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REGIONALIZACION DE INDIGENAS CHOCO
Datos etnohistoricos, lingüísticos y asentamientos actuales
MAURICIO PARDO ROJAS.
Fotografías: Mauricio Pardo
Panorama etnohistórico
La comparación de los datos coloniales documentales sobre los
grupos aborígenes que habitaban la región del Pacífico colombiano,
su posible relación con la ubicación y diferenciaciones de los
asentamientos indígenas hoy existentes, suscitan reflexiones e
interrogantes, pues es necesario establecer qué grupos son
ascendientes de los sobrevivientes y estos últimos qué
desplazamientos han tenido hasta ocupar sus actuales
territorios.
En algunos casos las fuentes hablan de gentilicios vagamente
genéricos como los casos de Barbacoas en la costa al sur o de
Gorgonas al norte del Cabo Corrientes; en otros parece haber
confusión al tratar posibles subgrupos Chocó
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como gentes distintas:
Charambiraes, Cirambiraes, Botabiraes, Orocubiraes, entre las áreas
del bajo San Juan y del bajo Baudó (`bidá' es en la actualidad un
sufijo en lengua emberá para indicar gentilicios; puede referirse o
no a otros Emberaes, traduce 'la gente de tal lugar'); en otros
casos ciertos grupos son mencionados sólo en uno o dos documentos:
Eripedes, Moriromas, al sur y al norte de las bocas del Baudó
respectivamente, Susurrupís en el bajo Atrato; otros desaparecen de
las menciones coloniales sin mayores explicaciones: Cirambiraes en
el medio San Juan y Membocanas del Baudó por ejemplo. (Romoli 1963,
1975, 1976; Isacsson 1975, s. f).
Isacsson ha tratado de aclarar el panorama para el bajo Chocó o
sea para el norte del curso medio del Atrato y del Cabo Corrientes
en la costa; propone como una misma nación rica, antropófaga y
guerrera, la situada desde el litoral a la altura de Bahía Solano
al este hasta las bocas del río Bojayá al oeste, integrada por los
aborígenes denominados en los diferentes documentos como Gorgonas,
Idabaez, Poromeas, Burumías, Tatabes u Oromiras, los cuales
desaparecen a media- dos del siglo XVII (Isacsson s. f.:
209-220).
Vargas ha ampliado la anterior discusión y retomando a
Castellanos ha propuesto una comunidad étnica para los grupos que
se extendían en una franja oeste-este desde el Pacífico hasta el
alto San Jorge, pasando por el medio Atrato y el alto Sinú, con las
características comunes de viviendas sobre los árboles, flechas
envenenadas, canibalismo y el habitat selvático. Además de los
mencionados por Isacsson, incluye a los grupos Guacuces, Carautas,
Pubio, Pebere, Tuin, Cuisco y Araque en la zona montañosa oriental
y Abraime, Abanumaque, Abibaibe y Dabaibe sobre el Atrato (Vargas,
1986: 32-34).
En el mismo artículo antes citado, Isacsson sugiere que los Birú
mencionados por Andagoya al sur del golfo de San Miguel, podrían
ser una provincia occidental de los Cunas, en aquella época
asentados en su mayoría en el bajo Atrato, y que los Noanamá
(Uaunana) del bajo San Juan serían un antiguo grupo Cueva aislado
de su tronco norte por la expansión de los Poromea antropófagos
hacia el oeste (Isacsson s. f.: 215-216).
Sin embargo la evidencia lingüística y etnográfica de fuente
etnohistórica es muy precaria para relacionar los Noanamá con los
Cueva.
El paisaje étnico se abigarra aún más si se consideran las
narra- ciones de guerra de los Emberá y de los Uaunana actuales. En
diferentes lugares como el Atrato, el Sinú, el Baudó, han sido
registrados relatos tradicionales de guerras contra los Cunas a
quienes los Emberaes llaman Jurá y los Uaunana, Juranán. Podría
pensarse que son simplemente formas de denominar cualquier otra
etnia enemiga pero lo desmiente el hecho de que los Emberá
reconocen inequivocamente a los Cunas contemporáneos y de que haya
relatos de guerra contra otras gentes distinguidas con gentilicios
específicos: Burumiás, Bibidícomias, Carautas (Betania 1964, Pardo
1986; Santa Teresa 1959; Vargas 1982). En un relato recogido en el
Baudó se habla de una guerra de Emberaes confederados de Pepé,
Munguidó, Quito y Atrato (ríos chocoanos) contra Jurás del río
Dubasa, afluente occidental del Baudó y de como los persiguieron
hasta Panamá (Pardo, 1984: 205- 217). Los Uaunana del bajo San Juan
también refieren de su enemistad y escaramuzas pasadas con los
Cunas (Wassen, 1963: 61-64). El interrogante que surge de la
revisión de las anteriores historias, es el de ¿por qué los Chocoes
identificaban como Cuna a gentes que se hallaban por la zona del
medio Baudó y el San Juan? ¿Había varios subgrupos Cuna
intercalados con otras gentes más al sur de la latitud del golfo de
Urabá? Otro hecho que merece ser considerado es el del sufijo
'cuna' o 'cana', tanto para los "auténticos" Cuna
del bajo Atrato referidos en diversos documentos como Cunacunas,
Tunucunas, Tunucanas, Tulucunas, como para gentes que habitaban el
Baudó a mediados del siglo XVII (Isacsson, 1975: 104-105): los
Membocana o Minbocana. A lo anterior se puede agregar que dos de
los pocos topónimos de etimología certeramente Emberá en la costa
pacífica al norte del Cabo Corrientes refieren a los Cuna o Jurá:
Juradó (`río de los Cuna') y Jurubidá (`de la región Cuna'). Este
dato permite pensar otra hipótesis: tras el ocaso de los pueblos
del litoral, ¿los Cunas avanzaron de norte a sur y luego a la hoya
del Baudó para ser finalmente desalojados por los Chocoes?
