|
|
|
LOS ÚLTIMOS INDIGENAS CHIMILAS
GUSTAF BOLINDER
|Traducción de Sonia Goggel
Fotografías: Jorge Mario Múnera
Con motivo de las dos expediciones que efectué durante los años
de 1914/15 y 1920 en el norte de Sudamérica, tuve la oportunidad de
un corto encuentro con indígenas chimilas de los bosques alrededor
del Río Ariguaní, el cual baja de la Sierra Nevada y desemboca en
el Río Cezár (sic). Desafortunadamente estas visitas, en cuanto a
su duración, fueron muy limitadas, ya que en ambos casos estaba a
punto de regresar a Europa y, aparte de eso, no era fácil encontrar
las chozas de los indígenas.
En octubre de 1915 crucé, acompañado por mi sirviente indígena,
Francisco, los bosques que se encuentran en el camino entre la
ciudad de Valledupar y el punto final del ferrocarril de Santa
Marta, Fundación, en búsqueda de indígenas chimilas que se decía
debían vivir allí. Habíamos calculado algunos días para encontrar a
los indígenas, a los cuales deseaba conocer sin falta. A causa de
la estación de lluvia reinante nuestro propósito fue
considerablemente dificultado, ya que los caminos se encontraban
pantanosos e inutilizables. Constantemente nos rondaban insectos.
De día éramos atacados por "moscas de arena",
llamadas jejens (sic), de noche por mosquitos de fiebre y al
atardecer nos manteníamos muy ocupados tratando de liberarnos de
garrapatas y niguas. El Río Ariguaní había crecido
considerablemente a causa de la lluvia, lo cual nos obligó a pasar
24 horas en la orilla oriental antes de poder atravesarlo con los
caballos y con nuestra única mula cansada y entumecida. Esta larga
espera nos fue de todos modos provechosa, ya que por casualidad
encontramos a un hombre sólo y enfermo, acostado a la orilla del
río: había sido mordido por una serpiente. Le ayudamos lo mejor que
pudimos y se evidenció que él era la única persona entre las que
nos habíamos topado hasta ese momento, capaz de describirnos el
camino que nos llevaría a donde los chimilas. Después de cruzar el
río anduvimos errantes a lo largo de la orilla durante largo rato,
buscando un sendero entre la hierba enmarañada y de la altura de un
hombre. Gracias a la sagacidad de Francisco finalmente encontramos
un camino muy malo, el cual tenía la apariencia de ser el que nos
llevaría a donde los chimilas. Nos vimos obligados a dejar los
caballos y la mula en la orilla, ya que era absolutamente imposible
llevarlos por ese camino. Empero sólo caminamos unas pocas horas
para llegar a la primera choza chimila, una casa grande totalmente
cubierta por hojas de palma.
Los indígenas que se encontraban en la casa, un hombre de edad,
una mujer, un muchacho y una mujer de mediana edad con un bebé, si
bien no nos recibieron con abierto desaire de todos modos fueron
muy reservados. A alguna distancia vivía otro hombre, solo, en una
casa grande y similar a la anterior, a la cual, además, pertenecían
dos chozas abiertas que servían de despensa. Desgraciadamente sólo
nos fue posible quedarnos durante ese día donde los indígenas, ya
que debíamos regresar al encuentro de nuestros animales. Además,
estábamos tan retardados que en Fundación ya se había ordenado la
preparación de una expedición de rescate, como más tarde nos
enteramos. De todos modos nos fue posible recoger una pequeña pero
muy interesante colección de utensilios.
Después de haber finalizado mi expedición donde los indígenas
goajiros, paraujanos y motilones en 1920, llegamos a Barranquilla a
esperar un barco. Resultó, empero, que antes de la salida del barco
teníamos una semana a nuestra disposición, lo cual me llevó a la
decisión de visitar de nuevo a los chimilas. El fotógrafo de la
expedición y yo viajamos a través del delta del Río Magdalena hacia
Ciénaga y de allí con el ferrocarril a Fundación, mientras que mi
mujer permanecía en Barranquilla. En Fundación nos fue dicho que
sólo restaban 14 indígenas chimilas y que vivían en un pueblo entre
Fundación y el Río Magdalena. Además, nos comentaron que estos
indígenas se habían mezclado con los criollos, y por lo tanto
habían adoptado todas sus costumbres, por lo cual nosotros perdimos
todo interés por visitarlos. Decidimos, por consiguiente,
arriesgarnos a perder o a ganarlo todo y nos dirigimos de nuevo al
Ariguaní, donde los criollos habían fundado algunos poblados en ese
tiempo. Esperábamos obtener de ellos información más precisa acerca
del paradero de los chimilas. Como no nos fue posible conseguir
caballos a precios razonables decidimos ir a pie, acompañados por
un peón, y llevar con nosotros un burro de carga. También ésta vez
el camino fue nada menos que agradable. Pese a que nos
encontrábamos viajando a finales de enero, es decir, en la estación
seca, ya en la primera noche nos sorprendió la lluvia. Buscamos
refugio en una choza del bosque, de donde fuimos espantados después
de algunas horas por innumerables mosquitos. Según nos informaron
los colonos blancos asentados a orillas del Ariguaní,
encontraríamos unos pocos indígenas chimilas un buen trecho río
arriba. Las chozas que había encontrado en 1915, desde hacía mucho
tiempo estaban abandonadas y quemadas. Después de dejar atrás
nuestro burro de carga, buscamos un camino a lo largo del río, y
nos fue posible alcanzar nuestra meta por pura casualidad.
