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NUEVOS DATOS PARA UN VIEJO
PROBLEMA
Investigación y discusiones entorno
del poblamiento de América del Sur
GERARDO I. ARDILA CALDERÓN
|Universidad Nacional de Colombia
GUSTAVO G. POLITIS
|CONICET Argentina
Introducción
En el último decenio se han producido en América del Sur nuevos
y espectaculares hallazgos, en especial los de Monte Verde en Chile
y Toca do Boqueirao da Pedra Furada, en Brasil, que han modificado
las ideas acerca de la edad y las características del poblamiento
más antiguo del continente. Se han escrito numerosos artículos
referentes al tema, apoyando, cuestionando o discutiendo estos
nuevos hallazgos (entre muchos otros Bryan, 1986; Dincauze, 1984;
Owen, 1984; Dillehay, 1988). Sin embargo, a pesar de los nuevos
descubrimientos y de las intensas discusiones, este problema
relevante para la arqueología americana está aún lejos de
resolverse.
Existen varios aspectos que presentan dificultades especiales
para el tratamiento del hombre temprano en América. Por un lado,
los hallazgos no son muy numerosos y están distribuidos en extensas
áreas. Muchas de las consideraciones efectuadas sobre esas bases se
deben generalizar a partir de información muy puntual y adquieren
carácter continental aun cuando la escasez del registro no permite
efectuar comparaciones a larga distancia. De otra parte se observa
una clase distinta de datos entre América del Norte y Centro y Sur
América. En efecto, en Norteamérica se cuenta con una cantidad
importante de sitios que, con base en múltiples fechas de C 14 se
ubican entre aprox. 12.000 y 9.000 años A.P. Su localización ocurre
en áreas próximas y en muchos casos comparten rasgos similares (ej.
Plainview, Lake Lubbock, etc.). En América Central y del Sur la
cantidad de sitios, en relación con la superficie en la que se
distribuyen, es mucho menor y aquellos con abundantes fechados
radiocarbónicos, son aún mucho más escasos (ej. El Abra,
Tequendama, Taima-Taima, Monte Verde). Un tercer problema que surge
es la incorporación diferencial de la información según esta
provenga de América del Norte, o de autores norteamericanos, o haya
sido producida en América Central o del Sur por investigadores
locales. Esta última, generalmente ingresa con más dificultad o en
forma incompleta a la discusión del problema del poblamiento debido
a que no siempre es publicada en inglés o en revistas- de amplia
difusión.
En este artículo estamos presentando información actualizada
sobre los más antiguos pobladores de América del Sur, discutiendo
la calidad de los datos y evaluando su relevancia para discutir la
antigüedad y características del poblamiento del continente.
El noroccidente de América del Sur
El noroccidente de América del Sur está constituid o por los
territorios de las actuales repúblicas de Colombia y Venezuela.
También incluimos Ecuador, puesto que las características de los
conjuntos arqueológicos estudiados y su ubicación geográfica así lo
permiten.
La investigación arqueológica sobre los grupos humanos que
ocuparon el área durante el Pleistoceno es escasa. En Colombia,
Correal y van der Hammen han conducido las más significativas
investigaciones. Se han explorado grandes regiones sobre los valles
de los ríos Magdalena, Cauca, Sinú, algunos afluentes del Océano
Pacífico, y las tierras bajas del Caribe. Sin embargo, las
excavaciones se han concentrado en las tierras altas de la
Cordillera Oriental, en los alrededores de Bogotá. En Venezuela
únicamente se han hecho trabajos en las tierras áridas del Caribe
en inmediaciones de la ciudad de Coro y en la Península de
Paraguaná. En Ecuador, aunque la investigación ha sido más
abundante (Santiana, Carluci, Mayer-Oakes, Bell, Morgan, Stother,
Salazar, Lynch, Lanning, Temme y Sacma, entre otros), tampoco
existe mucha información, aún permanecen extensas regiones sin
explorar y se sabe muy poco sobre paleogeografía y los ecosistemas
del Pleistoceno. Las investigaciones se han desarrollado en
especial en el cerro llaló (Lámina 8), cerca de Quito (Provincia de
Pichincha), en donde se encuentra el conocido yacimiento de El
Inga. Más al sur, sobre los Andes, en las Provincias de Azuay y
Loja (Lámina 9) se han hallado yacimientos, de los que han sido
excavados la Cueva de Chobshi (Lynch y Pollock, 1981) y Cubilán
(Temme, 1982). En la costa, al occidente de la Península de Santa
Elena, se iniciaron investigaciones desde comienzos de los sesentas
(Lanning, 1967) pero tan sólo se ha empezado a escribir en los
últimos años (Stothert, 1985).
Como puede observarse, la información disponible es fragmentaria
y muy localizada, lo que dificulta cualquier intento de generaliza-
ción. Una evaluación de la evidencia arqueológica en el norte de
Suramérica es bien difícil por cuanto existen grandes áreas
completamente desconocidas para el récord arqueológico y las zonas
conocidas poseen en sí mismas enormes vacíos e importantes
preguntas irresueltas. A la vez, hallazgos aislados u ocasionales,
fuera de contextos arqueológicos o provenientes de sitios
superficiales o colecciones particulares no sistemáticas, tienden a
aparecer ante nuestros ojos como más importantes de lo que
realmente son, por aquella sentencia que "... se han
encontrado tan raras veces restos culturales pertenecientes a la
época paleoindia que cada hallazgo, cada pedacito de evidencia
merece considerarse" (Bird and Cooke, 1979: 7).
Lejos de ser una región homogénea, caracterizada por una flora
abundante, alta humedad y una fauna limitada -como algunas veces se
plantea (ver Borrero, 1988)- el norte de Suramérica posee una gran
variedad de medio ambientes, climas y recursos que ofrecen miles de
posibilidades diferentes a grupos de colonizadores tempranos. La
temperatura y los conjuntos faunísticos y florísticos cambian con
la altitud sobre el nivel del mar formando franjas o
"cinturones" bióticos bien diferenciados pero, a
la vez, la variada distribución de las lluvias y la insolación y
radiación solar sobre las vertientes andinas y las tierras bajas,
conducen a la formación de zonas más o menos húmedas o secas que
configuran un mosaico de diferencias, acrecentadas por las
características geológicas y edafológicas.
