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DESARROLLO DE LOS SISTEMAS AGRÍCOLAS
TRADICIONALES EN LA AMAZONIA
ÁNGELA ANDRADE
Estudios realizados en diversas áreas de la Amazonia permiten
afirmar que la forma como se ha venido desarrollando la
colonización en los últimos años, no garantiza que se de una
producción estable a largo plazo y, por el contrario, ha generado
procesos de degradación del suelo.
Existen numerosos ejemplos que ilustran estos hechos: el más
antiguo de ellos se refiere a la colonización en la región
Bargantina al Este del Brasil, a lo largo de la carretera
Belén-Braganrça, la cual se inició hacia finales de la década del
cuarenta. En este caso, en contra de las expectativas iniciales, el
decrecimiento de las cosechas propició el abandono de la tierra;
igual sucedió en años posteriores a lo largo de la carretera
Belén-Brasilia (Eden, 1977).
Con el paso de los años se han incrementado las áreas de
colonización de Brasil, Perú, Ecuador, Bolivia y Colombia,
aumentando igualmente las áreas degradadas.
Durante los últimos 15 años, en la Amazonia se han impulsado
principalmente los sistemas de producción ganaderos, los cuales en
la mayoría de los casos causan serios problemas de degradación del
suelo, a la vez que se constituyen como el factor principal de
destrucción de los mismos (Eden, 1977), (Denevan, 1984).
En la Amazonia colombiana existen varios reportes sobre casos de
degradación de los suelos, causados por el desarrollo de sistemas
ganaderos en el Caquetá y en el Guaviare (Andrade y Etter,
1987).
Los esquemas de colonización recientes han desconocido la
existencia de sistemas adaptativos tradicionales en la Amazonia y
han asimilado en muchos casos a los grupos indígenas a formas de
explotación del medio ajenas a las propias, causando impactos
ambientales negativos.
Las recientes investigaciones antropológicas y arqueológicas
llevadas a cabo sobre los sistemas de producción agrícola de grupos
indígenas actuales y pasados en la Amazonia presentan formas de uso
de la tierra que han sido practicadas durante milenios,
posiblemente sosteniendo una densidad de población mayor que la
actual y han logrado minimizar los impactos ambientales
negativos.
En los sistemas de producción basados en la agricultura, se
encuentra que la agricultura migratoria es la forma más común de
uso de la tierra, sin embargo se ha dado la existencia de otras
formas más intensivas, las cuales mediante la transformación de las
condiciones del suelo han permitido un uso permanente sin causar su
degradación.
El conocimiento de las técnicas agrícolas practicadas por los
grupos actuales y pasados, basadas en la agricultura migratoria o
la agricultura intensiva, es importante, ya que puede aportar
ciertos elementos básicos para la formulación de planes de uso
sostenido de la tierra en la región amazónica.
La agricultura migratoria
La agricultura migratoria o agricultura de tumba y quema
constituye la forma tradicional más generalizada de agricultura en
las áreas tropicales, especialmente en la región amazónica.
Esta forma de agricultura se basa en la tumba y quema de áreas
de bosques maduros o secundarios (1 a 5 ha), la implantación de
cultivos durante un corto período (2 a 5 años), seguido por largos
períodos de descanso o barbecho (más de 15 años). Se caracteriza
por el uso exclusivo de fuerza de trabajo humano y el uso de
herramientas simples. En la actualidad, este sistema de producción
se practica en su forma más tradicional en algunas áreas de Nueva
Guinea (Clarke, 1971), la Amazonia, Borneo y el África Central
(Ruthenberg, 1980).
Para la Amazonia se ha establecido que esta forma de agricultura
es la que ha predominado desde tiempos anteriores a la llegada de
los europeos. Los cambios más significativos que se han dado desde
el inicio del contacto han sido de tipo tecnológico y se refieren a
la introducción de instrumentos de acero como hachas y machetes,
reemplazando los instrumentos de piedra, lo cual ha disminuido los
requerimientos de fuerza de trabajo humano. Por otra parte se ha
dado la introducción de cultivos diferentes a los que se conocían
tradicionalmente en la región.
Se han reportado casos en los cuales las tribus autóctonas
cambiaron sustancialmente su sistema de producción tradicional con
la llegada de los blancos, como es el caso de los Guayaki y Mura,
quienes abandonaron la agricultura migratoria y se dedicaron a la
cacería y recolección, o los Shiriana, Guaharibo y Macú, quienes
eran grupos cazadores y recolectores que posteriormente adoptaron
prácticas agrícolas (Saldarriaga, 1986).
Los estudios etnohistóricos llevados a cabo por Pineda (1985)
establecen que la forma de producción de las comunidades indígenas
amazónicas de la región comprendida entre el bajo Caquetá y
Putumayo y del Orteguaza-Caguán, era la agricultura de tumba y
quema, complementada con la pesca y la recolección de productos
silvestres.
