Reseñas
PUBLICIONES PERIODICAS
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ARQUEOLOGIA No. 4
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Revista Estudiantes
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
En su cuarto número la revista Arqueología nos trae los
siguientes artículos: ¿
|Qué es arqueología? de James Deets;
|Utilización del espacio arquitectónico en el mundo precolombino
colombiano de Alvaro Chaves; Un acercamiento a las prácticas de
deformación craneal y a sus posibles implicaciones culturales
de Margarita Reyes y Natalia Pradilla;
|Seis. Capítulo para
desarmar (Bosquejo Analítico) de Jairo Nieto;
|Estudio de
la composición mineralógica de la cerámica precolombina calima, en
relación con la geología de la zona (aplicaciones) de
Alejandro Pradilla; y la última parte del artículo de Daniele
Lavalle sobre
|Ocupación Prehistórica de las altas tierras
andinas.
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ARQUEOLOGIA No. 5
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Revista Estudiantes
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
El quinto número de esta publicación periódica se abre con un
artículo de Alvaro Botiva sobre
|Pérdida y rescate del
patrimonio arqueológico nacional. Francisco Ortiz hace un
recuento sobre
|Etapas en la obra etnológica de Gerardo y Alicia
Reichel-Dolmatoff. José Vicente Rodríguez nos ofrece su ensayo
|Acerca de la supuesta debilidad mental y física de los Muiscas
como posible causa de su conquista y su posterior extinción.
Carlos Eduardo López reseña su
|Exploración Arqueológica en
Cimitarra (Santander) y el volumen se cierra con un cuento de
Nelson Congo sobre
|Peces de colores y algunas caricaturas
de Mordillo.
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ARQUEOLOGIA
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No. 6 Revista Estudiantes
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
El sexto volumen de Arqueología contiene el siguiente material:
|Desarrollo de las comunidades indígenas de la Sierra Nevada dé
Santa Marta desde el formativo hasta el siglo XVI por Carl
Langebaek;
|Fuentes de los escritos de seis cronistas de
José Virgilio Becerra;
|Los Museos y su incidencia en la
educación, difusión y toma de conciencia de la importancia del
pasado regional por Margarita Reyes, Natalia Pradilla y Carlos
Eduardo López;
|Mensajes del pasado de Ana Cristina
Restrepo;
|Los Kawiri: Guerreros del Pasado (Primera parte)
de Jorge González;
|Transcripción de un documento de archivo
(Llanos Orientales) de Jorge González y Armando Moreno;
|Antropología y conservación de Ruth Elvira Rico, Gloria
Mercedes Vargas y Blanca Yolanda Sierra y un cuento de Victoria
Vásquez Awad titulado
|A propósito de literatura
etnográfica. El volumen se cierra con la
|Declaración
indigenista de Sevilla.
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UROBOROS No. 3
|
Revista Estudiantes
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
El tercer número de Uroboros nos ofrece un material de gran
interés compuesto por:
|Nos visitó James Petras de Alonso
Correa;
|A grupos marginados, políticas marginadas una
entrevista con François Correa; Colombia:
|Violencia y
Democracia de Libardo González;
|Los intelectuales y el
estado Colombiano: La presencia de los invisibles de Francisco
Jaramillo;
|Yo no comprendería una universidad que atentara
contra la libertad entrevista con Marco Palacios;
|Aparato
estatal y disciplinas sociales: una relación de marginados de
Guillermo Cortés;
|Los investigadores responden...; El
poeta Aleksandr Blok ante el año 1917 de Rubén Flórez;
|La
Universidad se está recuperando de tantas reventadas
entrevista con Myriam Jimeno y otras secciones sobre
|¿En qué
andamos?; Sólo letras; Humor; Reseñas.
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REVISTA DE ANTROPOLOGIA Vol. III, No. 2
|
Departamento de Antropología
Universidad de los Andes
Apartado 4976 Bogotá
En este número de la Revista de Antropología encontramos un
valioso material compuesto por:
|La recuperación de la historia en el gran Cumbal de
Joanne Rappaport;
|Etnohistoria e historia social: dos formas de
recuperación del pasado de Susy Bermúdez y Enrique Mendoza;
|Interpretando el pasado Páez de Joanne Rappaport;
|Malocas de terror y jaguares españoles: aspectos de la
resistencia indígena del Cauca ante la invasión española del siglo
XVI de Roberto Pineda Camacho;
|Dispersión geográfica y
contenido simbólico de la cerámica Guatavita Desgrasante Tiestos:
un ensayo de interpretación de Carl Langebaek. La sección de
Debates contiene ensayos de Nina de Friedemann sobre
|Antropología en Colombia: después de la conmoción;
|La
arqueología en Colombia: ¿inducimos, deducimos o imaginamos?
de Felipe Cárdenas;
|El manejo del tiempo en arqueología de
María Victoria Uribe. El volumen se cierra con reseñas
bibliográficas.
MONUMENTOS ARQUEOLOGICOS DE
TIERRADENTRO
Alvaro Chaves M. y Mauricio Puerta R. - Banco Popular
Hace 15 años, Alvaro Chaves y Mauricio Puerta iniciaron
investigaciones arqueológicas en la región de Tierradentro. Entre
1973-76, auspiciados por el Instituto Colombiano de Antropología y
por la Fundación de Investigaciones Arqueológicas del Banco de la
República, sus esfuerzos se canalizaron hacia el estudio de
hipogeos y estatuas existentes en la región; su labor fue
galardonada en ese último año con el Premio Nacional de Arqueología
otorgado por el Museo Arqueológico del Banco Popular. El premio
incluía la publicación de la obra, hecho que sólo se cumplió 10
años después, en 1986, con la lujosa, bien ilustrada e incómoda
edición de
|Monumentos Arqueológicos de Tierradentro. Por
esta razón, el libro corresponde fundamentalmente a los trabajos
realizados por los autores hasta 1976. Hoy en día, cuando la
problemática arqueológica planteada para Tierradentro ha cambiado,
cuando los posteriores trabajos de los mismos autores han tomado
nuevos rumbos y buscan aclarar otro tipo de interrogantes, la
lectura de esta obra -sin negar su utilidad informativa- deja
cierto sabor a trasnochado.
