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INDICE
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1. Las naciones Uitoto y
Muinane
Las naciones indígenas Uitoto y Muinane se encuentran dispersas
en la actualidad. Esto ha tenido numerosas causas: la huida desde
sus ámbitos familiares hacia regiones apartadas donde no llegara la
garra del cauchero; el traumatismo ocasionado por la contienda
entre Colombia y el Perú; la fórmula puesta en práctica por las
casas explotadoras de trasladar tribus enteras según lo requirieran
las explotaciones de caucho (como la de Julio Arana, cuyos
descendientes terminaron de ser indemnizados por el gobierno de
Colombia en 1964); las deportaciones hechas por los siringueros
peruanos quienes, al retirarse del territorio devuelto a Colombia,
'arrearon' con las tribus que pudieron, estableciéndolas en su
país; desde allí, algunos indígenas escaparon hacia Colombia, pero
no todos retorna ron a sus lugares de origen; finalmente, otro
factor que contribuye a su actual dispersión reside en el
desplazamiento que se nota por estos años hacia regiones próximas a
poblaciones 'blancas' y a ellas mismas, acción que permite un mejor
desempeño laboral acompañado, claro está, de mayor deculturación.
De no tomarse medidas apropiadas, estos últimos desplazamientos
continuarán incubando cinturones de miseria en las nuevas ciudades
amazónicas en donde el indígena es marginado.
Los limites de esta diáspora tocan en la actualidad puntos tan
alejados como Leticia, Puerto Leguízamo, Florencia y Araracuara,
incluyendo algunas localidades peruanas. Puede estimarse que las
naciones Uitoto y Muinane contaban con unas 50.000 personas a
finales del siglo XIX y con un radio de influencia cultural de
centenares de kilómetros. Su último gran hábitat, desde donde se
inició su actual dispersión, estaba constituido por el curso
superior del río Igaraparaná, para los uitotos y las sabanas del
río Cahuinarí, para los muinanes. En sus tradiciones se habla de
una procedencia oriental y algunos de sus mitos hacen referencia a
una cultura de várzea.
La distribución que encontraron los viajeros del siglo pasado y
comienzos del presente de estas etnias es ya distinta de la que
tuvieron presumiblemente en los siglos XVI y XVII. La penetración
Karib, etnia que a la llegada de los conquistadores europeos se
encontraba en franca expansión, tocó áreas del río Caquetá y entró
en conflicto con los pueblos en cuestión desplazándolos más hacia
el sur y confinándolos en zonas intermedias entre el Caquetá y el
Putumayo. La predación de los karibes fue tal que todavía hoy se
narran crónicas en las que éstos aparecen como temibles guerreros,
que aun en número ínfimo eran capaces de poner en fuga grandes
contingentes de "uitotos" a quienes aprisionaban para
intercambiarlos por mercancías con los comerciantes 'blancos'. Los
uitotos y los muinanes hicieron lo propio a escala interétnica, o
guerreando con otras naciones. Hubo clanes que se especializaron en
ello.
