Ficha bibliográfica
Titulo:
Reseña de libros, Boletín del Museo del Oro. Nº 17. Agosto - diciembre de 1986. Investigación arqueológica de los Antrosoles de Araracuara
Edición original: 2005-05-13
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-13
Creador: Angela Andrade




INDICE




  Reseña de libros
INVESTIGACION ARQUEOLOGICA DE LOS ANTROSOLES DE ARARACUARA

Angela Andrade. Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, 1986

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Una de las cuestiones que más han llamado la atención de los arqueólogos que han trabajado en la Amazonia, la constituyen los sistemas de subsistencia de sus pobladores, que tienen gran importancia cuando se busca explicar los procesos de ocupación y la dinámica cultural de la región.

En 1945 Julian Steward planteó la existencia de una cultura de selva tropical, la cual se caracteriza por poblados autónomos no estratificados. Para Steward la "simplicidad" de los asentamientos amazónicos era una función de la disponibilidad ambiental. De tal forma, el medio constituye una limitante para el desenvolvimiento de los grupos humanos en la región. Siguiendo estos planteamientos y con base en algunos datos arqueológicos, Betty Meggers expuso la tesis de que los habitantes de la cuenca amazónica eran el resultado de la deculturación de grupos procedentes de los Andes. Lathrap, de forma contraria a Meggers, supone (1970) que los grupos detectados arqueológicamente en la Amazonia tienen sus orígenes en esta región. Para este autor las zonas de várzea del río Amazonas constituyeron el soporte económico para altas densidades de población. Con el transcurso del tiempo, la presión demográfica, sobre estos terrenos de alta productividad, se refleja en la lucha por aquellos recursos más deseables. Así se genera el desplazamiento de los grupos militarmente débiles. La guerra entre los diferentes conjuntos humanos actuaría como el motor para el poblamiento de la región; éste se extendería por la totalidad de las tierras bajas y las Antillas. Para estos autores y otros como Carneiro (1960), Gross (1975) y Rooselvelt (1980), existe una limitante en el medio amazónico que de alguna manera impide el desarrollo de las sociedades.

El estudio adelantado por Andrade centra su interés en estos problemas. La autora, si bien parece compartir estos planteamientos referentes a la limitación que el medio impone a la cultura en la Amazonia, postula que en el pasado han existido sistemas de agricultura, aun pobremente estudiados, que constituyen una explicación a las acumulaciones arqueológicas que parecen indicar altas densidades de población en algunas localidades. El indicativo de estas prácticas lo constituyen suelos de origen antrópico. Estos suelos, conocidos en el Brasil como terras pretas, han sido registrados en diferentes zonas de la Amazonia desde finales del siglo pasado, atribuyéndoseles diferentes orígenes. Solamente en la década del veinte se consideraron originados por la acción del hombre. En los años setenta se sugirió que se trataba de suelos "mejorados" con desechos. En los ochenta, Eden postula que, una vez mejorados los suelos mediante el abonado sistemático, fueron empleados para la agricultura. Andrade llama la atención sobre la localización de los antrosoles a lo largo de los grandes ríos y sobre su situación cronológica, que en ningún caso excede los dos mil años.

Los trabajos adelantados por Andrade en terreno se circunscriben a las proximidades del poblado de Araracuara, en la comisaría del Ama zonas, y a orillas del río Caquetá. Allí la autora localizó una zona de 26 hectáreas de antrosoles, discriminados en 6 hectáreas de tierras negras y 20 hectáreas de tierras pardas. Las excavaciones se efectuaron en cinco diferentes lugares (Araracuara 25 zanjas 1 a 3; Araracuara 26 cuadrícula de 2 x 2 metros; Araracuara 27 cuadrícula de 1 x 1 metros; Araracuara 28 cuadrícula de 1 x 1 metros y Araracuara 29). Para profundizar en cada uno de estos lugares, se emplearon niveles arbitrarios de diez centímetros. La descripción cuidadosa de los componentes de los suelos, que se asocian con las actividades humanas -fósforo, fosfatos-, se relacionó con los materiales cerámicos encontrados. De esta forma fue posible seguir la génesis de los antrosoles a lo largo de los dos períodos que se han identificado para la región; Camani y Nofurei. Vale la pena destacar que se obtuvo una fecha de C-14 que remonta al primer milenio antes de Cristo la fase más antigua: Camani.

Tres tipos posibles de uso se sugieren para los antrosoles de Araracuara. El primero de ellos -vivienda- se descarta, ya que no existen otros testimonios, como sería la compactación de suelos en los antrosoles de Araracuara. Basureros en los cuales se depositaban desechos, como comida, estiércol, tiestos, etc. Lugares de cultivo, como lo sugiere Eden (1983). La explicación a las diferencias entre la tierra parda y la negra se encontraría en el uso que se les dio. Para el primero, Andrade sugiere: "Cultivos efectuados en rastrojos o bosques, en forma semiintensiva, situados probablemente en sitios alejados de las viviendas pero efectuados siempre en la misma área con el fin de mejorar el suelo". Para los segundos se propone que se trataba de "huertas cercanas a las viviendas, las cuales eran cultivadas en forma intensiva". La autora concluye: "Los indígenas pobladores de la selva amazónica, muy probablemente en forma coincidencial, descubrieron la manera de mejorar los suelos, que naturalmente tenían condiciones pobres de fertilidad, lo cual permitió que se agruparan en concentraciones importantes de población" (pág. 53).

El estudio de los antrosoles de Araracuara es novedoso. Si bien en los últimos años se ha hablado de estos suelos en diferentes partes, nunca se ha realizado un estudio detallado de las características de los mismos y su relación con ocupaciones antiguas. No obstante, el énfasis marcado sobre las propiedades de los suelos hace que la autora deje de lado un análisis arqueológico que se encuentra posibilitado por el hallazgo de elementos y estructuras arqueológicas que pueden dar luces sobre la existencia de plantas de habitación. Igualmente, afirmar que allí se dio una alta concentración de población, implica admitir que un gran número de restos, sean estos cerámicos, líticos o de cualquier otro tipo, se produjeron como resultado de una acumulación sincrónica y no, como lo atestiguan los suelos, de forma diacrónica. Para los datos con que se cuenta, es aún prematura esta conclusión.

SANTIAGO MORA CAMARGO
Arqueólogo

 

EL PROCESO DE PROLETARIZACION DE LAS OBRERAS FLORISTAS EN LA REGIÓN DE CHIA, TABIO, CAJICA

Rodrigo Villar. Tesis de grado, Universidad de los Andes, Bogotá, 1982

Esta investigación se llevó a cabo en zonas campesinas de Chía, Tabio y Cajicá, poblaciones donde predomina la industria de flores, y fueron escogidas por el autor "por presentarse allí una mayor participación de la economía parcelaria en la reproducción de la fuerza de trabajo de las obreras, con respecto a las otras áreas donde la industria de flores tiene su sede" (Págs. 7-8). El 83% de las obreras entrevistadas viven en veredas y el 53% poseen alguna extensión de tierra (1/4-1/2 fanegada).

La familia es vista como unidad productiva que combina tanto las formas no capitalistas como las capitalistas de producción (venta de su fuerza de trabajo) para mantenerse en el campo. Esta economía parcelaria familiar permite la reproducción de la fuerza de trabajo, bajando los costos, para el capitalismo, de la reproducción de la mano de obra, mediante los diversos oficios domésticos y agropecuarios que efectúa la mujer como resultado de largas jornadas de trabajo que se prolongan a sábados y domingos. La proletarización de la mujer es, según el autor, una estrategia de supervivencia familiar, pues se realiza básicamente para lograr la satisfacción de necesidades familiares primarias.

