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UN CASO DE ALTERACION AURIFERA
COLONIAL EN EL BAJO MAGDALENA
ARMANDO MARTÍNEZ GARNICA
|Ilustraciones - Nicolás Lozano
La escasez de datos históricos sobre la metalurgia indígena es
un motivo frecuente de queja entre los historiadores. Existen
algunos datos transmitidos por los cronistas indianos, si bien
Friede
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ha
advertido sobre los riesgos de su utilización, dada la posibilidad
de contaminación que pudieron haber sufrido en la circunstancia de
las migraciones tempranas de grupos indígenas provocadas por las
empresas de sus encomenderos: las prácticas originales pudieron
confundirse con las adquiridas para la satisfacción de las nuevas
exigencias de la tributación colonial. En su opinión, las
inexactitudes, contradicciones y carencias de estos datos tendrían
que ser resueltas por medio del hallazgo de testimonios
documentales directos en los archivos.
Recientemente, Langebaek
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ha encontrado algunos de estos datos
documentales en una visita practicada a Lenguazaque en 1595,
logrando identificar con ellos la persistencia de prácticas
orfebres nativas durante el primer siglo cononial del
Altiplano.
En este artículo presentamos un documento inédito sobre la
técnica metalúrgica indígena en la circunstancia colonial temprana,
referido al modo como se alteraban las formas y la ley del metal
para satisfacer la demanda tributaria de un encomendero. Si bien el
requerimiento de "hechizar" el oro provino de
éste, lo que importa destacar aquí es la técnica indígena que
posibilitó la satisfacción de la demanda. Tenemos así otro caso de
continuidad de la técnica prehispánica en una situación de ruptura
respecto al destino del producto.
El documento proviene del proceso seguido por el oidor Juan
Montaño a Juan de Azpeleta, encomendero de los pueblos malibúes de
Zimpieguas, Nicao y Tamalameque, en el actual departamento del
Cesar
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.
Azpeleta había recibido estos indios en encomienda por cédula
expedida en 10 de enero de 1553 por la Real Audiencia. Casi dos
años después fue enjuiciado por Andrés Moreno, teniente de justicia
mayor de Santa Marta, acusado de obligar a sus indios a fabricar
manillas de oro falso, imitando la forma y ley de las que se
fabricaban en la provincia del Valle de Upar. Se decía que algunos
indios y señores de Naos habían sido engañados con ellas en el
comercio de la gobernación de Cartagena. El proceso fue continuado
a comienzos de 1555 por el oidor Montaño, quien había llegado como
visitador. Este pudo comprobar que Azpeleta había ordenado la
falsificación y remitido 42 pares de manillas a un calpixque suyo
en Malambo, el cual había logrado canjear una decena de pares por
gallinas de los indios. El examen de las manillas restantes se
realizó en Santafé por el ensayador Hernán Pérez, resultando las de
mayor tamaño con 4 quilates y un grano y medio de ley con valor de
dos y medio pesos, mientras que las pequeñas solo tenían dos
quilates y medio con valor de un peso y medio. Estas cifras se
corresponden con los dos pesos y medio en que se avaluó la manilla
que Montaño hizo fabricar a los indios en su presencia.
Las cifras demostraban que estas manillas eran copias de las que
se fabricaban en el Valle de Upar en tiempos prehispánicos, las
cuales siguieron fabricándose en tiempos coloniales con una ley de
nueve quilates. Las formas orfebres del Valle de Upar (manillas,
chagualas, moquillos, caricuríes y cuentas) eran conocidas en la
Costa Atlántica como expresión del "oro guaní" y
eran suficientemente apreciadas como para servir de medio de cambio
en todo el río Magdalena, con una ley normalizada establecida entre
ocho y nueve y medio quilates.