Al sur del área, Ecuador está dividido en tres grandes franjas.
Una estrecha faja costera sobre el Pacífico, que en la actualidad
tiene bajos promedios de pluviosidad distribuida en forma muy
variable durante el año, pero que hasta hace pocos años estaba
cubierta por esteros y manglares y una vegetación boscosa
semiabierta (ver Stothert, 1985); en el centro se encuentra la
Cordillera de los Andes con grandes alturas y una extensa área de
páramos; al oriente de los Andes está la selva del Amazonas, que en
esta parte corresponde al "Refugio Napo" (ver
Haffer, 1974: 147).
Una vez en Colombia, los Andes se dividen en tres ramales de
diferente origen, que forman las cordilleras Occidental, Central y
Oriental; la última alcanza la costa central de Venezuela. Al norte
se levanta el macizo de la Sierra Nevada de Santa Marta (con más de
5.000 metros de altitud), y algunas alturas menores como las
serranías de San Jacinto, San Jerónimo y San Luis (en Venezuela) y
al sur la Sierra de la Macarena. Entre estas elevaciones se
extienden las planicies. Entre las cordilleras Occidental y Central
se encuentra el Valle del río Cauca que desemboca en el Magdalena,
el cual a su vez corre de sur a norte entre las cordilleras Central
y Oriental formando un ancho valle. Los ríos Cauca y Magdalena
reciben todos los caudales de las vertientes internas de los Andes,
mientras al norte en territorio de Venezuela, el Lago de Maracaibo
es el receptor de innumerables corrientes originadas en la
Cordillera de Mérida, el Nudo de Pamplona y la Sierra de Perijá. Al
oriente de los Andes yacen las sabanas del Orinoco y las selvas del
Amazonas que ocupan un inmenso territorio. Al norte de los Andes
las tierras bajas del Caribe, cálidas y secas en general, y al
occidente, desde el piedemonte de la Cordillera Occidental de
Colombia, una estrecha y muy húmeda franja costera sobre el Océano
Pacífico.
La llanura costera del Atlántico y los valles interandinos son
relativamente secos, con promedios anuales de lluvia entre 1.000 y
2.000 milímetros, aunque grandes áreas en esta zona no alcanzan los
1.000 mm anuales, con temporadas secas de once meses y un solo mes
lluvioso; generalmente, están cubiertas por sabanas y pajonales. En
cambio, el piedemonte y las vertientes exteriores alcanzan
anualmente promedios superiores a 3.000 milímetros. La parte norte
del Chocó, al occidente de los Andes, y las selvas del Amazonas, al
oriente, constituyen algunos de los lugares más lluviosos del mundo
(ver Monasterio, 1980, Ochsenius en Ochsenius y Gruhn, 1979; Oster,
1979). Aunque es claro que la región que tratamos posee una muy
variada gama de ambientes, las mayores diferencias se producen
entre las tierras bajas tropicales (alrededor de 0 a 1.000 m de
altitud y un promedio de 25º centígrados de temperatura) y las
tierras altas andinas (por encima de 2.000 m y con temperatura
promedio entre 16º y 0° centígrados).
La idea de una "estabilidad de los trópicos"
durante el Pleistoceno es insostenible a la luz de los datos
recientes (ver Salgado- Labouriau, 1980: 159-169). Las
transformaciones ambientales ocurridas al final del Pleistoceno
fueron complejas. Thomas van der Hammen escribe que "los
cambios de vegetación en los Andes, causados por oscilaciones
climáticas, no fueron simplemente movimientos verticales de zonas o
cinturones altitudinales sino que hubo un frecuente reordenamiento
de especies y tipos de vegetación, lo cual pudo conducir a un
ordenamiento y zonación diferente a los de hoy en día en esta
área" (van der Hammen, 1986: 261).
Hasta el momento no se han publicado estudios paleoecológicos de
los valles interandinos. El conocimiento de algunos sectores de las
vertientes interiores de los Andes procede principalmente de la
extensión del estudio de las zonas altas andinas. Por el contrario,
las tierras altas y, en particular, la Cordillera Oriental de
Colombia, han sido profusamente estudiadas y es bastante bien
conocida la historia de su clima y vegetación durante el último
millón de años (ver Th. van der Hammen, 1985, 1986b, 1986d; van der
Hammen y Correal, 1978; Correal, van der Hammen y Hurt, 1977;
Ardila, 1985, 1986).
Una buena parte de los estudios ha sido hecha en el Altiplano de
Bogotá (a 2.600 m de altitud), que durante casi todo el Pleistoceno
fue un lago, en el que se depositaron varios centenares de metros
de sedimentos. Además de los estudios sobre la historia de los
cambios de temperatura y vegetación, ha sido posible estudiar las
fluctuaciones del nivel de las lagunas, debidas principalmente a
cambios en la precipitación efectiva, la evaporación y, obviamente,
la temperatura.
Durante el Peniglacial Medio, entre 45.000 y 25.000 años antes
del presente, existió un clima frío pero bastante lluvioso. Los
glaciares descendieron hasta cerca de 3.000 metros sobre el nivel
del mar y estuvieron en contacto con el bosque altoandino. Esta
situación fue posible gracias a temperaturas muy bajas con una
precipitación efectiva mucho más alta que la actual (ver van der
Hammen, 1986c).
