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Otra complicación de ese cambio tan visible de los bienes
productivos por los de consumo, se ilustra en el hecho de que los
artículos de vestir y los ornamentos como las cuentas, los peines y
los espejos, figuran entre los primeros bienes que fueron obtenidos
de los blancos. No sólo artículos de vestir como zapatos y vestidos
cumplen con la función utilitaria de protección, sino también los
objetos utilizados en la subsistencia entran simultáneamente al
escenario de prestigio y ostentación para asumir funciones
simbólicas. En público, los hombres barasanas raramente se despojan
de sus armas, pero no porque teman ser atacados, sino porque las
consideran bienes preciados, complejos signos de poder, valor y, de
la capacidad de cazar. Además, suelen servir como índice de que su
propietario ha pasado un tiempo trabajando con los blancos y tiene
la capacidad de hacer negocios con ellos en un pie de igualdad.
Estas armas han desplazado a los arcos y cerbatanas como armas de
caza, así como también las lanzas de madera de macana que hoy sólo
cumplen una función exclusivamente ceremonial 10.
De acuerdo con los mitos barasanas sobre los orígenes de los
hombres blancos y sus bienes, fue el hecho de que sus ancestros
escogieran el fusil en lugar del arco de los indios, lo que condujo
a las diferencias actuales entre ellos. Las armas de fuego dan al
blanco su poder y sus trajes, esas pieles de algodón que pueden ser
puestas y quitadas a voluntad como si fueran culebras, son también
lo que les da su longevidad. Las armas, los trajes y todos los
bienes manufacturados fueron creados a través de los poderes y
conocimientos chamánicos de un héroe ancestral y vienen de los
espíritus del mundo de los muertos 11. Es por esta razón, que están imbuidos del ewa,
que son tan potentes e interesantes. La posesión de esos bienes
significa compartir el mundo del cual provienen y apropiarse parte
del poder que conduce a su creación.
Los factores que tienen que ver con una mayor eficiencia y
durabilidad son efectivamente los que determinan la demanda de
herramientas de acero y ollas de aluminio. Al adquirir artículos
como trajes y relojes, los barasanas efectivamente responden a las
presiones por imitar a los blancos y parecer más
"civilizados". Sin embargo, entre la racionalidad
de la subsistencia y la irracionalidad del consumismo ajeno, hay
otros factores que interactúan. Si las armas son mejores que los
arcos, también la ropa es mejor, más variada y más novedosa que las
cuerdas de tela de corteza y la pintura corporal. Ambos sexos han
utilizado tela y ropa importada para confeccionar sus propios
estilos de vestido, que no representan opciones ni discriminadas ni
totalmente derivativas. Los barasanas saben bien que sólo los
indios llevan cuentas de vidrio blanco, pero ésto no ha disminuido
su entusiasmo por ellas, porque si bien es cierto que se visten
para los blancos, también se visten para admirarse entre ellos.
Por último, cabe agregar que la curiosidad y la inventiva
también desempeñan su papel y que los artículos extranjeros son a
menudo tratados en forma creativa e ingeniosa, como el
"todero" de Lévy Strauss. Se utilizan medias
viejas y canecas vacías para cernir el polvo de coca cuando no se
consigue el aparato adecuado y una gran variedad de artículos
curiosos y hasta entonces inútiles, traídos de las visitas a las
colonias blancas como talismanes que evocan sus extraños orígenes,
llenan los rincones de las casas indígenas, para ser interrogados
diariamente sobre alguna nueva función posible.
Hay obviamente varias razones diferentes de por qué los indios
amazónicos desean los bienes manufacturados y por qué esas demandas
cambian a través del tiempo: explorarlas todas escapa al alcance de
este estudio. Sin embargo, lo que sí es claro es que la demanda no
consiste ni en el producto atomístico e ilimitado de Rousseau de la
naturaleza humana y de las necesidades, como tampoco es un simple
reflejo de una mayor disponibilidad ni simplemente una respuesta
alas presiones externas. Obviamente es mediada por la sociedad y la
cultura. Sin embargo, la reacción del indio amazónico frente a la
gran y novedosa variedad de artículos que ponen a su disposición
los hombres blancos, sugiere que su imagen como sociedades tribales
con cierta propensión innata a limitar sus carencias, necesita ser
objeto de un replanteamiento. En particular, cabe recordar que
antes del advenimiento de los europeos, la mayoría de los grupos
estaban rodeados por gentes cuya tecnología y repertorios
materiales no eran demasiado diferentes de los propios. Además de
la demanda de bienes para uso inmediato, los barasanas también
buscan bienes para intercambio. Estos intercambios sirven de
variadas maneras para obtener otros bienes, para mantener las
relaciones sociales, para efectuar pagos por los servicios de los
chamanes y para cumplir con obligaciones sociales como regalos a
las futuras esposas o a los suegros 12. Al escribir sobre los cubeos, Goldman afirma
que "toda la región amazónica del noreste es una vasta y
compleja red comercial. Objetos de toda clase, artículos
domésticos, adornos, instrumentos musicales, objetos ceremoniales,
plantas, animales domésticos y sustancias mágicas están circulando
constantemente de una tribu a la otra, de un sib a otro. Los indios
que están en contacto con los centros comerciales de los
colombianos y brasileros son generalmente intermediarios que
"bombean" bienes manufacturados a la corriente
del comercio: trajes, sal, anzuelos, armas, machetes, así como
baratijas" (1963: 68-9).
