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PIONEROS
DE LA ANTROPOLOGIA EN COLOMBIA: EL PADRE RAFAEL CELEDON CARLOS ALBERTO
URIBE T. Departamento de Antropología-Universidad de los Andes
El 30 de agosto de 1876 en el pueblecito Kogi de Santa Rosa de la
Nevada, el presbítero, el misionero, el protolingüista Rafael Celedón, se inspira y
toma la pluma para escribir su oda a "La vida del arhuaco "
"¡Qué sosegadamente
Pasan la vida entre su verde sierra,
Do nunca ha habido guerra,
Estos hijos de Dios, de la corriente
Del arroyuelo al ruido,
Que ora parece canto, ora gemido!
Lentamente abandonan
(Que no les insta la ambición), el ralo
Chinchorro, su regalo,
Cuando lomas y oteros se coronan,
Y ríe la pradera,
De la alborada con la luz primera.
Entonces, ¡ay! entonces
Si supieran oraran ¡pobrecillos!
Ya lo harán sus chiquillos...
Mas al llamarlos el sagrado bronce,
Vuelan al templo santo,
Y oyen la Misa con visible encanto.
Costumbre veneranda
Sepáralos en él: a la derecha
El varón, y quien hecha
Fue del hueso de Adán, a la otra banda.
¡Bendito el misionero
Que introdujo esta práctica el primero!".
Los méritos poéticos de la oda de Celedón pueden resultar dudosos, sobre
todo vista a la luz de nuestros modelos estéticos, pero en todo caso ella nos revela
facetas interesantes de su autor. La más obvia es quizás la fascinación del presbítero
con la belleza incomparable del paisaje de la Sierra Nevada, esa "...excelsa Nevada,/
Que afirma el pie en la espada del Atlante, Yergue la frente límpida hasta el
cielo... -, como nos la describe en una estrofa posterior. Fascinación de la que, por lo
demás, tampoco escaparon otros viajeros que como el conde José de Brettes, el geógrafo
alemán Wilhelm Sievers, el explorador y naturalista francés Eliseo Reclús y el poeta y
novelista colomno Jorge Isaacs, también recorrieron este peculiar macizo montañoso
durante las postrimerías del siglo XIX. Pero Celedón también se maravilla de la
inocencia y felicidad envidiables que ve en los "arhuacos" nativos, esas almas
en las que el presbítero cifra sus esperanzas cuando sean encaminadas otra vez al rebaño
de Dios v se siga la obra misional va iniciada desde los tiempos de San Luis Beltrán.
Y es que el padre Celedón continuó en el norte de la moderna Colombia esa
estirpe de misioneros que desde los albores de la América Española comprendieron que su
tarea debía necesariamente apo varse en un conocimiento doble: de las costumbres de los
nativos y de sus lenguas. Algunos prefirieron registrar sus observaciones sobre los modos
de vida locales y relatar las gestas de los conquistadores, colonós v misioneros, y se
convirtieron entonces en Cronistas. Otros, por su parte, decidieron aprender y capturar
por escrito las palabras de los extraños idiomas amerindios, para verter luego los
misterios y enseñanzas de la religión importada en los catecismos que debían aprender
los nuevos neófitos. Estos últimos fungieron de "lingüistas de la fe; cuyos
descendientes todavía se encuentran entre nosotros. En el padre Celedón confluyeron
tanto el cronista corno el lingüista.
El padre Celedón ocupaba en el año de 1868 el cargo de Vicario Foráneo de
la iglesia de Riohacha, cuando se propuso fundar una misión con sede en esta población:
"cerca de cien años habían transcurrido sin que el culto católico se manifestase
en las sabanas de la región Guajira v Sierra Nevada; miles de indios denominados Guajiros
unos, Arhuacos y Motilones otros, vagaban por aquellas extensas regiones como ovejas sin
pastor en la más brutal gentilidad y .salvajismo" (Valencia 1924: 1). Ponerfin a
esta situación fue su propósito, y el de su superior eclesiástico, el obispo de Dibona
v Vicario Apostólico de Santa Marta, José Romero. Con los "caballeros más
distinguidos de la ciudad", Celedón constituye el lo. de enero de 1869 la
"Junta de la Misión " inicia inmediatamente un recorrido por el territorio
indio de la península para buscar un lugar apropiado en donde comenzar los trabajos de
conversión de los nativos. El sitio de "Marauyén", localizado en el camino que
de Riohacha conducía a Maracaibo sobre la banda derecha del río Calancala (o
Ranchería), fue elegido como el más apropiado. Establecida la fundación, Celedón no
pierde el tiempo y comienza a estudiar la lengua de los guajiros (Archivo Diocesano de
Santa Marta, tomo III, fols. 68-82, 1869). Dichos estudios serán la base (le su trabajo
Gramática, catecismo i vocabulario de la lengua guajira, publicado en París en 1878 como
el tomo V (le la Colección de Lingüística Americana (le la que era editor otro
colombiano, Ezequiel Uricoechea. Como veremos más adelante, casta obra de Celedón
suscitaría años más tarde una agria polémica entre Jorge Isaacs, Miguel Antonio Caro y
el propio autor.
De la Guajira salta el diligente sacerdote a la Sierra Nevada y en 1876 1o
encontramos reconociendo este último territorio. Su objetivo principal fueron los
"arhuacos-kóggabas" de la vertiente norte, aun que también visitó a los
"guamakas" de los pueblos de Rosario y Marocasa; a los indios de Atánquez y a
los "bíntukua"de San Sebastián de Rábago -de quienes, al notar su esbeltez,
anota socarronamente, "cualquiera diría al verlos que no son de la raza rechoncha de
los kóggabas" : Comentario que pasa por alto en su poética oda al arhuaco:
"Entonces el Arhuaco,
Con ademán gracioso se endereza,
Se estira y despereza;
Y, previo de áurea coca un dulce taco,
Que le agloba el carrillo,
Y del poporo un cáustico sorbillo,
Cual grave Patriarca,
A paso lento y firme se encamina,
Por entre la neblina
Y el eterno verdor de la comarca,
Hacia el arroyo o río,
Do medra, en fértil valle, su plantío.