El Tardiglacial, entre 21.000 y 14.000 años A. P. fue el período
más seco del Pleniglacial, hasta el punto que casi todas las
lagunas desaparecieron o sus niveles bajaron al máximo. Durante
este tiempo los glaciares llegaron a su máxima extensión en el
hemisferio norte y el nivel del mar bajó mucho. Las tierras altas
de la Cordillera Oriental, la vertiente occidental y sectores del
Valle del Magdalena se cubrieron con una vegetación baja y abierta
que permitió el contacto directo entre las tierras bajas y altas,
puesto que también se formaron "puentes" con los
llanos a través de Salles secos transversales como el de Ubaque
(van der Hammen, 1985: 7; 1986c: 250). En este tiempo se
desarrollaron poblaciones grandes de herbívoros como mastodontes y
caballos que, junto con venados y muchas especies de roedores
pudieron moverse con facilidad entre las sabanas tropicales
abiertas con vegetación xerofítica y los páramos.
Entre 14.000 y 12.000 años A. P. hubo un aumento de la humedad y
una disminución del frío, que alcanzaron un momento
"óptimo" entre 12.000 y 11.000 años, conocido
como el Interestadial de Guantiva. Antes de la iniciación del
Holoceno, entre 11.000 y 10.000 años A.P. aún se presentó un último
fuerte descenso de la temperatura (Estadial del Abra).
El aumento de la temperatura y de la humedad significó la
eliminación de los contactos directos entre tierras bajas y altas y
la reducción de las áreas de vegetación abierta a unas pequeñas
zonas aisladas. Thomas van der Hammen las ubica en el valle medio/
alto del Magdalena, en enclaves secos de la parte occidental/
meridional de la Sabana de Bogotá, en algunos otros altiplanos,
valles interandinos y páramos altos.
Como las zonas de vegetación abierta constituyen el ecotono de
los grandes herbívoros, su reducción desempeñó un importante papel
en la extinción de las grandes poblaciones, aunque es probable que
algunos individuos hubieran podido persistir hasta bien entrado el
Holoceno en sectores secos del Valle del Magdalena. (Th. van der
Hammen, 1986d; 1981).
Algunos huesos de mastodontes han sido fechados (van der Hammen,
1981; 1985; 1986d). Los resultados entre 21.000 y 10.000 años A.P.,
concuerdan muy bien con la época de iniciación de los
"puentes" de vegetación abierta y con las fechas
de la disminución de las áreas no boscosas y el consecuente cierre
de las vertientes.
Con la iniciación del Holoceno el Bosque Andino denso predominó,
aunque en algunos momentos incluso el Bosque Subandino ocupó las
partes bajas del altiplano. La fauna cambió y muchos animales
pequeños reemplazaron los grandes herbívoros pleistocénicos, aunque
fueron muy importantes los venados (
|Odocoileus y Mazama)
para los grupos de pobladores tempranos de las altiplanicies.
El noroeste de Suramérica tiene costas en el Pacífico y en el
Atlántico. De la costa pacífica no se han publicado estudios
paleoecológicos que nos sean de utilidad (ver Stothert, 1985). En
el Atlántico hay muy poco. Especial importancia tienen los trabajos
de Thomas van der Hammen y Wijmstra en Guyana, Surinam y Guyana
Francesa (ver van der Hammen, 1986b: 44-46). Otro tipo de
información, recurriendo a análisis taxonómicos, biográficos y
paleoclimáticos es reseñada por Ochsenius (1980a: 8-20) para la
región árida del extremo norte suramericano. En los últimos años,
van der Hammen y sus colaboradores han estudiado secuencias de
turberas en la cuenca inundable del Bajo Magdalena - Cauca - San
Jorge (ver van der Hammen, 1986a; 1986b: 48-50).
En la selva húmeda del Amazonas apenas comienza la investigación
sistemática de la historia climática, aunque ya se han hecho
avances de importancia (Absy, 1979; Meggers, 1976; van der Ham men,
1986b); a su vez, Wijmstra y van dbr Hammen (1966) elaboraron
diagramas de polen de lagos localizados en las sabanas de los
Llanos orientales de Colombia y Rupununi de Guyana.
De los datos aportados por las investigaciones en las tierras
bajas del norte de Suramérica se puede concluir que existe
correspondencia con los eventos climáticos detectados en los Andes.
Durante las fases más frías del Pleistoceno hubo una expansión muy
significativa de las áreas con vegetación abierta o semiabierta y
las sabanas herbáceas y durante los períodos cálidos hubo
predominancia de los bosques densos. No obstante, si bien las fases
secas y húmedas se relacionan con los principales cambios en la
temperatura, la precipitación efectiva y las variaciones en los
niveles del océano, en las diferentes regiones el efecto de estas
fases fue de diferente intensidad y de impacto variado sobre la
flora y la fauna (ver van der Hammen, 1986b: 48, 52-53; Meggers
s.f.: 9; Absy 1979a: 73).
En Colombia y Venezuela las puntas de proyectil que podrían
corresponder a fechas pleistocénicas proceden todas de
recolecciones superficiales y de hallazgos ocasionales sin
asociaciones claras. En Ecuador, por el contrario, cantidad de
ejemplares han sido excavados y fechados. No obstante, desde
finales del siglo XIX se empezaron a reportar encuentros aislados a
lo largo de casi todo el callejón interandino (Salazar, 1988: 94).