Porque lo que el contenido del libro refleja es un especial
interés, como su título ya lo indica, por lo monumental, por lo
potencialmente turístico. Para ese entonces los autores
consideraban que en Tierradentro "la riqueza
arqueológica... consiste principalmente en
cementerios...". Más de la mitad de la obra está dedicada
a una detallada descripción de las tumbas de entierro secundario
llamadas "hipogeos", encontradas en la mayor
parte de los casos por arqueólogos (Hernández de Alba, Bürg, Silva
Celis, Long y Yangüez, etc.) o guaqueros que estuvieron allí antes
que los autores. Los sitios privilegiados por el estudio son la
Loma de Segovia, el Alto de San Andrés, el Alto del Duende y la
Loma del Aguacate. La descripción incluye excelentes dibujos en
planta y corte (uno longitudinal y otro transversal) de todos los
hipogeos, en los que se muestra la forma, dime siones, orientación,
decoración y hallazgos en posición; también se informa sobre el
estado en que se encontraba cada uno de ellos y se da una
pormenorizada relación del trabajo realizado (etapas y
procedimientos de excavación, reexcavación, conservación y
acondicionamiento para el turismo).
El contenido de las tumbas, cuando existía a información o
cuando éstas fueron abiertas por los autores, es descrito en
detalle. La cerámica corresponde, principalmente, a vasijas
cilíndrico globulares y globulares, utilizadas en su mayoría como
urnas funerarias, aunque también hay cuencos y vasijas
semiesféricas. Se realizó una tipología en la que se tuvo en cuenta
el color (amarillo café, gris, rojo, negro) y la textura (fina,
gruesa) de la pasta y según estos criterios, la mayor parte de las
vasijas resultó ser "gris fina". También se tuvo
en cuenta el color del baño (rojo, café, gris), presente en la
mayor parte del material; predominan el café y el rojo por ambas
caras. El 35% de las vasijas presenta decoración que, aunque muy
variada, consiste predominantemente en pintura blanca sobre rojo y
negra sobre rojo, en diseños geométricos. La incisión empastada y
las aplicaciones zoomorfas y antropozoomorfas son características
de esta cerámica. Los objetos líticos corresponden a bases de urna,
fragmentos de metate, azuelas y manos de moler. Los restos óseos,
correspondientes todos a entierros secundarios humanos, se
encontraron dentro de las urnas y también fuera de ellas, en huecos
hechos en el piso de las tumbas.
Es interesante notar la ausencia de objetos metálicos en los
hipogeos. Los autores comentan que las piezas de oro encontradas en
la región provienen de tumbas sencillas de entierro primario y de
rocas o sitios de ofrenda. Consideran que las piezas no son propias
de Tierradentro, sino que llegaron allí por intercambio comercial.
Al respecto, es oportuno recordar que Plazas y Falchetti
|1
han detectado allí
dos complejos orfebres que corresponderían a expresiones locales de
dos grandes tradiciones culturales que se desarrollaron en el
suroccidente de Colombia.
Los hipogeos fueron clasificados según criterios de tamaño y
forma. Así, éstos se ordenaron, primero según la presencia o
ausencia de techo, luego los primeros se agruparon según tuvieran o
no columnas y después de acuerdo a la presencia de nichos y al
número de ellos. Esta clasificación culminó en una propuesta de
cronología relativa según la cual las tumbas más pequeñas,
sencillas y sin decoración serían el antecedente temporal de las
más grandes y complejas. Esta evolución de los hipogeos en el
tiempo estaría acompañada de una igual transformación en la
cerámica, particularmente en su decoración. Sin embargo, esta
interpretación es un tanto problemática. Por una parte, la
información sobre la que se basa corresponde exclusivamente a los
pocos hipogeos excavados por los autores. Por otro lado, la
relación entre cierto tipo de tumba y cierta clase de cerámica
(formas y decoraciones) no es tan evidente ni consistente como se
plantea y, además, existen importantes excepciones tratadas por los
autores como "atípicas" (es, por ejemplo, el caso
de las tumbas del Alto del Aguacate y de la tumba No. 5 del Alto
del Duende). De cualquier manera, la propuesta tendría que ser
sustentada con datación absoluta y para entierros secundarios, sólo
existe una fecha (850±200 d.C.) que corresponde a una tumba del
Alto del Aguacate. En los últimos años los autores han logrado dos
fechas adicionales, pero una corresponde a una tumba de entierro
primario en las Lomas de Patucue, Santa Rosa (630±80 d.C.), y la
otra a un entierro de ofrenda en Aguabonita (1320±180 d.C.).
También se reseñan y describen detalladamente 11 estatuas del
sitio El Tablón (10 de las cuales habían sido ya reseñadas) y 9 del
Parque Arqueológico, todas traídas de otros lugares. Sobre los
talladores de estas piedras, los autores comentan que no es posible
por el momento saber la relación que puede existir entre ellos y
los constructores de las tumbas. Sí consideran que pueden estar
relacionados con los escultores de San Agustín.
