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Reseña de Libros
TAIMA-TAIMA. A LATE PLEISTOCENE PALEO-INDIAN KILL SITE IN
NORTHENMOST SOUTH AMERICA
Final Reports of 1976 excavations. Edited by Claudio Ochsenius
and Ruth Gruhn. South American Quaternary Documentation Program.
Germany.
Desde el año de 1956 el arqueólogo J. M. Cruxent inició estudios
arqueológicos tendientes a ubicar yacimientos paleoindígenas en las
inmediaciones de la ciudad de Coro. "En el valle del río
Pedregal, en un área de unos 1.000 kilómetros cuadrados, Cruxent
localizó más de 45 sitios y ha colectado unos 20.000
artefactos" (Rouse y Cruxent 1966: 35). La región en donde
se encuentran los principales yacimientos se conoce con el nombre
de El Jobo. Más tarde, en 1959-1960, Cruxent excavó el sitio de
Muaco, al este de la desembocadura del río Pedregal, descubierto en
1952 por Royo y Gómez (1960: 154-155). Allí se obtuvo una primera
fecha, sobre placas de
|Gliptodon, que arrojó una edad de
16.375 ± 400 A.P. para la serie joboide (Rouse y Cruxent 1966: 191;
Royo y Gómez 1960: 157). En 1962, Cruxent descubrió el sitio de
Taima-taima, cerca de dos kilómetros al este de Muaco. Por la zona
pasa la Quebrada Guadalupe, en cuya cuenca son comunes manantiales
ascendentes que poseen agua permanentemente; por ello, el sitio de
Taima-taima fue bautizado inicialmente con el nombre de
|Los
pozos de Royo y Gómez. Las primeras excavaciones en
Taima-taima fueron realizadas entre 1962 y 1967 por Cruxent, quien
culminó los trabajos en 1970, excavando cerca de 150 m2. En 1969,
el mismo investigador localizó en los alrededores un nuevo sitio,
libre de las posibles altepaciones de las fuentes ascendentes,
conocido como Cucuruchú, en donde excavó un área superior a los 100
m2. Desde los primeros trabajos en la zona, Cruxent empezó a
publicar noticias sobre los hallazgos, las cuales generaron una
intensa discusión (Cruxent 1967; Lynch 1974: 362-364), ampliada con
dos artículos de Bryan en 1973 y 1975. Así, en 1976, se reiniciaron
trabajos tendientes a continuar las excavaciones que durante la
década del sesenta había adelantado Cruxent en Taima-taima. En esa
temporada de campo participó una excelente nómina de
investigadores, compuesta por Alan Bryan, Rodolfo Casamiquela, José
M. Cruxent, Ruth
Gruhn y Claudio Ochsenius, quienes publicaron un avance en
|Science, en 1978 (v. Bryan y otros 1978). El informe
final, motivo de esta nota, estuvo preparado en 1979. Sin embargo,
por incumplimiento de una de las partes comprometidas en la
publicación, la Universidad Francisco Miranda de Coro, sólo hasta
hace unos pocos meses pudo ser editado en Alemania. Ya en 1984,
Gruhn y Bryan habían hecho una pequeña pero ilustrativa publicación
(Gruhn y Bryan 1984) que, junto con la de 1978, aclaraba algunos
problemas, pero dejaba vacíos preocupantes en varios aspectos. Por
ello, la publicación de este libro ha sido recibida con gran
entusiasmo y expectativa.
Gran parte de la importancia del libro radica en la importancia
del sitio para la comprensión de los procesos tempranos de
poblamiento de América del Sur y, en general, para la historia más
temprana de toda América. Los problemas discutidos en torno a los
yacimientos venezolanos de El Jobo pueden agruparse en dos
categorías: la primera, se relaciona con cuestionamientos sobre la
validez de algunas asociaciones, el fechamiento incorrecto de los
conjuntos, la dudosa factura humana de algunos litos y, en fin, con
problemas técnicos y metodológicos de los sitios mismos; la segunda
tiene que ver con la significación de un sitio de matanza sin
puntas de proyectil clovisoides en el panorama paleomericano, en el
que parece que los modelos construidos para explicar el poblamiento
primitivo y la forma de vida de los primeros hombres de América, no
tienen sino una aplicabilidad restringida a pequeñas áreas y cada
vez son más difíciles las generalizaciones (v. Bryan 1985:
9-11).
Las críticas a las fechas consideradas por Cruxent para la Serie
Joboide, en el área del río Pedregal, se basaron principalmente en
que la edad de cada uno de los conjuntos de terrazas podría indicar
la época más antigua que fuera posible asignar a los artefactos
depositados en ellas, pero nunca tomarse como fecha de los restos
arqueológicos mismos. Ante la disponibilidad de sitios
estratificados y un buen número de fechas de C-14, los argumentos
se desviaron hacia el alto riesgo de contaminación y alteración que
significaban los canales de flujo de los manantiales ascendentes.
En el libro los autores no pierden tiempo en discutir otros sitios
difíciles de sustentar por la fragilidad de las evidencias, sino
que se concretan en Taima-taima y, aquí, los capítulos sobre
estratigrafía -escrito por Alan Bryan- y fechas de radiocarbón -de
Bryan y Gruhn- son concretos, muy claros y pródigos en
explicaciones que no permiten dudas sobre la interpretación
cronológica del yacimiento. A la vez, el capítulo de Bryan ofrece
detallada y precisa información sobre el contenido de cada unidad
estratigráfica y la distribución espacial de elementos claves para
la interpretación posterior. De un total de 27 fechas de
radiocarbón disponibles para Taimataima, solamente tres aparecen
estadísticamente discordantes, aunque sus diferencias no alteran
significativamente los resultados (USGS-247, UCLA-2133, IVIC-672).