En sus consideraciones sobre la mujer campesina asalariada, se vislumbran tendencias a la caracterización de las formas que adopta la residencia campesina, así como de la herencia -que aparece marcadamente matrilineal-, de los períodos de tiempo en los cuales la mujer está más dispuesta a asalariarse, según su edad y situación dentro de la unidad doméstica de producción, y de la reproducción de valores como el patriarcalismo, tanto en el plano de la socialización como en el de la producción: en la industria de flores se observa esta estructura de autoridad y segregación patriarcal.

Considero que estos aspectos, mencionados en la tesis, enriquecen el análisis antropológico de la articulación de las formas de producción no capitalistas con aquellas del capitalismo dominante. El objetivo del autor se cumple al analizar "las particularidades de la reproducción de la fuerza de trabajo de obreras que participan de la economía parcelaria familiar como unidad de producción" (pág. 8), pero olvida los otros componentes de esta unidad de producción; se centra en los problemas de la mujer y concluye enfáticamente que "la liberación de la mujer sólo se logrará si existe un reordenamiento del conjunto de la estructura social tanto en la esfera productiva como en la reproductiva" (pág. 34).

Por otro lado, no se profundiza en el análisis de la organización social ni en los aspectos ideológicos característicos de esta mujer campesina y su familia, como el mismo autor lo reconoce, aun cuando parte de una visión de la antropología que no permite escisiones entre lo llamado "cultural", "económico", "ideológico" o "político", por tratarse de una mirada totalizante de la realidad. El estudio es predominantemente económico y deja sin resolver la siguiente pregunta: ¿Cómo se adapta la familia, en cuanto unidad de producción, al capitalismo dominante, y cuáles son las formas propias campesinas, no sólo económicas sino ideológicas, que aún subsisten?

MARIA CLEMENCIA RAMIREZ DE JARA

 

ORGANIZACION URBANA EN CIUDAD PERDIDA

Margarita Serje de la Osa. Cuadernos de Arquitectura, Escala, núm. 9

"Hablo a las veces del pretérito y otras del presente, porque estas cosas algunas permanecen, y de otras no hay rastro", nos dice fray Pedro Simón, en la quinta de sus Noticias historiales. En este castellano encontramos la clave de todo el problema, tanto arqueológico como arquitectónico, referente a Ciudad Perdida. La cronología tairona establecida hasta ahora no permite ser muy preciso en la clasificación de la cerámica, como tampoco en las interpretaciones respecto al urbanismo de los asentamientos arqueológicos. Cada vez surgen hipótesis más convincentes sobre la evolución de los taironas con respecto a su movilización a todo lo largo y ancho de la Sierra Nevada, desde antes del proceso de la colonización española y su repercusión en las poblaciones indígenas, hasta el virtual abandono de las mismas ya entrada la época de la independencia.

Sucinto, explícito y documentado, el estudio hecho por Margarita Serje de la Osa acerca del "urbanismo" en Ciudad Perdida, pasa a ser uno de los documentos más completos que al respecto se hayan publicado en Colombia, ya que cuando los estudiosos tratan este tema en las historias del arte y la arquitectura, pasan por encima el aspecto urbanístico que tanta importancia tiene dentro de la conformación de las ciudades primitivas, donde es imposible entender el espacio arquitectónico fuera del contexto del tejido urbanístico. Esto equivaldría a pretender estudiar la vivienda aisladamente, sin comprender que estos recipientes son apenas piezas de una mayor dimensión que equivalen a la cosmogonía de la ciudad. En los asentamientos indígenas arqueológicos y en los que hoy prevalecen, existen diferencias y afinidades ostensibles. Por una parte se conservan elementos de la tradición indígena que ha venido trasmitiéndose a lo largo de las diferentes generaciones; pero inevitablemente se va dando un proceso de mestizaje que se refleja tanto en la conformación de las comunidades como en la disposición e implantación de las mismas. He aquí otro aspecto que ha de tenerse en cuenta cuando se estudia la distribución urbana en Ciudad Perdida, porque, al contrario de lo que suponemos, el proceso de metamorfosis de la ciudad es tan vertiginoso como sus pobladores. Recordemos que Ciudad Perdida se halla en la Sierra Nevada de Santa Marta, con una altura variable de acuerdo con los diferentes pisos térmicos donde se presentan las implantaciones, y alcanza en su punto más alto los 5.775 m. sobre el nivel del mar, lo cual la hace la montaña litoral más alta el mundo. Desde el siglo XVI los taironas abandonan sus poblados, huyendo de la coraza española, dejando que la selva y el tiempo cubrieran los vestigios de su hábitat. Muchos estudiosos han investigado en la zona, entre ellos Rischof, Alden Mason, Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff, Luis Herrera, Gilberto Cadavid y, Alvaro Soto, entre otros. El mayor interés que ofrece el estudio de Margarita Serje de la Osa consiste en que se trata de una racionalización, tanto de los fenómenos de interrelación del espacio urbano de Ciudad Perdida, como de los procesos de implantación, sin olvidar, claro está, la clasificación de los métodos constructivos que caracterizan la arquitectura del entorno. El tratamiento sincrónico y atemporal de algunos elementos de la investigación es muy discutible desde el punto de vista estrictamente antropológico.

La información histórica y la descripción general del asentamiento arqueológico son lo suficientemente claras como para que el lector desprevenido las entienda. Allí se describe con precisión el aspecto organizativo y su relación obvia con el aspecto constructivo. La arquitectura lítica de Ciudad Perdida surge y se entiende como una adaptación a las condiciones del medio, que con las determinantes de climatización y control ambiental forman un todo coherente. Sólo entonces podemos entender la función de elementos como las terrazas y muros de contención, los anillos de piedra de los sitios de habitación, los diferentes tipos de caminos, los canales de aguas lluvias y las variedades de escaleras. Todos estos elementos forman parte del repertorio espacial que determina el tejido de una ciudad en perfecto equilibrio con su hábitat. Cada uno de los elementos está debidamente clasificado y estudiado, con rigor intelectual, en sus diferentes manifestaciones. Es una información que le sirve tanto al antropólogo como al arquitecto, que en el caso de Ciudad Perdida deben estar fundidos en uno solo. Es muy difícil estudiar esta zona sin una coincidencia rigurosa y feliz de interdisciplinas, desde los caminos que nos enseña el guaquero, hasta la clasificación temporal del antropólogo. La importancia de este estudio radica en que es un punto de partida para seguir ahondando con rigor científico (que a medida que apunta hacia el futuro nos explica el pasado) en Ciudad Perdida, donde todavía hay mucho por descubrir.

MARIO NEREA GOMEZ

 

ESCLAVITUD Y LIBERTAD EN EL VALLE DEL RÍO CAUCA

Mateo Mina. Editorial Fundación Rosca de Investigación y Acción Social, Bogotá, 1975, 164 Págs.

Este texto es el primero de una larga serie de reflexiones antropológicas sobre los problemas de la región del suroeste de Colombia. Mateo Mina -para nadie constituye ya un secreto- es el seudónimo de Michael Taussig, quien, obligado por las circunstancias políticas de 1975, se las ingenió para no callarse, aunque no pudiera hablar con su propio nombre. Y es que, dadas las circunstancias, más que la fama del autor importan las denuncias o la puesta en marcha de la historia popular que el pueblo entrega al etnógrafo, al historiador o a cualquier investigador social.