Sobre la base de las informaciones documentales, más
reiterativas y concisas sobre el territorio chocoano colonial, se
sabe a ciencia cierta de la existencia bien diferenciada de los
siguientes grupos indígenas: Chancos en el río Garrapatas, Yacos en
el alto Calima, Tootumas e Ingaraes en el Sipí, Noanamás en el bajo
San Juan (Uaunanas), Surucos en el río Quito, Poromeas en el Bojayá
y Cunas en el bajo Atrato (Romoli, 1975; Isacsson, 1975), se sabe
también que los Tatamá y los Sima del alto San Juan, los Poya del
área de la boca del Tamaná sobre el San Juan y los Citará del alto
Atrato eran subgrupos Emberá, identificados estos como Chocó por
los españoles (Wassen, 1963: 22).
Quedarían entonces varios de los grupos más arriba mencionados
por poder ser identificados o adscritos a algún grupo mayor.
En la actualidad en toda la vasta zona del Pacífico
colombo-panameño y estribaciones cordilleranas aledañas, sólo se
encuentran los Cuna en pequeños enclaves en el golfo de Urabá, los
Uaunana en el bajo San Juan y las innumerables comunidades Emberá
de varios dialectos dispersos por toda esta área.
Uno de los principales puntos que se imponen a la pesquisa
etnohistórica es el de saber cuáles de los grupos no identificables
claramente eran también grupos Chocó.
Grupos dialectales actuales
Los españoles llamaron inicialmente Chocó a los grupos Emberá
del alto San Juan (la primera mención conocida es la de Robledo
hacia 1540. Wassen 1963: 11) pero ya en el siglo XVII era común que
se refirieran como Chocó tanto a los Emberá del San Juan y el
Atrato como a los Uaunana del bajo San Juan (ib: 22). Más tarde,
desde finales del siglo XIX, lingüistas y antropólogos retoman la
denominación española y es así como hoy en día se considera
"Grupo Chocó" o "indios Chocó"
para efectos lingüísticos o etnológicos a los Emberá y a los
Uaunana los cuales presentan una gran semejanza cultural y sus
idiomas aunque mutuamente ininteligibles están muy
emparentados.
A partir de encuestas de campo y de la consulta de referencias
bibliográficas lingüísticas se ha podido diferenciar entre los
Emberá actuales una serie de áreas a nivel fonológico (los sonidos
significativos de la lengua) y subáreas marcadas por variaciones
lexicales (el vocabulario)
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.
Los Uaunana presentan un habla más o menos uniforme (Loewen,
1959, Holmer, 1963) y en su mayoría se hallan en la zona originaria
del tiempo de la invasión española en el bajo San Juan y en el río
Docampadó, aunque hay unos dos mil en la provincia de Darién
(Panamá) y unos cientos en el río Chintadó en el bajo Atrato
provenientes de migraciones que datan de unos cien años en el
primer caso y de unos veinte en el segundo.
Las grandes áreas a nivel fonológico y las subáreas lexicales de
los dialectos Emberá serían:
1. Un área de los dialectos originados en el Alto Atrato con las
subáreas de: a) Atrato, Bojayá, Alto Baudó. b) Darién panameño. 2.
Un área del noroccidente antioqueño y Córdoba con las subáreas de:
a) El valle del alto Murrí. b) La zona de Dabeiba. c) Los altos
Sinú y San Jorge.
3. El alto San Juan que comprendería las subáreas de: a) Los
parajes aledaños a Tadó. b) El alto Andágueda. c) El alto San Juan
en Risaralda o propiamente Chamí.
4. Un área del medio Baudó en sus afluentes Catrú y Dubasa y la
costa entre las bocas del San Juan y el Cabo Corrientes.
5. La región costera al sur de Buenaventura con sus principales
asentamientos en los ríos Saija (Cauca), Satinga y Saquianga
(Nariño) (Pardo, 1986: 16-24).
Estas divisiones son todavía algo generales y con un criterio
lexical más estricto podrían postularse más subzonas, pero dan de
todas formas una idea bastante aproximada de la dialectización
Emberá.
Antecedentes etnohistóricos de los grupos dialectales
Cabe entonces preguntarse si estas diferencias lingüísticas son
pre o post-colombinas y cómo se corresponden con los grupos que
mencionan los documentos de la administración hispánica.
Isacsson ha mostrado lúcidamente la expansión de los Citarabirá
(Emberaes del alto Atrato) a partir de una zona muy localizada en
el alto Atrato a la llegada de los españoles en el siglo XVI, hacia
el norte en el curso medio del río y sus afluentes orientales
(lsacsson, 1975: 93-102).
Durante trabajo de campo en el alto río Baudó pudo comprobarse
que los Emberá actualmente allí asentados proceden de una migración
originada en el alto Atrato, que tomó el curso del río Bojayá hasta
sus nacimientos y de allí a las cabeceras del Baudó a mediados del
siglo XIX; también se constató la migración sistemática de Emberaes
de origen atrateño hacia el Darién panameño (Pardo, 1981: 5-8).