Los barasanas hacen parte de esta red y comercian extensamente
entre ellos mismos y con los miembros de otros grupos con quienes
tienen contacto. No conozco ningún ejemplo en que los indios del
Vaupés actúen como comerciantes especialistas, en cadenas de
sociedades comerciales formalizadas y participen en el comercio de
larga distancia como el que se informa existe en las Guayanas
(véase Colson, 1973 y Thomas, 1972). Sin embargo, la gente
aprovecha las oportunidades de viaje para obtener bienes de
distribución localizada, como ocre amarillo, piedras para pulir las
ollas y bejucos para flautas de pan, para seguir comerciándolos con
otras cosas. Los makunas, vecinos de los barasanas por el sur,
obtienen curare proveniente de los grupos de los makus, más hacia
el sur. Cuando los barasanas visitan a los makunas, adquieren
curare para trocarlo con grupos que se encuentran más hacia el
norte. Así mismo, al trabajar con los blancos, los indios obtendrán
artículos tanto para su propio uso como para nuevos
intercambios.
En la literatura sobre la región del Vaupés se hace
frecuentemente mención de la producción especializada de artefactos
por parte de diferentes "tribus" o grupos
exógamos (véase, por ejemplo, Jackson, 1983: 99), los tukanos son
conocidos por sus bancos de madera, los desanas y uananas como
fabricantes de canastos, los ukuyas, como fabricantes de canoas,
los baniwas, como proveedores de raspadores y mañoca y, los makus
como la fuente de cerbatanas, curare y canastos de chicha. Resulta
difícil saber si esta especialización fue alguna vez parte de un
sistema formalizado de comercio inter-tribal semejante al de la
región Xingú del Brasil (Basso, 1973), o si es simplemente parte de
un sistema totémico más amplio que también asigna cosas como el
lenguaje o variedades de plantas cultivadas a los distintos grupos.
Hoy día, aunque el comercio de ralladores baniwas y canastos makus
sigue siendo muy extenso, el resto del "sistema"
es el resultado de una asociación entre grupo y objeto y no del
derecho exclusivo de fabricar.
El trueque no se hace entre miembros de una misma comunidad de
malocas de quienes se espera que presten o regalen sus bienes, pero
más allá del hogar no hay restricciones y en la práctica no hay
preferencias en cuanto a quién debe tocar con quién. Se espera que
los hombres y mujeres que son amigos formales (heyeri-heyerio),
relación que es establecida al final de los ritos de iniciación
masculina, intercambien más frecuente y más generosamente, y las
ligas que las mujeres dan a sus compañeros no son generalmente
trocadas por otras. Pero, en otros respectos, sus intercambios
parecen ser muy poco diferentes al resto. El trueque lo inicia una
persona pidiendo objetos que pertenecen a la otra; el que pide
puede ofrecer a cambio otros artículos o esperar una propuesta. No
se espera que ni las propuestas ni los intercambios sean
simultáneos; la transacción se basa en la confianza y muchas veces
pasa mucho tiempo antes de que la operación se cumpla en los dos
sentidos. Una persona también puede comisionar a otra para que
fabrique un objeto determinado en una fecha ulterior a cambio de
otro que se le ofrece en el acto. No hay tarifas de cambio
establecidas, el ragateo es opcional y puede no hacerse en absoluto
y a menudo es difícil entender que se ha efectuado una transacción.
Cada transacción es autocontenida diferente de los intercambios
ceremoniales de alimentos que pasan de una mano a la otra entre las
comunidades de malocas: Las personas avaras son antipáticas y se
exponen a duras críticas, y por lo tanto resulta difícil negarse a
una propuesta o rechazar lo que se ofrece a cambio. Por esta razón,
la gente se cuida de lo que exhibe a quién y se reserva ciertos
bienes, principalmente las existencias de bienes occidentales, que
ocultan en los rincones oscuros de las casas.
