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UN ANTROPOLOGO SUECO POR COLOMBIA:
GUSTAF BOLINDER
CARLOS ALBERTO URIBE T.
|Departamento de Antropología-Universidad de los Andes
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Grabado de Levin Hulsij, Nuremberg 1599.
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Corría el mes de febrero de 1914. Gustaf Bolinder y su esposa
desembarcan en el puerto de Santa Marta y pronto inician la tarea
que les trajo a la América tropical, tan extraña y distante de su
nativa Suecia. El museo de Góttemburg les había encargado una
colección de materiales arqueológicos y etnográficos de las zonas
del litoral y las estribaciones montañosas que se alzan a espaldas
de esta ciudad. Pero el 28 de junio de 1914 fue asesinado en
Sarajevo el archiduque Francisco Fernando de Austria, y toda Europa
se sumerge entonces en el pandemonio de la Gran Guerra, como
también se conoce la I Guerra Mundial. Los Bolinder, aislados de su
país e imposibilitado su regreso por el peligro en las rutas
marítimas transcontinentales, no tienen más remedio que quedarse,
mientras que las fragmentarias noticias de los acontecimientos les
permitan evaluar sus posibilidades. Una corta expedición se
convierte en una estadía de casi dos años. Situación similar a la
que por estos mismos días se veía enfrentado otro antropólogo, el
alemán Konrad Theodor Preuss. Este último había llegado a Colombia
a finales de 1913 y su programa de investigaciones sólo estaba
pensado hasta mayo del año siguiente. Preuss debió aplazar más y
más su viaje de regreso, al ser elusivo para su país el
"fin glorioso" de la guerra, y terminó quedándose
hasta 1919. Una coincidencia extraña, pues tanto Bolinder como
Preuss tenían intereses en los indígenas del norte de Colombia, de
los que resultaron los primeros intentos de etnografía sistemática,
en el sentido moderno del término, en nuestro medio (cf.
referencias). La cadena de coincidencias puede extenderse, saltando
las distancias, si nos acordamos que la Gran Guerra también amarró
al gran Bronislaw Malinowski a las islas Trobriand, frente a las
costas orientales de Nueva Guinea, quien luego escribe sus
experiencias en ese clásico de la literatura etnográfica mundial
que es
|Los Argonautas del Pacífico Occidental.
La impresión que causó Santa Marta en los Bolinder, después de
que Mr. Marshal, el cónsul británico y director del ferrocarril les
mostró la ciudad, fue la de una gran decadencia. Ello no obstante
que esta era la época del auge de la zona bananera y de la United
Fruit Company. La descripción que de ella hace el espantado
antropólogo sueco, nos revela tanto de su autor como de la propia
localidad: "Aquí no hay ninguna clase de industria. Poca
comida llega y los precios son tremendamente altos. La comida es
importada en gran medida de los Estados Unidos, en especial el
maíz, el arroz, el cacao y otras cosas que podrían ser cultivadas
en grandes cantidades localmente. La población vive en su mayor
parte del comercio al detal o de su trabajo para la compañía
frutera. La mayoría son descendientes de antiguos esclavos negros y
de sus amos. No hay muchos que puedan hacer alarde de tener sangre
española pura. Los inmigrantes italianos, chinos, indios guajiros
puros y sirios no han contribuído de forma alguna en el mejora-
miento de la raza. Los europeos y norteamericanos viven bien
separa- dos. Los resplandecientes negros jamaiquinos que han
inmigrado en años recientes se consideran a sí mismos como
"ingleses" ". (Bolinder 1966 [1925]:
2-3) (mi traducción).
No lo libera de su pesimismo ni siquiera el recordar que fue un
compatriota suyo, un tal señor Bremberg, quien fue el primero en
plantar plátanos en la zona de río Frío, al sur de Santa Marta, a
finales del siglo XIX. Y para que no quede ninguna duda de cómo
eran los prejuicios del antropólogo Bolinder, consideremos esta
otra "perla" de comentario: "Que los
magdalenenses se han degenerado como raza y que el carácter de la
gente deja mucho que desear, se debe en gran medida a la mezcla
racial. La mezcla de tres o más pueblos fundamentalmente distintos,
como se sabe, produce un resultado muy pobre. En el norte de
Colombia tenemos un gran centro de degeneración racial"
(Bolinder 1966 [1925]: 278) (mi traducción). Ante tamaña afirmación
sólo caben la indignación o la risa. O ambas.
