Ficha bibliográfica
Titulo:
Pioneros de la antropológia en Colombia: El padre Rafael Celedón
Edición original: 2005-05-13
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-13
Creador: Banco de la República




INDICE




  Sonríe Marocasa á orillas del río Ranchería, en un fértil vallecillo estrechado por dos ramales -Macheteado y Cuchilla de agua fría- que le quedan, aquél al norte y éste al sud. Como cien indígenas y unas dos ó tres docenas de civilizados mal acomodados en veinte 6 treinta pares de casitas (que también aquí son dobles las habitaciones), y una pequeña iglesia, es todo lo que se encuentra en la planta de este pueblo elevado á 2,000 pies. Atravesando el río y á pocos metros de distancia, se tropieza con una de las mas raras petrificaciones que pueden idearse, por razón del trance terrible que revela, cual es encontrarse un hombre junto á un tigre. Es una laja que estuvo largo tiempo cubierta por la arena; pero que, gracias á las lluvias, va de nuevo descubriéndose y presentando las huellas de un hombre, las de un tigre y las de un perro: las de aquél, que iba huyendo de la fiera y que al fin cayó de bruces, pues además de las huellas de los pies se nota la estampa de las manos, y á un lado varios círculos concéntricos que parecen producidos por alguna soga enroscada que llevara al brazo. De esto, y de llevar los pies descalzos, se deduce que era algún vaquero. Las huellas del tigre están alrededor de las del hombre, y lo mismo las del perro que debió de perseguir á la fiera en defensa de su amo. En otro país ya ocuparía esta curiosa petrificación su lugar en un museo.

Si de lo anterior podemos dar testimonio, por que lo hemos visto, no sucede otro tanto con la especie que corre entre los indígenas de que en la inexplorada cima del cerro nombrado Cuchilla de agua fría, se veía antiguamente un mástil de bajel. Sea de esto lo que fuere, induce por lo menos á pensar que acaso hay en ello una reminiscencia del Diluvio.

Al sudoeste de Marocasa y como á distancia de dos miriámetros, se encuentra el pueblo del Rosario, graciosamente engastado entre cuatro colinas que ocupan sus cuatro puntos cardinales, dejando abiertas otras tantas sendas por sus ángulos que dan entrada á aquel encantador vergel. Dos arroyuelos y el río Cesar, enguirnaldados de laureles, guayabos, limoneros y pacaes, lo ciñen por tres lados. Aquí no hay doble casa para la familia, como en los pueblos que hemos recorrido; sinembargo, consérvase esa práctica en las posesiones rurales.

Aun no está determinada la altura de este pueblo; pero debe ser menor que la de Marocasa, á juzgar por la temperatura que es un poco mas cálida, sin dejar de ser muy sana y agradable. En estos dos pueblos se habla una misma lengua -la Guamaka- de la cual hemos dado muestras en un apéndice á la Gramática goajira, y ahora las damos mas extensas en el apéndice de ésta. Habrá como 100 indígenas y unas seis ú ocho familias de civilizados; pero en las fiestas se llena el pueblecito de personas que vienen de San Juan de Cesar y sus contornos, ora á divertirse, ora á pagar promesas á la Virgen del Rosario, trayéndole ex-votos de oro y plata. Aquí, como en todos los pueblos de la Nevada, se observa la separación de sexos en la iglesia, pero no en los bailes: éstos, bajo el nombre genérico de Funfún, se dividen en varias clases según las pantomimas de que los acompañan. Comenzaremos por la Subida al cielo. Para este baile se toman de las manos hombres y mujeres, formando un círculo cuyo centro es ocupado por los músicos que tocan los carrizos. Después de dar la rueda algunas vueltas á izquierda y á derecha, cantando todos y batiendo las plantas á compás, se ensancha el círculo á lo que den los brazos, y luégo marchan todos hacia el centro, hasta golpear con los puños á los músicos si lo permite el número de los danzantes. Estas evoluciones se repiten hasta que termina el baile con una salva de alaridos. El Toro, el Tigre, el Gallinazo, la Culebra, el Mico son danzas en que se disfrazan los indios bajo la apariencia de estos animales, y al són de los carrizos, escarban, mugen, rugen, vuelan á la presa, se enroscan y se arrastran cual serpientes, hacen en fin, como micos, mil monadas entre los aplausos y risotadas de los espectadores. También tienen el supersticioso baile de la Cansamaría que es común á todos los pueblos de la Sierra.

Aquí en el Rosario tuvimos ocasión de observar hace algunos años, una creencia y una práctica á que hace alusión Cesar Cantú hablando de ciertas tribus de los Daias. "Durante los eclipses, que denominan con un vocablo sanscrito graana, creen, dice Cantú, que un dragón llamado Raou (voz igualmente sanscrita) devora á la luna, y para espantarlo hacen un ruido estruendoso, absolutamente como los Chinos". Y estando yo entregado al sueño me desperté sorprendido con el estruendo de una desatentada vocería que era reproducida por los ecos de las colinas del contorno. Salgo á la plaza, miro hogueras ardiendo al rededor sobre todas las colinas; y á su resplandor y á manera de fantasmas, veo un gran número de indios que atizaban las hogueras al mismo tiempo que gritaban: Zagaméru Yingái! Zagaméru Yingái! ¿Qué es esto? pregunté á una indígena ladina que á la sazón se me acercó. "Pues que ha de ser, me contestó, sino que el diablo está comiéndose á la luna, que eso quieren decir esas palabras Zagameru Yingai que está escuchando". Entonces le pedí que me explicara aquello, y me dijo que los indios creían (quizás ella también) que el eclipse era una especie de pelea entre el diablo y la luna; que aquel trataba de tragarse á ésta, y que si llegara el caso de comérsela toda, se acabaría el mundo; que aquellos gritos eran como para espantar al diablo, y aquellas candeladas, para restituir á la luna la luz que iba perdiendo en la pelea.