El que muchos de estos grupos consideren como su lugar de origen
(mítico) a tal o cual punto comprendido dentro de su actual
territorio, no constituye prueba de una residencia muy larga, tanto
más cuanto no existe acuerdo entre los diversos clanes acerca de
ese mismo lugar. No se ha de olvidar la tendencia a legitimar el
territorio ocupado "trasladando tradiciones". Al aseverar que tal
accidente geográfico fue el sitio de ocurrencia de tal episodio
mítico, bien pudo darse una traslación de nombres de lugares
haciendo que las aventuras de un héroe fueran referidas al nuevo
hábitat. Es bien conocida la utilización del mito como codificador
del territorio tribal. Todo esto plantea necesariamente un problema
sobre el cual se ha reflexionado mucho en el viejo mundo, pero poco
a partir de los corpus amerindios: se trata de investigar el
fenómeno que implica el paso del acontecimiento histórico a su
codificación mítica (Urbina, 1977: 25 y ss.) con el fin de
desglosar las estructuras y procesos puestos en juego. La línea de
solución ha de cimentarse, primero que todo, en el rastreo y
recopilación de aquellas crónicas de acontecimientos que aún tienen
testigos directos o no muy mediatizados. A esto se debe agregar el
seguimiento de las sucesivas versiones. Para los casos uitoto y
muinane he podido recoger varios relatos en los que ya se nota un
proceso de mitificación en que el personaje histórico es poco a
poco asimilado a un héroe legendario. Sólo un volumen grande de
estos relatos y su rastreo sistemático podría permitir, quizás, una
aproximación al establecimiento de una secuencia de mitologización,
medida en términos generacionales. Por otra parte, la situación
actual (1981) de las etnias amazónicas y la avalancha del
narcotráfico -cuya bonanza se calcula en un lustro más-, dará una
oportunidad extraordinaria para dilucidar algunos de estos factores
teóricos, por el papel preponderante que desempeña la coca en los
aspectos tanto cotidianos como extraordinarios. Igual podría
hacerse, y ya con una perspectiva temporal mayor, con el
traumatismo que implicó la explotación cauchera, si bien la ventaja
del acontecer actual es la de poderlo seguir, en tanto que el
período siringuero no es reseñable directamente. Entre los
investigadores colombianos son notables los aportes de Pineda
Camacho al respecto, en especial sus trabajos sobre la mitología de
los andokes (1975).
El sistema mítico de estas comunidades, parapetado principalmente
tras la defensa que constituye la lengua vernácula, contribuye a
mantener la identidad cultural. Pero el reducto no es inexpugnable.
Por un lado, el abandono acelerado de la lengua paterna conlleva,
en buena parte, el olvido de la tradición oral. Cuando un mito se
dice en otra lengua (sobre todo de tronco lingüístico y horizonte
cultural muy alejados) y fuera de las circunstancias estrictas que
lo contextualizan, pierde en gran medida su función esencial,
transformándose generalmente en algo muy accidental, muy accesorio.
El mito es mito en el sentido pleno, con toda su resonancia, sólo
dentro de la constelación ritual que le confiere esa plétora de
significación. Fuera de su contexto tendremos una sombra, un
esquema, una representación que bien puede ser útil pero carecerá
de la fuerza avasalladora del origen, de la capacidad de recreación
que posee el discurso cuando tiene lugar dentro del contexto
significativo total: la cultura respectiva, ese complejo y sui
géneris tejido de rituales.
De otra parte, la predicación de religiones pertenecientes a
otra constelación mítica, se está llevando cabo en la propia lengua
de los adoctrinados. La proliferación de versiones -dinámica vital
del mito- se cambia por la versión única, escrita, en que las
significaciones son alteradas y reemplazadas, no dentro de los
procesos propios de la transculturación no planificada que ha
existido siempre, sino mediante la calculada logística de una
imposición transnacional (Instituto Lingüístico de Verano). Es el
afán masificador, la esencia de todo fanatismo, de todo
totalitarismo, la dinámica de la actitud excluyente en contra de
esa apertura hacia lo total, entendido como conjunto de versiones:
la universalidad, forma propia de la actitud incluyente, que acoge
sin tratar de hacer de todo el propio reflejo.
2. En torno al mito
El mito como problema tiene una larga historia: la de hombres
que lucharon y se sacudieron los prejuicios que impedían captar lo
que constituye y significa esta dimensión humanizante.
