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VIEJOS TEMAS - NUEVOS
HORIZONTES
Hacia donde va el Instituto Colombiano de Antropología
ROBERTO PINEDA GIRALDO
|Director del Instituto Colombiano de Antropología
El Instituto Colombiano de Antropología, dependencia de
Colcultura introdujo en su programación de investigaciones el
estudio de las comunidades mestizas tanto rurales como urbanas, con
el objetivo, que puede parecer muy ambicioso, de acumular los
materiales necesarios, descriptivos y analítico que finalmente
permitan interpretar la cultura nacional y su proceso de formación
como un todo heterogéneo y a la vez unitario, resultado de la
coexistencia actuante y deliberativa de culturas regionales
diferenciad Algunas de las razones que motivaron esta adición a los
tradicionales estudios de las etnias indígenas, se exponen en este
artículo.
Lo que hoy se conoce como pluralismo, estuvo referido en
Colombia, casi con exclusividad a las múltiples tipologías
antropofísicas identificables en su población, fueran ellas de
predominante ancestro indio o negro o europeo, o de las variadas
mezclas resultantes de mestizaje racial. Socialmente, los términos
definitorios de los tres troncos raciales (blanco, negro e indio) y
algunos otros que especifican tipo de mezclas (zambo, mulato, etc.)
que tan seriamente se distinguían en el sistema de castas imperante
en la Colonia, eran ahora indicadores de una gradación clasista,
que se empeñaba en ubicar al individuo en un situación especial de
privilegios o de deprivaciones y dependencia. Se trataba realmente,
mas que de pluralismo, de una heterogeneidad de fenotipos que
servía bien los fines de una discriminación socioeconómica.
Culturalmente, los colombianos se dividían en una dicotomía
tajante: "racionales" e
"indios", en la que subyacía implícita otra
discriminación con un claro sabor de diferenciación de modos de
vida, ya que el término "racional" no tenía
connotación alguna de exclusión por, ascendencia biológica.
Mestizos, negros, mulatos, zambos e indios
"civilizados" (deculturados dirían los
antropólogos) compartían - comparten- un idioma, el español; la
inmensa mayoría de ellos practicaba la religión católica; muchos
otros rasgos, usos y valores se asemejaban entre sí, y casi sin
excepción, todos reaccionaban emocionalmente ante los símbolos
patrios. Los otros
|eran los "indios" que
se comunicaban entre sí por medio de lenguas comprensibles sólo
para ellos; vestían trajes característicos o andaban semidesnudos;
no se ajustaban a los moldes religiosos de los envangelizadores,
sino que se apegaban a sus creencias "paganas",
eran seres extraños, aislados geográficamente del resto de la
sociedad nacional, que provocaban curiosidad por el
"exotismo" de su modo de vida.
Significativamente, etnografía y antropología, dos disciplinas
aplicables al estudio de cualquier población humana sin distinción
de estadios de evolución o desarrollo, tuvieron como mira
predilecta y cuasi-excluyente de sus intervenciones metodológicas y
de su inquirir conceptual a estos "indios" y se
olvidaron del resto de los colombianos.
La dicotomía era artificiosa: ni los "indios"
eran ni son una unidad cultural, ni lo eran, ni lo son los
"racionales". Se hablan aún muchos idiomas entre
los indígenas que habitan el territorio nacional, lo cual
obstaculiza su intercomunicación y no hay un modo de vida común a
todos ellos, si no casi tantos como grupos subsisten; así lo han
comprobado los estudios etnográficos, como han señalado también los
diferentes grados y modalidades de incorporación o de adaptación a
la sociedad mayor, o la intensidad de la persistencia de las
instituciones y las pautas de comportamiento ancestrales.
En cuanto a los "racionales", basta decir que
a pesar de que la nacionalidad colombiana madura y se robustece al
calor de principios consensuales, tales como territorialidad,
historia, unidad política, etc., que congregan a los ciudadanos y
los identifica ante si mismos y ante extraños, la cultura la
diversifica y la matiza. La heterogeneidad de patrones de familia,
para citar un solo ejemplo, indujo a la distinción de cuatro
complejos culturales claramente diferenciados, que territorialmente
muestran una rica geografía cultural y sugieren una fina trama de
otras peculiaridades propias de cada complejo, que le son únicas y
se pueden sintetizar en perfiles de modos devida que el Instituto
Colombiano de Antropología ha denominado, para efectos de estudio,
culturas regionales.
Además de la variedad étnica, la realidad del país es el
pluralismo cultural, percibido hace ya mucho por los estudiosos y
manifiesto de manera explícita en los orgullos regionales, en los
antagonismos provinciales, en la literatura costumbrista, e
implícitos en el proceso de configuración de la nación, como país y
como estado. Cada grupo regional o subregional (y el término no
tiene ninguna connotación peyorativa de
|capitis diminutio)
enclaustrado en un ambiente natural que le es particular, con una
configuración étnica uni o multirracial -que lleva implícito un
cierto grado de mestizaje cultural- y articulado por estructuras
sociales y económicas individualizadas, ha tejido con el universo
mayor circundante, su propia historia, cuyo resultado -el presente,
el hoy- se distingue de sus homólogos y del nacional, por su
contenido peculiar, aunque comparte con este último el atributo
omnipresente del policlasismo.
