Ficha bibliográfica
Titulo:
Un mensaje del tiempo de los Muiscas
Edición original: 2005-05-13
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-13
Creador: Eduardo Londoño




INDICE




  Un mensaje del tiempo de los Muiscas

EDUARDO LONDOÑO L.

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Representaciones en miniatura provenientes de Fontibón. Todas la figuras antropomorfas son masculinas, lo cual no sucede con otros ofrendatorios citados en el texto.

El conjunto recientemente encontrado en el municipio de Fontibón consta de un recipiente cerámico con tapa y veinte piezas metálicas que vinieron dentro de él (números 30624 a 30643 de la colección del Museo del Oro), de las cuales diecisiete son representaciones en miniatura de personas, animales o cosas del mundo Muisca, elaboradas especialmente para ser ofrendadas. Los otros tres objetos -un tejuelo y dos probables anillos- sólo cobraron su carácter votivo cuando algún indio del cacicazgo de Fontibón decidió agregarlos al mensaje que la comunidad enviaba a sus dioses por mediación de su Chicua.

Cuando hoy, hacia finales del Siglo XX, un campesino de la Sabana interceptó esta extraña botella de naúfrago en su camino al más allá, el mensaje que le fue confiado resulta al parecer indescifrable para nosotros.

La arqueología y la etnohistoria recientes muestran cierto recelo de entrar en un campo tan especulativo como el del simbolismo de la orfebrería Muisca, dado que esta última se ha descubierto por lo general en hallazgos casuales, sin fecha ni contexto que permitan una aproximación metodológica y científica. Pero el oro de los Muiscas supera a la cerámica en la riqueza etnográfica de sus representaciones, y en aquellos casos, como el de la famosa Balsa Muisca, encontrada en Pasca y hoy símbolo del Museo, donde se lo ha podido vincular a las descripciones de los cronistas, su fama ha rebasado todas las fronteras.

Las piezas encontradas en Fontibón pueden beneficiarse del conocimiento adquirido por la arqueología, debido a que no perdieron su vinculación con el recipiente cerámico, catalogado dentro del tipo Guatavita desgrasante de tiestos. Este es un tipo de loza usual al sur del territorio muisca, desde Chocontá hasta Pasca, al cual se puede homologar gran cantidad de artículos ceremoniales, como copas pintadas, silbatos zoomorfos, cuentas de collar en forma de ave, así como fragmentos de ofrendatarios antropomorfos encontrados en las cumbres de los cerros que circundan los valles fríos de la región. Por los escasos datos arqueológicos conocidos hasta el momento, el Guatavita desgrasante de tiestos tuvo su desarrollo durante los últimos dos o tres siglos antes de la llegada de los españoles, y su uso continuó durante los primeros años de la Colonia. ¿Es posible que un análisis del oro nos lleve más allá de estos datos escuetos pero seguros que nos brinda el lenguaje de los tiestos?

 

Descripción sistemática del oro

Al examinar la obra de José Pérez de Barradas (1958) y el catálogo de compras del Museo del Oro, puede verse que en cada lote de piezas Muiscas suele estar repetida la representación de una misma idea.

El ofrendatario de Fontibón participa también de esta tendencia, y así vemos cómo las piezas cinco y seis de nuestra fotografía son semblanzas repetidas del sacrificio de la gavia, pues muestran una víctima humana figurada en lo alto del poste donde ha de ser flechada hasta desangrarse. La pieza cinco la representa sin piernas, las manos sobre el pecho y un proyectil -hoy doblado- clavado entre ellas; en la seis aparece el personaje amarrado con un "lazo" que rodea la vara en el lugar donde ésta se ensancha formando un triángulo, sobre el cual hay dos aves enfrentadas y luego un segundo triángulo opuesto al anterior.

La fecha relativamente reciente de la cerámica nos permite utilizar confiadamente las tradiciones recogidas por los cronistas. Tomás López, por ejemplo, recorrió el territorio muisca en 1560 y nos dejó una breve referencia del sacrificio de la gavia:

"... tenían otro género de sacrificio particular suyo... y era en tiempo de necesidades flechar algunos niños de los que tomaban y prendían de sus enemigos... poniéndolos en unos palos altos" (1982: 339).