El oro de baja ley era común en el río Magdalena, donde
circulaban oros de muy diversa ley sin aquilatar ni acuñar . Los
comerciantes hispanos y los indios traficaban con ellos
distinguiendo los por el color, la forma de las piezas y aún por el
olor. Era voz común que el oro de Tamalameque era el más bajo de
ley de cuantos circulaban por los puertos del río (2 a 4 quilates),
y que los indios de allí alteraban su color desde los tiempos de su
primer encomendero, el capitán Francisco Enríquez. Este había
recibido del Licenciado Miguel Díez de Armendáriz en primero de
noviembre de 1546 la cédula de encomendación del cacique
Zimpieguas y sus pueblos Comihez y Compoho, a los cuales se agregó
formalmente el pueblo de Nicao que ya poseía, como conquistador que
había sido de las etnias de las lagunas y montes de la región de
Tamalameque. Esta cédula había tasado la demora anual del cacique
Zimpieguas en 150 pesos, posibilitando así que Enríquez le ordenase
la falsificación de manillas del Valle de Upar y argollas de La
Cimitarra.
Durante el proceso Azpeleta trató de defenderse con el argumento
de que los indios de Zimpieguas siempre habían dado oro de muy baja
ley dorado a sus encomenderos, el cual se usaba en el tráfico
mercantil del río sin que nadie se engañara respecto de su
verdadero valor. Pretendía así demostrar que la alteración era una
tradición prehispánica en Tamalameque, en tanto que los
encomenderos se habían limitado a recibirlo para cambiarlo en la
gobernación de Cartagena por gallinas y otros efectos. Por su
parte, los indios declararon a Montaño que si bien conocían la
técnica del dorado del oro en cambio "no sabían hacer el
engaño" de imitar formas orfebres de las otras
provincias.
El conjunto de las informaciones de los testigos apuntan a
señalar el hecho de un extenso tráfico mercantil en el río
Magdalena con formas diversas de oro de muy variada ley, de tal
modo que la ausencia de acuñación permitía engañar a los incautos y
recién llegados a las gobernaciones de Santa Marta y Cartagena. Los
indios parecen haber sido inmunes al engaño, si nos atenemos a las
declaraciones que muestran sus modos de comprobación de la falsedad
por el olor del teñido, el espectro negro que les daba el tiempo y
la forma de los remates.
A despecho de los fraudes y destinos que los encomenderos diesen
a las piezas orfebres recibidas como tributo, el proceso nos ha
dejado la descripción pormenorizada de la técnica metalúrgica de
los indios de Zimpieguas. Gracias a la diligencia del oidor
Montaño, podemos conocer los elementos del proceso: utilizando un
caricurí de oro obtenido en la provincia de Xegua (zona de la
jurisdicción de Mompóx) por trueque con esteras tejidas, hachetas
de cobre, sal blanca y cierta hierba no identificada; el cacique y
sus capitanes manipularon las herramientas de su taller autóctono
("bigornia" (yunque), piedras, crisol, sopladores
de caña, totumas, palos, arena blanca, carbón) para obtener una
manilla de oro dorado que simulara a las fabricadas en el Valle de
Upar. Pero, ¿quiénes eran estos indios?
Según la relación geográfica redactada en 1579 por los
fundadores de la ciudad de Tamalameque
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, se trataba de varios grupos étnicos
que compartían el hábitat anfibio del Bajo Magdalena y las lagunas
permanentes que se forman junto a su cauce. La clasificación que
hicieron basada en su localización geográfica y en la diversidad
lingüística, localiza al cacique Zimpieguas en el grupo étnico de
las lagunas cercanas a Tamalameque que incluía a los zapatozas,
chimichaguas, solobas, sopatís y panquiches. Por el contrario, el
pueblo de Nicao pertenecía al grupo lingüístico del río que
designaba a sus jefes étnicos con el término
"malibú", usado por los españoles para la
designación genérica de todos los grupos de la región. Todos estos
pequeños grupos de pescadores en canoas (man) labradas de un solo
tronco compartían una cultura fluvial del pescado y el manatí
ampliada con siembras de maíz, batatas y yuca, de la cual
elaboraban su chicha. Comerciaban esteras de junco tejido, bija y
ollas de barro (Nicao). Además del jefe étnico (malibú) que los
comandaba en sus guerras, para las cuales fabricaban arcos y
flechas, pintándose el cuerpo con bija y carbón, tenían la figura
social del "mayhan" que los convocaba con su
magia
|5
. Según
estos informantes, la forma original del oro entre ellos había sido
la nariguera (mayun).
