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INDICE
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8. El hallazgo
En febrero de 1978, con ocasión de un viaje de estudios entre
los uitotos y muinanes del río Caquetá, descubrí a partir de la
boca de entrada del gran cañón de Araracuara (Puerto Arturo) y los
roquedos que bordean el raudal de Guimaraya, unos 1.500 petroglifos
de cuya existencia no se tenía noticia. E. von Hildebrand en 1976
había efectuado el levantamiento de más de dos millares y medio de
grabados entre La Pedrera y Araracuara -un trayecto de 400 km-
terminando 10 km abajo de donde se inició el nuevo descubrimiento.
Años antes, en 1962, Silva había efectuado cuidadosa reseña de una
serie de glifos en algunos de los afluentes superiores del río
Caquetá; en su estudio posterior (1968: 134-135) se esfuerza por
mostrar las relaciones entre los petroglifos del alto Caquetá y el
arte rupestre del interior andino, sobre todo del agustiniano. Spix
y Martius reseñaron en su viaje de 1920 (1938: vol. II, 351) muy
pocos de los miles de grabados de La Pedrera y de Araracuara. Por
cierto, la actitud plagada de prejuicios de estos dos
investigadores compendia una posición muy frecuente entre muchos de
los apresurados viajeros del siglo XIX, ansiosos por atiborrarse de
datos y 'cosas de indios' con destino a los museos europeos, pero
muy poco interesados en profundizar en las culturas indígenas, a
las que despreciaban. No vacilan en afirmar, refiriéndose a dichas
obras rupestres, que "ellas constituyen, desde hace siglos, la
tétrica demostración de la inferioridad de intuición de esa
raza"... Y rematan diciendo que "... al primer golpe de vista se
verifica en estas figuras grotescas la absoluta inexistencia de
cualquier significado de un simbolismo superior" (op. cit.:
373-374). A comienzos de siglo, Tastevin (1923: 109-120) había
inventariado, en forma francamente deficiente, varias de las
insculturas levantadas mucho después por E. von Hildebrand. Con
anterioridad Ortiz había fotografiado muchas de éstas. En dos
nuevas expediciones -1980 y 1981- exploré otras localidades
incluyendo esta vez las riberas vecinas a la salida del chorro de
Araracuara, centenas de metros arriba de donde E. von Hildebrand
había suspendido sus observaciones; también examiné algunos
pedregales situados un poco más abajo del raudal de Guaimaraya
pasados por alto en 1978; en definitiva detecté otros 1.000
grabados aproximadamente.
8.1
Características generales
La localización de petroglifos que aparece a continuación no es
exhaustiva por cuanto falta revisar una serie de pequeños pero
numerosos pedregales ubicados entre Puerto Arturo y Guaimaraya y
cuyos grabados sólo he podido vislumbrar desde lejos.
a) Desde el Internado de Araracuara hasta la boca de salida del
raudal de Araracuara; b) en Puerto Arturo a la entrada de dicho
raudal; c) en numerosos pedregales entre Puerto Arturo y la boca de
salida del raudal de Angosturas; d) a lo largo del cañón de
Angosturas; e) en las cercanías de la bocana del quebradón de
Zainí; f) en las margenes del raudal de Guaimaraya; g) en la bocana
del quebradón de Nokaimaní, y h) en los alrededores de la boca de
salida del quebradón de Amefa.
En su totalidad los petroglifos reseñados quedan cubiertos por
las aguas del río la mayor parte del año, y sólo son visibles en la
temporada de sequía, de diciembre a marzo; algunos reaparecen
solamente durante muy pocos días y en los años en que el caudal
baja de modo excepcional. La cota que contiene el mayor número de
petroglifos es la intermedia; en las vecindades y en sitios no
inundables hay rocas apropiadas para recibir este tipo de grabados,
pero no fueron utilizadas; esto hace significativo el hecho de ser
ejecutados en sitios que van a quedar periódicamente bajo el agua.
La explicación que aparece como más pertinente tiene relación con
una concepción cíclica del devenir -mito del eterno retorno- que de
manera profusa ha sido estudiada por Eliade (1972 y 1974 al menos).