Es difícil generalizar sobre las bases del sistema de
agricultura migratoria ya que existe una gran diversidad espacial y
temporal en el área amazónica basada en gran parte en la
heterogeneidad del medio y las condiciones socio-culturales de los
grupos existentes. Sin embargo, existen algunos denominadores
comunes:
- El tamaño de las parcelas es de 0.5 a 1 ha, en algunas
ocasiones alcanzan las 5 ha.
- El producto principal puede ser: granos, tubérculos, raíces o
frutales.
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Tumba del bosque. Puerto Rastrojo. Río Mirití - Paraná.
Fotografía: Rangel Yukuna.
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- Esta forma de explotación se asocia a bajas densidades de
población: dado que es necesario dejar la tierra en descanso
durante un período relativamente largo de tiempo, la extensión de
tierra necesaria por persona es muy grande, lo cual impide a estos
sistemas mantener a una numerosa población concentrada. Se ha
establecido como promedio una población de 40 personas por km2.
Para el caso de las selvas suramericanas se ha calculado un
promedio menor de 4 habitantes por km2 (Ruthenberg, 1980).
Para algunos autores, la agricultura migratoria no permite la
acumulación de excedentes, lo cual se considera como condición
básica para el desarrollo de una sociedad estratificada. Para
dichos autores los niveles de integración socio-cultural y las
bajas densidades de población son evidencias de un ambiente
improductivo y una tecnología ineficiente (Eden, 1977).
- La unidad típica de asentamiento es la aldea de 200 a 250
habitantes. Se ha establecido que esta forma de agricultura hace
difícil la permanencia en el mismo lugar ya que la ocupación
sedentaria es incompatible con la necesidad constante de abrir
nuevas parcelas.
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Maloca rodeada de chagras en diferentes estadios de desarrollo.
Comunidades indígenas del Piraparaná. Fotografía: Germán
Andrade.
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Desde el punto de vista ecológico se ha dicho que el factor
limitante de estos sistemas agrícolas, para poder sostener altas
densidades de población, es la gran demanda de tierra cultivable
por persona y la baja calidad de los suelos, lo cual exige un
patrón de asentamiento disperso.
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Maloca y chagras en diferentes estadios. Piraparaná. Fotografía:
Germán Andrade.
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Los requerimientos de tierra cultivable dependen básicamente del
tiempo necesario para que una parcela recupere su fertilidad
natural. El tiempo de descanso varía de acuerdo con otros factores
como la calidad del suelo, la topografía, el clima, la presencia o
ausencia de pestes y malezas y el tipo de cultivos que se
implementen. Para las áreas de "Tierra firme"
amazónicas esta ha sido la forma de agricultura predominante. En la
"Várzea" se dan condiciones ambientales que
permiten desarrollar una agricultura permanente suplementada por
una mayor oferta de proteínas adquiridas en los ríos de
"aguas blancas" en contraposición con aquellas
existentes en los ríos de "aguas negras", típicos
de las áreas de "Tierra Firme".
Un factor que ha permitido aportar información sobre la magnitud
de la ocupación humana mediante el uso de la agricultura
migratoria, es la aparición de restos de carbón en suelos de tierra
firme, ya que éstos se asocian a las quemas de las áreas de selva
tumbadas (Saldarriaga, 1986). En el área del río Negro se encontró
carbón en casi todas las áreas de tierra firme, bordeando los ríos
mayores y las quebradas. La presencia de carbón en las selvas del
alto río Negro sugiere que la región amazónica estuvo sujeta a la
acción humana por cerca de 3000 años. Las evidencias arqueológicas
más antiguas citadas por el mencionado autor son restos de cerámica
de Caño Mallabo, al Occidente del río Negro, con fechas de C14 de
3750 A.P., es decir, 1750 A.C.
Se ha establecido que el sistema de agricultura de tumba y quema
es el que mejor se adapta a las condiciones de la selva tropical
(Geertz 1963). La adaptabilidad de este sistema se ha estudiado en
diferentes partes del mundo. Para los Tsembaga de Nueva Guinea,
Rappaport (1971), describe la gran diversidad de cultivos existente
en las parcelas y la gran similitud estructural que existe entre
una parcela cultivada y un área de selva. Según dicho autor, este
hecho beneficia la protección del suelo contra la erosión, ayuda a
que se de una mejor eficiencia fotosintética del cultivo y evita la
presencia de plagas.
En Suramérica, las ventajas adaptativas de este sistema han sido
investigadas en el grupo Waika en Venezuela por Harris (1971) y en
el grupo Mundurucú en Brasil por Meggers (1971), quienes definen la
agricultura migratoria como un "sistema
policultural", basado en una sustitución de las plantas
naturales por una amplia variedad de plantas cultivadas. El uso de
plantas con diferentes hábitos de crecimiento es interpretado como
una forma eficiente de asegurar una buena disponibilidad de luz,
tanto vertical como lateral, de nutrientes y de humedad, a la vez
de proteger el suelo contra la erosión.