Llama la atención en el Rosario la Piedra de la escalera que toma nombre de su forma. Es una enorme roca en figura de trapecio, midiendo como ocho metros de alto y diez de largo. Por el respaldo es enteramente lisa; pero por el frente ofrece á la vista una serie de escalones desde la base hasta la cima, por donde puede subirse fácilmente, y que han sido formados probablemente por las aguas del Cesar en cuyo medio se levanta. Antiguamente debió de correr el río por encima de ella, formando remanso en el pequeño llano en donde ahora se halla el pueblo, que está poco mas ó menos á la altura de su cima. Quizás no sería difícil averiguar los siglos que ha empleado el agua para bajar al nivel por donde corre ahora, calculando el tiempo que ha necesitado para labrar cada uno de los escalones en la roca.

Hay también, á algunos tres mil pasos del Rosario, un bellísimo lugar llamado Divinakáriga -Tierra divina- en donde se levanta una piedra grande en forma de pirámide, venerada de los indios por que representa á un personaje, cuyo nombre no recuerdo, que viniendo de viaje, ya cansado y no pudiendo seguir, se transformó en aquella piedra. Esto nos recuerda la práctica supersticiosa que hay entre los indios de echar como ofrenda en ciertas piedras de los caminos que trajinan, hojas ó pedrezuelas para librarse del cansancio.

Del Rosario á San Isidro de Atánquez habrá como tres miriámetros; pero de camino no muy malo y con perspectivas hermosísimas, entre otras las que ofrecen Periquillo y la Despensa, lugares excelentes para la cría.

Alineadas parte de las casas en una pequeña meseta, parte regadas en gracioso desurden sobre los altibajos de una loma, y corriendo por en medio del poblado una faja de verdura formada de pequeños guineales á orillas del arrovuelo Zapotukua, presenta Atánquez á 2,800 pies de altura, un vistoso panorama, realzado con los diversos cerros que á manera de pirámides se elevan hacia el norte y el oeste, dejando franco el lado oriente, por donde se contempla el sol desde que asoma al horizonte. Es este pueblo el asiento de las autoridades principales del Territorio Nacional, y entre todos los pueblosde la Nevada el más poblado, menos ignorante y mas trabajador. Además de los indígenas de pura raza, hay muchos mestizos y un considerable número de civilizados, con cuyo contacto van los indios adquiriendo nuevas costumbres (no diré que todas buenas) y perdiendo las antiguas. Pocas son ya las indias que visten la primitiva manta, y muchos los indios que en los domingos y fiestas del Patrono San Isidro, se presentan vestidos del todo á la española, desde la cabeza hasta los pies, aprisionados éstos con las medias y botines, y no libre en aquella la melena volando por la espalda, sino recortada, ungida con pomada y prensada por el peine. Ni le falta en la boca su cigarro, llameado con donaire, en lugar del hayo y el poporo, que ya solo se ven en las manos de los viejos, como una cáustica protesta contra la intrusión de costumbres que no conocieron sus mayores.

Fuera del Funfún (baile semejante al que se acostumbra en el Rosario), tienen otra danza que se nombra Marimba, ejecutada por una sola pareja, hombre y mujer, y al són de un instrumento que lleva el mismo nombre. Es la marimba, un pequeño arco de madera muy dura, cuya cuerda, tirante por extremo, y á manera de angosta y transparente cinta, es hecha de las fibras de una especie de palma llamada dócora. El modo de tocarla es el siguiente: sostenido el arco con la izquierda, de manera que la cuerda pase por dentro de la boca del músico sin que roce con los labios, se hiere el arco con un palillo que maneja la derecha, mientras se lanza á compás la respiración, ampliando ó encogiendo los labios para formar diversas notas sumamente melodiosas y tan tenues, que solo estando muy cerca llegan al oído.

En Atánquez se habla una lengua muy semejante á la Guamaka; pero si en tiempo no se fija en algún libro, no pasarán quizás dos generaciones sin que se haya olvidado por completo, pues raro es el joven que la sepa, o por lo menos que la hable, porque se avergüenzan de una lengua que les parece poco de acuerdo con su traje de españoles.

