Ficha bibliográfica
Titulo:
Un antropológo sueco por Colombia: Gustaf Bolinder
Edición original: 2005-05-13
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-13
Creador: Carlos Alberto Uribe




INDICE




 

UN ANTROPOLOGO SUECO POR COLOMBIA: GUSTAF BOLINDER

CARLOS ALBERTO URIBE T.
|Departamento de Antropología-Universidad de los Andes

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Grabado de Levin Hulsij, Nuremberg 1599.

Corría el mes de febrero de 1914. Gustaf Bolinder y su esposa desembarcan en el puerto de Santa Marta y pronto inician la tarea que les trajo a la América tropical, tan extraña y distante de su nativa Suecia. El museo de Góttemburg les había encargado una colección de materiales arqueológicos y etnográficos de las zonas del litoral y las estribaciones montañosas que se alzan a espaldas de esta ciudad. Pero el 28 de junio de 1914 fue asesinado en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando de Austria, y toda Europa se sumerge entonces en el pandemonio de la Gran Guerra, como también se conoce la I Guerra Mundial. Los Bolinder, aislados de su país e imposibilitado su regreso por el peligro en las rutas marítimas transcontinentales, no tienen más remedio que quedarse, mientras que las fragmentarias noticias de los acontecimientos les permitan evaluar sus posibilidades. Una corta expedición se convierte en una estadía de casi dos años. Situación similar a la que por estos mismos días se veía enfrentado otro antropólogo, el alemán Konrad Theodor Preuss. Este último había llegado a Colombia a finales de 1913 y su programa de investigaciones sólo estaba pensado hasta mayo del año siguiente. Preuss debió aplazar más y más su viaje de regreso, al ser elusivo para su país el "fin glorioso" de la guerra, y terminó quedándose hasta 1919. Una coincidencia extraña, pues tanto Bolinder como Preuss tenían intereses en los indígenas del norte de Colombia, de los que resultaron los primeros intentos de etnografía sistemática, en el sentido moderno del término, en nuestro medio (cf. referencias). La cadena de coincidencias puede extenderse, saltando las distancias, si nos acordamos que la Gran Guerra también amarró al gran Bronislaw Malinowski a las islas Trobriand, frente a las costas orientales de Nueva Guinea, quien luego escribe sus experiencias en ese clásico de la literatura etnográfica mundial que es |Los Argonautas del Pacífico Occidental.

La impresión que causó Santa Marta en los Bolinder, después de que Mr. Marshal, el cónsul británico y director del ferrocarril les mostró la ciudad, fue la de una gran decadencia. Ello no obstante que esta era la época del auge de la zona bananera y de la United Fruit Company. La descripción que de ella hace el espantado antropólogo sueco, nos revela tanto de su autor como de la propia localidad: "Aquí no hay ninguna clase de industria. Poca comida llega y los precios son tremendamente altos. La comida es importada en gran medida de los Estados Unidos, en especial el maíz, el arroz, el cacao y otras cosas que podrían ser cultivadas en grandes cantidades localmente. La población vive en su mayor parte del comercio al detal o de su trabajo para la compañía frutera. La mayoría son descendientes de antiguos esclavos negros y de sus amos. No hay muchos que puedan hacer alarde de tener sangre española pura. Los inmigrantes italianos, chinos, indios guajiros puros y sirios no han contribuído de forma alguna en el mejora- miento de la raza. Los europeos y norteamericanos viven bien separa- dos. Los resplandecientes negros jamaiquinos que han inmigrado en años recientes se consideran a sí mismos como "ingleses" ". (Bolinder 1966 [1925]: 2-3) (mi traducción).

No lo libera de su pesimismo ni siquiera el recordar que fue un compatriota suyo, un tal señor Bremberg, quien fue el primero en plantar plátanos en la zona de río Frío, al sur de Santa Marta, a finales del siglo XIX. Y para que no quede ninguna duda de cómo eran los prejuicios del antropólogo Bolinder, consideremos esta otra "perla" de comentario: "Que los magdalenenses se han degenerado como raza y que el carácter de la gente deja mucho que desear, se debe en gran medida a la mezcla racial. La mezcla de tres o más pueblos fundamentalmente distintos, como se sabe, produce un resultado muy pobre. En el norte de Colombia tenemos un gran centro de degeneración racial" (Bolinder 1966 [1925]: 278) (mi traducción). Ante tamaña afirmación sólo caben la indignación o la risa. O ambas.