Caminamos tres días y tres noches casi sin dormir. Encontramos dos
pueblos contiguos, uno con ocho chozas y el otro con dos. Un sólo
ser viviente estaba en casa: una mujer vieja, ciega, cubierta de
heridas y que no hablaba castellano. Esperamos todo el día la
llegada del resto de los habitantes, los cuales apenas aparecieron
al atardecer y eran un hombre, dos muchachos, una mujer de edad y
una mujer joven, así como un niño. Los hombres primero se nos
acercaron con el arco tendido y las flechas listas para disparar.
Probablemente los asustó la filmadora que habíamos puesto frente a
las chozas. Sin embargo, se tranquilizaron rápidamente y aceptaron
algunos collares, cuchillos y otros regalos. Los muchachos sabían
un poco de castellano, ya que habían trabajado durante un tiempo
con los criollos. Así nos enteramos de que en verdad sólo eran
siete personas, aunque al construir las chozas habían sido más. Tal
vez los otros habían muerto en epidemias de sarampión o de gripa,
las cuales habían causado muchas víctimas entre los indígenas y
criollos del departamento del Magdalena en el año anterior. Según
sus declaraciones no existían otros indígenas chimilas fuera de
ellos -a los indígenas medio civilizados, antes nombrados, de más
abajo del Río Magdalena no los consideraban como tales, ya que
aquellos no querían saber nada de sus hermanos tribales
independientes-. Los muchachos, además, nos comentaron que no se
atrevían a ir donde los blancos mientras el viejo estuviera vivo,
pero que se les hacía difícil resistir las ganas de ir, ya que
donde estaban no podían conseguir mujeres. Un indígena de todos
modos depende mucho de la ayuda femenina, ya que existen una serie
de trabajos que no pueden ser efectuados por los hombres. El viejo
había acaparado para sí las dos mujeres aptas para trabajar. El
otro muchacho era hijo del viejo y de una mujer ya muerta.
El viejo y las mujeres nos trataban con constante desabrimiento.
Ni siquiera nos fue permitido dormir en sus chozas sino que nos
vimos obligados a pasar la noche al aire libre sobre un lecho de
hojas de palma. Además, las hamacas de los indígenas son demasiado
cortas para nosotros. En lo que concierne a alimentos, sólo pudimos
conseguir algunas batatas y una única yuca. De todos modos los
chimilas disponían escasamente de los víveres para sobrevivir. Los
maizales que circundaban las chozas tenían un aspecto
desesperadamente magro. En la cacería, de la que acababan de
regresar, no les fue posible conseguir ninguna presa. Según sus
informaciones era la primera vez que esas chozas eran halladas por
blancos y estaban muy afligidos a causa del descubrimiento de su
refugio. Nos vimos obligados a abandonar ese sitio ya el día
siguiente. Los dos muchachos nos acompasaron un buen trecho,
probablemente para estar seguros de que realmente nos marchábamos.
Sin embargo, logré completar mi pequeña colección de 1913 (sic) y,
además, me fue posible hacer algunas filmaciones.
Los indígenas chimilas son mencionados varias veces en la
literatura antigua, aunque se habla de su salvajismo y de su
belicosidad, más que de su cultura. En 1514 Oviedo describe los
indígenas de la costa de la región de Santa Marta, los cuales
tenían varios rasgos en común con los chimilas en lo que concierne
a la cultura. Culpa a esos indígenas de ser caníbales, ya que en
sus chozas, repetidas veces, se tropezó con fragmentos de cuerpo
humano colgados, manos humanas saladas (?), y, además, vio que
llevaban collares hechos con dientes humanos ensartados. No
obstante se puede suponer que en este caso se trata de trofeos o,
quizá, simplemente de extremidades de simios. Cuando Ximenes de
Quesada viajó con sus tropas desde Santa Marta hacia el sur en
1536, se encontró con indígenas belicosos. Les disparaban flechas
envenenadas y los heridos morían, a más tardar, el séptimo día.
Entre otras también cruzaron la provincia
"Chimila", la cual se hallaba 40 leguas al sur de
Santa Marta, es decir, no en la región de Ciénaga y Fundación,
donde ahora se establecieron grandes plantaciones de banano
|1
. Aguado
también describe a los chimilas como hombres desnudos y belicosos y
dice que les causaron más daños a los españoles que los españoles a
ellos
|2
.