A mayor cúmulo de necesidades personales, ha seguido, como es natural, un mayor chinco en el trabajo: así es que el Atanquero es laborioso. Produce en su labranza, entre otras cosas, panela y alfandoques (especie de alfeñiques), con el jugo que extrae de sus hermosas cañas, al són estrepitoso del trapiche fabricado por sus manos, y al compás del tardo paso de sus bueyes que saben el oficio á maravilla. En el hogar urbano teje sombreros de palma sin descanso y con maestría. Entretanto, la mujer no se está ociosa: sentada ó caminando, en su casa ó en la ajena, á la luz del sol ó de la luna, y dado el caso hasta en plena oscuridad, se le ve siempre tejiendo su mochila, cuyas vueltas espirales concluye en menos tiempo que el empleado por la tierra para efectuar una sola de las suyas; lo que quiere decir que teje una mochila cada día, y deja otra comenzada. Cuando no está tejiéndola es por que está preparando el material para tejerla, auxiliada por algún indiecito que, al són de la carrumba (instrumento para hilar), va marchando de espaldas y haciendo girar de rato en rato el instrumento. Cualquier gabacho bromeador que visitara á Atánquez podría decir que ha visto un pueblo en donde se camina á reculons; pero podría decir también, sin faltar á la verdad, que este pueblo es el llamado á servir de centro á una colonia en la Nevada. En efecto, Atánquez ofrece en primer lugar una temperatura agradable y sumamente sana, sin la molestia de la plaga, pues apenas hay uno ú otro mosquito, y esto solo de día, que durante la noche no hay nada que perturbe el sueño. En segundo lugar, es la residencia de las principales autoridades nacionales del Territorio, que pueden obviar las dificultades que se presenten á los recién venidos. Además no está sino á tres miriámetros de San Juan de Cesar y del Valle de Upar que son lugares de recursos, y porfin colocado sólo á tres ó cuatro horas de camino, de la pintoresca altiplanicie de Guatapurí que extendiéndose á la largo de este río, como pidiendo ganados para sus hermosos pastos, va á terminar en el risueño llano que sirve de planta á la reciente población de San José, á 5,000 pies de elevación, y con una temperatura deliciosa. Este pueblo que apenas cuenta algunas diez ó doce familias, ha sido formado por indígenas de San Miguel que han venido huyendo de las arbitrarias contribuciones con que eran gravados en aquel lugar.

Demos un vuelo con la imaginación á las regiones de un lisonjero porvenir para esta Sierra, y figurémonos que Mr. Gauguet ó cualquier otro extranjero emprendedor y honrado como él, arriba á nuestro puerto de Riohacha, con ocho ó diez familias pobres, pero ricas de honradez y de ilustrada laboriosidad; que temiendo á las fiebres de la costa, se trasladan inmediatamente á San Juan de Cesar, alquilando una ó algunas de las numerosas recuas que regresan diariamente de Riohacha después de haber dejado el cargamento de cueros, de Brasil ó de café en manos del comercio. A cubierto ya de la maligna fiebre que no se conoce por acá sino á orillas del mar, y hecha una más ó menos larga parada en aquella hermosa villa, emprenden marcha para Atánquez, viendo de paso á la Peña, la Junta y Patillal; caseríos en donde hay gran copia de ganados, y principalmente en este último, endonde además encuentran una franca y generosa hospitalidad, pues la de Patillal es proverbial. Aquí hacen su compra de ovejas; de ganado; pero de ganado de Sierra que pasta á veces á una legua de Atánquez, como lo es el del hato Cercadillo. De Patillal á Atánquez han hecho el viaje en el tiempo que media entre el desayuno y el almuerzo, vale decir, en cuatro horas. Hánse hospedado en las casas del Gobierno Nacional, ó en las que haga construir el Gobierno para alojar á aquellos honrados Zapadores que vienen desde muy lejos á escalar nuestras montañas para hacerlas producir, ó granos de oro si los hay, ó algo mejor que el oro, ricas mieses. Tras un reposo más ó menos largo, adquiridos los datos indispensables para evitar trastornos, y alquila- das las bestias necesarias, que no faltan en Atánquez, salen con el sol á hacer su viaje á San ,losé, visitando de paso las sabanas altas de Guatapurí, donde podrán dejar pastando, si quieren, su ganado.

Antes, mucho antes que llegue el sol al meridiano, ya han divisado (después de abrir y cerrar la talanquera que separa el terrenode cría del de labor) han divisado, digo, la risueña llanura endonde piensan hacer alto. Llegan, y, ¡"qué bellas perspectivas! ¡qué agua tan fresca y cristalina! ¡qué aire tan puro y delicioso! ¡qué habitantes tan simpáticos! ¡qué casitas tan graciosas! ¡Oh! ¡quedémonos aquí, quedémonos aquí!"paréceme que dicen los colonos á una voz; porqueesas son las exclamaciones fervorosas y espontáneas que vienen á los labios del viajero impresionable con lo bello y apacible, ante aquella plácida hermosura que pasa por los sentidos hasta el alma.

De San José parten dos caminos, uno que girando al este conduce á un alto y extenso ramal de montaña endonde los indios tienen sus plantaciones de plátano y café. Estará apenas á una legua del poblado; solo de lejos lo conozco, pero por su aspecto y por los informes de personas competentes que lo han visitado, se puede asegurar que es terreno mejor que el de la Sierra Negra de Villanueva parael cultivo de la caña y el café. El otro camino parte al norte en direccióná San Miguel, que dista de San José dos jornadas, y hasta una, si se va con pies de indio. No á mucho andar se llega á las labranzas en que está el cultivo de papas, cebollas, apios y varias plantas medicinales. Aqui se abre campo para cultivar cuanto produce Europa: el trigo, la vid y tántas legumbres que deleitan el paladar del Europeo, y que nosotros apenas de nombre conocemos. Producidas por manos laboriosas, y s trasladadas á poca costa á nuestras poblaciones, hallarían un consumo creciente día por día, hasta llegar á compensar suficientemente el sudor derramado en su no difícil producción.