Este libro tiene el gran mérito de construir valiosas páginas de la historia real de Colombia, porque, como el autor lo señala, la historia "ofi cial" de Colombia es la versión histórica de los dueños del poder, que se contrapone a la historia popular que no ha sido escrita, ya que lo que se pretende es que el mismo pueblo la olvide. Aquí es donde la etnografía aparece con toda su plenitud, pues Mina logra reconstituir, con base en la memoria popular, una historia que ha tenido que pasar de boca en boca y que, parodiando lo que dice Levi-Strauss sobre la función del chamán en cuanto a recitar noche tras noche sus mitos, no es otra cosa que la lucha de la memoria contra el olvido.

La historia popular que aquí se reconstruye es la de la tradición de los grupos que ocuparon y aún ocupan el valle del río Palo y la región de Puerto Tejada. Esta retrospectiva abarca la conquista, la colonia y la república, demostrando, etapa por etapa, cuál ha sido el aporte de estos grupos negros a la cultura nacional. Para Mina está claro que los palenques son culturas, que la insurrección acaudillada por el negro Prudencio es cultura; que el trabajo de extracción del oro es cultura y que lo son también las formas de organización social creadas una vez que se "liberaron" los negros de la esclavitud.

El autor profundiza en los valores tejidos en la vida cotidiana por los campesinos libertos: la reciprocidad, la comunalidad, verdaderos lineamientos de un programa de vida que nutre la lucha y el sentido de ser de estos grupos. Quizás haya en esto algo de romanticismo o exceso de sentimientos. Quizá, para algunos et no historiadores, el panorama dibujado por Mina, sobre la interacción de los indígenas precolombinos y luego la de los negros Y los indígenas en la colonia y en las luchas de independencia, no hayan sido tratados con el rigor suficiente, o lo hayan sido muy a la carrera, o a veces confundidos con la esperanza de la desesperanza. Sea como fuere, a Mina le cabe el mérito de ser uno de los pioneros en la investigación comprometida de la historia popular de estos grupos.

Dentro de este orden de ideas, el autor ataca , la concepción ideológica de cultura y al respecto dice:

[...] los ricos sostienen que los pobres no tienen cultura, que no están preparados, que no tienen educación y que son gente sencilla. Los ricos dicen de sí mismos que son la única clase de la .sociedad que sabe", que tiene "cultura ". De esta manera procuran que los pobres se sientan estúpidos, inútiles e inferiores, incapaces (le conducir sus propias vidas o de tornar decisiones (pág. 12).

Esta posición frente al significado de cultura coloca los términos y las categorías en donde deben estar. Hay, por un lado, una cultura de la elite, que se sitúa por encima de toda consideración y de toda objeción y, como tal, es un instrumento homogeneizante. Por otro lado, está la cultura popular, con su multiplicidad de saberes, de valores, y cuyo procedimiento es la acción. En este sentido, la historia oficial es una ideografía que trata de imprimir fuerza de ley en tanto que es escritura institucionalizada. La historia popular es rebelión, es tradición oral; discurre y se imprime en la cotidianidad; no busca ni necesita héroes, ni estatuas, ni retratos de generales condecorados, ni épicas batallas. Su poder radica en construir la vida y en buscar la libertad.

Estas reflexiones de Mina son lo suficientemente fuertes, decisivas y sugestivas como para leer su libro.

CARLOS ERNESTO PINZON C.
Antropólogo

 

RESEÑA ARQUEOLÓGICA DE CAPURGANA-CHOCO-COSTA OCCIDENTAL DEL GOLFO DE URABA, 1985

Fernando Alzate Amaya

El documento incluye una serie de datos básicos sobre el golfo de Urabá que identifican la situación de éste, así como la extensión, el clima, el relieve, la hidrografía y la formación vegetal de la región objeto de estudio, con el fin de colocarlo dentro de un contexto geográfico.

El autor presenta la región en un marco geológico que, si bien da una información de interés, no muestra correlación con la antigüedad del poblamiento ni con la utilización de ese medio; en general, no es pertinente con el aspecto arqueológico. Sin embargo, al tratar el período paleoindio plantea cómo las condiciones geológicas del istmo de Panamá durante el pleistoceno, unidas a cambios biológicos y climáticos, favorecieron las movilizaciones de las primeras bandas de cazadores que venían del norte y seguían hacia el sur, por las cuencas de los ríos y por corredores de praderas. Estos planteamientos los basa en información de hallazgos ocasionales, algunos registrados, fechados y con asociaciones, y otros fuera de contexto. Cita investigaciones sobre el paleoindio en la sabana de Bogotá y otros sitios de Suramérica, pero no menciona los nuevos hallazgos en Bahía Gloria efectuados por Gonzalo Correal y publicados por la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales (Fían) del Banco de la República (ver anexo "Evidencias de cazadores especializados en el sitio de la Gloria, golfo de Urabá", en Gonzalo Correal y María Pinto Nolla, Investigaciones arqueológicas en el municipio de Zipacón, Cundinamarca, Bogotá, 1983).

Referente a la arqueología de Capurganá, ofrece una visión del sitio y describe la dispersión de vestigios arqueológicos localizados en el plano aluvial entre las colinas y el mar, representados, en cerámica y líticos (metates, manos, hachas y pesas para red). También señala la existencia de otros vestigios hacia el piedemonte, los cuales se continúan por las estribaciones montañosas y los valles de los ríos y quebradas.

Trae un dato de interés, y es la no existencia de conchales en esta margen del golfo, abundantes en la costa oriental del mismo.

Menciona los sitios prospectados en la costa occidental y comenta la existencia de otros, reseñados tierra adentro.

Con base en algunas cuadriculas excavadas y en la observación de las paredes de canales de desagüe, plantea que la estratigrafia delimita niveles superiores con cerámica modelada y aplicada, y que en los niveles inferiores e intermedios se encuentra cerámica pintada. Como la descripción y el análisis se dejan en ese anunciado, no se muestran la correspondencia ni la asociación cultural. Es claro que el documento es el resultado de prospección y sondeos y, por lo tanto, no define unidades de estratigrafía cultural sino hallazgos superficiales. En este aparte, extraña que el autor no haya tenido en cuenta la investigación Reconocimiento arqueológico en el litoral atlántico: Capurganá, adelantada por María del Carmen Bedoya y María Eugenia Naranjo en 1984, financiada por el Fian y presentada como tesis de grado al departamento de antropología de la Universidad de Antioquia. En ésta, si bien no se detalla un panorama cultural y cronológico, se dan las bases de la estratigrafía, asociaciones y otros elementos de interés.

De otra parte, es interesante la información de cronistas que el investigador presenta y las referencias sobre los hallazgos en tumbas indígenas, a orillas de los ríos Acandí y Tolo, de cerámica vidriada procedente de Jamaica y China, así como de monedas, armas de fuego, pipas, hachas de hierro, etc., de Europa y Norteamérica, llegadas por intercambio durante los siglos XVII y XVIII.

Estos datos arqueológicos y los etnohistóricos permiten ir aclarando el panorama histórico de la región, pero el autor debió consultar otra bibliografía existente sobre la zona; véase por ejemplo: Bray, Warwick, "Across the Darien Gap: A Colombian of isthmian archaeology", en The Archaeology of lower central America, Albuquerque, University of New Mexico, 1984.

Casasbuenas, Guillermo; Espinosa Amparo, Asentamientos prehispánicos en el alto río Sinú, departamento de Córdoba, Bogotá, Universidad Nacional, Facultad de Ciencias Humanas, Departamento de Antropología, 1983.