En la Amazonia colombiana se han llevado a cabo estudios que han
buscado identificar la composición de las parcelas cultivadas y las
prácticas generales de manejo de los Yukuna, sobre el río Mirití
Paraná (Hildebrand, 1975), los Witoto sobre el río Caquetá (Gashe,
1975) y los Andoke sobre el río Caquetá y el caño Aduche (Eden y
Andrade, 1988), entre otros. La relación suelo-cultivo ha sido
estudiada en las parcelas de los grupos del Igará-Paraná (Jiménez,
1975) y en los Andoke (Eden y Andrade, 1987); la regeneración de la
selva bajo prácticas de agricultura migratoria en el río Negro
(Saldarriaga, 1986) y en el río Mirití-Paraná (Hildebrand y
Walschburger, com. pers.).
La composición de los cultivos en las parcelas es importante en
los sistemas de agricultura migratoria, ya que puede determinar la
posibilidad de sostener una mayor población. El aspecto principal
se refiere al tipo de producto obtenido: granos, raíces, tubérculos
o frutales.
Por otra parte existe una gran influencia del contenido de
nutrientes del suelo, ya que los cultivos de granos son más
exigentes que los cultivos de raíces (Ruthenberg, 1980).
Se ha podido establecer que la base de la producción de los
sistemas de agricultura migratoria en las áreas de tierra firme
amazónicas es la yuca (Manihot esculenta), la cual ocupa un 80% del
área cultivada. Es importante anotar que existe un gran número de
variedades de yuca tanto dulce como amarga, con diferente contenido
de almidón. Para el caso de los Andoke se identificaron en las
chagras de los indígenas más viejos cerca de 35 variedades (Eden y
Andrade, 1987).
El 20% del área de cultivo está constituido por árboles frutales
los cuales comienzan a producir a partir del quinto año. Entre
ellos están: Caimo (Pauteria sp.), Marañón (Anacardium
occidentalis), Maraca (Theobroma bicolor), Guamo (Inga sp.),
Guacare (Paraqueiba seriacea), Uva caimarona (Pouroma sp.)
Chontaduro (Bactris gasipaes), y lulo (Solanum sessiflorum).
Se encuentran también frutos como la piña (Ananas cosmosus), el
banano (Musa paradisíaca), y cultivos como la coca (Erythroxilon
coca), el maíz (Zea maíz), la caña (Sacharum officinarum), el maní
(Arachis hipogea), el tabaco (Nicotina tabacum), el ají (Capsicum
frutenses), cultivos de raíces y tubérculos como el mapuei
(Dioscorea spp.), mafafa (Xanthosoma violaceum) y patatas (Ipomea
batata), y una gran variedad de plantas medicinales.
El número promedio de plantas cultivadas para cada parcela de
los indígenas Andoke es de 12, con un rango de variación entre 15 y
8 (Eden y Andrade, 1987).
Estos hechos demuestran que los sistemas de agricultura
migratoria son policulturales; sin embargo, la comunidad de plantas
no es diversa en el sentido estricto, sino que está dominado por
una especie única, en el caso amazónico por la yuca.
La distribución de los cultivos en las parcelas no se realiza al
azar, según lo demuestran estudios llevados a cabo entre los Andoke
(Eden y Andrade, 1987); los Witoto (Gasché, 1975) y los Yacuna (von
Hildebrand, 1975), entre otros.
La yuca y la coca son los únicos cultivos que se distribuyen
uniformemente en la chagra; sin embargo, las variedades de yuca
siguen un patrón relacionado con la ubicación de la ceniza. Los
demás cultivos tienen una distribución más específica, de acuerdo
con la variación de las cualidades de la tierra y la concentración
de la ceniza.
En los sitios más quemados, se siembran el tabaco, la mafafa, el
bore, el maní, el ají y ocasionalmente la cebolla y el tomate. En
los sitios más arcillosos se siembra la caña y el banano.
Los frutales, chontaduro, uvo de monte, maraca y caimo, se
siembran en sitios aislados y de fácil acceso. La piña se
distribuye en toda la chagra, siendo preferidos los sitios más
arenosos.
El cultivo de los frutales es interesante ya que constituye una
forma de agrosilvicultura, por cuanto que los productos no son
cosechados durante los primeros años sino a partir del quinto año,
cuando los cultivos anuales ya han sido cosechados (Harris, 1971;
Denevan et al, 1984; Eden y Andrade, 1987).
Cerca a las viviendas existen pequeñas huertas caseras, en las
cuales se siembran frutales como el anón, la guanábana, el árbol
del pan, cítricos, plantas medicinales y condimentos.
La presencia de desechos de troncos de árboles en la parcela
afecta en gran medida el patrón de siembra de los cultivos y su
densidad. En el caso de los Andoke se obtuvo una densidad promedio
de 1.54 plantas por metro cuadrado, con un rango entre 0.8 y 2.2.
Las densidades más bajas se presentaban en casos en los cuales las
plantas estaban afectadas por enfermedades; pero en general se
presenta una alta correlación entre densidad de las plantas y
cantidad de desecho de madera quemada.