¡Qué verde, qué risueño!
¡Quién al mirarlo no se hará poeta!".
Los materiales lingüísticos y etnográficos recolectados por Celedón en la
Sierra Nevada fueron empleados para la publicación, en 1886, de su Gramática de la
lengua Köggaba con vocabularios y catecismos como el tomo X de la misma Colección de
Lingüística Americana.
Los trabajos misionales iniciados por el padre Celedón continuaron con
muchos problemas y altibajos hasta la década de 1880. En 1886 el obispo Romero de Santa
Marta, apoyado por el delegado apostólico en Colombia, monseñor Agnozzi, contacta a los
capuchinos de la Provincia de España en solicitud de misioneros para proseguirlos. Seis
misioneros capuchinos llegan finalmente a Santa Marta el 7 de enero de 1888 y viajan a
Riohacha unos pocos días después. Allí son recibidos por los notables de la población,
encabezados por el mismísimo presbítero, quien les transmite su ya larga experiencia. El
territorio que les fue asignado por el obispo Romero era muy vasto: toda la península
Guajira y los pueblos de San Antonio, Santa Rosa, San Miguel, Marocaso, Rosario,
Atánquez, San José y San Sebastián de la Sierra Nevada -los mismos que en 1876 había
recorrido Celedón (cf. Valencia 1924:5-29). Se inaugura así la segunda etapa de
presencia de los capuchinos en el norte de Colombia. Ya habían acompañado al Maestre de
Campo José Fernando de Mier y Guerra en la `pacificación "de los chimilas de la
vertiente occidental de la Sierra Nevada y de las partes planas hacia el sur y el
occidente de la antigua Provincia de Santa Marta, durante el siglo XVIII.
En el año de 1884 apareció publicado en la revista Anales de Instrucción
Pública el "Estudio sobre las tribus indígenas del Estado del Magdalena, antes
Provincia de Santa Marta; cuyo autor, el literato Jorge Isaacs recorrió estas tierras dos
años antes como secretario de una fracasada Comisión Científica creada por el Gobierno
para continuar con los trabajos de la Comisión Corográfrca. El estudio incluye además
de descripciones etnográficas de los aborígenes de la Sierra Nevada, la Guajira y el pie
de monte y de largas disquisiciones históricas sobre los orígenes de estos pueblos y
sobre la empresa española en América, vocabularios y análisis de las gramáticas de las
lenguas "businka"(ika), "guamaka"(wiwa o dumuna), chimila, motilón y
guajiro. En su trabajo Isaacs critica las investigaciones lingüísticas del padre
Celedón sobre el idioma guajiro, que no le inspiran mucha confianza "tanto porque no
fueron hechos en el seno mismo de las tribus que hablan este idioma, cuanto porque durante
nuestra permanencia entre ellas tuvimos ocasión de notar muchos errores consignados en
esa obra [la Gramática del guajiro publicada por Celedón en 1878]" (Isaacs
(1884)1951: 74).
La publicación de Isaacs capturó la atención de Miguel Antonio Caro, años
más tarde Presidente de la República, quien escribe una violenta diatriba en contra del
poeta titulada "El darwinismo y las misiones" en los tomos XII y XIII del
Repertorio Colombiano (1887). Caro ante todo cierra filas alrededor del padre
Celedón, a quien defiende no sólo como lingüista sino también como misionero: "el
que hace la guerra a la religión es enemigo de la patria'; sentencia atronadoramente el
señor Caro, Isaacs, nos informa, sólo es un poeta, ni siquiera un novelista de verdad,
sin ninguna preparación científica y además carente de "lastre de principios"
: En el fondo, lo que en verdad j molesta a Caro es el anticlericalismo de Isaacs, v su
materialismo ("un poeta materialista es una antinomia, un imposible'), en una época
en la que se daban agrios debates sobre el papel de la iglesia en la vida nacional. El
materialismo al que se refiere Caro es, por .supuesto, el darwinismo aceptado por el
poeta: "...nosotros, ya que hemos tenido la paciencia de leerle, o de hojearle, no
podemos absolutamente tolerar que en los Anales de Instrucción Pública de una nación
cristiana, se haya permitido el estampar su adhesión a la teoría de Darwin, precisamente
en el punto repugnante de esa teoría, en lo que toca con el Hombre " (Caro en Isaacs
1951: 313).
Pero el señor Caro también era un antisemita. En un pasaje en el que se
lamenta del poco éxito de las misiones en la Guajira adelantadas por el obispo Romero -v
el presbítero Celedón, escribe: "Entretanto los judíos holandeses de Curazao se
han adueñado del comercio de Riohacha, y con esta llave han monopolizado el de la
Goajira, explotando a aquellos indígenas sin llevarles a cambio ningún principio de
cultura social. ¡Ojalá que los daños que causan esos despiadados traficantes se
redujesen a la corrupción del nativo idioma, único perjuicio que deplora el Sr. Isaacs!:
(Caro en Isaacs 1951: 354). En verdad que el volumen de este comercio era bastante
considerable: según el mismo padre Celedón, entre 1867 y 1868, el comercio de animales,
cueros de chivo, cueros de res, dividivi y brasilete por la aduana de Riohacha alcanzó un
valor de $ 52.316 y la venta directa de animales en Riohacha y Barrancas llegó a $110.782
(Archivo Diocesano de Santa Marta, tomo III, fols. 68-82, 1869). Ello sin contar con el
volumen del contrabando.