Giap, "Investigación arqueológica y prehistórica de un yacimiento conchal de la costa atlántica colombiana. Turbo, Antioquia", en Boletín núm. 3, abril de 1978, y Boletín núm. 4, junio de 1979, Medellín, Universidad de Antioquia, Facultad de Ciencias y Humanidades, Departamento de Antropología.

Linne, Sigwald, Darien in the past. The Archaeology of eastern Panama and North Western. Colombia, Gotemburgo, 1929.

Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia, "Reconocimiento arqueológico de la hoya del río Sinú", en Revista Colombiana de Antropología, vol. VI, Bogotá, 1957, págs. 31, 161.

Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia, "Investigaciones arqueológicas en la costa pacífica de Colombia: el sitio de Cupica", en Revista Colombiana de Antropología, vol. X, Bogotá, 1961, Págs. 237, 331.

Romoli, Kathleen, Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico, Madrid, Espasa-Calpe, 1955.

Santos, Gustavo; Román, Gustavo; Otero, Helda, Asentamientos prehispánicos en la región del golfo de Urabá, ponencia al 2º. Congreso de Antropología en Colombia, Medellín, 1980.

Santos, Gustavo, Segunda campaña de investigaciones arqueológicas y prehistóricas en la región del golfo de Urabá, Medellín, Universidad de Antioquia, Departamento de Antropología, 1982. Segunda campaña de investigaciones arqueológicas y prehistóricas en la región del golfo de Urabá (segunda fase de excavaciones), Medellín, Universidad de Antioquia, Departamento de Antropología, 1983.

También el autor debió incluir las diferencias entre los resultados de las investigaciones arqueológicas que identifican contextos prehispánicos con las referencias de los cronistas de la conquista, ya que éstas señalan la existencia de grupos indígenas culturalmente diferentes en el golfo de Urabá, los cuevas en la costa occidental y los urabaes, supuestamente asociados a grupos caribes, en la margen oriental.

Referente a la asociación del material prehispánico con los grupos indígenas del siglo XVI, si bien no es clara, hipotéticamente se plantea, por medio de la arqueología, la existencia de un mismo complejo cultural. Este se ha definido con base en el sitio de El Estorbo (ubicado en la margen oriental del golfo de Urabá), superpuesto gradualmente en el sitio de Capurganá (sobre la margen occidental de dicho golfo) a una ocupación que representa un complejo cultural distinto, del cual se desconoce su dispersión espacial.

El complejo de Urabá también está presente en el alto Sinú, representado por el complejo Tierralta, definido por Reichel-Dolmatoff (1957); éste se desarrolló a partir de Ciénaga de Oro. Temporalmente, se extendió por más de diez siglos; geográficamente, llegó hasta la región de Arboletes y el bajo Sinú. La amplia dispersión del complejo Urabá (El Estorbo), alto Sinú (TierraltaEl Cabrero) y las cronologías obtenidas plantean la existencia de un mismo grupo étnico para el golfo de Urabá, así como una posible emigración del mismo a partir de la hoya del río Sinú hasta Urabá y las costas panameñas del mar Caribe. En el orden de la clasificación lítica de pesas para red, se presenta la reconstrucción de las posibles técnicas utilizadas para la pesca en río, en zonas del estuario y en el mar; con el fin de darle una explicación más concreta a las pesas con base en su peso, tamaño y diferencias de forma y acabado, el investigador hace una descripción de los diferentes tipos asociados al enfoque de su función, para lo cual retoma a B. Malinowsky. Dichos planteamientos son tomados de forma descontextualizada. La cerámica recibe un tratamiento diferente, no trabaja la relación forma-función, es extremadamente descriptivo y hace hincapié en la similitud de las técnicas de elaboración y en la decoración de la cerámica de tres sitios: Capurganá, El Estorbo y Caimán Nuevo. Basándose en rasgos formales (pintura, forma, etc.), establece analogías con cerámica de Panamá, Urabá, la costa caribe colombiana, La Guajira y Venezuela, lo cual muestra un enfoque difusionista por demás inconexo, ya que la simple semejanza formal de la cerámica de una región tan amplia, sin ubicación cronológica y carente de un contexto sociocultural, no alcanza un nivel analítico.

Por otra parte, la clasificación cerámica sin la definición de tipologías ni presentación adecuada del material confunde al lector, pues si se dan semejanzas entre la cerámica de los diferentes sitios, ¿por qué desconocerlos? Por el contrario, se deben hacer resaltar las variantes locales, ya que enriquecen los análisis de integración cultural de una región. También se restringe el alcance y se niegan los resultados obtenidos por otros investigadores en el plano de la asociación complejo cerámico-etnia.

Finalmente el documento no plantea conclusiones y presenta fallas en la manera de citar; por ejemplo, algunos autores mencionados en el texto aparecen en la bibliografía, y ésta se halla en varios casos mal referenciada.

ALVARO BOTIVA CONTRERAS

 

LA CONQUISTA TARDIA DE UN TERRITORIO AURIFERO La reacción de los Emberaes de la Cuenca del Atrato a la Conquista Española

Patricia Vargas Sarmiento. Tesis de Grado, Universidad de los Andes, Bogotá, 1984

Aunque han tratado de definirse algunas tipologías sobre las situaciones de contacto entre los conquistadores-colonizadores españoles y los grupos indígenas sobre la base de las características territoriales y de la organización social indígena, cada región y cada etnia presenta una gran particularidad. En el caso de lo que hoy se conoce como el Chocó (que en la colonia incluía también la banda occidental de la cordillera ídem en los actuales departamentos de Antioquia, Risaralda y norte del Valle) llaman la atención ante quien se relaciona con la etnohistoria regional una serie de hechos especiales. Los españoles demoraron casi trescientos años para lograr un dominio colonial efectivo sobre el territorio chocoano, pese a la circunstancia de ser un territorio aurífero de primera clase.

Entre los numerosos grupos indígenas mencionados en los documentos sólo sobreviven los chocoes (uaunanas y emberaes) y los cunas con todo y ser grupos que enfrentaron fuertemente al conquistador. Los chocoes a pesar de estar en contacto con los españoles desde principios del siglo XVIII han logrado mantener en mucho una independencia sociocultural; hasta hace unos cincuenta años conservaban la mayoría de su cultura material y sus tradiciones.

El trabajo de Patricia Vargas apunta a indagar por los elementos de fondo que originaron hechos como los anteriores, específicamente en lo que se refiere a los emberaes del Atrato durante los siglos XVI y XVII. Se propone establecer la ubicación territorial y la organización de los indígenas al tiempo de los primeros enfrentamientos con los españoles, sus posteriores transformaciones, así como las modalidades de la conquista y colonia y las consecuentes reacciones indígenas.

En trabajos precedentes de otros autores se había llegado a establecer que la sociedad emberá actual se organiza en grupos cognáticos locales de parientes sin un carácter corporativo estricto, esto es que en un sector de río o vereda se asientan

familiares tanto por el lado paterno como por el materno pero sin que el grupo se perpetúe en sus descendientes como un ente delimitado poseedor de un determinado bien o territorio, siendo más bien muy propenso a la emigración de sus miembros ante circunstancias como la presión demográfica o los conflictos internos.

Al examinar diversos documentos Vargas encuentra cómo el comportamiento indígena de alianzas y enfrentamientos, y las descripciones que hacían los españoles al dividir a los chocoes en parcialidades y provincias, permite enmarcar a los emberaes de aquella época dentro de lo que la antropología ha denominado organización segmentaria. Unidades de extensión progresiva: la familia nuclear, la familia extensa, las comunidades o parcialidades y las provincias, se unían y se separaban de acuerdo a necesidades militares de alianzas.