Finalmente, los autores llegan a interesantes e inesperadas
conclusiones sobre "las características generales del
pueblo constructor". Se les ubica dentro de la, tan de
moda y prestigiosa, categoría de cacicazgos, con una eficiente
explotación agrícola, una organización política basada en el poder
sacerdotal, con la religión como "institución primordial
en la cultura", con presencia de una fuerte diferenciación
social, etc. Aunque es posible que todo esto sea cierto, es menos
claro de dónde sale tanta elucubración. Estamos de acuerdo en que
la información empírica nunca es suficiente para realizar
interpretaciones y que es necesario hacer uso de cuerpos teóricos,
de modelos, para lograrlas. Pero entre la una y los otros debe
poderse crear puentes que los relacionen. Y en este caso, no es
nada clara la posibilidad de pasar de un par de metates a una
"eficiente explotación agrícola", de la
existencia de entierros en urnas y en el suelo dentro de un mismo
hipogeo a la de "diferenciación social", de la
presencia de elaboradas tumbas y estatuaria monumental en actitud
no-guerrera (además esta última no se debería tener en cuenta, ya
que se desconoce si pertenece al mismo complejo) a "una
sociedad sacerdotal cuya principal institución era la
religión" y, de todo esto a una sociedad cacical. En todo
caso, habría que explicitar los presupuestos teóricos y
metodológicos que permiten realizar este tipo de saltos. No cabe
duda que las interpretaciones sociológicas e históricas son
difíciles de hacer y siempre quedan imbuidas de los sesgos
ideológicos y culturales de los investigadores. Es por ello que no
se comprende la razón por la cual, en una región habitada por
personas bastante más cercanas que nosotros al mundo prehispánico
que se pretende entender, no se asume la opción de confrontar
formas de pensar y de ver el mundo y, por ende, de enriquecer las
intepretaciones hechas a partir de la labor arqueológica. Me
refiero a la posibilidad de adelantar un trabajo
|conjunto
-no una investigación etnoarqueológica- con los indígenas
paeces.
|
MARTHA L. URDANETA FRANCO
ESTATUARIA DEL MACIZO
COLOMBIANO
María Lucia Sotomayor - Maria Victoria Uribe
En el año pasado (1987), el Instituto Colombiano de Antropología
publicó esta obra -catálogo de la estatuaria del Macizo Colombiano-
que comprende las regiones arqueológicas de San Agustín, la cuenca
del río La Plata, el Alto Cauca (Popayán) y el norte del
departamento de Nariño.
Las autoras recopilaron la información sobre las esculturas
existentes en las publicaciones arqueológicas de investigadores
que, desde finales del siglo pasado hasta fechas recientes, han
incrementado el listado con sus nuevos hallazgos.
En el catálogo se incluyen algunas estatuas existentes en
colecciones particulares, pero la gran mayoría se encuentran en
museos oficiales y en los parques y yacimientos arqueológicos que
están bajo la jurisdicción del Instituto Colombiano de
Antropología. Se consideran las que se encuentran en museos
extranjeros.
Como lo dicen las antropólogas Sotomayor y Uribe, el catálogo se
logró a través de dos objetivos principales: "el primero,
formar un inventario lo más completo posible de la estatuaria del
Macizo Colombiano..." y el segundo, "...fue el de
aprovechar la visión global así lograda, para abrirle una ventana
interpretativa a la iconografía del Macizo Colombiano, utilizando
la teoría del contexto..." (pág. 11).
De las regiones del Macizo Colombiano se destaca en el catálogo
la correspondiente al sur del Alto Magdalena, que en el contexto
científico se ha asociado a la cultura de San Agustín, cuyo arte
escultórico ha sido objeto de interpretaciones e hipótesis que
giran alrededor del mundo mítico.
Como era de esperarse, el catálogo tiene un modelo formal de
presentación. De cada sitio arqueológico se da su localización y se
hace una resumida descripción geográfica; luego en secuencia
numérica se presenta cada una de sus esculturas: breve descripción
formal, procedencia, lugar actual donde se encuentra, referencias
bibliográficas, dimensiones y algunas observaciones con uno o
varios dibujos.
Además de esta información técnica sobre las estatuas, para cada
sitio hay un texto, donde se enfatiza, con base en una
bibliografía, su ubica ción original (cuando es posible) y su
vinculación a otros elementos culturales y fechas de C. 14.
También hay una serie de gráficas o planos esquemáticos de las
Mesitas A-B-C, el Alto del Lavapatas (Parque Arqueológico Nacional
de San Agustín) y de los altos de Las Piedras y Los ídolos (San
José de Isnos), en donde se muestra el contexto arqueológico de las
esculturas y sus rasgos simbólicos.
El catálogo tiene un capítulo introductorio donde las autoras
hacen una agrupación funcional de las esculturas, un listado
cronológico de los investigadores que han trabajado en el Alto
Magdalena hasta el momento actual, un cuadro que recoge la mayoría
de las fechas de C. 14 y exponen las periodizaciones definidas por
los arqueólogos Luis Duque Gómez, Julio César Cubillos y Gerardo
Reichel Dolmatoff.
Aunque esta introducción no tiene la pretensión de hacer una
interpretación o caracterización del proceso histórico agustiniano,
las autoras sí escriben algunas opiniones ligeras sobre los
alcances de los trabajos arqueológicos realizados en la zona. Es el
caso, cuando se afirma que la región "...fue el escenario
de un proceso social histórico, hasta ahora analizado de manera
inconexa" (pág. 11); o más adelante cuando se escribe:
"Como puede observarse, es nutrido el grupo de
investigadores que han trabajado en la región, pero lamentablemente
no son claras las preguntas que han guiado algunas de estas
investigaciones. Es por esto que los datos que se abstraen de la
mayoría de ellas parecen inconexos entre sí y confusos dentro del
tiempo histórico en que sucedieron" (pág. 13).
En el mismo sentido o con la misma intención apuntan en el
párrafo siguiente: "Infortunadamente, después de 229 años,
contados a partir de la fecha en que fray Juan de Santa Gertrudis
visitó San Agustín y del paso por la zona de una veintena de
investigadores de varias nacionalidades, la acumulación de la
información
|no logra caracterizar, ni siquiera a nivel
empírico, (subrayado nuestro) uno de los desarrollos
regionales más importantes de los Andes
Septentrionales..." (pág. 17).