En otro trabajo Aguado comunica que los chimilas acostumbraban
vivir en las cercanías del mar y cerca de Santa Marta. Piedrahíta
menciona que estaban establecidos hacia
"Sienaga". Castellanos cuenta como Lope de Orozco
mandó al capitán Antonio Cordero que poblara la provincia Chimila
con blancos y relata los combates que padecieron contra ellos
|3
|4
.
Julián relata que en su tiempo los chimilas constituían un
peligro para los que viajaban por el Río Magdalena y que, además,
asaltaban a los viajeros que se dirigían hacia la Provincia (Valle
del Cezar) (sic). Su tribu parece haber comprendido unas 200
familias. Hacían insegura toda la región desde el departamento del
Magdalena hasta Molino y Villanueva (?), al igual que desde Santa
Marta hasta Tamalameque. Construían chozas de pasto. De resto
Julián se preocupa, sobre todo, por comunicar lo que se había hecho
para pacificar a los indígenas y hace propuestas de cómo se podría
lograr mejor esa pacificación. Según sus afirmaciones los chimilas
asaltaron una vez a un clérigo, le robaron los cálices de la
iglesia y los fundieron para hacer puntas de flecha
|5
.
Nicolás de la Rosa escribe que los chimilas vivían en las
montañas arriba de Río Frío hacia la costa y que andaban vagando
por las montañas arriba de Santa Marta (?). Según sus afirmaciones
el nombre chimilas o chimiles significa que son numerosos. Andaban
desnudos tapándose sólo los organos genitales con una fruta o una
cápsula. Usaban coronas de plumas, tenían el pelo largo y se
pintaban el cuerpo para protegerse contra los insectos. Sus ataques
los realizaban por medio de emboscadas y eran hábiles en el manejo
de arco y flecha. Con su aspecto salvaje y sus singulares gritos de
guerra infundían profundo pánico. Entre ellos se encontraban
monstruos que poseían dobles filas de dientes. Los españoles los
castigaban reduciendo a cenizas varias de sus poblaciones
|6
.
El único que, según mis conocimientos, visitó a los chimilas en
tiempos recientes es De Brettes, el cual realizó varias
observaciones interesantes sobre ellos
|7
. La siguiente descripción será
complementada con esas observaciones, al igual que con las pocas
informaciones que aparecen sobre los chimilas en la literatura
antigua. Me parece pertinente mencionar que Reclus, el cual en sus
viajes no llegó más allá de la parte noreste de la Sierra Nevada,
informa que los chimilas parecen haberse asentado en la Sierra de
Perija (sic)
|8
. Evidentemente se trata aquí
de una confusión con los indígenas motilones, lo cual es confirmado
por Julián que dice que los chimilas parecen haber vivido cerca de
Villanueva y Molino.
Desde hace algunas décadas las plantaciones de banano, cuyo
centro anteriormente era Río Frío, se estaban expandiendo hacia el
sur. El ferrocarril fue llevado hasta Fundación y, hasta mucho más
arriba del camino a Valledupar, subiendo por los bosques, se
talaron los árboles y se colonizaron nuevas tierras por doquier. De
esta manera los chimilas, que de todos modos no podían soportar las
condiciones de la civilización, fueron desplazados cada vez
más.
Los indígenas chimilas que encontramos algunas millas al norte
del camino entre Fundación y Valledupar, y cerca del Río Ariguaní,
probablemente eran los últimos restos independientes de una tribu
antiguamente grande y guerrera.
Voy a pasar ahora a describir, hasta donde me es conocida, la
cultura material de los indígenas chimilas.
Como ya había mencionado más arriba, en mi visita en el año 1920
encontré no menos de 10 chozas, no obstante la mayoría de ellas se
encontraban vacías. La base de las viviendas es ovalada. Son
formadas simplemente por un techo erigido directamente sobre el
suelo. Este techo se compone de vigas que van desde el suelo hasta
la cumbrera y son unidas por palos colocados en la parte exterior y
amarrados con lianas. En estos palos se fijan las hojas de palma.