Cuando el "Estudio "del señor Isaacs llegó "por una
casualidad" a las manos del padre Celedón, el presbítero redactó en 1887 una
cuidadosa réplica, también publicada en los Anales de Instrucción Pública. Con un mal
disimulado enfado, Celedón se detiene en cada una de las objeciones que su contradictor
el poeta presentó a la Gramática de la lengua goajira. Ante la sugerencia de Isaacs de
que, para emplear una terminología más cercana, el "trabajo de campo "del
padre no llegó hasta la propia "tribu" guajira, éste responde como lo haría
un antropólogo de hoy enfrente de similar predicamento: "No queremos negar que tenga
el señor Isaacs otros motivos para que no le inspiren confianza nuestros trabajos sobre
la lengua goajira; pero respecto del que alega, diremos que si no podemos gloriarnos de
permanencia entre las tribus, por lo menos las visitábamos con alguna frecuencia durante
nueve años, como es público y notorio en la ciudad de Riohacha; y aun cuando no
hubiéramos ido ni una sola vez a la Goajira, casi podríamos decir que entonces vivíamos
entre las tribus, puesto que diariamente estábamos rodeados de goajiros que venían a
visitarnos... " (Celedón en Isaacs 1951: 366).
La edición original de 1886 de la Gramática de la lengua kög-gaba, de otro
lado, consta de varias partes. El texto que en el presente número del Boletín del Museo
del Oro se reproduce corresponde a la introducción (pp. iii-xxx del original), a la que
sigue la "oda", de la que se han extraído las estrofas incluidas en el presente
artículo. Las otras secciones cubren la gramática de la lengua, un "catecismo
histórico "en "kóggaba"y castellano, un "catecismo dogmático
"también en estos dos idiomas, y un vocabulario castellano-kóggaba.
El padre Celedón escribió la introducción a su Gramática kóggaba siete
años después de que anduviera por la Sierra Nevada. Buena parte de ella, indudablemente,
está basada en sus memorias y anotaciones de su rápido recorrido por la región y no
muestran que el autor hubiese profundizado en la vida, costumbres y creencias de los
habitantes nativos, a juzgar por las numerosas imprecisiones y superficialidades que
contiene. En particular, resalta el uso ligero de la noción de la "tribu
"arhuaca que para él es la suma de los kóggaba, bíntukua, indios de Marocaso y el
Rosario y los atanqueros, todos con lenguas más o menos afines, excepto el kóggaba y el
bíntukua, que fuera de su sistema de numeración no se parecen entre sí. En cambio, el
guamaka y el atanquero contienen bastantes semejanzas entre ellos, lo mismo que los
idiomas kóggaba y guamaka, las cuales son atribuibles según Celedón, "al frecuente
contacto entre los indios que las hablan" : Vale anotar, sin embargo, que las
imprecisiones del presbítero son bien entendibles. Todavía hoy muchos usan el término
"arhuaco "como un gentilicio para denominar a todos los aborígenes de la Sierra
-no obstante que los ika, o bíntukua de Celedón son más conocidos con este nombre. De
otro lado, la cuestión de las afinidades étnicas entre estos grupos está muy ligada a
la cuestión de las afinidades lingüísticas entre sus lenguas, hecho éste del cual fue
consciente el presbítero. En la actualidad, cien años después de publicada la
Gramática köggaba, apenas los lingüistas están en posición de postular parentescos
entre las lenguas habladas en la Sierra con base en una mejor comprensión de sus
estructuras gramaticales. Según Jon Landaburu, quien lleva años trabajando el problema,
el kankuama ("atanquero") y el ika, bastante relacionados, estarían en un
extremo de un rango de variación escalonada, el kogi en el otro, con el dumuna (o wiwa)
en una posición intermedia, todos ellos compartiendo muchos rasgos estructurales
(Landaburu: comunicación personal).
En síntesis final, no cabe ninguna duda que las investigaciones del
presbítero Rafael Celedón entre los indígenas del norte colombiano representan una
fuente de consulta obligada para aquellos interesados en la antropología y en la
lingüística de estos pueblos. No obstante la inocencia y felicidad paradisíacas con las
que el misionero idealizó la vida del "arhuaco":
"Y así que de su frente
Brota y corre sudor, ¡ay! que en legado
Nos vino del pecado,
Y que en legado irá de gente en gente;
El poporeo instaura,
Mientras le enjuga con su aliento el aura.
O váse a la cascada,
Que con su ruido al dar de roca en roca.
Al baño le provoca;
Y en la corriente rauda y plateada,
O en el azul remanso,
Se tiende a disfrutar fresco y descanso.
¡Qué alegre, qué festivo,
Rebozándole el gozo por defuera,
Retorna al que le espera
Plácido hogar! 'Oh Yali, ved cuál vivo',
Paréceme que dice;
`Ved, ¡qué libre de afán! y soy felice' ".
Introducción A
la gramática de la lengua köggaba por el Pbro. Rafael Celedón
LA SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA
"Absolutamente aislada de las cadenas andinas por una semicintura de
aluviones, y limitada de resto por el mar de las Antillas, la Sierra Nevada de Santa
Marta, dice M. Onésimo Reclus, no cubre siquiera la extensión de un departamento
francés de los medianos; y sin embargo sus picos helados suben a casi 6,000 metros y tal
vez pasan de esa formidable altura. Ningún sólido del globo tan elevado en proporción a
la superficie de su pedestal; ninguno, mirado de la base, tan grandioso".
Aislada de los Andes, si bien casi que los toca por el este (pues la Cuesta de
Soldado, su extremo oriental, apenas distará dos miriámetros del ramal Andino que va á
terminar én la península Goajira), la Sierra Nevada forma por su base una especie de
triángulo isósceles, cuyo vértice -La Punta de la Aguja, al norte y dentro el mar-
dista como quince miriámetros de los extremos de la base del triángulo que son, por el
este la Cuesta de Soldado, y por el sud el Alto de las Minas. Casi en el centro de ese
triángulo se levanta, entre otros, el Pico de la Horqueta, acaso á mas de 6,000 metros.