Con máxima precaución, los autores las colocan en un lugar
reservado para no arriesgar la consistencia de la cronología. Como
Bryan y Gruhn lo manifiestan (p. 53), Taima-taima es uno de los
sitios de matanza de megafauna mejor fechado en América. La edad de
la Unidad 1, que contiene la evidencia clara de actividad humana,
está entre 14.000 y 12.500 años antes del presente. Hoy estas
fechas ya no son tan difícilmente recibidas como en el pasado, pues
se conocen en Suramérica sitios de cacería de grandes animales en
fechas muy cercanas, como Tibitó (Correal 1981), fechado en 11.740
± 110 A.P. y Monte Verde (Dillehay 1984a), con fechas entre 13.000
y 12.500 A.P., que se suman al conocido sitio de Tagua-Tagua, en
Chile, con fechas alrededor de 11.000 A.P. Además, ya son
reconocidos en Suramérica dos sitios con fechas alrededor de 32.000
años antes del presente: son ellos, el inobjetable yacimiento
brasilero de Boqueirao de Pedra Furada, cuyo estadio más antiguo,
fechado entre 32.000 y 25.000 A.P., está representado por más de
500 artefactos que comprenden
|Choppers, chopping tools,
denticulados, buriles, lascas retocadas (Guidon y Delibrias 1986:
769), y Monte Verde, en Chile, donde ha sido obtenida una fecha de
cerca de 33.000 A. P. para un estrato que tiene algunas piezas de
madera, tres piedras de basalto modificadas por percusión y
fragmentos de carbón (Dillehay 1984b: 11).
El estudio de los restos de fauna extinta encontrados en
Taima-taima, hecho por Rodolfo Casamiquela, no se limita a la
taxonomía sino que aborda consideraciones biológicas que permiten
conocer la edad y el tamaño de los individuos. En la Unidad I,
Casamiquela determina que la gran mayoría de huesos pertenecen al
esqueleto desarticulado de un único mastodonte, de 67.5 cm. de
longitud, un poco más de 2 metros de altura y una edad calculada
entre 5-6 años (con una esperanza de vida aproximada entre 70-80
años), que podría proveer cuanto menos dos toneladas de carne y
vísceras.
Aunque aparecen restos de mastodontes (
|Stegomastodon y
Haplomastodon) en el estrato basa¡, los cuales corresponden a
individuos no jóvenes, los autores son claros en considerar como
única evidencia irrefutable de la intervención humana en la muerte
y faenado de estos animales, la brindaba por el estrato medio
(Unidad I). No obstante, algunos huesos de los viejos mastodontes
fueron usados como yunques por los cazadores del individuo joven.
El análisis estratigráfico indica que, en el momento en que el
mastodonte fue asesinado, una delgada capa de arena cubría el
pavimento de roca caliza, de manera que no existía ninguna
posibilidad para que el animal estuviera enterrado en el fango, ni
sus movimientos fueran difíciles, como se ha hecho tradicional
creer.
El estudio de las marcas dejadas sobre algunos huesos por
artefactos cortantes, permite suponer que la primera operación
hecha sobre el cuerpo muerto de la presa fue la separación de la
cabeza y las defensas, cortando por el cuello, dejando libre el
acceso al interior del cuerpo. Ruth Gruhn, mezclando la evidencia
encontrada en Taima-taima con datos conocidos de actuales grupos
africanos cazadores de elefantes, dibuja en una preciosa página los
episodios posibles que ocurrieron el día de la muerte del joven
proboscídeo, hace cerca de trece mil años. Es probable que las
fuentes de agua fueran frecuentadas por muchos animales, varios de
los cuales iban a morir allí. Los cazadores hirieron a su joven
presa en un lugar distante, atacándola con jabalinas o lanzas con
punta de piedra (en la cavidad púbica del animal fue encontrado un
fragmento de una punta de proyectil de cuarcita, de las conocidas
en los conjuntos líticos de El Jobo); el herido llegó hasta los
pozos de agua en donde se desplomó sobre su costado izquierdo.
Gruhn narra cómo los pigmeos cortan en este momento la cola del
muerto y la envían con un mensajero al campamento en señal de
victoria; así pudo haber ocurrido entonces. Los carniceros
desprendieron cabeza y cuello y los arrastraron lejos del agua,
cortaron los miembros superiores y se dedicaron a extraer las
vísceras y la carne, primero cortando desde dentro y después
levantando costilla por costilla.
Ochsenius (pág. 93) se manifiesta en desacuerdo con la
interpretación de Gruhn. En su artículo sobre paleoecología escribe
que no cree que los animales fueran dirigidos a las fuentes de agua
por los cazadores sino que, ambos, hombres y animales, fueron
buscando agua, aunque al hombre lo guiara un doble propósito. Por
su parte, Cruxent llama la atención sobre la existencia de
mastodontes jóvenes y adultos en Muaco y Taima-taima, que habrían
sido indiferentemente convertidos en comida por los cazadores. Al
considerar el tamaño de las presas, le parece evidente que una
punta de proyectil no era una suficiente arma por sí misma, por lo
que los hombres solamente las utilizaron como armas auxiliares para
herir al animal en partes vulnerables. Incluso -prosigue Cruxent-
es posible que las puntas fueran envenenadas, cubriéndolas con el
jugo de una Euphorbiaceae (
|llamada guaritoto) regional. Al
animal herido y envenenado, se le remataba valiéndose de todos los
medios posibles: lanzas de madera, mazos, palos y piedras. Este
procedimiento explicaría la escasez de puntas de proyectil en
algunos sitios de matanza. Luego Cruxent se refiere al problema, no
resuelto satisfactoriamente, de la conservación de la carne para
llevarla fresca a los asentamientos. Es difícil aceptar el uso de
sal o cualquier otro método químico para
"preparar" la carne en el lugar de la matanza, y
la puesta de delgadas tiras de carne al sol, para secarla, la
expone al ataque de insectos o gusanos diversos. Por eso Cruxent
aboga por el ahumado y encenizado como la manera posiblemente más
usada para conservar la carne durante semanas. Bryan dedica unos
párrafos al sitio de Manis, cerca de Sequim, para llamar la
atención sobre la posibilidad que eventualmente los hombres del
Pleistoceno fueran "carroñeros", lo que
solucionaría problemas de interpretación en varios sitios de
América, donde se infiere la presencia humana, pero no ha podido
ser plenamente demostrada.
No obstante, parece lógico pensar que estos comedores de carroña
solamente aparecieron cuando la ocasión lo permitió y no es posible
imaginar un grupo que fundamente su subsistencia en el azar de un
muerto permanente cerca del campamento base.