El cultivo de la yuca es denso, con una cobertura más o menos
continua y una altura de 1 a 2 m. En las etapas posteriores del
ciclo del cultivo, la cobertura se refuerza por la emergencia de
árboles frutales y vegetación secundaria (Eden y Andrade,
1987).
El análisis de los cambios en las condiciones físicas y químicas
del suelo es importante por cuanto representan los principales
indicadores del impacto de la agricultura migratoria sobre el
medio.
Hay varias ocasiones en las cuales el suelo está más expuesto al
impacto del sol y de la lluvia debido a la falta de cobertura que
proteja el suelo: primero, después de la tumba y la quema inicial y
durante el período de establecimiento del cultivo; nuevamente,
después de la primera cosecha y el establecimiento del segundo
cultivo.
Dado que la mayoría de la hojarasca es destruida por la quema
inicial, los minerales de la capa superficial del suelo están
expuestos y son susceptibles a la erosión. Una indicación de este
proceso acelerado de erosión que ocurre en áreas de cultivo fue
establecido por Mc. Gregor (1980) mediante experimentos con
parcelas de escorrentía, para un sitio de selva con una pendiente
del 17% y una capa superficial franco-arcillo-limosa. La erosión
superficial se estimó en 1.5 ton/ ha/ año, mientras que en parcelas
de cultivo de indígenas Andoke, en un suelo arcillo-limoso con una
pendiente del 13%, la erosión superficial llegó hasta 4.5 ton/ ha/
año.
Hay otros parámetros de análisis en el suelo que demuestran los
efectos de la apertura de la cobertura vegetal, como es el análisis
de la densidad aparente, la cual da una indicación del nivel de
compactación del suelo. Para el caso de 13 parcelas de cultivo
pertenecientes a indígenas Andoke y Witoto, se estableció que la
densidad aparente presenta incrementos del 1 al 10% durante el
primer año de utilización y del 25 al 28% durante el segundo
año.
Estos valores fueron obtenidos comparando parcelas de cultivo de
diferentes años, con áreas de bosque maduro adyacentes, con
condiciones fisiográficas similares.
Estos datos demuestran que a pesar de la presencia de una
cobertura protectora del suelo, existen efectos significativos de
la agricultura migratoria en las condiciones físicas del suelo, las
cuales se hacen más evidentes durante el segundo y el tercer año de
siembra.
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Asentamientos indígenas.
Piriparaná. Fotografía:
Germán Andrade.
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Para el caso de los Andoke y Witoto del medio Caquetá (Eden y
Andrade, 1987), así como para el área del alto y medio Igará Paraná
(Jiménez, 1975) se observó, mediante la comparación de áreas de
bosque y rastrojos viejos con chagras de hasta tres años, que las
características de fertilidad del suelo aumentan durante los dos
primeros años dentro de los primeros 10 cm del horizonte A, debido
al incremento de nutrientes producto de la quema. En estas capas
superficiales el contenido total de Nitrógeno, así como de Calcio,
de Potasio y de Manganeso, pueden alcanzar niveles mayores a los
encontrados en el bosque adyacente, mientras que el contenido de
aluminio decrece. De esta forma, parte de los nutrientes acumulados
en la vegetación y la hojarasca son transformados en ceniza y se
hacen más fácilmente disponibles para las plantas. Sin embargo, al
inicio de la estación lluviosa, las lluvias torrenciales causan
erosión acelerada y además un lavado de las sales solubles
liberadas de la ceniza a horizontes más profundos, sin poder ser
aprovechados por las plantas que se siembren.
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Chagras indígenas. Río Apaporis
Fotografía: Germán Andrade
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El contenido relativamente alto de nutrientes hace que las
primeras cosechas crezcan vigorosamente; sin embargo, la remoción
de los nutrientes por los cultivos y el decrecimiento gradual del
contenido de materia orgánica hacen que se reduzca en poco tiempo
la fertilidad del suelo.
Cuando la parcela es abandonada, después de 2 ó 3 años, las
malezas la invaden rápidamente, dando paso a la formación de
rastrojo y posteriormente a la regeneración de la selva. Según
estudios de Saldarriaga (1986), la recuperación total del contenido
de nutrientes se lleva a cabo en períodos de tiempo mayores de 80
años.
Según el mencionado autor, para el caso del río Negro, el tiempo
de recuperación de la diversidad de especies y biomasa de una
parcela abandonada es de 120 a 200 años, dependiendo de la
intensidad de uso que se le haya dado.
Formas intensivas de agricultura
El desarrollo de prácticas intensivas de uso de la tierra en los
sistemas de agricultura migratoria es un hecho que se ha
comprobado, según lo demuestran investigaciones realizadas en
diversas áreas tropicales del mundo. La presencia de prácticas
intensivas de uso de la tierra es una de las principales
condiciones para el desarrollo de asentamientos permanentes y la
presencia de una mayor concentración de la población.