En Venezuela han sido descritos dos tipos diferentes de puntas
(Láminas 4 y 5). El primero corresponde a las puntas lanceoladas de
El Jobo, que Cruxent ha hecho muy conocidas desde los alrededores
de la ciudad de Coro y a lo largo del río Pedregal (ver Krieger,
1974: 96; Cruxent en Ochsenius y Gruhn, 1979: 77-89). Aunque el
conjunto de artefactos asociados no ha sido bien descrito puesto
que la mayor cantidad de los hallazgos procede de sitios
superficiales, en el sitio de matanza de Taima-taima se halló una
sección media de una de estas puntas en la cavidad púbica de un
joven mastodonte excavado en 1976, cuya fecha oscila entre 14.000 y
12.000 años A.P. En una excavación anterior, en el mismo lugar, un
fragmento se habían reportado en la cavidad pélvica de otro
mastodonte. El segundo tipo corresponde a puntas acanaladas
similares a las del Lago Madden, en Panamá (Bird, 1969; Bird y
Cooke, 1978, 1979). Todos los hallazgos de estos artefactos han
sido hechos en superficies erodadas y sin asociaciones de ninguna
clase. En Colombia un ejemplar similar, sin la sección basa¡
(Lámina 2:1) fue hallado por Correal en la margen izquierda del
Golfo de Urabá, en Bahía Gloria (Correal, 1983). Otra punta
colombiana que podría mencionarse aquí, aunque su morfología
permite clasificarla como "cola de pescado"
(Bird, 1969), fue publicada hace años por Emilio Robledo (1955:
217-230). Tallada en cuarcita, es de procedencia desconocida,
aunque Robledo la adquirió en Manizales. No obstante, la mayor
cantidad de artefactos completos y varios fragmentos se han
encontrado en el área del Jobo, en el sitio de El Cayude (Oliver,
comunicación personal), al sur de la Península de Paraguaná (Lámina
4). El establecimiento de una cronología para estas puntas es por
ahora imposible pues no han sido halladas en contextos
arqueológicos claros, aunque por su morfología se les ha asignado
una edad de finales del Pleistoceno y comienzos del Holoceno.
Otro tipo de puntas ha sido reconocido en Colombia. Se trata de
especímenes pedunculados con acanaladura intencional, aletas
recortadas y bordes ligeramente curvos, fabricadas sobre chert
(Lámina 2). Hasta ahora se conocen cuatro ejemplares de estas
puntas que hemos denominado Tipo Restrepo: El primer ejemplar
procede de Restrepo, en el departamento del Valle, y pertenece a
las colecciones del Museo del Oro de Colombia (Reichel-Dolmatoff,
1986); el segundo fue encontrado en 1955 en los suburbios de
Medellín y se encuentra en el Museo de la Universidad de Antioquia
(Ardila, 1985); el tercero fue excavado por Correal en la Cueva de
los Murciélagos, en Bahía Gloria (Correal, 1983: 80) y el último
procede de la desembocadura del río La Miel en el Medio Magdalena.
Para estas puntas tampoco se puede establecer cronología. Bray
(1984: 309) establece una similitud en la forma de estas puntas con
una punta de Belice, que a su vez ha sido comparada con las
paijanenses de la costa norte del Perú y el Alto Ecuador, fechadas
alrededor de 8.000 años antes de Cristo. Sin embargo, comparando
entre sí todos estos ejemplares nos parece que el establecimiento
de relaciones formales entre ellos es difícil.
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Lámina 2. Puntas de proyectil de Colombia
1. Bahía Gloria, Golfo de Urabá (tipo Lago Madden).
2. Cueva de los Murciélagos, Bahía Gloria, Golfo de Urabá (tipo
Restrepo).
3. Niquía, Medellín (tipo Restrepo). Colección U. de Antioquia. 4.
Restrepo, Valle (tipo Restrepo). Colección del Museo del Oro.
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Otro grupo de puntas del suroccidente de Colombia están muy
relacionadas con los conjuntos arqueológicos de Ecuador. Nos
referiremos a ellas más tarde. Es importante resaltar que en el
Altiplano de Bogotá, donde se han estudiado varios yacimientos
estratificados no se han encontrado puntas de proyectil. En Tibitó,
interpretado como un sitio de matanza de mastodontes y caballos, no
aparece ninguno de estos artefactos. Quizás la única excepción la
podría constituir un pequeño fragmento bifacial recuperado en los
niveles profundos del Tequendama, que sus descubridores explican
como un fragmento de punta de proyectil reacondicionado como
raspador después de haberse roto (Correal y van der Hammen, 1977:
68).
En el área noroccidental de Suramérica no son muchos los
yacimientos importantes excavados. Continuando con nuestra división
básica de tierras altas y bajas en el área, encontramos los sitios
de Taima-taima, en Venezuela, y OGSE-80, en Ecuador, como únicos
yacimientos excavados en las tierras bajas; en las tierras altas
están El Inga, San José, Chobshi y los dos yacimientos de Cubilán,
en Ecuador; El Abra, Tequendama y Tibitó, en Colombia.
El primer bosquejo articulado sobre los hallazgos de estaciones
líticas superficiales en las tierras bajas fue hecho en 1965 por
Gerardo Reichel-Dolmatoff, quien durante sus exploraciones en las
costas Atlántica y Pacífica de Colombia, localizó varias zonas con
abundantes artefactos líticos desperdigados sobre la superficie
(ver Reichel Dolmatoff, 1986: 47). Al norte de la costa Pacífica,
en el alto río Baudó, en los ríos Juruvidá y Chorí y en la Bahía de
Utría fueron hallados artefactos de apariencia muy tosca,
trabajados por percusión sobre grandes núcleos cuarcíticos. Estos
hallazgos llevaron a Krieger a incluir al Chocó entre los sitios
pertenecientes a su "Pre-proyectil point Stage",
en 1964 (Krieger, 1974: 84). En la costa Caribe, sobre una colina
erosionada en el bajo río Sinú y sobre el Canal del Dique, en el
departamento de Bolívar, Reichel-Dolmatoff encontró varios cientos
de artefactos líticos en los sitios de San Nicolás y Pomares,
respectivamente. Raspadores, hojas cortantes y piedras modificadas
por percusión conforman el conjunto de instrumentos.
