|
INDICE
|
|
Balboa recorre, sin tregua, desde 1510, las comarcas de Urabá y
Darién, en pos de las ponderadas minas de oro de los indios, hasta
encontrarse con las tranquilas aguas de la Mar del Sur. El cadalzo
que troncha intempestiva y cruelmente su existencia promisoria, se
alza, por vez primera, inclemente y arbitrario, en las playas de la
Tierra Firme. y éste seguirá rondando como sino fatal entre los
nuevos colonos, en tanto que la reacción de los nativos contra la
violencia conquistadora, y la agresión climática, arruinan por
completo la lujosa armada enviada por el rey Fernando, al mando de
Pedrarias, el primero y más serio intento colonizador de España en
la América continental.
Bastidas apenas sí tiene tiempo de desembarcar en la hermosa
bahía de Santa Marta, en 1552, para escalar, casi inmediatamente,
los inclinados escarpes de la Sierra y arrancar del cuerpo de los
taironas la deslumbrante joyería que vestían, no por boato, sino
como talismán que los protegía de los enemigos ocultos e
insospechados. El fruto infortunado de su ambicioso afán, lo
encontraría en la envidia y deslealtad de varios de sus compañeros,
que terminaron por blandir en contra suya los puñales asesinos.
Heredia emprende, a partir de 1533, la fundación de Cartagena y
la intensa exhumación de las suntuosas tumbas de los tres zenúes,
con halagadores resultados, pero corre a la postre con la afrenta
pública de soportar por largos días el grillete que le ciñera un
juez de residencia, por dolosa ocultación de buena parte de tales
desentierras.
Más de veinte años atrás, el primer descubridor de nuestras
costas, compañero que fuera de Colón en su segundo viaje, Alonso de
Ojeda, había estado a punto de perder la vida, al ser atravesado
por la flecha envenenada del feroz turbaco, que le impedía el
acceso a la riqueza aurífera de las tierras del Sinú; escapado
milagrosamente, tuvo sin embargo la tristeza de ver caer en el
sangriento encuentro al valiente Vizcaíno, hábil piloto y consumado
cosmógrafo y cartógrafo, cuando éste terminaba apenas de trazar el
perfil aproximado de nuestros litorales.
Lo que ocurrió en las costas, se repite en la arriesgada empresa
de la conquista del interior continental. Su itinerario forja una
historia igualmente tormentosa, llena de sobresaltos y de
dificultades, que sólo vencen la misión de la Cruz y la esperanza
de llegar hasta las explotaciones mineras de los naturales, en la
medida que se arranca a éstos el secreto de la ubicación de sus
yacimientos. Este poderoso estímulo derrota la desesperada
resistencia de las tribus y avanza el nuevo poblamiento hasta
llegar a los más apartados rincones de nuestro mundo andino. La
rosa de los vientos que lo orienta, apunta justamente hacia las
ricas minas de aluvión o hacia la veta oculta de la montaña que
guarda el oro, la sal, el cobre y el verde de las esmeraldas.
Con tal deterioro y desconcierto en los establecimientos de los
naturales, su población se diezmó alarmantemente en poco tiempo: lo
que antes fueran campos cultivados que rodeaban numerosos y
pintorescos bohíos, se convirtió, en muchas regiones, en erial que
denunciaba la arrasan te violencia y la crueldad de la conquista.
Lo sucedido aquí y en otras provincias del Nuevo Mundo, provocó la
encendida y airada protesta de Las Casas, cuyo extenso memorial de
agravios, que el dominico intituló, desafiante,
"Destrucción de las Indias", obliga a la corona a
abogar por un mejor trato con los naturales y a intentar un cambio
en el sistema de explotación de las colonias. Con la expedición de
las llamadas "nuevas leyes" ya no se echará
impunemente a los nativos a los profundos socavones de las minas,
ni se cargarán sus curtidas espaldas con los pesados fardos, por
caminos largos e intransitables. Pero se acentúa, en cambio, la
monstruosa injusticia contra los grupos de color y con ello la
vergüenza histórica de la denigrante esclavitud, que entonces
explotaban despiadadamente Portugal y otras naciones. Empero,
España sale absuelta frente a la tragedia indígena, por la
cristiana intención de sus monarcas, manifiesta en millares de
reales cédulas, entre las cuales se interpone, sin embargo, el
anchuroso mar que dificulta su adecuada vigencia y
cumplimiento.