Retomando a W. Otto (1968: 25), el gran filólogo helenista -el
último griego auténtico, en cuanto creyente de los Bienaventurados
del Olimpo-, para los antiguos el
|mŷthos es la palabra
que habla de lo real, en tanto que el
|lógos es la palabra
que habla de lo pensado. Lo real por excelencia estaba asimilado al
mundo de lo divino, de ahí que cuando el discurso del
|lógos
ocupó la primacía, nutriéndose de la crisis de la religión
-coyuntura en la que intervinieron múltiples factores políticos,
sociales, económicos...-, convirtió al
|mŷthos en
sinónimo de mentira, de carencia de rigor. Los mitos fueron tenidos
poco a poco como la negación del filosofar, de la ciencia, del
pensamiento serio. Sólo podían ser ficciones hermosas. Los sistemas
filosóficos elaborados por los griegos, y que aún perviven,
pretendían desligarse del mito. Creyeron lograrlo y sólo
consiguieron ir apuntalando pseudomitos, esos presupuestos
absolutos, cerrados que tanto enorgullecen al cientificismo,
opuestos a la auténtica actitud mítica que permanece siempre
abierta a un rango de posibilidades mayor a aquel al cual se abre
la llamada actitud racionalista. Esa forma nueva de constelar el
pensamiento, muy diferente a las conocidas hasta ese momento,
unidas a las victorias políticas sobre los imperios orientales,
terminaron por hacer de los griegos un mundo muy especial. Estas
consideraciones generaron en los estudiosos europeos la idea del
"milagro griego": la aparición insólita de una cultura dentro de un
contexto 'conformado por otras que eran vistas como su
negación.
Andando el tiempo, las mismas actitudes científicas, elaboradas
dentro del espléndido edificio de la civilización europea,
terminaron por relativizar ese "milagro griego" en una autocrítica
que todavía no ha dado todos sus frutos pero que ya ha permitido
desarraigar hondos prejuicios.
Las culturas se fraguan con base en síntesis. Así nació la
civilización occidental. Europa resultó de la gran confluencia del
mundo grecorromano, del mundo hebraico y del mundo bárbaro. Pero, a
partir de los grandes imperios coloniales, occidente dejó de
sintetizar en el sentido pleno y se dedicó a esquilmar. Lo visto
desde entonces es un peligroso ensimisma miento, un narcisismo
cultural que ha llevado a avasallar, a irrespetar todas las
culturas diferentes, tratando de uniformarlas para así multiplicar
por todas partes el propio rostro. Se ha llegado a esta situación a
fuerza de adoptar una actitud simplificadora, muy útil cuando se
trata de dominar, antagónica cuando se trata de comprender. El
lema: simplificar para ser eficiente.
Para decirlo de una vez, el mito o, mejor aun, la actitud mítica
es esa estructura fundamental del hombre que lo impulsa y le
permite establecer conjuntos. Es la estructura básica elaborada a
partir de experiencias que al establecer relaciones cada vez más
vastas y complejas -proyectil que lo liga a la distancia- se fue
convirtiendo poco a poco en su forma propia de ser. A fuerza de
relacionar para sobrevivir, el hombre terminó por concientizar esa
relación al punto de hacer del ámbito humano una dimensión
dialogante que hace posible el encuentro y la interrelación,
permitiendo, incluso, que las realidades no humanas entraran en ese
mismo ámbito dialogal en que el avecinarse y el reconocer la
diferencia constituye la base del vivir, del ser. A fuerza de
cercanías y distanciamientos el hombre descubre, por fin, que su
existencia depende del conjunto de los seres. Termina por plasmar
en sus mitos, frutos de su experiencia y estructuradores de la
misma, un sistema abierto nutrido no por reducciones sino por
complementaciones humanizantes.
Pero frente a la mitopoiesis se yergue un estilo de filosofar
-una 'mentalidad' como la llamaría Lévy-Bruhl, o un sistema de
pensar, como se diría hoy- en extremo simplificador y reductor,
excluyente, que lejos de afirmar la diferencia como requisito del
diálogo, la admite, sí, pero elaborando una escala de valores en
que lo bueno es lo propio y lo malo es lo diferente. Es el monólogo
con apariencias comprensivas, la unilateralización del diálogo.