Desencantados por la guerra y por Santa Marta, los Bolinder deciden irse a vivir entre los indígenas ika de la vertiente suroriental de la Sierra Nevada -o a "establecerse como indios entre los indios", para usar sus propias palabras-. Para entonces ya el matrimonio tenía una hija nacida en Colombia. Así es que en la zona bananera, atendidos por M. Pepin y su asistente flamenco M. op den Bosh, se ocupan de los preparativos de la "expedición", como solía denominarse por entonces lo que los antropólogos hoy llamamos trabajo de campo. "Nos dieron para vivir un lugar en la antigua casa de Bremberg, que está cuidadosamente rodeada de mallas como protección de los mosquitos. M. Pepin nos dijo que vino aquí originalmente para hacer colecciones botánicas para un museo francés. Sin embargo luego se tropezó con el sueco Bremberg y se quedó con él. M. Pepin ha estado en Suecia y alaba con palabras entusiasmadas en francés y español a Estocolmo. "Fresco y delicioso" dice, cuando la conversación se ocupa de nuestro clima" (Bolinder 1966 [1925]: 6) (mi traducción).

En la población ika de Pauruba, más conocida como San Sebastián de Rábago o ahora como Nabusímake, los Bolinder instalaron su nueva morada, sin mallas protectoras, pero eso sí en medio de un clima "fresco y delicioso". En Pauruba, fundada durante el siglo XVIII con presidiarios traídos de Tunja y Bogotá, se gestan varios libros de Bolinder sobre los ikas, en particular |Los indios de las montañas tropicales cubiertas de nieve, de donde he tomado las citas anteriores (Bolinder 1925; cf. Bolinder 1916, 1918).

Este trabajo muestra una clara influencia de las preocupaciones difusionistas sobre la cultura humana, en boga a finales del siglo XIX y comienzos del presente, todavía no afectadas por la tendencia etnológica que inauguró Malinowski. El autor concentra su interés en un examen de los rasgos culturales característicos de los ikas, en especial, mas no exclusivamente, en aquellos relacionados con la cultura material, y en sus vínculos con los de otros grupos próximos o lejanos en el espacio. El "dato" que se recopila en el campo contrasta con la literatura etnográfica disponible, para trazar los posibles orígenes y las rutas de difusión de cada rasgo cultural. No importa que sea necesario, para usar las mismas palabras de Bolinder, "pelarle" a cada rasgo "su barniz de civilización europea" (Bolinder 1966 [19251: 309). Lo cual no excluye, en modo alguno, que nuestro antropólogo también considere aquellos otros elementos de la cultura que a pesar de tener un origen europeo han sido aceptados por los indígenas. Para Bolinder, en síntesis final, los ika son una "tribu" relacionada con los grupos chibchas del tipo andino.

Pasada la I Guerra, y sembradas ya las semillas de la siguiente conflagración mundial por el Tratado de Versalles de 1919, los Bolinder regresan a Colombia a finales de 1920. Su objetivo entre los ika es en esta ocasión realizar una película etnográfica. Para su gran sorpresa, cambios dramáticos tuvieron lugar en el intervalo de tiempo en que estuvieron ausentes. Los misioneros capuchinos se habían instalado de nuevo entre los ikas (ya habían rondado por allí en el siglo XVIII) y con todo vigor realizaban su tarea evangelizadora en el recién fundado internado indígena de San Sebastián. Los ikas quedaban ahora "bien equipados para la lucha por la existencia", aunque "la vida indígena se acababa para siempre", reflexiona Bolinder ante los cambios. Más adelante añade el siguiente ejercicio "profético", que los años se encargaron de invalidar. "Se dice que la cultura de los ijca (sic), a diferencia de la de muchos otros, ha sido ahora reemplazada por la verdadera civilización. Esto es, para estar seguros, algo muy bueno para los indios; sin embargo, es una lástima que su cultura pronto será representada por una película y una colección de museo" (Bolinder 1966 [1925]: 271) (mi traducción). Por supuesto, aquí que se refiere a su película y a |su colección etnográfica.