Esta estructura es sostenida por postes de 1 1 / 2 a 2 mts de
largo, unidos por varas colocadas horizontalmente encima o por
lianas entrelazadas. Estos postes forman una armazón interior de
ocho esquinas, tal como puede observarse en la Fig. 1 B. El techo,
generalmente, es cubierto desde su cúspide hasta el suelo, y se
utilizan para ello hojas de palma dispuestas a manera de tejas. (De
Brettes también representa una choza chimila de base redonda cuyo
techo termina en punta). La abertura de la puerta se encuentra en
uno de los dos lados largos y generalmente es sombreada por un
pequeño techo de hojas de palma saliente. Este techito es sostenido
por palos que salen horizontalmente de los postes de la puerta y
son amarrados a estos. La puerta a menudo es muy baja, de manera
que hasta los indígenas, que generalmente son de baja estatura, se
ven obligados a inclinarse profundamente para poder entrar a la
choza. La abertura de la puerta puede ser cerrada en la noche por
una gran hoja de palma. En una de las chozas había un orificio en
el techo, el cual aparentemente servía para dejar entrar la luz, ya
que el humo de todos modos sale por entre las hojas de palma del
techo. Por lo demás el interior de la choza es oscuro. Uno o más
fogones arden constantemente dentro de la choza. Preferiblemente se
encuentran cerca de uno de los frontones o un poco en el lado.
Frecuentemente también se observa un fogón localizado fuera de la
casa y que arde, sobre todo, durante el día. En un extremo de la
choza por lo general se encuentra un piso elaborado de caña o de
algún material parecido, dispuesto a través de las varas que unen
los postes que sirven de: soporte al techo. Los listones y palos
que forman ese piso a veces se colocan sueltos, pero usualmente se
ajustan a las varas horizontales que se encuentran por debajo. A
veces también se encuentra una plataforma especial que se apoya
sobre tres o cuatro postes que son unidos por varas horizontales,
las cuales se ajustan a los postes por medio de pinzas. Sobre estas
varas finalmente se disponen los listones. Estas estanterías hechas
de listón se utilizan para depositar canastos con diferentes
contenidos, como calabazas, etc. Puede también ocurrir que en vez
de dormir en las hamacas se utilicen como lecho estos estantes. Es
usual utilizar el techo para fijar a él toda clase de utensilios,
como serían flechas, materiales para hacer flechas, husos, etc.
Además, de los postes cuelgan bolsas y mochilas. En mi primer
visita observé que habían colgado gran cantidad de tortugas
terrestres en cuerdas que se extendían a lo largo de las paredes.
Estas movían lentamente las patas y al ser tocadas silbaban y
escupían. De esta manera los chimilas almacenan carne fresca, ya
que estos animales resistentes pueden vivir durante semanas sin
comer ni beber. Aquí y allá cuelgan las hamacas teñidas de color
pardo, en las cuales se descansa durante el día y se duerme en la
noche. Se encuentra también otro tipo de choza que tiene un techo
de dos aguas sin frontón. Las vigas en estas chozas generalmente no
se prolongan hasta el suelo, o cuando esto es el caso no se
considera necesario cubrir la parte inferior con hojas de palma.
Estas chozas parecen ser usadas como despensa, sin embargo, a los
indígenas les gusta dormir la siesta durante el día en ellas, ya
que son más aireadas que las otras. En estas chozas también se
encuentran plataformas y estanterías, las cuales, a menudo, ocupan
la mayor parte del espacio, por lo cual estas chozas a veces sólo
consisten en una plataforma y un techo que las cubre. Estas chozas
son siempre considerablemente más pequeñas que las primeramente
descritas. En la construcción de la choza a menudo se aprovechan
árboles fijos desramados.
Las grandes viviendas de los chimilas coinciden perfectamente
con los "Palenques" de los indígenas de
Centroamérica, lingüística- mente emparentados con ellos. Además
ambas culturas presentan diversos rasgos en común. Dr. Gabb
|9
hace 50
años describió las chozas de los bribris de la siguiente manera:
"Las casas de los bribris normalmente son circulares,
tienen 30 a 50 pies de diámetro y aproxmadamente lo mismo de
altura. La estructura se compone de largas vigas que se extienden
desde la base hasta la cúspide y reposan sobre un anillo de
enredaderas o de varas de mimbre amarradas en paquetes de ocho a
diez pulgadas de grosor. Este anillo a su vez descansa sobre una
serie de postes verticales bifurcados, inmersos en el suelo y
dispuestos en un círculo aproximadamente un tercio más pequeño que
la circunferencia exterior de la casa. Si la casa es grande
encontramos uno o dos anillos más, dependiendo del tamaño de
aquella, que se colocan por encima del anillo base y en vez de
descansar sobre postes se ajustan a las vigas inclinadas del techo.
Toda la estructura es densamente cubierta con hojas de palma y
rematada en su cúspide con una vasija vieja de barro, para evitar
que la lluvia penetre al interior. La única abertura que tiene la
casa es una puerta grande y cuadrada en uno de los lados. Encima de
la puerta a veces se coloca una pequeña cubierta para proteger
contra la lluvia. El interior de la casa es siempre muy oscuro. A
veces los bribris en vez de construir la casa con base circular la
hacen elongada y con cumbrera. Además los extremos son redondeados
y con la puerta en uno de los extremos".
