RESEÑA
DE LBROS ARQUEOLOGA REGIONAL EN EL VALLE DE LA PLATA, COLOMBIA R.
Drennan, Ed. Informe Preliminar. Museum of Anthropology, University of Michigan; Technical
Reports No. 16; Ann Arbor.
Este primer informe del proyecto arqueológico del Valle de La Plata,
investigación auspiciadaporlas Universidades de Pittsburgh (EE. UU) y de los Andes
(Colombia), deja entrever lo que será este estudio regional a largo plazo. Dentro de sus
objetivos de largo alcance pretende evaluar la utilidad y precisión de los modelos
propuestos por diversos investigadores para éxplicar el desarrollo de sociedades
complejas; examinará detenidamente la relación existente entre el crecimiento de la
población y el desarrollo de este tipo de sociedad; para establecer los patrones de
nucleación y dispersión de la población en cada uno de los períodos prehispánicos,
establecerá una cronología regional completa que cubra la secuencia de ocupación
sedentaria sin intervalos. De lograrse este último objetivo es muy posible que esta
secuencia nos permita entender mejor a San Agustín y Tierradentro.
Los planteamientos teóricos del proyecto se pueden inscribir dentro de la
corriente positivista de la arqueología americana, escuela que otorga gran importancia al
medio ambiente como factor determinante en la formación y desarrollo de la cultura. Por
ello el informe incluye una serie de trabajos sobre: geología (Kroonenberg y Diederix,
1981, 1982, 1983); paisaje y suelos (Botero, CIAF); Flora actual (Rangel y Franco,
Instituto de Ciencias de la Universidad Nacional) y un análisis de polen (Herrera,
Universidad de los Andes). Este último estudio abarca un transecto desde los 1500 hasta
los 3000 m., el que permitirá no solo identificar la flora de la época sino la clase de
cultivos, la rotación de los mismos y la regeneración del bosque en las épocas de
descanso de la tierra.
Respecto a la introducción y al informe sobre las excavaciones y reconocimiento
arqueológico de Robert Drennan (Univ. de Pittsburgh), es de lamentar su pésima
traducción al castellano, en ocasiones utilizando palabras que no existen.
Drennan trabajó durante varios años en México. En sitios como los valles de
México o de Oaxaca, es posible y aconsejable cuadricular las áreas de reconocimiento,
mapearlas y recoger determinadas densidades de tiestos en superficie; lo facilitan la
erosión y la ausencia de pastos, además de una cronología regional muy sólida y
exhaustivamente estudiada. No sucede lo mismo con el valle de La Plata donde no existe
ninguna investigación previa o anterior a la de Drennan. Sus puntos de referencia parecen
ser hasta el momento los períodos establecidos para San Agustín, dándole preferencia a
la cronología de Duque Gómez. La recolección de material de superficie en el valle de
La Plata, como Drennan mismo lo indica, solo puede hacerse en los barbechos o terrenos por
arar o recién arados y en los cortes de los caminos y no de manera sistemática. ¿Me
pregunto si no resulta aventurado, -aún sabiendo que se trata de un informe preliminar
sujeto a modificaciones a medida que avance la investigación-, hablar de períodos de
ocupación (Temprano, Medio y Tardío) y de tamaño y densidad de las ocupaciones con base
unicamente en recolecciones de cerámica en superficie y en pozos de sondeo? La posición
cronológica de estos tipos cerámicos es aún incierta.
Por lo demás, si en últimas se trata de explicar la formación de sociedades
complejas, ¿por qué otorgarle al medio ambiente un papel tan determinante? De esta
manera el motor del cambio sigue siendo exógeno. Explicar la formación de las sociedades
complejas utilizando el argumento Malthusiano del crecimiento de la población, por
ejemplo, es confundir el efecto con la causa y, a la larga, no explicar nada. Es de espe
rar que con el desarrollo de la investigación, la hipótesis entren a contemplar aspectos
econó micos y sociales que fueron determinantes en l formación y evolución de estos
cacicazgos.
MARIA VICTORIA URIBE
ARQUEOLOGIA DE
LA SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA
Informes antropológicos. Instituto Colombiano de Antropología. Colcultura.
Volumen 1, Bogotá. 1985
Durante los últimos años los medios informativos mencionan constantemente a
"Ciudad Perdida" (Buritaca 200), refiriéndose a sus características
monumentales, atractivas para el turismo, o con polémicas bastante críticas acerca de lo
que se hará, se hace o se hizo allí en arqueología. La crítica se fundamenta
principalmente en la falta de divulgación de los resultados y actividades investigativas
hechas en "Ciudad Perdida" durante los últimos nueve años. Con el primer
volumen de esta nueva serie de "Informes Antropológicos", editada por el I.C.A.
N. (Instituto Colombiano de Antropología Nacional) se está empezando a llenar parte de
este vacío, que inquietó a la opinión pública.