Desencantados por la guerra y por Santa Marta, los Bolinder
deciden irse a vivir entre los indígenas ika de la vertiente
suroriental de la Sierra Nevada -o a "establecerse como
indios entre los indios", para usar sus propias palabras-.
Para entonces ya el matrimonio tenía una hija nacida en Colombia.
Así es que en la zona bananera, atendidos por M. Pepin y su
asistente flamenco M. op den Bosh, se ocupan de los preparativos de
la "expedición", como solía denominarse por
entonces lo que los antropólogos hoy llamamos trabajo de campo.
"Nos dieron para vivir un lugar en la antigua casa de
Bremberg, que está cuidadosamente rodeada de mallas como protección
de los mosquitos. M. Pepin nos dijo que vino aquí originalmente
para hacer colecciones botánicas para un museo francés. Sin embargo
luego se tropezó con el sueco Bremberg y se quedó con él. M. Pepin
ha estado en Suecia y alaba con palabras entusiasmadas en francés y
español a Estocolmo. "Fresco y delicioso" dice,
cuando la conversación se ocupa de nuestro clima"
(Bolinder 1966 [1925]: 6) (mi traducción).
En la población ika de Pauruba, más conocida como San Sebastián
de Rábago o ahora como Nabusímake, los Bolinder instalaron su nueva
morada, sin mallas protectoras, pero eso sí en medio de un clima
"fresco y delicioso". En Pauruba, fundada durante
el siglo XVIII con presidiarios traídos de Tunja y Bogotá, se
gestan varios libros de Bolinder sobre los ikas, en particular
|Los indios de las montañas tropicales cubiertas de nieve,
de donde he tomado las citas anteriores (Bolinder 1925; cf.
Bolinder 1916, 1918).
Este trabajo muestra una clara influencia de las preocupaciones
difusionistas sobre la cultura humana, en boga a finales del siglo
XIX y comienzos del presente, todavía no afectadas por la tendencia
etnológica que inauguró Malinowski. El autor concentra su interés
en un examen de los rasgos culturales característicos de los ikas,
en especial, mas no exclusivamente, en aquellos relacionados con la
cultura material, y en sus vínculos con los de otros grupos
próximos o lejanos en el espacio. El "dato" que
se recopila en el campo contrasta con la literatura etnográfica
disponible, para trazar los posibles orígenes y las rutas de
difusión de cada rasgo cultural. No importa que sea necesario, para
usar las mismas palabras de Bolinder, "pelarle" a
cada rasgo "su barniz de civilización europea"
(Bolinder 1966 [19251: 309). Lo cual no excluye, en modo alguno,
que nuestro antropólogo también considere aquellos otros elementos
de la cultura que a pesar de tener un origen europeo han sido
aceptados por los indígenas. Para Bolinder, en síntesis final, los
ika son una "tribu" relacionada con los grupos
chibchas del tipo andino.
Pasada la I Guerra, y sembradas ya las semillas de la siguiente
conflagración mundial por el Tratado de Versalles de 1919, los
Bolinder regresan a Colombia a finales de 1920. Su objetivo entre
los ika es en esta ocasión realizar una película etnográfica. Para
su gran sorpresa, cambios dramáticos tuvieron lugar en el intervalo
de tiempo en que estuvieron ausentes. Los misioneros capuchinos se
habían instalado de nuevo entre los ikas (ya habían rondado por
allí en el siglo XVIII) y con todo vigor realizaban su tarea
evangelizadora en el recién fundado internado indígena de San
Sebastián. Los ikas quedaban ahora "bien equipados para la
lucha por la existencia", aunque "la vida
indígena se acababa para siempre", reflexiona Bolinder
ante los cambios. Más adelante añade el siguiente ejercicio
"profético", que los años se encargaron de
invalidar. "Se dice que la cultura de los ijca (sic), a
diferencia de la de muchos otros, ha sido ahora reemplazada por la
verdadera civilización. Esto es, para estar seguros, algo muy bueno
para los indios; sin embargo, es una lástima que su cultura pronto
será representada por una película y una colección de
museo" (Bolinder 1966 [1925]: 271) (mi traducción). Por
supuesto, aquí que se refiere a su película y a
|su
colección etnográfica.