Skinner
|10
visitó a estos indígenas en
1917 y sólo encontró dos chozas de este tipo. Ambas eran cónicas y
por lo demás el tipo de construcción coincidía con la descripción
hecha por Gabb. Allí nuevamente se hallaban las estanterías
rectangulares para almacenar toda clase de artículos. Bovallius
|11
retrató un "Palenque" parecido al de los
chimilas; sin embargo, éste no tenía una abertura en el techo para
dejar entrar la luz, pero en el frontispicio se encontraba una
puerta sombreada por un techito. Esta casa multifamiliar medía 30
mts de largo, 18 mts de ancho y 15 mts de alto. Contra sus paredes
se hallaban ocho lechos de 1 mt de ancho por 2 mts de largo, hechos
de palitos de cocotero o de caña de azúcar, así como una
estantería. Según Sapper
|12
las tribus chibchas
construyen chozas circulares u ovaladas cuyos techos se prolongan
hasta el suelo y descansan sobre varillas que están dispuestas en
forma de octágono. Estas chozas se contraponen a las chozas
cuadrangulares y con techo de dos aguas o inclinado que construyen
las tribus del norte de Centroamérica. A veces los techos de las
chozas chibchas no llegan hasta el suelo. En esos casos se
construyen paredes en forma de cerca. El techo termina en una
cumbrera corta, algo arqueada, o en punta la cual es cubierta con
una vasija cerámica para proteger el interior de la vivienda contra
la lluvia. Cuando las viviendas son alargadas la cumbrera es
horizontal. Las viviendas de los Guatuso tienen techos de dos
aguas, los cuales en sí se componen de dos simples cobertizos
colocados juntos. Este tipo de techo también es usual donde los
motilones
|13
, los cuales, además,
construyen viviendas tipo "Palenque". A este tipo
de "Palenques" Sapper les da el nombre de
verdaderas "casas en forma de toldo"
sudamericanas. Es evidentemente visible que las chozas de los
talamancas son muy parecidas a las chozas de los chimilas.
También donde los cuevas se encuentran chozas adornadas en su
cúspide con una vasija de cerámica
|13
. Un tipo de choza con
parentesco muy cercano al "Palenque" es la de los
arhuacos de la Sierra Nevada
|14
. Al oeste del Río Magdalena
también se encuentran casas multifamiliares de base circular
|15
.
"Palenques" de base elíptica se hallan, entre
otras, en el área Xingu y en el área Araguaya, así como más al
occidente donde los ipurinas, yamamadis y paumiris
|16
. La forma
circular puede ser considerada como la original. Los tipos de
"Palenques" son, por lo demás, bien conocidos y
no es de mi interés entrar aquí en detalles minuciosos en cuanto a
dibujos de construcción. Tales dibujos fueron publicados, entre
otros, por Steere
|17
.
En cuanto a las estanterías y a los lechos cabría añadir que se
encuentran también en otras tribus chibchas, como, por ejemplo, en
los ijcas
|18
, en los guaimi y en los
dorasque
|19
, así como en los chibchas
propiamente dichos
|20
. Nordenskióld publicó un
mapa de la difusión de las tribus en Sudamérica
|21
. Varias de las
tribus que son de interés aquí, como los cuevas, los ijcas y los
chibchas de Centroamérica utilizan tanto lechos como hamacas.
Los indígenas chimilas generalmente duermen en hamacas. Durante
mi primer visita solamente vi hamacas de algodón teñidas de color
pardo. No obstante en 1920 me fue posible adquirir una hamaca burda
de fibra de corteza. La técnica de manufactura es la misma
utilizada por los pueblos vecinos: son las llamadas
"barred hammocks". En los extremos de la hamaca
se ponen palos transversales a los cuales se ajustan las cuerdas
para colgar la hamaca. Las hamacas son demasiado cortas para
europeos de gran estatura. Las hamacas son untadas por los
durmientes de la pintura roja que estos se echan en todo el cuerpo.
Los arhuacos que viven en las cercanías solamente tienen hamacas de
fibra de corteza, mientras que los goajiros que viven más lejos
tienen hamacas tanto de fibra de corteza como de algodón. En
tiempos más antiguos Oviedo (1514)
|22
encuentra hamacas de algodón
en la región de Santa Marta, Simon
|23
las encuentra más allá en el
área de Cartagena y Enciso
|24
alrededor de Cenu. Las
tribus chibchas de Centroamérica utilizan hamacas de fibra de
corteza.
A los indígenas chimilas les gusta sentarse tanto por dentro
como por fuera de la casa en banquitos. Estos se tallan en madera
de una pieza y tienen dos patas, las cuales consisten en dos
tablitas de madera que nacen a partir de los lados longitudinales
de la superficie del banquito. El ejemplar que se ve en la Fig. 16,
tomada de De Brettes, es bastante más alto que el traído a casa por
mí
|25
.