Esta serie de críticas se califican de ligeras en tanto que no
se hace una argumentación de las mismas, más aún si se considera el
alcance que tienen al ser publicadas. ¿Por qué las interpretaciones
del proceso histórico hechas por algunos investigadores como
Preuss, Pérez de Barradas, Hernández de Alba, Duque Gómez, Cubillos
Chaparro y Reichel Dolmatoff son inconexas y confusas?; o ¿cómo se
puede saber que entre los investigadores antes mencionados no hay
claridad en los objetivos o metas que se propusieron resolver
cuando realizaron sus proyectos de investigación?; y ¿qué tienen
que ver los relatos fantásticos de un misionero como fray Juan de
Santa Gertrudis de 1756 con el primer trabajo de arqueología
moderna sobre San Agustín, hecho por Preuss y publicado por primera
vez en alemán en 1929 y en español en 1931, para que se exagere la
imagen deseada diciendo que son 229 años de investigación que no
permiten "ni siquiera a nivel empírico caracterizar el
desarrollo histórico del Alto MagdalenaT
Cualquier estudioso que haya analizado las obras científicas de
la arqueología agustiniana justificará inmediatamete los
interrogantes ante riores, en tanto que conoce la diversidad
teórica y metodológica y los alcances de sus autores.
Otra cosa es señalar que, como es de esperarse, para una región
que ha sido trabajada por investigadores nacionales y extranjeros,
en diferentes décadas del siglo XX y con distintos enfoques
profesionales propios de las escuelas en que se inscriben, se haya
creado un panorama científico complejo y difícil de manejar
rápidamente, o que existan interpretaciones que no concuerdan entre
sí, lo cual es normal en el campo de la arqueología, lo mismo, que
ciertos planteamientos se vayan revaluando con nuevos trabajos de
investigación.
El mismo catálogo está mostrando que existe un universo de datos
sobre las esculturas de San Agustín, no sólo formales y técnicos,
sino también de interpretación simbólica, desde la primera obra
moderna de Preuss, que precisamente se caracteriza por una
metodología rigurosa, que aún tiene vigencia. Lo mismo puede
decirse sobre aspectos relacionados con el complejo mundo de la
cerámica, que con cada nueva investigación se amplía y precisa. Por
algo será que la región del Alto Magdalena es una de las más
conocidas y divulgadas a nivel nacional e internacional.
Con lo anterior no se quiere decir que la investigación del Alto
Magdalena está terminada; antes por el contrario, el universo
cultural que encierran sus yacimientos ofrece un panorama futuro
para nuevas investigaciones que irán profundizando el conocimiento
sobre la historia prehispánica a partir de los trabajos que ya se
han realizado.
Es lamentable que un trabajo que exigió tantos esfuerzos a sus
autoras, contenga algunos datos equivocados; más aún, si se tiene
en cuenta que se trata de un catálogo de un instituto oficial. Se
entiende que una obra de esta clase es delicada de hacer porque
implica retomar y confrontar información de diferentes autores,
pero por esta misma razón exige una mayor precisión en la medida en
que la información lo permite.
Hay varias imprecisiones en cuanto al manejo de la información
sobre la estatuaria y su contexto. A continuación señalaremos
algunas de ellas:
1. En la página 17 cuando se habla de la periodización del
arqueólogo Reichel Dolmatoff, se mencione una fecha de 50 A. D.
para el período Horqueta, cuando este autor no obtuvo ninguna fecha
asociada a la cerámica de este complejo; y una fecha idéntica a la
antes mencionada corresponde según este autor, a un período
posterior que asocia al complejo cerámico Isnos.
2. En la página 18, cuando presentan la periodización de los
investigadores Duque y Cubillos, las autoras escriben que
"postulan un desarrollo continuo para la región a partir
del hallazgo de un fogón fechado en el año 3300 a.C.". Lo
de "un desarrollo continuo" no es afirmado por
los dichos arqueólogos, antes por el contrario, en los avances que
han dado sobre las excavaciones en el Alto de Lavapatas, donde
obtuvieron esta fecha (trabajo en imprenta), se cuidan de indicar
que este hallazgo no está asociado a elementos de la, por ellos
llamada, cultura de San Agustín.
Más adelante, en esta misma página, se afirma que según los
mencionados investigadores, durante el período Mesitas Inferior,
"La base de la subsistencia la proporciona el maíz, la
recolección del nogal y la yuca". Estos' autores plantean
la posibilidad de un desarrollo de la agricultura de ciertos
tubérculos como la papa y la yuca, y no lo afirman en tanto que no
tienen pruebas directas ni indirectas.
En el mismo párrafo anterior, dicen que la cerámica
correspondiente al período Clásico Regional (Mesitas Medio) se
diferencia de la del período anterior (Mesitas Inferior), por las
ollas trípodes y las alcarrazas. Según Duque Gómez esto es cierto
para las alcarrazas pero no para las ollas trípodes, forma que
precisamente encuentra a lo largo de los tres períodos.
3. Cuando se confrontan las periodizaciones de Reichel Dolmatoff
y las de Duque y Cubillos, se dice que la del primero se fundamenta
en sitios estratificados (basureros) y la de los segundos, a
diferencia de Reichel Dolmatoff, se hace con cerámica
"procedente casi toda de tumbas y montículos
funerarios". Este tipo de afirmaciones se están
popularizando, pero si se conoce en detalle la obra de estos
investigadores se comprende que no son ciertas. En primer lugar
Reichel Dolmatoff, realiza varios de sus cortes en basureros de la
Mesitas B y el Alto de Los Idolos, que además de haber sido sitios
de vivienda también fueron sitios funerarios. En estos mismos
sitios Duque Gómez y Cubillos han realizado cortes teniendo en
cuenta la estratigrafía, además de haber excavado un número
considerable de tumbas. En segundo lugar, no es cierto que la
tipología definida inicialmente por Duque Gómez para los tres
períodos (Mesitas Inferior-Medio y Superior), se haya establecido
con cerámica "procedente casi toda de tumbas y
montículos", en tanto que los complejos Inferior y
Superior se definieron fundamentalmente con cerámica de basureros
de sitios de vivienda. Aquí es necesario puntualizar que una pauta
frecuente en la región de San Agustín es encontrar que los sitios
en que primero vivieron los habitantes prehispánicos luego fueron
transformados en lugares funerarios cuando se hicieron
aterrazamientos, rellenos y montículos artificiales.