En la misma unidad estratigráfica correspondiente a la cacería
del mastodonte, se encontraron huesos de
|Enuus,
Pararctotherium, Glos sotherium, Glyptodon y otros. Sin
embargo, no parece que estos otros animales hayan sido cazados por
el hombre o, al menos, no se encuentran evidencias claras de que
ello haya sido así. Un hecho interesante es que en el estrato de
arena roja, inmediatamente superior, no hay restos de mastodontes:
se encuentran
|Equus, Macrauchenia, Glyptodon y unos
fragmentos de un milodóntido y una tortuga, difíciles de precisar
taxonómicamente. Cabe preguntar por el motivo de la ausencia de
mastodontes en esta unidad, cuya fecha debe estar entre
aproximadamente 11'.000 y 10.000 A.P. Bryan plantea sin preámbulos
su extinción en este tiempo (p. 49), mientras que Ochsenius expresa
que la sugerencia de Bryan de la existencia de dos biofaces,
distinguidas por la ausencia de mastodontes en la segunda, debe ser
comprobada mediante una exploración más extensa, para que cobre
significación regional, y sugiere que estos animales hayan migrado
en esta época hacia regiones un poco más húmedas.
En ésta, como en varias de sus anteriores publicaciones,
Ochsenius se dedica a demostrar la continuidad climática en la zona
de Taima-taima desde el Pleistoceno. Partiendo del estudio de una
extensa bibliografía sobre el área y de su propia experiencia de
campo, ha aportado elementos que sustentan su hipótesis de una
vegetación similar a la actual en la región que él ha denominado
como Cinturón Arido Pericaribeño, que incluye la Península de
Paraguaná, las Antillas Holandesas y la Península de la Guajira. En
el libro (Pp. 91-103), toma uno a uno los géneros de megafauna
representados en los depósitos de Taima-taima para concluir que
ninguno de ellos indica un clima más húmedo en el área
anteriormente. Igual ocurre con la evidencia botánica limitada, en
el caso de Taima-taima, a material vegetal encontrado en abundancia
en los estratos inferiores, gran parte del cual ha sido considerado
como contenido gastro-intestinal del joven mastodonte descuartizado
en el lugar. Fragmentos de ramitas masticadas, semillas y espinas,
permiten conocer algunas especies típicas de climas áridos,
presentes aún en la región. Vale la pena preguntar por los estudios
de polen de Ernesto Medina y Sigfried Steinhold, que refiere Royo y
Gómez (1960: 155) como prueba de un clima algo húmedo y vegetación
exuberante, y que nunca más fueron mencionados.
Cruxent escribió el capítulo sobre los artefactos de piedra y
hueso en Taima-taima (Pp. 77-89). Comienza con dos párrafos sobre
el alto valor de las ideas especulativas en la construcción de
experimentos y teorías, subrayando la liberación de la capacidad
imaginativa científica como la base fundamental de todo trabajo
creativo. Los artefactos de piedra que describe Cruxent se agrupan
en puntas de proyectil, artefactos de lasca y una categoría que él
designa como "artefactos de ocasión" (tools of
expediency). Sólo dos, de los cuatro fragmentos de puntas de
proyectil mencionados, proceden de la excavación, ambos hallados en
la cavidad pélvica de dos mastodontes excavados en diferentes
temporadas de campo (1974, 1976), lo que puede sugerir un especial
método de cacería de estos animales. Cruxent analiza los ejemplares
reconstruyendo hipotéticamente las partes faltantes, sobre la base
de su conocimiento de muchos objetos similares completos, y los
clasifica dentro del tipo Joboide de forma lanceolada, sin
pedúnculo y tallados sobre una lasca con trabajo bifacial y
retoques por presión. Algunos de estos implementos son cuchillos o
instrumentos multifuncionales, diferenciados de las puntas por la
acentuación del retoque sobre uno de sus bordes. De otra parte las
puntas de proyectil de El Jobo presentan cierta diversidad con
respecto a la categoría tipo, lo que no solamente puede responder
al talento inventivo individual, como lo sugiere Cruxent, sino que
podría explicarse, eventualmente, como desarrollos estilísticos que
contribuirían al aclaramiento de las cronologías internas.
Unicamente dos lascas, de las tres descritas, proceden de la
excavación, asociadas con huesos de megafauna. Su función principal
parece haber sido el corte de carne, aunque el autor plantea que el
ejemplar encontrado en la superficie parece más útil para la
manufactura de implementos de madera o canastos, o para el corte de
cuerdas y tendones. La categoría final de artefactos de
Taima-taima, considerados por Cruxent, es denominada por él como
"artefactos de ocasión" (la traducción es mía.
Prefiero esta demoninación a la de "artefactos de
fortuna", empleada alguna vez para los
|tools of
expediency de Cruxent). Catorce objetos considerados son
divididos en seis categorías que incluyen un raspador, un yunque y
cuatro grupos más, extrañamente clasificados por las
características del mango; se entiende que son artefactos amorfos,
difícilmente organizables en tipos claramente definidos pero se
desprende de las descripciones que se habrían podido agrupar por su
función dando, de paso, claridad sobre su uso variado. Cabe
recordar la afirmación del autor que se está tratando con un
complejo cultural en el que formas y tecnología especializadas son
ausentes. De otra parte, el estudio de los artefactos se dificulta
aún más por la acción erosiva del agua ascendente. Los artefactos
de hueso descritos por Cruxent son seis, uno de ellos es un yunque
y los otros aparentemente se utilizaron para desprender carne de
los huesos, o para las labores de desollado de las presas, mucho
más que para cortar carne. Sin embargo, en muchos huesos aparecen
arañazos y marcas producidas por su utilización eventual y varias
astillas poseen bordes cortantes que, aunque no es claramente
comprobable, pudieron haber servido como cuchillos, buriles o
trozadores. Del análisis de los instrumentos de piedra y hueso,
Cruxent concluye que el conjunto de artefactos de Taima-taima está
constituido por formas diversas, circunstanciales y atípicas, lo
que lo lleva al convencimiento que no es posible esperar encontrar,
en un sitio de matanza, un utillaje cuidadoso y delicado como el
que podría aparecer en un sitio de vivienda. Aun cuando las
descripciones de Cruxent son muy completas, es lamentable que no
aparezcan ilustraciones de los artefactos ni cuadros estadísticos
que ilustren la distribución de los implementos en le excavación y
la comparación porcentual de los tipos entre sí. La ausencia de
información visual precisa es uno de los motivos de confusiones y
estériles discusiones, que serían fácilmente decididas con dos
láminas y dos figuras. Algunas ilustraciones de artefactos fueron
publicados por Cruxent en 1967, pero las nuevas excavaciones y
clasificaciones hacían necesaria una nueva ilustración.