La difusión del banquito en Sudamérica fue estudiada entre otras
por Saville
|26
y P. Schmidt
|27
, a cuyos
trabajos me permito remitirme. El tipo de banquito chimila parece
haberse difundido hacia el oriente. Los arhuacos, los goajiros y
los talamancas utilizan banquitos de otro tipo: con cuatro patas
|28
/
|29
.
El vestido de los hombres chimilas consiste en un taparrabo
tejido de algodón. Cuando conseguimos adquirir esta prenda, lo que,
por lo,demás, fue difícil, descubrimos que el hombre llevaba
interior mente una faja del mismo material, la cual era tan larga
que era posible anudar un extremo alrededor del cuerpo y llevar el
otro extremo por entre las piernas de atrás para adelante, un poco
por debajo del extremo atado alrededor del cuerpo, y dejarlo
colgando unas pulgadas en la parte delantera. Según sus
afirmaciones los hombres también usan portapenes de calabaza. El
taparrabos aquí representado está adornado tanto con franjas de
colores entretejidas como con figuras negras pintadas que,
supuestamente, representan ranas, lagartijas y humanos. Telas
pintadas de este tipo se encuentran, según datos antiguos
|30
/
|31
, donde
los chibchas y probablemente también en la región de Santa Marta,
donde telas de algodón preciosamente teñidas eran muy frecuentes
|32
.
Además, donde los bribris parece haber telas pintadas
|33
.
Taparrabos parecidos, para hombres y mujeres, se encuentran
también donde los talamancas, sin embargo no son pintados sino que
son adornados con franjas entretejidas
|34
. Las tribus chibchas de
Centroamérica también utilizan telas de fibra de corteza
|35
. Los
portapenes antes nombrados fueron hallados por Oviedo
|36
en la región de
Santa Marta y, entre otras, también se menciona su presencia en el
Darién
|37
y en el Río Zulia
|38
.
Nicolás de la Rosa también los encontró donde los chimilas. P.
Schmidt publicó algunas informaciones acerca de su difusión en
Sudamérica
|39
. Los chimilas se atan
fuertemente los brazos y las piernas con hilo, para conservar la
fuerza.
Las mujeres chimilas se visten con enagüillas de algodón, así
como con una capa que consiste en un pedazo rectangular de tela de
algodón sin teñir. Esta tela se dobla por la mitad y se anuda sobre
uno de los hombros con los hilos de remate de la tela, de manera
que un lado quede abierto y un hombro destapado. Esta capa llega
hasta la pantorilla o hasta el tobillo. Este traje es, como bien
puede apreciarse de tipo mejicano. Sin embargo se encuentra hasta
donde los paeces, lejos en el sur
|40
.
El mismo tipo de capa también es común donde las mujeres
arhuacas. Sin embargo donde los kagabas se aprieta alrededor del
cuerpo y donde las mujeres ijcas la capa doble se ajusta con un
cinturón.
Donde los chimilas ambos sexos llevan el cabello largo. Usan muy
pocas joyas: solamente a veces se ponen collares hechos de semillas
|41
.
Sobre todo los hombres se pintan todo el cuerpo con achiote (Bixa
orellana). Ellos mismos aseguran que ese color los protege contra
los insectos
|42
, afirmación que se debe
aceptar con precaución, ya que, pese a la pintura, los insectos los
fastidian constanemente y, además, se rascan incesantemente. La
costumbre de pintarse todo el cuerpo no me es conocida de ninguna
otra tribu del departamento del Magdalena. Desde luego las mujeres
goajiras se pintan el rostro con color negro o rojo para no
quemarse con el sol. Nunca ví que los chimilas se pintaran figuras
en el cuerpo. Todos los indígenas chimilas presentaban síntomas de
desnutrición. Ante todo los adultos se veían particularmente
escuálidos, con el cuerpo cubierto de heridas y débiles. Todos
sufrían de una enfermedad de la piel generalmente inofensiva,
llamada Carate o Jovero, que deja unas manchas sin pigmento o que
le da a la piel un desagradable tinte azul o violeta. Esta
enfermedad es muy común en la población mulata del departamento del
Magdalena, no obstante no se presenta entre las otras tribus del
departamento (tribus arhuacas, goajiros y motilones). Parece
tratarse aquí de una enfermedad típica de las tierras bajas
tropicales y, ante todo, de las regiones cubiertas de bosques.
Aparentemente no es contagiosa, pero parece ser hereditaria, si
bien los niños apenas se enferman al llegar a una cierta edad.