El enfatizar el carácter segmentario de una sociedad indígena hortícola puede aparecer redundante, Sahlins 1 por ejemplo equipara sociedad neolítica agrícola, sociedad tribal y sociedad segmentaria primitiva. Sin embargo el carácter "funcional" de la segmentariedad es de una gran amplitud. Por ejemplo están los sistemas de linaje segmentario del África subsahariana, en los que grandes linajes comprenden linajes secundarios y estos a su vez se dividen en linajes terciarios etc.; cada una de estas unidades se localiza en territorios estrictamente delimitados y frecuentemente contiguos; existen en cambio etnias como los chocoes contemporáneos constituidas por parentelas cognáticas no corporativas y dispersas por grandes territorios intercaladas en la población negra o blanca y en las que la segmentariedad es efectiva en los niveles mínimos (las parentelas) pero en los otros: el grupo regional, el grupo dialectal, toda la etnia, aparece más como una lectura del analista que como un factor organizativo efectivo. Es muy diferente, entonces, una situación segmentaria como la contemporánea, ubicada en un plano "estructural", de la que se daba durante la conquista, mucho más articulada al plano "organizativo".

El hecho es que Vargas ve cómo en la guerra contra los españoles, el carácter segmentario era la base organizativa expresada al máximo en su faceta integradora en la rebelión de 1684 en la que se levantan casi todos los emberaes.

Esto es indudablemente más claro en términos de antropología social que seguir hablando de "organización temporal alrededor de caciques guerreros".

Como explicación al prolongado período de conquista en el Chocó la investigadora propone una interacción de los factores de la organización indígena ya anotados, con los conflictos internos de la misma administración española (sólo hasta 1680 se resolvió en favor de la gobernación de Popayán la disputa que mantenía con la de Antioquia por la jurisdicción del alto Chocó) y las dificultades de movilización en las selvas superhúmedas. La hostilidad de los cunas del bajo Atrato y las alianzas e incursiones que ocasionalmente hacían con los piratas ingleses inutilizó al Atrato como vía de comunicación con Cartagena frenando el comercio en la región y favoreciendo la existencia de una extensa zona marginal propicia para la huida de cimarrones indígenas.

El desarrollo de los hechos es dividido por la autora en cuatro etapas:

1) 1511 a 1595 caracterizada por una colonización periférica: Santa María La Antigua al norte, Anserma al este, Toro al sur; e infructuosos intentos de penetración a causa de las derrotas infligidas a los españoles por los chocoes.

2) 1600 a 1645, en este período los indígenas de Tatamá (hoy Chamí) aceptan algunos contactos con los españoles atraídos por las mercancías (herramientas y adornos) y por la posibilidad de conseguir como aliados a los peninsulares en contra de otros indios enemigos, pero al pretender los españoles imponer su dominación a los chocoes, éstos reaccionan violentamente exterminando una expedición española en el Atrato primero y luego destruyendo Salamanca de los Reyes en territorio Tatamá (1638). Los peninsulares responden con la guerra a sangre y fuego pero con resultados tales que dos años después habían desaparecido todos los poblados coloniales de los altos y medios Atrato y San Juan.

3) 1645 a 1647, este lapso está marcado inicialmente por las entradas pacíficas de los misioneros. La primera del franciscano Matías Abad (1649) logró fundar cinco poblados en el alto Atrato, pero éstos fracasaron al ser muerto el frayle un año después en una expedición al territorio Cuna en el bajo Atrato. El bachiller presbítero Antonio de Guzmán y Céspedes, realizó tres expediciones saliendo de Santa Fe de Antioquia, en ellas logró convencer a unas quince "parcialidades" de emberaes de los afluentes orientales del alto Atrato para que a cambio de no ser encomendados ni trasladados, pagasen tributo al rey, se asentaran en cinco pueblos, hicieran iglesias y dejaran explotar el oro a los españoles y a sus esclavos.

4) 1674 a 1695, la misión del Chocó es otorgada oficialmente a los franciscanos en 1674, y se violan los acuerdos al ser asignados los indios a corregidores particulares, ser instaurado el castigo corporal y trasladados de sus lugares de origen. En 1684 se rebelan la mayoría de emberaes tanto del Atrato como del San Juan. Quemaron los pueblos y mataron más de 100 peninsulares. Los españoles enfrentan la revuelta con indios uaunanas y con dos parcialidades emberaes que no se sumaron al alzamiento. En 1688 una tropa enviada de Popayán logra controlar de nuevo a los emberaes del Atrato y en 1691 Fray Joseph Córdoba logra pactar una paz momentánea entre emberaes y cunas.

Hasta bien entrado el siglo XVIII habrían de seguirse dando revueltas indígenas y enfrentamientos entre los emberaes y los cuna.

La intrusión española afectó irreversiblemente a la sociedad indígena en dos sentidos: por la escisión definitiva de muchos pequeños grupos que se refugiaron en selvas remotas como cimarrones o por la concentración en poblados bajo el mando de caciques indígenas impuestos por los españoles encargados de recoger el tributo e impedir la fuga de la gente. De esta forma la dinámica segmentaria de resistencia quedó ahogada. Los emberaes actuales son en mucho la consecuencia de la resistencia pasiva aislada de los cimarrones y de todo lo que se pudo transformar en los emberaes "reducidos", evangelizados y vigilados de los poblados.

MAURICIO PARDO ROJAS
Antropólogo

 

HISTORIA ORAL Y PROCESO ESCLAVISTA EN EL CAQUETA

Roberto Pineda Camacho. Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Banco de la República, núm. 29, Bogotá, 1985

Un esfuerzo sistemático y prolongado por rescatar de la memoria colectiva lo que hubo de relaciones y conflictos en el pasado, se concreta en la obra de Pineda dedicada a analizar el proceso esclavista que marcó la historia social y cultural del Caquetá desde el siglo XVII hasta finales del XIX.

No estamos frente a una temática su¡ géneris, o a una obra producto de la elección caprichosa de "objetos de investigación" por parte del autor. La trata de esclavos indígenas fue un fenómeno económico, social y cultural de grandes dimensiones que involucró, transformó y desestructuró a gran número de etnias de la jurisdicción de la Nueva Granada.

En los llanos orientales y el Orinoco el comercio de esclavos indígenas fue también factor determinante en la dinámica de la historia regio nal, que se tradujo en la desocupación de vastos territorios y en obstáculo permanente para la prosperidad de las reducciones misioneras. La trata de esclavos indígenas fue uno de los mecanismos utilizados en la captación de fuerza de trabajo, factor éste fundamental para el desarrollo de los procesos de ocupación y colonización de las "tierras nuevas", adelantados por los europeos desde el siglo XVI.

Tradición oral, manuscritos del Archivo Nacional y material bibliográfico, constituyen la base documental de la que se sirve el autor para dar a conocer los procesos esclavistas que predominaron a lo largo del río Caquetá (desde el siglo XVII hasta finales del siglo XIX) y particularmente para el tratamiento de los siguientes temas:

-Articulación de los procesos esclavistas con las formas de organización tradicional indígena.

-Visión de los indígenas sobre el "rescate".

-Función política del intercambio de hombres.

