Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. El libro más malo (o casi) que Aristizábal ha leído

El libro más malo (o casi) que Aristizábal ha leído

Ocaso y decadencia del abogado. Genealogía del nuevo abogado

Rodrigo Arrubla Cano
Conalbos/Andes, Litografía Riño, Medellín, 2004, 207 págs.

Hace un par de reseñas en este mismo Boletín, me referí a algún libro que habría sido el más malo que he leído en mi vida. Ahora ya no estoy tan seguro. Digamos, como para dejar contento a todo el mundo, que cada uno es el peor en su estilo. El otro tenía el mérito de ser una obra colectiva. De modo que gana la medalla de oro en la modalidad por equipos. Éste, aparte del pastiche de Nietzsche, especie de malhadado coautor, podría ser calificado como calamidad individual, de modo que por el momento le otorgo la medalla de oro en ese rubro.

Ahora bien: entiendo el patrocinio y la publicación de algo así por un Colegio de Abogados, pues al fin y al cabo una de sus tareas es la promoción de las obras de sus miembros. Entiendo ya menos el apoyo prestado por la Association Internationale Latino-Americaine, Andes, al proyecto, aunque ello me da pistas para seguir explicando la decadencia de la cultura francesa en Latinoamérica, algo que se ha ido convirtiendo en un indecente mundo de burócratas sin oficio ante la indiferencia y torpeza de una Francia que no alcanza a luchar ni siquiera contra la penetración acelerada, en su propio territorio, del agresivo american way of life.

Tal parece que ahora los libros se están haciendo aplicando fórmulas simples. ¿Cuál es entonces la receta de éste? Muy sencilla. Primero. Tómese un libro de Nietzsche, cualquiera, o preferiblemente alguno de los más difíciles, abstrusos, mesiánicos y esotéricos (curiosamente los más famosos son los menos claros: véanse el célebre Zaratustra o la Genealogía de la moral). En este caso, no hay que ser un genio para advertir que lo de "ocaso" en el título viene de "El ocaso del pensamiento", incluso del wagneriano "ocaso de los dioses", y que lo de "genealogía" procede sin mucho ocultamiento de la Genealogía de la moral. Segundo, cámbiese con la ayuda de un ordenador todo sustantivo que represente una institución abominada por el filósofo alemán; digamos, el "sacerdote", y sustitúyase por una institución abominada por el autor en ciernes, digamos "el viejo abogado", aunque aún no sepamos de qué se trata. Tercero, cámbiese todo sustantivo que represente una institución alabada por Nietzsche, digamos, "el superhombre", por otro sustantivo que represente una institución alabada por el autor, digamos "el nuevo abogado", aunque tampoco sepamos de qué se trata.

Añádase a eso una buena ración de adjetivos, verbos, sustantivos, sinónimos, intercalados por comas y  comas y más comas, hasta la indigestión perfecta. Póngasele en seguida una buena ración de retórica barata. Luego mézclese todo con poesía de Barba-Jacob (y no lo digo solamente, en un mal chiste, porque en la presentación del libro el presidente de la Corporación Jurídica Internacional dice que Arrubla Cano se avizora como el nuevo Miguel Ángel Osorio, autor, desde 1920, de la extraordinaria obra El alma de la toga). Mézclese bien con un poco de discursos de Turbay Ayala, con un par de frases de secretario de juzgado y de culebrero de plazoleta de Las Nieves y ya tenemos un nuevo libro en el mercado y un nuevo autor de renombre. Al fin y al cabo, como en el medio no se leen ni siquiera los códigos, los amigos siempre podrán presentar al "doctor", como a hombre de amplios conocimientos jurídicos, así como autor de importantes obras en el terreno de la Jurisprudencia y la Doctrina.

La carga de este libro va enderezada contra los supuestos "viejos abogados", "los responsables directos, autores intelectuales y materiales de la postración y lapidación de la profesión"; ¿a quiénes se refiere?; ¿a rábulas y tinterillos? Lo ignoro. Supongo que será a los abogados de edad, puesto que, si de esta obra se trata, no encuentro criterios válidos para diferenciarlos. Y si Arrubla es de los nuevos abogados, me quedo con los viejos.

Recuerdo un profesor de mi infancia, que, por cierto, no era tan mal profesor, puesto que nos inculcó a muchos el gusto por la lectura, que se expresaba preferentemente por medio de sinónimos. Nos decía, por ejemplo: "leer a Neruda es un goce, un disfrute, un placer, una delicia, una voluptuosidad, un deleite, una dicha, una bondad, una bendición, un don, un regalo...", y se desleía en parejos epítetos. Así en este libro, con el tono doctoral y profético de Nietzsche, el autor no se dirige a los abogados de su ciudad, ni siquiera a los de su país, sino a los de Suramérica (al fin y al cabo, hay que hacer concesiones al patrocinador) y por fortuna (acaso sospecha que no lo leerán por otros lares) no se atreve a augurar que sus prédicas alcancen al universo entero: "Llamo, convoco, cito y emplazo a las nuevas generaciones de abogados Suramericanos...".

Y así comienza su itinerario con el tono bíblico de Zaratustra, aunque más pródigo en las enumeraciones: "¿Qué es un abogado? ¿Un título, un sabio, una denominación académica, un reconocimiento, un mandatario, un enviado, un emperador, una mediocridad, una decadencia, un ocaso, un virtuosismo, un mérito, un indefinible, una aurora?, ¿o tantas cosas que aún no han sido reveladas, otras metas desconocidas, otras formas de vida, otros mundos, otros horizontes, otros universos?".