Según las creencias aquí difundidas la enfermedad se transmite a
través de las relaciones sexuales. Según Nordenskióld la enfermedad
es típica de las zonas selváticas a lo largo de los Andes y la
observó en las siguientes tribus: Yuracare, Chimane, Mosetene,
Chama, Tambopata, Guarayo, Atsahuaca y Yamaica. El Valle Masicuri
es el punto más meridional de su aparición, donde es llamada
"Tiña" y "Azulejo"
|43
. Koch-Grünberg
observó esta enfermedad en el noroccidente del Brasil, donde se
llama Puru-Puru; además la vio en el alto Tiquié, a lo largo de
todo el Icana y sobre el Río Aiary
|44
. Simson la vio en el alto
Marañón
|45
, Whiffen
|46
donde los
indígenas del Río Napo y sobre el Amazonas la encontraron Bates
|47
y
Wallace
|48
. Spruce en un informe
menciona que los Puru-Puru son indígenas con manchas que viven en
la parte baja del río y de quienes la enfermedad recibió su nombre
|49
.
Sapper la denomina "enfermedad de las tierras
bajas" en Costa Rica (Jiote o Tiña; Cativi, en Honduras y
en Nicaragua, parece ser idéntico con Tiña)
|50
. Lehmann cita la
misma enfermedad en Centroamérica (Bulpís, bien te veo, Carate,
Pinto; donde los negros Karaibes (sic) lleva el nombre de
Uale-Dale)
|51
.
Restrepo relata que los vecinos de los chibchas, los tunebos de
los Llanos, concebían las manchas del Carate como signo de belleza.
Cuando una mujer no tenía manchas de ese tipo ingería una decocción
para provocar la enfermedad
|49
.
Los chimilas parecen alimentarse principalmente de la
agricultura. Hasta donde pude comprobar las plantas cultivadas más
importantes eran el maíz y la yuca dulce. No obstante, además me
fue posible localizar auyama, algodón, plátano, papaya, batata,
ñame y pimienta.
En las descripciones del área de Santa Marta, hechas por Oviedo,
encontramos que se cultivaba maíz, yuca, guayaba, guanábana, mucha
piña y otras frutas. Enciso escribe sobre una planta que
probablemente es la guayaba. Además encuentra algodón y, hacia el
occidente, maíz y yuca dulce. Nicolás de la Rosa dice que los
chimilas tienen maíz, yuca, papas (¿batatas?) y ñame.
Alrededor de las últimas chozas que visitamos el bosque se
encontraba desmontado insuficientemente y se había plantado maíz.
El resultado empero tenía apariencia muy miserable. Aquí se suele
usar la coa, pero para sembrar también se utiliza la punta de la
maza para hacer los huecos. Como ya dije anteriormente, parece que
los indígenas sufren de escasez de alimentos. La caza ahora es muy
difícil, ya que hasta los simios se volvieron escasos en estos
bosques. Según dicen parece que a veces matan peces en el río con
archo y flecha (para lo cual usan flechas con punta de madera). No
me fue posible averiguar si saben envenenar el río para pescar.
Empero, los criollos, al igual que los indígenas motilones utilizan
dicho método constantemente. También aquí, en este departamento, al
igual que donde los paraujanos del Golfo de Maracaibo es muy común
matar peces con arco y flecha. Los únicos animales domésticos que
encontramos eran unos perros de raza no identificable. Oviedo
también menciona perros en la región de Santa Marta
|52
.
|
|1
|
"La provincia que se llama Chimilla que es el confín y
en la halda de los indios flecheros caribes". Oviedo y
Valdés, Historia General y natural de las Indias. Madrid 1851, 1,
pág. 154.
|
|
|2
|
Aguado, Historia de Santa Marta, Madrid 1916-17 1, pág. 164. El
mismo, Historia de Vene- zuela. M. 1, pág. 12.
|
|
|3
|
Piedrahíta, Historia general de las Conquistas del Nuevo Reino
de Gra- nada, Amberes 1688, 1, pág. 66.
|
|
|4
|
Castellanos. Elegías de varones ilustres, Madrid 1874. 11, pág.
360.
|
|
|5
|
Julián, La perla de América, Madrid 1787. pág. 154.
|
|
|6
|
Nicolás de la Rosa, Floresta de la Santa Iglesia Catedral de la
Ciudad de Santa Marta 1739, traducido por (I) Nicholas, Amer.
Anthr. 1901 y (2) Sievers, Globus 1888 (1), pág. 618. (2), pág.
236.
|
|
|7
|
De Brettes, Chez les Indiens du Nord de la Colombie,
"Tour du Monde", IV, Nouvelle Série. 1898, pág.
457.
|
|
|8
|
E. Reclus, Voyage á la Sierra Nevade de S. M. Paris 1881.
|
|
|9
|
Gabb, W. M., On the Indian tribes and languages of Costa Rica,
Proc. Amer. Philos. Soc., Vol XIV, pág. 514. Phil'a 1875.
|
|
|10
|
Skinner, A., Notes on the Bribri of Costa Rica, New York 1920,
pág. 4.7.
|
|
|11
|
Bovallius, C., Resa i Centralamerika, I, Stockholm 1887, pág.