En la presentación el Director del I.C.A.N. hace un breve recuento del proceso
institucional de las investigaciones adelantadas en esa zona, y plantea los objetivos de
la nueva publicación. El primer informe de los tres que componen el volumen se titula:
"Manifestaciones Culturales en el área Tahona", Cadavid G, Herrera de Turbay L.
F., pp. 5-54, escrito en 1977. Es la descripción de una prospección hecha en la Sierra
Nevada entre 1973 y 1976, que culminó con el descubrimiento de Buritaca 200, conocida
como "Ciudad Perdida".
Se describen meticulosamente los aspectos geológicos, hidrográficos y
climáticos. Uno de los objetivos de la prospección era ubicar las regiones y
asentamientos principales descritos por los cronistas; se logró correlacionar
hipotéticamente 211 asentamientos detectados con la descripción etnohistórica. Se
agruparon en cuadros las características y variaciones observadas de la infraestructura
megalítica de los asentamientos arqueológicos: presencia de terrazas de vivienda y de
cultivo, canales o sistemas hidráulicos, puentes, basureros, petroglifos, además, de
tipos de muros, escaleras, caminos, viviendas de acuerdo a su forma. En cuanto a la
cerámica se hicieron pequeñas recolecciones de material limitadas a los primeros 68
asentamientos con la cual se estableció una tipología; un muestreo más amplio habría
permitido la definición temporal relativa de los sitios localizados, sirviendo como base
a una periodización general.
Las conclusiones del trabajo confirman que las descripciones hechas por los
cronistas sobre los asentamientos en ningún momento fueron exageradas acerca de la
densidad de poblados en esta área. Las ideas están congruentemente expuestas con la
ayuda de cuadros e ilustraciones, siendo muy útil para futuras investigaciones.
El segundo informe se titula: "Arqueología y conservación de la localidad
precolombina de Buritaca 200 en la Sierra Nevada de Santa Marta" de Groot de Mahecha
A. M. p.p. 55-102. Trata de investigaciones hechas en Ciudad Perdida entre 1976 y 1977, da
una descripción geográfica general de la región del Alto Buritaca y del asentamiento de
"Ciudad Perdida" en cuanto a sus aspectos constructivos. Además elabora una
tipología de viviendas y caminos para el sitio. El trabajo está básicamente dividido en
dos tópicos: en primer lugar, sobre la conservación y restauración de dos sectores del
asentamiento, siendo uno de ellos el más monumental denominado eje central; en el anexo
se presentan planchas planimétricas y cortes de la zona central después de la
restauración. Lamentablemente no se agregaron planos del estado inicial y las
fotografías que pretenden ilustrar este aspecto no son suficientemente claras para
permitir comprender el proceso de consolidación.
En segundo lugar trata sobre las diferentes excavaciones hechas por la autora:
una terraza en el área (Vr.: |Boletín Museo del Oro, Año 3,
1980), otra terraza excavada mediante una trinchera, y finalmente un corte de una ladera y
dos tumbas aisladas en terrazas alteradas por la guaquería. Las excavaciones son bien
ilustradas con gráficos y fotografías, igual que la tipología que elaboró para el
asentamiento.
En las conclusiones se comparan las formas cerámicas, patrones de enterramiento
y otros aspectos de la cultura material de Ciudad Perdida con la región litoral,
principalmente con Pueblito mostrando las diferencias existentes.
El tercer informe, "Excavaciones de Salvamento en la Sierra Nevada de Santa
Marta. (Parque Tairona y Ciudad Perdida)". de Lleras Pérez R., pp. 103-132. Como
indica el título este trabajo, escrito en 1978, trata de las excavaciones hechas por el
autor tanto en el área del litoral como en el interior de la Sierra Nevada.
En el parque Tairona excavó tres cortes en la zona de la ensenada de Gairaca y
sólo en uno de ellos se hallaron cuatro urnas funerarias con objetos asociados, los otros
no dieron mayores resultados; los artefactos encontrados están minuciosamente descritos.
Desgraciadamente no se encontraron muestras de carbón que hubiesen permitido fechar no
solamente este complejo funerario sino también los anteriormente investigados por Mason
(1931, 36, 39) en esta misma zona.
Lleras excavó en Ciudad Perdida una vivienda en área por niveles arbitrarios,
hallando en su interior 3 tumbas con material asociado. Este es descrito detalladamente
igual que el comportamiento de la cerámica.
En las conclusiones compara los hallazgos de Gairaca y Ciudad Perdida llegando a
plantear que se trata de una misma tradición cultural con un origen étnico común,
después de analizar de forma general las similitudes y diferencias en cuanto a los
artefactos líticos, cerámicos la arquitectura. Pero el autor no se plantea preguntas
sobre las diferencias en el patrón de enterramiento entre estos dos sitios y lo que
pueden implicar.