"Quedémonos aquí", dirán sin duda alguna los colonos; no así nosotros, que hemos emprendido una simple excursión por la Nev ada, y que aun no hemos llegado al mejor y mas bello de sus pueblos, que lo es, sin disputa, San Sebastián de Rábago.

Aunque puede irse allá directamente desde Atánquez, la vía mas fácil, ó dirémos mejor, menos difícil, es por el Valle de Upar. De San Sebastián á esta ciudad suelen venir los indios, esforzando el paso, hasta en un día; pero de ésta á aquél se va en dos, pernoctando regularmente en Pueblo Viejo. Es este un llano á considerable altura endonde hubo un pueblo antiguamente y donde se conservan vestijios de un camino que iba á Santa Marta. Es magnífico terreno para el cultivo, pero tiene el inconveniente de la plaga del mosquito que no deja ni siquiera respirar. A poco andar de Pueblo Viejo se llega al pie de "El Chinchicuá," páramo que levanta su ceñuda y montuosa frente á la altura de 11,000 pies. Apenas explorada la parte baja de este monte, ha dado muestras de que entre sus tupidas arboledas guarda la quina roja, C. Succiruba, en abundancia; pero es probable que de 6,000 pies en adelante haya también la Calisaya y la C. officinalis. Exploraciones posteriores resolverán el punto, y entretanto sigamos hasta asomar al portachuelo desde donde se contempla á San Sebastián. ¡Qué encantadora perspectiva! Allá en medio de la espléndida llanura, levantada á 6,700 pies sobre los hombros del gigante, y cubierta de una eterna alfombra de verdura, se divisa el pueblecito con sus grises techos, semejante al jardín de una esmeralda: acá y allá, por donde quiera, lo que llaman gallineros, nombre prosáico que no concuerda con la poética belleza que designa. Acerquémonos al primero que nos queda al lado del camino. Una pequeña casa de techo pajizo sustentado por paredes blanqueadas con una greda que compite en blancura con la cal; adherente á la casa, una casuca en donde se recogen á dormir las gallinas, los pavos y los patos con sus respectivas proles: contiguo está el redil, vacío por el momento, por que las numerosas ovejas con sus hijos se ven blanqueando, en la colina donde pastan, como las espumantes olas de un mar alborotado; vallado de por medio está el corral en donde braman cuatro á seis rollizos becerros que, por entre las rendijas de la cerca, divisan á sus madres despuntando y rumiando suave y engordadora grama sobre el llano, ó berros dentro el río que corre promediando la sabana con tan tenue rumor que es necesario estar á su orilla para oirlo. De él, en raros casos por que el riego es casi innecesario, se desprende un hilo de agua para regar lo que nos falta por nombrar del gallinero -la labranza, el huerto, ó diremos mejor, el Paraíso; que no otra cosa parece á quien lo mira por primera vez. Cercada no de estacas sino de pioníos ó bucares que elevan á un nivel sus redondeadas copas siempre verdes, ofrécese á la vista una pequeña área de feraz terreno, dividida en varios tramos, cada uno de los cuales dá al dueño su ciento por uno, á su debido tiempo, y al que pasa por allí, primicias que en nada menoscaban los derechos del laborioso propietario: las primicias de sus olores y matices. Acá el arracachal con su verdor lustroso; allá la éra de cebollas ó ajos porros, formados en hileras como los soldados de un ejército, y al lado el hinojal ya en completa florescencia, flanqueado, á su vez, por el cuadro en donde verdean graciosamente confundidas, la borraja, el eneldo, la chicoria dentro de un cerco de fragante yerbabuena. Acá y allá, cual centinelas avanzadas, una media docena de lo que llaman manzanos, por otro nombre lúcumas; y porfín, en medio de todo y dominando todos los olores con su olor, y todos los colores con el oro de sus flores, se ve la manzanilla que se dá espontáneamente. Aquí se cultivó el trigo antiguamente como lo indica D. Nicolás de la Rosa en su Floresta.

Pasemos ahora al pueblo. Está rodeado de murallas, pero no para ponerse á cubierto de una toma, sino para impedir que los bueyes, asnos y caballos perjudiquen á la esmerada limpieza de la plaza y de las calles; limpieza que admira entre gentes que tan poco la acostumbran en sus propias personas y en el interior de sus habitaciones. Estas, sino recuerdo mal (pues hace muchos años que visité aquel pueblo, no son dobles como en San Antonio y San Miguel, pero del mismo aspecto, y con un poco más de abrigo porque á 6,700 pies ya el frío es más exigente. La iglesia, en que se venera la imagen de San Sebastián, se abre puntualmente los domingos, no para decir misa, pues el cura del Valle de Upar que está encargado de ella rara vez puede venir, sino para rezar la doctrina jóvenes y viejos, encabezados por un indígena que sabe sus primeros rudimentos.