Gustaf Bolinder, de otra parte, no sólo hizo trabajo de campo
entre los ikas de la Sierra Nevada de Santa Marta. A finales de
1915 Bolinder emprendió rápidos reconocimientos entre los busintana
(kankuama) de Atánquez, los kogi de San José y los chimila del río
Ariguaní, en las estribaciones meridionales de la Sierra. También a
comienzos de 1921, después de finalizar su testimonial película
etnográfica ika y de visitar a los guajiros, paraujanos y motilones
entre noviembre y diciembre del año inmediatamente anterior,
Bolinder decidió "explorar" de nuevo a los
chimilas -que tan elusivos le resultaron en su anterior periplo-.
El artículo "Los últimos indígenas chimilas"
("Die letzten Chimila-Indianer"), que por primera
vez se publica en español en el presente número del
|Boletín del
Museo del Oro, constituye el único informe escrito por
Bolinder exclusivamente sobre estos indígenas como resultado de sus
rápidas expediciones de 1915 y 1921 (Bolinder 1924).
Los chimilas representan uno de los rompecabezas más difíciles
de solucionar en la etnografía colombiana. A pesar de los trabajos
de Gustaf Bolinder y luego de Gerardo Reichel- Dolmatoff y otros
auto res (cf. referencias), son muy numerosos los interrogantes que
plantea este grupo étnico. Ante todo, como explicaré más adelante,
no estamos seguros que la denominada "provincia de los
chimilas" identificada por los españoles durante el siglo
XVI, correspondió a un grupoétnico único y definido. Poco sabemos
de la arqueología de esta región, no obstante que se habla de una
"cerámica chimila" tardía de las estribaciones
surorientales y suroccidentales de la Sierra (Carl H. Langebaek:
comunicación personal). La filiación lingüística de la lengua
chimila, que a pesar del trabajo de Reichel-Dolmatoff (1947) no ha
sido estudiada de forma sistemática, nos es desconocida. Por ello,
poco es de lo que disponemos para plantear con algún grado de
certeza cuestiones sobre la historia cultural y el origen
centroamericano o de la selva tropical amazónica de esta etnía. De
nuevo, lo anterior es válido, no obstante los ejercicios que sobre
este particular hacen el mismo Bolinder y después Reichel-Dolmatoff
(1946). Más aún, ya desde mucho antes de los tiempos del
antropólogo sueco, los chimilas se han presentado como un grupo
prácticamente en extinción: Bolinder escribe sobre "los
últimos indígenas chimilas", "los últimos restos
independientes de una
|tribu (sic) antiguamente grande y
guerrera"; Paul Rivet envía en 1944 a Reichel-Dolmatoff y
a Milciades Chaves a las selvas del centro del departamento del
Magdalena, a confirmar ciertas noticias que había recibido sobre la
supervivencia de "unos pocos" chimilas.
"En unos años"-escribe Reichel-Dolmatoff
"ya hubiera sido tal vez demasiado tarde" (cf.
Chaves 1946: 157; Reichel-Dolmatoff 1946: 97-98). Pero todavía hoy,
en 1987, hay por ahí en los inmensos latifundios de las zonas de
San Ángel, Las Mulas, El Difícil, Monterrubio, Nueva Granada,
Flores de María, Arjona, Chimichagua, el alto río Ariguaní, del
Magdalena y del Cesar, "pocos" o
"muchos", no lo sabemos, indígenas chimilas. Como
es mucho lo que nos falta por conocer sobre cómo viven, y vivieron,
estos chimilas. A continuación, voy a revisar el estado de algunos
de los problemas anteriores, y a contrastar los "Últimos
indígenas chimilas" de Bolinder con estudios
posteriores.