Sin embargo es necesario estudiar las diferencias o variaciones locales y
regionales. Esto permitiría entender los procesos de especialización al interior de los
asentamientos y entre éstos, además permitirá comprender las redes económicas, la
jerarquización de las aldeas y otros aspectos culturales no obersevables desde una
perspectiva de supuesta homogeneidad cultural.
AUGUSTO OYUELA CAYCEDO
MONSU, UN SITIO
ARQUEOLOGICO
Gerardo Reichel-Dolmatoff, Biblioteca Banco Popular, Textos Universitarios,
Bogotá, 1985
Los doctores Gerardo Reichel-Dolmatoff y Alicia Dussan de Reichel son los
arqueólogos que más han contribuido al conocimiento de nuestro pasado aborigen, pioneros
en varios campos de la antropología Nacional. En arqueología se destacan sus trabajos en
la Costa Atlántica, iniciados en 1946. Excavaron numerosos sitios que han contribuido a
reconstruir en esa región un cuadro, temporal muy aproximado del formativo hasta la
conquista.
Con la monografía "Monsú un sitio arqueológico" "G.
Reichel-Dolmatoff contribuye nuevamente al mayor conocimiento del formativo. Al excavar
Monsú en 1974 encontraron evidencia de la cerámica más antigua del continente. El sitio
está localizado cerca de la desembocadura del canal del dique en el departamento de
Bolívar, consiste en un montículo de 100 x 100 metros con una altura de 3 metros. Dado
que los objetivos de la investigación fueron a formar secuencias temporales del formativo
e información sobre los inicios de la agricultura y la cerámica, excavaron una trinchera
de 18 x 2 metros que cortó el montículo desde la parte más alta hasta el extremo bajo.
Siguiendo un control estricto de la estratigrafía física pudieron corregir errores de
perturbación.
A partir de la clasificación de 65.757 fragmentos cerámicos y de su
correlación con la estratigrafía, los autores establecieron 5 períodos culturales
pertenecientes a una misma tradición de cerámica en forma de tecomate.
El período de ocupación más antiguo "Turbana" se remonta
aproximadamente al cuarto milenio antes de Cristo y finaliza alrededor de 3.350±80 antes
de Cristo (UCLA-2149c). De acuerdo a esta fecha obtenida de muestras de concha asociada a
cerámica, se trata de la más antigua del continente Americano. Esa fecha es también un
marcador tentativo del inicio del segundo período llamado Monsú, cuyo final estaría
cerca de 3.050±80 (UCLA-2149A).
En el período "Monsú" continua la tradición de tecomates, se inicia
la producción de platos tipo Budare y se abandona la elaboración de vasijas
semiglobulares, propia del período anterior. Al terminar este período el montículo fue
deshabitado, por unos 1.100 años; entonces se da el desarrollo de Puerto Hormiga, entre
el 3.090±70 y 2.252±250 a. de C. (Reichel, 1965). En el tercer período de ocupación
denominado "Pangola" se halló asociado a cerámica un objeto de concha que dió
una fecha de 2.250±80 a. de C. (UCLA-2149B). Se encuentran las primeras piedras de moler.
Luego el sitio es nuevamente desocupado hasta el período Macavi que corresponde a
Canapote descrito por H. Bischof (1966) con una fecha de 1940±100 a. de C.
Es probable que desde Macavi haya continuidad hasta el período Barlovento
denominado según el sitio descrito por Bischof (1966). Se caracteriza por primeras
evidencias de agricultura sistemática, dado el hallazgo de azadas de concha (Strombus
gigas). Para este período se obtuvieron tres fechas: 1290, 1280 y 2225 a. de C. Uno de
los aspectos interesantes de Monsú es la existencia de huellas de postes que indican
construcciones desde el primer período "Turbana" y que despiertan numerosas
preguntas que pueden motivar investigaciones futuras.
La monografia, presenta una amplia ilustración del proceso de excavación
igualmente del material arqueológico, complementado con numerosas tablas de datos útiles
al especialista.
Considerando los resultados temporales de Monsú, no debemos caer nuevamente en
la polémica difucionista que se planteó al comparar los hallazgos de Valdivia (Ecuador)
y Puerto Hormiga (Colombia. Gracias a la publicación de Monsú se abren nuevas
perspectivas para futuras investigaciones de carácter regional que permitan comprender
aspectos culturales sobre procesos de cambio en patrones de asentamiento de enterramiento,
estrategias de adopción manejo del espacio, demografía y agricultura. Lamentablemente
pasó una década para la publicación de esta monografía básica al conocimiento de la
arqueología.