Se tiene entonces que la subárea dialectal procedente de Atrato
que involucra los territorios antes mencionados está conformada
claramente por los descendientes de los Citará o Citarabiraes
asentados en la época de la conquista en los afluentes del alto
Atrato más arriba de la boca del Andágueda. Estos Citará eran
conocidos por los españoles como gentes riverinas a diferencia de
esos otros Chocó de los altos cursos del Bebará, el Baberamá y el
Arquía, afluentes orientales del Atrato, más referenciados como
gentes de la montaña y más afectos a desplazarse a pie por trochas
serranas que en canoas como sus congéneres del alto Atrato de los
que eran ocasionales enemigos (Isacsson, 1975: 103; Vargas, 1984:
81-105-106).
Para los Emberá actuales de los cursos fluviales del interior
del Chocó, los otros Emberá que habitan las estribaciones
chocoano-antioqueñas de la cordillera son nombrados como
"eyábida": gente de la montaña.
Hay suficientes elementos para pensar, entonces, que los Emberá
del noroccidente antioqueño y de Córdoba (alto Sinú y San Jorge)
proceden de aquellas comunidades de los altos afluentes orientales
del medio Atrato, parajes cordilleranos, ya desde la época colonial
una "provincia" distinta (para los hispanos) a la
del alto Atrato, diferencia que se ha mantenido y acentuado a lo
largo de cuatro siglos. Por razones aún no establecidas, entre las
que no puede descartarse la presión de sus vecinos riverinos, estos
Emberá se desplazaron hacia el nororiente a los altos Murrí,
Riosucio, Sinú y San Jorge en donde han sido incorrectamente
nombrados como Emberá-Catío sin que hasta ahora haya ninguna prueba
de su relación o ascendencia con los extintos Catío.
Los actuales integrantes del área del alto San Juan son
fácilmente identificables con los indígenas que primero fueron
llamados Chocó y en este caso la continuidad geográfica entre las
menciones coloniales y los asentamientos actuales es mucho más
evidente. Los conocidos como Chocó, Sima o Tatamá por los españoles
son los hoy nombrados como Chamí, subgrupo Emberá, éste cuyos
desplazamientos no han alejado al grueso del grupo del habitat
original aunque hayan numerosas migraciones más recientes hacia el
norte y el sur por la zona montañosa.
La ascendencia de los Emberá del medio Baudó: Dubasa, Catrú y
aledaños es más oscura. Por sus formas adaptativas culturales
(gentes de un medio selvático y riverino) podría pensarse en una
facción de Emberaes venidos del alto Atrato, pero su conformación
dialectal es bien diferenciada de la de los atrateños y aunque
algunos rasgos lingüísticos son fuertemente afines con los del alto
San Juan, se puede pensar en un subgrupo diferencial
precolombinamente. En documentos de principios del siglo XVII los
españoles dividen al San Juan en las provincias Chocó de Noanamá,
Poya y Tatamá. En 1638 era muy activo el pueblo minero de La Sed de
Cristo en las bocas del Tamaná sobre el San Juan para el cual
trabajaban los indígenas Poya. Durante las rebeliones indígenas de
1640 el pueblo es arrasado, los aborígenes huyen y no se vuelve a
tener noticias de los dichos Poya (Vargas, 1984: 92). Es fácil
pensar que se hayan retirado hacia la zona del Baudó por las
cabeceras del río Pepé. Habrían permanecido en los afluentes
orientales del Baudó hasta que lograran desplazar a los Menbocana
del curso principal. Ya en 1740 los españoles sabían de un buen
número de Emberaes en el Baudó (Isacsson, 1975: 107). Los Chocó
Poya muy posiblemente sean los mismos Cirambiraes que a finales del
siglo XVI eran reportados entre el San Juan y el Baudó (Romoli,
1976: 65)
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y que aparecen en 1645 apoyando
a los Menbocana en el rechazo de una incursión de españoles y
Citaraes al Baudó (Isacsson, 1975: 104).
El grupo Emberá ('Epera' en su dialecto) hoy ubicado al sur de
Buenaventura es el más difícil de localizar etnohistórica y
lingüísticamente. Es el que presenta una fonología más distante de
los otros dialectos Emberá pero muy semejante a la Uaunana y a
nivel léxico es más afin con los dialectos del San Juan que con los
del Atrato (comparar vocabularios Harms s. f.; Prado, 1982;
Manzini, 1973; Loboguerrero, 1976; Aguirre, 1986). Se sabe que
desde principios del siglo XVIII algunos Chocó migraron al sur del
río Micay (West, 1957: 58). Es posible entonces que desde hace más
de dos siglos los Emberá hubieran empezado a ocupar los cursos
altos de los afluentes del Pacífico en esta área ante la extinción
de Telembís, Guapis, Tamays, Petres, Buembia, Mestate, Chupa, Bemba
y otros grupos oriundos de esta zona costera al sur de Buenaventura
(URPA, 1982: 66; Romoli, 1963: 282). Los Emberá que hoy ocupan
dicha región (unos 2.000) tienen relaciones mucho más reiteradas
con los Uaunana del bajo San Juan que con otros grupos Emberá y los
matrimonios con ellos son frecuentes. Surgen entonces dos
alternativas para postular los origenes de estas comunidades: o
desde tiempos precolombinos eran un grupo diferenciado o
constituían una sección de los Cirambiráes quienes ante el intenso
contacto con los Uaunana habrían modificado su fonología; en
cualquiera de los dos casos serían procedentes del área del río San
Juan al norte, pues la información existente muestra claramente que
a la llegada de los españoles esta región era de aborígenes
diferentes a los Chocó.
