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RECONSTRUYENDO EL PASADO EN CALIMA
RESULTADOS RECIENTES
MARIANNE CARDALE DE SCHRIMPFF
WARWICK BRAY
LEÓNOR HERRERA
Han pasado cinco años desde la aparición de la última reseña
extensa sobre la región Calima (Herrera et al, 1984). La
publicación de un número del Boletin del Museo del Oro, dedicado a
la arqueología de Calima y regiones vecinas, es una ocasión
apropiada para examinar los logros de estos últimos años y para
comparar el estado de nuestros conocimientos en aquel entonces con
los de hoy en día.
Está amado, en gran parte, el marco general de cronología y
periodización; nos encontramos ahora ante la fascinante tarea de
ponerle cuerpo al esqueleto. Podemos, finalmente, permitirnos el
lujo de escribir sobre aspectos específicos de una determinada
cultura, tales como sus nexos con vecinos emparentados del mismo
período por ejemplo, Bray, Gahwiler-Walder, Rodríguez, quienes
investigan varios aspectos de lo que Bray propone llamar
"la tradición" o "serie
Sonsoide") o como ciertos aspectos de la cultura material
por ejemplo, el articulo de Cardale de Schrimpff et al. sobre la
orfebrería llama y sus diferencias con la orfebrería Yotoco, mucho
más conocida). Estos logros han sido posibles gracias a
circunstancias favorables que han permitido ovarios arqueólogos
investigar sobre la región durante períodos prolongados
|1
.
Quizás el suceso más importante en los últimos años ha sido la
documentación de una ocupación precerámcoa en la región. Hasta hace
relativamente poco, el único indicio era una punta de proyectil
hallada en el municipio de Restrepo (Reichel-Dolmatoff, 1986: 36),
la cual, según la opinión nuestra y de Correal (com: pers.) podría
corresponder al Holoceno temprano. Aunque se buscaron sitios de
este período, no existen en la zona los abrigos rocosos que, en
otras regiones del país, son tan valiosos indicadores de
asentamientos de este período. En el año 1985 Héctor Salgado y su
equipo, encontraron en el curso de sus excavaciones en El Pital, en
el Calima Medio, dos estratos precerámicos que se formaron
alrededor de asentamientos al aire libre con fechas del sexto y
tercer milenio antes de Cristo. En éstos hallaron, además, una
clase de artefacto que posiblemente se utilizó como azada y que ha
resultado ser muy característico del precerámico de toda la
región.
Como ocurre con frecuencia, una vez descubierto el primer sitio,
pronto aparecieron otros de este período, identificados por la
cáracterística "azada" y por la presencia de los
vestigios dentro de una capa de ceniza volcánica que es
geológicamente más antigua que los estratos con cerámica. Los datos
de dos sitios adicionales (Sauzalito y El Recreo) excavados en
1987, indican que la ocupación humana en la región se remonta hasta
principios del Holoceno (véase Gnecco y Salgado. Además, a juzgar
por los numerosos hallazgos fortuitos de
"azadas", esta ocupación fue relativamente
densa.
Las investigaciones en estos sitios se describen en Salgado
(1986 b y 1989) y en un informe preliminar sobre Sauzalito y El
Recreo de Herrera, Bray, Cardale de Schrimpff y Botero (en prensa).
Además, están ampliamente reseñadas en este Boletín por Salgado y
Gnecco quienes hacen comparaciones con "azadas"
similares de un sitio más al sur (Los Arboles cerca a Popayán) y
evalúan los complejos en relación con desarrollos contemporáneos en
el Area Intermedia. Son interesantes las marcadas diferencias entre
los artefactos de esta región de la cordillera Occidental con la
conocida industria Abriense de la Oriental.
Es de lamentar que, debido a la acidez de los suelos en los tres
sitios excabados, los restos óseos no se conserven. Se perdió así
la información tanto.sobre las especies de animales cazados y su
relativa importancia en la economía, como sobre los instrumentos
elaborados en este material. Los arqueólogos generalmente se
resignan a la pérdida de información sobre artefactos de madera o
textiles para esta época
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, aun cuando es enorme el
empobrecimiento y distorsión que sufre el reflejo del pasado cuando
se restringe a los objetos de piedra.
Gnecco y Salgado (en este volumen), enfatizan la "muy
simple tecnología lítica". Sin embargo, como la
interpretación de la prehistoria es una suma de aproximaciones, nos
gustaría presentar un enfoque alterno. Los habitantes precerámicos
del alto y medio Calima reconocían en la diabasa un material
apropiado para fabricar artefactos utilizados para cortar y raspar,
generalmente de aspecto burdo, pero, lo que era más importante,
efectivos y cuya elaboración requería un mínimo de tiempo. Aunque
la mayoría de estos artefactos no obedecían a ningún patrón
predeterminado, este sí era el caso con las
"azadas", elaboradas a partir de cantos rodados
de distintas rocas ígneas, especialmente diabasa y gabbro, que se
prestaban para modificaciones hábilmente efectuadas según un
concepto claramente definido. Si era preciso elaborar una versión
de superficie pulida tampoco faltaba el conocimiento de la
tecnología. Asimismo cuando era necesario un material apropiado
para retoques a presión
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, escogieron roca de grano fino
como la lidita que, en el caso de Sauzalito, fue traída en pequeñas
cantidades desde la formación Dagua, al otro lado de la falla de
Calima y a varias horas de camino (Herrera et al., en prensa).
Vista así, consideramos que la industria lítica de esta gente,
tal como la conocemos hasta ahora con base en el material de sólo
tres sitios, se puede comparar en términos bastante favorables con
la de muchas culturas del formativo o de épocas posteriores, si se
restringe la muestra en forma igual.
No podemos definir por el momento cómo se utilizaban las
intrigantes "azadas"; si como hachas, para
remover la tierra en trabajos agrícolas, o en la búsqueda de
tubérculos silvestres, o quizás para extraer almidón comestible de
los troncos de ciertas palmas (cf. Reichel-Dolmatoff, 1985: 156). A
medida que va creciendo el número de instrumentos documentados, se
amplía la gama de variaciones; actualmente se podrían reconocer
tres, aproximadamente contemporáneas (Gnecco y Salgado, este
volumen, Lám. (1?), nos. 1- 3), y una cuarta conocida solamente de
hallazgos superficiales (ibíd. Lám. (1?), nos. 8 y 9 ?).