AUGUSTO OYUELA CAICEDO
ARQUEOLOGIA DE
TUNJA
Neila Castillo. Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales
Después de que Silvia Broadbent y Marianne Cardale, entre otros, habían logrado
a través de sus diversas obras sistematizar y aclarar el panorama arqueológico regional
de las ocupaciones cerámicas de la Sabana de Bogotá y sus alrededores, se venía
esperando la aparición de un estudio similar que permitiera establecer relaciones y
comparaciones con el altiplano boyacense. Es cierto que antes Tunja, Sogamoso, Villa de
Leyva y otros sitios habían sido investigados pero, con la excepción del estudio de Ana
María Falchetti en Sutamarchan, estas exploraciones no habían presentado sus resultados
dentro del marco de una metodología arqueológica moderna. En general puede decirse que
la tipología cerámica de Boyacá se desconocía casi por entero y que la cronología
absoluta se encontraba en una etapa muy incipiente.
El Proyecto adelantado por Castillo, con el patrocinio de la Fundación de
Investigaciones Arqueológicas Nacionales, comprendió la excavación de varios cortes en
el sector de Tunja que hoy ocupan las instalaciones de la Universidad Pedagógica y
Tecnológica y otros predios vecinos. El sitio escogido por Castillo resultó ser de una
importancia y una riqueza de información excepcional. No sólo se trata de uno de los
escasos sitios estratificados hallados en el altiplano, sino que además se encuentra en
el lugar del asentamiento Muisca prehispánico más extenso del altiplano boyacense y se
encuentra en excelente estado, puesto que las alteraciones naturales y humanas no han
llegado a afectar esa estratigrafía.
La interpretación que hace Castillo del contexto arqueológico encontrado en sus
excavaciones de Tunja se centra, como era lo lógico, en el análisis de la cerámica;
Castillo identifica dos grandes complejos bien diferenciados a nivel de las formas y
técnicas decorativas y separados estratigráficamente en los cortes excavados. Los
complejos de cerámica incisa (1), y pintada (2) se encuentran relacionados por una zona
de contacto y transición, en la cual se encuentra otro tipo que comparte algunas
características de los dos complejos. En general esto sugiere que también en Tunja se
produjo la ocupación del período Herrera seguida por la ocupación Muisca en épocas
tardías y adicionalmente se evidencia una época de contactos entre las dos étnias y de
probable mestizaje.
Sorprende dentro de este contexto que Castillo no adoptara una terminología
arqueológica, que es comun ya entre todos los investigadores del altiplano, negándose a
identificar los complejos cerámicos con periodos culturales. Desafortunadamente ésta
posición restringe en mucho el alcance regional de los trabajos de Tunja y niega las
evidencias obtenidas por otros investigadores, que permiten establecerlas identidades
etnia-complejo cerámico y rastrearlas hasta épocas tan antiguas como las que
corresponden al material de Tunja. Por esta via se entra en un análisis muy local y
estrecho del proceso arqueológico que permite pocas salidas e inferencias más allá de
la cerámica misma.
Esto mismo se manifiesta nuevamente en la tipología cerámica cuando Castillo,
al dar nombres a los tipos, evita homologarlos con tipos previamente identificados pese a
que el grueso de sus características sean coincidentes. Con respecto a esto, habría que
anotar que otro de los factores que ha permitido madurar la investigación en el altiplano
es el uso por parte de los arqueólogos de un solo conjunto de definiciones y nombres de
tipos cerámicos; si cada excavación nueva supusiese el establecimiento de un conjunto
nuevo de tipos cerámicos, se tendría en breve una situación caótica y sería imposible
llegar a organizar un panorama del desarrollo y difusión de estas tradiciones y de los
grupos que las produjeron. Esto no quiere decir, en modo alguno, que deban obviarse las
diferencias locales en las formas y motivos decorativos, pero, indudablemente, un cuadro
de arqueología regional será tanto más rico cuanto estas diferencias se puedan ver
dentro de categorías integrativas y no como unidades aisladas y puramente locales.
Con todo, estas observaciones no implican que el trabajo de Castillo en Tunja no
deba verse como un aporte serio y valioso a la arqueología del altiplano, un trabajo
adelantado y en s mayor parte presentado con absoluto profesio nalismo y rigurosidad
metodológica. Una so excepción valdría la pena anotar aquí, la presen tación de una
de las fechas absolutas (1. 170 d C) sin su número de laboratorio ni su margen de error,
lo cual contrasta con la otra fecha citada que si se presenta con estos datos
imprescindibles.