En torno á ese Atalaya que anuncia desde lejos al viajero de Ultramar la proximidad de la
tierra Colombiana, se asientan varias poblaciones mas ó menos distantes de las faldas del
gigante. Mencionaremos á Santa Marta, Riohacha y la Ciénaga que son las principales y
que respectivamente están mas ó menos próximas de los tres extremos ya nombrados;
también á la Ciénaga, Dibulla y San Juan de Cesar, que ocupando los lados del
triángulo, son como las puertas por donde se entra á aquel Edén, perdido hasta ahora
para la inmigración, cuando pudiera ser su Tierra Prometida.
Si partiendo de Dibulla, á orillas del mar y del río á que dá ó de que toma
nombre, entramos á la casi inexplorada Sierra, nos encontramos con Quebrada Andrea, en
donde fracasó la colonia de Sainte Solange acometida por Mr. J. Elías Gauguet.
Detengámonos un momento para derramar una lágrima del corazón, una plegaria, sobre las
tumbas de Mr. Santiago Gauguet y tres de sus amados hijos, víctimas uno en pos de otro de
la fiebre; y luégo investiguemos los motivos que dieron en tierra con aquel primer ensayo
de colonia que tántos bienes prometía, para quien lo acometió y para el país. En
primer lugar, desconocidas para Mr. Gauguet y para los mismos habitantes del país, las
condiciones climatéricas de las diferentes alturas de la Sierra, y halagado con la idea
de la proximidad de Dibulla para proveerse de lo necesario, escogió una localidad poco á
propósito para iniciar los trabajos de su colonia; porque es un estrecho pliegue de
terreno casi al pie de la Sierra, expuesto á la variedad de insectos que pululan en la
parte baja de ella, y no á cubierto de la influencia de los vientos del mar, tan
deletérea para el Europeo no aclimatado. Agréguense á esto varias circunstancias,
independientes de la voluntad de Mr. Gauguet, que le impidieron su pronto regreso de
Europa, para precaver á sus colonos de aquellas causas de mortificación y muerte, con
solo haberlos trasladado á San Antonio por una temporada, en donde hubieran podido
producir entretanto alguna cosecha de papas, maiz y otros vegetales para el sustento, con
poco gasto de tiempo y de dinero; y luego haber bajado á hacer los trabajos formales, no
ya en Quebrada Andrea, sino en Santa Clara ó la Cuchilla, que son terrenos á
considerable altura, casi libres de plaga, y extensos, llanos y muy fértiles. No dudamos
que la constancia de Mr. Gauguet, probada en más de una ardua empresa (como puede verse
en su biografía que traducida del francés hemos publicado en la "Caridad" de
Bogotá), se sobrepondrá á este primer revés; y cobrando con la experiencia nuevo
aliento, llevará á cabo su proyecto de colonia en la Nevada, seguido siquiera de un
puñado de padres de familias honrados y laboriosos que nos vengan á enseñar
prácticamente como puede extraerse en abundancia, de nuestro terreno virgen y fecundo, el
oro de las mieses.
Hemos nombrado á San Antonio. Es éste el primer pueblo que se encuentra al
subir á la Nevada por el norte. No se crea que de Sainte Solange á San Antonio se llega
de un salto, como lo hemos hecho con el pensamiento, sino en miles, y con grave peligro de
irse falda abajo. Sólo en aquellas mulas serranas, que revelan entendimiento más que
instinto, pudiera uno salir ileso de entre tantos repechos, laderas, lajas, tragaderos
que, gracias á la constante lluvia, se conservan en perfecto estado para resbalar. Con
todo, la suavidad y frescura del ambiente, la variedad de flores que enguirnaldan el
camino, la corpulencia de las árboles, cuyas ramas se entretejen por encima del viajero
formando arcos triunfales ó denso palio de verdura que apenas uno ú otro rayo de sol
alcanza á penetrar; la belleza en fin, de los innunerables rios y arroyos que forman con
su ruido, ya tenue, ya violento, un concierto encantador, todo esto hace que se soporte lo
malo de lo hecho por el hombre (aquel como camino), y que se sienta corto el tiempo que
requiere el largo viaje.
Reclinado en una de las risueñas faldas del Chirúa y teniendo en frente al
ceñudo Nanú, cerro que por su forma trae á la memoria las pirámides de Egipto, el
pueblo de San Antonio se eleva á 3,700' pies sobre el nivel del mar, con una temperatura
primaveral en todo tiempo y una población como de 150 indígenas y algunas docenas de
civilizados, mal acomodados en algunas treinta ó cuarenta casitas, varias de ellas de
forma circular. En medio del pueblo está la iglesia, en frente de ésta la casa del
gobierno, y entre una y otra plantada la tradicional Cruz de la Misión en medio de la
plaza, como pidiendo un misionero! La casa del gobierno además de servir para el despacho
del Corregidor, hace de escuela, á la que asisten una ó dos docenas de indiecitos, de
los cuales hay algunos que saben leer, escribir y contar medianamente, y también rezar,
gracias á la disyuntiva en que se encerraron sus padres cuando el gobierno estableció la
escuela, y supieron que en ella no había de enseñarse Religión: "O aprenden rezo y
letras nuestros hijos, dijeron, ó no aprenden nada; porque letras sin rezo, Arhuaco para
qué".
Frente á San Antonio y casi sin mas separación que la del río, se encuentra
Pueblo Viejo, que antes fué pueblo ciertamente; pero que ahora es una posesión rural que
podemos llamar Quinta-modelo. Es un pequeño valle encerrado entre el río y una colina,
dividido en dos tramos, uno para agricultura y otro para cría. Aquél está perfectamente
cultivado de plátano, hortalizas, plantas medicinales, flores y caña. En lugar
conveniente está el trapiche con sus correspondientes enseres para la molienda. Esta se
hace al lento paso de los bueyes 1 ; pero
no por eso deja de rendir mucho, debido á lo concreto del jugo que dan las cañas de la
Sierra. A veinte ó treinta pasos fuera de la labranza está la casa de habitación; y al
rededor de ella se ven pastando dulce grama cuatro ó seis becerros; picando las gallinas
con sus parvas de polluelos; armando alas y cola los pavos con orgullo; y en el perenne
manantial que brota del pie de la colina, aleteando y bañándose los patos; y más abajo,
en las pocetas, epicúreamente tendidas las marranas, mientras se divierte hozando ó
retozando la piara de lechones. Ni falta allí el caballo; que á la sombra de un guayabo
se ve el de silla despuntando el cogollo de la caña cortada para la molienda. ¿Y dentro
de la casa? Se ve á sus dueños, -una anciana y una joven-, y casi siempre á más de un
huésped; por que las puertas de ese hogar, en donde alberga la virtud, están siempre
abiertas para acoger al peregrino. Aquellas dos mujeres, madre é hija, han hecho con sus
propias manos manejando la pala y el machete, casi todo el trabajo que se ve allí al
parecer de manos de hombre. Lo que han hecho estas laboriosas mujeres en la Nevada, da una
idea de lo que podrían hacer hombres laboriosos en aquella tierra de bendición que
convida á trabajar.