Años más tarde, Gonzalo Correal realizó una gigantesca campaña
exploratoria durante cerca de dos años, tendiente a localizar
yacimientos precerámicos tempranos a lo largo del Valle del río
Magdalena y la costa Atlántica. Como resultado de este trabajo
Correal describió alrededor de 25 localidades (Correal, 1977) con
artefactos. Sin embargo, no fue posible detectar ningún yacimiento
estratificado con excepción, quizás, de El Espejo, sobre el río
Minas, en el departamento del Cesar. Todos los lugares reseñados
son estaciones superficiales sobre viejas terrazas erosionadas
cerca de las ciénagas y confluencias de los ríos. Este patrón de
hallazgos se explica si se considera que durante el Holoceno se han
formado depósitos de sedimentos sobre los valles bajos de los ríos
que generalmente sobrepasan los 30 m de espesor. Así, los sectores
de los yacimientos que han podido detectarse corresponden a
aquellos que se localizaron sobre terrazas altas que hoy en día se
erosionan. Después de esta campaña no se han emprendido planes
articulados de investigación.
Los sitios descubiertos por Correal se concentran principalmente
en el alto y medio-bajo valle del río Magdalena donde, junto con
toscos y simples instrumentos adaptados por percusión, aparecen
grandes y pesados chopper y chopping tools acompañados casi siempre
de raspadores plano-convexos cuidadosamente terminados sobre
grandes lascas con plataforma de percusión preparada y,
ocasionalmente, retocados por presión (Lámina 3). Las localidades
donde estos conjuntos son más típicos, reportadas por Correal son
Boulder, El Hotel y La Argentina en el alto valle del río
Magdalena, cerca de Neiva y Villa Vieja, y las ciénagas de San
Silvestre y Chucurí en el Medio Magdalena (Correal, 1977).
Correal también exploró un trayecto del alto río Cauca, entre
Ansermanueva y Cali. En las terrazas aluviales cercanas ala
desembocadura del río La Vieja encontró artefactos líticos
superficiales y algunos fragmentos aislados de Stegomastodon, pero
sin ninguna asociación entre ellos.
En los Llanos del Orinoco y la selva amazónica no se han
adelantado investigaciones sobre períodos tempranos, aunque
tácitamente algunos autores aceptan la presencia de una gran
población humana en el territorio amazónico anterior a 10.000 años
(Meggers, 1976: 18-19; 1979: 255). Meggers, citando a varios
autores, estima que la primera diversificación de los grandes
grupos lingüísticos (Macrochibcha, Ge-Pano-Caribe,
Andino-Ecuatorial) debió ocurrir durante una fase de contracción
forestal y formación de refugios, un poco antes de 10.000 años (ver
Meggers, 1976: Fig. 6). Sin embargo, hasta el momento no se conocen
datos de ninguna naturaleza sobre los tempranos pobladores de estas
extensas regiones.
Como puede observarse, los datos más confiables utilizables para
las tierras bajas del área proceden de dos excavaciones, una en
Ecuador y otra en Venezuela.
|Taima-taima.
Para el año de 1966, Cruxent reportaba localizados más de 45
sitios y 20.000 artefactos, en un área de unos mil kilómetros en el
valle del río Pedregal, cerca de la ciudad venezolana de Coro
(Rouse y Cruxent, 1966: 35).
La región en donde se encuentran los principales yacimientos se
conoce con el nombre de El Jobo (Láminas 6 y 7). En 1959-1960,
Cruxent excavó el sitio de Muaco, al este de la desembocadura del
río Pedregal, descubierto en 1952 por Royo y Gómez (1960:154-155).
Allí se obtuvo una primera fecha, sobre placas de Gliptodon, que
arrojó una edad de 16.375 +_ 400 A. P. para la serie j oboide
(Rouse y Cruxent, 1966; 191; Royo y Gómez, 1960: 157). En 1962,
Cruxent descubrió el sitio de Taima-taima, cerca de dos kilómetros
al este de Muaco. Por la zona pasa la quebrada Guadalupe, en cuya
cuenca son comunes manantiales ascendentes que poseen agua
permanentemente; por ello, el sitio de Taima-taima fue bautizado
inicialmente con el nombre de Los Pozos de Royo y Gómez. Las
primeras excavaciones en Taima-taima fueron realizadas entre 1962 y
1967 por Cruxent, quien culminó los trabajos en 1970, excavando
cerca de 150 m2. En 1969, el mismo investigador localizó en los
alrededores un nuevo sitio, libre de las posibles alteraciones de
las fuentes ascendentes, conocido como Cucuruchú, en donde excavó
un área superior a los 100 m2. En 1976 un equipo de investigadores
compuesto por Alan Bryan, Rodolfo Casamiquela, J. M. Cruxent, Ruth
Gruhn y Claudio Ochsenius excavaron de nuevo en Taima-taima. El
informe final de su trabajo solo vio la luz diez años después
(Ardila 1987). Mientras tanto, la definición de una serie joboide
(Rouse y Cruxent, 1966: 37-38) y su establecimiento a partir de la
relación de los diferentes complejos que la conforman con las
distintas terrazas del río Pedregal (Lámina 6), generaron polémicas
y desconfianza de especialistas hacia todos los hallazgos
provenientes de esta región (ver Lynch, 1983). Esa posición, muchas
veces exagerada, ha negado la posibilidad de aprovechar muy
importantes datos obtenidos durante tantos años de trabajos
(Ochsenius y Gruhn, 1979; Rodríguez, 1985; Oliver y Alexander,
1989).
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Lámina 3. Artefactos de Colombia 1. Raspador plano-convexo.
Puerto Berrío, río Magdalena. 2. Chopper. Puerto Berrío, río
Magdalena. 3. Punta de proyectil (¿Paiján-Cubilán?). Puerto Berrío,
río Magdalena. 4. Artefactos abrienses del Altiplano de
Bogotá.
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Bryan (en Ochsenius y Gruhn, 1979: 41) diferencia cuatro
unidades estratigráficas en el sitio, de las cuales la Unidad 1 es
la única que contiene evidencias de la acción humana. En esta
unidad, restos de varios grandes animales extinguidos y un joven
mastodonte pueden tener una edad alrededor de 13.000 años; las
fechas referentes a la actividad cultural en el lugar oscilan entre
12.600 y 13.400 años antes del presente. En total se cuenta con
veintisiete fechas de radiocarbón que le dan seguridad a la
cronología (ver Bryan y Gruhn en Ochsenius y Gruhn, 1979:
56-57).