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Indígenas de dicersas regiones del Chocó
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Regionalización socioeconómica y cultural
Las áreas dialectales no en todos los casos coinciden con
delimitaciones de tipo socioeconómico. La que en un principio debió
ser una concordancia de aspectos lingüísticos, culturales y
geográficos, hoy se haya trastocado por cinco siglos de
intervención desigual y discontinua de las instituciones y de la
economía occidentales, de un lado, y por la variedad de respuestas
de los indígenas por otro.
Se puede trazar una gran división de tipo sociocultural para los
Chocó con un criterio basado en el tipo de marco geográfico el cual
a su vez ha incidido en los procesos históricos y socioculturales:
los indígenas riverinos de la selva tropical del Pacífico y
aquellos de la selva subandina de las estribaciones y ramales
terminales de la cordillera occidental, o más sencillamente gentes
del río y gentes de la montaña.
|Las gentes de río
Son riverinos entonces los Emberá de los afluentes costeros del
Pacífico, los Uaunana del balo San Juan, los Emberá del área del
Atrato, del Baudó y los del Darién panameño. Estos Chocó de la
llanura baja del Pacífico han podido conservar mejor sus
tradiciones y su integridad territorial debido a que por estar
asentados en áreas poco apropiadas para la agricultura intensiva o
la ganadería, no han tenido que soportar las avanzadas
colonizadoras procedentes del interior del país. Practican una
agricultura de tumba y descomposición (sin quema) con rotación
anual de parcelas monocultivadas de plátano, maíz, caña y en
algunas zonas arroz; la relativa conservación del medio selvático
les permite aún complementar su dieta con la caza y la pesca. El
transporte se efectúa por los ríos en canoas de las que son hábiles
constructores. Su asentamiento se tiene preferiblemente en los
cauces altos (sobre los cursos principales se encuentra la
población negra) y consiste en viviendas distantes las unas de las
otras conformando sectores de río de máximo unos pocos centenares
de personas.
Entre los Emberá al sur de Buenaventura, son más tradicionales
las comunidades de la zona del río Saija: afluentes Patía del
norte, Infí, Guanguí (Mpio. Timbiquí, Cauca), mientras que las de
la costa nari ñense, ríos Satinga y Saquianga, presentan un mayor
grado de aculturación, trabajan frecuentemente para las madereras y
sus territorios son más estrechos. En toda esta zona son un poco
más de 2.000 "Eperas", siendo el grupo más
numeroso el de los afluentes del Saija. Una característica de este
grupo y que no se halla en ninguna otra comunidad Emberá ni
Uaunana, es la existencia de las llamadas
"cacicas" en Infí y en Guanguí; su función se
restringe al ámbito religioso y son oficiantes de dos ceremonias
anuales en las que se recorren todas las viviendas rogando a Akore,
el creador. Esta especie de ministras religiosas no tienen que ver
con el chamanismo de los jaibanás, hombres medicina presentes en
esta y en todas las demás comunidades Chocó.
La región del bajo San Juan en donde se ubican los Uaunana,
puede ser vista, con un criterio geográfico espacial, en cuatro
áreas contiguas: la del alto río Docampadó y su afluente Siguirisúa
(unas 600 personas) que corren hacia el Pacífico al norte del San
Juan; la llamada Serranía de los Uaunana, ríos Orpúa, Pichimá,
Togoromá y aledaños de cursos cortos que desembocan entre el
Docampadó y el San Juan; la zona del medio San Juan, comunidades de
Bicordó, La Lerma, Mataré, San Cristobal, Unión Chocó, La Florida y
Chagpién (unas 1.000 personas); y la región del bajo San Juan que
comprende el extenso delta y sus proximidades, principales
asentamientos son los de Burujón, Papayo, Pizario, Pángala,
Chachajo. Aunque tradicionalmente los Uaunana presentan
homogeneidad cultural y lingüística, el contacto con elementos no
indígenas y el tráfico comercial con Buenaventura y el departamento
del Valle, mucho más intenso sobre el curso principal y
especialmente en el bajo San Juan, ha ocasionado que las áreas del
Docampadó y la "Serranía"
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y en general los Uaunana de
"quebrada" o de los cursos altos conserven mejor
sus tradiciones que los primeros sometidos a un proceso de
aculturación más notorio. La influencia externa sobre el San Juan
se ha agudizado en las tres últimas décadas con la implantación de
explotaciones madereras y la apertura de vías hacia el Valle por la
banda sur. (Donato, 1985).
Entre Emberás de río y Uaunanas, las diferencias culturales (a
excepción de las lingüísticas ya subrayadas) son relativamente
escasas; en décadas pasadas era notoria la mayor prolijidad del
atuendo tradicional en los últimos. Los Uaunana practican unas
danzas de rogativa al dios creador Evandam que no se tienen en los
grupos Emberá.
Otra de las zonas de Chocó riverinos es la de los Emberá del
medio Baudó con el tributario occidental Dubasa y sus afluentes
Catrú y Ancosó, y un poco al norte el área del río Nauca (3.000
personas aproximadamente). A espaldas del Baudó (que corre de norte
a sur) fluyen hacia el Pacífico algunos riachuelos con
asentamientos Emberá de características culturales y lingüísticas
afines a las del medio Baudó: Pavasa, Purricha, Catripe, Sivirú
(unas 500 personas). A pesar de que hasta hace unos cinco años
funcionó en Catrú uno de los más grandes internados para niños
indígenas del occidente colombiano, es aún una zona en la que hay
cierta conservación de las pautas culturales, aunque los suelos
evidencian ya agotamiento originando dificultades nutricionales;
comparten con los Uaunana de las localidades más alejadas la
permanencia de rasgos como la elaboración de la cerámica y la
construcción de las casas de planta circular y techo cónico, en las
otras zonas prácticamente reeplazadas por el modelo exógeno de
planta rectangular y techo a cuatro aguas.