El descenso demográfico que produjo la presencia hispana fue
registrado por este documento como drástico, dado que para 1579 ya
no había "la décima ni aún la duodécima parte de los
indios que solía haber en la comarca". Afortunadamente
tenemos la visita ordenada por Montaño a estos pueblos en 1555, la
cual fue efectuada por el escribano Bartolomé de Alba
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. En ese momento ya era
encomendero Azpeleta y la situación de los tres pueblos era como
sigue:
Encomienda de Juan de Azpeleta en 1555
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Pueblo
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Caciques
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Capitanes
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Indios tributarios
|
Tributación
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Zimpieguas
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1
|
6
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Boga, esteras, maíz, 15 manillas de oro mensuales
|
57
|
|
Tamalameque
|
0
|
3
|
Boga, manteca de manatí, gallinas
|
16
|
|
Nicao
|
0
|
20
|
Boga, maíz, gallinas
|
88
|
Los pueblos de Zimpieguas y Tamalameque se localizaban en las
lagunas, a unas 4 leguas de la ciudad de Tamalameque. Los indios
que habían muerto en tiempos de Azpeleta eran pocos, por causa de
las "calenturas". Todos los indios eran bogas de
canoas desde su temprana infancia, y por ello éste era el servicio
tributario al encomendero. Cada mes bajaba hasta Santa Marta el
turno de boga, mientras que los turnos de descanso se quedaban
sembrando maíz y pescando. Las mujeres tejían esteras y las
canjeaban con otros indios del río. En Chiriguaná cortaron los
grandes troncos que sirvieron para fabricar dos canoas que les
había solicitado el encomendero para el tráfico en Mompóx. Este
daba a cada indio boga un hacha o un machete como contrapartida por
el servicio de boga hasta Santa Marta. El pueblo de Nicao se
localizaba en "la barranca del río Grande", pero
sus tributa- rios se diseminaban ampliamente en el territorio, al
punto de que un 15% no participaba del servicio de boga porque
vivía en el piedemonte. Estos indios fabricaban vasijas de barro
para el trueque con los indios del río.
La orfebrería era practicada solo por el grupo de Zimpieguas,
cuyo tributo mensual para Azpeleta era de 15 manillas. El cacique
Ylapay y sus seis capitanes las fabricaban en la forma que describe
el documento que se presenta a continuación. La transcripción
paleográfica del texto solo ha modernizado la ortografía de las
palabras y asignado los signos de puntuación que permitan una mejor
lectura.
|Averiguaciones sobre el modo como los indios del pueblo de
Zimpieguas fabricaban manillas de oro. Tamalameque, 15 de enero de
1555.
Archivo General de Indias Justicia 587-A
Folios 739 a 743 vuelto
|"En la ciudad de Tamalameque, a catorce días del
mes de enero de mil e quinientos e cincuenta e cinco años, su
merced del muy magnífico señor licenciado Juan Montaño, oidor de la
Audiencia Real del Nuevo Reino de Granada, Juez visitador general
en la ciudad de Santa Marta e sus provincias por Su Majestad, mandó
a Lorenzo Jiménez, vecino de la villa de Tenerife, estante en esta
ciudad, que vaya al pueblo de indios llamado Zimpieguas
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, donde Juan de Azpeleta
hacía hacer las manillas, e traiga ante su merced el cacique e
capitanes e otros indios que hacían e fundían las dichas manillas,
con todo el metal y aparejos que tienen, con que las hacían e
fundían, para con ellos acabar de hacer e averiguar cómo e de qué
se hacían e fundían las dichas manillas, e por mandado de quién las
han hecho, e que lleve consigo a Juan Zape e a Martinico, indio
ladino, para que le muestren los dichos indios; e lo firmó de su
nombre. El licenciado Montaño. Pasó ante mí, Bartolomé de Alba,
escribano de Su Majestad.