Estudios etnográficos y agronómicos llevados acabo en diversas
áreas tropicales del mundo presentan las siguientes posibilidades
de desarrollo de prácticas intensivas de uso de la tierra para
sistemas de agricultura migratoria:
- Introducción de desperdicios domésticos de carácter orgánico
en las áreas de cultivo, en un lugar que puedan ser aprovechados
por las plantas (Ruthenberg, 1980).
- Establecimiento de huertas abonadas con estiércol.
- Uso de ceniza como abono: En algunas áreas de selva tropical
de Zambia y el sur de Tanzania, se ha encontrado en la actualidad
que algunos grupos como los Bemba, mejoran las condiciones químicas
del suelo mediante la introducción de ceniza. Esta ceniza es
obtenida de la quema de montículos de troncos y ramas traídas de la
selva (Miracle, 1964).
- Uso de un sistema de cavar. Este sistema es practicado por
algunos grupos de Tanzania, en los cuales la vegetación secundaria
y las malezas son colectadas en montículos. Posteriormente se tapan
con tierra, se revuelven con un palo cavador y luego se siembra. En
estos casos cada parcela se puede utilizar hasta por doce años
consecutivos y posteriormente se deja en descanso por un largo
período (Ruthenberg, 1980).
- Adición de desechos humanos para enriquecer el suelo: Esta
práctica es conocida en algunas tribus de Nueva Guinea y ha sido
reportada por Clarke (1971).
- Adición de hojas y ramas de arbustos para enriquecer el suelo:
esta práctica ha sido reportada en algunas tribus de las islas
Carolinas y las islas Gilbert (Catala, 1957).
- Rotación de áreas de vivienda con áreas de cultivo: En algunas
tribus africanas se ha observado que las áreas en las cuales se han
establecido viviendas, posteriormente se han utilizado para sembrar
cultivos que demandan un suelo fértil. No es claro si existe un uso
deliberado de esta práctica (Alían, 1967), citado por Klee,
1980).
- Adición de estiércol y/ o hojarasca alrededor de cada árbol:
se ha reportado en Nueva Guinea y las islas Carolinas (Crocombe and
R. Hide, 1971. Citado por Klee, 1980).
- Arreglo intencional de los árboles tumbados y los desechos
orgánicos en contra de la pendiente para controlar la erosión
(Lundsgaarde, 1971. Citado por Klee, 1980).
Para la Amazonia colombiana no existe información sobre la
práctica de alguna forma de uso intensivo de uso de la tierra por
parte de culturas actuales. Existen algunos datos dispersos como es
el caso del grupo Yukuna en el río Mirití - Paraná, en donde
algunos indígenas afirman que antes de la introducción de las
hachas de acero las chagras era utilizadas por un período de tiempo
mayor (hasta 15 años), mediante el mejoramiento de las condiciones
del suelo al introducir hojarasca traída del monte y ceniza (Etter,
com. pers.).
En la América precolombina se desarrollaron técnicas que
permitieron el uso intensivo de la tierra, mediante el manejo del
suelo y el agua. Estas técnicas fueron desarrolladas con el fin de
incrementar el área de uso agrícola, mediante la recuperación de
tierras marginales, el volumen y la frecuencia de la producción,
mejorando o manteniendo la fertilidad del suelo y controlando la
disponibilidad de agua.
Estas técnicas han sido descritas mediante el análisis de
evidencias arqueológicas de áreas cultivadas, complementada con
información etnológica (Denevan, 1980).
Las formas más espectaculares de uso intensivo de la tierra se
dieron en la parte central de México y Yucatán y los Andes
centrales.
Las principales técnicas de uso intensivo de la tierra, según
Denevan (1980), fueron las siguientes:
- Terraceo: Para controlar la erosión y el agua en áreas de
montaña y para drenaje en áreas húmedas. Se dieron en México,
Yucatán, Bélize, Guatemala y Perú.
- Riego: En México, Perú, el sur de Guatemala y en las áreas
tropicales con largos períodos de sequía como Honduras, Yucatán y
los Llanos de Venezuela.
- Campos elevados: Se usaron principalmente para mejorar las
condiciones de drenaje en áreas inundables estacionalmente. Ej.
Sabanas de Mojós en Bolivia, río San Jorge en Colombia.
Para el caso de la Amazonia colombiana, hasta el momento no se
han encontrado restos de estas formas intensivas de uso de la
tierra. Sin embargo, las investigaciones arqueológicas recientes en
áreas de suelos antrópicos conocidas localmente como
"Tierras negras" y "Tierras
pardas", han puesto de presente la existencia de formas
intensivas de uso de la tierra dentro de los sistemas tradicionales
de agricultura migratoria (Andrade, 1986).