Por otro lado, respecto a la confrontación que generó el
investigador Reichel Dolmatoff cuando propuso una nueva
periodización e interpretación del proceso histórico prehispánico
del Alto Magdalena, en relación con la posición propuesta por el
investigador Duque Gómez, se generó un dualismo que ha causado
ciertas confusiones en autores posteriores y que se refleja en las
autoras del catálogo.
Es sana la intención de querer hacer equivalencias entre las dos
posiciones científicas antes enunciadas, pero hacerlas equivalentes
es peli groso. Es cierto que se trata de un mismo universo cultural
material, pero la interpretación que hizo Reichel Dolmatoff no
tiene en cuenta lo planteado por Duque Gómez, al menos de manera
explícita.
Por eso, las autoras del catálogo en varias oportunidades a lo
largo de su obra pretenden hacer equivalentes las dos
periodizaciones, como cuando escriben: "la cerámica parece
pertenecer al complejo Isnos, de Reichel Dolmatoff o Mesitas Medio,
de Duque Gómez" (pág 55). Si se analiza con cuidado esta
suposición, se descubre que hay diferencias marcadas entre los dos
períodos o complejos cerámicos.
Ni tipológica ni cronológicamente la cerámica Isnos corresponde
con la del complejo Mesitas Medio. Por eso, es mejor abstenerse de
hacer estas equivalencias, que de hecho no son posibles por lo
anteriormente dicho, a no ser que se haga un estudio detallado de
las dos posiciones.
4. Hay algunas equivocaciones con respecto al manejo de la
información arqueológica de ciertos hallazgos. Este es el caso de
las tumbas exca vadas por Eduardo Unda, en el Hotel de Turismo,
sitio localizado en inmediaciones de El Batán. Las autoras del
catálogo dicen que estas tumbas fueron excavadas por Duque Gómez,
seguramente porque la descripción de las mismas aparece en una de
las publicaciones de éste arqueólogo.
5. El catálogo hubiera adquirido mayor calidad si todos los
dibujos de las estatuas hubieran sido hechos al menos con una
escala fotográ fica. Pero si se analizan, se comprende que son
dibujos aproximados que en varios casos exageran las proporciones
del canon agustiniano y no son fieles en todos los detalles que
pueden tener significados culturales. Un caso es el de la escultura
No. 289 (pág. 171), cuyos diseños del tocado (cara posterior), no
corresponden con el dibujo lateral.
6. Algo que llama la atención es la seguridad que las autoras
del catálogo tienen cuando clasifican unos petroglifos como
antiguos y otros como tardíos. Es cierto que los primeros se
encuentran en piedras asociadas a construcciones funerarias o
estatuas; pero los que se encuentran separados ¿por qué se
consideran tardíos? Según lo escriben están retomando la hipótesis
de ciertos investigadores que han considerado la invasión de grupos
Karib a lo largo del territorio colombiano en fechas tardías,
próximas a la conquista española; pero cómo se puede saber cuáles
son tardíos y cuáles anteriores, si no hay evidencias culturales
fechadas asociadas a las rocas con petroglifos que se consideran
tardíos, y si se miran los motivos iconográficos vemos que entre
estos y los antiguos se comparten motivos como figuras humanas,
espirales, lagartos y figuras de cruces, entre otros.
Hablando del tema de las invasiones Karib (que por cierto merece
retomarse por parte de la investigación arqueológica actual para
ver si se puede demostrar), las autoras en el capítulo final,
dedicado a la interpretación simbólica de la estatuaria, usan como
argumento para sustentar un canibalismo tardío en Los Andes,
algunos trabajos recientes de investigación arqueológica, como el
que realizamos en Morelia (municipio de Saladoblanco), lo cual
causa extrañeza en tanto que en ningún momento hemos hecho
referencia a invasiones Karib tardías en la región investigada,
vinculadas a rituales caníbales (pág. 282).
El último capítulo o consideraciones finales del catálogo es el
más sugestivo, porque se hacen consideraciones teóricas acerca del
manejo del mundo mítico plasmado en las estatuas. Aquí se parte de
lo planteado desde hace varias décadas por Preuss, respecto a que
la escultura de San Agustín corresponde a un mundo religioso o
mítico cuyos significados pueden encontrar una solución en el mundo
amazónico perteneciente a comunidades aborígenes que mantienen en
tiempos modernos sus formas de pensamiento aborígenes, como es el
caso de los llamados huitotos del Caquetá.
Los contenidos simbólicos de la estatuaria agustiniana han
llamado la atención de los principales investigadores del Alto
Magdalena. Todos ellos han partido de modelos teóricos acerca de la
simbología religiosa o mágica. En esta oportunidad las autoras del
catálogo recogen planteamientos expuestos en trabajos etnológicos
más recientes, generando nuevas alternativas de interpretación
sobre temas recurrentes como el canibalismo y su contexto ritual
chamanístico.
Además, en este último capítulo, las autoras enfatizan lo
relacionado con la localización espacial de elementos simbólicos de
las estatuas, que según ellas puede hacer referencia a un
pensamiento dualista, con implicaciones en la organización social.
Parten del dualismo de lo femenino y lo masculino, que
investigadores anteriores también han enfatizado y lo asocian a un
eje geográfico que es el río Magdalena.
Este esquema simbólico-social es sustentado con un mapa donde se
ubican los elementos que portan las diferentes esculturas.
Definitivamente el mundo simbólico de la escultura agustiniana
sigue teniendo una vigencia en tanto que su riqueza formal cada vez
lleva más a los investigadores a buscar hipotéticas
interpretaciones que ojalá algún día las investigaciones
arqueológicas permitan sustentar con los recursos metodológicos de
la etnología y la etnohistoria.
