Reseñas. El libro más malo (o casi) que Aristizábal ha
leído
El libro más malo (o casi) que Aristizábal ha
leído
Ocaso y decadencia del abogado. Genealogía del nuevo
abogado
Rodrigo Arrubla Cano
Conalbos/Andes, Litografía Riño, Medellín, 2004, 207 págs.
Hace un par de reseñas en este mismo Boletín, me referí a algún
libro que habría sido el más malo que he leído en mi vida. Ahora ya
no estoy tan seguro. Digamos, como para dejar contento a todo el
mundo, que cada uno es el peor en su estilo. El otro tenía el
mérito de ser una obra colectiva. De modo que gana la medalla de
oro en la modalidad por equipos. Éste, aparte del pastiche de
Nietzsche, especie de malhadado coautor, podría ser calificado como
calamidad individual, de modo que por el momento le otorgo la
medalla de oro en ese rubro.

Ahora bien: entiendo el patrocinio y la publicación de algo así
por un Colegio de Abogados, pues al fin y al cabo una de sus tareas
es la promoción de las obras de sus miembros. Entiendo ya menos el
apoyo prestado por la Association Internationale Latino-Americaine,
Andes, al proyecto, aunque ello me da pistas para seguir explicando
la decadencia de la cultura francesa en Latinoamérica, algo que se
ha ido convirtiendo en un indecente mundo de burócratas sin oficio
ante la indiferencia y torpeza de una Francia que no alcanza a
luchar ni siquiera contra la penetración acelerada, en su propio
territorio, del agresivo american way of life.
Tal parece que ahora los libros se están haciendo aplicando
fórmulas simples. ¿Cuál es entonces la receta de éste? Muy
sencilla. Primero. Tómese un libro de Nietzsche, cualquiera, o
preferiblemente alguno de los más difíciles, abstrusos, mesiánicos
y esotéricos (curiosamente los más famosos son los menos claros:
véanse el célebre Zaratustra o la Genealogía de la moral). En este
caso, no hay que ser un genio para advertir que lo de
"ocaso" en el título viene de "El ocaso del
pensamiento", incluso del wagneriano "ocaso de los
dioses", y que lo de "genealogía" procede sin mucho
ocultamiento de la Genealogía de la moral. Segundo, cámbiese con la
ayuda de un ordenador todo sustantivo que represente una
institución abominada por el filósofo alemán; digamos, el
"sacerdote", y sustitúyase por una institución abominada
por el autor en ciernes, digamos "el viejo abogado",
aunque aún no sepamos de qué se trata. Tercero, cámbiese todo
sustantivo que represente una institución alabada por Nietzsche,
digamos, "el superhombre", por otro sustantivo que
represente una institución alabada por el autor, digamos "el
nuevo abogado", aunque tampoco sepamos de qué se trata.
Añádase a eso una buena ración de adjetivos, verbos,
sustantivos, sinónimos, intercalados por comas y comas y más
comas, hasta la indigestión perfecta. Póngasele en seguida una
buena ración de retórica barata. Luego mézclese todo con poesía de
Barba-Jacob (y no lo digo solamente, en un mal chiste, porque en la
presentación del libro el presidente de la Corporación Jurídica
Internacional dice que Arrubla Cano se avizora como el nuevo Miguel
Ángel Osorio, autor, desde 1920, de la extraordinaria obra El alma
de la toga). Mézclese bien con un poco de discursos de Turbay
Ayala, con un par de frases de secretario de juzgado y de culebrero
de plazoleta de Las Nieves y ya tenemos un nuevo libro en el
mercado y un nuevo autor de renombre. Al fin y al cabo, como en el
medio no se leen ni siquiera los códigos, los amigos siempre podrán
presentar al "doctor", como a hombre de amplios
conocimientos jurídicos, así como autor de importantes obras en el
terreno de la Jurisprudencia y la Doctrina.
