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INDICE
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MUSEO REGIONAL NARINO
Desde el Spondylus hasta el Barniz de Pasto
MARIA VICTORIA URIBE
|Arqueóloga-Curadora del Museo Nariño en Pasto
La limitante que, producto de una justa voluntad de proteger lo
s bienes del patrimonio cultural colombiano, impone la construcción
de locales cerrados que dificultan la amplia difusión de la
cultura, como es el caso de las bóvedas de seguridad de los Museos
del Oro del Banco de la República, nos planteó una pregunta de
difícil solución: ¿A quién queremos llegarle con estos museos
regionales?
El Museo de Pasto pretende, básicamente, dos cosas: visualiza y
concretar las investigaciones arqueológicas que se han realizado en
el Departamento de Nariño en los últimos diez años, cuyos
resultados están publicados en revistas especializadas de difícil
acceso, traduciendo los datos científicos a un lenguaje accesible
al público en general. En segundo término, proporcionarle al
nariñense una visión histórica de su pasado indígena
prehispánico.
Las fronteras políticas que hoy en día dividen a Ecuador y
Colombia no existían en épocas prehispánicas. Nos referimos
concretamente al área geográfica ocupada por la cultura Tumaco. La
Tolita en la Costa Pacífica, y los altiplanos del Carchi e Ipiales,
escenario natural de la cultura Protopasto. El Museo de Pasto
ignora esta fronteras políticas y trata el problema del área
cultural en su conjunto. Lógicamente, este enfoque tiene oposición
por parte de cierto regionalismo local, incapaz de considerar el
Carchi ecuatoriano como componente esencial de la cultura de los
Pastos.
El anfitrión del museo, un cacique Protopasto tallado madera y
vestido con una cusma de algodón, lleva en su mano izquierda un
caracol de mar y, en la derecha un bastón de mando de madera de
chonta forrado con una lámina de oro. Tiene diadema, nariguera
orejeras de oro y está descalzo. ¿Cuál es la importancia de esta
figura? Ante todo, darle a los diferentes objetos un soporte
humano, es decir: humanizar esas piezas tan cargadas de valores
simbólicos que desconocemos, valores que el occidental rara vez
toma en cuenta porque no son los suyos. Con una mirada desprevenida
pero atenta, quizá podamos entender que un objeto proveniente de
lejanas ecologías, trasladado de mano en mano desde las orillas del
Pacífico hasta los 3.000 metros de altura, cruzando territorios
hostiles, haya significado tanto para sus poseedores. Es el caso de
las cuentas de la concha Spondylus y de los caracoles marinos.
El Museo se inicia con un gráfico que muestra los diferentes
pisos térmicos, desde el litoral (Tumaco) hasta la llanura
amazónica, pasando por los manglares, la llanura del Pacífico, el
pie de monte de la cordillera occidental, los valles interandinos,
los páramos, las cumbres nevadas y el pie de monte de la cordillera
oriental que fue el escenario múltiple de esta cultura y que lo es
hoy el de los pescadores negros con sus atarrayas; de los mineros
con sus bateas sacando el oro de aluvión de los ríos que vierten
sus aguas al Océano Pacífico; de los indígenas y campesinos de los
Andes nariñenses, de los indígenas del pie de monte amazónico. Está
allí una región pluriétnica, marcadamente regionalista, con su
desarrollo desigual.
En épocas prehispánicas, hubo desarrollos aislados:
tempranamente la costa y tardíamente el altiplano. El recorrido del
Museo va de lo más antiguo (Tumaco) a lo más reciente (Capulí y
Protopasto), pasando por el Siglo XVI y la conquista Incáica, para
terminar con el Barniz de Pasto, síntesis conceptual y formal de
cierto tipo de pensamiento ancestral. Hay eslabones que unen el
pasado y el presente, rasgos culturales que aún persisten entre las
comunidades indígenas de Nariño: la reciprocidad, el trabajo
comunal, los textiles, el trueque de ciertos productos por otros,
el énfasis en la decoración negativa, el trabajo dispendioso de la
madera, los danzantes de Corpus, pero hay lagunas, son pocos los
datos que tenemos sobre los primitivos habitantes del territorio
Quillacinga; no hay investigaciones sobre el norte de Nariño ni
sobre el territorio de los Abad. ¿Quienes habitaban las
estribaciones de la Cordillera Occidental? Es de esperar que el
Museo genere preguntas, inquietudes, nuevas investigaciones que
permitan enriquecer este panorama prehispánico del sur colombiano,
ayudando a entender viejos problemas regionales, sobre las que aún
nada sabemos.
En el montaje pesan mucho los silencios, las zonas oscuras y de
penumbra, los espacios vacíos. Hay cierta dialéctica intencional en
todo ello: es la sutil línea divisoria entre el mundo de los vivos
(Sala I) y el mundo de los muertos (Bóveda), límite arbitrario
impuesto por las necesidades de espacio y seguridad, mencionadas al
comienzo.
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