La gente también es muy cautelosa al solicitar cosas ya que
ambas partes se exponen a propuestas recíprocas y deben tener en
cuenta los aspectos de status y respeto. Los jóvenes que piensan
dos veces antes de pedir cosas a sus mayores pueden ser despojados
rápidamente de sus bienes -que han conseguido con dificultad-
cuando regresan de trabajar con los blancos. Además de las
propuestas de trueque, deben acceder a las exigencias de los
chamanes que oficiaron en la ceremonia de su nacimiento e
iniciación y cumplir con obligaciones para con sus suegros, si
están casados. A los chamanes más temidos y respetados rara vez se
les piden sus bienes y a veces pueden acumular grandes cantidades
de artículos que se les entregan en pago de curaciones y otros
servicios, o que se les ofrecen como regalos para obtener su buena
voluntad.
El "status" y el grado de intimidad de las
relaciones sociales también influye en lo que se intercambia y en
los términos del trueque. Los semi-nómadas makús son tratados como
inferiores y los indios tukanos intercambian casabe y bienes
manufacturados con ellos a cambio de carne, canastos y mano de obra
agrícola o de construcción. Pero, en la región de Pirá-Paraná por
lo menos, los alimentos, fuera de la sal, los ajís ahumados y
ocasionalmente la fariña, nunca hacen parte de las transacciones de
trueque entre los mismos tukanos y no se paga la mano de obra. En
su calidad de condimentos, ni la sal ni el ají tienen el valor de
comidas verdaderas y es probable que el trueque limitado de la
fariña esté ligado a su condición de producto básico asignado por
los comerciantes blancos. La verdadera comida se comparte bien sea
dentro (y ocasionalmente, entre) los hogares y se intercambia en el
contexto de un ritual 13.
Resulta interesante que la única vez que vi un intercambio barasana
en el cual se trocaban cuentas por casabe, este último fue
solicitado por un miembro hambriento del grupo de los wabeas a
quienes los barasana consideran de tan baja condición social como
los makús (véase Hugh-Jones, C: 1979).
Los bienes de valor ceremonial (he gaheudi) como flautas y
trompetas sagradas, tocados de plumas, correas de dientes,
delantales de tierra de corteza, cascabeles para los tobillos y
maracas, pertenecen colectivamente al clan y son inajenables; nunca
son trocados entre personas pero pueden ser intercambiados en las
danzas rituales que establecen un vínculo de afinidad ritual (he
teyia) entre las comunidades que participan.
Fuera de los alimentos y los bienes de valor de propiedad
colectiva, todas las demás propiedades pueden, en principio, ser
trocadas. En la práctica, algunos bienes, en particular los
canastos, los bolsos de corteza que contienen ajís ahumados o
pintura roja, las mochilas y las bolas de cuerda para la
fabricación de hamacas, son trocados más frecuentemente que otros
y, además, generalmente se fabrican expresamente para fines de
intercambio. Aunque la gente puede trocar objetos diferentes
producidos localmente o distintos bienes manufacturados entre sí,
la gran mayoría de estos tratos tienen que ver con el intercambio
de bienes manufacturados a cambio de artefactos locales. En ese
mismo orden, aunque los productos locales son aceptables como pago
para los chamanes o como regalos afines, los bienes manufacturados
son utilizados más comúnmente y suelen ser preferidos a los
demás.
El dinero muy rara vez cambia de manos y cuando lo hace, se
intercambian los billetes junto con otros artículos y monedas, ya
que son valorados como decoraciones que se colocan en los collares,
bien sea en su estado "natural" o martilladas en
triángulos de plata denominados "mariposa". Como
son altamente valoradas y fáciles de dividir, las sartas de cuentas
importadas de vidrio (de preferencia blancas), que se llevan
alrededor del cuello y las muñecas, son objeto frecuente de cambio.
De vez en cuando, la gente indica el valor de un objeto en términos
de cierto número de sartas de cuentas, pero en la práctica, las
tarifas y el contenido de cada intercambio depende de la relación
entre las partes y de lo que tengan que ofrecer. Las armas,
consideradas como los objetos de mayor valor, son pagadas
típicamente a cambio de canoas y por grandes servicios chamánicos y
generalmente son exigidas cuando los indios convienen en vender
tocados de plumas "inenajenables" a los
blancos.
De lo anterior se desprende que los bienes manufacturados
desempeñan un papel clave en el intercambio indígena en la región
del Vaupés. Debido a la falta de dinero, a las tarifas fijas de
intercambio y a las sociedades formales, he resuelto dar a este
tipo de intercambio el nombre de trueque más bien que el de
comercio, pero en este contexto sería equivocado asumir que el
término implique intercambios que se realizan al margen de la
sociedad, entre personas con un mínimo de obligaciones sociales y
en un espíritu de auto-engrandecimiento o ánimo de lucro. La
mayoría de los trueques tienen lugar entre personas que viven
juntas, que interactúan frecuentemente, que pertenecen a una
comunidad dispersa formada por las malocas o casas de troncos
localizadas a lo largo de un trecho determinado del río y que están
ligadas por una red de relaciones de parentesco; además es tanto el
resultado como la marca de su sociabilidad.