En el estrato que reposa sobre la Unidad 1 se encuentran huesos
de
|Equus, Macrauchenia, Glyptodon y algunos otros
diferentes a mastodontes, que no fueron cazados por el hombre. Esta
segunda unidad ha sido fechada entre 11.000 y 10.000 años antes del
presente. Bryan sugiere que existieron dos biofases, distinguidas
por la ausencia de mastodontes en la segunda y por diferencias de
humedad entre una y otra (Ochsenius y Gruhn, 1979: 49). Los autores
creen que durante la segunda biofase los mastodontes emigraron
hacia regiones más húmedas. Los instrumentos de piedra y hueso no
son abundantes y su ordenamiento en categorías tipo es difícil;
además su descripción ha sido incompleta y poco clara. Los
artefactos de piedra que describe Cruxent son puntas de proyectil,
artefactos de lasca y una categoría que él designa como
"tools of expediency". Solo dos, de los cuatro
fragmentos de puntas de proyectil mencionados, proceden de la
excavación, ambos hallados en la cavidad pélvica de dos mastodontes
excavados en diferentes temporadas de campo (1974, 1976), lo que
puede sugerir un especial método de cacería de estos animales.
Cruxent analiza los ejemplares reconstruyendo hipotéticamente las
partes faltantes, sobre la base de su conocimiento de muchos
objetos similares completos, y los clasifica dentro del tipo
Joboide. Manifiesta su conocimiento de que la mayoría de
instrumentos de Taima-taima, son artefactos circunstanciales y
atípicos, que corresponden sin duda a "artefactos de
ocasión" (Cruxent en Ochsenius y Gruhn, 1979: 85). El
equipo instrumental incluye seis piezas de hueso de mastodonte, una
de las cuales sirvió como yunque y cinco astillas utilizadas para
desprender carne de los huesos o para el desollado de las
presas.
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Lámina 4. puntas de proyectil ( tipo Lago Madden) de la
península De Paraguaná, Venezuela. (Cortesía de J. R. Oliver).
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Lámina 5. Región de Jobo, Venezuela (Cortesía de J. R.
Oliver).
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Lámina 6. Geomorfología de la región del Jobo, según los
trabajos de Alexander y Oliver hasta 1989. (Cortesía de J. R.
Oliver).
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Las excavaciones en Taima-taima han dado claridad sobre la
cronología y han permitido establecer la relación de las puntas
joboides con la megafauna. Aún hay aspectos que merecen más
estudio, como es el caso de los artefactos. Muchos miles de objetos
líticos procedentes de la región del Jobo reposan en las
colecciones sin haber sido atendidos.
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OGSE - 80
La Expedición Arqueológica de la Universidad de Columbia, en
1964, permitió encontrar 33 sitios precerámicos en la parte
occidental de la Península de Santa Elena, en Ecuador (Salazar,
1988: 98). Más tarde Karen Stothert ha encontrado nuevos
yacimientos y dirigido excavaciones en la región. El sitio más
conocido, OGSE-80, se halla en un pequeño cerro a unos 2.5 km de la
Bahía de Santa Elena. A partir de diferencias estratigráficas,
distinciones entre los conjuntos de fauna y 16 fechas de
radiocarbono, se han establecido dos fases diferentes: Las Vegas
Temprano, entre 10.000 y 8.000 años antes del presente, y Las Vegas
Tardío, con fechas entre 8.000 y 6.000 años A.P. (Stothert, 1985:
3).
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Lámina 7. Sitio de Taima- taima (cortesía de J. R.
Oliver).
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La fase más tardía del Complejo Las Vegas es mucho mejor
conocida que la fase temprana. Los artefactos líticos, fabricados
sobre horsteno, no son típicos y las diferencias entre los
artefactos de las dos fases son mínimas.
El análisis de los restos vegetales y animales del sitio
permitió a Stothert enfatizar sobre la adaptación de la gente de
Las Vegas a la explotación sincrónica de varios ambientes. Además
del sitio epónimo OGSE-80, en La Puntilla se conocen más de 30
sitios que corresponden al complejo, ubicados en la bahía, los
esteros, cerca de los lechos de las quebradas y en pequeños cerros
tierra adentro. Esta gente explotó una variedad amplia de recursos,
con una tecnología sencilla pero adecuada, en un medio algo seco
pero provisto de muchos ambientes diferentes que incluyeron una
zona marina productiva. Fueron cazadores, pescadores y
recolectores; la falta de una especialización tecnológica es
interpretada como una prueba de que no llegaron a depender de
ningún recurso en particular.
Stothert (1985: 11-12) opina que no hay motivo para pensar que
los restos de Las Vegas representan un aspecto temporal de alguna
adaptación serrana y vincula el complejo con aquellos sin puntas de
proyectil fuera del Ecuador, tales como los de la costa pacífica de
Colombia; San Nicolás y Pomares, en la costa atlántica colombiana;
las fases de Talamanca y Boquete de Panamá central y occidental;
los complejos Amotape y Siches en el norte del Perú y los niveles
profundos de El Abra, en Colombia. Para reforzar su interpretación
Stothert escribe: "La idea de una Tradición Temprana de
Bosque Tropical ayuda a explicar similitudes entre las culturas de
la Tradición Noroccidental Sudamericana. Ahora, creo que Vegas
tenía sus raíces en esta tradición del bosque tropical. Aunque la
península jamás estuvo completamente poblada de árboles, estaba
bordeada de manglares y es geográficamente adyacente a los bosques
tropicales de la zona occidental ecuatoriana" (Stothert,
1985: 12).