Sea cual fuere su utilización, es para el período en el cual
estaban en uso estos instrumentos, que tenemos la primera evidencia
de agricultura en Calima. Granos de polen de maíz en el perfil de
polen de la hacienda El Dorado (GrN 13073: 4730 +/- 230 a.C.)
anteceden en dos milenios y medio la segunda ocupación precerámica
en El Pital y son solamente unos siete siglos más recientes que la
primera ocupación en este lugar; por otro lado, los estudios de
Botero sobre el estrato precerámico en Sauzalito sugieren que éste
corresponde a un terreno que fue cultivado en forma no intensiva,
en cuyo caso la costumbre de cultivar tendría una antigüedad mucho
mayor (Herrera et al., en prensa). Cuando tratamos de precisar su
inicio en los perfiles de polen del valle de El Dorado, encontramos
varios inconvenientes. Los estratos que representan el Holoceno
están muy compactados (Monsalve, 1985). Además las evidencias de
tala de bosques para siembras en pequeña escala, como sería de
esperar para el período Precerámico, estarían muy localizadas y no
se reconocerían fácilmente afuera de los límites de la antigua
huerta. El maíz no ha sido, generalmente, el primer cultivo
adoptado por agricultores incipientes, pero tendremos que esperar
los resultados de los estudios en proceso de Pearsall sobre las
semillas carbonizadas y Piperno sobre los fitolitos, para entender
mejor los primeros pasos hacia una agricultura estable en
Calima.
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El Período Ilama
Durante el primer milenio antes de Cristo existió en Calima una
sociedad cuyos logros artísticos la han hecho conocida nacional e
internacionalmente. Su base económica era una agricultura estable,
de acuerdo con la evidencia de semillas carbonizadas, polen y
fitolitos. La cacería habría desempeñado, sin duda, un papel
importante también, pero en los suelos ácidos los huesos
desaparecieron hace muchos siglos. Algún tipo de estratificación
social parece reflejarse en las diferencias en el tamaño de las
tumbas y en la cantidad y calidad del ajuar.
A pesar de los estragos infligidos en sitios llama por gentes de
culturas posteriores y del alto porcentaje de cerámica sin
decoración, a primera vista difícil de fechar, estamos aprendiendo
a reconocer sitios de vivienda de este período, los cuales se
conservan sobre todo cuando quedaron protegidos por la
sedimentación posterior. Dos sitios excavados, El Pita¡ (Salgado,
1986 y 1989) y El Topacio (Bray et al., 1988; Cardale de Schrimpff,
1987; Cardale de Schrimpff et al., s.f.) aportan información sobre
la vida diaria de esta gente aunque no se haya logrado encontrar,
dentro de las excavaciones, evidencia sobre la forma de sus
viviendas.
Estos sitios de vivienda nos han proporcionado casi toda la
información disponible hasta ahora sobre los cultivos de la época.
Tanto en El Pital como en El Topacio se encontraron semillas carbo
nizadas. En El Topacio la mayoría eran de maíz; tenían
características de la línea Chapalote/Nal Tel/ Pollo y eran,
probablemente, ancestrales a esta (Kaplan y Smith, 1988: 43). Se
encontraron también algunos fragmentos de fríjol común y un
fragmento de semilla, posiblemente de achiote (
|Bixa
orellana). La evidencia de los fitolitos (Piperno, com. pers.)
indica la presencia de calabaza o ahuyama (Cucurbita sp.), ,
arruruz (
|Maranta arundinacea L.) y especies de
Chrysobalanus. Los fitolitos de palmas eran abundantes y entre los
géneros identificados se encuentran ejemplares de Scheelea y
Elaeis. Aunque no se ha identificado la especie o especies
utilizadas en El Topacio, la descripción del padre Pérez Arbeláez
(1956: 581) sobre el cuesco (
|Scheelea butyracea (Mutis),
común en el departamento de Tolima, da una idea de la gran utilidad
que para el hombre pueden tener algunas de estas palmas
|4
.
En El Topacio hay evidencias de una ocupación sorprendentemente
prolongada; según las fechas de C 14 habría durado cinco siglos,
probablemente sin interrupción. Entre los factores que hicieron
posible tal continuidad estarían la fertilidad de los suelos debido
a su alto . contenido de ceniza volcánica y los recursos de los
arroyos y ríos como peces y tortugas; además, los bosques eran
todavía lo suficientemente extensos para albergar buen número de
animales de caza. La abundancia de animales y la variedad de
especies se reflejan en la cerámica zoomorfa de este período,
estudiada en detalle por Anne Legast (s.f.) quien ha logrado
identificar muchas de las especies representadas.
Se ha intensificado, a la vez, el estudio de la iconografía de
la cerámica antropomorfa (Bray et al., 1985: 3-9). Rasgos faciales
muy característicos nos acercan a los rostros de la época, mientras
que diversos detalles de las vasijas nos muestran, por ejemplo,
varias maneras de usar el cabello y algunas clases de collares
corrientes en aquel tiempo (p.e. Bray et al., 1985, figs. 2, 14).
Guiándonos por estas representaciones, podríamos concluir que a
pesar del clima relativamente fresco, se usaba pintura o tatuaje
corporal, más que ropa. Sin embargo, esta conclusión no es siempre
válida, como lo indican las figuras procedentes de otras culturas,
mejor documentadas, como es el caso de los tunjos muiscas, por
ejemplo. A veces encontramos, representados sobre las vasijas,
otros aspectos de la cultura material como lo que parecen ser
mantas, que cubren las figuras recostadas (p.e. Bray et al., 1985,
fig. 5 y Arango Cano, 1979: Lám. 29), un butaco (Bray et al., 1985,
fig. 6) y hasta una estera sobre la cual está sentada una mujer con
su bebé (colección particular).
El número y variedad de estas vasijas supone la presencia de
hábiles alfareros quienes empleaban sofisticados cánones
artísticos, en los cuales se combinan el naturalismo con la
estilización, mezcla para la cual es muchas veces difícil encontrar
la clave. Ejemplares muy característicos de esta mezcla son las
vasijas con doble vertedera y asa puente
("alcarrazas", en forma de barril (Bray, et al.,
1985, fig. 7); algunas tienen rasgos faciales humanos o, a veces
una figura de cuerpo entero, indicada por incisiones sobre el panel
delantero. Constituye, a primera vista, una representación en dos
dimensiones sobre una vasija, tridimensional. Sin embargo, un
examen más cuidadoso revela que el artista aprovechó esta
tridimensionalidad a su manera. En la parte posterior de la vasija,
opuesta a la cara, hay un pequeño panel rectangular con las líneas
paralelas incisas que son la forma característica llama de indicar
el cabello. Es probable que existan muchos ejemplares más de esta
clase, que por falta de conocimientos no podemos descifrar en la
actualidad.
Al lado de las representaciones netamente humanas o zoomorfas,
se pueden distinguir grupos de vasijas con seres fabulosos, o, más
probablemente, con representaciones de varios aspectos de un mismo
Ser Fabuloso, compuesto por elementos de varias especies,
principalmente felinos, murciélagos, serpientes y el hombre
(Cardale de Schrimpff, 1989). Estos seres atestiguan una actitud
hacia el mundo animal corriente todavía entre muchos grupos
indígenas, en la cual los límites entre hombre y animal no son
fijos; el hombre puede, en determinadas circunstancias,
transformarse en animal y el animal en hombre o, igualmente, en un
animal de distinta especie (p.e. ReichelDolmatoff, 1949-51: 261).
Se encuentra toda una gama de representaciones, desde aquellas en
las cuales el cuadrúpedo es más evidente (Lám. 1) hasta vasijas que
a primera vista parecen ser netamente antropomorfas, como sucede
con algunos canasteros en los cuales los elementos del Ser Fabuloso
son tan sutiles que pasarían desapercibidos fácilmente.