La situación hoy es, por demás, compleja en relación al mito y a
las culturas consideradas como mitologizantes. Una elite científica
ya no encuentra diferencias esenciales -aquello de la mentalidad
prelógica o infantil- entre la actitud mítica con sus realizaciones
y la llamada científica. Lévi-Strauss, con su monumental obra,
termina por asestar el golpe definitivo al viejo prejuicio. Al
mostrar que el mito es un instrumento lógico", riguroso, da la
posibilidad plena de afirmar la existencia de un pensamiento
filosófico dentro del mundo arcaico, el cual se sistematiza sin la
arbitrariedad que se creía poder endilgarle cuando el rigor de sus
estructuras era insospechado.
Sin embargo, las grandes masas que se nutren de los desechos
(prejuicios) de la civilización auténtica (progresión
diversificadora, polifacética e integral de lo humano) siguen
empotradas en sus antivalores, entre los que campea el desprecio
hacia las culturas aborígenes en donde el mito está ostensiblemente
vivo; sin camuflajes. A esa masa informe de gentes que viven aún de
los prejuicios supuestamente racionales, deshumanizadores, propios
de la cultura occidental, pertenece la casi totalidad de los grupos
dirigentes de los países poliétnicos, en cuyas manos reposa en
buena parte el destino final de las marginadas sociedades
mitopoiéticas. Ellos son los encargados de homogeneizar las
culturas. Su propósito es bien conocido: la negación de lo peculiar
es el camino para anular la posibilidad real de confrontación, de
comparación.
Por fortuna en Colombia grupos cada vez más numerosos y
concientizados, pertenecientes a las minorías étnicas, se organizan
regional, nacional e internacionalmente en defensa no sólo de su
tierra -sin ella no hay cultura indígena- sino de su derecho a ser
como quieren ser. Es el derecho a estar en y a fraguar la
diferencia. Dentro de las terribles circunstancias que afrontan,
sobrevivir es ya una victoria.., y no sólo sobreviven: avanzan.
3. La mitología de los uitotos y
muinanes
Las mitologías de estos pueblos - son por excelencia las
'culturas de la palabra'- son extraordinariamente ricas, complejas
y todavía vividas profundamente, lo cual comunica a su actividad
cotidiana un polifacetismo que contrasta con la forma
simplificadora e indiferente como concibe el hombre común sus
relaciones con el entorno social y natural. Me refiero a ese hombre
atrapado por el círculo de cosas de la civilización occidental que
es tan poco mitolatris, término que tomo de El Nacianceno, aquel
Padre de la Iglesia que llamaba así al cristianismo, equiparando
mito y logos.
Si bien existen términos para referirse al relato en sí
|(bákaki
|
1
|,
igai), entre los uitotos se da la palabra que alude a una
dimensión dentro de la cual los relatos cobran plenitud de sentido.
Se trata del término
|ráfue, cuya etimología es: ra = cosa y
|fúe = boca,='cosa salida de la boca'= palabras de consejo,
tradición.
El
|ráfue es un sistema de vivir, un camino de vida donde
todo entra en un conjunto que da razón de cada una de las partes y
actividades. Es algo cosmológico. Esa profunda interrelación entre
la palabra y la vida, como obraje total, es percibida por el
indígena no deculturado quien hace de su existencia una plétora de
sentido, por cuanto cada una de sus acciones está referida a ese
conjunto global que la llena de significación. Es el oficio
totalizante, profundamente sistematizador, aunque siempre abierto,
del mito.