A partir del siglo XVI, la región comprendida desde el río Frío
y las estribaciones noroccidentales de la Sierra por el norte hasta
las inmediaciones de la isla de Mompox y la ciénaga de Zapatosa por
el sur, desde la banda oriental del río Magdalena por el oeste
hasta los ríos Ariguaní y Cesar por el este, fue conocida como la
"provincia de los chimila". Sabemos ya la
ambigüedad fundamental del término "provincia",
debida ante todo a una falta de conocimiento tanto geográfico como
cultural. Una provincia podía coincidir o no con un territorio
"tribal" mal definido, o con el área de
dispersión de una lengua amerindia particular. Un cronista del
siglo XVIII, Antonio Julián, anotaba sobre estas "tierras
de chimilas": "Llámanse así, no porque toda ni
siempre sea habitada de ellos, sino porque libre e impunemente
giran, corren y salen por ella con flechas en las manos los
chimilas para asesinar pasajeros y hacer daño a las haciendas que
encuentran, y matar a los esclavos que rodean los ganados, o
trabajan en las sementeras" (Julián 1951 [1787]: 189).
Tenemos razones para sospechar que en estas tierras de chimilas
no existió una unidad cultural que correspondiera con una unidad
"tribal", ni tampoco, quizás, con una unidad
lingüística. En el Archivo Nacional de Colombia, por ejemplo,
reposa un documento que parece indicar que por lo menos durante el
siglo XVIII, existió una cierta distinción entre los chimilas de
las vertientes occidental y suroriental y los chimilas de las
selvas y llanuras bajas al norte de la depresión momposina
(Poblaciones varias, tomo X, folios 113-165). Los primeros, a
quienes también se denominaba como "tomocos",
mantenían relaciones belicosas con los segundos, como de una forma
análoga, guardadas las proporciones, nos relata Bolinder que eran
las relaciones entre los chimilas del alto río Ariguaní que él
visitó, y los chimilas de las llanuras alrededor de Fundación.
Reichel-Dolmatoff, por su parte, afirma que entre los pequeños
poblados chimilas no había casi ningún contacto, excepto cuando se
daba el matrimonio por rapto lo cual generaba sangrientas vendettas
(cf. Reichel-Dolmatoff 1946: 101, 139).
De otra parte, los datos sobre la población nativa de estos
territorios siempre han sido muy imprecisos. Según
Reichel-Dolmatoff (1951:105), todos los cronistas destacaron la
densidad de población indígena en la provincia chimila durante el
siglo XVI. El documento del siglo XVIII arriba mencionado, permite
calcular el número de estos indígenas entre 5.300 y 6.600, cifra
que corresponde a un poco más de la mitad de los 10.000 chimilas
que aparecen en el informe de Antonio de Narváez y la Torre fechado
en 1778 (cf. Ortiz 1965: 36). Por esos mismos años, el padre Julián
afirma que apenas llegaban a unas 200 familias (Julián 1951 [1787]:
185). Para el siglo XIX tenemos el dato de José C. Alarcón, quien
después de visitarlos en las cercanías de Pivijay, afirmó que los
chimilas estaban reducidos a unos 200 "indios
mansos", cifra muy lejana a los cálculos de Isaacs -entre
1.800 y 2.000 nativos- (cf. Fals Borda 1979: 114A; Isaacs 1983
[188]: 67). Los estimativos más recientes, sin considerar los de
Bolinder (1924) y Reichel-Dolmatoff (1946) que hemos visto antes,
sitúan el número de chimilas sobrevivientes en la actualidad en
3.946, cifra que parece demasiado exagerada (Departamento Nacional
de Planeación 1980).
De la lectura del trabajo de Bolinder sobre los chimila, salta
la conclusión que su análisis "difusionista" de
la cultura material ubica el origen de los principales elementos
culturales de estos indígenas en Centroamérica. En otro lugar,
Bolinder es más específico cuando escribe que los chimilas,
"por lo menos en el presente, tienen sus parientes
culturales más cercanos en América Central, con quienes están
también vinculados por una estrecha relación lingüística"
(Bolinder 1966 [1925]: 321) (mi traducción). Y sobre el problema
lingüístico completa con esta afirmación: " . . . es
acuerdo ahora generalizado, que a los arhuaco [esto es, kogi, ika,
kankuama y wiwa] y a los chimila, hay que incluirlos en la familia
lingüística chibcha" (Bolinder 1966 [1925]: 7) (mi
traducción).