Generalmente, en la literatura etnográfica, encontramos que es
el chaman o "curandero" quien con más frecuencia
se asocia con el poder de transformarse en un animal, especialmente
en jaguar (p.e. Osborn, en prensa; Reichel-Dolmatoff, 1975; Roe,
1982). En este orden de ideas, es muy llamativo un grupo pequeño de
representaciones, dentro de la categoría de las vasijas con doble
vertedera y asa puente, con figuras recostadas (Bray, et al. 1985,
5, figs. 5 y 6). Aunque la mayoría de ellas muestran una figura
individual, se conocen tres ejemplares (M.O. CC 5609 y dos en
colecciones particulares) con una pequeña figura sosteniendo la
cabeza de la figura principal quien estaría dando a luz (el
ejemplar M.O. CC 5609, ilustrado por Bray et al.) o padeciendo de
alguna enfermedad (los ejemplares de colecciones particulares).
Aunque esta pequeña figura que estaría ayudando o curando el
personaje acostado, parece a primera vista humana en todos sus
aspectos, en los dos últimos casos encontramos un rasgo que señala
lo contrario -sus ojos redondos-. Según los cánones artísticos
llama los ojos humanos son siempre alargados, mientras que los
redondos se reservan para los animales. Es posible que nos hallemos
ante una representación de lo que Reichel-Dolmatoff (1988,
prefacio) ha llamado "los grandes temas milenarios de la
mentalidad indígena", una representación que dataría del
primer milenio antes de Cristo, del chamán que puede asumir la
forma y poderes de ciertos animales.
Poco a poco se ha podido estudiar varias clases de objetos, la
mayoría encontrados en tumbas, que en 1983 se conocían sólo por
descripciones. Hemos visto una amplia gama de adornos personales,
generalmente poco frecuentes, lo que indicaría que su uso habría
estado restringido a alguna clase de elite. Los adornos de aro se
describen en otro artículo en este Boletín y las figuras
antropomorfas en piedra verde están claramente relacionadas con
algunos de ellos.
Si bien desde tiempo atrás se conocían reportes sobre la
presencia de cuentas de collar de cuarzo, en tumbas tanto llama
como Yotoco, no se sabía aún, a ciencia cierta, si existían
diferencias entre ellas
|5
. Por esto es de gran
importancia el hallazgo reciente de un collar de este material en
Samaria, durante las excavaciones emprendidas por los arqueólogos
Héctor Salgado y Carlos Armando Rodríguez (este volumen). Este se
encontró con una vasija llama (con doble vertedera y asa puente y
pintura negativa negra sobre rojo) y estaba compuesto por doce
cuentas, relativamente largas, delgadas, de tamaños graduados, de
2.5 cm de largo por 1.4 cm de ancho en promedio, y con
perforaciones en forma de reloj de arena, ejecutadas
cuidadosamente. Estas cuentas componen un collar corto y de forma
elegante, que contrasta con los que conocemos del período
siguiente. Los últimos se caracterizan, generalmente, por ser de
cuentas grandes, más anchas que largas, y por su enorme tamaño;
asumiendo que fueran utilizados como collares, llegarían hasta más
abajo de la cintura y su peso sería tal, que con el collar puesto,
una persona difícilmente podría ponerse en pie. El cuarzo es un
material que tiene muchos significados entre varios grupos
indígenas actuales; por ejemplo, para los tukano
(Reichel-Dolmatoff, 1988: Lam. p. 13) un cilindro de cuarzo pulido
es parte esencial del equipo del chamán quien lo lleva en el cuello
como un dije
|6
. No podemos asegurar que el
cuarzo tuviera un significado simbólico en la época llama; sin
embargo, el paso de collares de alto valor estético y de tamaño
"práctico" del primer período, a los de
exageradas. dimensiones del período Yotoco, podría indicar un
cambio de valores. Ahora, en vez de colocarse al cuello un collar
bello y resplandeciente, se coleccionaba, todavía en forma de
cuentas, un material que conferiría prestigio y/ o simbolizaba
riqueza.
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Lámina 2. Collar de cuentas de cuarzo encontrado en una tumba
llama en la hacienda La Samaria, (sector 2, tumba No. 14), Darién.
La cuenta más larga mide 2.5 cm.). Cortesía de Carlos Armando
Rodríguez y Héctor Salgado.
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Unos objetos que podrían haber desempeñado un papel utilitario o
religioso son los espejos de obsidiana, encontrados ocasionalmente
en tumbas llama y, según parece, restringidos a este período. La
materia prima fue traída, probablemente, de un lugar distante
todavía sin precisar. Los espejos representarían una respuesta a la
ansiedad del ser humano de conocer su propio rostro o, pudieron ser
empleados en ritos de adivinación tal como los que practicaban
todavía los chamanes muiscas a la llegada de los españoles
|7
.
En cuanto a artefactos utilitarios, nuestros conocimientos son
todavía limitados. En los sitios de habitación se encuentran lascas
burdas, tal cual lasca más elaborada y grandes cantidades de
piedras traídas al lugar, pero sin modificar o con modificaciones
mínimas. En las tumbas se hallan con alguna frecuencia piedras casi
perfectamente redondas utilizadas, según parece, como martillos. En
otras se han encontrado bloques irregulares de lidita negra, en
forma de materia prima. Pequeños objetos labrados en el mismo
material hallados en El Topacio, parecen ser puntas de taladro
(Bray et al., 1988: 10). En El Pital se encontraron un cincel, un
artefacto interpretado como una mano de moler y una base de
molienda (Salgado, s.f.: 141). La mano, que sería muy pequeña para
moler maíz, parece haber sido una especie de
"muele-lo-todo" como se encuentra en casi toda
casa indígena o campesina, utilizada para majar desde hierbas para
remedios o tintas hasta raíces blandas.
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Lámina 3. Collar de cuentas de cuarzo Yotoco. Las cuentas son
más anchas y pesadas que las del periodo anterior (Foto Museo del
Oro).
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La información sobre el desarrollo de la cultura durante los
ocho , a diez siglos de ocupación en la región Calima, se limita
todavía a inferencias, basadas principalmente en la tipología y
decoración de la cerámica. El récord alfarero de El Topacio
sorprende por los pocos cambios detectables a través del medio
milenio durante el cual el sitio fue habitado. La pequeña vasija
sub-globular con cuello revertido es la forma más común durante
todo el período y, aunque la decoración incisa y pintada aumenta
paulatinamente durante la segunda mitad de la ocupación, está
presente desde el principio.