|
La averiguación con los indios cómo hacían las
manillas
|En la ciudad de Tamalameque, a quince días del mes de enero
de mil e quinientos e cincuenta e cinco años, ante su merced del
dicho señor oidor e visitador susodicho, el dicho Lorenzo Jiménez
trajo al cacique Yapin del dicho pueblo de Zimpieguas y al capitán
llamado Tegua a e otro que se llama Chemuasue y a otro Pachay e
otro Chunio e otro que se llama Pachey; todos caciques e capitanes
del dicho pueblo, fundidores que hacían las dichas manillas sobre
que se trae este pleito, los cuales trajeron los aderezos e
materiales para hacer las dichas manillas, conviene a saber: un
caricurí gordo, que dijeron que es de la tierra de Mompóx, e un
poquito de oro bajo, que dijeron- que era para fundir con el dicho
caricurí para juntarlo, para hacer las dichas manillas, e carbón e
birgonias e unas piedras que les servían de martillos, e unos
crisoles e una poca de hierba que es la con que dicen que dan color
a las dichas manillas. Epor Alonso, indio ladino cristiano del
servicio de Bartolomé Hernández, vecino de esta ciudad, del cual
fue recibido juramento en forma de derecho por Dios e por Santa
María e por una señal de cruz donde puso su mano derecha, que todo
aquello que por su merced le fuere mandado que diga a los dichos
indios e lo que los dichos indios le respondieren e dijeren lo dirá
e declarará sin quitar ni añadir cosa ninguna, e prometió de lo así
hacer e lo hizo en forma de derecho, e le fue apercibido que diga a
los dichos indios que digan verdad e no tengan miedo ninguno,
siendo presentes por testigos Alonso Arias, vecino e regidor de
esta ciudad, e Andrés García, así mismo vecino de esta ciudad, y el
dicho Lorenzo Jiménez, vecino de Tenerife.
|E luego su merced le dijo que le preguntase al dicho cacique
e capitanes si son ellos los que han hecho las dichas manillas que
el dicho Juan de Azpeleta, su encomendero, ha contratado, e que si
tiene(n) oro alguno. Dijo el dicho cacique e capitanes que ellos
son los que las han hecho, e que Francisco Enríquez se las mandó
también hacer, e que les echaban oro, e que después se las mandó
hacer Juan de Azpeleta, e les mandó que les echasen más poquito oro
para poder juntar el cobre, que no se pueden fundir sin llevar
algún oro.
|E luego su merced le mandó a los dichos indios que hiciesen
dos o tres manillas, según e como (e) de la manera que hicieron las
que Azpeleta, su encomendero, les mandó hacer, e que les echasen
otro tanto oro como echaron a las otras. Testigos los
dichos.
|E luego el dicho cacique e indios encendieron un poco de
carbón sobre un tiesto con tres sopladores de cañas, e pusieron en
él un crisol e dentro un pedazo del caricurí que trajeron con un
poquito de oro bajo, e al presente están soplando e fundiendo el
dicho caricurí para de él hacer la dicha manilla. Después de
fundido sacaron el dicho crisol e le echaron encima un poco de
agua, e lo sacaron del dicho crisol, e luego sobre la piedra que
está en la bigornia con otra piedra uno de los dichos caciques que
se llama Chemuasue le dió golpes, e luego lo tornó a echar en las
brazas e soplando con uno de los sopladores. E lo tornaron a sacar
e lo echaron en una totuma de agua, e luego lo sacó e tornó en la
bigornia sobre la piedra con la otra piedra a dar golpes por una
parte e por otra, e después lo tornó a echar en la dicha candela, e
tornó otro indio a soplar con un soplador. E luego lo tornaron a
sacar e lo echaron en la dicha totuma de agua, e lo tornaron a
sacar y el dicho capitán tornó con las dichas piedras en la
bigornia a darle por una parte e por otra a le dar golpes, e de
esta manera metiéndolo en la dicha candela e sacándolo y echándolo
en el agua y dándole golpes en la dicha bigornia con las dichas
piedras lo hicieron hasta que lo alargaron muchas, muchas veces. E
desde que lo tuvo del largo que había de ser, lo arredondeó en las
dichas dos piedras, calentándolo e dándole de golpes; e desde que
lo tuvo redondo, en un pedazo de piedra llana mojándola con agua la
raspó e acabó de arredondear e limpiar, e después la tornó a dar e
acabar de limpiar en la piedra que tenía en la mano en lugar de
martillo, con que daba sobre la que estaba en la bigornia. E luego
la tornó a calentar soplando en el dicho fuego, de donde la sacó
caliente e la echó en la dicha totuma de agua. E luego la sacó e
entre las dos piedras la arrollaba toda ella a manera de
bruñirla.