Gustaf Bolinder, de otra parte, no sólo hizo trabajo de campo entre los ikas de la Sierra Nevada de Santa Marta. A finales de 1915 Bolinder emprendió rápidos reconocimientos entre los busintana (kankuama) de Atánquez, los kogi de San José y los chimila del río Ariguaní, en las estribaciones meridionales de la Sierra. También a comienzos de 1921, después de finalizar su testimonial película etnográfica ika y de visitar a los guajiros, paraujanos y motilones entre noviembre y diciembre del año inmediatamente anterior, Bolinder decidió "explorar" de nuevo a los chimilas -que tan elusivos le resultaron en su anterior periplo-. El artículo "Los últimos indígenas chimilas" ("Die letzten Chimila-Indianer"), que por primera vez se publica en español en el presente número del |Boletín del Museo del Oro, constituye el único informe escrito por Bolinder exclusivamente sobre estos indígenas como resultado de sus rápidas expediciones de 1915 y 1921 (Bolinder 1924).

Los chimilas representan uno de los rompecabezas más difíciles de solucionar en la etnografía colombiana. A pesar de los trabajos de Gustaf Bolinder y luego de Gerardo Reichel- Dolmatoff y otros auto res (cf. referencias), son muy numerosos los interrogantes que plantea este grupo étnico. Ante todo, como explicaré más adelante, no estamos seguros que la denominada "provincia de los chimilas" identificada por los españoles durante el siglo XVI, correspondió a un grupoétnico único y definido. Poco sabemos de la arqueología de esta región, no obstante que se habla de una "cerámica chimila" tardía de las estribaciones surorientales y suroccidentales de la Sierra (Carl H. Langebaek: comunicación personal). La filiación lingüística de la lengua chimila, que a pesar del trabajo de Reichel-Dolmatoff (1947) no ha sido estudiada de forma sistemática, nos es desconocida. Por ello, poco es de lo que disponemos para plantear con algún grado de certeza cuestiones sobre la historia cultural y el origen centroamericano o de la selva tropical amazónica de esta etnía. De nuevo, lo anterior es válido, no obstante los ejercicios que sobre este particular hacen el mismo Bolinder y después Reichel-Dolmatoff (1946). Más aún, ya desde mucho antes de los tiempos del antropólogo sueco, los chimilas se han presentado como un grupo prácticamente en extinción: Bolinder escribe sobre "los últimos indígenas chimilas", "los últimos restos independientes de una |tribu (sic) antiguamente grande y guerrera"; Paul Rivet envía en 1944 a Reichel-Dolmatoff y a Milciades Chaves a las selvas del centro del departamento del Magdalena, a confirmar ciertas noticias que había recibido sobre la supervivencia de "unos pocos" chimilas. "En unos años"-escribe Reichel-Dolmatoff "ya hubiera sido tal vez demasiado tarde" (cf. Chaves 1946: 157; Reichel-Dolmatoff 1946: 97-98). Pero todavía hoy, en 1987, hay por ahí en los inmensos latifundios de las zonas de San Ángel, Las Mulas, El Difícil, Monterrubio, Nueva Granada, Flores de María, Arjona, Chimichagua, el alto río Ariguaní, del Magdalena y del Cesar, "pocos" o "muchos", no lo sabemos, indígenas chimilas. Como es mucho lo que nos falta por conocer sobre cómo viven, y vivieron, estos chimilas. A continuación, voy a revisar el estado de algunos de los problemas anteriores, y a contrastar los "Últimos indígenas chimilas" de Bolinder con estudios posteriores.