Uno de los hechos de mayor interés en Taima-taima es la
presencia de los fragmentos de puntas de proyectil joboides dentro
del tosco conjunto de artefactos estrechamente asociados con los
animales consumidos. Recientemente, J. R. Oliver (com. pers.) ha
encontrado varios ejemplares de puntas acanaladas que
tipológicamente se relacionan con las conocidas del Lago Madden
(Panamá), el Inga (Ecuador) y un ejemplar descrito del Golfo de
Urabá (Colombia). La mayoría de los hallazgos, superficiales, se
hizo un poco más al norte de Taima-taima, en el sitio El Cayude, al
sur de la Península de Paraguaná, pero un ejemplar procede del
Valle del río Pedregal.- El descubrimiento de Oliver, afianza la
interpretación que, en uno de los capítulos finales del libro, hace
Bryan. El considera que si bien los cazadores Clovis y El Jobo
fueron fabricantes de puntas de proyectil bifaciales, sin embargo
las diferencias de morfología y materiales abogan por dos
"modelos mentales" distintos; las fechas de uno y
otro, podrían indicar que se sucedieron en el tiempo. Bryan acepta
tentativamente la expansión de las puntas acanaladas clovisoides
atravesando América Central, pero plantea que sus portadores, al
llegar a Venezuela, se encontraron con otras gentes muy bien
establecidas en América del Sur. Más allá de la significación
cronológica de los trabajos en Taima-taima -que lleva a suponer una
mayor antigüedad para la entrada del hombre a Norteamérica- las
evidencias indican la existencia de una marcada diversidad cultural
en el norte de Suramérica al finalizar el Pleistoceno, surgidas de
un lento proceso de colonización y la posterior adaptación a
medioambientes variados, capaces de sostener significativas
poblaciones humanas por largos períodos de tiempo, suficientes para
que los procesos de diversificación apartaran considerablemente
grupos con un tronco ancestral común.
La publicación del libro de Taima-taima no sólo aclara aspectos
hasta ahora discutibles del sitio mismo, sino que al hacerlo amplía
el panorama sobre la vida de los pobladores más antiguos de
América, las características de esas ocupaciones y la antigüedad
del poblamiento. La precisión de la antigüedad va más allá de un
simple chauvinismo continental y del deseo competitivo de muchos
especialistas por la paternidad del más antiguo descubrimiento; es
indispensable para establecer las características geográficas y
ecológicas en las cuales vivió el hombre y se desarrolló la
cultura, base fundamental para la comprensión de los más viejos.
procesos históricos de América, por una parte, y del desarrollo y
complejidad del espíritu humano, por la otra. Enhorabuena por los
autores y los editores de este volumen que llena un vacío y abre
mil perspectivas.
|
GERARDO I. ARDILA C.
Profesor Universidad Nacional
LA MOLA
Clara Inés Aramburo Siegert, Alicia Londoño Blair. Universidad
de Antioquia, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de
Antropología. Tesis de grado - 1982
|Móla en lengua Cuna significa ropa.
Esta monografía es un aporte concreto al conocimiento de nuestro
patrimonio textil vivo, siendo la móla no sólo una expresión
plástica representativa, sino también una identidad cultural
manifestada a través de la creatividad y abstracción del entorno y
de la vida cotidiana de la comunidad Cuna. La
|móla es un
signo, una forma de escritura, un sistema de significación en sí
mismo y en relación con las demás prendas de vestir de la mujer
Cuna. El trabajo nos muestra una visión retrospectiva de los usos
indumentarios y una explicación de la función estética particular
de la
|móla con la que los indígenas tratan de explicar y
organizar simbólicamente su propio mundo.
Es una característica de la producción artística textil a través
de la historia: la de ser en su gran mayoría completamente anónima,
tejiendo los elementos propios de una cultura de manera genérica,
así como, sus tipologías y estilos. La
|móla como forma de
arte revela las ideas de la comunidad, la expresión artística del
grupo al cual pertenece, siendo su elaboración una actividad de
carácter familiar realizada manualmente, siguiendo la tradición
Cuna, cuya producción está orientada a su uso cotidiano y se
considera arte indígena en donde participan hombre y mujer por
igual en cada pieza artística.
Esta sociedad como muchas otras fue afectada por el
descubrimiento del Nuevo Mundo y ha estado en contacto con grupos
foráneos desde hace cinco siglos: europeos conquistadores,
misioneros, comerciantes y piratas; esto explica el nivel de
aculturación en que se encuentra, producto de la influencia de
agentes externos que han hecho que este grupo indígena haya
modificado sus valores culturales. Fue una sociedad dominada física
e ideológicamente por los españoles. El poder de los misioneros
sobre las comunidades indígenas permitió abusos y transformaciones
en el interior de los núcleos aborígenes; la imposición de nuevas
creencias y la pérdida de los valores culturales propios. Uno de
ellos: la indumentaria, el comenzar a cubrirse el cuerpo
(vestirse), originó nuevas prendas, objetos y colores que son los
que en la actualidad conocemos y que se consideran como
características de la sociedad Cuna y se deben tener en cuenta como
el punto de partida para comprender el origen y la importancia de
la
|móla, como elemento significativo de este grupo
étnico.
La descripción del traje demuestra que la indumentaria femenina,
es laque mejor sintetiza los valores culturales originales. Esto es
en parte el resultado de que la mujer Cuna se haya mantenido
aislada en cumplimiento de la tradición. En cambio el traje
masculino desapareció debido a la influencia constante y permanente
de otras culturas.
La monografía describe claramente la tecnología empleada de
acuerdo con la tradición a través del proceso de transformación en
la fabrica ción de la
|móla y su relación con la blusa:
forma, diseño, color, ubicación e incorporación de la
|móla
en la blusa. También explica la fabricación y la forma de vestir de
otras prendas fundamentales de la indumentaria Cuna, como el
sabúred o falda, músue o pañolón, olasu o nariguera, los collaresy
wínes o chaquiras que usan en los brazos y piernas: así como, la
adquisición de la materia prima para su fabricación. Prendas, que
se complementan con pinturas corporales, corte de pelo, forma de
llevarlas, forma de comportamiento, color, cantidad y modo de uso
que refuerzan su significación.