Conociendo bien los sitios mencionados por Stothert en Colombia
no creemos posible compararlos entre sí. Por el contrario, las
diferencias entre ellos son notables y, aún más, los yacimientos
coste ros son superficiales y los conjuntos líticos que les
corresponden no han sido bien definidos. Tampoco encontramos motivo
para no pensar que la forma de vida de la gente de Vegas sea una
adaptación a la diversidad ambiental de la costa de Santa Elena,
surgida hacia finales del Pleistoceno.
Las investigaciones arqueológicas en las tierras altas de
Colombia se han concentrado en los suburbios de Bogotá, en el
altiplano de la Cordillera Oriental. A diferencia de lo que ocurre
en otras regiones, las excavaciones en estos lugares han sido muy
cuidadosas y llevadas con rigor, las dataciones son claras,
abundantes y confiables, la descripción de los artefactos y las
clasificaciones precisas y bien documentadas. Solo aparecen algunas
preguntas que merecen abordarse.
|Tequendama
En 1970, tres años después de la iniciación de los primeros
trabajos sobre el hombre antiguo en Colombia, una vez concluidas
las excavaciones en El Abra, Correal y van der Hammen ubicaron
sitios bajo abrigos rocosos en Madrid, Ubaté, Bojacá y Soacha.
Escogieron un complejo de rocas areniscas al suroccidente del
altiplano de Bogotá, en el borde exterior de la altiplanicie, sobre
el camino natural entre el Valle del Magdalena y las tierras altas
de Bogotá, a 2.570 m sobre el nivel del mar. En este sitio se
encontró una secuencia estratigráfica y cultural de casi tres
metros de espesor, en la que se reconocieron nueve unidades
estratigráficas, cuya cronología de deposición se pudo precisar con
más de 16 fechas de radiocarbono (Correal y van der Hammen, 1977:
35). Muy abundante material lítico y óseo permitió establecer tres
ocupaciones precerámicas del sitio, separadas entre si por pequeños
períodos de abandono de los abrigos. Estos niveles arqueológicos se
denominaron "zonas de ocupación". La Zona 1,
durante el Tardiglacial, se fechó entre 12.500 y 10.100 años A. P.,
época del Interstadial de Guantiva y el Estadial de El Abra; La
Zona II, entre 9.500 y 8.500 años A.P., corresponde al comienzo del
Holoceno y la Zona 111 entre 7.000 y 6.000 años A.P., ocurrida
hacia los comienzos del óptimo climático. Nos ocuparemos de las dos
primeras.
En este sitio fue posible identificar claramente dos diferentes
conjuntos de artefactos. El primero, denominado "Clase
Tequendamiense" por los excavadores, se limita únicamente
a la Zona 1; es decir, a fechas pleistocénicas. Está constituido
por artefactos cuidadosamente trabajados, en los que se utilizó la
técnica de presión para aplicar delicados retoques marginales sobre
los bordes de uso. El material base empleado es casi siempre
"lidita" de excelente compactación y fractura
concoidea, pero también se usó diorita o basalto. Este tipo de
rocas no aparece en el altiplano; es posible que provenga desde el
valle del Magdalena. En esta "Clase
Tequendamiense" son típicos los raspadores plano-convexos
y los artefactos unifaciales; los descubridores mencionan el
hallazgo de tres instrumentos bifaciales readaptados para cortar o
raspar.
El segundo conjunto de artefactos ha sido denominado
"Clase Abriense" (Lámina 3), la cual aparece
desde el Pleistoceno hasta el siglo XVI, época de la conquista
europea. En estos instrumentos no se usó nunca la técnica de
presión, sino que fueron fabricados mediante percusión directa; no
hay plataformas de percusión preparadas de antemano. No aparecen
bifaces y si se quiere ser precisos tampoco existen unifaces,
puesto que no se trabaja una cara completa del artefacto sino
únicamente se remueven algunas lascas para lograr el borde deseado.
Esta clase de artefactos, definida en el sitio de El Abra, ha sido
incluida en la tradición de artefactos con borde arreglado
(Edge-trimmed Tool Tradition), caracterizada por raspadores
simples, cuchillos, láminas cortantes, cuyos bordes han sido
logrados por el lascado por percusión. Los artefactos se obtienen
removiendo lascas de núcleos sin preparar; tanto lascas como
núcleos se convierten en instrumentos (Hurt, van der Hammen y
Correal, 1976: 14).
Durante la Zona I los alrededores del abrigo estaban dentro del
área de páramo abierto. En el piso del abrigo se reconocieron dos
fogones rodeados de huesos de mamíferos y dos áreas delimitadas de
concentración de artefactos que fueron interpretados como talleres.
Los huesos de los animales indican la preferencia por los venados
(
|Odocoileus y Mazama, 40%), ratones (
|Sigmodon) y
curí (
|Cavia, 30%) y el 30% restante compuesto por conejos
(
|Sylvilagus), armadillo (
|Dasypus) y perro de
monte (
|Potos). Los artefactos de piedra pertenecen a las
clases "tequendamiense" y
"abriense", aunque los segundos son más
frecuentes. Los artefactos "abrienses" fueron
fabricados en el sitio usando materias primas (chert) locales,
mientras que los "tequendamienses" fueron
transportados probablemente desde el valle del río Magdalena. Los
autores estiman que "el porcentaje de instrumentos
cortantes es más de 50%, el de raspadores 30% y de perforadores 7%.
Entre los raspadores son más abundantes los laterales. El promedio
de raspadores cóncavos es bajo. Los raspadores aquillados y
cuchillos laminares se encuentran sólo en esta zona y la siguiente.
Artefactos de hueso, aunque se hallaron unos pocos, en la parte
alta de la zona, faltan casi por completo" (Correal y van
der Hammen, 1977: 168; ver 107-108).