Fuera de uno que otro civilizado, la población de San Sebastián es toda indígena; pero ¡qué indios aquellos tan esbeltos! Cualquiera diría al verlos que no son de la raza rechoncha de los Koggabas. Hablan una lengua que llamaremos Bíntukua, porque tal es el nombre que se dá á estos indios por los civilizados. Según hemos podidojuzgar por los escasos elementos que de ella hemos recogido y que van en el apéndice, tienen sus semejanzas y sus notables diferencias con la Kóggaba. En cuanto á semejanzas, véase adelante lo que decimos sobre la numeración; y por lo que hace á diferencias, pondremos algunos ejemplos.

BINTUKUA KOGGABA ESPAÑOL
Yúnaka Pébo Amigo
ye Ni Agua
Anoné Allúna Alma
Bayiri Guanganzólla Cuerpo
Utibúna Nauiéndi Cielo
Kúriga Allünáuba Cielo (firmamento)

Desde este pueblo, lo mismo que desde San Miguel, se puede subir á la perpetua nieve sin gran dificultad. En 1876 nos propusimos efectuarlo; pero á poco de haber salido de San Sebastián tuvimos que regresar, porque los dos indios que nos servían de guías se embriagaron de tal modo, con licor que llevaban á escondidas, que hubo que dejarlos tendidos en el camino hasta que un fuerte aguacero les desvaneció los humos, ó la juma como dicen ellos. Dos ó tres días después se nos ofreció un incidente en que pudo peligrar la vida. Como á las once de la noche, y estando yo durmiendo, se abrió de repente la puerta con gran ruido: al despertar y abrir los ojos vi en el suelo un reguero de chispas de fuego, y en medio de ellas á mi compañero gritando: "¡qué nos matan"! Y en efecto, tal hubiera sucedido á no cerrar la puerta y ponernos los dos con muestras pocas fuerzas y las que nos dió el temor, á sujetarla contra el empuje exterior que hacían los indios en medio de una desatentada vocería. Viendo ellos que no podían abrir la puerta, se dieron á incendiar la casa con los tizones encendidos que traían por armas las mujeres. Afortunadamente la paja del techo estaba húmeda. Casi vencidas nuestras fuerzas, se me ocurrió amarrar la puerta con un lazo de cerda que tenía colgado de un agujero para servir de cerradura: pero al meter la mano por la ancha rendija que había entre el estante v la pared para volver el lazo, un indio me descargó una cuchillada, hiriéndome la mano. Entonces comprendí todo el peligro; y lo inminente mismo de él, me dió serenidad para pensar en lo cobarde de los indios y en el miedo que tienen á las armas de fuego; y con una voz que procuré fuera aterradora, grité á mi compañero que me trajera una pistola (y no teníamos ninguna) para matar un indio. A esta voz amenazante, cesó el empuje de la puerta y quedó despejado y por nuestro todo el campo. Salimos, dimos voces, y ocurrieron á ellas D. Pedro Castro y Jesús Triana, quienes después de ligarme la herida, oyeron la relación que les hice de la defensa en la refriega, y la que nos hizo el compañero, de los antecedentes que la motivaron. Había llevado yo una gran botella de anizado para regalar traguitos á los indios que fueran á visitarnos. Aun estaba casi media en aquella noche memorable, y el compañero, que aunque viejo era aficionado al vaso y á ver bailes, en oyendo el són de los corrizos, se levantó callandito y se fué al baile, no sin llevar consigo la botella para obsequiar á los amigos. Pero, como él mismo lo confesó, al dar, también tomaba; y he aquí que cuando menos lo pensaba, trabó de palabras con un indio, y le rompió la botella, ya vacía, en la cabeza. A una se le fueron encima indios é indias, armadas éstas con tizones, y aquellos con lo mismo, y con los cuchillos y machetes de trabajar que se les vinieron á las manos. En tal aprieto no encontró mas salida que correr, y así lo hizo. Aunque era medio cojo de una vieja lesión, prestóle alas el miedo, y pudo llegar á la casa armado de un tizón que le arrojó una india en la carrera, y que después de darle de soslayo en las costillas se le vino á las manos de rebote.

El día siguiente era el de nuestra partida, y cuando estaba todo listo para el viaje me encuentro con que no parece el compañero: salgo á buscarlo con algo de ansiedad, y me dicen que está preso. Voy á la puerta de la cárcel, toco y llamo al preso ó prisionero, quien acercándose y asomando la cara, un tanto compungida, por entre la rendija, me dice que está detenido por que habiendo ido á demandar á un indio por algo que le debía, le manifestó el que servía de Regidor que no podía oírle en justicia mientras no se le castigara por el alboroto á que había dado lugar en la noche. Toqué como D. Pedro de Castro para que obtuviera del Regidor la libertad del detenido, quien no solo dispensó gracia sino también justicia, haciendo que el indio deudor pagara á mi compañero lo que le debía.

Innecesario es decir que San Sebastián sería el lugar mas adecuado para formar una colonia sino fuera por la distancia á que está de los puertos de Riohacha y Santa Marta, que no es menos de cuatro ó cinco días de camino.