|E luego otro indio de los susodichos, que se llama Pachey,
la torció en la palma de la mano izquierda y en un palo redondo,
hasta que la volvieron como manilla. E luego la tornaron a la dicha
candela, e soplando el dicho indio la calentó y caliente la sacó y
echó en el agua, e luego la sacó, e sobre un palo hueco con un
hueso la acabó de arredondear, hasta que quedó hecha manilla
redonda.
|E luego la hierba que trajeron para le dar color se molió en
una piedra, e así molida la echaron en una olla chiquita que
traían, e le echaron agua e sal molida blanca, e lo menearon todo e
deshicieron en la dicha olla. E limpiaron la dicha manilla con un
poco de arena blanca menuda que traían en una hoja de mazorca de
maíz, con las manos e agua. Easí limpia la tornaron a echar en la
dicha candela e soplándola la tuvieron en ella hasta que se
calentó. E luego la sacó, habiéndola tenido sobre las brazas e
vueltola de una parte a otra, e luego cubrió de brasas e la metió
en la dicha agua, e la sacó e tornó a dar e a fregar con las dichas
manos e arena que traían en la dicha hoja de mazorca de maíz. E
luego soplando la dicha candela la calentó en ella, teniéndola en
la mano sobre la lumbre, e después la puso sobre las brasas e la
volvió de una parte a otra, e luego la cubrió con las dichas
brasas, e tornó a soplar la dicha candela hasta que estuvo
caliente, e la sacó e metió en el agua, e luego la metió en la
dicha olla de agua e hierba molida e sal, donde la tuvo metida,
metiéndola e sacándola dentro, meneándola con un palo a una parte e
a otra gran rato. E después la sacó e tornó a fregar en las manos
con la dicha arena un rato. E luego la lavó e tornó a meter en la
dicha olla de la hierba e la tuvo dentro meneándola en ella a una
parte e a otra gran rato. E la tornó a sacar e refregar con la
dicha arena, e la lavó con agua e tornó a soplar la candela e
teniéndola con la una mano sobre la candela la enjugó del agua que
tenía. E luego la puso sobre la brasa encendida e la tuvo allí
soplando la candela, e la volvió de una parte a otra sobre las
dichas brasas. E la sacó e metió en el agua. E de allí la sacó e
tornó a meter en la dicha olla de hierba, agua e sal, e la tuvo
dentro meneándola con un palo delgado de una parte a otra. E
después la dicha olla puso sobre las brasas, dentro de ella la
dicha manilla, e sopló hasta tanto que hirvió la olla con la
manilla dentro, e así hirviendo la meneó con el dicho palo a una
parte e a otra. E después la quitó la dicha olla de sobre la
candela, e fuera en el suelo puesta la tuvo, meneándola dentro. E
después la tornó a sacar, e con la dicha arena con las manos la
bruñó toda, e la tornó a meter en la totuma de agua, e la tornó a
enjugar en la candela teniéndola en la una mano sobre la dicha
candela hasta que se enjugó. E de esta manera quedó con la color
que había de tener e acabada. E luego el dicho cacique e indios
dieron y entregaron a su merced la dicha manilla e dijeron que
estaba hecha e acabada, e por su merced les fue preguntando si las
manillas que han hecho e dado al dicho Azpeleta si es de esta
manera e de este metal, los cuales por la dicha lengua respondieron
que de esta manera e tamaño eran y otras más chicas.
|Preguntados por su merced: qué tantas manillas son las que
han hecho por mandado del dicho Azpeleta, e las que le han dado y
que de qué tamaño las han dado, dijeron que les han hecho muchas,
que las contratan e lo declararán ante su merced.
|Fueron preguntados por la dicha lengua si hacen estas
manillas de esta manera, e dándolas por oro con el color que les
dan para que parezcan oro, si saben que es falsedad y engaño.