Fray Pedro Simón consignó en 1625 una descripción más extensa de "las ofrendas y ritos particulares de los caciques", quienes "... a las entradas y esquinas de sus casas tenían unos gruesos y levantados maderos en que hacían trabazón las cercas de las casas, y en lo más alto de ellas hechas unas gavias como de navíos que servían de hermosar los palos y esquinas, y deponer cuando se había de hacer el sacrificio único de los que tenían para esto, a donde lo mataban con flechas y dardos que le tiraban de abajo donde estaban los jeques cogiendo con unas totumas la sangre que caía del madero abajo, que, para que nos afease con ella lo tenían todo enalmagrado o embijado. Bajaban el cuerpo de estos muertos y con él y la sangre a quien le tenían gran reverencia, iban como muchas danzas por una carrera que tenían muy limpia y ancha como para dos carretas, que salía desde el cercado del cacique hasta un cerro alto, que solía ser de más de media legua de distancia, donde apartándose los jeques del vulgo, tiraban las piedras de la frente del sol 4 con la sangre y el cuerpo /lo/ enterraban" (/1625/1981: III. 385).

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El sacrificio de la gavia

Las danzas sobre dichas calzadas ceremoniales se hacían en medio de "mucha plumería, flautas, fotutos y tamboriles" y en ellas los Muiscas iban vestidos con "libreas... de pieles de animales, con diademas de oro fino en la cabeza".

Las representaciones de gavias aparecen de vez en cuando en las colecciones de orfebrería Muisca, bien sea con la víctima montada sobre una plataforma trípode, o sobre una "falda" cónica, o simple mente rematando un bastoncito. Un cercado proveniente de Sogamoso presenta incluso una gavia del tipo "falda" colocada frente a él (pieza número 23631 del Museo del Oro). Pero las gavias de este ofrendatario, con su remate bífido y los dos triángulos, son únicas en su género y nos permiten vincular por primera vez la idea de gavia a una serie de "objetos simbólicos" que antes no presentaban ningún sentido ni permitían una interpretación (Pérez de Barradas, 1958: 1: 331).

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Figura de cercado hallado en Sogamoso. En el primer plano se ve una gavia tipo "falda"

En efecto, el objeto número 7 del ofrendatario es igual en su remate a la gavia seis, aunque no tiene aves. En él se destaca la decoración grabada sobre los dos triángulos, por ser un diseño muy similar al de los textiles Muiscas pintados a pincel. Con el mismo par de triángulos de esta pieza, pero con la marcada bifurcación de la gavia cinco, aparecen los objetos 2, 3 y 4. Los dos primeros tienen sobre el triángulo inferior dos alambres en forma de "S" que no son otra cosa que la estilización de las aves del número 7, estilización cuyo proceso puede observarse en la lámina 143 de la obra de Pérez de Barradas (1958:11). Por el contrario, las bifurcaciones superiores llevan culebras resumidas en forma de "W". De la pareja que flanquea la pieza 4 podemos decir que más parece tratarse de serpientes que de aves. Sólo hemos visto un rasgo parecido a una varita del "Museum fur Volkerkunde" de Basilea (Suiza), en el cual los alambres en zigzag están amarrados también en dos puntos a un nivel más bajo que el triángulo inferior (CCE, ficha No. 854).

Pero, además de las gavias y los objetos simbólicos a ellas relacionados, el ofrendatario de Fontibón contiene otros elementos repetidos. El tunjo número 8 lleva en la mano derecha un bastón con dos espirales enrolladas en sentidos opuestos a todo lo largo y un ramillete con apariencia de plumas en un extremo; la pieza 9 nos muestra exactamente este mismo bastón, que por el momento no es para nosotros más que otro tipo de "objeto simbólico".

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Representación de tumbaga de una piel de felino extendida sobre un bastidor, el cual puede verse en el detalle inserto

Los tunjos 11 y 12 tienen en su mano derecha sendos propulsores o tiraderas, las armas que los Muiscas llamaban quesque y con las cuales disparaban sus dardos tanto en la cacería como en la guerra  (Pérez de Barradas, 1951: 11: 286-288). El tunjo 10 se parece mucho al 11 en sus rasgos estilísticos aunque no trae el collar de laminillas. Su varita es más corta y no presenta el gancho de la tiradera, siendo probable, que esté partida o haya quedado mal fundida.