En efecto, la mayoría de las clasificaciones de la lingüística
amerindia suramericana colocan a la lengua chimila dentro de la
familia lingüística chibcha de Colombia. No obstante, los trabajos
de investigación de Reichel-Dolmatoff (1946, 1947), unidos a la
falta de estudios etnolingüísticos más recientes, hacen que tal
clasificación se considere dudosa. Veamos por qué.
En la conclusión de su "Etnografía chimila",
Reichel-Dolmatoff aventura dos planteamientos aparentemente
conexos. En primer lugar, del análisis comparativo, muy a la
Bolinder, de los rasgos culturales chimilas, se desprende que su
lugar de proveniencia es el área cultural de la región
Amazonas-Orinoco (cf. el cuadro-resumen en Reichel-Dolmatoff 1946:
144). Según este autor, la influencia andina se dio sólo en la
vestimenta y la centroamericana se encuentra en la apicultura.
Reichel-Dolmatoff remata este planteamiento de una forma un poco
oscura. La cultura material de los chimilas representa un
"tipo muy antiguo primitivo" y por consiguiente,
esta etnía puede tener para Colombia el mismo significado de los
grupos del alto Xingú para la región amazónica. En segundo lugar,
este antropólogo opina que lingüísticamente los chimila son un
grupo arawak y como tales representan una migración muy antigua
proveniente del Amazonas central (Reichel-Dolmatoff 1946: 146).
La primera observación que es necesario hacer sobre este
particular, parecería demasiado obvia. Ya desde los Cronistas de
Indias se ha hablado de movimientos de poblaciones amerindias que
cubrieron enormes distancias. Tales migraciones, con sus fenómenos
asociados de difusión de rasgos y patrones culturales y de
expansión de grupos lingüísticos han influido, por supuesto, en los
resultados de las investigaciones arqueológicas y de lingüística
comparativa del continente (v. gr. en Lathrap 1970 y Reichel
1978).
El problema está entonces en precisar si la clasificación de la
lengua chimila dentro de las familias lingüísticas chibcha o
arawak, reposa más en el argumento de la difusión cultural o en el
argumento lingüístico propiamente dicho. Tanto en el caso de
Bolinder como en el de Reichel-Dolmatoff la respuesta es clara. Sus
categorizaciones son muy impresionistas y se apoyan ante todo en
evidencia de tipo no lingüístico. Porque es en el nivel de las
relaciones gramaticales entre lenguas con ancestros comunes en
donde, en últimas, debe resolverse esta cuestión de los parentescos
lingüísticos. Tarea que es imposible emprender si, como en la
situación del chimila, no se ha hecho previamente un estudio de la
gramática de la lengua. Antes de seguir en una discusión como esta,
es necesario realizar una investigación etnolingüística de campo
entre los indígenas que aún hablan la lengua chimila
-"huéspedes" incómodos en los latifundios y en
los callejones de los caminos veredales del centro del Magdalena, o
quizás todavía habitantes de las estribaciones meridionales de la
Sierra Nevada. Lo cual nos lleva a hablar un poco de la situación
contemporánea de estos indígenas, más de sesenta años después de
que Bolinder los explorara por segunda vez.
Para parafrasear de nuevo a Bolinder, ahora sí es seguro que de
la antigua "tribu" chimila, grande y guerrera, no
queda nada. Los chimilas de hoy participan de una forma tan íntima
de la sociedad y la economía agraria regionales que hablar de una
organización socioeconómica autónoma, resulta un gran
contrasentido. Los indígenas son peones y aparceros en las grandes
haciendas ganaderas, siempre explotados y despojados, su vida a
merced de los nuevos propietarios de la tierra. Pobres,
hambrientos, enfermos, humillados, avergonzados de su cultura y su
heroico pasado ya olvidado, van de finca en finca buscando trabajo
y un pedazo de terreno en donde cultivar. O de un espacio en los
callejones de los caminos en donde levantar sus miserables casas.
Un alto precio, sin duda, el que los chimilas han pagado por los
"beneficios de la civilización" de las que eran
sus propias selvas y llanuras.
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