. Esto
contaron los padres... Taikú se fue al otro lado del mar; desde
allí prometió regresar alguna vez, y dejó un mensaje en los
pensamientos.
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1
Mitología kogui.
La historia prehispánica de la extensa región que comprende el
centro y norte de Colombia y la baja Centroamérica, fue una de
múltiples interrelaciones a través de los siglos. A medida que la
arqueología reconstruye el desarrollo cultural en distintas zonas
es posible detectar el continuo intercambio que las caracterizó
durante siglos, desde la lejana época precerámica.
Como bien lo ha demostrado W. Bray (1990) en su estudio de estos
procesos, existió una modalidad de intercambio gradual e indirecta:
las distintas áreas culturales formaban una cadena ininterrumpida,
cada una unida a sus vecinas inmediatas e intercambiando
principalmente con ellas. Las fronteras eran fluidas, dando así ese
aspecto de continuidad que advertimos en ciertos elementos
culturales, cuyas similitudes tienden a disminuir con la distancia
sin perder el "aire de familia". Entre distintas
comunidades dispersas en el área, también existió un parentesco
cultural, lingüístico y genético, además de vínculos ideológicos
percibidos en distintas mitologías locales y en la iconografía de
materiales arqueológicos relacionados. A la luz de los estudios
interdisciplinarios actuales, esta situación se interpreta como
expresión de substratos comunes que se remontan a poblaciones muy
antiguas
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2
.
Ese parentesco no opaca sin embargo la diversidad cultural
producto de largos desarrollos locales, ni cierta variedad
lingüística. En el área se sintió con fuerza la influencia de
grupos chibcha-parlantes que subsiste aún en ciertas regiones, pero
también, de gentes con filiación lingüística diferente
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3
. La fuerza de una familia
lingüística puede coincidir con determinados rasgos genéticos y
culturales y con sistemas de creencias compartidos. Pero también se
percibe la existencia de elementos culturales y simbólicos que
trascendieron, a través del tiempo, fronteras geográficas,
lingüísticas y sociales.
Al analizar el desarrollo de la metalurgia prehispánica bajo
esta óptica, podemos, a pesar de los vacíos de información
existentes, delinear un proceso de más de 1.000 años, así sea para
señalar temas importantes para estudiar en el futuro. Por el
parentesco general que une a la metalurgia del norte de Colombia y
de la baja Centroamérica, esta área ha sido siempre designada como
una misma "provincia metalúrgica", donde se
advierte la presencia de formas y temas comunes, y de una
tecnología que, aunque variada, enfatiza el uso de aleaciones de
oro y cobre (tumbaga), de la fundición a la cera perdida, del
dorado por oxidación y de la filigrana fundida como técnica
decorativa predominante
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4.
Este parentesco, expresado fundamentalmente
en énfasis y preferencias, en un conjunto de rasgos
intencionalmente seleccionados, confiere un carácter particular a
la metalurgia del norte, que podría hablamos de tradiciones
compartidas.
Los datos recopilados hasta el momento señalan que, desde por lo
menos los comienzos de nuestra era, una transmisión del
conocimiento metalúrgico estimularía su rápida adopción en diversas
regiones. Piezas de orfebrería relacionadas por sus técnicas,
formas e iconografía, con un carácter
"internacional" inconfundible, fueron producidas
e intercambiadas por distintas comunidades esparcidas en ese
extenso territorio. Aquellas piezas fueron parte de un substrato
que nutriría la paulatina formación de estilos regionales
diferenciados, al tiempo de la consolidación de sociedades con el
nivel de desarrollo que hoy se designa con el nombre de cacicazgo.
En esas sociedades de rango la metalurgia cobraría fuerza y miles
de objetos serían ofrenda religiosa y funeraria, símbolos del poder
y el prestigio de las élites, seres privilegiados que dominaban la
unión entre lo social y lo sobrenatural y que tenían el derecho de
llevar esos objetos sagrados hasta sus tumbas.
La arqueología va reconstruyendo las líneas generales del
desarrollo cultural en cada área. Falta llenar aún muchos vacíos
para comprenderlos mejor en sus detalles y, en el caso de la
metalurgia, es esencial la búsqueda constante de contextos
asociados. Sin embargo, con la ayuda de contextos disponibles es
posible ir relacionando miles de piezas de colecciones, para
analizar cada conjunto de orfebrería en todos los rasgos que lo
identifican y diferencian de otros y comenzar a reconstruir su
desarrollo a través del tiempo. Así podemos plantear que cada
estilo regional se iría definiendo por una serie de componentes
únicos, interrelacionados e inseparables, como son una particular
adaptación de la tecnología, una serie de formas exclusivas ligadas
a funciones sociales específicas y una iconografía con temas
propios y recurrentes que expresan un sistema simbólico particular.
Cada estilo regional representaría así la expresión visible de un
patrón de comportamiento, encerrando códigos compartidos por los
miembros de una sociedad.
Los estilos regionales, al igual que las sociedades que los
desarrollaron, se vinculan a regiones geográficas más restringidas,
aunque no podemos trazar límites estrictos a su área de influencia
porque en las «fronteras», zonas de contacto graduales y difusas,
suelen encontrarse elementos compartidos como resultado del
intercambio constante y de esa especie de «ósmosis cultural entre
regiones unidas en cadena.
A través del intercambio indirecto, las áreas citadas también se
vieron unidas con otras regiones del norte de Suramérica, como las
Antillas y el bajo Orinoco. Allí, numerosas comunidades participa
ron en el intenso intercambio de mano en mano que involucraba
piezas de oro y tumbaga, y compartieron elementos conceptuales que
explicaban la importancia simbólica de la metalurgia y de los
objetos mismos.
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1
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Preuss 1993: Parte II: 32-33.
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2
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Ver: Constenla 1981; 1991 Barrantes y otros. 1990. Cooke 1985;
1986.
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3
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Constela 1991. Constela y Margery 1991. Romoli 1987
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4
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Ver, por ejemplo: Bray 197. Plazas y Falchetti 1979.
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