La Arqueología de Tunja, aun a pesar de lo pequeños errores que
contiene, marca un punto de cambio en el tipo de trabajo arqueológico adelantado en esa
zona del país, y trae consigo una serie de nuevas informaciones que la convierten en un
texto de consulta obligada para los estudiosos del altiplano. Es posible, que una futura
reelaboración de los materiales, permita darle a este contexto arqueológico una
posición más clara en el panorama regional y un mayor alcance a nivel de las inferencias
sociohistóricas
ROBERTO LLERAS
INVESTIGACIONES
ARQUEOLÓGICAS EN EL MUNICIPIO DE ZIPACON CUNDINAMARCA
Gonzalo Correal Urrego y María Pinto Nolla. Fundación de Investigaciones
Arqueológicas Nacionales No. 18 Banco de la República
Esta publicación se suma a la serie de trabajos sobre la llamada etapa lítica
pertenecientes al estudio general del Medio Ambiente Pleistocénico y el Hombre
Prehistórico en Colombia, que busca explicar los cambios ecológicos, las manifestaciones
humanas y las actividades socioculturales ocurridas en territorio colombiano y más
específicamente en el área de la Sabana de Bogotá, durante cerca de nueve mil años,
desde la aparición del hombre en nuestro territorio hasta el surgimiento del proceso
histórico prehispánico. Fue propósito de los autores "ampliar la información
relacionada tanto con las épocas en que la subsistencia dependía fundamentalmente de la
depredación como el tránsito hacia la producción de alimentos y la agricultura".
Investigaciones anteriores habían permitido establecer una secuencia cultural contínua
que abarcaría desde el décimo tercer milenio hasta el año cinco mil antes de nuestra
era, según resultados de las excavaciones de los sitios precerámicos del Abra,
Tequendama, Nemocón, Sueva y Tibitó. Posteriormente la investigación adelantada en
Chía por Gerardo Ardila ampliaría el lapso hasta el año 3.120 A.P. (1.170 años A.C.).
El análisis del sitio de Zipacón sugiere que los desarrollos agrícolas
alfareros de la Sabana de Bogotá se remontan más allá del año 3.270 A.P. (1.320 años
A.C.) marco cronológico y cultural que modifica la periodización establecida, pues corre
el limite inferior inicial del año 2.225 A.P. (275 años A.C.) logrado en la denominada
zona de ocupación IV del Tequendama con evidencias de prácticas agrícolas y la
persistencia de una tecnología lítica de tipo Abriense y una tipología cerámica
Pre-Muisca.
Los hallazgos registrados en Zipacón muestran la coexistencia de patrones de
subsistencia basados en la cacería y la recolección, asociados al cultivo del maíz y la
batata. Este sitio además de suministrar la fecha más antigua para la cerámica de la
Sabana de Bogotá, permite una visión más concreta sobre los acontecimientos ocurridos
hacia el segundo milenio antes de Cristo, esclareciendo en parte el vacío de información
que existía. Según Correal y Pinto, el aspecto de mayor interés arqueológico es la
presencia de cerámica, que se corresponde con los tipos "Mosquera Roca
Triturado", "Mosquera Rojo Inciso" y "Zipaquirá desgrasante de
tiestos"claramente definidos como tipos Pre-Muiscas (Broadbent 1971, Ardila 1980,
Cardale 1981) situados tentativamente en el año 500 A.C. para Zipaquirá, 376 años A.C.
para Nemocón, 275 años A.C. para la zona de ocupación IV del Tequendama y 140 años
A.C. para Chía.
La presentación de información y las recapitulaciones se sustentan en el
trabajo de campo y el exámen cuidadoso de resultados de investigaciones arqueológicas
anteriores. Los autores abordan de manera rigurosa y efectiva, técnicas que permiten
alcanzar una serie de objetivos que indudablemente contribuyen al conocimiento de este
período inicial de la historia americana.
De la exposición de resultados, logrados a partir dei compendio de datos
básicos para el análisis del proceso de cambio ecológico y cultural, se desprende un
material esencialmente descriptivo sobre el sitio, su geología, suelos y vegetación. La
asociación estratigráfica y polinológica presenta secuencias comunes con las de otros
sitios de la misma área. Los elementos arqueológicos de restos óseos permiten conocer
la patología y anomalías dentarias.
Los artefactos líticos en general recuerdan las tipologías establecidas para la
Sabana de Bogotá y la Vertiente del Guavio. Estos fueron elaborados en Cherst y no
presentan una talla cuidadosa.
La cerámica, como ya se anotó, reviste especial interés dada la composición
tipológica de la muestra: tres tipos definidos y dos nuevos establecidos "Zipacón
cuarzo fino" y "Zipacón rojo sobre crema" corresponden al período
PreMuisca. La cerámica hallada en Zipacón se ubica entre los dos últimos siglos A.C. y
los dos primeros D.C.
En cuanto a los restos de fauna se presenta en este contexto un seguimiento de la
historia natural de varias especies animales. Esta información si bien no es
estrictamente arqueológica, orienta los estudios sobre la prolongación de la cacería de
las mismas especies hasta tiempos de la conquista, como lo referencian las crónicas y
hallazgos arqueológicos que corresponden a una época posterior a la aquí mencionada. De
otra parte, dicha información sirve para analizar la continuidad de antiguas tradiciones
en las técnicas de caza así como la elaboración de instrumentos.