Si hay algo con que el
|ráfue se pueda comparar en
occidente sería con la liturgia católica anual, sólo que en el caso
de las naciones amazónicas aludidas habría necesidad de hablar de
una liturgia generacional, por tener un cubrimiento muy amplio en
el tiempo, jalonado por el hecho de la trasmisión por parte del
dueño de una determinada tradición
|(ráfue) y la capacitación
para manejarla por parte del recipiendario y continuador. Debido a
su extensión y complejidad se requieren muchos años de arduo
aprendizaje. El
|ráfue es no sólo un sistema de sabiduría
estructurador de toda la experiencia cultural; es también un
ejercicio pragmático inmediato, que incluye especialmente los
rituales ('bailes') que orientan la cotidianidad. Bien lo afirmaban
permanentemente los abuelos Belisario Jichamón -nucleador de los
uitotos de El Encanto, luego de la diáspora- y el abuelo muinane
Don José García; ellos decían cada vez que les preguntaba por el
sentido del
|ráfue: "eso es cosa de Baile" (así mismo, en
Preuss, 1921-1923: 742). Sólo que los Bailes para estos grupos son
los ritos que jalonan la vida de los sabedores, de los grandes
conductores espirituales de los clanes, y por ende sus ciclos
resultan estructurando la cotidianidad social. En los informes
obtenidos por Preuss sobre la tradición de la fiesta Okima, se
muestra claramente cómo la vida de la comunidad se desarrolla en
función de los Bailes (op. cit.: 637-638). Hoy día se nota una
creciente decadencia en la preparación y realización de estas
ceremonias que no es más que el resultado de la paulatina
atomización social que viene dando al traste con la vida
comunitaria.
Parece ser que cada uno de los clanes, en los que se diversificaban
estas grandes naciones, poseía un
|ráfue, o una manera propia
de realizarlo, compartiendo con otros la tradición básica. Hoy se
habla de tres
|ráfue principales cuyos íconos centrales son:
el
|úuiki, bola de caucho para el juego de pelota, símbolo
del corazón del Padre Creador; el
|júai, maguaré, pareja de
tambores sagrados, voz de los ancestros, y el
|yáadiko = palo
cimbrador, resonador, generador, ícono de la Culebra-ancestral. Los
últimos se vinculan con la tradición amazónica de la Canoa-anaconda
y de la Serpiente-humana. Cada uno de ellos y en su interrelación
complementaria, fraguan caminos de vida y sabiduría que conducen y
dan sentido a la existencia del grupo, constituyéndose en su apoyo
y en defensa contra sus opositores sociales o cósmicos.
El trato con el
|ráfue es en extremo peligroso. Se
requiere una gran potencia psíquica para manejarlo. La preparación
de quien lo recibe ha de ser muy cuidadosa, pues queda como
responsable y administrador de la potencia vital del grupo, que ha
de confrontarse siempre y continuamente en el diálogo con las otras
fuerzas administradas por otros
|ráfuema (hombres dueños del
|ráfue, sabios). En la coreografía de esta danza cósmica
entran otras potencias, aquellas mantenidas, controladas y
usufructuadas por los dueños de plantas y animales y por los amos
de infinidad de otros sectores y entes naturales como pueden ser
las estrellas y los raudales.
Dentro de la impresionante diversificación mitológica de los
pueblos amazónicos, se dan algunas líneas comunes. La idea
dominante (Reichel, 1968: 33 y ss.), expresada de múltiples
maneras, es la de concebir la realidad como un complicado juego de
relaciones en donde la energía total se reparte entre los
diferentes grupos de seres conformadores del mundo. El cosmos
resulta un equilibrio de fuerzas. El hombre debe ocupar su puesto;
los animales y plantas el suyo. El intercambio energético es la
clave del equilibrio. La vida plena es armonía. En ningún momento
el hombre amazónico -el no deculturado- reclama el ilusorio puesto
de ser el 'señor de lo que existe'; en cambio, se percibe como un
interlocutor en igualdad de condiciones. Sobrepasar su esfera
confluye en su aniquilación como individuo y como grupo tribal.
Sólo el chamán -esa síntesis de diálogos-, luego de capacitarse
tras ardua labor de asceta, puede transformarse y divagar por las
diversas regiones de lo real total: la sumatoria de los universos.
Así lo dicen los mitos. Así lo viven los hombres construyendo sus
mundos.
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1
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E vocal alta central o posterior no labializada.
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