Los Emberá oriundos del alto Atrato: zona de Lloró, bajo
Andágueda, río Capá, después de continuas migraciones se encuentran
además en afluentes a lo largo del Atrato, en el alto Baudó, en
afluentes de la costa al norte del Cabo Corrientes y en el Darién
panameño. De manera aproximada su distribución y población es la
siguiente: ríos Pató y Quito 500 personas, zona del río Capá unas
1.000 personas, zona del río Bojayá 1.000 personas, zona del alto
Baudó 1.200 personas, medio Atrato entre Quibdó y Bojayá (Neguá,
Bebaramá, Beté, Amé, Buey, Tagachí) 1.200 personas, zona del bajo
Atrato al norte de Bojayá (Buchadó, Napipí, Opogadó, Domingodó,
Chintadó, Espavé, Riosucio, etc.) 1.500 personas, afluentes de la
costa pacífica al norte de Cabo Corrientes (Panguí, Nuquí, Chorí,
Valle y Juradó entre otros) unos 1.000 habitantes, Darién panameño
6.000 aproximadamente; esta última comarca panameña es tal vez la
de mayor aculturación entre los Emberá de origen atrateño, se han
ido vinculando activamente a la economía de mercado y muchos se
desplazan a los centros urbanos en busca de trabajos asalariados
(Jai Bía, 1983: 19-21). Situación opuesta es la de comunidades
bastante aisladas como las de alto Baudó o en menor medida el alto
Bojayá o el alto Capá, en donde los contactos comerciales son
esporádicos, lo cual ha permitido conservar mejor las tradiciones.
Una circunstancia intermedia presentan los Emberá de zonas de
progresiva incorporación al mercado como el bajo Atrato.
|Las gentes de montaña
Los Emberá del área del alto San Juan, los del noroccidente
antioqueño (Dabeiba, Frontino, Urrao, etc.), los de los altos Sinú
y San Jorge (Departamento de Córdoba) y algunos otros, en el norte
del Valle del Cauca como los del río Garrapatas, en el sur de
Antioquia y en otros numerosos puntos de la cordillera occidental,
han estado sometidos al impacto de la colonización blanca de origen
antioqueno principalmente, y por el cual han visto sensiblemente
reducidas sus tierras. El panorama más frecuente es el de pequeños
territorios, con unas pocas viviendas indígenas, circundados por
las fincas de los blancos. Se hallan dispersos a lo largo de
veredas que suelen seguir el curso de pequeñas quebradas en su
mayoría no navegables por lo cual el transporte se hace mayormente
por caminos aunque usan balsas provisionales corriente abajo por
los cursos mayores. Situación algo diferente es la de los Emberá de
los altos Sinú y San Jorge, quienes proceden de las montañas
antioqueñas pero se han adaptado al medio fluvial.
En general los Emberá serranos además del maíz y el plátano,
cultivan productos más aptos para esas zonas como fríjol y yuca y
muchos tienen pequeños sembrados de café destinado a la
comercialización. En comparación con los de la selva baja
superhúmeda, la mayor riqueza de los suelos les permite tener
cultivos más permanentes y la menor humedad posibilita abrir las
nuevas parcelas por el sistema de tumba y quema.
La zona del alto San Juan conocida como Chamí se encuentra al
occidente del departamento de Risaralda (aledaña al Chocó) entre
los municipios de Pueblorico, Mistrató y el corregimiento de Santa
Cecilia, en las hoyas de los ríos Agüita, Tatamá y alto San Juan
propiamente; las principales veredas son las de Purembará, Humacas,
Kundumí, La Montaña, Bidúa, Kurrumay y Parrupa. Los indígenas se
hallan intercalados con numerosa población blanca mayoritaria y de
la extensa zona que ocupaban de manera exclusiva hace unos cien
años hoy se hayan reducidos a pequeños territorios. En los
alrededores de Purembará el gobierno ha creado una reserva; allí
mismo se encuentra desde hace varios años un internado manejado por
las misioneras Lauras el cual ha constituido un significativo
factor de aculturación en la región (Cayón y Gutiérrez, 1981:
27-31).
Esta zona se ha desmontado en buena parte, por los colonos no
indígenas, para la ganadería y la agricultura, con el consecuente
agotamiento de la caza y la pesca. Esto sumado al exiguo tamaño de
las fincas indígenas hace que esta sea una de las áreas en las que
el indígena Chocó padece peores condiciones nutricionales y
económicas. Habitan aquí unos 3.000 Emberá. Esta región está
formada por las que en la colonia fueron conocidas como Cima o
Sima, Tatamá y más tarde Chamí.
Hacia el norte de la anterior se encuentra el área del alto río
Andágueda, afluente del Atrato, en el extremo oriental del Chocó.
La precariedad de las vías de comunicación (subsanada en buena
parte con la reciente apertura de la carretera Pueblorico-Tadó) y
la relativa lejanía de centros poblados han frenado en parte la
colonización blanca y es así como todavía permanecen unos 4.000
Emberaes dispersos por veredas alejadas y de difícil acceso.