La carga de este libro va enderezada contra los supuestos
"viejos abogados", "los responsables directos,
autores intelectuales y materiales de la postración y lapidación de
la profesión"; ¿a quiénes se refiere?; ¿a
rábulas y tinterillos? Lo ignoro. Supongo que será a los abogados
de edad, puesto que, si de esta obra se trata, no encuentro
criterios válidos para diferenciarlos. Y si Arrubla es de los
nuevos abogados, me quedo con los viejos.
Recuerdo un profesor de mi infancia, que, por cierto, no era tan
mal profesor, puesto que nos inculcó a muchos el gusto por la
lectura, que se expresaba preferentemente por medio de sinónimos.
Nos decía, por ejemplo: "leer a Neruda es un goce, un
disfrute, un placer, una delicia, una voluptuosidad, un deleite,
una dicha, una bondad, una bendición, un don, un regalo...", y
se desleía en parejos epítetos. Así en este libro, con el tono
doctoral y profético de Nietzsche, el autor no se dirige a los
abogados de su ciudad, ni siquiera a los de su país, sino a los de
Suramérica (al fin y al cabo, hay que hacer concesiones al
patrocinador) y por fortuna (acaso sospecha que no lo leerán por
otros lares) no se atreve a augurar que sus prédicas alcancen al
universo entero: "Llamo, convoco, cito y emplazo a las nuevas
generaciones de abogados Suramericanos...".
Y así comienza su itinerario con el tono bíblico de Zaratustra,
aunque más pródigo en las enumeraciones: "¿Qué es un
abogado? ¿Un título, un sabio, una denominación académica,
un reconocimiento, un mandatario, un enviado, un emperador, una
mediocridad, una decadencia, un ocaso, un virtuosismo, un mérito,
un indefinible, una aurora?, ¿o tantas cosas que aún no han
sido reveladas, otras metas desconocidas, otras formas de vida,
otros mundos, otros horizontes, otros universos?".
Aparte del parecido con aquella enciclopedia china que consagra
una enumeración gratuita que tanto encandiló a Borges y que es el
motivo mismo de un libro como Las palabras y las cosas de Michel.
Foucault, el tono resulta repelente. No todo el que quiera puede
ser Nietzsche. Digamos que de Nietzsche, éste sólo tiene el
niet.
Y así va el libro entero, con párrafos de una riqueza de
palabras deslumbrante, aunada a la pobreza de sentidos, como en
cierta poesía hermética: "Pero qué más se puede exigir a un
barco sin brújula, a un Titanio con cientos de icebergs al frente,
un Atila con miles de bárbaros, a un Hitler con plutonio, a un Bush
con portaaviones, cual razón, idea, principio, podría direccionar
tan admirados y respetuosos abogados si igualmente su tranquilidad,
sosiego, interés, goce y alaridos de guerra, han sido su propio
idioma, dialecto y corazón, por encima de cualquier otro
sentimiento de libertad, de autonomía, de definición de hombres
ante su mismo egoísmo, utilitarismo y decadencia, por ello han
estado siempre prestos a servir, facilitar, coadyuvar y
sucumbir".
La lectura de un párrafo como el anterior depara en principio un
placer morboso: el de la absoluta sorpresa de la escritura
automática de los surrealistas. La siguiente palabra siempre puede
ser cualquier cosa. Pero es un placer que se agota rápidamente, en
menos de una página. Porque la enumeración es peligrosa, amén de
aburrida, cuando no tiene sentido. Un escritor puede ceder en
ocasiones a los placeres entre pecaminosos y estéticos de una buena
enumeración, como en algunos poemas de Borges o en el Vejeces de
José Asunción Silva. La enumeración, sin llegar al abuso, puede ser
un recurso literario, pero ya es otra cosa convertirla en el género
propio de un libro.