El objeto número 13 se encontró quebrado al parecer por los efectos de la oxidación. Podría interpretárselo como un dardo o flecha por su parecido con uno similar que en la pieza número 190 de la colección del Museo del Oro está asociado a una tiradera (Pérez de Barradas, 1958: 11: lam. 185), en cuyo caso formaría un conjunto con los tunjos 10, 11 y 12. También pudiera ser un bastón como el número 9, puesto que tiene una débil espiral enrollada a partir del ramillete de "plumas".

Finalmente, el ave aparece como una pieza separada (número 17) y también como un elemento del tunjo 16, donde está posada sobre el bastón que este personaje lleva en su mano izquierda. En la mano derecha y en el costado trae este tunjo dos mochilas, elemento que se encuentra igualmente -al parecer aquí sí por casualidad- en los tunjos 14 y 15 que llevan un poporo el segundo y dos palitos el primero.

La pieza número 1, única en este ofrendatario, es una magnífica representación de un cuero de felino extendido sobre un bastidor que puede verse en su faceta ventral. Sólo existe una figura similar en la colección del Museo del Oro, bajo el número de catálogo 2137, aunque son frecuentes las semblanzas de felinos de cuerpo entero. Es curioso anotar cómo José Pérez de Barradas los llama constantemente "dragones" y a sus extravagantes bigotes les dice "apéndices filiformes", pero más sorprendente aún es constatar que en su obra sobre la orfebrería Muisca no reseñó ese "cuero de dragón" que tal vez le hubiera permitido solucionar el entuerto, y ello a pesar de que las dos piezas siguientes (2138 y 2139, de orígen desconocido) son también felinos (Pérez de Barradas, 1958: I: 225). Es bien cierto que el padre Simón imaginó que en el mito de la Laguna de Guatavita aparecía "un dragoncillo o culebra grande" y que el dragón aparece en numerosas mitologías del Viejo Mundo (Ibíd: 335), pero no puede olvidarse la fuerza que tiene el jaguar en América y aun entre los Muiscas, donde todavía en 1584 un funcionario español puede decir que visitó el cercado del Cacique de Ramiriquí "... y le secreté por bienes suyos para en cuenta y pago de mis salarios una yegua color castaña, un cuero de tigre, once totumas y media carga de algodón y dos guacamayas..." (ANC. C+I: XXIV: 279v; en Londoño, 1985: 246).

 

Una interpretación del conjunto

Hasta aquí hemos demostrado que es posible agrupar por temas algunas de las piezas del ofrendatario, y hemos hecho referencia a piezas individuales de distintas colecciones. Pero, ¿qué sucedería si pensáramos que los diferentes tipos de objetos no están reunidos en el ofrendatario por simple casualidad, sino que por el contrario tienen algo que decir como conjunto, que comparten un mismo tema? y más aún, ¿qué sucedería si los comparásemos con otros conjuntos de piezas?

Aunque los tunjos 10, 11 y 12 bien pueden ser simples representaciones de guerreros que algún buen Muisca ofrendó para pedir a sus dioses éxito en las batallas, también se podría -con un poco de imaginación- interpretarlos como los flecheros del rito de la gavia al que hacen referencia seis piezas del ofrendatario. En ese caso -por qué no- el objeto número 13 sería el dardo que ellos quisieran hundir religiosamente en el pecho de la víctima

El cuero de felino presente en el ofrendatario haría en tal caso referencia a las libreas de pieles de animales con las que, según el padre Simón, los Chicuas y algunos otros participantes se engalanaban para la ocasión con el fin de obtener -como sucede entre tantos gruposlos poderes mágicos del jaguar.

Podemos ayudarle a la imaginación y tratar de aportar datos más tangibles, si comparamos este conjunto con otras compras provenientes de lugares conocidos de las que sepamos o podamos suponer con un buen margen de seguridad que fueron también hallazgos de ofrendatarios.

Con este fin revisamos los catálogos de la colección del Museo del Oro hasta encontrar algunos grupos que contienen gavias o gavias objeto. Del municipio de Funza proviene un "lote de piezas halladas dentro de una vasija pequeña... enterrada a poco profundidad, a campo abierto", del cual forman parte cinco objetos simbólicos que representan la gavia (piezas números 28454 a 28511; Duque Gómez, 1979: 8); una posible figura de gavia, sobre una lámina repujada, fue encontrada en el sitio de Pueblo Viejo, en Zipaquirá (Peréz de Barradas, 1958: II: lam. 176); tres piezas procedentes de El Cuzco, cerca del Salto del Tequendama, en el municipio de Soacha, son representaciones de gavia-objeto simbólico (Ibíd, lam. 170) y hay otra "muy representativa" aparecida en la vereda El Salitre de Suba (lam. 173) y una más del Chocó, Fusagasugá (lam. 119 a 126). A estos se agrega el conjunto de Fontibón que reseñamos y el cercado con gavia de Sogamoso, de manera que tenemos un total de siete conjuntos para cotejar.