-Estatuto tradicional del "esclavo indígena". "Tropas de rescate" organizadas por particulares y representantes de autoridades (incluso misioneros), adelantaban incursiones a territorios étnicos de donde capturaban o adquirían indios a cambio de herramientas de trabajo (hachas, cuchillos, machetes), armas de fuego y bujerías. En ocasiones, caudillos locales indígenas se asociaron a la trata y, mediante acciones guerreras o relaciones de intercambio interétnico, obtuvieron "esclavos" nativos que negociaban con los europeos o sus descendientes. En este contexto, los traficantes recurrieron también a la "guerra justa", legitimada bajo la consideración de la rebeldía indígena y de su naturaleza caníbal.

La distribución de los cinco capítulos que configuran la obra obedece a la identificación -hecha por el autor- de dos circuitos del tráfico de esclavos indígenas dentro del conjunto de la trata en el Caquetá. Uno, el conformado por las relaciones entre el alto Caquetá -particularmente la zona del río Caguán- y el alto Magdalena (capítulos I y II).

El otro, constituido por el intercambio entre el medio y bajo Caquetá con las colonias lusobrasileñas del medio Amazonas y río Negro (capítulos III y IV). En el capítulo final (V) se expone la propagación y frecuencia de ciertas epidemias entre los grupos indígenas del Amazonas, como consecuencia de los contactos con los europeos y sus descendientes.

Las tempranas "jornadas pacificadoras" y las ocupaciones de españoles en el alto Magdalena, ocasionaron una rápida declinación demo gráfica indígena en esta zona, lo que obligó a colonos y vecinos de la vieja Timaná y de la ciudad de Espíritu Santo a proveerse de mano de obra nativa de la región del alto Amazonas y en especial del Caguán.

La zona del Caguán, habitada por grupos de cultura tucano occidental, fue el asiento de las naciones indígenas tama, guasinga, andaquí, entre otras. Estas se habían reproducido allí siguiendo patrones como el de "roza y quema", mediante el cual cultivaron maíz, yuca (amarga), chontaduro, ñame, caña dulce y "otras raíces". También el ejercicio de las actividades complementarias de caza, pesca y recolección, les permitió el acceso a bienes como osos, venados, cafuches, conejos, caimanes, tortugas, miel de abejas, etc.

La composición étnica y demográfica de algunas de las encomiendas de Timana, a principios del siglo XVII, señalan la significativa participación tama en la estructura laboral de la región, lo mismo que la de miembros de otras etnias que fueron trasladados al alto Magdalena: andaquíes, pinaguajes, guentas y orteguaces.

La composición de las encomiendas en referencia permite deducir que el rescate de tamas, especialmente de "chinas y muchachos", fue una actividad corriente de los españoles.

Otras fuentes corroboran además la, práctica de relaciones de "esclavitud" entre distintas etnias con un significado social diferente. Entre ellas los prisioneros de guerra ocupaban el lugar de "esclavos". Se trataba fundamentalmente de mujeres capturadas de los grupos enemigos y de "niños huérfanos cuyos padres habían muerto durante la reyerta tribal o habían sido sacrificados ritualmente en las festividades caníbales".

Los cautivos de "edad tierna" no se distinguían en nada de los miembros del grupo captor, siendo su condición más bien la de huérfanos en términos existenciales y socioculturales, es decir, carentes de grupo étnico propio, sin identidad cultural. Este tipo de cautivos tenía, sin embargo, la posibilidad de negar esa condición, lanzándose en el proyecto cultural de su grupo captor, siendo "destruidos" los mayores, "porque se presume que al tener inteligencia suficiente, pueden traicionar a su nueva tribu en favor de la anterior".

La institución caníbal, estrechamente relacionada con las prácticas de rescate de piezas tamas, se modificó parcialmente con la presencia española: a las víctimas se les conmutaba la pena para permutarlas por mercaderías.

Pineda considera que el problema "tama" se refiere sobre todo a unas formas políticas existentes en la región y no a un grupo étnico específico. Sin embargo son varias las referencias documentales en las que la "nación Tama y por otro nombre, Payagagees" se menciona como una unidad étnica "de la provincia del Gran Caquetá". De la dilucidación del contenido histórico "tama" depende en gran medida la comprensión del papel de don Juan Tama, fundador del país páez moderno, y en torno al cual el autor expone sugerentes asociaciones y planteamientos.

Con el mismo propósito de obtener fuerza de trabajo para sus colonias del medio Amazonas y río Negro, los lusobrasileños adelantaron expe diciones al bajo y medio Caquetá en el transcurso de los siglos XVIII y XIX.

Distintas agrupaciones indígenas (huitoto, bora-miraña, muinane, andoque, nonuya) localizadas cerca de las riberas de los ríos Caquetá, Putumayo, Cahuinari, Igaraparaná y Caraparaná, quedaron involucradas compulsivamente en la trata de mano de obra indígena promovida por los lusobrasileñós mediante el intercambio de herramientas de acero y otras mercancías.

Estos grupos indígenas, cuya reproducción se basaba en la agricultura de roza y quema, la caza, la pesca y la recolección de productos silvestres, tradicionalmente utilizaban hachas de piedra para talar el bosque. La adquisición de hachas de acero y de otras herramientas encontró un lugar fundamental en los sistemas de valoración de sus culturas, convirtiéndose en símbolo de abundancia y de multiplicación. Capitanes y linajes articularon sus carreras ceremoniales con las nuevas redes del comercio y legitimaron su poder "con base en la ideología del hacha" o en virtud de su pertenencia a un linaje superior.

El traslado de indígenas a los establecimientos de la capitanía general del río Negro (Brasil) y, en general, el comercio de mercancías, fue un factor desestabilizador de las sociedades indígenas del bajo y medio Caquetá, especialmente por la irrupción y propagación de epidemias que "escapaban al control de los jefes y actores rituales".

De la obra de Pineda se desprende, entre otros aspectos, que los procesos esclavistas de la región amazónica estuvieron articulados con las estructuras socioculturales tradicionales indígenas.

AUGUSTO GÓMEZ

 

JAGUAR

George Dahl. (Traducción de Germán Galvis V.) Universidad Nacional de Colombia, Colección Popular, núm. 6, Bogotá, 1985

Se hace con frecuencia necesario mencionar algunos aspectos biográficos de ciertos escritores, especialmente cuando se trata de personajes tan interesantes como la misma obra literaria. Es el caso de George Dahl (1905-1979), científico y escritor sueco. En busca de nuevas especies de peces llega en 1936 a Colombia, esta "nueva tierra" o Neo Gea, como la califica en la introducción del libro; zonas lejanas de su natal y muy estudiada Suecia, en donde todo estaba prácticamente clasificado, incluyendo los grupos exóticos del norte: los lapones.

Influido tal vez por los escritos del alsaciano Luis Striffler sobre el Sinú y San Jorge, escogió esta comarca para sus estudios. Se internó durante casi dos años en la región del río Uré, tributario del San Jorge, donde convivió con los indígenas emberaes, aún poco conocidos actualmente. En 1939 regresa a su patria y publica Jaguar, y un año más tarde Tvâ âr som indian (Dos años como indio).

Dahl regresa en 1948 a Colombia y se radica en Sincelejo, perteneciente entonces al departamento de Bolívar.

Se dedicó por muchos años a la docencia en el colegio Simón Bolívar, complementando esta ocupación con clases particulares de inglés. Duran te su estadía en Sincelejo, Dahl colaboró con las investigaciones de James J. Parsons y B. Le Roy Gordon, sobre geografía humana del Sinú y San Jorge. Los sincelejanos recuerdan a "mister Dahl" como un hombre de blanco vestir que pasaba horas observando los pececitos del pozo de Majagual, la quebrada de Colosó o dedicado a las faenas de la pesca en Tolú. La constancia investigativa de este ictiólogo lo llevó a publicar numerosos artículos científicos en revistas nacionales y extranjeras. En 1958 se vinculó a la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá como profesor de zoología, gracias al científico Federico Medem, con quien realizó algunas expediciones y publicaciones. Más tarde (1961), ocupó el cargo de jefe del departamento de pesca de la Corporación Regional de los valles del Magdalena y del Sinú (CVM). En 1967 parte para siempre a su tierra natal, donde era más conocido como escritor y poeta.