Aplicando dicha retícula teórica, los petroglifos que se muestran y
desaparecen periódicamente estarían representando la recurrente
vuelta al caos -destructor y vivificante a la vez-, simbolizado por
la inundación al sumir en la indeterminación la realidad
circundante. Esta concepción está mucho más evidenciada como base
cosmovisional en las sociedades agrícolas -sobre todo ribereñas y
silvícolas- en las cuales son vitales las correspondencias entre la
actividad humana -roza-quema-siembra- con los ciclos naturales
-sequía-inundación o sequía-lluvia-.
El caso podría llevar a referir los petroglifos a una etapa
agrícola y, además, cerámica, tanto más si en algunas de sus
representaciones figuran vasijas, como según parece (Carpeta
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No. 2, laminas 34-51;
Ilustraciones 3, 4, 5). De sobra está decir que el único fechado
relativo válido hasta el momento es el que da E. von Hildebrand
para los petroglifos de La Pedrera: basándose en los testimonios de
viajeros de la primera mitad del siglo XIX y en cómputos
generacionales de informantes indígenas, considera que su
antigüedad es mayor de dos siglos (op. cit.: 305). Ya Spix y
Martius en 1820 (op. cit.: 374) concluían que los grabados eran muy
antiguos pues muchos ya estaban seriamente desgastados.
Hasta el momento he elaborado fotografías individuales en
transparencia de color, y negativo blanco y negro de unos 1.600
petroglifos, acompañando la toma con datos acerca de su
localización general, tamaño, orientación, posición, textura y
profundidad del corte. En etapas posteriores se harán los
levantamientos para configurar las planchas pertinentes, pero
siempre sobre la base de fotografías y de calcos por frotaje para
evitar aproximaciones poco objetivas (al respecto ver Cabrera,
1970: 149, primer recuadro). No se utilizó en ningún momento
técnica de tizado -tan socorrida- por cuanto su aplicación
constituye ya una interpretación de la figura, mucho más subjetiva
de lo que puede resultar en algún momento una fotografía con
iluminación artificial, la cual no fue utilizada en beneficio de la
natural.
En los grabados no se observan superposiciones, quizas por la
abundancia de lugares en dónde confeccionarlos y por la dificultad
de sobreponer nuevos trazos; pero sí hay figuras que parecen haber
sido complementadas, desarrolladas o reinterpretadas, notándose
diferencias en su ejecución técnica.
Algunos glifos rompen con las características que E. von
Hildebrand asigna a los grabados inventariados por ella desde La
Pedrera hasta Araracuara (Ilustración 6), características que bien
pueden aplicarse a la mayoría de los reseñados en las diversas
zonas del país. Dice la arqueóloga: "La representación de las
figuras es frontal, plana y sin expresión de movimiento ni de
acción" (op. cit.: 375).
La utilización de los accidentes de las piedras, sobre todo en
algunos casos el valerse de las aristas para tallar en sus dos
lados, rompe la frontalidad y la planimetría. Por este camino se
llega no sólo a los relieves escultóricos sino hasta las figuras
liberadas de su empotramiento, en que la conquista del volumen es
total (figuras en Carpeta No. 9 y especialmente la lámina No. 96;
Ilustraciones 7 y 8).
Una larguisima lista de petroglifos representa la figura de un
cuadrúpedo en pleno salto (Carpeta No. 8, láminas No. 1-55;
ilustración No. 9), además de muchos otros temas en los cuales se
observa claramente la representación del movimiento (Carpeta No. 7,
lámina No. 57).