Aparte del parecido con aquella enciclopedia china que consagra una enumeración gratuita que tanto encandiló a Borges y que es el motivo mismo de un libro como Las palabras y las cosas de Michel. Foucault, el tono resulta repelente. No todo el que quiera puede ser Nietzsche. Digamos que de Nietzsche, éste sólo tiene el niet.

Y así va el libro entero, con párrafos de una riqueza de palabras deslumbrante, aunada a la pobreza de sentidos, como en cierta poesía hermética: "Pero qué más se puede exigir a un barco sin brújula, a un Titanio con cientos de icebergs al frente, un Atila con miles de bárbaros, a un Hitler con plutonio, a un Bush con portaaviones, cual razón, idea, principio, podría direccionar tan admirados y respetuosos abogados si igualmente su tranquilidad, sosiego, interés, goce y alaridos de guerra, han sido su propio idioma, dialecto y corazón, por encima de cualquier otro sentimiento de libertad, de autonomía, de definición de hombres ante su mismo egoísmo, utilitarismo y decadencia, por ello han estado siempre prestos a servir, facilitar, coadyuvar y sucumbir".

La lectura de un párrafo como el anterior depara en principio un placer morboso: el de la absoluta sorpresa de la escritura automática de los surrealistas. La siguiente palabra siempre puede ser cualquier cosa. Pero es un placer que se agota rápidamente, en menos de una página. Porque la enumeración es peligrosa, amén de aburrida, cuando no tiene sentido. Un escritor puede ceder en ocasiones a los placeres entre pecaminosos y estéticos de una buena enumeración, como en algunos poemas de Borges o en el Vejeces de José Asunción Silva. La enumeración, sin llegar al abuso, puede ser un recurso literario, pero ya es otra cosa convertirla en el género propio de un libro.

Veamos otro ejemplo que se me parece tanto a los discursos de algún congresista colombiano: "De cual concepción de la vida el viejo abogado bebió sus aguas, e hizo uso para llegar donde hoy se encuentra postrado pastando, rumiando su propia profesión, muy cerca del olvido y lejos de las metas, a donde acudió para encontrarse a sí mismo, cual (sic) túnel cavó que no pudo ver su luz, a cual (sic) cielo guió su telescopio que aún no puede encontrar sus estrellas, cuales vientos movieron sus ideales que aún no lo afirman, sobre cual terreno sembró que no vio (sic) sus frutos, será necesario seguir el curso de los tiempos y esperar pacientemente cual cocodrilo en su ciénaga para ver un movimiento así leve que lo guíe en un momento oportuno, de luminosidad, inspiración, de talento, de un big bang que lo fecunde, lo colapse, lo lleve a su definitiva y sincera conmiseración humana para que mediante una acción de espíritu y voluntad entienda, comprenda, y se concientise (requetesic) de su triste y lúgubre pasado".

Párrafos como éstos me están dando la idea de elaborar una antología del texto sin sentido o disparatado, que dé cabida a todas las jergas que pululan en la babel de nuestro mundo editorial.

Y para no apabullar al lector, cito sólo un par de ejemplos adicionales: "... hombres fuertes, sanos, aptos para las lides de la vida, preparados para afrontar las duras contiendas y los desafíos, resueltos a ser originales, sembradores de semillas, buscadores de metas, conocedores a profundidad de los sentimientos humanos, preparados para edificar, asistidos por la voluntad y conocimiento, desconocedores de la ineptitud, la debilidad, la compasión, la humillación y el fastidio por lo nuestro...".

Y éste: "La vida y la muerte no pueden someterse a un simplismo especulativo de algunos falsos filósofos cuyos limitantes del saber están anclados en la decadencia de un mar tranquilo, esto hace necesario explorarnos para definirla dentro de la esfera de lo universal, profundo y cosmológico del ser, sea vida humana o alienígena, no puede mirarse la vida y la muerte con el ojo de un lente de alcance milimétrico, quien la pretende conocer debe ir como un 'voyager', extendiéndose poco a poco entre luces y oscuridades, avanzando para interpretar sus abismos, sus cordilleras, sus valles, sus huracanes y volcanes, entendiendo sus bajas y altas pasiones, rastreando con osadía los misterios ocultos del auto-denominado homo sapiens".

Basta ya. Me aburrí del todo. No soporto más la tortura que se le hace al pobre lenguaje, y menos al pobre pensamiento.

Por supuesto, lo que está en decadencia no es el abogado, así quisiera sembrar la espinita entre mis ex colegas. Pero se engaña Arrubla. Una carrera que no crea riqueza ni productos para el mejoramiento de la vida de las gentes sino que trafica con inasibles no puede menos que prosperar en un terreno como el nuestro. De manera que el abogado es menos decadente hoy que nunca.

Como es ya habitual, el mundo de las referencias literarias del autor, que tanto dice al reseñista crítico, está encabezado por Ortega y Gasset, que suele aparecer en los malos libros "humanistas" con alarmante persistencia. Al final del libro, como colofón adecuado y en un estilo muy antioqueño, el autor nos trae una especie de decálogo del nuevo abogado que me parece muy adecuado... para pasillo de juzgado o estampita de hotel de tierra caliente.

Un célebre poeta escribió un sano consejo: "Poeta, no regales tu libro; destrúyelo tu mismo". Yo termino esta reseña y procedo a la destrucción inmediata de este libro, mi obra piadosa del día, no vaya a caer en otras manos. Yo, al menos, no pienso seguir difundiendo el pensamiento confuso. ¡Y cuánta falta nos hace en este país una buena dosis de pensamiento claro!

LUIS H. ARISTIZÁBAL