Cómo se piden las cosas, quién da qué a quién y en qué términos,
son cosas que están relacionadas con la naturaleza de los bienes
intercambiados, la cantidad que posee cada persona, su condición
social relativa y la relación que tengan entre sí. Generalmente,
los bienes se truecan entre personas de condición social
relativamente igual, que tratan de cambiar una clase de bien que
poseen por otra que desean. A la inversa, una parte puede sentir la
obligación de despojarse de ciertos bienes valiosos occidentales a
cambio de artículos indígenas que desean menos, y, así mismo,
aquellos que poseen grandes cantidades de artículos occidentales
pueden voluntariamente intercambiarlos por productos indígenas
menos deseados ya que están más interesados en los aspectos
sociales que resultan de ese intercambio. Finalmente, las cosas que
se ofrecen a cambio de poco o nada pueden ser interpretadas de
varias maneras como señal de debilidad, respeto, generosidad, o
fortaleza.
En vista de esta gran variedad de comportamientos y motivos que
los mueven, resulta a veces difícil saber dónde termina el trueque
y dónde empiezan las formas socialmente incrustadas de intercambio.
Además, en algunas transacciones de trueque, los objetos son a la
vez "regalo" y "artículo
básico". En su trabajo sobre el trueque, Chapman considera
que entre los yanomamos el trueque es muy marginal o no existe.
Ella basa este punto de vista en la relación de Chagnon sobre la
especialización "artificial" de las aldeas que
deja que el comercio funcione como mecanismo iniciador de la
formación de alianzas (Chapman, 1980: 45). Es obvio que los bienes
manufacturados desempeñan hoy día un papel importante en esos
intercambios y quienes tienen fácil acceso a estos artículos los
utilizan para crear y cimentar alianzas con sus vecinos menos
afortunados (véase Chagnon, 1974 y Lizot op. cit.). Sin embargo,
cabe suponer que junto con los motivos de política y prestigio,
aquí también opera el deseo más mundano de cambiar un objeto útil
por otro y que, como en el caso de los barasanas, la línea
divisoria entre regalo y trueque es a veces difícil de trazar.
Desde la desaparición de la producción del caucho, a finales de
los años sesenta y la prohibición del comercio de pieles de
animales poco después, los indios de la región Pirá-Paraná suelen
obtener ahora bienes manufacturados bien sea de los misioneros
protestantes o católicos, o de los cocaineros 14. Los bienes los obtienen a cambio de
hojas de coca y pequeñas cantidades de pasta de cocaína, mano de
obra (construcción de viviendas, pistas de aterrizaje, talas de
árboles de la selva para hacer huertos para mañoca y coca, y
procesamiento de cocaína); por servicios (como guías, remeros,
cocineros, limpiadoras y maestras); por alimentos (pescado ahumado
y carne, frutas, mañoca y fariña) y por artefactos (principalmente
canastos, cerbatanas, cajas de dardos, vasijas de barro, bancos,
canoas y remos). Al ofrecer hojas de coca, alimentos, y mano de
obra a cambio de bienes de consumo, los indios realizan
intercambios que generalmente no harían entre sí 15.
Aunque los misioneros tratan de introducir y enseñar el uso de
la moneda y aunque tanto ellos como los cocaineros calculan el
valor de los bienes y servicios en términos monetarios, el dinero
en sí rara vez cambia de manos y por varias razones.
La región es remota -en la periferia del sistema monetario- y la
escala de las operaciones comerciales es pequeña. Hay poco dinero
en circulación y el que hay se encuentra generalmente en manos de
los blancos. Aunque algunos indios aceptan dinero y unos cuantos
tienen ahorros, la mayoría prefiere el pago en especie y gasta el
dinero que le dan lo más rápidamente posible.
Además de la "mentalidad de chisga" 16 y la ignorancia y
suspicacia respecto al valor de los billetes, el dinero no tiene
gran utilidad entre ellos ya que las pequeñas tiendas de los
misioneros y los comerciantes están muy distantes las unas de las
otras y el pueblo más cercano con tiendas queda a una semana de
viaje.
Para romper una tradición de la relación deuda-peonaje y enseñar
los buenos hábitos financieros a los indios, las misiones
protestantes y católicas han adoptado la política de no otorgar
crédito a los indios, así que los bienes son trocados directamente
a cambio de mano de obra indígena y los productos más
frecuentemente destinados para el consumo inmediato. Sin embargo,
el crédito es la médula del negocio local de la-cocaína, tal como
lo fue con el caucho 17.