En relación con la insistencia en calificar como muy abstractos
los petroglifos que se encuentran en el país, es bueno tener en
cuenta que en la región comprendida entre Araracuara y la quebrada
Amefa, sobre el río Caquetá, se hallan algunas de las
representaciones más naturalistas del arte rupestre colombiano
(Carpeta No. 8, lámina No. 1; Ilustración 9). Dentro de la serie de
figuras naturalistas se hallaron algunas que se pueden relacionar
secuencialmente con otras muy abstractas, sin permitir afirmar, por
ahora, cuál es la figura inicial o terminal de la serie, si bien se
tiende a suponer que las más abstractas se elaboraron a partir de
las figuras menos estilizadas (Carpeta No. 8, laminas No. 5-16;
Ilustraciones 10, 11, 12). En general es posible referir con
facilidad un buen número de piezas, a pesar de su abstracción, a
realidades naturales; son infrecuentes los glifos a los que no se
les ha podido encontrar referencia natural análoga (Ilustración
13). Es bueno aclarar en este aspecto cómo se dan varios tipos de
ejecuciones: unas, resultado de la imposibilidad de lograr
representaciones fieles, denotándolas con trazos simples que se
presume han de ir acompañados de un contexto oral o mímico para
lograr la comunicación, si bien luego se pueden convencionalizar;
parecen corresponder a etapas muy primarias del desarrollo de la
capacidad plástica del hombre, visto como especie -escala
universal- (Leroi-Gourhan, 1971: 189 y ss.) o como grupo cultural
-escala regional-; y hay otras representaciones que resultan de un
proceso de estilización a partir de figuras naturalistas, lo cual
supone un dominio mayor de las capacidades técnicas, creativas y
abstractivas. Se dan también ejecuciones decadentes y se ha de
tener en cuenta -cosa poco frecuente cuando de arqueología se
trata- la existencia de buenas o malas ejecuciones de acuerdo con
la capacidad individual de artistas que pueden ser coetáneos. No se
ha de olvidar que las obras son ejecutadas por hombres concretos,
que si bien pertenecen a una cultura, no es ésta -en tanto es una
entelequia- quien las realiza. Estas consideraciones son aplicables
a los petroglifos de Guaimaraya en donde se dan cita ejecuciones
mediocres al lado de otras excelentes y procesos de estilización
que acusan una gran pericia. Entre los indígenas actuales -como
entre cualquier grupo humano- los utensilios son clasificados como
bien o mal hechos.
Una mirada de conjunto a los petroglifos ya reseñados a lo largo
del río Caquetá, permite constatar cómo a medida que se asciende
por él se gana en naturalismo; por ejemplo, mayor número de
rostros, movimiento y volumen, unidos a una mayor seguridad en el
trazo. Sin embargo, la expectativa que lograse generar esta
afirmación, un tanto simplista, queda en entredicho por la
presencia de los petroglifos de El Encanto (Silva, 1968, ver
planchas págs. 44 y ss.), los cuales muy probablemente sean el
resultado de la ejecución de artistas que no logran un buen
acabado, si bien, como el mismo autor afirma, mantienen conexiones
estilísticas con los ejecutantes situados más al este en la llanura
aluvial (: 132). El hecho de su escaso número puede apuntalar la
idea de un grupo marginal desligado del ámbito en que se lograron
las numerosas y excelentes obras situadas a varios centenares de
kilómetros río abajo.
9. Mito y petroglifo: problemas de
interrelación
He dicho que el interés específico por el tema de los
petroglifos del Caquetá se dio en el curso de una investigación
sobre la mitología de los uitotos y muinanes. Trataba en ella de
ventilar la vieja hipótesis formulada por Preuss acerca de las
posibles relaciones de las culturas amazónicas con la agustiniana
(ver al respecto Duque, 1966: 497 y ss.; Silva, 1963: 398; Reichel,
1978: 73-74).
En el desarrollo de la investigación preferí avanzar en una
dirección menos recta. Procedí a buscar alguna evidencia que
permitiera relacionar aspectos de la mitología de los uitotos y
muinanes con algunos petroglifos del río Caquetá situados en
regiones que han permanecido bajo el influjo de estas culturas
amazónicas aún sobrevivientes.
En caso de poder evidenciar, en primer lugar, una similitud de
significados entre símbolos que aparecen en los relatos y rituales
tradicionales, con los que se dan gráficamente en los petroglifos y
en otras realizaciones plásticas de la Amazonia, quizás sea
posible, en segundo lugar, interpretar con mayor verosimilitud los
símbolos gráficos de zonas andinas próximas a la amazonense y que
guarden similitud formal con los encontrados en esa región
oriental.