A partir del siglo XVI, la región comprendida desde el río Frío y las estribaciones noroccidentales de la Sierra por el norte hasta las inmediaciones de la isla de Mompox y la ciénaga de Zapatosa por el sur, desde la banda oriental del río Magdalena por el oeste hasta los ríos Ariguaní y Cesar por el este, fue conocida como la "provincia de los chimila". Sabemos ya la ambigüedad fundamental del término "provincia", debida ante todo a una falta de conocimiento tanto geográfico como cultural. Una provincia podía coincidir o no con un territorio "tribal" mal definido, o con el área de dispersión de una lengua amerindia particular. Un cronista del siglo XVIII, Antonio Julián, anotaba sobre estas "tierras de chimilas": "Llámanse así, no porque toda ni siempre sea habitada de ellos, sino porque libre e impunemente giran, corren y salen por ella con flechas en las manos los chimilas para asesinar pasajeros y hacer daño a las haciendas que encuentran, y matar a los esclavos que rodean los ganados, o trabajan en las sementeras" (Julián 1951 [1787]: 189).

Tenemos razones para sospechar que en estas tierras de chimilas no existió una unidad cultural que correspondiera con una unidad  "tribal", ni tampoco, quizás, con una unidad lingüística. En el Archivo Nacional de Colombia, por ejemplo, reposa un documento que parece indicar que por lo menos durante el siglo XVIII, existió una cierta distinción entre los chimilas de las vertientes occidental y suroriental y los chimilas de las selvas y llanuras bajas al norte de la depresión momposina (Poblaciones varias, tomo X, folios 113-165). Los primeros, a quienes también se denominaba como "tomocos", mantenían relaciones belicosas con los segundos, como de una forma análoga, guardadas las proporciones, nos relata Bolinder que eran las relaciones entre los chimilas del alto río Ariguaní que él visitó, y los chimilas de las llanuras alrededor de Fundación. Reichel-Dolmatoff, por su parte, afirma que entre los pequeños poblados chimilas no había casi ningún contacto, excepto cuando se daba el matrimonio por rapto lo cual generaba sangrientas vendettas (cf. Reichel-Dolmatoff 1946: 101, 139).

De otra parte, los datos sobre la población nativa de estos territorios siempre han sido muy imprecisos. Según Reichel-Dolmatoff (1951:105), todos los cronistas destacaron la densidad de población indígena en la provincia chimila durante el siglo XVI. El documento del siglo XVIII arriba mencionado, permite calcular el número de estos indígenas entre 5.300 y 6.600, cifra que corresponde a un poco más de la mitad de los 10.000 chimilas que aparecen en el informe de Antonio de Narváez y la Torre fechado en 1778 (cf. Ortiz 1965: 36). Por esos mismos años, el padre Julián afirma que apenas llegaban a unas 200 familias (Julián 1951 [1787]: 185). Para el siglo XIX tenemos el dato de José C. Alarcón, quien después de visitarlos en las cercanías de Pivijay, afirmó que los chimilas estaban reducidos a unos 200 "indios mansos", cifra muy lejana a los cálculos de Isaacs -entre 1.800 y 2.000 nativos- (cf. Fals Borda 1979: 114A; Isaacs 1983 [188]: 67). Los estimativos más recientes, sin considerar los de Bolinder (1924) y Reichel-Dolmatoff (1946) que hemos visto antes, sitúan el número de chimilas sobrevivientes en la actualidad en 3.946, cifra que parece demasiado exagerada (Departamento Nacional de Planeación 1980).

De la lectura del trabajo de Bolinder sobre los chimila, salta la conclusión que su análisis "difusionista" de la cultura material ubica el origen de los principales elementos culturales de estos indígenas en Centroamérica. En otro lugar, Bolinder es más específico cuando escribe que los chimilas, "por lo menos en el presente, tienen sus parientes culturales más cercanos en América Central, con quienes están también vinculados por una estrecha relación lingüística" (Bolinder 1966 [1925]: 321) (mi traducción). Y sobre el problema lingüístico completa con esta afirmación: " . . . es acuerdo ahora generalizado, que a los arhuaco [esto es, kogi, ika, kankuama y wiwa] y a los chimila, hay que incluirlos en la familia lingüística chibcha" (Bolinder 1966 [1925]: 7) (mi traducción).