Probablemente, sea en las tumbas donde finalmente encontremos
indicios más claros de los desarrollos temporales. Actualmente se
está compilando información detallada sobre unos 40 cementerios
(Cardale de Schrimpff, en preparación) que está empezando a revelar
algunas diferencias en las formas de las tumbas y sus ajuares. En
la reseña del año 1984, mencionamos que los cementerios de este
período parecen ser relativamente numerosos en la región, aunque
varían mucho en tamaño. Se encuentran agrupaciones pequeñas de unas
4 ó 5 tumbas, y más grandes de hasta unas 25, aunque a veces se han
documentado tumbas aisladas. Los cementerios grandes se localizan,
generalmente, en la cima de una loma, mientras que las agrupaciones
pequeñas de tumbas están con frecuencia en las zonas más planas de
las laderas. El estudio en proceso indica, hasta ahora, que aunque
las tumbas tienen casi siempre entre 1 y 2 metros de profundidad y
una pequeña cámara o nicho en el fondo del pozo, existe cierta
variación en su forma exacta. Generalmente, en un mismo cementerio,
las cámaras están orientadas hacia el mismo lado; sin embargo, la
orientación varía considerablemente entre un cementerio y otro. Por
la ausencia de huesos, debida a la acidez de los suelos, se ignora
la forma exacta del entierro. Sin embargo, en una tumba reseñada,
localizada en La Palma, en un punto donde el pH era seguramente más
alto, se encontró en la cámara un esqueleto extendido. En el
momento de escribir este artículo, las únicas dos fechas
radiocarbónicas para tumbas son la de La Iberia que es poco
aceptable, y otra de Agualinda, que contenía solamente parte de una
vasija con doble vertedera, no totalmente diagnosticada.
Tanto los orígenes de la cultura llama como la extensión precisa
de su territorio, siguen siendo poco claras. Hay un espacio
temporal de más de un milenio entre las fechas para el estrato
precerámico más reciente de El Pital y las más antiguas para llama
(si se descarta la de La Iberia). Los hallazgos de objetos llama
fuera de la región Calima misma parecen ser, o aislados como la
vasija ornitomorfa con doble vertedera y asa puente de Santander de
Quilichao (Cardale de Schrimpff et al., s.f.), o sin una
documentación clara como las vasijas en el Museo Universitario de
Manizales que habrían sido encontradas, según información que no
hemos logrado reconfirmar, en Belén de Umbría. El nexo más
intrigante es con Catanguero, un sitio en el bajo río Calima que
representaría una versión modificada de la cultura llama en las
selvas de la llanura pacífica. En este sitio, excavado por G. y A.
Reichel-Dolmatoff, (Reichel-Dolmatoff 1965: 85, 100, 114) la
cerámica con decoración incisa del estrato inicial es idéntica a la
cerámica llama de la Cordillera
|8
. Además, una de las formas de
vasija más común en Catanguero, parece relacionada con una vasija
característica de los niveles llama en El Pital (Salgado, 1989:
fig. 27, No. 36), sitio que queda a mitad de camino entre las dos
regiones. Una fecha radiocarbónica para Catanguero sitúa la
ocupación de este sitio en el tercer siglo antes de Cristo, o sea,
contemporánea con la fase final de la cultura llama en la
Cordillera.
Algunas de las formas de vasijas que son características de
llama se encuentran también en versiones locales sobre grandes
extensiones del suroccidente de Colombia y norte del Ecuador. En
San Agustín, Tierradentro, Tumaco y hasta en sitios de la cultura
Chorrera en el Ecuador, se encuentran vasijas con una o dos
vertederas y con asa puente, vasijas silbantes, vasijas modeladas
en forma de casa y hasta versiones locales de canasteros
|9
. La
mayoría de estas similitudes parecen ser a nivel de tendencias
estilísticas, ampliamente difundidas y corrientes durante buena
parte del último milenio antes de Cristo. Tanto Reichel-Dolmatoff
(1965: 85, 100, 114; 1986: 96-8) como Bray (1989) destacan cómo las
similitudes son más marcadas con la región de Tumaco-Esmeraldas,
especialmente con la fase Mataje 1 que también tiene nexos con
Catanguero. Sin embargo, ellos mismos advierten que en conjunto, la
cerámica es básicamente distinta.
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La transición entre el período Ilama y el período
Yotoco
Aunque no podemos precisar cuándo se inició la transición entre
llama y Yotoco, ésta parece haber tenido lugar alrededor del primer
siglo antes de Cristo. Varios aspectos indican cierto grado de
continuidad entre las dos culturas; entre los más importantes esta
la iconografía. Legast (s.f. 80,8 1) destaca que, aunque las
representaciones del mundo animal son menos frecuentes y más
estilizadas en la cerámica del período Yotoco, no sucede lo mismo
con el oro. Al contrario, considera que las representaciones en
este último medio y, en especial, aquellas en que el murciélago se
mezcla con la serpiente y el hombre con el animal, parecen
originarse en el período llama. Concluye que se trata de
"la expresión del mismo concepto mítico o religioso del
mundo animal a través del tiempo". En la cerámica, el
cambio iconográfico está acompañado por un énfasis mayor en el
color y una disminución del modelado. Sin embargo, es factible
interpretarlos como cambios dentro de una misma tradición
general.
En contraste, hay dos aspectos de la cerámica y la orfebrería
que parecen reflejar cambios sociales profundos. Las vasijas llama
se caracterizan por ser todas de tamaño relativamente pequeño. En
cambio, al iniciarse el período Yotoco, aparece por primera vez,
toda una gama de vasijas grandes (p.e. Bray et al., 1981, figs. p.
3 y fig. l7); de un tamaño adecuado para preparar comida -y bebida-
para un buen número de personas; a la vez se comienza a utilizar
una pasta burda con desgrasante de roca triturada, específicamente
para estas vasijas grandes. En otro artículo de este Boletín, se
destacan las diferencias entre la orfebrería de los dos períodos.
Este es un tema complejo pero se podría proponer, muy
tentativamente, que la nueva "moda" de usar una
abundancia de joyas grandes y espectaculares proviene en parte de
una mayor accesibilidad del oro -el fruto tal vez del acceso a
regiones auríferas más extensas- y también que formaba parte de la
misma actitud frente a la acumulación de
"riquezas" o símbolos de poder, que hemos
propuesto para el cuarzo.
Un detalle interesante, en las vasijas modeladas en forma de
casas, podría reflejar un cambio arquitectónico. En todas las casas
que conocemos del período Yotoco, las cumbreras son rectas. En con
traste, las casas de la conocida vasija en el Museo del Oro (M.O.
CC5620, ilustrada entre otros lugares, en la carátula de Pro Calima
No. 2), parecen tener cumbreras cóncavas, con algún parecido a las
casas modeladas en cerámica de Tumaco (p.e. Banco Popular, 1988,
fig. p. 26).
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Lámina 4. Poblado Yotoco modelado encima de una vasija con dos
vertederas y asa puente. San José, Darién. Altura 26.5 cm. Museo
Galería Cano.
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No es claro todavía cómo debemos evaluar estas continuidades y
diferencias. ¿Indicarían el desarrollo de una misma cultura
expuesta a fuertes influencias sociales y tecnológicas de grupos
vecinos? O, ¿eventualmente, la llegada de nuevas gentes (con, según
sus representaciones, rasgos faciales bastante diferentes) quienes
se mezclaron con la población original, conservando gran parte de
los mitos y creencias de ésta? Otra posibilidad sería que las
nuevas gentes compartieran de antemano, con los pobladores
originales, un fondo común de creencias, corrientes en aquella
época a través de extensas regiones.