La presencia en el abrigo rocoso de Zipacón de restos óseos de pecarí,
semillas de aguacate, así como relaciones en la cerámica con tipologias del Valle del
Magdalena, sugiere que hubo movimientos entre los pisos térmicos cálido o templado (de
donde provienen las evidencias mencionadas) y la altiplanicie cundiboyacense.
En general en la obra se aprecian los alcances y limitaciones por lograr un
exhaustivo conocimiento del medio ambiente y del hombre, aunque no se explicitan los
contenidos sociales para esta fase de la historia precolombina, quizá la menos conocida.
El informe incluye una breve reseña histórica de Zipacón que abarca desde la
época que antecede a la llegada de los españoles, pasando por la conquista, hasta el
período colonial, con algunos datos sobre la consolidación del poblado.
Presenta además un registro fotográfico, cuadros de distribución y secuencias
de los vestigios.
ALVARO BOTIVA
JAIBANAS LOS
VERDADEROS HOMBRES
Luis Guillermo Vasco. Biblioteca Banco Popular Textos Universitarios. 1985.
Bogotá
Entre los Embera la realidad tiene dos aspectos indisolubles, uno visible,
manifiesto, causado, aparente y otro invisible, oculto, causal, esencial. En este último
un doble movimiento en dirección caer-salir origina una disyunción de los elementos
primordiales, disyunción aparente y parcial, pues una serie de direcciones, movimientos y
transformaciones conservan conexos, ligados a estos opuestos que "tienden siempre á
la identidad, y al equilibrio" (Pág. 132). La historia, no es el transcurrir
temporal (como lo capta el occidental) sino "movimiento espacial", es en el
territorio, en el desplazamiento, en donde la historia fluye, se da (Pág. 134). Así los
sucesos que relata el mito no se pueden concebir como tiempo pasado, sino como un aspecto
del mundo vigente, permanente; precisamente, ese nivel esencial de las causas. "En el
mito, la presencia de la oposición transforma su estado, engendrando la dinámica de los
movimientos y las direcciones, generatriz no en el sentido de origen sino de causa y
determinación. En la vida diaria, la identidad produce su transtocamiento, alterando su
normalidad; y haciendo necesario el operar en ambos niveles si se quiere restablecer la
situación inicial, pero principalmente en el mítico ya que es causal". (Pág. 133).
Para los hombres corrientes el mundo es percibido en el nivel aparente, causado;
los acontecimientos míticos aparecen como pretéritos. "No así el jaibaná. Este es
un hombre de conocimiento. Es un sabio, como lo denominan los propios indígenas; es un
doctor de indios. Trasciende con su aprendizaje y con su acción el nivel de la conciencia
espontánea y la acción ciega del hombre ordinario. Por esto es una vez más, el
verdadero hombre, el hombre completo ligado con la realidad en su complitud" (Pág.
134).
El jaibaná por medio de su peculiar forma de conciencia, el "sueño",
capta el mundo de las causas el mundo de los JAI, pero su virtud no se limita a
contemplar, tiene el poder de actuar sobre dichas esencias, y consecuentemente sobre toda
la realidad, tiene el poder total.
Los procedimientos ceremoniales, la parafernalia, la ornamentación, son entonces
sólo los elementos externos de la actividad fundamental del jaivaná, del trabajo por
excelencia: el de "ver" y transformar la realidad en su aspecto causal y por
tanto en su totalidad.
Tales son de manera general las principales ideas del trabajo Vasco las cuales
aparecen basadas e ilustradas con profuso material mitológico y etnográfico. Para
sustentar sus tesis parte de una serie de consideraciones y operaciones metodológicas,
etnológicas, etnográficas y lingüísticas.
En cuanto a objetivos el planteamiento explícito es tajante: "Mi propósito
es de doble naturaleza. Por un lado, captar la concepción embera del Jaibaná. Por otro
traducirla a un lenguaje accesible para nosotros los occidentales. Dejo claro con el mayor
énfasis que no pretendo explicar el jaibanismo a partir de convicciones occidentales, que
no planteo producir la concepción occidental, y por lo tanto pretendidamente científica,
de lo que constituye este fenómeno.
Para mí, la concepción Embera al respecto es suficientemente válida para
entender y explicar de qué se trata, tal como está en el mito y como ellos lo expresan
en sus declaraciones y en sus respuestas... no pretendo que ningún Embera entienda lo que
aquí digo. Ni mucho menos que esté de acuerdo con que mis palabras dicen lo que es el
jaibaná. Está lejano el día --y será otra sociedad aquella- cuando hablaremos un
lenguaje común, mutuamente inteligible. Y serán una sociedad y un lenguaje que debemos
construir juntos" (Págs, 10-11).