Como lo dice el antropólogo Roberto Pineda Giraldo, autor de la
presentación del catálogo: "Las autoras de esta obra no
esquivaron la tenta ción de las interpretaciones y cedieron a ella,
con aproximaciones muy sugestivas que merecen ser estudiadas y
verificadas, en cuanto se disponga de informaciones
nuevas".
|
HÉCTOR LLANOS VARGAS
|Profesor Asociado
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
METALURGIA DE AMERICA
PRECOLOMBINA
Clemencia Plazas (Ed.). Banco de la República, Bogotá,
1986
Traducción Adriana Arias
Los documentos que componen este volumen fueron presentados
originalmente en uno de los simposios del Congreso Internacional de
Americanistas celebrado en Bogotá en 1985. Fue una reunión
agradable y estimulante en la cual participaron arqueólogos
(Snarskis, Cooke, Plazas, Falchetti, Rodríguez), laboratoristas
arqueometalúrgicos (Lechtman, Grinberg, Hosler, Scott),
restauradores y joyeros (Sonin, Griffin, Howe) y un solitario
experto en historia del arte (Lunsford). Esta variedad de
disciplinas dio lugar a un verdadero intercambio de ideas y de
información en todos los campos. No cabe duda de que el texto
escrito no refleja la vibrante emoción de la reunión, pero sí
conserva la calidad multidisciplinaria de la misma. Este libro,
como colección de ensayos sobre el tema de "Cómo enfocar
la metalurgia autóctona de América", es lo mejor que se ha
escrito hasta ahora. No le servirá de material de lectura
únicamente a los especialistas en el Nuevo Mundo, sino también a
todos los interesados en la historia de la metalurgia no ferrosa.
Por consiguiente, la decisión de los editores de publicar el texto
completo de todos los artículos, tanto en inglés como en español,
fue muy atinada.
El artículo inicial de Lechtman crea el ambiente para todo el
libro. Señala que en las Américas no es posible estudiar la
metalurgia como un fenómeno puramente tecnológico, dejando de lado
el contexto cultural. Los grandes centros de la innovación técnica
fueron aquellos en donde los metales se emplearon en asociación con
el simbolismo y la ideología, lo que ella denomina
"metalurgia de la comunicación" y
"tecnología del poder". Pudo haber agregado
también a esta lista la "metalurgia de la
política", como en el caso del bronce al estaño (una
aleación del sur de los Andes), llevado por los incas a los
territorios del norte del Perú y Ecuador, donde se convirtió en el
principal metal para fabricar herramientas, en reemplazo de la
aleación local de cobre y arsénico.
Después de todo, era la primera vez que un solo estado político
controlaba las fuentes de estaño de Bolivia y las minas de cobre
del norte de los Andes.
Muchos de los demás autores demuestran que la apreciación de
Lechtman es correcta. Grinberg y sus colaboradores analizan el
metal sobrante de los joyeros de Vista Hermosa al nordeste de
México, y demuestran la presencia de tres aleaciones diferentes:
cobre/ estaño, cobre/ arsénico y cobre/ estaño/ arsénico. Hosler,
en su estudio paralelo acerca de las aleaciones del occidente de
México, analiza las propiedades del bronce al estaño y de la
aleación de cobre y arsénico y demuestra que no eran los criterios
mecánicos (dureza, facilidad de fundición, etc.) los que regían el
uso de uno u otro, sino el color. Un alto porcentaje de estaño
produce un color dorado, mientras que el arsénico produce un metal
brillante y plateado. Por consiguiente, los valores estéticos -y
muy probablemente también los simbólicos-- pesan mucho más en este
caso que las consideraciones puramente técnicas. El estudio de la
terminología de los metales en los diccionarios nativos de la época
de la colonia confirma en parte estas observaciones. La
clasificación de los metales y las aleaciones según el color es
práctica generalizada desde Mesoaméríca hasta los Andes y, como lo
ha demostrado ReichelDolmatoff con respecto a los desana
colombianos, este código de colores puede tener asociaciones
simbólicas complejas. Dado que en cada clasificación está presente
una determinada visión del mundo, este enfoque puede ayudarnos a
entender cómo percibían la metalurgia los indígenas americanos.
Snarskis (con relación a Costa Rica) y Cooke (con relación a
Panamá) tratan el tema de la iconografía, es decir, lo que está
representado en el metal y no la forma como fueron hechos los
objetos. Analizan la cronología de la metalurgia ístmica, utilizan
las fuentes etnohistóricas y la mitología de los grupos indígenas
sobrevivientes a manera de guía para descifrar el sistema de
creencias que está detrás de los ornamentos con formas de animales,
figuras humanas y aves con las alas extendidas. Este tipo de
retroproyección tiene sus riesgos (y una analogía, por sí sola, no
demuestra nada) pero, en el caso de los pueblos que carecían de
escritura, no tenemos otra fuente de ideas. La hipótesis de Cooke
de que el simbolismo de los objetos metálicos es sólo uno de los
aspectos de una visión cósmica panchibcha al cual se sumaron nuevas
técnicas y motivos a través de las rutas comerciales tradicionales
de los primeros siglos de la era cristiana, es, por sí sola, tema
para un simposio aparte. El estilo Conte, tanto en la alfarería
como en la metalurgia, es el epicentro del argumento de Cooke, de
tal manera que resulta útil tener la información radiográfica de
Ellen Howe acerca de siete figuras huecas fundidas provenientes de
dicha región (Espero que se hayan separado muestras de los núcleos
antes de los estudios con rayos X, para una posible determinación
de la edad por medio de la termoluminiscencia). Las conclusiones a
que ha llegado Howe en el sentido de que existen diferencias
regionales en cuanto a la técnica para asegurar los núcleos y
taponar luego las cavidades resultantes, permiten llegar a una
mejor definición de los estilos quimbaya e istmo-internacionales, y
nos ayudarán a distinguir las piezas locales de las importadas.