La presencia de "Tierras negras" y
"Tierras pardas" en la Amazonia ha sido reportada
por varios investigadores desde finales del siglo pasado (Smith,
1980). Se determinó una alta relación entre la aparición de estas
tierras y la presencia de restos arqueológicos como fragmentos de
cerámica e instrumentos de piedra. Sin embargo, sobre su origen se
especuló durante los años posteriores, hasta que se dio la
posibilidad de utilizar ciertos tipos de análisis que permitieran
determinarlo (Andrade, 1986). El primer tipo de análisis de suelo
que se efectuó fue elaborado por Klinge en 1960 quien determina un
alto contenido de fósforo y fosfato soluble, que no se encuentra en
los suelos naturales de la región.
Posteriormente, investigadores como Smith (1980) y Eden et al
(1983) consideran que la alta presencia de fósforo en dichos suelos
es el resultado de la acumulación de desechos orgánicos y huesos.
De esta forma, los suelos del área adquirieron su fertilidad
mediante la incorporación de desperdicios domésticos, desechos y
restos de caza y pesca.
Posteriormente, en investigaciones llevadas a cabo en las
"Tierras negras", se pudo establecer el tipo de
acción humana que produjo estos suelos, mediante un análisis de la
edad, el contenido de fósforo, el fraccionamiento de fosfatos y los
vestigios arqueológicos.
Los análisis de fraccionamiento de fosfatos permitieron
establecer que estas tierras fueron el resultado del desarrollo de
prácticas intensivas de agricultura (Andrade, 1986). Los datos
arrojados eran similares a aquellos obtenidos por análisis
efectuados en el río San Jorge en donde se dio una agricultura
intensiva de yuca y maíz (Eidt, 1984).
Las diferencias entre las llamadas "Tierras
negras" y "Tierras pardas", presentes en
los suelos antrópicos de Araracuara fue posiblemente producto de
una diferencia en las prácticas desarrolladas. Las primeras
utilizadas en forma intensiva como huertas caseras, con una
extensión de hasta 6 ha, resultado de una intensa adición de los
desechos orgánicos. Las segundas, utilizadas en forma
semi-intensiva, de extensión mayor, probablemente cultivadas
durante largos períodos de tiempo; en ellas las prácticas de
mejoramiento no se dieron con la misma intensidad que en las
primeras.
Con base en los anteriores resultados, se ha establecido la
posibilidad que los suelos antrópicos de la Amazonia fueron el
resultado de la acumulación de desechos distribuidos en las
parcelas, con el fin de mejorar las condiciones físicas y químicas
de los suelos. Esta misma forma, como se ha mencionado
anteriormente, la practican grupos que viven actualmente en
condiciones de selva tropical y desarrollan sistemas de agricultura
migratoria. Estos desechos estaban compuestos por estiércol,
desechos de caza y pesca, cáscaras de tubérculos, hojarasca y aún
fragmentos de cerámica y artefactos líticos. No se descarta la
posibilidad que se hubieran utilizado aportes minerales.
Desde 1983, se han reportado otros sitios en el río Caquetá que
presentan la existencia de suelos antrópicos (Herrera de Turbay,
com. per.), así como en las riberas del río Guayabero y el río
Guaviare, y el caserío de Mirolindo en el Guaviare (Andrade y
Etter, 1987; Etter y Andrade, 1988; López, 1985). Para los sitios
del río Guaviare y Guayabero se efectuaron igualmente análisis de
fraccionamiento de fosfatos, los cuales presentan una distribución
similar a la de los suelos antrópicos de Araracuara, confirmando
una vez más su origen debido a la práctica de actividades
agrícolas.
De esta forma, es posible afirmar que la existencia de prácticas
intensivas de uso de la tierra, inherente a los sistemas de
agricultura migratoria, fue una característica de las tribus
amazónicas que habitaban principalmente los ríos de "aguas
blancas" en aquellos puntos que existía una mayor oferta
de recursos pesqueros, como es el caso de los raudales del
Guayabero y el raudal de Araracuara en Colombia, así como los de
Aripuna o Altamira en el Brasil.
Las fechas obtenidas para estos suelos en la base del antrosol y
asociadas a material cerámico reportan una antigüedad de cerca de
3.000 años (Andrade, 1986), fecha que concuerda con los datos de
Saldarriaga (1986) referentes a la quema del bosque y la aparición
de carbón.
Otra forma de agricultura intensiva presente en la Amazonia, es
aquella desarrollada en áreas de várzea del río Amazonas. La várzea
se caracteriza por la presencia de inundaciones periódicas de los
ríos ricos en sedimentos que provienen de la cordillera de los
Andes. Evidencias arqueológicas y etnológicas reportadas por
Meggers (1971) y Denevan (1976) manifiestan la existencia de
cultivos en áreas inundables con altos rendimientos.
El producto obtenido eran granos, tubérculos y otros vegetales.
Estos, asociados a los abundantes recursos proteínicos de la várzea
estimularon el desarrollo de grandes asentamientos y permitieron la
concentración de altas densidades de población.