De sus numerosos libros, más de quince tratan temas colombianos, entre los cuales Jaguar es la primera obra de Dahl que se traduce al español.

Jaguar es un ejemplo de la visión holística de este científico. El libro se caracteriza por las detalladas descripciones de la fauna de la región del río Uré. Está escrito a manera de una narración que linda con la novela; describe en ella el ciclo vital de los seres selváticos, mas no en forma aislada sino interrelacionada. Bajo el principio de selección natural los ve sometidos a un destino fatal. Dahl nos cuenta la constante lucha por la supervivencia: comer o ser comido; el libro es una apología a la tragedia en la naturaleza casi en un sentido teatral.

Todo el ensayo gira en torno al jaguar, llamado Imamá por los indígenas. A lo largo del texto describe el ciclo vital de este animal y cómo su vida se halla entretejida con la selva. Dos personajes secundarios lo acechan e intentan dar fin a su papel dominante en la selva. Se trata, por un lado, del indígena representado como cazador que atenta contra todos los animales desde que hace uso de la escopeta. El otro personaje es el negro ribereño dedicado a la agricultura y temeroso de la selva.

Dahl exhibe en Jaguar un detallado conocimiento del comportamiento de los animales. Sin embargo, en cuanto a las descripciones de los emberaes de esa región, desconcierta con algunos datos que difieren de lo que se conoce de este grupo humano ampliamente disperso en el territorio colombiano. Clasifica a los indígenas de la región del río Uré y zonas aledañas dentro de un tipo de organización clánica, y relata, además, la existencia de tótemes. De acuerdo con los estudios etnográficos; los emberaes no presentan clanes; se trata de parentelas de tipo cognático distribuidas a lo largo de un río. Dahl menciona que vivió con el clan Domicó, siendo éste un apellido que predomina en la región. Otro aspecto interesante es el referente a la diferenciación que hace de los jaibanás en buenos y malos, y a la relación de estos últimos con el jaguar.

De acuerdo con el autor, este animal personifica los espíritus malos. Cierto es que los jaibanás ejercen control sobre los muy diversos espíri tus que pueblan el mundo; estos últimos son representados en bastones, cuya posesión posibilita al jaibaná el dominio sobre los espíritus. Cuantos más bastones tenga, tanto más poderoso. Pero el jaguar no desempeña hoy en día el papel preponderante que Dahl le atribuye. Lo cual no descarta la posibilidad de que en un pasado haya cumplido una función importante, y que con la introducción de armas de fuego dentro de las comunidades indígenas quedará finalmente relegado a perder su pretendida inmunidad.

Cabe resaltar, además, que los emberaes del alto Sinú y afluentes del San Jorge han sido poco investigados. El significado mágico del jaguar, en el sentido previamente descrito, no se limita a los indígenas. El autor menciona cómo en las creencias de negro ribereño el jaguar también se halla, esta vez en virtud de una tradición africana que lo asocia al hombre-leopardo, dentro de la cual se le combate con brujería.

Contrariamente, pasando por alto su propia caracterización de los jaibanás, el autor alude a la vida cotidiana de un indígena, llamado Do Chama, sin advertir su categoría de chamán. En efecto, en la descripción de un tratamiento que hace éste a su hermano, lo vemos realizar una ceremonia de curación típica de un jaibaná: se invoca en ella los jais (espíritus representados en los bastones), con lo cual se muestra que Do Chama no es cualquier indígena cazador sino, justamente, un jaibaná.

Dahl deja traslucir en varios pasajes cierto etnocentrismo. Así, por ejemplo, en las referencias al manejo del tiempo por los indígenas (págs. 15, 33, 115) o en sus apreciaciones sobre los negros de Uré (pág. 129).

Dahl se nos presenta, además, como un naturalista con una óptica ecológica desde la cual el hombre aparece como destructor de la selva, pero, paradójicamente, no está él condenado al mismo destino fatal del jaguar (¡mamá) y de la selva.

Las observaciones de carácter antropológico que trae el autor resultan difíciles de evaluar, dado el desconocimiento que se tiene hasta el presente de los emberaes del río Uré y las zonas aledañas.

Algunos datos nuevos, como el atinente al simbolismo de la pintura facial y corporal (pág. 178), requerirán de un trabajo de verificación.

Aparte de los datos ocasionales, de vitalidad para el antropólogo, el logro del libro reside en la viva proximidad a la naturaleza selvática. Al dibujar su belleza e invitarnos a reflexionar, nos queda un hálito melancólico que nos trae a la conciencia cuán distantes estamos de la naturaleza.

AUGUSTO OYUELA CAYCEDO

Nota: Agradezco la colaboración y comentarios del doctor Germán Galvis V. y de los antropólogos Mauricio Pardo y Patricia Vargas.

 

HALLAZGO DE CERAMICA MALAMBOIDE EN LA FRANJA LITORAL ADYACENTE A LA SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA: Un avance de investigación

Carl Henrik Langebaek

Desde hace algunos años, los investigadores que han trabajado en el área de la Sierra Nevada de Santa Marta han llamado la atención sobre el hallazgo de cerámica cuya ubicación cronológica corresponde a desarrollos difíciles de asignar a la llamada "cultura tairona" que encontraron los españoles en el siglo XVI. El material en cuestión, denominado "Neguanje" o "Tairona temprano", proviene generalmente de la franja litoral.y consiste en vasijas negras o carmelitas con decoración incisa y en recipientes pintados en positivo sobre superficie, similares, en algunos aspectos, a los tipos definidos para el "Primer horizonte pintado" de la cuenca del río Ranchería (ReichelDolmatoff, 1958 y Bischof, 1968). Actualmente, parece claro que los desarrollos "Neguanje" pudieron tener una cronología entre los siglos III y X d. C. (Bischof, 1968; Oyuela, 1985 y Ardila, 1986), período que, a falta de datos adicionales, se ha venido considerando como el correspondiente a la primera ocupación del área, por parte de sociedades alfareras. Sin embargo, durante recientes investigaciones llevadas acabo en la región bañada por los bajos ríos Córdoba y Toribio, en la vertiente occidental de la Sierra, fue posible reconocer la existencia de diversos sitios de asentamiento humano donde la ocupación "Neguanje" fue precedida por la presencia de ceramistas con una tradición alfarera distinta, lo cual sugiere una ocupación de la franja litoral adyacente a la Sierra durante una época anterior a la que se había pensado.