Plazas y Falchetti complementan los documentos ístmicos definiendo
las principales tradiciones interregionales de la orfebrería en
Colombia. En este capítulo, al igual que en sus demás trabajos
recientes, se apartan de los restringidos estudios regionales y los
esquemas fosilizados de la era de Pérez de Barradas a fin de
incursionar en las tendencias más amplias y fij ar estas
tradiciones en el tiempo y el espacio. Habiendo hecho esto de
manera convincente, dan un falso aire de precisión a su historia
citando las cifras más importantes de sus determinaciones con el
C14, como si se tratara de fechas exactas sin ningún margen de
error. Esto le resta credibilidad a toda la base estadística del
estudio con carbono radiactivo y significa que cualquier persona
que desee verificar las conclusiones de los autores debe remitirse
a las citas originales.
Hasta este punto, todo lo que aparece en el libro está
fundamentado en hechos observables.
El artículo de Lunsford representa algo más personal y diferente
en espíritu; un enfoque semejante a la antigua
"apreciación del arte". Tomando como muestra las
máscaras metálicas de la cultura Sicán del Perú y las de la fase de
Yotoco de la región calima en Colombia, formula esta pregunta:
"¿Qué relación existe entre el estilo y la técnica de
fabricación?". Para Lunsford, "los trabajos
Calima tienen cualidades más suaves, en cierto sentido pasivas y de
semblanza humana; mientras que los trabajos Sicán son más
dinámicos, agresivos y remotos y, por lo tanto, más autoritarios en
su efecto". Esto quizás nos dice más acerca de Lunsford
que acerca de los pueblos Sicán o Yotoco, pero necesario es
reconocer que es el único autor que aborda el problema de la
estética en lugar de la iconografía. Nuestro deber como arqueólogos
es tratar de comprender otras culturas en sus propios términos. Un
ensayo como el de Lunsford nos obliga a admitir que nunca
alcanzaremos este ideal, pero también nos induce a pensar en el
concepto subversivo de que el
|malentendido creativo (por
ejemplo, de los artistas europeos con respecto a los grabados
japoneses o a la escultura africana) puede, dentro del esquema más
amplio de la historia, ser tan importante como el hecho de llegar a
la verdad. Todavía no existe en la arqueología una metodología
satisfactoria para examinar la estética de los pueblos que no
conocían la escritura.
Los demás capítulos vuelven sobre los aspectos técnicos. Sonin
demuestra de manera concluyente que el conocido cacique tairona de
Dumbar ton Oaks es una falsificación hecha con elementos soldados y
luego dorada. Los análisis de Scott muestran que en Nariño y en el
Ecuador se conocía el dorado por fusión y que en el sitio
MilagroQuevedo de La Compañía se practicaba el dorado de hoja.
Estas técnicas, a diferencia del dorado por oxidación, sirven para
darle al cobre puro, y también a la tumbaga, una superficie dorada
o plateada. El hecho de que en La Compañía se utilizaran las tres
técnicas de dorado le resta peso al argumento de Lechtman de que,
por razones simbólicas, el oro debe formar parte del cuerpo de la
pieza y también estar presente en su exterior. El estudio de Scott
también señala que la inspección visual por sí sola no es
suficiente para determinar las técnicas de dorado, que los análisis
simples de partes no especificadas de una pieza son casi inútiles,
y que la metalurgia de Tumaco y las zonas altas de Nariño está
estrechamente relacionada con la del Ecuador.
En cierto sentido ahora comprendemos mejor la química indígena
que las destrezas manuales de los joyeros. Griffin se refiere
nuevamente al equi librio narrando las dificultades prácticas que
tuvo al tratar de restaurar una vasija de lámina de muchas piezas
encontrada en el Perú, y sugiere que el término
|prolosoldadura describe mejor el proceso de unión que la
expresión
|soldadura por
|difusión, la cual
comienza a generalizarse en la literatura. En el último artículo,
Rodríguez describe sus investigaciones en los sitios en donde se
trabajaba el cobre en Chile, Bolivia y Argentina, y analiza el
cambio de los patrones tecnológicos y económicos ocurridos entre el
año primero de nuestra era y el momento actual.
Todos los artículos de este libro son valiosos y algunos de
ellos constituyen aportes realmente importantes. Conjuntamente,
revelan lo que está sucediendo en las Américas en la actualidad y
señalan el camino para las investigaciones futuras.
Desafortunadamente, la calidad editorial de la obra no está a la
altura de su contenido intelectual. Es inevitable que haya errores
tipográficos en una obra bilingüe, pero en esta son tan numerosos
que cabe preguntarse si en algún momento se hizo realmente una
corrección de pruebas. Estos errores le dan a la versión en inglés
una calidad surrealista, acrecentada por la forma como se han
cambiado de lugar las ilustraciones, algunas veces de un capítulo a
otro. La mitad de las leyendas de Sonin no corresponden a las
ilustraciones, y una ilustración de una figura Tolita (ofrecida en
Sotheby's en noviembre de 1985, atribuida a Tumaco, por un precio
calculado entre 40.000 y 60.000 dólares de los Estados Unidos), no
aparece donde debería (Plazas y Falchetti, fig. lc) sino en el
capítulo de Howe (fig. 16). Esta negligencia y la encuadernación
poco resistente para un volumen que merece consulta permanente, son
realmente enojosas por tratarse de una obra de gran importancia
académica.
|
WARWICK BRAY
MISCELANEA ANTROPOLOGICA
ECUATORIANA
Boletín de los Museos del Banco Centrando de Ecuador, No. 6,
1988
En los últimos años, en Latinoamérica ha habido un boom de
publicaciones periódicas de carácter antropológico. Las causas de
este fenómeno han sido muchas, pero las más importantes son quizás
una necesidad de encontrar unas raíces étnicas que trasciendan
mucho más allá del descubrimiento y de la conquista de América, y
dar a conocer muchas investigaciones que se están llevando a cabo y
que de otra manera sería imposible conocer. Mezclado con esto,
tenemos un fuerte interés por estos temas de parte de las fuentes
de financiación que antes no existían; también tenemos, en un mayor
o menor grado, un fenómeno alrededor de la
"moda". Precisar esto último es quizás lo más
difícil.