Durante la Zona II, varios cambios habían ocurrido con respecto
a la anterior. La iniciación del Holoceno había colocado el sitio
en el Bosque Andino; la precipitación era mucho mayor que en el
período precedente, formando áreas pantanosas en el altiplano,
aunque en las inmediaciones del sitio las condiciones fueron más
secas. Dentro del abrigo se encuentran varios fogones alrededor de
los cuales se acumulan grandes cantidades de huesos mamíferos; al
centro, pero en el exterior y a los lados de los fogones se
observan áreas de talleres, indicando un incremento en la
confección local de los artefactos. Tan sólo un objeto está
fabricado sobre basalto, mientras que para los demás se utilizó
chert local, de menor calidad y dureza que el material base
utilizado en la zona anterior. Los restos óseos muestran un cambio
en las preferencias alimenticias: los venados solo alcanzan cerca
del 15%, mientras que los roedores constituyen el 75%, en especial
ratones (
|Sigmodon), curí (
|Cavia), paca
(
|Stictomys), conejo (
|Sylvilagus), armadillo
(
|Dasypus), topo (
|Cryptotis), fara
(
|Didelphis), comadreja (
|Mustela) y puma
(
|Fells). Los artefactos
"tequendamienses" desaparecen del registro
arqueológico y únicamente se encuentran los de la clase
"abriense" de técnica simple. Hay un aumento de
raspadores terminales y cóncavos que podría relacionarse con una
mayor dedicación al trabajo con madera. Entre los desechos
alrededor de los fogones se encuentran restos de caracoles
(
|Drymaeus y Plekocheilus), que pueden recolectarse en los
bosques vecinos al yacimiento.
|El Abra
La secuencia continua y la abundante información brindada por el
sitio Tequendama aclaró e incorporó en sus explicaciones los
resultados logrados anteriormente en El Abra, un sitio ubicado
cerca de la población de Zipaquirá, al centro-oeste del altiplano,
un poco por encima del nivel del antiguo lago pleistocénico de
Bogotá. El Abra fue el primer sitio estratificado que se estudió en
las tierras altas de Colombia y Venezuela. En 1967 - 1969 fueron
excavados parcialmente tres abrigos en la pared occidental del
corredor formado por dos escarpes paralelos cuyo cañón se dirige
hacia el altiplano de Bogotá.
En este sitio se reconocieron cinco unidades estratigráficas
principales cuya formación se extiende desde el Pleniglacial Medio
hasta el Holoceno. Se cuenta con 15 fechas de radiocarbón que
permiten conocer los límites cronológicos de cada capa
sedimentaria. Los restos arqueológicos proceden de las unidaces C3,
C4, D1, D2, D3, con fechas límite entre 12.400 +_ 160 años A.P. y
7.250 ± 100 años A.P., que corresponden al Tardiglacial
(Interestadial de Guantiva y Estadial de El Abra) y Holoceno
Temprano. Sin embargo los investigadores tienen dudas sobre la
verdadera antigüedad de la ocupación de los abrigos: "La
época de la primera ocupación humana de los abrigos rocosos de El
Abra permanece sin aclarar. Antes de las excavaciones de 1969 se
habían hecho cortes de prueba en áreas críticas de los abrigos
rocosos 2 y 3 por parte de Thomas van der Hammen y Correal;
posteriormente, guaqueros (buscadores de tesoros) perturbaron
seriamente la tierra de relleno del abrigo 3. En este último se
encontraron 29 lascas pequeñas de chert en lo que parecían ser
estratos no alterados inferiores a la base de 2 metros de la
cuadrícula de prueba hecha en 1967. Los estratos asociados
correspondían aparentemente a los de la unidad sedimentaria C2. A
juzgar por las fechas de Carbón-14 tomadas en el nivel C3
superestante (Ca. 13.000 - 10.000 años A.P.), estos artefactos, si
en efecto se encontraban en estratos no alterados, tendrían una
edad superior a los 12.500 años" (Correal, van der Hammen
y Hurt, 1977: 90). En otra publicación, refiriéndose al mismo tema,
van der Hammen y Correal escriben: "unas pocas lascas y
artefactos (entre ellos dos choppers) fueron encontrados en los
abrigos rocosos de El Abra en estratos correspondientes al
Pleniglacial Superior. Sin embargo, mientras no se pueda encontrar
material más abundante y directamente fechado por C-14, no se puede
decir mucho sobre la presencia del hombre en el área de la Sabana
de Bogotá".
"Hallazgos extremadamente interesantes incluyen grandes
chopper y chopping-tools sobre terrazas del valle del Magdalena que
podrían representar una tradición temprana, pero nada definitivo se
puede decir sobre su edad; podrían representar adaptaciones locales
o sobrevivencias de una cultura del Tardiglacial o de edad
holocénica. No obstante, la perspectiva de artefactos fechados
satisfactoriamente en el Pleniglacial Tardío en Colombia parece ser
favorable" (van der Hammen y Correal, 1978: 183).
Thomas van der Hammen ha sido más categórico al afirmar:
"las primeras indicaciones de la presencia del hombre en
el área provienen del estrato C 1 / 2 de los abrigos de El Abra:
dos "choppers" y algunas lascas. Este estrato
(material limoso-loessico) corresponde en su mayoría al estadial de
Fúquene (aprox. 21.000 - 13/14.000 años A.P. ..." (van der
Hammen, 1985: 12).
Otro problema planteado desde El Abra consiste en las
características de la ocupación de los abrigos. Todo parece indicar
que se trataba de ocupaciones de corta duración por parte de pocos
individuos que solo eventualmente fabricaban sus artefactos
allí.
Los artefactos de El Abra pertenecen a la Clase Abriense o
"Edgetrimmed tool Tradition". Instrumentos
relacionados con la Clase Tequendamiense, o atípicos, solamente son
los dos choppers mencionados y un raspador plano-convexo fabricado
en lidita negra y, por tanto, transportado desde fuera del
altiplano. La fauna corresponde a la ya descrita para Tequendama,
aunque se puede mencionar que en este sitio se pudo constatar la
domesticación
|in situ del Gurí (
|Cavia), un poco
antes del comienzo de nuestra era.
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