Ficha bibliográfica
Titulo:
Viejos temas - nuevos horizontes, hacia donde va el Instituto Colombiano de Antropología, 1986
Edición original: 2005-05-13
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-13
Creador: Roberto Pineda Giraldo




INDICE




 

VIEJOS TEMAS - NUEVOS HORIZONTES
Hacia donde va el Instituto Colombiano de Antropología

ROBERTO PINEDA GIRALDO
|Director del Instituto Colombiano de Antropología

El Instituto Colombiano de Antropología, dependencia de Colcultura introdujo en su programación de investigaciones el estudio de las comunidades mestizas tanto rurales como urbanas, con el objetivo, que puede parecer muy ambicioso, de acumular los materiales necesarios, descriptivos y analítico que finalmente permitan interpretar la cultura nacional y su proceso de formación como un todo heterogéneo y a la vez unitario, resultado de la coexistencia actuante y deliberativa de culturas regionales diferenciad Algunas de las razones que motivaron esta adición a los tradicionales estudios de las etnias indígenas, se exponen en este artículo.

Lo que hoy se conoce como pluralismo, estuvo referido en Colombia, casi con exclusividad a las múltiples tipologías antropofísicas identificables en su población, fueran ellas de predominante ancestro indio o negro o europeo, o de las variadas mezclas resultantes de mestizaje racial. Socialmente, los términos definitorios de los tres troncos raciales (blanco, negro e indio) y algunos otros que especifican tipo de mezclas (zambo, mulato, etc.) que tan seriamente se distinguían en el sistema de castas imperante en la Colonia, eran ahora indicadores de una gradación clasista, que se empeñaba en ubicar al individuo en un situación especial de privilegios o de deprivaciones y dependencia. Se trataba realmente, mas que de pluralismo, de una heterogeneidad de fenotipos que servía bien los fines de una discriminación socioeconómica.

Culturalmente, los colombianos se dividían en una dicotomía tajante: "racionales" e "indios", en la que subyacía implícita otra discriminación con un claro sabor de diferenciación de modos de vida, ya que el término "racional" no tenía connotación alguna de exclusión por, ascendencia biológica. Mestizos, negros, mulatos, zambos e indios "civilizados" (deculturados dirían los antropólogos) compartían - comparten- un idioma, el español; la inmensa mayoría de ellos practicaba la religión católica; muchos otros rasgos, usos y valores se asemejaban entre sí, y casi sin excepción, todos reaccionaban emocionalmente ante los símbolos patrios. Los otros |eran los "indios" que se comunicaban entre sí por medio de lenguas comprensibles sólo para ellos; vestían trajes característicos o andaban semidesnudos; no se ajustaban a los moldes religiosos de los envangelizadores, sino que se apegaban a sus creencias "paganas", eran seres extraños, aislados geográficamente del resto de la sociedad nacional, que provocaban curiosidad por el "exotismo" de su modo de vida. Significativamente, etnografía y antropología, dos disciplinas aplicables al estudio de cualquier población humana sin distinción de estadios de evolución o desarrollo, tuvieron como mira predilecta y cuasi-excluyente de sus intervenciones metodológicas y de su inquirir conceptual a estos "indios" y se olvidaron del resto de los colombianos.

La dicotomía era artificiosa: ni los "indios" eran ni son una unidad cultural, ni lo eran, ni lo son los "racionales". Se hablan aún muchos idiomas entre los indígenas que habitan el territorio nacional, lo cual obstaculiza su intercomunicación y no hay un modo de vida común a todos ellos, si no casi tantos como grupos subsisten; así lo han comprobado los estudios etnográficos, como han señalado también los diferentes grados y modalidades de incorporación o de adaptación a la sociedad mayor, o la intensidad de la persistencia de las instituciones y las pautas de comportamiento ancestrales.

En cuanto a los "racionales", basta decir que a pesar de que la nacionalidad colombiana madura y se robustece al calor de principios consensuales, tales como territorialidad, historia, unidad política, etc., que congregan a los ciudadanos y los identifica ante si mismos y ante extraños, la cultura la diversifica y la matiza. La heterogeneidad de patrones de familia, para citar un solo ejemplo, indujo a la distinción de cuatro complejos culturales claramente diferenciados, que territorialmente muestran una rica geografía cultural y sugieren una fina trama de otras peculiaridades propias de cada complejo, que le son únicas y se pueden sintetizar en perfiles de modos devida que el Instituto Colombiano de Antropología ha denominado, para efectos de estudio, culturas regionales.

Además de la variedad étnica, la realidad del país es el pluralismo cultural, percibido hace ya mucho por los estudiosos y manifiesto de manera explícita en los orgullos regionales, en los antagonismos provinciales, en la literatura costumbrista, e implícitos en el proceso de configuración de la nación, como país y como estado. Cada grupo regional o subregional (y el término no tiene ninguna connotación peyorativa de |capitis diminutio) enclaustrado en un ambiente natural que le es particular, con una configuración étnica uni o multirracial -que lleva implícito un cierto grado de mestizaje cultural- y articulado por estructuras sociales y económicas individualizadas, ha tejido con el universo mayor circundante, su propia historia, cuyo resultado -el presente, el hoy- se distingue de sus homólogos y del nacional, por su contenido peculiar, aunque comparte con este último el atributo omnipresente del policlasismo.