Veamos otro ejemplo que se me parece tanto a los discursos de
algún congresista colombiano: "De cual concepción de la vida
el viejo abogado bebió sus aguas, e hizo uso para llegar donde hoy
se encuentra postrado pastando, rumiando su propia profesión, muy
cerca del olvido y lejos de las metas, a donde acudió para
encontrarse a sí mismo, cual (sic) túnel cavó que no pudo ver su
luz, a cual (sic) cielo guió su telescopio que aún no puede
encontrar sus estrellas, cuales vientos movieron sus ideales que
aún no lo afirman, sobre cual terreno sembró que no vio (sic) sus
frutos, será necesario seguir el curso de los tiempos y esperar
pacientemente cual cocodrilo en su ciénaga para ver un movimiento
así leve que lo guíe en un momento oportuno, de luminosidad,
inspiración, de talento, de un big bang que lo fecunde, lo colapse,
lo lleve a su definitiva y sincera conmiseración humana para que
mediante una acción de espíritu y voluntad entienda, comprenda, y
se concientise (requetesic) de su triste y lúgubre
pasado".
Párrafos como éstos me están dando la idea de elaborar una
antología del texto sin sentido o disparatado, que dé cabida a
todas las jergas que pululan en la babel de nuestro mundo
editorial.
Y para no apabullar al lector, cito sólo un par de ejemplos
adicionales: "... hombres fuertes, sanos, aptos para las lides
de la vida, preparados para afrontar las duras contiendas y los
desafíos, resueltos a ser originales, sembradores de semillas,
buscadores de metas, conocedores a profundidad de los sentimientos
humanos, preparados para edificar, asistidos por la voluntad y
conocimiento, desconocedores de la ineptitud, la debilidad, la
compasión, la humillación y el fastidio por lo
nuestro...".
Y éste: "La vida y la muerte no pueden someterse a un
simplismo especulativo de algunos falsos filósofos cuyos limitantes
del saber están anclados en la decadencia de un mar tranquilo, esto
hace necesario explorarnos para definirla dentro de la esfera de lo
universal, profundo y cosmológico del ser, sea vida humana o
alienígena, no puede mirarse la vida y la muerte con el ojo de un
lente de alcance milimétrico, quien la pretende conocer debe ir
como un 'voyager', extendiéndose poco a poco entre luces y
oscuridades, avanzando para interpretar sus abismos, sus
cordilleras, sus valles, sus huracanes y volcanes, entendiendo sus
bajas y altas pasiones, rastreando con osadía los misterios ocultos
del auto-denominado homo sapiens".
Basta ya. Me aburrí del todo. No soporto más la tortura que se
le hace al pobre lenguaje, y menos al pobre pensamiento.
Por supuesto, lo que está en decadencia no es el abogado, así
quisiera sembrar la espinita entre mis ex colegas. Pero se engaña
Arrubla. Una carrera que no crea riqueza ni productos para el
mejoramiento de la vida de las gentes sino que trafica con
inasibles no puede menos que prosperar en un terreno como el
nuestro. De manera que el abogado es menos decadente hoy que
nunca.
Como es ya habitual, el mundo de las referencias literarias del
autor, que tanto dice al reseñista crítico, está encabezado por
Ortega y Gasset, que suele aparecer en los malos libros
"humanistas" con alarmante persistencia. Al final del
libro, como colofón adecuado y en un estilo muy antioqueño, el
autor nos trae una especie de decálogo del nuevo abogado que me
parece muy adecuado... para pasillo de juzgado o estampita de hotel
de tierra caliente.

Un célebre poeta escribió un sano consejo: "Poeta, no
regales tu libro; destrúyelo tu mismo". Yo termino esta reseña
y procedo a la destrucción inmediata de este libro, mi obra piadosa
del día, no vaya a caer en otras manos. Yo, al menos, no pienso
seguir difundiendo el pensamiento confuso. ¡Y cuánta falta
nos hace en este país una buena dosis de pensamiento claro!
LUIS H. ARISTIZÁBAL