Algunos de los parajes indígenas son los de Aguasal, Península,
Dabaibe, Riocolorado, Chuigo, El Salto, Pasagra, Churima, Vivícora,
Río Azul (Jai-Bia, 1983: 18-19). El principal factor de pérdida de
las tradiciones y las costumbres indígenas ha sido un internado en
Aguasal existente allí desde hace varias décadas. El descubrimiento
de una mina de oro en el sitio de Dabaibe hace seis años ocasionó
muchos problemas a la comunidad pues un hacendado blanco pretendía
apropiársela y la policía atacó a los indígenas causando varias
muertes en 1980.
Como hecho extraño se tiene que esta región del alto Andágueda
no es mencionada en los reportes coloniales pese a tener una
apreciable extensión y población, y la tradición oral aunada a las
peculiaridades culturales y lingüísticas del área, hacen pensar en
el origen precolombino de estos asentamientos.
Otra región de Emberá de montaña es la del noroccidente
antioqueño en las inmediaciones de los municipios de Dabeiba y
Frontino principalmente, aunque también hay algunos grupos cerca de
Chigo rodó, Murindó, Mutatá y Apartadó. Estos indígenas, como ya se
dijo, parecen proceder de los afluentes orientales del medio Atrato
y lingüísticamente forman con los atrateños un conjunto dialectal
que se distingue de los de origen sanjuaneño; son unos 4.500
(Aristizabal, 1983: 5).
A finales del siglo pasado estos Emberá eran prácticamente los
únicos moradores de esta extensa región, pero la colonización y más
tarde la construcción de la carretera a Turbo fueron desplazando a
los indígenas y la situación de hoy es la de veredas con unas pocas
viviendas Emberá en medio de grandes fincas. Son estos los parajes
en los que los Emberá se hallan más dispersos en medio de gente no
indígena y en donde se puede observar más patentemente el despojo
de tierras. Del gran resguardo indígena de San Carlos de
Cañasgordas que cubría una buena parte del noroccidente de
Antioquia en los que hoy son los municipios de Dabeiba, Uramita,
Frontino, Cañasgordas, Peque e Ituango, sólo quedan pequeñas
posesiones familiares indígenas.
Fue en Dabeiba en donde comenzó en 1924 su trabajo misionero la
madre Laura Montoya, fundadora de la orden misional conocida con su
nombre, con el propósito principal de cristianizar a los
Emberá.
En el departamento de Córdoba en los altos ríos Sinú y San Jorge
se encuentran unos 3.000 Emberá cercanamente emparentados con los
del noroccidente antioqueño (tienen los mismos apellidos y la
lengua es prácticamente la misma). La magnitud de los ríos los ha
hecho adoptar un modus vivendi muy fluvial. Gracias a lo alejado de
la zona y a las angosturas del río han podido conservar una parte
considerable de sus territorios si bien anteriormente sus predios
se extendían mucho más lejos río abajo. Se relacionan con el colono
no indígena sabanero de Córdoba quien no tiene una tendencia tan
expansiva como el antioqueño. El principal problema lo constituye
la proyectada hidroeléctrica de Urrá la cual va a inundar el río
Esmeraldas en el que habitan más de 1.000 de estos Emberaes y
después de diez años de iniciado el proyecto no se les ha ofrecido
una alternativa satisfactoria. También hay asentamientos en el río
Verde y el Manso, afluentes del Sinú como el Esmeraldas, o mucho
más pequeños en el Riosucio, Tolobá, San Juan y Uré, afluentes del
San Jorge.
Los datos arqueológicos y documentales indican que estas
regiones de Antioquia y Córdoba fueron, al tiempo de la llegada de
los españoles, ocupadas por gentes diferentes a los Emberá (Vargas,
1986: 30-60), se puede entonces suponer con bastante certeza el ya
planteado origen medioatrateño de los Chocó actuales del
departamento de Córdoba.
Del área del alto San Juan - Andágueda ha habido migraciones que
datan de más o menos un siglo atrás; las más significativas han
sido hacia la localidad de Cristianía, cerca del municipio de Andes
en el suroeste antioqueño (1.500 personas) o hacia los ríos
Garrapatas y Sanquimí en el norte del Valle (2.000 personas). Hay
otros muchos pequeños grupos de unas pocas familias dispersos por
la cordillera occidental desde el noroccidente antioqueño hasta el
Valle y algunos incluso han llegado al Caquetá y al Putumayo.
La cultura Chocó y sus transformaciones
Es indudable la gran similitud de los patrones socioculturales
de quienes fueron conocidos como Chocó por los españoles pero por
otro lado desafortunadamente no parecen existir testimonios o
indicios que permitan establecer las diferencias, además de unas
vagas distinciones entre gentes de los valles bajos y gentes de la
montaña, entre la distintas "provincias" Chocó
nombradas hacia el siglo XVII (Tatamá, Citará, Noanamá, Poya).