A partir de Pueblo Viejo, y á tres horas de andar, á manera de las olas, en un
continuo sube y baja, se divisan como una bandada de torcazas, sobre un pequeño y verde
llano rodeado de altos cerros, las bien alineadas casas del pueblecito Santa Rosa. Todas
ellas son de un mismo porte y forma, con excepción de la iglesia que sobresale con su
graciosa torre, dejando ver por debajo de su parduzco techo, la blancura de sus muros.
Este pueblo, al norte de San Antonio y elevado á 3,500 pies, fue fundado en 1875 por las
indígenas de Palomino, cansados de sufrir la presión que sobre ellos ejercían las
autoridades de San Miguel, de donde eran vecinos. No alcanzaban á ser veinticinco padres
de familias, y no obstante no haber cura, y tener que hacer sus casas, fabricaron la
iglesia y reunieron quinientos pesos en dinero con que se compraron los diferentes objetos
necesarios para el culto, entre otros, la imagen de la primera Santa Americana que les
sirve de Patrona, cuya primera festividad me tocó en suerte celebrar. Justo es consignar
aquí el nombre de Narciso Nolabita que, al frente de aquel pequeño número de
indígenas, y con una energía de voluntad adecuada á la ardua empresa, la llevó á cabo
en poco tiempo. De los labios de este noble indígena recogí los primeros elementos de la
lengua que sirve de materia á este imperfecto ensayo.
De Santa Rosa á San Miguel que está al oeste y formando triángulo con aquel
pueblo y San Antonio, habrá cuatro ó cinco horas de camino; pero ascendiendo siempre
hasta llegar á la altura de 5,700 pies, después de haber pasado por el caserío de Santa
Cruz, rodeado de plantaciones de caña con sus respectivos trapiches que alborotan los
ecos de aquella soledad con sus lastimeros quejidos, gracias á lo mal ajustado de sus
piezas. Aquí nos detuvimos un momento para dar oídos á un indiecito que se nos acercó
diciéndonos lloroso: "Mi mama se va á ahorcar"-"Vamos á su casa para
evitarlo", le respondimos, y ya en ella nos informó la india de lo que había
pasado. El día anterior. estando ella con su hijo recién nacido en los brazos, cayó un
rayo. y notó que inmediatamente se le quedó dormido el niño: acomodólo en el
chinchorro hasta la mañana siguiente que lo encontró muerto con muchas pintitas negras
en el cuerpo, por lo que creía que lo habian matado las cucarachas, y como su marido, que
estaba ausente, era de recia condición, temía que al regreso la matara por su descuido,
y antes que esto sucediera había resuelto ahorcarse. Hícele comprender lo malo de su
intento; que ahorcándose no iría al cielo sino á parar á los infiernos para ser
atormentada por el diablo eternamente; que la muerte de su hijo la había causado el rayo
y no las cucarachas; que se conformara con la voluntad de Dios que le había quitado á su
hijo para llevarlo al cielo; y por fin, que yo dejaría encargado á Barliza, padre de su
esposo, para que le explicara el acontecimiento en que ella no había tenido culpa alguna.
Tranquilizada con estas reflexiones, ofreció no suicidarse.
Hablando de los habitantes de esta Sierra dice D. José Nicolás de la Rosa en su
Floresta: "Tienen estos indios por muerte honrosa ahorcarse, y para hacerlo no
necesitan de otro motivo que perder la esperanza de sanidad el que se halla enfermo; y el
modo de ahorcarseel Aurohuaco es particular, pues no se cuelga, sino que puesto al cuello
un dogal delgado, tomado por el seno, se sienta en una piedra, y luégo ' ata las dos
puntas, una á cada pie, y haciendo igualmente fuerza con ellos, aprieta el lazo, y
consigue la muerte por sus pies, como algunos entre nosotros por sus manos. Y si el indio
enfermo, ó la india, no tuyo valor para ahorcarse, y le consideran los demás sin
esperanzas de vida; luégo que está inmóvil, ó en agonia, lo entierran semivivo, para
que yaya á descansar, porque instruidos del demonio, tienen creído que pasa luégo que
muere á sentarse al nacimiento del sol, y así no dicen ellos: " Ya fulano
murió sino ya caminó, esto es, ya fué á sentarse al oriente" :
Colocado San M iguel en el estrecho recodo de una loma, frente á un majestuoso
cerro que le oculta el sol hasta las nueve de la mañana (como se lo oculta desde las
cuatro, por la tarde, la loma en cuya falda se reclina), carece este pueblo de bellas
perspectivas. Mucha lluvia, sol muy, rara vez, luna casi nunca, estrellas menos, neblina
casi siempre, y una abundancia de alacranes tal, que raro será el vecino ó transeunte
que no les deba algún recuerdo doloroso, he aquí lo que hace que, hoy por hoy, no haya
en San Miguel un solo civilizado de vecino. Entre los 150 indígenas, poco más o menos,
que habitan este pueblo, sobresale por su edad y su saber el célebre Fiscal,
cuyo nombre de pila se ha hecho innecesario con aquel dictado antonomástico. El Fiscal
sabe ayudar a misa, y para ayudarla se despoja del ordinario vestido, se calza unos
antiquísimos zapatos que, según dice él, fueron regalo de un I Prelado, y se ajusta á
las espaldas una especie de casaca, coetánea probablemente del calzado, sobre la cual
tiende la poblada melena que, hasta la fecha en que la vimos, no acusaba vejez con una
cana. Deseoso el Fiscal de aumentar sus conocimientos hizo ex profeso un viaje á Santa
Marta, en donde aprendió ¡quién lo creyera á no contarlo él mismo! á pesar, en peso
de cruz, arroz y otras menudencias y á medir aceite, con pesa y medida que trajo de su
largo y laborioso viaje.