Además de los factores que tienen que ver con la carencia de
dinero y de mercados, hay muchas otras razones por las que los
cocaineros y otros comerciantes amazónicos favorecen el crédito. Al
dar a crédito los bienes a indios que en general no saben leer ni
escribir, los comerciantes pueden manipular las utilidades tanto de
las mercancías que venden como de la mano de obra y los productos
que les compran. En condiciones extremas, el valor de los artículos
entregados es tan mínimo, comparado con el valor del producto
recibido, que el sistema es sinónimo de esclavitud. Eso fue lo que
sucedió con el caucho en el distrito del Putumayo a comienzos de
siglo y en partes del Vaupés, todavía en 1971 18. Las sanciones físicas y el estado
constante de endeudamiento, también sirven para garantizar que los
indios, en una economía de subsistencia, desacostumbrados al
concepto o a los hábitos regulares de la relación salario-trabajo y
quienes normalmente deciden trabajar para los blancos solo para
obtener determinados artículos, constituyan, sin embargo, una
oferta constante de mano de obra o productos.
El sistema también sirve para regular las relaciones entre los
mismos comerciantes, factor de cierta importancia en la producción
ilícita de cocaína en la cual, por definición, los comerciantes no
tienen derechos legales. Al dar bienes a crédito, el cocainero se
reserva derechos exclusivos sobre la mano de obra y el producto de
"sus" indios: si entonces venden hojas de coca a
otro traficante, no sólo los castigan sino que también atacarán a
su rival.
En un análisis sobre la relación deuda-peonaje con respecto a la
producción de caucho en el Putumayo a comienzos del siglo, Taussig
observa que la noción de deuda en un comercio de bienes a cambio de
caucho, oculta lo que en realidad está sucediendo: "todo
en este 'sistema' depende del aspecto del comercio en el cual el
deudor no es esclavo ni asalariado sino más bien un traficante con
una obligación férrea de pagar el anticipo" (p. 65).
Sostiene, por lo tanto, que "en el sistema deuda-peonaje,
como corresponde a un sistema que se ha constituido en torno de la
ficción de traficantes y no de productos básicos, es la deuda y no
el producto lo que se convierte en fetiche" (p. 70).
Si ese comercio es una ficción en la economía del traficante, es
una realidad en la del indio y eso es parte de su eficacia
seductora porque lo que en realidad sucede es que el patrono o
traficante blanco se apropia y subvierte la red de trueque indígena
que se extiende hasta él.
Podemos hacer un modelo del circuito económico de los cocaineros
de la región de Pirá-Paraná, así:
M-Cg-(m)-Cc-Cc'-M'
en donde Cg = bienes, (m) = dinero como unidad de cuenta, Cc =
hojas de coca y Cc' = cocaína. Este circuito tiene una similitud
muy grande con el de las transacciones de trueque (M - C - (m) - C
- M') dentro de una economía monetaria en la cual el dinero se
utiliza como norma o medida de equivalencia. Tanto los bienes como
las hojas de coca son aquí bienes de consumo enajenables destinados
al intercambio y objetos que representan mano de obra congelada y
el objetivo de la transacción es muy claramente la utilidad. Lo que
es muy importante es que a pesar de los paralelos formales con el
trueque, los cocaineros traten esos intercambios simplemente como
una forma especializada de transacción monetaria.
Sin embargo, cuando se mira desde la perspectiva de los indios,
en su mayoría analfabetas, el circuito es sencillamente el de Cc -
Cg y es formalmente idéntico a sus propias transacciones de
trueque. La coca se convierte en un bien de consumo en cuanto que
es producida para el intercambio, pero solo aquellos que han
recibido una educación en la misión o hace mucho participan en la
relación salario-mano de obra, relacionarán los precios de los
bienes que reciben con las horas que necesitan para recoger la
cantidad equivalente de hojas. La mayoría de los barasanas tienen
solo una idea muy vaga de los aspectos monetarios del intercambio y
no están interesados en el valor o el lucro monetario: se trata
simplemente de cambiar algo que aceptarán los blancos a cambio de
los bienes que desean.
Sin embargo, los barasanas están muy conscientes de que las
hojas de coca son enajenadas y ésto les causa algunos problemas. Al
igual que los tocados de plumas, las plantas de coca forman parte
de la identidad espiritual y la sustancia de cada clan y están
ligadas a sus orígenes míticos. En este sentido, la coca es
inenajenable y desempeña un papel clave en los intercambios
rituales entre individuos. La conciencia que tienen del problema se
revela en las exhortaciones de los chamanes para que se mantenga la
coca para el intercambio ritual separada de la que se destina para
la venta (véase arriba) y, en sus argumentos de que aunque vender
hojas de coca a los blancos era aceptable, la venta de las plantas
de coca no lo era. Este argumento puede interpretarse tanto
mitológicamente -la venta de las plantas literalmente como la venta
de las existencias del clan- o económicamente sin acceso a las
plantas de coca, los blancos no podrían establecer sus propios
cultivos y no lograrían convertir a los indios en simples
jornaleros incapaces ya de trocar hojas por bienes.