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La cultura Yotoco
Esta cultura es, tal vez, la más renombrada de todas las que
ocuparon la región de Calima, la cultura cuyos artesanos elaboraron
la orfebrería espectacular y la sofisticada cerámica policroma. La
población de este época, era ya bastante numerosa, y para aumentar
el número de sitios aptos para establecer sus viviendas, empezaron
a construir pequeñas plataformas artificiales sobre las laderas.
Las tumbas eran, generalmente, de pozo y cámara lateral parecidas,
a veces, a las del período anterior. La red de anchos caminos cuyos
vestigios se conservan aún en algunos trechos, parece haber estado
en uso en esta época, facilitando los nexos evidentes de la cultura
Yotoco con lugares distantes como el valle del río Magdalena y el
Quindío.
No obstante su gran importancia, de las cuatro culturas
conocidas para Calima, es para ésta, tal vez, que la información
disponible se ha modificado en menor grado durante los últimos
cinco años, a pesar de que se hayan practicado excavaciones en no
menos de once sitios con estratos del período. Estos sitios
incluyen tres plataformas pequeñas para vivienda, una loma aplanada
para vivienda, un sistema de eras y zanjas que formaba un área
extensa para cultivos en la parte plana y anegadiza del valle de El
Dorado y, finalmente, un total de cuatro campos de cultivo sobre
laderas.
A pesar de los esfuerzos de los arqueólogos, en ninguna de las
plataformas artificiales fue posible recuperar la planta de la
vivienda. Una plataforma en Jiguales (No. 4a) fue excavada en su
totalidad (Rodríguez y Bashilov, 1988: 61-65) pero un conjunto
formado por dos zanjas y varios hoyos de poste y pozos, sobre y
afuera de la plataforma, fue difícil de interpretar. Una plataforma
de la -hacienda Altamira fue excavada parcialmente en un intento
por correlacionar su edad con la de las zanjas en pendiente que
parecen cruzarla. Se concluyó, tentativamente, que la plataforma se
construyó después de los canales de cultivo, destruyendo los en
este punto durante el proceso. La excavación reveló varios
vestigios sobre el piso de ocupación de la plataforma, incluyendo
posibles hoyos de poste y una depresión rellena con arcilla roja
(Bray et al., 1988: 39-41). En El Pital una plataforma (No. 10) fue
excavada parcialmente, encontrándose tres hoyos de poste en hilera
y un pozo grande (de 105 cm de profundidad) sin material cultural y
de difícil interpretación (Salgado, 1989: 73-87). Sobre la terraza
grande de El Pital (Salgado, 1989: 72) se encontraron, en un
relleno artificial (estrato No 3) tiestos del periodo Yotoco
mezclados con otros de los períodos llama y Sonso reforzando la
impresión de un alto grado de actividad en este último período de
ocupación precolombina.
Las excavaciones en la cima, artificialmente aplanada, del cerro
Cabo de la Vela en Jiguales, son interesantes, entre otras razones,
por la confirmación de la hipótesis planteada por Herrera et al.
(1.984: 394) de que en este período, se modificaron zonas más
extensas que los "tambos", o pequeñas plataformas
para una sola vivienda. Aquí se logró recuperar la planta completa
de una construcción. La forma, aproximadamente redondeada,
contrasta con las plantas rectangulares de las casas Yotoco
modeladas en cerámica y oro. Sus dimensiones (entre 3.2 y 3.8 m de
diámetro) y el descubrimiento de un pozo grande (de más de metro y
medio de profundidad) lleno de tierra muy negra con carbón vegetal,
semillas carbonizadas de maíz, tierra quemada, artefactos líticos y
tiestos, llevan a Salgado (1988: 69) a proponer que el pozo tal vez
fue utilizado para almacenar alimentos y la construcción para
protegerlo. Carbón procedente del pozo dio una fecha de 370 +/- 60
d.C. (BETA 16947).
Un aspecto muy importante de las investigaciones sobre este
período ha sido el estudio de los sistemas de cultivo, base
económica sobre la cual se construyó esta sociedad brillante y
cosmopolita. Poco después del inicio del período, parece haberse
intensificado la tala de bosques para agricultura, según los
estratos con evidencia de quemas (Piperno, 1985: 39) y de erosión
(Bray et al., 1988: 27) que se encuentran en muchas partes. Las
excavaciones realizadas en el piso plano del valle de El Dorado
durante los años 1982 y 1984 revelaron que los dos sistemas de
cultivo más extensos conservados allí fueron obra de esta gente
(Bray et al., 1985: 18-25; fig. p. 34). Uno de estos sistemas
consiste en campos rectangulares de aproximadamente 20 a 40 metros
de ancho, delimitados por zanjas de drenaje relativamente hondas.
El otro está formado por grupos de eras o camellones de 2 y 4
metros de ancho y hasta más de 100 metros de largo. En un punto,
estos últimos están superpuestos a una zanja que pertenece a los
campos rectangulares.
Sobre las laderas se han encontrado, en varias ocasiones,
tiestos del período en estratos de tierra muy negra, cuyas
características edafológicas se han conservado por la acumulación
de estratos poste riores. Por su aspecto mezclado y su superficie
ondulada, se cree (Botero, 1985) que representan suelos de cultivo,
mientras su color y su alto contenido de materia orgánica sugiere
que fueron abonados. En el valle de El Dorado se observaron estos
estratos en las excavaciones en un pequeño valle seco arriba de las
plataformas grandes (Bray et al., 1988: 24-27). Más abajo sobre la
misma ladera, la plataforma No. 1, construida durante el período
Sonso, yace sobre una serie de paleosuelos anteriores, uno de los
cuales tiene las características de una huerta del período Yotoco
(Bray et al., 1985: 13-15). Se encontraron estratos similares en El
Topacio (Bray et al., 1988: 18) y encima de los estratos
precerámicos en Sauzalito.
Desde los inicios del programa Pro Calima se han estudiado los
canales o zanjas verticales visibles en las laderas e interpretadas
por Botero (1983) como una estrategia precolombina, para evitar la
sobre saturación de las cenizas volcánicas, la cual puede traer
como consecuencia movimientos en masa de los suelos. Según parece,
se utilizaron principalmente en las huertas. Otras hipótesis acerca
de su utilización están reseñadas en Bray et al., 1987: 456. No se
puede asegurar todavía si este sistema, muy característico del
período Sonso, también se empleara en esta época. La evidencia ya
mencionada de Altamira, aunque no definitiva, sugiere que este era
el caso, así como la presencia de canales cerca a plataformas
Yotoco y que parecen asociados a ellas. Otros aspectos investigados
de estos sistemas incluyen (Bray et al., 1988: 35-8) la capacidad
de drenaje de los suelos en diferentes lugares y los cultivos,
conjunto con la vegetación alrededor, a través del estudio del
escaso polen conservado. Los resultados preliminares concuerdan con
la información sobre cultivos obtenida de los estudios de fitolitos
y de los perfiles de polen en el valle de El Dorado, e indican la
presencia de maíz, calabaza y/ o ahuyama, y probablemente
fríjol.