Pensé inicialmente que los mitos de los uitotos y muinanes no
fueran los más aptos para establecer las relaciones y espigar
significaciones suficientes, debido, entre otras cuestiones, a la
incógnita -por demás extensiva a buena parte de los grupos
amazónicos actuales- acerca de sus desplazamientos, pero, bien
pueden suministrar algunas pistas y enlaces con otras mitologías,
quizás más puntuales al respecto, como pueden ser las de algunos
grupos que en la actualidad ocupan zonas más orientales; tal el
caso de los sirianos del Vaupés. Posteriormente, a mediados de
1978, pude contar con una 'versión fuerte' de un mito uitoto sobre
el vínculo humanidad-serpiente, en el que podía apoyarme con más
confianza: se trata del extenso mito de Añiraima, o del episodio
más puntual de Jíturi Páinueni, aludido
|supra (5.2.-).
La carencia de una tradición oral expresa y sincrónica, que
permita contextualizar las obras de arte rupestre, hace riesgosa su
interpretación y a esto se han debido los exabruptos acumulados al
respecto. No se cuenta con la existencia de una escritura
precolombina cuyos documentos, al ser traducidos, permitan aclarar
los significados de los símbolos, lo cual sí es posible para
algunas de las culturas centroamericanas. Tampoco se puede
establecer un vínculo directo entre los pueblos que habitaron las
regiones en que se dan estas obras y los pueblos que las
ejecutaron, toda vez que los actuales no realizan este tipo de
labor. Las vías de interpretación son, pues, tortuosas, indirectas.
Los hechos básicos de los cuales se parte son los siguientes:
a) Existen similitudes formales no sólo en los temas (hombre,
serpiente, rapaz, sapo, lagarto, mico, peces, aves, etc.) sino en
las relaciones entre temas (hombre-serpiente, pájaro serpiente), en
el tratamiento estilístico y en las técnicas de ejecución, entre
los petroglifos de vastas regiones amazónicas y extraamazónicas, lo
cual supone una gran antigüedad para los complejos de creencias
allí plasmados.
b) Los pueblos actuales no elaboran obras de arte rupestre, pero
sí refieren su ejecución a un tiempo mítico, interpretándolas, como
es natural, dentro de los esquemas de sus propias tradiciones.
c) Buena parte de los relatos míticos de los pueblos actuales
contienen elementos comunes dentro de una infinidad de variaciones.
Por tener, además, una enorme dispersión atestiguan igualmente una
gran antigüedad.
d) Algunas realizaciones plásticas hechas sobre otro tipo de
superficies (maderas, telas, cestería...) por pueblos actuales,
guardan estrecha semejanza con algunos petroglifos (semejanza que
no es posible explicar sobre la base de la teoría de las pautas
lumínicas endógenas, por tratarse de figuras que no tienen como
base ningún fosfeno) y se cuenta con la tradición viva que da razón
de sus significados.
Sobre estos hechos elaboro la hipótesis que plantea la
posibilidad de que algunos mitos y glifos pertenezcan a un mismo
horizonte cultural en cuyo caso ciertas tradiciones orales pueden
explicitar el significado de algunos trazos.
Este planteamiento no es original, ni mucho menos, y es ya larga
la lista de investigadores que han visto la necesidad de
profundizar en los mitos y rituales de los grupos ubicados en las
zonas cuestionadas (Duque, 1965: 216). Si se diera el caso de no
poder esclarecer ningún significado válido a partir de las culturas
indígenas supervivientes, queda al menos algo: una mayor
comprensión de éstas sobre la base de sus creencias y prácticas
rituales asociadas al tema. Sólo por esto ya valdría la pena el
esfuerzo de recorrer este espinoso sendero. En este aspecto los
aportes de Reichel son de gran excelencia en lo referente a la
mayor comprensión de la cultura Tukano, en cuyos territorios se han
hallado numerosas muestras de arte rupestre sobre las cuales los
indígenas formulan interpretaciones de sumo interés.
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Me refiero a las 20 carpetas que contienen aproximadamente
1.000 ampliaciones fotográficas, con las fichas en que se consignan
numerosos datos para cada figura. Estos documentos reposan en los
archivos de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas
Nacionales del Banco de la República de Colombia, y pueden ser
consultados con autorización del autor. El término ilustración' se
refiere a los aspectos gráficos del presente articulo.
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