La figura del felino es la primera beneficiada de la comparación, pues aparece en cuatro de los seis ofrendatarios con gavia, tendiendo a confirmar la vinculación entre los dos temas. Hay felinos en Fontibón, Fusagasugá, Funza y Zipaquirá.

Los bastones con espirales, como el número 9, arrojan sin duda el resultado más sorprendente, porque, sin que hasta aquí tuviéramos una indicación de su importancia, hay objetos iguales o parecidos en otros cinco conjuntos: Fusagasugá, Funza, Suba, Soacha y Fontibón. De esta forma dejaría de ser un "objeto simbólico" indeterminado y podría pensarse en él como asociado al rito de la gavia.

Las tiraderas son otro elemento recurrente, aunque en menor proporción, pues las tienen los guerreros de Fontibón, hay siete de ellas en Funza -además de un guerrero muy claro y otra pieza que parece un hacha-, y cinco en Soacha. Menos frecuentes son representaciones como las del tunjo número 14, con las dos varitas en la mano, de las cuales sólo hay dos en Fusagasugá y una en Soacha. Finalmente, en Zipaquirá formaba parte del conjunto una varita con un ave en un extremo, similar a la que tiene en sus manos la pieza 16 de Fontibón, y un ave parecida está posada en el hombro del "cacique" que preside el cercado hallado en Sogamoso.

 

De la ofrenda al rito

Dilucidar el sentido de lo simbólico es difícil, pero esta no es razón para no intentar el análisis. Más aún cuando el verdadero valor del oro Muisca está en su riqueza etnográfica y en las constantes combinaciones y permutaciones de unos pocos elementos simbólicos, que sugieren que un estudio sería no solamente posible sino además productivo. Se podría hablar entonces del "lenguaje de los tunjos',.

En la sección anterior nos hemos tomado ciertas libertades con el fin de sugerir que, más allá de la pieza aislada, el contexto "ofrendatario" es una unidad de análisis que no debe menospreciarse porque puede ampliar el alcance de las respuestas. En el caso del ofrendatario de Fontibón, las distintas piezas cobraron vida por un momento y los niños flechados en las gavias, los postes ceremoniales, los guerreros con sus tiraderas, la piel del felino y el hombre del bastón enrollado representaron juntos el rito del sacrificio humano que tal vez sólo los primeros conquistadores alcanzaron a ver.

Aunque los tunjos de otros posibles ofrendatarios, como el de Fusagasugá, sugieren desde el primer vistazo la idea de una ceremonia, realmente hubiéramos preferido, para evitar los peligros de una estadística demasiado fácil, que en el cercado de Sogamoso apareciera completa la escena del sacrificio: que los diminutos tunjos llevaran los bastones, las tiraderas, las flechas y las pieles de jaguar, y que ese personaje del conjunto de Fusagasugá (Pérez de Barradas, 1958: 11: lam. 126) estuviera con su pectoral y su mochila, recogiendo, como el Chicua, la sangre de la víctima en el pequeño cuenco que sostiene entre las manos. Por carecer de una pieza así es que buscamos el recurso de comparar los conjuntos que los Muiscas formaron para sus dioses, pero que por casualidad nos llegaron a nosotros.

El estudio etnohistórico de los Muiscas, todavía rico en posibilidades, puede beneficiarse de recursos que hasta ahora no han sido bien aprovechados. La primera parte de este artículo, por ejemplo, compara información disponible sobre dicho grupo con la de etnias relacionadas de los Andes Septentrionales de influencia Chibcha y busca datos novedosos en documentos de archivo. De otro lado, el examen del ofrendatario encontrado en Fontibón nos ha permitido llevar el oro Muisca al nivel de una fuente etnohistórica que es importante analizar en detalle y cotejar con los aportes no solamente de crónicas y relaciones, sino de documentos de archivo e investigaciones arqueológicas, dentro del objetivo común de profundizar en el conocimiento de los antiguos habitantes de nuestro territorio.

 

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