El pluralismo manifiesto en las culturas regionales no sugiere sólo riqueza cultural, sino también complejidad social; no se alimenta exclusivamente de la variedad, sino, además, de conflictos y contradicciones internas que deben dejar su huella en las formas de comportamiento de sus integrantes y en sus relaciones inter-regionales, caracterizando lo que ha dado en llamarse los tipos regionales, vagamente definidos por cualidades sobresalientes o rasgos dominantes de su personalidad. Es fácil percibir y hasta definir y comprender las diferencias entre "indios" y "racionales", entre las etnías aborígenes y la sociedad mayor, por los marcados contrastes que las diferencian; muy pocos son los contenidos culturales de cada una compartidos por los integrantes de la otra, y, por lo mismo, se provoca la reacción de rechazo o de admiración o de simple curiosidad, pero que de todos modos reconoce el contraste, mas que como variedad, como opuesto, con lo cual califica al |contrario de diferente, de extraño, en el sentido extranjero.

Más difícil resulta definir y precisar los matices y rasgos objetivos diferenciales entre las múltiples culturas y subculturas regionales que conforman la sociedad mayor o lo que denominaríamos la Colombia mestiza. Pero esos matices y rasgos existen y son los que imprimen el sello de la identidad cultural regional. Se sabe que descansan en diferencias básicas de formas y estructuras de la familia, en modalidades del habla, en la mayor o menor herencia india preservada en valores, en tradición oral, en tecnología o en actitudes frente al medio social y a la explotación y uso de recursos, etc.; en la concepción de la riqueza, o en la simple etiqueta cotidiana. Pero no existe la precisión en los indicadores diferenciadores, ni en las fronteras geográficas, sino para algunos muy limitados. Se acepta la existencia de la diversidad pero no se sabe como contribuye y fortalece o debilita la unidad nacional, ni cómo las regiones las conciben.

Aceptamos, en principio, que los regionalismos se nutrieron y se fortalecieron en el enclaustramiento secular, estimulado por la geografía. Pero no para permanecer en estado larvario, sino para evolucionar, impulsados por su propia dinámica y por el juego de las dinámicas de grupos circundantes. Son pues, el resultado tanto de su devenir interno como de sus influencias externas; es decir, que han sufrido cambios y los siguen soportando, con mayor intensidad hoy, porque las vías y los medios masivos de comunicación han ampliado el horizonte de nuestro conocimiento, y abierto las compuertas de penetración cultural, tanto internas como externas y porque las corrientes migratorias campociudad y región a región reactivan el proceso de mestizaje cultural y biológico y transforman a veces radicalmente el |corpus cultural o algunos de los elementos claves: La Antioquia de hoy no es culturalmente la misma de 1930, para decirlo gráficamente. Es importante saber en que sentido se está estructurando el contenido cultural de las entidades regionales y cuales serán los resultados a mediano plazo, resultados que están demostrando ser traumáticos para algunas de las comunidades, colocadas por las circunstancias en condiciones de inferioridad defensiva; sirvan de ejemplo la del Archipiélago de San Andrés y Providencia que soporta el peso de migración de gentes procedentes del país continental que hablan otro idioma y superan ya numéricamente a la población nativa de vieja tradición anglo caribe y protestante; o la de la Guajira india, la comunidad Arawak que combativa e inteligentemente ha preservado su identidad nativa americana, pero que está amenazada peligrosamente por la combinación ominosa de todo lo que acarrea un establecimiento de la magnitud de El Cerrejón para la explotación carbonífera, el deterioro de su habitat natural, y la reducción progresiva de sus recursos ambientales y la presión de una migración mestiza que, como en el caso de San Andrés y Providencia, también va equipada con el idioma nacional, bien diferente del |Wayú que hablan los indígenas.

Las culturas regionales y su evolución plantean numerosos interrogantes cuya solución, por medio de la investigación antropológica aumentará enriquecedoramente el acervo académico descriptivo y ana lítico sobre el hombre colombiano -sin adjetivos-. Porque todas las cuestiones apuntan a situaciones, hechos y procesos trascendentales, no únicamente para la academia y el crecimiento teórico de las ciencias sociales, sino para el futuro del país, ya que se relacionan con sus orientaciones y sus perspectivas a mediano plazo. Uno sólo de esos interrogantes ya da cuenta de la importancia de las respuestas esperadas: ¿Tiende el país a la unificación cultural? Si la respuesta es afirmativa, tiene que ser seguida, de inmediato, de la complementaria: ¿Sobre qué modelo o patrón se configurará la unificación?

Un viejo tema obliga a abrir horizontes nuevos a la investigación antropológica, con postulados y herramientas metodológicas renovadas e imaginativas y creo que el campo es promisorio y el reto estimulante.

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