La similitud entre trueque y comercio externo es aún más clara
cuando los artefactos producidos localmente, en lugar de hojas de
coca o mano de obra, son ofrecidos a cambio de bienes fabricados,
ya que, como se demostró antes, éste también es el patrón de la
mayoría de los intercambios entre los indios. Cabe además recordar
que los indios suelen extender los vínculos personales que
caracterizan sus relaciones con otros indios, a aquellos blancos
con quienes interactúan frecuentemente y de quienes obtienen los
bienes manufacturados. Algunas veces, este aspecto personal es
esencial, como cuando los barasanas me abrumaban pidiéndome cosas
como libros en inglés para los que no tenían ningún uso imaginable,
creí que sus propuestas eran tanto el resultado del deseo de
establecer un vínculo social como el de obtener algún objeto en
cuestión.
Los barasanas llaman a los recolectores de caucho, cocaineros,
misioneros y antropólogos, los yi fawi/o ("mi hombre/
mujer blanco/ a" y los tratan con cierta familiaridad. Es
posible que les pidan que apadrinen a sus hijos y hablan de ellos
entre sí utilizando este lenguaje para presumir de su familiaridad
con el mundo exterior. Este aspecto personal se hace aún más fuerte
cuando los traficantes blancos toman como concubinas a la indias y
tienen hijos con ellas. El cocainero más exitoso debía gran parte
de su prestigio al papel mediador de su popular hijo, que había
tenido con una india y, quien a su vez, tenía una novia barasana.
De este modo la moralidad del parentesco se mezcla con la del
mercado.
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Tomado de "Inicios del Arte en la Selva" de
Theodor Koch-Grümberg (1905)
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Al igual que entre sí, los barasanas esperan inspirar la misma
confianza de los forasteros y consideran la renuencia de los
misioneros en darles crédito como una señal de su avaricia. Por esa
misma razón, expresan ira y resentimiento cuando los blancos se
niegan a despojarse de sus bienes o rechazan cosas que les ofrecen:
tanto así que los misionarios algunas veces se ven obligados a
crear empleo simplemente para satisfacer la demanda de bienes que
venden en sus tiendas.
Visitar, trabajar y traficar con los blancos es a la vez un
medio de adquirir bienes de consumo, un pasatiempo popular y una
diversión, así como un fin en sí mismo. Muchos barasanas tratan de
asociarse con los blancos viajando largas distancias para verlos y
luego simplemente merodean por sus establecimientos. La asociación
con los forasteros conlleva la oportunidad de aprender español y
portugués, adquirir conocimientos y experiencia del mundo externo y
ganar estatus y prestigio social a los ojos, tanto de los indios,
como de los blancos. Es por esta razón que sostengo que parte del
valor de los bienes manufacturados estriba en el acto de
adquirirlos, en el contexto en el cual se adquieren y en la gente
de quien se derivan.
A pesar de estas similitudes, no deseo insinuar ni que hay
diferencias entre el trueque indígena y el comercio con los
blancos, ni que los barasanas no ven ninguna diferencia entre los
dos, porque sí la ven. Una diferencia clave reside en que mientras
el trueque se realiza entre partes aproximadamente iguales y cada
uno tiene un derecho más o menos equivalente en el trato, el
comercio con los blancos es fundamentalmente asimétrico y son ellos
quienes establecen los términos del intercambio.
Aunque los indios tenían muy poco poder negociador directo, la
combinación de las fuerzas morales y del mercado les dio cierto
grado de poder indirecto. Los cocaineros competían entre sí y el
precio que pagaban por las hojas de coca estaba sujeto a las
fuerzas del mercado que operaban en la región en general. También
competían con los misioneros como proveedores de bienes de consumo,
de modo que los precios de los cocaineros eran más o menos iguales
a los de las tiendas de las misiones. Además, aunque los misioneros
no tenían poder para terminar totalmente con el comercio ilegal de
la cocaína, su presencia en la región inmediata y la tregua
incómoda que operaba en la región, impedía a los cocaineros aplicar
la violencia e imponer las sanciones físicas necesarias para hacer
valer su régimen duramente explotador. Paradójicamente, era
precisamente esa legalidad de la industria anterior del caucho, y
el papel activo desempeñado por la policía al forzar a los indios a
cumplir con sus "deudas", lo que dio lugar a
algunos de los peores abusos cometidos a comienzos de los años
setenta 19. Aunque
conscientes de las utilidades de los cocaineros, los barasanas a
menudo comentaban que habían tenido que trabajar mucho más duro en
condiciones peores cuando extraían caucho.