Cambios en los sistemas de agricultura migratoria
Los sistemas de agricultura migratoria tradicionales practicados
por las comunidades indígenas amazónicas presentan una tendencia a
ser asimilados por las prácticas agrícolas introducidas por los
colonos. En el caso de las comunidades Witoto y Andoke de los
alrededores de Araracuara, en 1977, se observó ya una diferencia
marcada en la composición de los cultivos de los indígenas más
viejos con los de los jóvenes.
En el área de Araracuara, la presencia de colonos, en su mayoría
expresidiarios de la colonia penal de Araracuara, ha sido un factor
que ha contribuido en gran parte a ocasionar este cambio. De igual
forma, la consolidación de asentamientos permanentes en las
cercanías de los poblados de Araracuara y Santander ha hecho que
las áreas de vivienda permanezcan más estables.
De esta forma, en las parcelas de los indígenas más jóvenes se
encontró la menor diversidad de cultivos registrada durante el
estudio (Eden y Andrade, 1987) y una amplia tendencia hacia la
homogenización de las parcelas. La razón puede estar en la pérdida
de valores culturales, producto del proceso de aculturación.
Esta situación implicaría que el proceso de aculturación de las
comunidades indígenas en la Amazonia podría traer serias
consecuencias sobre las prácticas agrícolas tradicionales de los
indígenas.
Por otra parte, en lo que respecta a las prácticas agrícolas
desarrolladas por colonos en el área amazónica, se pueden
determinar dos situaciones, basadas en la descripción de dos
áreas.
La primera corresponde a las prácticas desarrolladas por los
colonos que se han asentado en las riberas del río Caquetá, en las
cercanías de Araracuara y en otras áreas de la Amazonia, de forma
dispersa y cerca de algunos asentamientos indígenas. En estos
casos, se da una forma de agricultura migratoria con ciertas
semejanzas a la practicada por las comunidades indígenas, en el
sentido de dejar una rotación de las parcelas. Sin embargo, como lo
demuestran los estudios realizados en dichas parcelas, el período
de descanso o barbecho es menor y la variabilidad de los cultivos
ha desaparecido, dándose prácticamente monocultivos de yuca
dulce.
En 17 parcelas de colonos muestreadas al azar, se encontró un
promedio de 4.3 plantas cultivadas, con un rango de variación de 2
a 11. La composición de los cultivos en dichas parcelas indica que
de un 90 a un 98% de la parcela está compuesta por cultivos de yuca
dulce, maíz o plátano, mientras que el resto está constituido por
el bore, la mafafa, la piña, la caña y algunos árboles frutales
(Eden y Andrade, 1987).
El análisis de los cambios en los aspectos físicos y químicos
del suelo en 12 parcelas, comparadas con áreas de bosque adyacente,
demostró un incremento del 20 al 25% de la densidad aparente, lo
cual implica un incremento en la compactación y la degradación del
suelo.
En lo referente a las condiciones químicas del suelo, se observó
una tendencia similar a aquella enunciada para los casos de
agricultura migratoria practicada por los indígenas: una tendencia
a incrementar el contenido de Ca, Mg y K, durante los primeros años
de utilización de la parcela.
Las prácticas agrícolas desarrolladas por los colonos en estas
condiciones, difícilmente constituyen una réplica de las prácticas
llevadas a cabo por los indígenas. Se observa que los colonos
prefieren constituir sus parcelas en rastrojos y pastos más que en
áreas de bosque primario. Por otra parte, hay variaciones en la
composición de los cultivos y en las prácticas de manejo.
La segunda corresponde a los sistemas de producción que se han
consolidado en las áreas de colonización como el Guaviare o el
Caquetá; donde los sistemas de agricultura migratoria no se han
practicado en el sentido estricto, sino que se han implementado
sistemas de agricultura permanente de maíz y yuca para
subsistencia, combinados con una creciente tendencia a la
consolidación de sistemas de producción ganaderos.
De esta forma, en este tipo de frentes de colonización no se
practica la agricultura migratoria, sino que el bosque una vez
tumbado, en el transcurso de 4 a 10 años es convertido en pastos
(Andrade y Etter, 1987). Las diferencias en el desarrollo de estos
sistemas de producción ganaderos dependen en gran parte del capital
del colono, del tipo de paisaje en el cual se encuentren, de la
ubicación con relación a las vías principales de acceso, de la
pertenencia del área sustraída de la reserva forestal y,
principalmente, del tiempo de ocupación.
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Áreas dedicadas a la ganadería. Puerto Mula - Vía el Retorno
Calamar. Colonización de San José del Guvare. Fotografía: Andrés
Etter.
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Estos sistemas han sido considerados por diferentes autores como
los sistemas de producción más destructivos de los ecosistemas
amazónicos, ya que el impacto que producen sobre el medio es
bastante negativo. Sin embargo, esta es la forma de uso de la
tierra que se está imponiendo en las áreas amazónicas.