Si nos guiamos por la abundancia de fitolitos, el maíz habría
desempeñado un papel muy importante en la dieta. Las semillas
carbonizadas de este cereal indican claramente que se cultivaban
dos razas, una relacionada con la línea Pollo/ Nal Tel/ Chapalote
del período anterior y otra con granos más grandes que
"podrían representar una línea de evolución hacia la raza
colombiana contemporánea llamada "Cabuya" (Kaplan
y Smith, 1988: 43-44). Se han encontrado, también, semillas del
fríjol común (
|Phaseolus vulgaris), una variedad pequeña
relacionada, posiblemente, con la que se cultivaba en los Andes
peruanos septentrionales.
|
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Lámina 5. Fondo del Valle de El Dorado con los dos tipos de
campo de cultivo Yotoco, cuadrados y eras.
|
Las excavaciones recientes han aumentado en forma considerable,
la muestra de tiestos disponibles y por consiguiente, la
información que se puede obtener de ellos. Se inició también el
estudio de la pasta por medio de secciones delgadas (Roe, 1985:
45-48) sobre una muestra todavía muy pequeña, de cuatro fragmentos
solamente, de los cuales dos son de la pasta fina y dos de la pasta
burda. La evidencia petrológica coincide con la empírica en cuanto
a la distinción clara entre la pasta fina (que tiene una alta
proporción de arcilla y desgrasante, según parece, de arena molida)
y, por otro lado, la pasta burda con fragmentos grandes de roca
triturada (tonalita o diabasa). Es interesante constatar que el
parecido entre los dos ejemplares de pasta fina (encontrados en dos
sitios diferentes que distarían aproximadamente un día de camino)
es mayor que entre los dos ejemplares de pasta burda; sin embargo,
la muestra es demasiado pequeña para interpretar más que como una
indicación de la eventual elaboración de la cerámica fina por
especialistas y la burda por alfareros locales.
No se ha podido seguir, en forma continua, el estudio intensivo
de la redde caminos, iniciado desde hace varios años; sin embargo,
se siguió hace poco, un tramo desde las inmediaciones del valle de
El Dorado cerca al borde oriental de la Cordillera, hasta el plan
del valle del Cauca. Además, se está formando un archivo con
información sobre otros trechos conservados, uno de los cuales sube
por la vertiente occidental de la cordillera Central.
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La cultura Sonso
En algún momento la sociedad brillante que denominamos Yotoco
desaparece y es reemplazada por otra. Según el testimonio
arqueológico, los logros de esta nueva sociedad están representados
principalmente por obras de ingeniería. Parece que este cambio fue
parte de un movimiento de gentes sobre una extensa zona de la
región Andina. Estos grupos se apropiaron paulatinamente de
territorios ajenos, proceso que tomó, seguramente, varios siglos,
iniciándose hacia finales del primer milenio d.C. y continuando a
principios del segundo. En algunas zonas es, inclusive, posible que
estas nuevas poblaciones llegaran en varias oleadas.
En Calima, la continuidad en la construcción de plataformas para
viviendas, canales en campos de cultivo en ladera y en la pintura
negativa, indican que estos conocimientos técnicos se habrían
adquirido, de alguna manera, de los antiguos ocupantes del
territorio.
Por otro lado, como varios autores han anotado (p.e. Herrera et
al., 1984: 401), cambios profundos están indicados en las
representaciones físicas sobre vasijas y figurinas. Se enfatiza la
nariz que es demasiado grande y exageradamente aguileña; los ojos
se representan en la forma estilizada conocida como "grano
de café" y un pastillaje exuberante fue utilizado para
enmarcar la cara e indicar varias hileras de collares. En Calima
estos collares ya no son de oro y cuarzo, sino de concha marina, de
coral negro y unas pepitas blancas identificadas tentativamente
como agallas de insectos
|10
.
En general, la orfebrería disminuye en cantidad y se encuentran
cambios en el estilo de objetos elaborados; se restringen a adornos
personales pequeños, especialmente las narigueras denominadas
torzales y también varias clases de orejeras en alambre, colgantes
en forma de sapo y pectorales circulares y acorazonadas. Predomina
la tumbaga y se generalizan las técnicas de fundición y dorado por
oxidación (p.e. Plazas y Falchetti, 1986: 208). Otra técnica
característica de la época se encuentra en las narigueras con
núcleo de cobre, forradas con una lámina delgada de oro fino
(Juanita Sáenz O., comunicación personal).
Hubo cambios notables en la forma de los entierros, ahora en
tumbas profundas (5-15 metros), con cámaras grandes, sarcófagos de
madera y, a veces, entierros múltiples (p.e. Wassen, 1976; Caldas
et al., 1972; Illera s.f.; Rodríguez y Bashilov, 1988: 65-6;
Salgado y Rodríguez, 1989). Como la profundidad y el anegamiento de
algunas tumbas permite, en algunos casos, la conservación de restos
orgánicos, especialmente de madera, se amplía el récord en forma
muy interesante. Se conocen no solamente sarcófagos sino también
banquitos, bateas, palas, lanzas, propulsores y dardos (Bray, 1962:
325; Illera s.f.: Lám. VI; von Schüler-Schömig, 1981). Héctor
Salgado tiene en preparación un estudio detallado de algunos de
estos objetos.
Seguramente tuvieron lugar también, cambios fundamentales en
cuanto a cosmología y religión. Desaparecen aquellas deidades
antiguas o personajes míticos que hubieran sobrevivido, con algunas
transformaciones, desde la época llama a la Yotoco. Buena parte de
los esfuerzos de la sociedad se dirigió a la construcción de
plataformas artificiales muy grandes como las del valle de El
Dorado, que pueden medir unos 100 metros de largo por 80 de ancho.
Los cálculos (Bray et al., 1983: 9) indican que para el relleno
artificial de El Billar se utilizaron 3.600 metros cúbicos de
tierra. La finalidad de estas plataformas sigue siendo materia de
especulación. En ninguna de las excavadas (El Billar y plataformas
Nos. 1, 3 y 4 de la hacienda El Dorado; Bray et al., 1983 y 1985),
se encontraron evidencias claras de viviendas. Por otro lado, las
piedras de tamaño considerable colocadas cerca al borde de una de
ellas (plataforma No. 1; Bray et al., 1988: 19-24) en conjunto con
las grandes cantidades de cerámica rota encontrada al pie de éstas,
indicarían quizás una utilización ritual o, eventualmente, social
para algunas de estas construcciones.
Se detectan cambios hasta en la forma de las armas. El propulsor
encontrado en una tumba Sonso en el municipio de Darién y publicado
por von Schuler-Schömig (1981) es del tipo denominado
"brasileño", definido por un ensanchamiento hacia
un extremo y un orificio redondo para el dedo índice. En cambio,
dos propulsores más antiguos conservados en el Museo del Oro (Nos.
3318 y 6520 ilustrados por Pérez de Barradas, 1954: Láms. 17 y 195)
tenían un gancho o protuberancia para el dedo. No se sabe hasta
ahora, si hubo resistencia armada a las nuevas gentes. En Calima,
no se han detectado hasta ahora las construcciones defensivas,
protegidas por grandes zanjas o empalizadas, mencionadas por los
cronistas para muchas regiones.