Algunas de las publicaciones se han especializado en temas de
acuerdo con su cobertura científica y geográfica; otras amparadas
en las pala bras "Antropología" abarcan temas muy
diversos y muchas veces insólitos. Bien sabemos que dentro de dicha
palabra podemos encuadrar cualquier cosa. De esta manera,
"Antropología" se convierte en la panacea que
soluciona los problemas editoriales ya que permite que se publique
cualquier tema. Un comité editorial por más grande y erudito que
sea, no puede dominar todas las áreas del conocimiento; lo cual
puede conllevar a un posible detrimento de la calidad del contenido
de la publicación y a escudarse en la frase: "Los
artículos son responsabilidad de los autores".
El caso de la "Miscelánea Antropológica
Ecuatoriana" desafortunadamente obedece al segundo tipo de
publicaciones; allí se combinan una serie de artículos que tocan
una diversidad de temas con una calidad muy cuestionable, aunque
paralelamente se encuentran análisis profundos, muchas veces hechos
por autores reconocidos internacionalmente como Alcina Franchi
Dentro de los temas insólitos, encontramos el artículo de M. H.
Southon (australiano) quien trata de analizar la competencia y el
conflicto dentro de una comunidad pesquera a través de las redes de
arrastre. Utiliza un término realmente novedoso para quien hace
esta reseña: "Antropología Marítima". Este
término nos daría el estudio de las instituciones que organizan el
acceso al mar en comunidades pesqueras para determinar la propiedad
del mismo. Este conflicto que se genera en el acceso al mar se
supera según el autor a través de "la tecnología de la
pesca en sí" (pág. 14); es decir, este problema de las
comunidades pesqueras es un problema tecnológico y no social. Vemos
que todos estos planteamientos son muy discutibles. El artículo
describe las normas para pesca en redes de arrastre en una aldea
ecuatoriana. Sin temor a duda, podemos asegurar que este artículo
está más dentro de los problemas técnicos de la pesca que dentro de
las implicaciones antropológicas de la comunidad sobre la cual
trabaja el señor Southon.
Encontramos otros tres artículos del mismo tipo del anterior: el
primero es una descripción de los árboles y palmeras que se
encuentran en el territorio de los Awas (Thomson). Sobra decir que
es básicamente de tipo botánico y que no tiene en cuenta ningún
parámetro de tipo antropológico e histórico de la comunidad Awa.
Simplemente concluye que los Awas no han transformado mucho el
medio ambiente porque la actividad de la caza es todavía muy
importante y por tal motivo no les conviene cortar los árboles.
El segundo hace referencia de la explotación de ostras, perlas y
la púrpura en el Ecuador occidental, desde la colonia hasta
nuestros días (Volland) y es una descripción de cómo se llevan a
cabo estos procesos en la actualidad comparados con algunas
descripciones de los cronistas de la época de la colonia.
El tercer artículo está dedicado al consumo de energía rural en
Pilahuin (Brandbgge y Holm). Se reduce básicamente al consumo de
madera en la región. Es un análisis cuantitativo del uso de la leña
con porcentajes bien precisos y su repercusión en el medio
ambiente. Sin criticar su contenido podemos decir, como en el caso
de los otros dos artículos; están lejos del área antropológica. Los
demás artículos están dentro del campo antropológico y sin conocer
profundamente aspectos específicos de la antropología ecuatoriana,
podemos decir que son un valioso aporte.
Entre ellos encontramos dos artículos de antropología física
(Ubelaker) en donde se analizan las alteraciones dentales en el
Ecuador prehistórico.
Hay un artículo de Hickman sobre los instrumentos musicales que
se encuentran en el Museo Antropológico de Guayaquil. Aunque no
está definida la estructura del estudio parece que es de más de una
entrega. Esta primera parte corresponde a las ocarinas. Es el único
artículo que hace una referencia directa a varias culturas que
habitaron el actual territorio colombiano, como la cultura Sinú y
como la cultura Tairona. Este estudio no analiza la capacidad tonal
de las ocarinas, pero hace una evaluación de las formas dentro de
un marco comparativo de las diferentes culturas no sólo del
Ecuador, sino del resto de América.
Hay una nota necrológica de un americanista alemán que trabajó
mucho en el Ecuador: Udo Oberem. Esta nota se complementa más ade
lante con un artículo sobre los complejos de fortalezas en el área
andina (Oberem) que empiezan a aparecer hacia finales del Formativo
en lo que más tarde fue el área Inca. Este artículo es un homenaje
póstumo a este americanista que trabajó más que todo en el campo de
la Etnohistoria.
Después tenemos el estudio de Alcina Franch sobre los indios
Cañaris, ubicados en la parte suroccidental del Ecuador. Es una
investigación muy completa, centrada más que todo en el análisis
etnohistórico y respaldada con datos arqueológicos. Abarca todos
los aspectos de la comunidad (históricos, sociales, culturales,
políticos, etc.). Sin lugar a dudas es el-artículo más completo del
presente volumen de la M. Antropológica Ecuatoriana.
Finalmente, hay una bibliografía sobre las tesis de grado con
temas antropológicos ecuatorianos, aprobadas en las universidades
de E.U. y Canadá. Esta recopilación es muy valiosa ya que permite
el acceso a material que muchas veces se pierde en las bibliotecas
y cuya ubicación posterior es muy difícil.
Las publicaciones periódicas dentro del campo antropológico si
guardan un criterio más selectivo dentro de los contenidos de las
mismas, pueden tener un nivel más alto y sus aportes dentro de la
Antropología pueden ser mucho más valiosos y significativos.
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ARTURO VARGAS ESCOBAR