Se sabe que los Chocó respondían a una organización social muy
flexible en la que en tiempos de guerra unas decenas de hombres,
que rara vez pasaban del medio centenar, y sus familias, se
agrupaban alrededor de un jefe el cual no tenía más razones para
serlo que su valentía y destreza militar
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; a su vez estos grupos podían
aliarse entre sí para enfrentar enemigos comunes, unión que podía
levantar en armas a una o más "provincias". Estos
grupos se refugiaban en grandes casas circulares cercadas por
paredes de palma levantadas sobre altos pilotes desde los cuales
resistían los ataques enemigos, o se desplazaban en avanzadas
nocturnas para caer sorpresivamente sobre sus enemigos,
exterminarlos y quemar sus casas. En el bajo San Juan fueron muy
comentadas por los españoles las flotillas de canoas guerreras de
los Uaunana y su habilidad para combatir en el medio fluvial. Los
resultados de los primeros enfrentamientos con los españoles van
obligando a los Chocó a cambiar sus formas militares y
organizativas: ya no era posible establecerse en sitios principales
para sencillamente resistir desde las empalizadas palafíticas. Se
impone entonces refugiarse en quebradas más alejadas y en grupos
más pequeños.
Algunas de las avanzadas en las que los peninsulares ensayaban
primero métodos pacíficos tenían éxito en convencer a los indígenas
de poblarse, recibir cura y pagar tributo al rey a cambio de
herramientas metálicas, abalorios y a veces promesa de apoyo en
contra de otros indios enemigos. Pero esto sólo podía hacerse por
una institucionalización de los jefes guerreros como
"caciques" reconocidos por los corregidores
españoles. Este hecho fue ocasionando poco a poco una erosión del
reconocimiento a los jefes por sus connaturales y el desplazamiento
de la fuente de autoridad hacia el apoyo de los estamentos
coloniales. Lo anterior aunado con factores tales como el
aislamiento muchas veces irreversible de pequeños grupos en sitios
alejados, la colaboración de otros con los centros españoles (Santa
Fe, Anserma), la reducción de algunos más como complemento del
régimen minero colonial, provocaron una sensible alteración de la
dinámica social de los Chocó, impidiendo la libre división y
reagrupamiento, disolviendo ideológicamente y en la práctica la
dialéctica (división, reagrupamiento, alianzas, enfrentamientos) de
los subgrupos mayores (las "provincias" para los
peninsulares) originándose así una organización social basada
fundamentalmente en las familias y en los pequeños grupos
locales.
Es necesario subrayar que los enfrentamientos armados contra los
españoles no se sucedían de manera continua y generalizada. En el
siglo XVI los Chocó rechazaron unas diez expediciones que
pretendían alcanzar el Atrato o el San Juan. Ante tal fracaso los
españoles se concentran en afianzar las fundaciones circundantes al
Chocó: Santa Fe de Antioquia, Arma, Anserma, Toro y Cáceres
(Vargas, 1984: 48-58).
En las primeras décadas del siglo XVI se inicia un tráfico
comercial con los Emberá Tatamá del área del alto San Juan, quienes
acceden a permitir la fundación de poblados (San Juan de Castro en
1628 y posteriormente Salamanca de los Reyes); en las bocas del
Tamaná sobre el medio San Juan, los Cirambirá empiezan a colaborar
con el pueblo de la Sed de Cristo (Vargas, 1984: 69-71).
A raíz de la matanza a orillas del Atrato a la expedición de
Martín Bueno de Sancho en 1638 a manos de los Citarás, los
españoles trataron de reprimir a todas las provincias Emberá, con
el resultado de una rebelión y huida generalizada y el consiguiente
fracaso de los poblados. Luego, son los misioneros quienes
pacientemente tratan de rehacer las relaciones con los Chocó, se
vuelven a fundar poblados en el alto San Juan y en el Atrato, pero
en 1684 ocurre otra rebelión en la que se destruyen cinco pueblos
en cada uno de los dos grandes ríos (Vargas, 1984: 161-169).
Los Uaunana estuvieron pagando tributo esporádicamente desde
mediados del siglo XVII, pero no hay noticia de alguna rebelión en
grande por parte de ellos después de esta época; en 1684 fue la
única provincia Chocó que no se rebeló.
A finales del siglo XVII se habían restituido las poblaciones de
Lloró, Bebará, Quito y Neguá en el Atrato, con un medio centenar de
tributarios a lo sumo cada una. A lo largo del siglo siguiente es
reiterativa la fundación de caseríos para concentrar fugitivos
Emberá en el bajo Atrato: Pavarandó, Murrí, Riosucio, Murindó
(Isacsson, 1976: 28-31; Vargas, 1984: 169-179).
En un padrón de 1778 se mencionan los pueblos de Tadó, Noanamá,
Brazos, Sipí, Juntas y Baudó en la provincia de Nóvita; y de
Quibdó, Lloró, Chamí, Beté, Bebará, Murrí, Pavarandó en la provin
cia de Citará. Para 1804-1807 se mantenían los pueblos de Tadó,
Brazos, Sipí, Baudó en la provincia de Nóvita y los de Quibdó,
Murrí, Chamí y Tatamá en la provincia de Citará (Documentos del A.
H. N. citados por Wassen, 1963: 35-38).
La situación fue entonces la de jalonazos de huida expansiva
tras las rebeliones (siendo las más importantes las de 1638 y 1684)
huida en la que van despejando su camino de tribus enemigas:
Membocanas en el Baudó, Burumiás en el Bojayá, Cunas en el bajo
Atrato. Pero siempre quedó un número considerable de Chocoes que de
alguna manera aceptaban la reducción y por lo tanto la influencia
"civilizada" y cristianizante.
Algunas de las principales poblaciones chocoanas actuales se
originaron en los poblados indígenas que finalmente tuvieron una
continuidad desde el siglo XVIII: Quibdó, Lloró, Sipí, etc.