En este trabajo se empleó la semiología como base teórica para
su desarrollo, considerando la
|móla como un objeto, un
sistema de signos que responden a una organización mental, a una
realidad inconsciente, base sobre la cual se analiza como
estructura no verbal, siendo producto de un grupo de individuos que
viven en un rico universo de signos y mensajes. La
|móla
-imagen como signo, que no tiene origen utilitario solamente, sino
que sirve también para significar una situación, para vestirse y
posiblemente en alguna época, tuvo una función mágica, cuyas
relaciones con el mito han ido desapareciendo progresivamente-.
Para poder comprender el contenido o significado de una
|móla, es necesario penetrar y asimilar las formas allí
contempladas; los elementos poseen significado por su relación con
el contexto, el cual es a su vez, la relación que una
|móla
establece con las demás. Es el pensamiento mítico que en ella cobra
vida y expresa aspectos fundamentales de la filosofía indígena
Cuna. El lenguaje de la
|móla son los colores y las formas
a través de las cuales el individuo se expresa, se reconoce a sí
mismo, se comunica, elabora, descubre y cumple una función
estética. Las figuras y formas representadas son en principio una
verbalización de uno o varios acontecimientos, lo que se logra,
reuniendo ciertas formas y colores identificables. Toda
|móla consiste en una combinación de temas y motivos, es la
unión de un concepto y un objeto material con un repertorio de
signos, unas reglas de combinación y una selección de elementos que
explicarían la estructura y función de la
|móla. Los
mecanismos de producción de este lenguaje, la combinación y
selección de colores, imágenes y prendas se ayudan para su
comprensión con la semiología.
Los diseños en las
|mólas pueden ser geométricos,
angulares o curvilíneos; en las composiciones se mezclan ambos
estilos, predominando el geométrico o angular. Los motivos son
abstractos o figurativos, siendo estos últimos, zoomorfos o
antropomorfos. La representación de los objetos, sólo se encuentra
en las
|mólas de San Blas. -Es característica la simetría y
la asimetría en el manejo de las figuras y es menos frecuente la
característica del desdoblamiento. Los diseños de
|mólas
geométricas tienen nombres que no todos saben leer y estos mismos
diseños se utilizan para la decoración de los wínes, los canastos,
y los sopladores. Los dibujos son realizados sólo por los indígenas
que poseen el conocimiento; actualmente estos diseños se basan en
la copia de aquellos acumulados a través del tiempo o de diseños
nuevos traídos de San Blas. Todavía se encuentran en la
|móla elementos indígenas como españoles, también se han
adquirido algunos que no corresponden a la tradición. El contraste
de los colores hace que sólo se perciba el color, en la
|móla, la forma no es independiente del color, el cual
asociado al comportamiento, denota un sistema de valores y un
significado simbólico. La selección de un-diseño color y forma no
es una decisión arbitraria sino significativa, donde logran
expresar sus sueños, mitos y misterios, por medio de símbolos, en
un lenguaje que utiliza formas naturalistas y geométricas
estilizadas.
Es incierto el origen de la técnica del apliqué, pero sí es
certero, que el diseño de las
|mólas tiene que ver con la
decoración corporal, dejando de ser con el tiempo la piel, la
depositaria de los diseños, asumiendo esta función la tela,
adquirida ahora en el comercio. Otro cambio de la decoración
corporal al diseño gráfico en la
|móla, es que el diseño
sobre el cuerpo o rostro no logra la misma significación que sobre
la blusa; su fuerza necesariamente varía pero su significado es el
mismo.
Según la mitología Cuna, los nombres de las
|mólas
fueron dados por los dioses. La monografía recopila dibujos
geométricos y un listado de los nombres usados por diferentes
indígenas, en lengua Cuna y su traducción al español, especificando
cuando un dibujo es igual al otro(s) siendo su nombre(s)
diferente(s) pues la misma
|móla puede ser llamada de
diversas maneras, lo cual implica que pueda tener varios
significados semejantes u opuestos, se encuentran también
diferentes figuras con el mismo significado. Todos estos elementos
indígenas que tienen su explicación lógica ancestral y mítica y
sobre los cuales no se puede reflexionar sin analizarlos en
relación con los demás; el estudio de la
|móla se debe
realizar paralelamente con el estudio de los productos considerados
como artesanías: cestería, collares, wínes y sopladores.
La
|móla sigue un doble movimiento de conservación: la
comercialización y el arte que se convierte en mercancías y el
artista en productor de mercancías, adquiriendo como consecuencia
la
|móla, una forma artesanal sin perder su valor
artístico; con su circulación en el mercado Capitalista hay una
pérdida del significado original, adquiriendo otro de acuerdo con
las relaciones materiales de producción. La
|móla como
objeto es portadora de una serie de significaciones sociales que
denota el Universo Cuna y al cambiar su contexto sufre cambio en su
significado y en su clasificación, a un estrato social antes
inexistente. Toda una filosofía, una forma de vida y relación entre
seres y objetos se transmite de alguna forma en estas telas de
colores: los hechos culturales están siempre presentes en el
contexto indumentario de la
|móla. Así se da un paso para
la compren- sión del significado de los objetos y su relación con
niveles profundos de la cultura y del individuo. Se centra el
trabajo en la
|móla como delimitación de lo concreto de un
contexto social amplio ligado a una permanente confrontación.
El trabajo concluye que la comunidad Cuna hace parte de aquel
conjunto de comunidades indígenas del país que se encuentran en un
estado acelerado de extinción física y cultural. Añade que para
comprender esta cultura se debe tener en cuenta las influencias que
del exterior han llegado por diversos canales a través de
diferentes épocas, alternando de alguna manera con concepciones
propias unidas a la transformación de la cultura Cuna. Los
individuos viven y transforman la cultura de su época hasta el
punto que les es imposible conservar su identidad original. De
cualquier manera, los artistas Cunas vivirán eternamente a través
de este discurso en tela, de este lenguaje no verbal, donde han
plasmado por años no sólo sus ideas sino también, la vida
misma.
|
EMILIA CORTES MORENO
FERNANDO URBINA RANGEL:
"AMAZONIA. NATURALEZA Y CULTURA".