Caroline Humphrey ha señalado que las relaciones de deuda están
típicamente asociadas al trueque a través de fronteras étnicas en
las que uno de los dos lados tiene el monopolio de ciertos bienes
(1985: 601). Aunque el control de los medios de intercambio permite
utilidades, ella mantiene que el sistema se auto-limita porque la
"confianza que requiere para que el trueque incluya
efectivamente el crédito limita las operaciones
económicas" (ibid: 67). Es precisamente cuando la
violencia y el terror se disfrazan con la confianza que subvierten
y sustituyen, que los límites se rompen y el sistema se convierte
en una explotación abierta.
La comparación entre la producción de caucho en la región del
Pirá-Paraná y la industria de cocaína que la remplazó, indica que
hay una continuidad entre el trueque y la relación deuda-peonaje
que depende de las asimetrías del poder y las diferencias del
sistema económico entre las partes involucradas. En un extremo está
el trueque igualitario, simultáneo o diferido, dentro de la
comunidad indígena y, en el otro, los peores excesos de
deuda-esclavitud jerárquica y explotativa 20. Entre ambos se encuentran las relaciones entre
los empresarios indígenas y sus parientes, los intercambios
directos entre los indios y los misioneros y los tratos de crédito
(reconocidamente excepcionales) entre indios y cocaineros.
Mientras la entrega de bienes a crédito es parte integral de la
relación deuda-peonaje -lo que permite la manipulación de los
precios y sirve para perpetuarlos vínculos entre el deudor y
acreedor, lo cual, a su vez, garantiza una rentabilidad regular de
mano de obra y productos- el caso de la producción de cocaína en la
zona de Pirá-Paraná muestra también que es posible que operen
arreglos crediticios semejantes en un sistema que no es realmente
más explotador que la venta de bienes contra dinero en efectivo. Es
posible que se pueda obligar a receptores renuentes a que reciban
bienes en crédito y, que el sistema se preste claramente a una
explotación abierta, pero también existen otras razones que lo
exponen a abusos.
Además de la ausencia casi total de dinero y de mercados de
bienes y mano de obra en las zonas fronterizas, también debemos
tomar en cuenta el hecho de que los indios buscan activamente el
crédito, tanto porque les da acceso inmediato a bienes deseables de
oferta incierta como porque está de acuerdo con los patrones y los
hábitos de su propio comercio. Además, el carácter transitorio de
la relación deuda-peonaje y los desequilibrios de poder que se
producen cuando los indios adquieren armas de fuego y se alían con
los blancos, significa que las deudas pueden pasar de una mano a la
otra permitiendo que los clientes de los blancos se conviertan en
los patronos de los indios. Esta cadena puede institucionalizarse
en el caso de recolectores de caucho, indios y cocaineros como José
B. (véase arriba)21, o
puede disfrazarse bajo vínculos de parentesco y afinidad que
permite a los individuos "pedir ayuda" para
recolectar las hojas de coca con el fin de pagar sus armas y
motores de fuera de borda. Detrás de cada nombre en el libro mayor
del cocainero se oculta una comunidad de esos ayudantes y los
indios mismos encuentran difícil distinguir entre ayuda,
reciprocidad y deuda.
Al decir ésto, no pretendo hacer una apología en favor del
compromiso de la deuda ni implicar que los blancos y los indios,
con sus necesidades complementarias, simplemente hacen su trueque
dentro de un sistema inteligente de intereses propios. Las
relaciones numerosas y a veces aterradoras sobre la relación
deuda-peonaje en la Amazonia ya han mostrado suficientemente que
ésto está lejos de la verdad. Sin embargo, sí quiero sugerir que a
menos que empecemos a examinar la deuda-peonaje y otros
intercambios económicos interétnicos, desde ambos lados, indígena
así como blanco, éstos seguirán siendo engañosamente transparentes,
pero no obstante mistificados, como lo sugiere Taussig (ibid: 63)
22. En particular sigue
siendo muy difícil comprender por qué los indios siguen dedicados a
un sistema tan claramente explotador, incluso cuando no se
encuentran en situaciones difíciles.
Aunque el resultado de una admiración por las culturas y las
sociedades Amerindias, de una reacción comprensible y adecuada
frente a los abusos pasados y presentes cometidos contra ellos y de
un deseo encomiable por fomentar sus intereses, con todo lo cual
estoy de acuerdo, siento, sin embargo, que la tendencia a culpar a
las presiones externas por el consumismo indígena, a detenerse
exageradamente en los aspectos más
"tradicionales" del intercambio amerindio, trazar
contrastes muy fuertes y algunas veces cargados de moralismo entre
el "regalo" y el "producto
básico" y el subestimar la participación activa de los
indios en el comercio con los blancos, incluyendo su papel de
patrones e intermediarios, todo proviene de un liberalismo mal
orientado.