Bajo la égida de Carlos V, se afianzaron los polos de
explotación minera en el territorio del Nuevo Reino de Granada y en
sus provincias aledañas, siguiendo la ruta de las zonas donde los
indios lograban su adecuado beneficio: Pasto, en los ubérrimos
campos quillacingas; Popayán, en los contornos del valle de Pubén;
Cali, asentada en los dominios de mes y gorrones; Cartago (hoy
Pereira), en el centro de las tierras de los consumados orfebres
quindios y quimbayas; Anserma, en las faldas que caen sobre Umbría,
Santa Fe de Antioquia, en las orillas del Tonusco, no lejos de las
doradas vetas del cerro de Buriticá; Pamplona, en agreste recodo de
la cordillera Oriental; en fin, Santa Fe de Bogotá, en los dominios
del imperio de los muiscas, desde donde partieron, colmados de
esperanzas, capitanes y soldados españoles a descubrir las minas de
esmeraldas del señor de Somondoco, a donde llegaron después de ver
arder, a su despecho, el espacioso templo y con él todas las
riquezas que guardaba con devoción y con respeto en homenaje al sol
el venerado Sugamuxi.
Descolgándose luego por el versante escarpado de la montaña,
hacia las ilímites llanuras orientales se empeñaron en la delirante
búsqueda del imaginario "Dorado", que aniquiló
huestes enteras de sufridos indios, antes de que lograsen salir, al
fin, al campo yermo y casi desolado, que el capitán Jiménez de
Quesada, después de tan duras experiencias, denominara con razón
"Valle de las tristezas". Una vez más, el sino
del infortunio -y casi pudiéramos decir que vengativo- que traía
para los colonos europeos el oro de los indios, seguía rondando en
el ámbito de buena parte de los territorios conquistados,
provocando rencillas, ocasionando largos y ruidosos pleitos,
sembrando los mares de piratas y corsario s y empobreciendo
paradójicamente a la metrópoli, cuando no sumergiendo la anhelada
remesa, después de desastrosos naufragios, en las profundidades del
Caribe, desde donde alienta todavía la ilusión, quizás quimérica,
de su rescate.
López Medel, el escritor de mediados del siglo XVI antes citado,
al registrar en forma crítica la ocurrencia de hechos y de
situaciones durante el tiempo de su gestión como oidor, nos pinta
así, con colores sombríos, el espejismo de la supuesta prosperidad
de la Península con el oro y las demás riquezas llevadas desde las
distintas colonias del Nuevo Mundo:
"Todo el oro y plata de las
muchas riquezas públicas y privadas que de las Indias para acá se
han traído, todas o las más han habido sucesos no prósperos, y se
han acabado y desvanecido como humo. Y sino, pregunto, de
cuatroscientos millones que se hallan ...transportados ...qué se
ha(n) hecho? Dónde está(n) o qué mayorazgos vemos en EspaFla de
este dinero hechos y establecidos? O qué tan más adelante está el
reino y la república de EspaFla con tántas riquezas?
|"Todo es deshecho como hacienda de duende, porque
hallaremos que por justos y secretos juicios de Dios, mucho de ello
se ahogó en el mar ...y parte robaron y se llevaron los piratas y
corsarios ...y lo que en salvamento escapó, en juego o en otros
malos usos se gastó, e por otros muchos caminos se deshizo, de
manera que podemos estar ciertos que no llegará a tercero heredero,
conforme a la sentencia divina, porque todo es sangre de indios y
sudor ajeno y con guerras injustas e crueles habido y ganado, por
medios tan ilícitos e inhumanos, que aun los gentiles y paganos lo
juzgaron siempre por malos"
|
2
|.