Los estudios de Roe y de Pradilla sobre secciones delgadas de
cerámica también contribuyen información sobre la alfarería del
período Sonso. Roe (1985) estudió nueve tiestos de este período,
ocho de los cuales pertenecían a vasijas burdas con paredes
gruesas. Se dividen en dos grupos según si en las inclusiones
predomina la combinación de cuarzo-con-feldespato o las partículas
ferruginosas. Dentro de estos grandes grupos se encuentran algunas
diferencias: tres fragmentos tienen tiesto molido y otros tienen
fragmentos de roca. En un caso Roe identifica, tentativamente,
ceniza volcánica. La investigación de Pradilla (1987) en cambio,
tiene como meta principal la identificación de las arcillas
utilizadas. El llegó a la conclusión que los alfareros Sonso
empleaban arcillas derivadas de la ceniza volcánica. Sin embargo,
los experimentos con esta materia prima, llevados a cabo por Linda
Cheetham, no dieron buenos resultados.
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Lámina 6. Vasija antropomorfa Sonso con nariz aguileña, ojos en
forma de "grano de café" y pastillaje que enmarca
la cara e indica hileras de collares. Altura aprox. 20 cm.
Colección particular.
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En los últimos años y a raíz de varias excavaciones, se ha
aumentado la información sobre sitios de vivienda, tanto en las
plataformas de vivienda de la hacienda Ceilán (Bray et al., 1988;
36-9) y en Jiguales (Rodríguez y Bashilov, 1988) se encontró una
zanja panda para drenaje cerca a la pared posterior. En la hacienda
Ceilán el piso de la plataforma tenía una leve inclinación hacia el
extremo anterior, también, posiblemente, para asegurar un rápido
escurrimiento de las aguas lluvias. En Jiguales, como en otras
plataformas del mismo período, se hallaron varios pozos de tamaño
considerable, interpretados como posibles depósitos para
almacenamiento de comida o para basura. Los numerosos hoyos de
poste se reconstruyeron como de una construcción que se extendía
más allá del borde de la plataforma por encima del declive, y
apoyada en postes (Rodríguez y Bashilov, s.f.). En este contexto es
muy interesante constatar que en la cumbre de la colina vecina, el
Cabo de la Vela las construcciones no parecen tener una forma muy
estandarizada. En esta excavación (Salgado, 1988) se logró destapar
un área de 227 metros cuadrados, aproximadamente la sexta parte de
la cima. Entre los numerosos hoyos de poste, cuatro grupos parecen
pertenecer a construcciones del período Sonso. Dos de ellas tienen
una planta aproximadamente circular con diámetros de entre tres y
cuatro metros. Las otras dos son mucho más grandes y se alcanzaron
a excavar sólo parcialmente. Una de ellas tenía planta rectangular
y en el sector excavado medía 4.7 x 3.0 metros, mientras que el
otro "podría haber tenido dimensiones de 12 x 8
metros". Es interesante que las dos tienen fechas del
siglo VII y IX, respectivamente, más temprano de lo esperado para
Sonso.
En San Luis 1, un sitio en el bajo río Calima (Rodríguez s.f.,
2) se encontraron un buen número de hoyos de poste juntos,
nuevamente, con algunas cunetas. En la segunda ocupación, dos
agrupaciones formando círculos irregulares de unos 2.50 metros de
diámetro solamente, se interpretaron como posibles
"construcciones sobre plataformas, a su vez, montadas
sobre pilotes", como las actuales casas indígenas de la
región. Este sitio: reviste un interés especial como taller donde
se elaboraban hachas y otros instrumentos en piedra.
San Luis, junto con otros sitios que Rodríguez localizó en la
prospección y uno descubierto algunos años antes en el río Munguidó
(Bray et al., inédito), son los asentamientos Sonso más
occidentales registrados hasta el momento. Según Rodríguez (s.f.:
91) se encuentran sobre ambas márgenes del río Calima hasta su
desembocadura en el río San Juan. A lo largo de buena parte de este
último río, se encuentran asentamientos con cerámica del complejo
Murillo y, posteriormente, Minguimalo, estudiados por Recasens y
Oppenheim (1944:364 ss.) y G. y A. Reichel-Dolmatoff (1963). Tanto
en San Luis 1 como en el río Munguidó, se encuentra un porcentaje
significativo de cerámica del complejo Minguimalo demostrando, al
parecer, contactos importantes entre los dos grupos.
En la dirección opuesta, a una distancia de 100 kilómetros en
línea recta, se encuentran también sitios con la característica
cerámica Sonso a las orillas del río Cauca (Bray y Moseley 1976).
Hacia el sur de Calima, la misma cerámica se encuentra en la región
de Pavas en sitios datados en los últimos siglos antes de la
Conquista Española. Esta región comprende unos 5.000 kilómetros
cuadrados y la gama de climas y zonas vegetacionales que abarca,
indica que la cultura Sonso había logrado adaptarse a medios muy
variados. El hecho de que ocuparan un trayecto de Oeste a Este a
través de la cordillera .y no una región homogénea desde el punto
de vista del medio, crea la inquietud de si tuvieron,
eventualmente, residencias estacionales que les hubieran permitido
explotar los diferentes pisos térmicos. Desde luego, el concepto de
verticalidad aplicado a la cultura Sonso es una interpretación
tentativa, ofrecida como un estímulo a la recopilación de datos que
ayudarían a comprobar o desvirtuar esta posibilidad.
Como han anotado muchos autores (p.e. Herrera, 1984, en prensa),
una vez afuera de este núcleo, se encuentran los vestigios
culturales de un buen número de grupos que parecen haber sido
relacionados culturalmente. Compartían detalles en la forma y
decoración de la cerámica, en la tradición orfebre y en la
costumbre de enterrar sus muertos en tumbas profundas de pozo con
cámara lateral.
Es a este gran conjunto de grupos relacionados que varios
arqueólogos en diferentes ocasiones han propuesto denominar el
horizonte, serie, o tradición Sonsoide, la cual se dispersó sobre
un gran territorio cuyos límites todavía no se pueden delimitar
|11
. Un
componente importante, como veremos luego, es el complejo
denominado por Bray "Guabas-Buga", en el cual
combina, por motivos que explica en su artículo en este volumen, lo
que Rodríguez llama "las culturas Guabas y Buga".
Hacia el Sur la tradición Sonsoide incluye el material excavado por
Cubillos (1984) entre Cali y Santander de Quilichao, con los
estilos de Quebrada Seca y río Bolo definidos por Ford (1944);
según Marta Urdaneta (comunicación personal), llega casi hasta
Popayán con el material arqueológico excavado por ella en Guambía
(Urdaneta, 1989). Hacia el Oeste, Patiño (1989: 109-12; Lám. 14) ha
encontrado material de la misma tradición en los ríos Guapi y
Timbiquí en donde conforma su fase San Miguel. Al norte de Calima,
por la misma cordillera, tanto Rqdríguez (s.f., 1) en la cuenca del
río Garrapatas, como Salgado (1986; municipios de Bolívar y
Trujillo) encontraron cerámica cuya decoración se asemeja en varios
detalles a la Sonso, fechada (en el último caso) en el siglo X d.