Dijeron que son para engañar.
|Fueron preguntados que pues saben que son malas e para
engañar, que por qué las hacen. Dijeron que Francisco Enríquez se
las mandó hacer cuando le servían, e después acá que sirven a
Azpeleta se lo ha mandado e hecho hacer el dicho Azpeleta su
amo.
|Preguntados que si echaban más oro que ahora en tiempos de
Francisco Enríquez; dijeron que poquito más le echaban. Preguntados
que por qué no echaban ahora tanto oro como cuando Francisco
Enríquez se lo mandaba. Dijeron que porque Francisco Enríquez
echaba el oro por su mano y era suyo, con que se hacían las dichas
manillas; e ahora el oro que les echan en tiempo de Azpeleta es de
estos indios e por eso le echan más poco e por lo que dicho tienen,
e que Francisco Enríquez les mostró las manillas e les dijo:
¡hacedlas de esta manera!
|Preguntados si este engaño de estas manillas si lo solían
hacer antes que las hiciesen para Francisco Enríquez e Azpeleta;
dijeron que no.
|Preguntados si ellos rescatan con estas manillas oro u otras
cosas con otros indios; dijeron que no rescatan oro ni otra cosa
con los otros indios ,de esta tierra, porque lo conocen e saben que
es bellaco oro. E que lo que dicho tienen es verdad e lo mismo que
le han dicho a la dicha lengua es la verdad e lo que pasa e saben
de lo que les ha sido preguntado. E su merced lo firmó e los
testigos que lo supieron firmar. El licenciado Montaño. Lorenzo
Jiménez. Andrés García. Pasó ante mí, Bartolomé de Alba,
escribano.
|E luego su merced visto todo lo susodicho dijo que mandaba e
mandó que esta manilla se pese e asiente aquí lo que pesa, e se
ponga con las otras manillas, e se le ate e ponga una señal. E
mandó a los dichos indios que no hagan más manillas aunque se lo
mande su amo ni otra persona, so pena de cien azotes. Testigos los
dichos, e se les dió a entender con la lengua.
|E luego yo el dicho escribano en presencia de su merced e de
los dichos testigos se pesó la dicha manilla, la cual pesa dos
pesos y cinco tomines e medio. Bartolomé de Alba,
escribano".
|
|1
|
FRIEDE, Juan. Breves informaciones sobre la metalurgia de los
indios de Santa Marta, según documentos encontrados en el Archivo
General de Indias, Sevilla. En Journal de la Société des
Américanistes. Nueva serie, Vol. XL (1951), pp. 197-202.
|
|
|2
|
LANGEBAEK, Carl Henrik. Persistencia de prácticas de orfebrería
muisca en el siglo XVI, el caso de Lenguazaque. En: Universitas
Humanística. Vol. 16, No. 27 (ene-jun, 1987), pp. 45-52.
|
|
|3
|
Archivo General de Indias, Justicia 587-A, f. 600-793.
|
|
|4
|
Relación de la Villa de Tamalameque por sus notables en 1579.
En: Friede, Juan. El Bajo Magdalena. Documentos. Boletín Cultural y
Bibliográfico, Vol. XI, No. 1 (1968), pp. 64-77.
|
|
|5
|
La Relación advierte que los españoles deformaron esta palabra
en "Mohan", aplicándola a todos los hechiceros
del río Magdalena.
|
|
|6
|
AGI, Justicia, 568-A, f. 201 v-221 v.
|
|
|7
|
La ortografía de este nombre en el documento es:
Çinpieguas.
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