El pluralismo manifiesto en las culturas regionales no sugiere
sólo riqueza cultural, sino también complejidad social; no se
alimenta exclusivamente de la variedad, sino, además, de conflictos
y contradicciones internas que deben dejar su huella en las formas
de comportamiento de sus integrantes y en sus relaciones
inter-regionales, caracterizando lo que ha dado en llamarse los
tipos regionales, vagamente definidos por cualidades sobresalientes
o rasgos dominantes de su personalidad. Es fácil percibir y hasta
definir y comprender las diferencias entre
"indios" y "racionales", entre
las etnías aborígenes y la sociedad mayor, por los marcados
contrastes que las diferencian; muy pocos son los contenidos
culturales de cada una compartidos por los integrantes de la otra,
y, por lo mismo, se provoca la reacción de rechazo o de admiración
o de simple curiosidad, pero que de todos modos reconoce el
contraste, mas que como variedad, como opuesto, con lo cual
califica al
|contrario de diferente, de extraño, en el
sentido extranjero.
Más difícil resulta definir y precisar los matices y rasgos
objetivos diferenciales entre las múltiples culturas y subculturas
regionales que conforman la sociedad mayor o lo que denominaríamos
la Colombia mestiza. Pero esos matices y rasgos existen y son los
que imprimen el sello de la identidad cultural regional. Se sabe
que descansan en diferencias básicas de formas y estructuras de la
familia, en modalidades del habla, en la mayor o menor herencia
india preservada en valores, en tradición oral, en tecnología o en
actitudes frente al medio social y a la explotación y uso de
recursos, etc.; en la concepción de la riqueza, o en la simple
etiqueta cotidiana. Pero no existe la precisión en los indicadores
diferenciadores, ni en las fronteras geográficas, sino para algunos
muy limitados. Se acepta la existencia de la diversidad pero no se
sabe como contribuye y fortalece o debilita la unidad nacional, ni
cómo las regiones las conciben.
Aceptamos, en principio, que los regionalismos se nutrieron y se
fortalecieron en el enclaustramiento secular, estimulado por la
geografía. Pero no para permanecer en estado larvario, sino para
evolucionar, impulsados por su propia dinámica y por el juego de
las dinámicas de grupos circundantes. Son pues, el resultado tanto
de su devenir interno como de sus influencias externas; es decir,
que han sufrido cambios y los siguen soportando, con mayor
intensidad hoy, porque las vías y los medios masivos de
comunicación han ampliado el horizonte de nuestro conocimiento, y
abierto las compuertas de penetración cultural, tanto internas como
externas y porque las corrientes migratorias campociudad y región a
región reactivan el proceso de mestizaje cultural y biológico y
transforman a veces radicalmente el
|corpus cultural o
algunos de los elementos claves: La Antioquia de hoy no es
culturalmente la misma de 1930, para decirlo gráficamente. Es
importante saber en que sentido se está estructurando el contenido
cultural de las entidades regionales y cuales serán los resultados
a mediano plazo, resultados que están demostrando ser traumáticos
para algunas de las comunidades, colocadas por las circunstancias
en condiciones de inferioridad defensiva; sirvan de ejemplo la del
Archipiélago de San Andrés y Providencia que soporta el peso de
migración de gentes procedentes del país continental que hablan
otro idioma y superan ya numéricamente a la población nativa de
vieja tradición anglo caribe y protestante; o la de la Guajira
india, la comunidad Arawak que combativa e inteligentemente ha
preservado su identidad nativa americana, pero que está amenazada
peligrosamente por la combinación ominosa de todo lo que acarrea un
establecimiento de la magnitud de El Cerrejón para la explotación
carbonífera, el deterioro de su habitat natural, y la reducción
progresiva de sus recursos ambientales y la presión de una
migración mestiza que, como en el caso de San Andrés y Providencia,
también va equipada con el idioma nacional, bien diferente del
|Wayú que hablan los indígenas.
Las culturas regionales y su evolución plantean numerosos
interrogantes cuya solución, por medio de la investigación
antropológica aumentará enriquecedoramente el acervo académico
descriptivo y ana lítico sobre el hombre colombiano -sin
adjetivos-. Porque todas las cuestiones apuntan a situaciones,
hechos y procesos trascendentales, no únicamente para la academia y
el crecimiento teórico de las ciencias sociales, sino para el
futuro del país, ya que se relacionan con sus orientaciones y sus
perspectivas a mediano plazo. Uno sólo de esos interrogantes ya da
cuenta de la importancia de las respuestas esperadas: ¿Tiende el
país a la unificación cultural? Si la respuesta es afirmativa,
tiene que ser seguida, de inmediato, de la complementaria: ¿Sobre
qué modelo o patrón se configurará la unificación?
Un viejo tema obliga a abrir horizontes nuevos a la
investigación antropológica, con postulados y herramientas
metodológicas renovadas e imaginativas y creo que el campo es
promisorio y el reto estimulante.
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