Los tres pueblos que hemos mencionado encierran la población indígena que ocupa
la banda septentrional de la Nevada. Estos los Köggabas que hablan la lengua, materia de
este libro. Estos, en nuestro concepto, los mas antiguos habitantes de toda la Nevada, de
los cuales se originan los que habitan en la banda austro-oriental. Por lo que hace á la
antigüedad de los tres pueblos, sabemos que Santa Rosa apenas cuenta de existencia lo que
va de 1875 para acá; que á San Miguel lo formaron en el siglo pasado los indígenas que
habitaban en el pueblo de San Pedro, que fué donde hoy se llama Pueblo Viejo de que hace
poco hemos hablado. Esta es tradición conservada entre los indios, y la atestigua la
imagen de San Pedro que se conserva en la iglesia de San Miguel al lado de la de este
Santo Arcángel. ¿Y cómo la atestigua? Con su presencia en la iglesia de un pueblo en
donde no es Patrono. Obsérvase que en cada iglesia de la Sierra no hay sino la imagen del
Patrono; la de San Pedro está en la iglesia de San Miguel sin ser Patrono; luego lo fué
de otro pueblo, pero de otro pueblo habitado por los ascendientes de quienes la han
conservado en su iglesia al lado del Patrono. Dedúcese además que el pueblo de San
Miguel no es anterior á 1741 por que en ese año escribió su Floresta D. José Nicolás
de la Rosa, y en ella, hablando de las parroquias dependientes de Río hacha, dice:
"La parroquia del pueblo de San Pedro, en la Sierra Nevada; de nación
Aurohuacos;"y en seguida: "La parroquia del pueblo de San Antonio del Yucal, en
la misma Sierra", sin que nombre allí ni en otra parte á San Miguel; por lo tanto
no existía este pueblo en la fecha que hemos mencionado.
Que los Köggabas fueron los primeros moradores de la Nevada se deduce de la
prioridad de origen que á éstos conceden los demás indígenas de los pueblos de que aun
no hemos hablado, y de datos que hemos recogido de los labios de Don Felix Daza, indígena
que habita en Sulibata, y que es el Mama principal, ó como si
dijéramos, el Pontífice Máximo de toda la Nevada. Según él, todos los indígenas
traen su origen de cuatro familias que habitaron en cuatro diferentes lugares de la Sierra
y entre quienes pone cuatro personajes que son: Seraéra, conocedor de plantas, es decir,
naturalista, quien habitó en Chirúa con la familia Zallabata; Dejanamoró,
capitán ó militar, radicado en Makotama, con la familia Nolabita; San Luis Beltrán
que habitó en donde hoy es San Miguel con los ascendientes del informante Mama, y Parterno,
sacristán, que vivió en Takina, entre la familia Nakaogui. Antes hemos visto que Chirúa
es un cerro cerca de San Antonio; y cuanto á Takina y Makotama (11,000 pies) son dos
lugares de descanso entre San Miguel y la perpetua nieve. Que San Luis Beltrán estuvo en
el lugar que hoy ocupa San Miguel lo prueba la cueva que hay allí con nombre de aquel
santo misionero, en donde dicen se retiraba á orar. Es una gran piedra que, arqueada por
debajo, se asienta sobre otra piedra plana que le sirve de pavimento. Puede la cueva dar
cabida á más de veinticinco personas con holgura. Allí cada viajero que la visita deja
alguna inscripción como recuerdo. AI ladode la cueva corre un bellísimo arroyuelo que
desciende por una inmensa laja donde dicen están estampadas las huellas de San Luis, pero
no son sino pequeños huecos formados talvez por pedrezuelas que encontrarían obstáculo
para seguir rodando á impulso de la corriente. Cuantoá Seraéra, Dejanamoró y Parterno,
debieron de ser españoles cuyos nombres han perdido su verdadera pronunciación en boca
de los indígenas. Estos mismos nombres que hemos escrito con ere, porqueel Mama de quien
los hemos oído habla en Guamaka (lengua que tiene aquel sonido,) serían Sellaélla,
Dehanamolló y Paltelno en los labios de un Köggaba que no tiene en su
idioma aquella letra como inicialde sílaba, ni puede siquiera pronunciarla.
Aunque en la Sierra Nevada se hablan cuatro lenguas diferentes, basta conocer un
pueblo para conocerlos todos por lo que hace á tipo, hábitos y costumbres. El Arhuaco
(que tal es el nombre genérico que damos á todos los indígenas de la Nevada), es por lo
regular pequeño,y aunque casi nunca obeso, regordete; de facciones toscas, ojos negrosy
un tanto oblicuos tirando á los del chino; tez del color de la cáscara del níspero,
pelo liso y largo, tendido por la espalda; escasa barba en los que llegan á tenerla;
repantigado y de andar pausado v con cierto contoneo que le da un airecillo entre señoril
y afeminado. Viste calzón y una túnica, especie de dalmática, tegidos de algodón por
él mismo; y, colgadas de los hombros, cruzando espalda y pecho, cuando menos dos mochilas
de variados colores, tegidas por la esposa, en donde guarda el hayo, el ambiro y el poporo
que le sirven para entretenerseen la mayor parte del tiempo y para saludar cuando
encuentra algún amigo. Consiste el mutuo saludo en franquear las mochilas para queel
saludado tome un puñado de hayo, y de ambiro una dedada, haciendo él á su vez la misma
ceremonia.