Estos conceptos no reflejan fielmente la historia pasada y las
condiciones actuales de los indios de la Amazonia ni les ayudará en
sus luchas futuras, ya que corren el riesgo de presentarlos como
víctimas pasivas y no como agentes activos de sus propios
destinos.
Es absurdo pretender que las armas y los machetes reproducen la
cultura indígena mientras los trajes y los relojes digitales no:
todos tres tienen funciones útiles, pueden ser llevados en el
cuerpo como símbolos de estatus, poder y representan experimentos
creativos. Esos objetos, comerciados entre indios y blancos por
igual, son a la vez síntomas y causas de cambios profundos en la
economía y la sociedad de los indios y es por esas razones que he
decidido analizar simultáneamente la adquisición, distribución y
gasto de bienes de consumo. El trueque desempeña un papel clave en
este circuito constituyendo tanto la bisagra entre las dos
economías como la puerta a través de la cual la una penetra en la
otra.
Traducción de: María Eugenia Samint
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Bolivar, Venezuela. Antropológica, 33: 3-37, 1972.
Vaupés al Día.
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10
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Véase también Harner (1972), en relación con las fotografías de
los indios Jívaros, "vistiendo" armas y también
las hermosas acuarelas de Goodall (1977) que muestran esta misma
tendencia entre los indios de Guayana.
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11
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Véase Hugh-Jones (en prensa) y también Guyot, 1976.
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Lizot informa que los yanomamis también ambicionan los bienes
manufacturados para utilizarlos a cambio de otros y comenta que es
por esta razón que las aldeas con mejor acceso a las fuentes de
esos artículos poseen mayor cantidad de artefactos producidos
localmente (Lizot, 1984: 229).
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13
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Aunque hoy día sólo se regala comida en las danzas de
intercambio o dabukuris, los mitos a veces se refieren también al
intercambio ceremonial de canastos.
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14
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Los aportes combinados de antropólogos, equipos de filmación,
turistas, geólogos y otros viajeros, constituye así mismo parte
bastante importante de los ingresos totales.
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15
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Sin embargo, como lo indica la carta citada anteriormente,
algunos patrones indios sí tratan de emplear mano de obra, aunque
no siempre con éxito.
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16
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Tomo prestada esta frase de Caroline Humphrey (1985) quien
observó un fenómeno similar en la economía de trueque de los lhomi
de Nepal.
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Jean Jackson (com. pers.) informa que los indios en la mayor
parte del Vaupés piden dinero en efectivo y ya no aceptan abonos
como crédito por el trabajo en el negocio de la cocaína.
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18
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Véase Taussig, 1986; Gossain, 1971 y Vaupés al Día 19.
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19
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Véase Gossain op. cit. y Vaupés al Día op. cit.
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Mireille Guyot (1976) ha publicado un mito bora que explica los
orígenes del comercio con los blancos y las crueldades perpetradas
por la Casa Arana del Perú contra los mismos boras. El mito explica
que los bienes manufacturados creados por un héroe de la cultura,
eran intercambiados primero por cuerda de cumare y otros productos
locales y luego por seres humanos y, finalmente, por caucho y otras
gomas y resinas, en un régimen represivo inventado por el mismo
héroe. El trueque, la esclavitud y la relación deuda-peonaje son
colocados pues, en una secuencia histórica que correspondería a la
historia conocida de la Amazonia del Noroeste.
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El mismo mito bora que corresponde a las atrocidades de la Casa
Arana también subraya el papel activo de los indios como
intermediarios en el comercio de bienes manufacturados. Este
aspecto también se ve claramente cuando Guyot escribe que:
"La huída era la solución de los que no tenían nada que
perder, pero los más influyentes, los jefes de las malocas más
importantes, creían que podían encontrar una solución intermedia y
una ventaja en su comercio con los blancos" (op. cit.: 38
1).
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22
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El análisis de Taussig sobre deuda-peonaje me ha parecido tan
estimulante como penetrante y útil para mi propio pensamiento.
Pero, a pesar de que mantiene que "lo que puede señalar
una salida del impasse (en cuanto a comprensión), es precisamente
lo que tan dolorosamente falta en las relaciones del Putumayo, a
saber, el modo narrativo de los mismos indios", él, en
realidad ha utilizado muy poco el material disponible a este
respecto, principalmente el contenido en las obras de Guyot (1972,
1976, 1979).
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