De la parte occidental de la Nevada casi nada podemos decir, por que de ella no hemos visitado sino la hacienda de Minca, distante de Santa Marta medio día de camino, y donde se produce quizá el mejor café de toda la República. Hacia esta parte de la Nevada parece que fué donde habitó la renombrada tribu de los Taironas, ya extinguida, á no ser que hayan sobrevivido mezclados con los Chimilas, como lo sospechaba D. Antonio Julián, quien dice en su Floresta: "Yo, considerando que el Chimila, o presentemente ocupa, ó por lo menos, dirélo así, como Pedro por su casa, entra, y gira libremente por las tierras de los antiguos Taironas nunca conquistados, voy consintiendo en que viéndose estas dos Naciones del centro de la Provincia apretadas, y rodeadas de los Españoles, se unieron, y quedaron en el centro despóticas y bárbaras, y de Taironas y Chimilas se componga la Nación llamada hoy de los Chimilas; por que ni creo que absolutamente por sí misma se haya extinguido una Nación tan numerosa y dominante como la de los Taironas, ni que hubiera podido quedarse así sin conquista ni reducción el Chimila, si no hubiera tenido, con la unión y alianza, el apoyo y defensa de los indios Taironas". Sea de esto lo que fuere, los que conservan el nombre de Chimilas están reducidos á muy escaso número, trocada en pacífica su índole guerrera, reunidos casi al pie de las faldas de la Sierra y á orillas del río Ariguaní. Dos de ellos vinieron á hacernos una visita en Santa Marta, hace algunos años, y de sus labios pudimos obtener las palabras de la lengua Chimila que figuran en el Suplemento entre las de la Bíntukua y Guamaka.

Llama la atención en esta lengua lo. que en casi todas las palabras hay vocales repetidas, lo que hace que el Chimila pronuncie con mucha lentitud: Onsoouaará, barba; 2o. que tiene ere líquida, lo que no sucede en ninguna de las lenguas de la Nevada; 3o. y lo que es mas particular, que la m es licuante con la ere líquida, corno sucede en el idioma Zend, según puede verse en la "Gramática Comparada" de Bopp, t. 1, pág. 112 de la traducción de Bréal. En Chirnila, mrú es grano, mraamrá, corriente del río; rummrué (pronunciada ere la primera letra), es olla. La lengua Taensa en Luisiana también tiene esta particularidad, según hemos podido ver en la Gramática de J. D. Haumonté Parisot. Ej.: Mrahha, libertino; Mrawó, habitual, ser ordinario.

Cuanto á sistema de numeración, apenas hemos podido conocer hasta el seis, así:

1. Kuté.
2. Mujná.
3. Teiéme.
4. Murieieé.
5. Kutendeurejattakrá.
6. Neiemujnajattakrá.

Parece que su sistema de numeración es cuaternario, pues cinco es Kutendeurcjattakrá, formado de Kuté, uno y de Aattakrá, mano, como si dijeran, "un dedo, ó el último dedo de la mano"; y seis, Neieniujnajattakrá, compuesto de Mujná, dos, y de Aattakrá, mano. Hemos recorrido todos los pueblos de la Nevada, y al computar el reducido número de habitantes indígenas que aparecen de los datos aproximados que hemos recogido, se nos ocurre, esta pregunta: ¿por qué no se aumentan estas tribus, y antes van disminuyendo? No se debe por cierto al temperamento, pues el de toda la Nevada es muy salubre: tampoco á los estragos de la guerra, por que no han tenido otra después de la que sostuvieron en la conquista; y aunque se ha abultado mucho el número de los que en ella perecieron, con solo algunos que hubieran quedado habría sido bastante para que hubiera mayor población de la que hay, en cerca de cuatro siglos que han pasado. Menos al hambre, por que el Arhuaco si peca, es por hartura. ¿Deberáse á la alimentación? No lo creemos, porque aunque es ella en su mayor parte vegetal, con frecuencia toman leche exquisita, y de vez en cuando comen carne. Por otra parte, la yuca, el plátano, la papa, la arracha, el ñame, los frísoles, la caña y el maiz, que constituyen sus variados alimentos, no nos parecen inferiores al arroz con que se nutren el Chino y el Hindú, y ya se sabe cómo aumentan éstos. No puede asignarse como causa el desabrigo. porque sus vestidos son de algodón y sumamente gruesos, y sus casas bien cubiertas ¿Provendrá de algún vicio moral? Si existe lo ignoramos; sólo sabemos que raro es el indio que no contraiga matrimonio desde joven. ¿Será acaso que existe algún vicio propio de la raza? Pero ¿cómo se explica entonces la numerosa procreación anterior á la conquista? Por otra parte, la semejanza de estos indios con los habitantes de la India y de la China induce á sospechar que se originan de éstos ó de aquellos; y en todo caso, sabida es la virtud prolífica en aquellos países.