C., mientras que la forma y grado de relación con las culturas
tardías del Quindío ha sido discutida por varios autores (p.e.
Bruhns, 1976: 177; Bray y Moseley, 1976: 68). Inclusive se podría
plantear una relación, aunque menos estrecha, con el valle del río
Magdalena donde la manera de representar figuras humanas en vasijas
del conjunto Pubenza Polícromo es sorprendentemente similar.
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El equipo Pro Calima s ha dedicado a estudiar la región durante
los últimos di,, años y desde el año 1981 el Instituto Vallecamano
de Investigaciones Cientificas (INCIVA) mantiene un museo en Darién
que cuenta attualmente con dos arqueólogos de planta. Los últimos
se han dedicado no solameme e la arqueología de la región Calima y
de sectores de la cordillera mas al norte, sino también a la de
otras regiones vecinas tales como el plan del valle del río Cauca y
la llanura aluvial pacífica.
Las investigaciones del equipo Pro Colima han sido posibles
gracias al apoyo económico de la Fundación del mismo nombre que
canaliza apor-tes de la Fundación Stan-Iey Thomas Johnson y de
numerosas personas, compañías y fundaciones, principalmente suizas,
del Instituto Colombiano de Antropologia, de la Fundación de
Investigaciones Arqueológicas Nacionales del Banco de la República
(FIAN) y del Instituto de Arqueología de la Universidad de Londres.
Los arqueólogos del INCIVA han gozado del apoyo de varias
instituciones y en especial, de la Gobernación del Valle, la FIAN,
de Colciencias (para el reconocimiento del río Garrapatas) de la
CVC (para las investigaciones en el Calima medio) y de Cartón de
Colombia para sus excavaciones en la hacienda Samaria
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Excavaciones como la de Dillehay (1986) en Monteverde donde
debajo de la turba se conservaron artefactos y hasta construcciones
en madera, nos dan una idea de lo que pudo haber existido. A la vez
los complejos diseños en textiles del precerámico tardío,
encontrados en sitios peruanos como Huac Prieta (Bird et al., 1985
Skinner, 1986) y La Galgada (Grieder,1986) tienen seguramente,
raíces más antiguas.
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Se aprecian retoques presión en cuatro pequefías lascas de este
sitio parecen ser desechos d talla de posibles instrumentos
bifaciales.
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El cogollo del cuesco es comestible, las hojas jóvenes
suministran una excelente fibra, y maduras se emplean para techar
casas. Cada palma produce anualmente entre 40.000 y 60.000 frutos
de color amarillo vivo; debajo de una cubierta coriacea se
encuentra la pulpa fibrosa dulce y la nuez. De ésta, exprimida o en
agua caliente, se obtiene manteca comestible, que también sirve
para el alumbrado. Finalmente, si se tumba la palma y se le hace
cerca al cogollo, un orificio en forma de copa, este rezume
continuamente durante muchos días un líquido que, fermentado, tiene
fama de ser sabroso y medicinal.
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Se conoce, desde hace algún tiempo, otro hallazgo de cuentas de
cuarzo de forma similar a las de La Samaria. Las cuentas pertenecen
a la colección particular de don Bernardo Rendón, en Restrepo,
quien las compró hace más de 20 años. Fueron hallados según le
comentaron a él, en la misma tumba con vasijas características del
período Ilama (incluyendo ados canasteros) y un espejo de
obsidiana.
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Entre los tukano, por ejemplo (Reichel-Dolmatoff, 1975, 79-102
passim), el cuarzo está asociado con el trueno, con poderes
destructivos, y por otro lado, con el sol y con la fertilidad.
Según Hugh-Jones (1979, 121), está asociado, también, con el
jaguar. Se considera que los colores del espectro prismático, i
visible en el cristal de cuarzo en ciertas condiciones de luz,
contienen fuerzas benéficas o maléficas y este es uno de los
motivos por el cual el cuarzo desempeña un papel importante en el
diagnóstico y curación de enfermedades. También es significativa la
forma hexagonal de su cristal, la cual nos lleva a toda una
dimensión adicional de conceptos de organización y transformación
(Reichel-Dolmatoff, 1979).
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En estos ritos el chamán inhalaba un alucinógeno, probablemente
Anadenanthera peregrina (según Reichel-Dolmatoff, 1975: 12-13).
Fray Pedro Simón (Quinta Historia, Cap. XXVIII) describe el equipo
de un "mohán" que vivía cerca a Tota.
"...le hallé en una mochila los instrumentos del oficio,
que eran un calabacito de polvos de ciertas hojas que llaman yopa,
y de ellas otras sin moler y un pedacito de espejo de los nuestros
encajado en un palito, una escobilla, un hueso de venado al sesgo
por la mitad y muy pintado, hecho a modo de cuchara, con el cual,
cuando hacen sus mohanerías, toman de aquellos polvos y los echan
en las narices, que por ser fuertes, hacen salir luego una reuma
que les cuelga hasta la boca, la cual miran en el espejillo, y si
corre derecha, es buena señal, y por el contrario si torcida, para
lo que pretenden adivinar',.
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Una muestra de la cerámica de este sitio está en el Instituto
Colombiano de Antropología donde lo pudimos estudiar gracias a la
gentileza de Ana María Groot, la entonces directora, y de Braida
Enciso a cuyo cargo está la ceramoteca.
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Labbé (1986, 64) ilustra algunas de las formas de vasijas con
doble vertedera a través de esta región. Véase también Duque (1966:
Lám. VIII, nos. 1, 2, y 4), aunque hasta ahora los indicios son que
en San Agustín la vasija con doble vertedera es posterior al
período llama y, para Tierradentro, Duque(¡ ilustración sin número
en el centro de la revista). Para Tumaco se puede consultar a
Reichel-Dolmatoff (1965: 85, 100, 114, 132 y 1986: 96-8) y Bouchard
(1982; 334;1988).Ilustra-ciones de algunas de estas piezas se
encuentran en el libro "Arte de la Tierra: Cultura
Tumaco" publicado por el Banco Popular (1988: p. 21, 25-7)
y en Errazuriz (1980). Un canastero de gran interés procedente de
la misma región está ilustrado en Sabolo (1986: 20 l). En cuanto al
Ecuador, una buena guía a las similitudes y diferencias son las
ilustraciones en Lathrap, Collier y Chandra (1975).
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Esta identificación tentativa fue hecha por el doctor T.R.
Dudley del United States Arboretum.
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Aunque este concepto fue rechazado por algunos de los
arqueólogos presentes en la Mesa Redonda sobre la Arqueología del
Valle del Cauca que tuvo lugar en el año 1983, últimamente havenido
cobrando fuerza nuevamente. Sin usar el término como una camisa de
fuerza, sí parece ser un concepto útil para interpretar el gran
número de agrupaciones sociales del área con sus similitudes y sus
diferencias.
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