En efecto, la mayoría de las clasificaciones de la lingüística amerindia suramericana colocan a la lengua chimila dentro de la familia lingüística chibcha de Colombia. No obstante, los trabajos de investigación de Reichel-Dolmatoff (1946, 1947), unidos a la falta de estudios etnolingüísticos más recientes, hacen que tal clasificación se considere dudosa. Veamos por qué.

En la conclusión de su "Etnografía chimila", Reichel-Dolmatoff aventura dos planteamientos aparentemente conexos. En primer lugar, del análisis comparativo, muy a la Bolinder, de los rasgos culturales chimilas, se desprende que su lugar de proveniencia es el área cultural de la región Amazonas-Orinoco (cf. el cuadro-resumen en Reichel-Dolmatoff 1946: 144). Según este autor, la influencia andina se dio sólo en la vestimenta y la centroamericana se encuentra en la apicultura. Reichel-Dolmatoff remata este planteamiento de una forma un poco oscura. La cultura material de los chimilas representa un "tipo muy antiguo primitivo" y por consiguiente, esta etnía puede tener para Colombia el mismo significado de los grupos del alto Xingú para la región amazónica. En segundo lugar, este antropólogo opina que lingüísticamente los chimila son un grupo arawak y como tales representan una migración muy antigua proveniente del Amazonas central (Reichel-Dolmatoff 1946: 146).

La primera observación que es necesario hacer sobre este particular, parecería demasiado obvia. Ya desde los Cronistas de Indias se ha hablado de movimientos de poblaciones amerindias que cubrieron enormes distancias. Tales migraciones, con sus fenómenos asociados de difusión de rasgos y patrones culturales y de expansión de grupos lingüísticos han influido, por supuesto, en los resultados de las investigaciones arqueológicas y de lingüística comparativa del continente (v. gr. en Lathrap 1970 y Reichel 1978).

El problema está entonces en precisar si la clasificación de la lengua chimila dentro de las familias lingüísticas chibcha o arawak, reposa más en el argumento de la difusión cultural o en el argumento lingüístico propiamente dicho. Tanto en el caso de Bolinder como en el de Reichel-Dolmatoff la respuesta es clara. Sus categorizaciones son muy impresionistas y se apoyan ante todo en evidencia de tipo no lingüístico. Porque es en el nivel de las relaciones gramaticales entre lenguas con ancestros comunes en donde, en últimas, debe resolverse esta cuestión de los parentescos lingüísticos. Tarea que es imposible emprender si, como en la situación del chimila, no se ha hecho previamente un estudio de la gramática de la lengua. Antes de seguir en una discusión como esta, es necesario realizar una investigación etnolingüística de campo entre los indígenas que aún hablan la lengua chimila -"huéspedes" incómodos en los latifundios y en los callejones de los caminos veredales del centro del Magdalena, o quizás todavía habitantes de las estribaciones meridionales de la Sierra Nevada. Lo cual nos lleva a hablar un poco de la situación contemporánea de estos indígenas, más de sesenta años después de que Bolinder los explorara por segunda vez.

Para parafrasear de nuevo a Bolinder, ahora sí es seguro que de la antigua "tribu" chimila, grande y guerrera, no queda nada. Los chimilas de hoy participan de una forma tan íntima de la sociedad y la economía agraria regionales que hablar de una organización socioeconómica autónoma, resulta un gran contrasentido. Los indígenas son peones y aparceros en las grandes haciendas ganaderas, siempre explotados y despojados, su vida a merced de los nuevos propietarios de la tierra. Pobres, hambrientos, enfermos, humillados, avergonzados de su cultura y su heroico pasado ya olvidado, van de finca en finca buscando trabajo y un pedazo de terreno en donde cultivar. O de un espacio en los callejones de los caminos en donde levantar sus miserables casas. Un alto precio, sin duda, el que los chimilas han pagado por los "beneficios de la civilización" de las que eran sus propias selvas y llanuras.

 

| REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

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