Banco de Occidente, Bogotá, diciembre de 1986, 197 p., 176
fotos.
|En la sombra
|el Abuelo nos dijo la Palabra,
|la que otra noche oyó del más anciano cuyos años lo hacían
casi origen.
|Y el otro
|el que empuñó cinceles que cantaban talló su sueño entre la
piedra antigua para durar
|más allá de todos los silencios.
Con este poema de su autoría, Urbina introduce su obra,
definiéndola como una conjunción de dos elementos: la palabra y la
imagen. Desde la carátula misma la imagen asalta nuestros ojos. Es
la selva; es el petroglifo; es el río; es el hombre. Es el tigre,
el pez, la boa, la guacamaya; es el murciélago, el tucán, el
cocodrilo; es, en fin, el animal. Es el chontaduro, el calabazo, el
ají; es el bejuco, el cumare, el tabaco, la coca; es, en fin, la
planta. Es el canasto; es la olla de barro; es la bodoquera; es el
maguare; es la maloca. Es la obra múltiple y creadora del hombre,
resultado y modo de su relación con la selva, el río y sus
recursos.
Y es también la Palabra. Numerosos mitos, o fragmentos, nos
traen las historias de los abuelos, de los Dueños de la Palabra.
Nos hablan de su poder creador. "En el principio nada
había aquí. Nuestro Padre, el que nos creó, no tenía extremidades,
carecía de miembros. Era corazón únicamente: Corazón-que-habla. Era
un corazón bueno. Buscaba la manera de dar vida. Meditaba la forma
de hacer la creación. Entonces, indagó cómo había aparecido él
mismo. El solitario corazón comenzó a hablar, a decir palabras
dulces, llenas de buena fe, plenas de buena intención. Con las
Palabras de ese buen corazón fuimos formados".
Pero, ¿es en realidad la Palabra? Las imágenes de los abuelos
que narran, que tejen la historia
con su Rafue, tratan de mostrarlo así. Pero Urbina se equivoca y
al hacerlo nos engaña. No es la Palabra; se trata solamente de su
imagen escrita. No es la voz humana con su poder creador; es su
ícono. Y así, el texto se convierte exclusivamente en un conjunto
de imagenes, Urbina no nos dice La Palabra; su papel es el de aquel
otro que "empuñó cinceles que cantaban", poniendo
su sueño en un libro cuya duración, es indudable, no llegará
"más allá de todos los silencios".
Pero el engaño de Urbina es explicable, y fatal. Porque él
recibió la Palabra en la maloca, en el mambeadero. A su oído
hablaron muchas veces don José García, don Noé Rodríguez, don
Rafael Núñez, don Pablo Bigidima, don Hilario López, los Abuelos. Y
así, la Palabra sigue sonando en su cerebro cargada, plena de voz
humana. Así ocurre siempre cuando hemos oído los mitos muchas veces
en la voz de sus narradores; ya no es posible separar la Palabra de
la voz que cuenta. Cuando se escribe, se oye la voz. No sucede lo
mismo para el lector; en un libro, fuera de su contexto, lejos de
los Dueños de la Palabra, la letra escrita carece de voz, excepto,
a veces, la del propio lector (sentí todo el tiempo la necesidad de
leer los mitos en voz alta, pausada, lenta; pero no es posible
restituir su voz a los relatos). Es inevitable. Es la trampa de
nuestra civilización con su lenguaje escrito; con él, la palabra se
hace impersonal, neutra, capaz de cobrar mil voces, millones de
voces, tantas como lectores; puede, incluso, existir sin voz,
silente. Con él, no hay ya Dueños de la Palabra, ni palabras que se
conviertan en acción, palabras creadoras, Rafue.
|
II
La selva amazónica. Este es el tema del libro. Pero, ¿qué visión
de ella entrega? No, por supuesto, la del infierno verde. No, por
tanto, la de nuestra propia cultura. Esta se estremece de terror
frente a la selva; es antiselvática. En ella, la selva existe sólo
para ser derribada, destruida, arrasada, creyendo, así, civilizar
el espacio, hacerlo apto para la vida humana, pues ésta no se
concibe dentro de aquella. La selva aparece como naturaleza
primigenia, avasalladora, espantosa. Es el "se los tragó
la selva". Frente a ella se levanta, como un exorcismo, el
hacha metálica, el hacha de la muerte, vencedora aún de los
"palos de corazón", símbolos de la permanencia,
destructora aún de la "raíz del renacer".
Ni tampoco la visión del indio como ser natural, simple parte
del paisaje, uno más de los recursos componentes de la selva. Ni la
del indio agobiado, absorbido por ella casi hasta el
aniquilamiento, de la cual es preciso rescatarlo, salvarlo, tarea
que asumen tantos redentores para, al mismo tiempo, despojarlo.
Al contrario, es la de un cosmos diverso en su unidad,
conformado por múltiples Fuerzas enfrentadas: el animal, la planta,
el raudal, los astros, y el hombre con su propia Fuerza, guardiando
este concierto a través de la Palabra y de los Objetos de Poder,
confluyentes en el Rito, lugar y momento del "equilibrio
de unas Fuerzas que se oponen complementariamente en una dialéctica
infinita".
Allí donde el aliento de la Madre, la Palabra del Padre y el
obraje del Hijo originan el mundo del hombre indio: la Amazonia;
todo en inestable armonía.
Esta unidad de lo diverso estructura igualmente el libro. Es
inextricable la unión del texto y de la imagen. No son fotografías
explicadas; tampoco textos ilustrados. Es una bella, bellísima
simbiosis. Rota dolorosamente por el horrendo dibujo de Quintero
sobre el esquema de los mundos.
Y es la presentación del Urbina poeta. Porque, además, ¿cómo
reescribir un mito sin serlo? Pero no es sólo la poesía de la
palabra, es también el poema visual, el de la imagen.
Y es también un llamado para entender "cómo la Nación
Colombiana y la Humanidad estarían mejor si no arrebataran esta
tierra de las manos que más celosamente la han cuidado, respetado y
comprendido...: los indígenas". De lo contrario, un día,
"silenciado el rugir de los tigres cuidadores, algo
fundamental de todos nosotros habrá muerto".
|
LUIS GUILLERMO VASCO URIBE
Profesor Asociado Universidad Nacional de Colombia
FRANK SALOMON: LOS SEÑORES ÉTNICOS
DE QUITO EN LA ÉPOCA DE LOS INCAS
Colección Pendoneros; Instituto Otavaleño de Antropología.