Señalaremos una causa que, si de cierto no es la única, nos parece ser la principal de las que impiden el desarrollo de la población entre los indios: el indiscreto uso que hace el Arhuaco, esté en salud ó enfermo, del baño y del fogón. En salud, se levanta muy temprano, y, como es natural en aquellos altos lugares, siente frío: para contrarrestarlo casi se mete dentro del fogón, hasta que se siente acalorado: entonces, y sin mas intermisión que los momentos que emplea en ir al río ó arroyo que tiene siempre cerca de la casa, se mete en aquella agua helada á darse un baño; y así que sale de él tiritando de frío, vuelve al fogón a calentarse, para retornar al baño tres ó cuatro veces en el día y á volver á calentarse. Esta repentina transición del calor al frío y de éste á aquél, les ocasiona con frecuencia fuertes catarros que paran por lo regular en pleuresías ó dolores de costado, enfermedad de que mueren casi todos ellos. Raro es el Arhuaco, niño ó viejo, hombre ó mujer, que no sufra de tos, y a quien no le suene el pecho, cuando tose, de una manera sospechosa. Pero sea pleuresía, sea otra enfermedad la que esté el enfermo padeciendo, no le faltarán los dos remedios -baño y fogón- alternativamente: cuando le entra el frío de la fiebre, se calienta; y cuando viene el estado de calor, se baña.

A este repetido caldear y enfriar no resistiría ni el bronce, cuánto menos una constitución endeble como es la de estos indios.

Ya que hemos hablado de la principal causa de su mortalidad, diremos algo acerca del modo como son sepultados. A poco de morir un Arhuaco, en vez de estirar el cadáver, lo ponen en cuclillas; de grado, si está aun blando y flexible; por fuerza, si ya ha adquirido su natural rigidez. Así sentado lo acomodan en el hoyo, hecho en el cementerio ó, lo que es más frecuente, en la cima de alguna colina poco frecuentada. Con el muerto entierran parte del ajuar que usaba en vida, principalmente las mochilas con el hayo, el ambiro y el poporo; también algunas joyas si era rico, y una totuma de comida con su correspondiente calabazo de agua para que se mantenga el muerto mientras se le va el alma; lo que se sabe, según ellos, por una cuerda que ponen cual conductor del aire, de las narices del difunto á la parte exterior de la fosa. Cuando la cuerda se revienta y que es mas tarde ó mas temprano según que llueve poco ó mucho, es señal de que ya el alma se le fue. Hablando D. Antonio Julián en su Perla de América, de lo que se encuentra en las tumbas de estos indios, dice: "Tuve en Santa Marta el gusto de ver, y tener en las manos algunas de las piezas, ó alhajos de estos sepulcros, y me las mostró cierto caballero que las había encontrado. Eran dos leoncitos de oro, y dos columnitas de mármol blanco, pero con algunas manchas de jaspe. No extrañe tanto la materia cuanto la forma de los leones y columnas: todo tan bien formado, todo labrado con tanto primor y finura, que no podía salir á mi parecer, ni leones, ni columnas con mayor perfección de las manos de un artífice Europeo. Los leoncitos serían como de una libra cada uno".

De la anterior reseña de la Nevada (á la que servirá de mero suplemento una Oda,- "Vida del Arhuaco"), pasemos á lo demás contenido en este libro, que es, por su orden, lo siguiente: Elementos de Gramática; Catecismos Dogmático é Histórico, precedidos de una aprobación dada por el illmo Señor Obispo de Santa Marta á dichos Catecismos; Padre nuestro, Ave María, Salve, Credo y Mandamientos, dos vocabularios, todo de la lengua Koggaba; y por fin un Suplemento de palabras de las lenguas Guamaka, Chimila y Bíntukua.

Gramática.- Como preliminar de ella hemos puesto las reglas de pronunciación, valiéndonos de O, ü alemanas; h, sh, th inglesas; j, z francesas y ll italiana, para representar sonidos idénticos á los que aquellas letras representan en dichos idiomas-, y también de iñ, uñ, para representar los sonidos de i, u, enteramente nasales, y de rh para la ere final de sílaba que se pronuncia con una aspiración fuerte de h inglesa después del sonido de ere. Los demás sonidos van representados con las letras del castellano, porque son iguales á los de esta lengua. Hemos puesto á continuación de cada letra tres ó mas palabras como ejemplos (aunque van también en los vocabularios), para hacer notar de antemano las combinaciones silábicas en que entran ó no.

Catecismos.-- Ambos son muy reducidos, pero contienen lo más sustancial de la doctrina: el Dogmático dá á conocer los misterios de Dios Trino y Uno, de la Encarnación, Redención y Eucaristía; y también los dogmas de la existencia de la Iglesia, del Cielo, Purgatorio é Infierno, y otras verdades: el Histórico dá á conocer la creación con sus principales pormenores, el origen del pecado y la esperanza de la Redención.

Padre nuestro, etc.- Lo hemos puesto en dos formas: en la de pequeñas frases, en construcción directa y con la traducción en frente, para que se puedan conocer con facilidad las palabras que se corresponden; y luego todo seguido, tal como se ha de recitar.

Vocabularios.- El Koggaba-Español difiere del Español-Koggaba, en que los verbos en aquél van seguidos de las terminaciones con que se forma el participio y el imperativo; y además en el infinitivo, que es la forma del verbo que va escrita, se hace notar, por medio de la diferencia de caracteres, la parte final de él, que ha de suprimirse para formar el participio y el imperativo.