Etnológicamente, además de las ideas mencionadas al comienzo de esta reseña,
se puede percibir en el libro una diferencia inconciliable pensamiento indio Vs
pensamiento occidental: el segundo es incapaz de captar al primero; son concepciones
diferentes de la realidad, del tiempo, del espacio, de la historia. Vasco trae ejemplos de
mitologías amazónicas, centroamericanas, andinas, para argumentar la lectura que hace el
pensamiento embera; plantea a su manera una concepción pan-india: un pensamiento que sí
es abstracto pero expresado a través de situaciones arquetípicas (Pág. 135).
En un nivel etnográfico parte de su propia experiencia de campo en el grupo
Embera del alto San Juan conocido como Chamí, por un lado y de la bibliografía
etnográfica sobre otras zonas Embera y Uaunana: Chocó, Urabá, Sinú, Panamá, Bajo San
Juan y del mismo Chamí.
De otra parte a través de todo el trabajo va haciendo continuas referencias
lingüísticas, principalmente morfológicas sobre términos referentes a los aspectos
tratados.
La lectura de "Jaibanás, los verdaderos hombres" motiva una serie de
inquietudes en los diferentes niveles de exposición.
Si lo que el autor pretende es hacer una traducción del pensamiento Embera,
digerible a la racionalidad occidental, no queda claro, ya que no pretende partir de
concepciones occidentales, porqué dicha traducción no abriga la pretención de un
entendimiento por parte de los mismos embera. ¿Son dificultades lingüísticas,
conceptuales? ¿Qué garantiza la validez de la traducción?
A través de todo el libro Vasco se pone en guardia "Ias interpretaciones de
los antropólogos". contra "los fantasiosas métodos para bus car el contenido
conceptual oculto tras los relatos míticos"( Pág. 135). Sin embargo, los
procedimientos que exhibe el trabajo están lejos de ser una simple traducción y que
solamente quede "ver" lo que en el mito se expresa en turma "directa y
explícita". Se pueden entrever algunos procedimientos analíticos usados desde muy
vieja data por el pensamiento occidental y la etnología tradicional, las cuales Vasco
pretende no utilizar. La idea sobre un mundo esencial y captado por los hombres corrientes
sólo a través de apariencias es sorprendentemente coincidente con la concepción
platónica ilustrada por medio del conocido mito de la caverna. La interpretación de
elementos míticos sobre la base de pares de oposición con referentes de la naturaleza es
de extirpe claramente estructuralista aunque se intente deslindar campos con la ortodoxia
levistrausuriana, con una mediación de tipo dialéctico entre los pares de oposición,
operación esta procedente de la filosofía alemana.
Sea cual fuere la procedencia filosófica del análisis, lo claro es que el libro
contiene no sólo una traducción sino una interpretación con herramientas teóricas,
susceptible de discusión tanto por los antropólogos y occidentales en general como por
los mismos indígenas cuando abocan el estudio de su realidad y su pensamiento. Además,
pretender una "lectura directadel discurso mítico (aunque finalmente se le
interprete) es desconocer la base metafórica y metonímica, no sólo de la mitología,
sino del lenguaje mismo aún en sus expresiones más elementales, como lo ha demostrado la
lingüística moderna; las formas de organización del significante no son su contenido:
el significado. Contrariamente a como lo expone Pineda Camacho en el prólogo del libro,
Vasco no considera su lectura mítica como un marco de referencia simbólico de la praxis
del jaibaná sino como los hechos mismos de dicha praxis. Desde principios de siglo ya
Boas señalaba cómo es necesario. para efectos de la eficiencia del análisis,
diferenciar lo ético (el conjunto de los hechos etnográficos consignados por el
investigador) de lo émico (la interpretación del indígena sobre estos hechos). Sostener
que en el mito "el conocimiento está dado en forma directa y explícita" es
prescindir inexplicablemente tanto de la interpretación que el propio indígena hace de
su discurso como la que puede hacer el etnólogo a partir de múltiples informaciones y
procesos analíticos.
Ya en el nivel etnológico el planteamiento sobre una realidad embera vista en
dos niveles uno humano y otro natural, perteneciendo a este último los JAI como seres
naturales, no humanos, puede aparecer un tanto simplificadora. ¿Cómo cabe dentro de esta
óptica, explicar la ausencia, en la realidad cotidiana de los Embera, de KARAGABI, de
TUTRUIKA, del Hijo de la Pierna, por ejemplo, seres a los que no se invoca ni con los que
se comunica el jaibaná? El mundo de los seres sin ano ARAMOROA o ARAMUKO a donde baja el
Hijo de la Pierna, no es el mismo YHABERA o CHIAPERARA, en donde viven algunos JAIS. El
libro no aclara porqué, si KARAGABI está ausente para siempre de la vida de los hombres,
aún para el jaibaná, no puede hablarse de un tiempo de los orígenes como pretérito.