234.
|
|
|12
|
Sapper,K.,DergegenwArtige Stand der ethno- graphischen Kentniss
von Mittelamerika, Arch. für Anthr., 1905, pág. 29. Véase también
Globus 1900.
|
|
|
13
|
Krickeberg, W., In Buschans Illustrierte Vól-kerkunde,
Stuttgart 1922, pág. 344.
|
|
|13
|
Ibidem
|
|
|14
|
Bolinder G., Ijca- indianernas kultur, Alingsas 1918, pág.
44.
|
|
|15
|
Cieza De León, Travels 1532-50. Hakluyt Society, Vol. 33,
London 1864, págs. 36, 69, 76, 97, 49, etc.
|
|
|16
|
Schmidt, P., Kulturkreise und Kulturschichten in Südamerika,
Zeitschr, f. Ethn. 1913, pág. 1066.
|
|
|17
|
Rep. of the U. S. Nat. Museum, 1901, pág. 375.
|
|
|18
|
Bolinder, Ijca-india- nernas Kultur, págs. 48, 51.
|
|
|19
|
Pinart, Noticias de los indios del departamento de Veragua.
Colección de Lingüística y Etnografía Americana, Tomo IV, San
Francisco 1882, pág. 18.
|
|
|20
|
Simon, Primera parte de las Noticias historiales etc., Cuenca
1627. Véase también Restrepo, Los chibchas. Bogotá, 1895, pág. 137
y Oviedo II, pág. 407.
|
|
|21
|
Nordenskibld, E., Comparative ethnographical studies II,
Goteborg 1920, pág. 11.
|
|
|22
|
Oviedo, Tomo II, pág. 354.
|
|
|23
|
Simon, 2 Tomo IV, pág. 26.
|
|
|24
|
Enciso, en Acosta, Comp. hist. París 1848, pág. 448.
|
|
|25
|
De Brettes, pág. 469.
|
|
|26
|
Saville, M., Contr. to S. American Arch. 11, N. Y., 1910.
|
|
|27
|
P. Schmidt,
|op. cit.
|
|
|28
|
Bolinder, Ijcaind. Kultur, pág. 53.
|
|
|29
|
Bovallius, Colección, Reichsmuseum, Stockholm.
|
|
|30
|
Piedrahíta, L, Cap. 2. "Sus más ordinarios vestidos
son de algodón ... las más comunes son blancas, y la gente ilustre
las acostumbra pintadas de pincel con tintas negras y coloradas y
en estos fundaban su mayor riqueza".
|
|
|31
|
Véase también epítome, pág. 253.
|
|
|32
|
Oviedo, 11, pág. 354: "muchas mantas . . . con muchas
pinturas entretejidas". Enciso, pág. 446.
|
|
|33
|
Skinner, pág. 72. Gabb, pág. 497.
|
|
|34
|
Colección de BovaIlius. R. M. Skinner,
|op. cit.,
cuadro XVIII.
|
|
|35
|
Gabb, pág. 517. Taparrabos femeninos de fibra de corteza.
|
|
|36
|
Oviedo, l l, pág. 356: "canutos ósendos caracoles en
que los hombres ponen el miembro viril".
|
|
|37
|
Enciso, pág. 453.
|
|
|38
|
Aguado, Historia de Venezuela, l, pág. 99.
|
|
|39
|
P. Schmidt, pág. 1047.
|
|
|40
|
Pittier de Fabrega, Ethnographic and linguistic notes of the
Paez Indians. Memoirs of the Am. Anthr. Ass. Lancaster 1907.
|
|
|41
|
Anteriormente también tenían coronas de plumas, Castellanos y
Nicolás de la Rosa (1), pág. 618.
|
|
|42
|
Lo mismo lo dicen Nicolás de la Rosa y Julián, pág. 161.
|
|
|43
|
Nordenskióld, E., Forskningar och áventyr i Sydamerika
1913-1914, Stockholm 1915.
|
|
|44
|
Koch-Grünberg, Zwei Jáhre unter den Ind. Ber- lin 1909-1910. I,
págs. 49, 140, 249; 11, pág. 100.
|
|
|45
|
Simson, A., Travels in the Wilds of Ecuador and exploration of
the Putumayo River. London 1886. pág. 178.
|
|
|46
|
Wiffen, The North Western Amazonas, London 1915, pág. 174.
|
|
|47
|
Bates, The Naturalist on the River Amazons, London 1864, pág.
382.
|
|
|48
|
Wallace, A. R., A narrative of travels on the Amazon and Rio,
Negro, London 1853.
|
|
|49
|
Restrepo, pág. 9. Compárese con Rochereau en l'Anthropologie
XXXIV, pág. 260.
|
|
|
49
|
Ibidem
|
|
|50
|
Sapper, pág. 13.
|
|
|51
|
Lehmann, W., Zentralamerika, I, Berlin 1920, pág. 19.
|
|
|52
|
"Perros mudos". Oviedo, II, pág. 355.
|
|