Las adversas circunstancias y el cúmulo de peripecias, no
desalientan sin embargo la tozuda ambición de los iberos, La
riqueza minera de los indios sigue explotándose durante centurias,
en un proceso lleno de riesgos, de sorpresas, de contradicciones,
en el que alternan la esperanza de los éxitos iniciales y el
desencanto final de ruinosos resultados, que consumen grandes
caudales del fisco y frustran el esfuerzo de numerosas empresas
particulares. Es la melancólica impresión que deja la lectura de
los informes de los mandatarios de turno, en los que se encuentran
interesantes observaciones económicas, algunas de las cuales
tendrían validez en los tiempos actuales. En la relación de mando
escrita para su sucesor por el virrey Guirior, año de 1770, es
decir, en las postrimerías de los tiempos coloniales, se habla
todavía de los problemas surgidos por el mal manejo de las reservas
de oro, que ocasionaban el desequilibrio de lo que podríamos llamar
la balanza de pagos de la época:
|"En este principio -escribe el virrey- estriba la
decadencia del Reino: no dando frutos en cambio de lo que recibe
por su consumo, es preciso que el poco oro que se extrae de sus
minas jamás permanezca en el Virreinato para darle vigor, sino que
brevemente, y casi sin la menor circulación, salga a la costa a
pagar los efectos y géneros de Europa, que entran en mayor
proporción de la que permiten sus facultades, ocasionándose dos
perjuicios: U/1O al comercio de Cádiz y particulares, que no
pudiendo expender lo mucho que traen, se ven precisados a darlo con
pérdida ó al fiado, quebrando después por no poder cobrar; y otro,
al común, que no sólo por lo barato suele comprar lo que no
necesita, introduciéndose un lujo perjudicial, sino que cada
registro es una real barredera que deja exhausto de dinero al
Reino, sin fuerzas para promover la menor empresa, e impotentes a
los particulares para adelantar en sus haciendas ó
negociaciones"
|
3
|.
Colombia tiene, pues, una larga tradición de pueblo minero, que
se remonta hasta la alta antigüedad aborigen y que llega hasta
nuestros días. Está bien que el Banco de la República se haya
comprometido en la laudable empresa de cultura del Museo del Oro,
en la que se consagra un emocionado recuerdo a estos admirables
orfebres, que inspirados en el mundo de las complejas creencias de
las tribus, transformaron el oro en símbolos que evitaron su
envilecimiento. Los lugares y zonas donde se cumplían su
explotación y beneficio, se transformaron, con la llegada de los
españoles, en la base de los nuevos establecimientos, los cuales
tienen, por lo tanto, gran significación en la historia económica y
social de los tiempos coloniales.
Pero este admirable museo, cuya fama alcanza ya al mundo entero,
es algo más que la exposición de deslumbrantes tesoros del pasado.
Sus colecciones se han convertido en objeto de investigación. En
tomo a ellas se congrega el interés de muchas gentes estudiosas,
para analizar científicamente los diferentes métodos metalúrgicos
empleados por los artífices indios, la integración de estas
manifestaciones en el ámbito de las diferentes culturas y sus
recíprocas asociaciones, su cronología. Este esfuerzo nos brinda ya
la explicación técnica de lo que antes se juzgaba como alquimia
misteriosa, casi fáustica, aprendida en la bruma de lejanos tiempos
prehistóricos.
Ahora sabemos cómo lograban rebajar el punto de fusión en cerca
de doscientos grados, mezclando el oro con el cobre en distintas
proporciones; la ingeniosa combinación fisicoquímica, que les
permitía obtener hermosas formas decorativas, mediante el proceso
de la granulación o soldadura por fusión; el no menos sorprendente
método del vaciado a la cera perdida, que al romper la tosca
envoltura de arcilla revela espectacularmente las áureas figuras;
el calibre casi milimétrico de las láminas martilladas en recios
yunques de duras y pulidas piedras; la mezcla de los cloruros de la
sal con la sílice de la arcilla, para endulzar el llamado
"oro viche", al lograr volatizar sus metaloides;
el lustre dado con sumo de las plantas oxálicas, que eleva en
apariencia la ley de la tumbaga, en fin, la riqueza decorativa de
los distintos tonos de la oxidación en las figuras cobrizas; el
engarce y el ensamble.
Los investigadores del museo han continuado así la laboriosa
tarea que desde mediados del siglo XIX y primeras décadas del
presente emprendieran Ezequiel Uricochea, Liborio Zerda, Vicente y
Ernesto Restrepo, Rivet, Arsandaux, Pérez de Barradas, Hemández de
Alba, Bergsoe y tantos otros que revelaron al mundo científico el
alto significado de esta herencia de nuestro pasado aborigen. Queda
empero una ardua labor por adelantar, apenas sí iniciada, la
interpretación del mensaje de los símbolos de las distintas
representaciones, que nos permita acercamos al intrincado mundo de
su magia y de su religión.
El Museo del Oro enaltece aun más la gran tarea cultural que
cumple el Banco de la República y estimula en forma halagadora el
estudio científico de la tradición precolombina. Con tan fecundas
realizaciones, que es el afortunado balance de su medio siglo de
existencia, merece el reconocimiento de la nación y en especial de
la comunidad antropológica de Colombia.
|
2
|
Tomás López Medel. Op. cit., pág.
374.
|
|
3
|
Relaciones de Mando. Biblioteca de
Historia Nacional, volumen VIII, págs. 143-144.
|
|