Al extinguirse el régimen colonial los indígenas retornaron a
las selvas y algunos poblados que no habían integrado población no
indígena desaparecieron: San Juan del Chamí en el alto San Juan,
Juntas y Brazos en el medio San Juan, Baudó en el río del mismo
nombre. Otros decayeron notablemente y hoy existen como pequeños
caseríos de población negra: Noanamá en el San Juan; Beté, Bebará,
Murrí y Pavarandó en la zona del Atrato. Se ve entonces como los
Chocó han estado recibiendo desde principios del siglo XVII una
continua influencia externa, aunque algo accidentada, por parte de
españoles y africanos en un principio y por sus descendientes
criollos después. En este sentido no es posible hoy hablar de una
cultura indígena Chocó primigenia, sino de procesos de mayor o
menor aculturación, de sincretismos y readaptaciones. Las
herramientas de madera, piedra y hueso fueron reemplazadas por las
metálicas lo que a su vez transformó la escala productiva en cuanto
a apertura de parcelas, construcción de casas y canoas por nombrar
sólo actividades de mayor monto. La cacería se innovó con la
introducción de perros y de armas de fuego. Las telas de corteza se
reemplazaron por tejidos industriales, etc. Elementos de las
creencias cristianas fueron fundiéndose con las vernáculas
mitologías, nuevos ritmos e instrumentos musicales empezaron a
hacer presencia en los festejos; elementos del habla castellana
fueron introduciéndose en el idioma indígena, las chaquiras de
vidrio europeo y la plata sustituyeron los adornos originales de
oro, semillas y dientes.
A principios del siglo XX se tenía una situación en la que una
parte notable de manufacturas y herramientas provenían del mercado
pero el "modelo" en general era substancialmente
indígena. Luego la irrupción de la navegación de motor y de la
aviación, la apertura de carreteras, la radio, la consolidación y
crecimiento de pueblos de colonos paisas en la cordillera desde
mediados del siglo XIX, y sobre todo la implementación de escuelas
e internados en las comunidades indígenas, en general el desarrollo
del capitalismo en el occidente colombiano y la
"integración" de los hasta entonces insulares
territorios nacionales en el Pacífico, fueron provocando el
paulatino reemplazo del "modelo indígena" por el
"modelo colombiano" ya fuera encarnado por
blancos o por negros.
De acuerdo a testimonios escritos, orales y a lo que se ha
podido observar directamente en las zonas más tradicionales, los
elementos culturales que han sufrido o están sufriendo más ingentes
transforma ciones son los de el vestido y el aspecto personal; la
práctica de algunas artesanías como la cerámica; la celebración de
rituales como la iniciación femenina, la imposición del nombre a
los niños, la inauguración de casas, o la recolección de la
cosecha; la narración de relatos tradicionales; la transmisión del
conocimiento médico botánico; numerosas palabras y giros
lingüísticos; la forma de la vivienda; las pautas
matrimoniales.
El proceso de aculturación no es uniforme, algunas zonas lo
presentan más intenso que otras, y rasgos que en ciertas partes han
desaparecido en otras se conservan. De seguir espontáneamente el
proceso seguramente se debilitarían cada vez más la cultura y la
sociedad indígena. El tipo de organización social, surgido después
de la resistencia armada, basado en la independencia de las
familias y en la migración, que garantizó la supervivencia de la
etnia hasta el presente, hoy ya no es una respuesta adecuada y es
así como surge una organización de nuevo tipo acorde con el
movimiento de reivindicación indígena que se da en todo el país.
Por un lado la constitución de numerosos cabildos
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y organizaciones
regionales en la costa caucana y nariñense, en Risaralda, en Chocó
y en Antioquia, que propenden por la vigencia de la cultura y por
los derechos de la sociedad indígena; por otro lado las numerosas
creaciones de Resguardos Indígenas por el INCORA (aunque todavía
faltan muchas comunidades) lo que equivale a reconocer a la
comunidad como propietaria colectiva de la tierra, da una cierta
garantía de que el proceso de despojo territorial no
continuará.
En los últimos cinco años prácticamente el 90% de la población
indígena Chocó se ha organizado en cabildos; se empieza a cerrar
entonces el capítulo de la dispersión política Chocó para entrar a
una era de trabajo organizado y consciente, no del todo fácil pues
el cabildo es una institución nueva entre los Chocó y aunque es
bien recibida por las comunidades supone un apreciable cambio en el
comportamiento sociopolítico.
|
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|
|1
|
Se ha denominado como Chocó al grupo étnico compuesto por los
indígenas Emberá y por los Uaunana, de similar cultura y gran
afinidad lingüística.
|
|
|2
|
Los detalles lingüísticos no son pertinentes en este artículo;
en Pardo 1986 pueden encontrarse numerosas referencias y abundante
bibliografía.
|
|
|3
|
Wassen en su escrito de 1963 ha planteado la probable filiación
Chocó de los Cirambiraes, pág. 31.
|
|
|4
|
Tanto la Serranía del Baudó como su mucho menos pronunciado
afloramiento sur llamado "de los Uaunana", son
ondulaciones de poca altitud y no presentan mayores alteraciones
del clima selvático super húmedo.
|
|
|5
|
"...
|la declaración expresiva de un misionero
franciscano: ...sólo tienen respeto al que reconocen más valiente,
y a ese le obedece hasta el cacique". Citado por
Isacsson, 1976: 31.
|
|
|6
|
Los cabildos son juntas de dirigentes elegidos por cada
comunidad indígena y son reconocidos como autoridad civil local por
la Ley 89 de 1890. Este derecho fue desconocido por la mayoría de
los grupos indígenas del país hasta hace unos cinco años.
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