En efecto, en varios sondeos realizados en cuatro sitios (Dátil, Loma de Quinto, Manzano y Tigrera), todos en cercanías al río Toribio, se recolectaron varios cientos de fragmentos de cerámica modelada-incisa cuya ubicación estratigráfica antecedía a la introducción de la alfarería "Neguanje" y, naturalmente, al de la tradición cerámica tairona. El material hallado, corresponde a cuencos pandos, cuencos naviformes tetrápodes y a vasijas semiglobulares con bases troncónicas perforadas,

decoradas a base del modelado y la incisión ancha. La cerámica recolectada en nuestras excavaciones no incluye piezas completas, pero, en 1944, el profesor Gerardo Reichel-Dolmatoff (com. pers., 1986) adquirió dos vasijas completas, modeladas-incisas, provenientes del bajo río Córdoba, claramente de las mismas características que los tiestos recolectados por nosotros. Tanto los fragmentos encontrados en cercanías al río Toribio, como las vasijas adquiridas por ReichelDolmatoff, son similares a los tipos descritos por Angulo (1981) para el sitio de Malambo -en el bajo Magdalena-, y los cuales, en conjunto con una serie de "estilos" y "tradiciones" del occidente venezolano, conforman la denominada "Tradición Malamboide", con fechas que abarcarían desde el año 1120 a. C. hasta los comienzos de nuestra Era (Tartusi, Niño y Núñez Regueiro, 1984) es decir, aproximadamente, hasta la época que se considera inicio del período "Neguanje". Algunos rasgos de la cerámica "malamboide" presentan, además, similitud con la alfarería modeladaincisa predominante durante épocas tardías en las Antillas, especialmente con la llamada "serie" chicoide (cf. Arvelo y Wagner, 1984), y con algunos aspectos de la "Tradición Barrancas" del bajo Orinoco (cf. Sanoja, 1979 y Angulo, 1981).

Los sitios donde la ocupación "malamboide" es más evidente son Dátil y Tigrera, ambos en cercanías a la desembocadura del río Toribio y sólo separados del mar por una estrecha franja de playa. La presencia de tiestos modelados-incisos en los sitios de Loma de Quinto y Manzano, separados del mar y muy cerca de las estribaciones de la Sierra Nevada, sólo es esporádica e indicaría la existencia de unas cuantas viviendas, quizás. ocupadas por temporadas. En Dátil, donde existen amplios sectores del yacimiento arqueológico con sólo cerámica "malamboide", la basura se encuentra dispersa formando una veintena de acumulaciones circulares, de aproximadamente 5 metros de diámetro cada una, probablemente correspondientes a plantas de vivienda. El patrón de poblamiento fue lineal, a lo largo de las áreas no inundables adyacentes al río, y sobre los bordes de las elevaciones colindantes con la playa, de rápido acceso al mar.

A juzgar por el hallazgo de fragmentos cerámicos probablemente correspondientes a budares, la economía de los indígenas portadores de la alfarería modelada-incisa incluia el cultivo de yuca, actividad complementada con la recolección de moluscos (especialmente Donax sp., Murex sp. y Marginello sp.), la pesca, la caza y la elaboración de adornos en concha y en hueso. En cuanto al cultivo de yuca, la información de Papare coincide con la de Malambo (Angulo, 1981), e igual cosa puede decirse sobre la ausencia de manos de moler o metates que se puedan asociar al procesamiento de granos. Una diferencia importante entre la economía de los indígenas de Malambo y Papare radica, sin embargo, en que la posición de los primeros -en un medio relativamente alejado del mar- impidió que aprovecharan muchos recursos que en Papare estaban a la mano, especialmente por lo que se refiere a la recolección de moluscos y la pesca marina.

Después del predominio de la cerámica "malamboide" ocurrió la introducción de la alfarería "Neguanje", caracterizada por la elaboración de grandes vasijas aquilladas de base baja, decoradas con pintura roja sobre superficie formando motivos rectilíneos, así como de recipientes globulares, negros o carmelitos, con bases bulbosas perforadas, y cuya decoración se basa en incisiones imitando círculos concéntricos o diseños sigmoideos. Básicamente, se trata de los mismos elementos definidos para los sitios más septentrionales (Bischof, 1968; Wynn, 1975 y Oyuela, 1985), pero, a diferencia de lo que ocurre en esos lugares, la proporción de fragmentos pintados es mucho más alta que la de la cerámica incisa, lo cual sugiere un origen meridional para la costumbre de elaborar los recipientes decorados con pintura roja sobre superficie. A pesar de que la cerámica pintada de Papare, como la generalidad de las vasijas "Neguanje" conocidas, presentan alguna similitud con los tipos del "Primer horizonte pintado" descritos por Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff (1951) y por Ardila (1986), la decoración predominante, a base de líneas rectas, es también similar a la cerámica característica del "Segundo horizonte pintado", de amplia dispersión en el occidente venezolano y La Guajira (Tartusi, Niño y Núñez Regueiro, 1984 y Ardila, 1986) y el cual tuvo incluso alguna influencia a partir del siglo IX d. C. en los desarrollos de las tradiciones alfareras de la Cordillera Oriental (Langebaek, 1986).

Finalmente, el último período de ocupación precolombina en la región investigada corresponde a los desarrollos "taironas". Probable mente originaria de la zona litoral norte, entre Santa Marta y Dibulla, donde algunas excavaciones arqueológicas sugieren su gradual gestación (Bischof, 1968; Wynn, 1975 y Oyuela, 1985) la alfarería "tairona" se introdujo como un complejo desarrollado, quizás alrededor de los siglos VIII o IX d. C. Los fragmentos de cerámica característicos de ésta ocupación se pueden asignar a los tipos popularmente conocidos como "negro" y "rojo", predominantes en la mayor parte de los sitios tardíos del área de la Sierra, e incluso presentes en La Guajira (Ardila, 1986) y en la Isla de Salamanca (Reichel-Domatoff, 1958). Adicionalmente, existe un minimo porcentaje de cerámica "crema" quizás adquirida mediante intercambios con las comunidades que dominaban la Serranía de la Secreta y las cuencas de los ríos Frío y La Aguja, lugares que figuran como lugar de origen de muchas vasijas "crema" en las colecciones particulares en Ciénaga.

El hallazgo de yacimientos arqueológicos con evidencias de tres períodos de ocupación humana en el bajo río Toribio, abre las puertas a numerosos interrogantes sobre los desarrollos indígenas en el área del litoral adyacente a la Sierra Nevada de Santa Marta. Desde luego, uno de los aspectos más relevantes que sugiere la investigación se refiere al hallazgo de cerámica "malamboide" del formativo suramericano antecediendo a la introducción de la alfarería "Neguanje" considerada hasta ahora como la más antigua de la región. Aún no está claro cuál pudo ser la relación entre los indígenas portadores de las tres tradiciones alfareras reconocidas en Papare: si los cambios se debieron a la invasión de grupos étnicos diferentes, la absorción de influencias foráneas cambiantes o a la dinámica de evolución inherente a toda sociedad. Por nuestra parte, nos gustaría mencionar algunos aspectos que ciertos autores consideran asociados a la cerámica modelada incisa y que, al parecer, también estaban presentes entre las culturas que dominaban la Sierra Nevada en el siglo XVI: la domesticación y consumo del perro mudo (cf. Sanoja, 1979 y Angulo, 1981), la filiación lingüística emparentada con el stock lingüístico arawak (véase hipótesis de Reichel-Dolmatoff, 1946 para los chimilas, Angulo, 1981 y discusión de Uribe, 1986) y, algo que resulta especialmente evidente entre los portadores de cerámica modelada-incisa en las Antillas: la representación de la "deidad murciélago" en cerámica, la elaboración de hachas monolíticas, y la talla de pequeñas representaciones de aves sobre felinos en concha, hueso o madera.' Como es obvio, únicamente futuras investigaciones, no sólo en los bajos ríos Toribio y Córdoba, sino en los flancos occidental y sur de la Sierra, poco conocidos en términos arqueológicos, pueden arrojar luz sobre la polémica que deben despertar los hallazgos en Papare.

 

1 Sahlins, Marshall D. Las Sociedades Tribales. Ed. Labo Barcelona, 1972, págs. S-6.

 

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