Aspectos que han sido evaluados en el caso del área de
colonización del Guaviare (Andrade y Etter, 1987), como son los
cambios en las condiciones físicas y químicas del suelo demuestran
que estos sistemas muy difícilmente pueden lograr una producción
sostenida. Los valores de la densidad aparente del suelo demuestran
incrementos del 28 al 45%, lo cual pone de manifiesto una
compactación muy acentuada y un incremento de los procesos
erosivos, los cuales varían de acuerdo al tipo de paisaje en el
cual se desarrollan y en las prácticas de manejo del sistema
ganadero (Andrade y Etter, 1987).
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Potreros degradados. Mirolindo. Colonización de San José del
Guaviare. Fotografía: Andrés Etter.
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Conclusiones
Las investigaciones existentes sobre los sistemas de producción
tradicionales en la Amazonia demuestran que la agricultura
migratoria es la forma más generalizada de uso de la tierra. Aunque
se ha planteado que este sistema es el que más se ajusta a las
condiciones de la selva tropical, es importante establecer que no
deja de ser una forma de explotación que causa efectos negativos
sobre el medio. Estos efectos se refieren fundamentalmente a los
cambios ocasionados en las condiciones físicas y químicas del
suelo, los cuales se reflejan en el incremento de la densidad
aparente, indicador del grado de compactación del suelo y por tanto
del riesgo de degradación, en la pérdida de suelo durante el tiempo
de cultivo y en el decrecimiento del nivel de nutrientes.
Estos efectos no llegan aún a constituir un impacto ambiental
negativo, ya que la forma como las comunidades indígenas han venido
desarrollando este sistema permite que las áreas de cultivo sean
abandonadas, dando paso a su recuperación, de tal forma que la
magnitud del impacto no es significativa. El período de
recuperación de la diversidad de especies y la biomasa en parcelas
cultivadas, para el caso del río Negro va de 120 a 200 años, lo
cual implica un período de tiempo bastante largo.
Es importante evaluar el impacto de esta forma de agricultura en
otras comunidades amazónicas, con el fin de establecer la magnitud
de los efectos ambientales causados por dicho sistema.
Por otra parte, diversas investigaciones antropológicas han
estudiado el impacto del proceso de aculturación de varias
comunidades amazónicas. Sin embargo, no se ha establecido cual es
la repercusión ambiental que podrá traer consigo el proceso de
aculturación en las formas tradicionales de uso de la tierra.
La poca información que existe al respecto, permite prever una
tendencia hacia la desaparición de varios de los componentes del
sistema tradicional de agricultura migratoria, como es la
variabilidad de especies, el período de descanso de la tierra y la
utilización de áreas de bosque maduro para el establecimiento de
chagras de cultivo.
Este hecho podría generar dificultades para los mismos
indígenas, de lograr una producción sostenida que garantice su
subsistencia a largo plazo sin causar impactos ambientales
negativos significativos.
Una característica que poco se ha estudiado, y es interesante
tener presente, es la existencia de un componente agroforestal
dentro de los sistemas de agricultura migratoria. Este aspecto se
refiere a considerar que las parcelas de cultivo son utilizadas por
un período de tiempo mayor, que va hasta aproximadamente 15 ó 20
años, con productos derivados de cultivos agroforestales, como son
la mayoría de frutales, cosechados a partir del quinto año del
establecimiento de la chagra.
La variabilidad espacial y cultural de estas prácticas
agroforestales es un aspecto que debe ser estudiado con mayor
detalle.
Por otra parte, la información proveniente de estudios
arqueológicos y evidencias etnológicas presentes en áreas
tropicales de diversas partes del mundo, abren nuevas luces sobre
otras formas de agricultura diferentes a la migratoria, practicadas
en la cuenca Amazónica. Se trata de formas intensivas de uso de la
tierra que permiten la utilización de las parcelas de cultivo por
períodos mayores de tiempo a los conocidos en la agricultura
migratoria. Estas prácticas agrícolas se refieren a la adición
intencional de desechos orgánicos, hojarasca, arbustos, cenizas,
minerales, etc., con el fin de mejorarlas condiciones físicas y
químicas del suelo.
Es necesario continuar las investigaciones sobre estos aspectos,
con el fin de entender cómo se han practicado estas formas de
agricultura intensiva.
Finalmente, se presenta, según evidencias de investigaciones
efectuadas en áreas de colonización en el río Caquetá y en la
Comisaría del Guaviare, que la forma como se están desarrollando
las prácticas agrícolas no garantizan un uso de forma
sostenida.
Los principales indicadores de degradación del suelo manifiestan
una marcada tendencia hacia el incremento de la compactación,
decrecimiento del nivel de nutrientes e incremento de la erosión,
lo cual conlleva a un inminente deterioro de las condiciones del
paisaje en ciertas áreas de la Amazonia.
Desafortunadamente, estos esquemas de colonización han tenido
poco presente las experiencias vividas por los grupos autóctonos de
la Amazonia, y por lo tanto, si continúan los procesos de
degradación, será cada vez más difícil lograr una producción
sostenida que garantice las condiciones de vida de los colonos, así
como la de los mismos indígenas.
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