Otavalo, 1980.
La historia, en una de sus acepciones más convencionales, es el
análisis del cambio real; lo que semánticamente es cierto para
nosotros debe serlo para los demás. Las únicas estructuras de un
texto son aquellas que son legibles en la superficie y que van
formuladas en términos explícitos. ¿Y lo Otro?, ¿lo que no queda en
el texto, lo que está allí pero sin formular, eso que no pertenece
al mundo de los hechos? Un texto puede privilegiar un relato
específico o puede, por el contrario, abrir el horizonte, más o
menos extenso, del conjunto de mitos, ritos e instituciones de los
que dispone una cultura.
El libro de Frank Salomón. "Los señores étnicos de
Quito en la época de los Incas" (su Tesis Doctoral para la
Universidad de Cornell, 1978), es un texto coherente en sus líneas
y sugerente entre líneas.
El autor renuncia a toda esperanza de conocer el pasado
"como sucedió realmente", aseveración que coloca
su texto por fuera de la historio grafía tradicional. Se trata,
como él mismo lo dice, de una etnografía del pasado andino del
norte del Ecuador.
Los términos utilizados en su trabajo, términos como
"redistribución", "llajta",
"aswa", "ch'arki" y otros,
provienen de su conocimiento de la cultura desde adentro, de su
conocimiento del quichua.
Los españoles, en su concepción medieval de la propia cultura,
tienden a favorecer en sus crónicas las instituciones indígenas que
se asemejan a los modos de gobierno de la Península, -estados y
reinos corresponderían de alguna manera a los ideales europeos de
monarquía e imperio-, y a ignorar a los cacicazgos, orientados por
señores naturales, que les recordaban a los caballeros españoles
cuyas "luchas de bandas y linajes", amenazaban al
naciente estado nacional.
El libro de Salomón está dedicado precisamente a los cacicazgos
del área de Quito. Se nutre de la amplia documentación
administrativa y judicial de las comunidades indígenas,
inaugurando, para el Ecuador interandino, esta nueva modalidad de
trabajo histórico basado en fuentes primarias. Estas fuentes tienen
la ventaja, sobre las fuentes convencionales, de dejar traslucir
las creencias indígenas acerca de su propia cultura.
El problema de los "Andes de páramo" en
contraposición a los "Andes de puna", fue
reconocido por el geógrafo alemán Carl Troll (1958, 1968) en sus
investigaciones sobre los Andes. En Colombia, G. Reichel Dolmatoff
(1961), especifica la influencia del variado medio ambiente de los
Andes de páramo sobre el desarrollo de los cacicazgos subandinos,
nombre con el cual designa a los cacicazgos colombianos.
¿Quién es el protagonista de esta etnografía sobre los señores
naturales de la provincia de Quito? La "llajta",
"el pueblo de naturales"; su caracterización es,
quizá, el mayor aporte de este sorprendente libro; comunidad que el
autor estudia dentro de una perspectiva regional, y en sus
relaciones con las comunidades "yumbos" de las
vertientes templadas de las dos cordilleras, estableciendo de una
vez por todas, y de manera fáctica, la articulación económica
costa-sierra-selva.
El maíz es otro de los actores principales de este relato, el
maíz en la esfera de lo político, de lo económico y de lo
ritual.
Dos autores, Frank Salomón para el Ecuador interandino, y
Michael Taussig para Colombia, comparten una misma preocupación:
discernir la naturaleza ambivalente de las relaciones entre los
habitantes de la sierra y los de la selva tropical húmeda, en lo
económico y en lo religioso, respectivamente.
En lo que concierne a la parte sur de los Andes colombianos, el
libro de Salomón introduce una serie de personajes cuya presencia
se intuía de manera algo vaga. Se trata de los Mindalaes, o indios
mercaderes, una institución indígena limitada a la frontera norte
del Tawantinsuyu, ya que las evidencias de su existencia al sur de
Quito son muy pobres.
Con la introducción de estos Mindalaes en la escena, la
articulación económica deja de ser una hipótesis para convertirse
en un hecho. El estudio de esta institución aborigen enriquece
notablemente los mecanismos de funcionamiento del comercio
interregional, de comunidades que no fueron favorecidas por los
relatos de los cronistas mayores.
Respecto al caso Pasto y al avance incaico dentro de dicho
territorio, el trabajo de Salomón es muy sugerente. En la época en
que él redactó su tesis doctoral, no se conocían los datos
arqueológicos y las fechas absolutas que se conocen ahora. Sabemos,
por ejemplo, que, contrario a lo que afirma Salomón, los Pasto sí
incluyeron dentro de su microverticalidad las tierras productoras
de coca, algodón y ají, ya que poseían colonias permanentes en el
valle del Chota, donde había cultivos extensivos de los tres
productos y en menor escala, sobre las terrazas del río
Guáitara.
El estudio de los Pasto y sus vecinos, grupos ubicados en los
límites septentrionales del Tawantinsuyu, permite mirar muy de
cerca, instituciones, mitos y ritos aborígenes que más al sur
fueron sustancialmente alterados por la conquista efectiva de los
Incas. Los trabajos de Salomón en general, alientan y estimulan las
investigaciones sobre estos cacicazgos andinos que los estudiosos
del Tawantinsuyu han dejado de lado, subyugados por la presencia
del aparato estatal.
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MARIA VICTORIA URIBE
Arqueóloga
REVISTA COLOMBIANA DE
ANTROPOLOGIA
Volumen XXV, 1984-1985, Bogotá, 284 p.
En su volumen veinticinco, el órgano del Instituto Colombiano de
Antropología nos entrega 5 articulos sobre temas diversos:
etnografía, antropología social, etnología y arqueología,
reflejando así las inquietudes que continúan animando a la
antropología.
Aprovechando su presencia en la dirección del Instituto, Roberto
Pineda Giraldo publica el artículo "Ciclo vital y
chamanismo entre los indios chocó", escrito con su esposa
Virginia Gutiérrez en 1954, basado en un trabajo de campo de
1949-1950 y en una lectura lineal de la bibliografía disponible en
el momento, en la cual destacan los trabajos de varios
misioneros.
Con su trabajo, los Pineda quieren dar una "visión de
mitad de siglo" de los chocó, pero lo hacen, al mismo
tiempo, de la antropología que se practicaba en ese período y que
sentó bases para la actual.