La mujer es pequeña, regularmente desairada, no tanto por las gracias que le ha
negado la naturaleza, sino por lo ridículo del vestido. Es éste una estrecha manta que
la aforra de los hombros á la pantorrilla, ceñida á la cintura por una gruesa y ancha
faja, cuyos cordonescon borlas le cuelgan hasta las rodillas. Al contrario del repantigado
arhuaco, la mujer anda siempre inclinada hácia adelante, gracias al peso de la mochila
que, colgada de la cabeza, gravita constantemente sobre sus espaldas, llena de frutos de
la roza en las de la soltera; y en las de la casada, con el fruto de su vientre, pues
cargan á sus hijos á la espalda enmochilados.
Cada familia habita en doble casa, una en frente de otra, con una piedra grande
en medio, que sirve como de línea divisoria entre la habitación del hombre y la de la
mujer, y al mismo tiempo para sustentar la totuma que con la comida pone allí la esposa
para que la tome su marido; pues ni éste puede recibir nada de aquella, ni ésta de
aquél sino pasando la cosa por el suelo. Esta separación de los sexos se observa
también en la iglesia y en los bailes: en aquella se colocan los varones al lado del
Evangelio y las mujeres al opuesto ó de la Epístola: en los bailes de hombres, van estos
en círculo tomados de las manos, batiendo con los pies a un lado y otro, al son de dos
monótonos carrizos (uno macho y otro hembra, éste que hace el primo,
aquél el dúo), y al compás de la maraca que gira sin cesar en la diestra del
músico que modula el macho. Indefinible es la impresión que produce en el alma la suave
y concertada voz de aquellos rústicos instrumentos en la noche, y más si está
lloviendo: no es tristeza ni alegría, sino un algo de una y otra que si tiene nombre lo
ignoramos. En el baile de mujeres anda cada una suelta y por su lado, dando saltitos
admirablemente desairados, al són de un tamboril que va tocando la mas vieja, al propio
tiempo que, como las otras, baila y canta. De vez en cuando, y á manera de cometa sin
órbita segura, se presenta un bailador sui generis, que marchando á paso
redoblado y al són del tambor que él mismo va tocando, ora rompe acá la rueda de los
hombres, ora pasa allá atropellando á las mujeres, y sigue imperturbable su derrota con
estóica gravedad, para volver mas tarde, cuando menos se le espere, á reproducir la
ruptura y dispersión en los dos campos.
Tienen los hombres otro baile que efectúan en ciertos tiempos, principalmente en
la nueva luna de Enero, en una casa redonda fuera de la población. Casa y baile llevan un
mismo nombre, tanto en Castellano como en Köggaba: en éste se llaman Nuchei, y
en castellano, no sé por qué, Cansamaría. Para este baile, que es una de sus
mayores y mas arraigadas supersticiones, tienen vestidos á propósito: birretes
emplumados, máscaras y adornos de oro y cornerinas. Antiguamente los Mamas se horadaban
las narices para colgarse en ellas pesadas narigueras de oro. Hasta hace poco conservé
una que pesaba siete castellanos, y tan admirablemente conservada, que no ha perdido una
sola de las delgadísimas patitas de los sapos y aves acuáticas que le adornan la parte
superior.
En ciertos días, y principalmente cuando tienen que tratar algún asunto grave,
se reúnen los hombres en cabildo por la noche, sea en la casa del Mama, sea en la de
algún indio importante, y allí, con los pies casi metidos en la hoguera que hay en
medio, y reclinado el Mama en su chinchorro, se pasan toda la noche chupando poporo y
conversando. Llaman duláshi á esta conversación nocturna, á diferencia de la
del día que lleva el nombre de Zokuáshi. Los Mamas son ciertos individuos que
no han probado sal en toda su vida y que hacen á la vez de sacerdotes y de médicos. Como
Esculapios efectúan sus curaciones majando cuentas de vidrio y pedrezuelas cuyo polvo
envuelven en hojas de mazorca, ó bien inspeccionando á solas, lejos del enfermo y con
científica gravedad, bien una cornerina, bien un pedazo de cristal que, echado en el
fondo de una totuma llena de agua, ha de diagnosticar, según parece, y sugerir al Mama lo
que ha de recetar. Pero no solo cura; que también suele enfermar, pues con su ciencia
puede introducir (valga su dicho) en las entrañas de cualquier prójimo á quien quiere
perjudicar, arañas, ranas, lagartijas, y también hacérselas echar. Hubo ahora años un
Mama que pretendía sangrar desde cualquier distancia á una persona ausente con solo
chuparse su propio brazo en el lagarto. ¡Admirable sanguijuela! En su carácter de
ministro, el Mama rebautiza, recasa y oye en confesión, Digo rebautiza y recasa, porque
luego que es bautizado algún niño según los ritos de la iglesia, lo llevan al río, y
allí lo lava el Mama, no sé si para quitarle el bautismo ó para complementarlo; y
después de efectuado un matrimonio, toca al Mama unir de nuevo á los consortes. Difícil
sería averiguar si estas prácticas supersticiosas sean una sacrílega imitación de los
Santos Sacramentos, ó si hayan sido anteriores á la introducción del cristianismo en la
Nevada.
Entre todos los Mamas tiene la preeminencia el que reside en Sulibaka, y que hoy
se llama como se llamó su padrino (inclusive el nobiliario Don), Don Félix Daza. Este
es, como hemos dicho antes, una especie de Pontífice Máximo á quien hay obligación de
visitar de tiempo en tiempo, llevándole ofrendas de pescado, carne, papas y otros
comestibles, y con quien hay que hacer confesión general cuando las circunstancias lo
permiten.
El Arhuaco es naturalmente religioso, pero la falta de misioneros hace que esa
laudable inclinación degenere en una superstición que se extiende á todos los actos de
su vida. Hoy existen en la Nevada siete pueblos con iglesias y sólo hay un sacerdote, el
cura del Rosario. ¿Y por qué no hay sino uno? Porque hay muy pocos sacerdotes en la
Diócesis de Santa Marta; tán pocos, que no alcanzan para las parroquias de civilizados.