Los datos míticos parecen plantear más bien distintos niveles de espacios y de
tiempos, no siempre coincidentes, y simétricos, ni equilibrados. El hecho de que en los
mitos referentes a KARAGABI, a TRITIKU, a BARAKOKO a JERUPOTOOARRA (personajes creadores
protagonistas de los mitos de orígen), aparezcan JAIS como ANTUMIA, PAKORE, DOJURA
(esencias o potencias con los que se relaciona el jaibaná) no es argumento suficiente
para homogeneizarlo todo (JAIS y naturaleza) en el mundo "natural" en un sólo
nivel (o en uno que se disyunta) pues la referencia mítica al código natural es
inevitable (¿o si nó a cuál otro?).
En cuanto a organización social; ¿cuál es la base para afirmar que son grupos
patrilineales y patrilocales? Los datos etnográficos de las distintas regiones indican un
carácter cognaticio con linealidad y localidad indistintas por línea paterna o materna.
La idea de Vasco de que la consideración del jaibaná como un ser con un aspecto de
agresor malvado es algo más que todo reciente, no parece estar acorde con lo expresado
por emberas de distintas regiones y por muchos de los relatos míticos. La organización
social embera y del jaibanismo mismo tienen un carácter conflictivo, que no puede
atribuirse de raíz a la aculturación o a la persecución misionera (aunque estas
realidades históricas innegables hayan contribuido a agudizar el conflicto). La idea de
equilibrio aunque no sea más que en plano conceptual, es, las más de las veces, ahora
sí, una idea occidental que se trata de llevar al plano de la realidad indígena.
Al obviar los procesos metafóricos, el autor cae en inconsistencias como hablar
de un "poder total" por un lado, y por otro relatar la dramática impotencia de
los jaibanás ante la enferma que ha "perdido el alma".
Los elementos míticos usados para deducir el proceso de humanización, resisten
por lo menos otra interpretación. Los burumiás "caníbales" y los carautas
"incestuosos", fueron históricamente pueblos enemigos de los embera, los
primeros en el río Bojayá y los segundos en el alto Murrí (probablemente una facción
catía; hablar de algunos embera o de su idioma como 'catío' es un error etnográfico e
histórico). En algunos de los grupos embera hay relatos que mencionan a estas tribus y de
la guerra contra ellas asi como contra los jurá (cunas); verlos como las creaciones
fallidas míticas de los hombres suscita muchas dudas.
Pese a que en la introducción se subraya la heterogeneidad entre las zonas
embera y la inconveniencia de considerarlas una unidad hemogénea, el libro va enlazando
mitos y rituales de diversa procedencia. Esto es riesgoso pues elementos que son
reiterativos en unas partes en otras no lo son tanto, tienen carácter diferente o
simplemente no existen. ANTUMIA es en el Chocó un JAI acuático, en Antioquia es más
bien selvático y en el Saija (Cauca) los indios hablan de NETUARA un ente maligno de tipo
anfibio o dual. ARIBADA, el resucitado felinesco, es muy importante en los emberas de
cordillera, mientras que los de.tierras bajas dicen conocerlo sólo por referencia de los
primeros; la forma de pintarse la cara como gato o tigre no es exclusiva del jaibaná pero
fuera del Chamí los motivos faciales son diferentes; el origen del maíz en unas zonas se
atribuye al mundo de abajo o al de arriba, pero en otras está asociado a la madre sapo en
el mito del incesto del héroe cultural. Estos son ejemplos de elementos que difieren
según las regiones. Indudablemente es posible hacer una caracterización general del
grupo Chocó (emberas y uaunanas) pero se debe trabajar cuidadosamente sobre
particularidades regionales de una etnia tan dispersa en la que se encuentran elementos
bien específicos o incluso contradictorios sobre distintos aspectos, el jaibanismo y la
mitología incluidos.
La utilización un tanto apresurada de etimologías y palabras del idioma embera
en una perspectiva que podría calificarse de 'etimología ingenua merece un reexamen y
una mayor profundización lingüistica.
La discrepancia con estos y con otros aspectos no puede impedir reconocer que el
libro de Vasco es uno de los trabajos más suge rentes e importantes de la antropología
colom biana. Sus problemas radican en circunstancias que van más allá de las opiniones e
intenciones del autor. Por un lado la poca experiencia anali tica de la antropología
colombiana, de tradición fundamentalmente descriptiva, y por otro de la dificultad y los
conocimientos aún incipientesde la antropología en general para abocar fenómenos
extraños a la lógica occidental como el chamanismo y otras formas religiosas y de pensa
miento. El cariz contradictorio entre procedimientos y objetivos expresados en el libro
puede verse precisamente en el marco de una búsqueda metodológica por aprehender estos
fenómenos.
MAURICIO PARDO ROJAS
|