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CRUZANDO EL TAPON DEL DARIEN:
UNA VISION DE LA ARQUEOLOGIA DEL
ISTMO DESDE LA PERSPECTIVA COLOMBIANA
WARWICK BRAY
Institute of Archaeology, University
College London
Traducción:
ADRIANA ARIAS DE HASSAN
En este artículo no pretendo hacer un repaso exhaustivo de la
arqueología colombiana. Mi propósito es analizar los aspectos de la
prehistoria colombiana que influyeron sobre los desarrollos del
Istmo y proponer al mismo tiempo un modelo para describir la
naturaleza de la relación entre estas dos áreas.
El objeto de mi interés son las tierras bajas que se extienden
desde Urabá hasta Venezuela (Figura 1). Mi punto de partida es la
situación descrita por los cronistas españoles del siglo XVI, ya
que creo que, tratándose de un modelo antiguo, sirve para
interpretar los datos puramente arqueológicos de períodos
anteriores -aunque sea sólo porque pone de manifiesto las
dificultades y limitaciones de la evidencia-.
El Caribe colombiano en el siglo
XVI
En 1502-1504, el golfo de Urabá era el epicentro de una red de
comercio que unía al Istmo con las regiones del Caribe y las
cordilleras colombianas. Los brazos altos del sistema del río
Tuira, al Oriente de Panamá, son rutas convenientes para llegar a
Urabá y al río Atrato el cual, a su vez, da acceso al interior de
Colombia. Los tributarios del Atrato, y también los del río León,
han sido las rutas de entrada a Antioquia y al valle del Cauca -al
gran centro de explotación aurífera de Buriticá y al pueblo de
orfebres de Dabeiba (Parsons, 1967; Bray, 1972)- y, más adelante
por el Cauca, hasta la zona Quimbaya, cuya orfebrería ejerció una
influencia sobre los estilos del Istmo antes del año 1000 de
nuestra era. Al Oriente de Urabá, el golfo está separado del
drenaje del río Sinú únicamente por algunas alturas menores, sin
que exista realmente un obstáculo para la comunicación a lo largo
del Litoral Caribe.
El oro era un artículo importante de comercio. En una carta
escrita en 1513 al monarca español, Núñez de Balboa comentaba:
"Todo el oro que llega a este golfo (Urabá) y todo lo que
los caciques poseen en esta región, proviene de la casa del cacique
Dabeiba". Otro cronista, Cieza de León, anotaba que los
mercaderes profesionales del Sinú tenían tratos con el interior y
que aparte del oro, existía un intercambio floreciente de esclavos,
pescado, sal, tela de algodón y pecaríes vivos. Las piezas
arqueológicas revelan que el oro Sinú se exportaba incluso hasta
Costa Rica. El conocimiento esotérico, tal como lo sugiere Helms
(1979), pudo también haber sido otro producto de intercambio entre
Colombia Panamá.
Vale la pena señalar que la mayoría de los productos de la lista
anterior no dejan ninguna huella arqueológica y que la cerámica
sencillamente no figura en ella. La única referencia que he
encontrado con relación al comercio de cerámica es un comentario de
Peter Martyr (Drolet, 1980: 13) en el sentido de que el cacique
Comogra, del Atlántico panameño, obtuvo collares y elementos de
alfarería de sus vecinos de Oriente, los caribes, a cambio de
alimentos y esclavos.
Una segunda región en la cual se cruzaban los caminos era la
Depresión Momposina, una cuenca amplia formada por terrenos
aluviales, lagunas de poca profundidad, meandros y caños, donde
desembocan en Magdalena sus afluentes el San Jorge, el Cauca y el
Cesar. El sistema fluvial colombiano une buena parte de las tierras
bajas del Caribe. Al Occidente, las cabeceras del San Jorge casi se
unen con el alto Sinú. Al Oriente, el río Cesar constituye la ruta
tradicional de entrada a Venezuela pasando por el Sur de la Sierra
Nevada de Santa Marta para llegar a la cuenca de Maracaibo. Durante
la Conquista, esta ruta sirvió para transportar sal y pescado desde
Maracaibo, a cambio de objetos de oro producidos en la región de
Valledupar (Sanoja, 1966: 235-238).
También el Magdalena es la ruta principal que une a la Sierra
Nevada y a la costa Atlántica con los reinos de los muiscas
ubicados en un altiplano de la cordillera Oriental, a una distancia
de más de 7 kilómetros. Los grupos del altiplano aportaron a este
sistema de comercio sus esmeraldas, telas de algodón y bloques de
sal. En la dirección contraria, la sal de la costa de Santa Marta
llegaba hasta una distancia más de 70 leguas río arriba y las
conchas marinas llegaban incluso has las aldeas de los muiscas. Tal
como lo consignara fray Pedro Simón, los muiscas "se
hacían a ellas [las conchas] al pasar éstas de mano en mano a
precios muy elevados". Esta expresión nos da una idea del
mecanisrno de contacto entre las diferentes zonas culturales.
Al igual que la conexión de Urabá, la ruta. del Magdalena eq
antigua. Las esmeraldas de los musicas ya habían llegado hasta
Siti Conte (tumba 26) hacia el período Coclé tardío (Lothrop,
1937: Fig. 180: y en las localidades productoras de sal de Nemocón
y Zipaquirá SI encuentran algunas de las primeras ocupaciones del
período cerámico di la cuenca de Bogotá (Cardale-Schrimpff,
1976).
Reuniendo toda la información sobre trueque podemos establece
los límites de nuestro estudio. Los grupos que habitaban al norte
de un: línea trazada desde el Bogotá moderno hasta Armenia tenían
-aunque indirectamente- contacto con el Istmo, mientras que quienes
habitaban a sur de esa línea no lo tenían. Si aplicamos el mismo
principio a la frontera norte, la resultante es una esfera de
interacción ístmica que se extiende desde Yucatán hasta el centro
de Colombia (Bray, 1977).
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