Bajo el clásico enfoque del culturalismo norteamericano, la
primera parte, referida al ciclo vital, sigue con minucia los
hábitos y costumbres que acompañan y norman la vida del hombre
chocó desde su concepción hasta su sepultura, resaltando ciertas
contradicciones entre lo vivido y las respuestas obtenidas en las
entrevistas, considerando que las últimas pueden señalar nuevas
pautas resultantes de la aculturación.
Es notorio cómo categorías occidentales como niñez, infancia,
juventud son trasplantadas sin mayor fundamentación al mundo de
emberás y waunanas.
Sorprenden aquí algunas afirmaciones como la referida a la
ausencia de prácticas anticonceptivas entre los indígenas, cuando
éstas han sido documentadas con frecuencia y presentan un obvio
carácter tradicional, pareciendo ser muy antiguas; o la que
concierne a la fuerte valoración negativa de la soltería femenina,
cuando ella cubre también la de los varones.
Idéntico enfoque guía la descripción de la figura y actividades
del jaibaná, aunque aquí el detalle es más escaso y el apelar
acríticamente a la información contenida en la bibliografía más
frecuente y de importancia. Pese a que nada nos cuentan los autores
al respecto, se percibe su dificultad para obtener suficiente
información sobre este álgido tema durante su trabajo de campo, así
como la menor riqueza y fluidez de los datos pertinentes.
En consecuencia con su óptica teórica, los autores nos presentan
los dos temas en sí mismos, aislados de otros aspectos importantes
de la vida de los chocó, tales la economía y la organización
social, para no citar sino dos de ellos. No aparece, tampoco,
ningún intento de explicación de los hechos anotados ni de
acercarse a la visión del mundo que los sustenta. Fuera de un marco
de esta naturaleza, muchas cosas aparecen como simplemente
insólitas o curiosas, productos del capricho o del azar y, en
ocasiones, descabelladas o pueriles.
Aunque etnografía de esta clase continúa practicándose entre
nosotros, la impresión que deja este trabajo es la de su
irremediable vejez.
Con su artículo "Organización social en el Noroeste del
Amazonas" (que fue ponencia en el I Seminario de
Antropología Amazónica), Francois Correa continúa la línea iniciada
por él de tiempo atrás, intentando desarrollar elementos de una
etnología de la región.
Esta vez, confrontando la información reciente sobre filiación,
matrimonio y residencia, introduce "algunas
generalizaciones" referidas a aspectos como la
horticultura itinerante de la yuca brava, la tipología de las
unidades sociales delimitadas por filiación y alianza, la
caracterización de los clanes y sus jerarquías, los procesos de
dinámica social, los fenómenos lingüísticos como bases de identidad
y diferenciación, las reglas de intercambio matrimonial y
residencia (incluyendo la situación e incidencia de malocas y
aldeas). Para concluir conque la dinámica de la acción de la
sociedad occidental sobre las unidades socioculturales amazónicas
va produciendo su descomposición, redefiniendo a sus miembros como
indios genéricos "dentro de su propia escala de relaciones
sociales".
"Consideraciones acerca de la evolución de la
infancia" de Ximena Pachón, presenta en forma comparada la
situación de la infancia dentro del feudalismo y en la sociedad
moderna.
Con base en los muy escasos trabajos disponibles sobre la
materia, desarrolla las tesis de que, excepto por un brevísimo
período luego del nacimiento, los infantes se integraban
directamente al mundo adulto feudal sin que existieran, por lo
tanto, épocas de niñez, adolescencia y juventud. El mundo infantil
estaba caracterizado, pues, por la indiferencia de la familia y la
sociedad hacia el niño y por el anonimato de éste. Por otra parte,
la familia no era un ámbito privado sino que vivía inmersa dentro
de la comunidad, la cual cumplía, incluso, con las tareas de
socializar a los nuevos miembros de la sociedad. Tal situación. se
reflejaba en las lenguas, pues éstas carecían casi por completo de
los conceptos necesarios para diferenciar las edades. Aspectos
demográficos son presentados como partes de la causalidad de los
fenómenos anotados.
Los finales del siglo XVIII y el siglo XIX marcan el cambio de
la anterior situación con la conformación de la familia moderna y
la aparición de diversos procesos de especialización y
diferenciación social, que llevan a prestar una atención específica
a .los niños en los diversos momentos de su vida, estableciendo
entre ellos, la sociedad y la familia relaciones de una naturaleza
por completo diferente.
Tratándose de un análisis preliminar, muchas de cuyas partes son
resúmenes de lo expuesto en otros escritos, es difícil valorar la
validez e importancia de trabajos como el de Darna Dufour:
"Flujos de energía a través de los hogares
tatuyo". Lo limitado de los períodos durante los cuales se
realizaron mediciones importantes de energía producida y consumida,
lo muy pequeño de la muestra estudiada, tan sólo cuatro hogares, y
la utilización de los indicadores de la FAO/ OMS, con solamente
ligeros ajustes, lanza interrogantes bastante amplios al respecto
de esta forma de etnografía en donde desaparecen los seres humanos,
existiendo, incluso, los mecanismos para
"corregir" las "desviaciones"
introducidas por su presencia, por la vida diaria de la gente.
Para terminar, la revista nos presenta el informe de Gerardo
Ignacio Ardila sobre las excavaciones en el Alto de Mira, Alto
Buritaca, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Las condiciones de
penuria presupuestal, escasez de tiempo e inadecuadas asignaciones
de personal de su contrato, con el ICAN son una de las
características más notables, resaltando el provecho logrado por el
investigador en tan precarias circunstancias.
Sus conclusiones reafirman aquellas que sobre tipología y
cronología se han obtenido en anteriores trabajos de
Reichel-Dolmatoff, Cadavid, Herrera de Turbay y Lleras para la
región, confirmando, además, una estabilidad de rasgos
arqueológicos para el período que va desde el 1090 al 1550 d.n.e.
Como peculiaridad del sitio de Alto de Mira, el autor presenta una
continuidad en la; ocupación del lugar que contrasta con los
periodos de abandono o reutilización postulados para otros sitios
por Herrera y Lleras.
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LUIS GUILLERMO VASCO URIBE
Profesor Asociado Universidad Nacional de Colombia
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