Suplemento.- En el se observará que no todas las palabras de las tres lenguas se corresponden; esto se debe á que ellas han sido recogidas en diferentes tiempos y lugares, y sin pensar en que pudieran venir hoy á encontrarse unas frente á otras.

De las cuatro lenguas de que se habla en este libro, la Chimila parece que no tiene parentesco alguno con las otras, por lo menos próximo. Las demás tienen sus semejanzas y sus notahles diferencia,. La semejanza es muy marcada en la numeración.

KÖGGABA GUAMAKA BINTUKUA
1. Eizua Ishkua Ingüi
2. Máujua Móa Móga
3. Máigua Máigua Máikana
4. Makéuña . Makéuña Makéiba.
5. Hachíuña Achigua Aséba
6. Taijúña. Tainnúa Chíngua
7. Kúgua Kúgua Kóga
8. Ábikua Ambigua Abéba
9. Eitakua Ihkdgua. Ihkdba
10. Uguá. Ugua. Uga
11.Kazáizua Kózo íngüi. Ingui úga.
12. Kaza máujua Kózo móa. Moga úga.
20. Máujua uguá. Kõzo móa uguá.

Siguen el sistema decimal, y hasta el diez apenas se notan lijeras diferencias. De diez hasta diez y nueve, difiere la lengua Bíntukua de las otras dos, en que se anteponen los dígitos al diez. En la Kóggaba y Guamaka al contrario, se posponen, pero no al diez, sino á las palabras káza, közo que significan pie; de manera que acabados los dedos de las manos con los dígitos, apelan á los dedos de los pies, diciendo uno, dos del pie, etc. De veinte en adelante no sabemos como cuente el Bíntukua, y en cuanto al Koggaba, deja que el Guamaka siga con el pie, y antepone los dígitos al diez, diciendo: máujua uguá, veinte, ó dos dieces; máigua uguá, treinta, o tres dieces, hasta noventa que es Eitakua uguá. También, tienen los Koggabas otro modo de contar hasta ese número, como se verá en la Gramática.

Fuera de la numeración, en nada que sepamos se parece la lengua del Bíntukua á la del Kdggaba, talvez por el poco trato que tienen estos indios entre sí, debido á la considerable distancia y lo intransitable de los montañas que se les interponen: No sucede lo mismo entre la Kdggaba y la Guamaka que tienen muchas palabras semejantes, debido al frecuente contacto entre los indios que las hablan. Pondremos ejemplos.

KÖGGABA GUAMAKA ESPAÑOL
Pronombres personales
Nas Ra, ó ránji Yo
Ma Ma, ó mánji. Tu
Alléin An, ó ánji El
Násan Nabi Nosotros
Máin Mábi Vosotros
Kaunjéin Ishkana Ellos
Enfáticos
Nasgá Narrángüi Yo mismo
Mangá Mángüi Tu mismo

 

KÖGGABA GUAMAKA ESPAÑOL
Pronombres posesivos
Nahí Ránji. Mi
Mihí Mánji Tu
Ahí Anji Su
Nauihí Nabínji Nuestro
Mimihí Mabínji .Vuestro
Kauinhí Ihkanánj Su (de ellos)

 

KÖGGABA GUAMAKA ESPAÑOL
Abi Ama Sangre
Abichishiuálla Shiuána Vena
Abúchi Ambuínchi Blanco
Gárd-la Gána Pezcueso
Gokséin Gué Fuego
Gúlla Gúla Brazo
Gulleshkabéishi Gulahkaméshi Abrazar
Hába Abu Madre
Hátei Ate Padre
Híngula Ingúna Camino
Híta Ihta Frísol
Huása Umza Barba
Húllane Una Trae
Hunúkalla Ugula Labio

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Archivo Diocesano de Santa Marta. "Copia del acta de la reunión que tuvo lugar el 1 o. de enero de 1869 sobre las misiones de Riohacha y correspondencia dirigida al señor Obispo José Romero". Tomo 111, fols. 68-82. 1869.

Caro, Miguel Antonio. "El darwinismo y las misiones". En: Isaacs, Jorge. Estudio sobre las tribus indígenas del Magdalena. Bogotá: Editorial Iqueima, Biblioteca Popular Colombiana, 1951, pp. 293-35. 1887.

Celedón, Rafael (Pbro.). Gramática, catecismo i vocabulario de la lengua goajira. Con una introducción y un apéndice por E. Uricoechea. Collection Linguistique Américane, tome V. Paris: Maisonneuve. 1878.

Celedón, Rafael (Pbro.). Gramática de la lengua köggaba. Con vocabularios y catecismos. Bibliotheque Linguistique Américane, tome X. París: Maisonneuve. 1886.

Celedón, Rafael (Pbro.). " Gramática goajira". En: Isaacs, Jorge. Estudio sobre las tribus del Magdalena. Bogotá: Editorial Iqueima, Biblioteca Popular Colombiana, 1951, pp. 355-389. 1887.

Isaacs, Jorge. Estudio sobre las tribus indígenas del Magdalena. Bogotá: Editorial Iqueima, Biblioteca Popular Colombiana. 1951. (1884).

Valencia, Padre Eugenio de. Historia de la misión Guajira, Sierra Nevada y Motilones. Valencia: Imprenta de Antonio López. 1924.

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