Hay pocos que quieran ordenarse, y de estos pocos los más no tienen como hacer frente á
sus indispensables gastos para entrar en el incipiente Seminario Conciliar; y éste, pobre
también, no puede sostener sino un reducido número de ordenandos con sus escasos fondos.
Un medio fácil se ofrece para que dentro de algunos años haya misioneros tanto en la
Nevada como en la Goajira: que el Gobierno Nacional, á cuyo cargo están ambos
territorios, diera oídos al Memorial que le ha elevado el Ulmo Señor Obispo de Santa
Marta, Dr. José Romero, en el cual se le propone que costee en el Seminario á algunos
jóvenes indígenas de la Goajira y la Nevada. Estos saldrían ó sacerdotes misioneros,
si vocación tuvieran para ello, ó siquiera hombres instruidos y religiosos que pudieran
difundir en sus respectivos territorios las luces que hubieran adquirido 2 .
Ya que hemos nombrado al Goajiro y al Arhuaco no estará de más un lijero
paralelo entre esas dos razas de indígenas que ocupan las dos mas bellas porciones del
Estado del Magdalena. El Goajiro, vestido á la lijera de la cintura á la rodilla con
vistosa manta y faja, tejidas por las manos de su esposa, y con una á manera de corona -
la Tekiára- adordanada de plumas, colmillos de caimán y uñas de fieras en la
frente, es nómade y pastor en sus abiertas pampas. El Arhuaco, pesadamente vestido cual
se ha dicho, y con su sombrero de alta copa y ala grande, tejido por él mismo, es
sedentario y agricultor entre los verdes pliegues de sus excelsos montes: ambos con una
buena dosis de indolencia para lo que es trabajo; pero indómito aquél, y tan amigo de su
libertad é independencia, que hasta ahora no ha doblado la cerviz ante el yugo de la ley;
mientras que el Arhuaco es sumiso hasta la abyección, y amigo de la paz á toda costa. En
la Goajira no falta nunca alguna guerra entre las parcialiciades, y nunca, jamás
ha habido guerra en la Nevada. Rara vez se verá al Goajiro sin sus armas en la mano,
símbolo de su carácter belicoso; y mas rara, si cabe, las manos del Arhuaco sin que
estén manejando, con un dejo y donaire para vistos, el pulillo del poporo, que simboliza
su índole pacífica. En cambio es proverbial lo hospitalario del Goajiro, y no menos
proverbial lo inhospitalario del Arhuaco. Cobarde éste y valeroso aquél, cuando llegan
á encontrarse se estremecen ambos, no de amor sino de miedo: tiembla el Kóggaba á la
vista de aquel carcax repleto de emponzoñadas rayas; y el Goajiro al ver aquella mochila
de donde puede salir un sapo ú otra sabandija para alojarse en sus entrañas: De aquí la
desabrida y tímida afabilidad con que se tratan; con que se tratan, digo, y no con que se
hablan; porque á no saber ambos algo de español, no pasa la entrevista de una curiosa
pantomima. En tal lance son armas vedadas sus respectivos idiomas, pues en nada se parecen
sino en lo que les falta, como es el carecer del verbo Ser. Nas mi pebo (Yo tu
amigo) sin el verbo, dice el Arhuaco entre dientes al Goajiro; y éste á aquél: Pu
tanajute taya (Tu amigo yo), también sin verbo, y sin aquella arrogancia de que hace
alarde en otras ocasiones. No nos parece inoportuno hacer notar aquí que la lengua
Goajira carece absolutamente de b,1 y que son muy frecuentes en ella la p y la ere;
mientras que en la Kóggaba son muy usadas las dos primeras letras, y pronunciadas con la
mayor blandura, en tanto que las dos últimas se encuentran empleadas rara vez. Difícil,
por no decir imposible, es hacer que un Goajiro pronuncie una 1 en palabra castellana;
siempre la convierte en ere; y no menos difícil que un Köggaba pronuncie una erre ó
siquiera ere inicial de sílaba, pues la transforma en Lana, por ejemplo, se vuelve jrána
en boca del Goajiro; y Rana, se trueca en lána en la del Kóggaba. La s de la lengua
goajira es casi siempre fuerte, como el soplo de la impetuosa brisa que en la mayor parte
del año azota á la península Goajira; mientras que la s de la lengua Kbggaba es
sumamente suave, como el aura que suspira entre las cañadas perennemente verdes de la
Sierra. Zuzabánka (pronunciada muy suavemente la z como en gazon del
francés), dice el Kbggaba al contemplar el arco iris suspendido por la tarde entre dos
cerros, como una puerta que da al cielo; y Kassipóroin (pronunciada la doble ss
fuertemente), dice el Goajiro al verlo en la mañana brillando sobre el mar. ¿Acaso
provendrá esa oposición de suavidad y fortaleza en los sonidos del lenguaje, en parte
por lo menos, del opuesto carácter de estas tribus; y la diferencia de carácter del
terreno y atmósfera en que viven?
Partiendo de San Antonio hácia el oriente, y trasmontando el Plateado (cerro que
toma nombre de.su argentado aspecto), y un laberinto de ramales, como lo hicimos en 1876,
se cae en la parte de la Nevada donde, á distancias casi iguales y de norte á sud, se
encuentran los tres pueblos de indígenas -Marocasa, Rosario y Atánquez- que tienen su
natural entrada por San Juan de Cesar, distante de ellos respectivamente 4, 2 y 3
miriámetros.
| 1 |
Por lo que hace á alturas,
nos referimos á Mr. Simons, naturalista inglés. |
| 2 |
El Gobierno Nacional ha dado
oídos á la petición y hace ya dos años que costea en el Seminario la escuela de
indígenas, formada de un joven Goajiro y cuatro Arhuacos. |
|