Reseñas. Roda (1921-2003) -De Valencia a Bogotá-
Hay, entonces, un Roda pintor que retrata por encargo o dibuja a
sus amigos por gusto y otro Roda, pintor también, que explora,
mediante la abstracción y sujetándose con libertad a un tema
predeterminado, motivos como los ya enunciados: El Escorial, las
tumbas, el retrato de Felipe IV, sus autorretratos y los
Cristos.

Con éstos últimos su abstraccionismo lírico ha quedado atrás y
ahora podemos definirlo como un adherente más a la nueva
figuración: aquella que desintegra las formas, de modo crítico,
para darnos una visión conturbada e interna del hombre en crisis.
De hombre enfrentado a su desnudez esencial. Pero la serie que
trabajó entre 1969 y 1970, y que expuso este último año en la
galería San Diego titulada Las ventanas de Suba, aludía más bien a
cierto clima de misterio, de claustrales penumbras, donde el
artista, prisionero en la nitidez geométrica de su estudio,
contemplaba cómo en él, en rojos, azules, negros o blanco, se
introducían o se desplazaban afuera envolventes, nubes. Alegres y
evasivas en ocasiones, en otras más agoreras y fúnebres, todas
ellas sugerían una pausa reflexiva.
La del pintor que, llegado en 1955 a Colombia, ya se instalaba
en esta parcela del mundo y concentraba tres espacios en uno solo:
el espacio arquitectónico del cuarto mismo, el espacio natural en
ese campo despejado que aún era Suba, con su encanto de suburbio
bogotano, donde aún era posible el aire puro y las vastas
extensiones de verde, hedónicas en algunos casos, en otras
convertidas en sementeras campesinas, con misa y mercado los
domingos, y muchachos que arreaban vacas o se iban a Bogotá, en
flota, para buscar puesto en las fábricas o dar algún pequeño golpe
delictivo.
El marco que se abre es una obertura hacia lo que pasa, tanto en
el mundo exterior como en la intimidad del pintor. Se trata de un
ejercicio de austeridad formal que deja atrás sus arrebatos
expresionistas y que, curiosamente, llega a adquirir un vago aire
surrealista. Las nubes son también los sueños de quien se evade de
sus asumidos límites. En la misma época en que Roda se nacionaliza
colombiano, propone esta fuga. Pero al comenzar los años setenta
iba a nacer un tercer Roda. Un nuevo y grande artista, en cuyo
interior el dibujante y el pintor se transformarían en un magistral
grabador. El hombre que apenas en 1973 iba a recibir el premio de
la XII Bienal de Sao Paulo como el mejor grabador
latinoamericano.

Al grabar, las diversas pruebas le permitían modificar y
experimentar sin tregua. De ahí surgirían figuras viscerales. Las
expuestas capas orgánicas del ser humano, sacadas a la luz. Un
estilo repetitivo e intestinal que no estaba lejos de aquel con que
sus jóvenes maestros le enseñaban su técnica: Umberto Giangrandi y
Pedro Alcántara Herrán.
En Roda el barroquismo de telas envolventes y flotantes es
contrastado por agudos bloques de luz. Con rectángulos tajantes de
claridad espectral. Y si bien arranca del frontal retrato de un
desconocido, en 1971, muy pronto el grabado escenifica: muestra una
acción congelada en el tiempo. Un flash de luz y otro de sombra. La
placa de una imagen estática. De un fotograma de cine negro. Las
telas exhiben como ocultan. Las manos se tornan esculturas. Y su
director de cine preferido, Luis Buñuel, nos hace un guiño
cómplice. Aquel de quien se regodea en el placer que emana del
pecado. En el deleite que exhala lo prohibido.
Así lo corroboran series como las del 73 y 74, Delirio de las
monjas muertas, donde los rígidos retratos coloniales de abadesas
muertas, con sus ingenuas guirnaldas de flores en torno al cuello,
sueñan con lo deseado y reprimido a la vez. Al final de sus vidas
hacen estallar, en lo imaginario, los tabúes que las constriñeron
con moral y prejuicios, con los hábitos de la respetabilidad y el
decoro. El rictus mortuorio de la inhibición y el orden salta en
pedazos, y por su mente y su cuerpo circulan táctiles peces
fálleos. Frutas de Arcimboldo, clavos ardientes que ahora
encuentran en lo sagrado de su carne, para dormir eufóricas bajo
las alas de un Cupido gozoso. Ya no son mujeres áridas. Ahora son
santas. Sólo que se trata de santas con el rostro de la santa
Teresa de Bernini, en Roma, que desgonzada alcanza el orgasmo.
Dos años después, en el 76, Roda afronta los Amarraperros. Un
doble motivo: los perros que corren, juguetean, ladran y acezan en
su casa-finca de Suba y uno de los perros más célebres de la
pintura: el perro enterrado en la arena que inmortalizó Goya y
desveló a Antonio Saura.
Hombres-perros, perros-hombres, que amarrados unos a otros,
unidos sin remedio por esa cuerdafuerza, nos obligan a preguntarnos
quién guía a quién. Quién ordena, oprime, lleva, humilla o
encadena. Esas cuerdas tensas también pueden sugerir la tortura de
los placeres sadomasoquistas, como se verá mas tarde, y ejercerán
influjo innegable en los grabados y pinturas de Luís Caballero,
quien compartió como alumno y profesor las aulas de la Escuela de
Bellas Artes de los Andes, donde Roda ejerció como decano hasta
verla tristemente cerrada por sus directivas, aduciendo las
consabidas razones económicas.
De 1978 serán Los castigos, prolongación complementaria de la
anterior, donde Prometeo y Sísifo, condenados a su destino,
conviven con el cabro de Satanás, la Inquisición, la locura y la
brujería. El belfo de un caballo sopla sobre un cuello atrayente de
sexo indefinido mientras la guillotina y el dedo justiciero señalan
la falta y la angustia de la opresión. O también el deleite sin
término de la ambigüedad. El ojo que mira y juzga es el mismo
ojo de Roda. Disculpable de la creación.
En 1981, a los sesenta años, Roda realiza los doce aguafuertes y
aguatintas inspirados en el toreo y que llamaría Meditación.
Meditaciones sobre la tauromaquia. Allí de nuevo la carga ancestral
española, como en Los escoriales y el Felipe IV, como la religión y
el pecado. La expectativa ante la muerte adensa la plancha en
sombras y calaveras, en la angustia del riesgo. Cuerpos desnudos
bajo el traje de luces, donde estoques, puyas y banderillas
entrelazan en un juego imaginativo las cabezas astadas de la bestia
humana. De la cercanía indisoluble entre muerte y mujer. En ese
drama, sobre la arena, donde se revive el duelo original: un hombre
enfrente de su miedo de 600 kilos, con apenas un trapo para seducir
y vencer al enemigo, dentro de un ritual muy preciso. La música, la
divisa, el brillo del traje con sus alambres de oro o plata, las
banderas que vibran en las alturas, la ondulación cromática de los
tendidos, la sangre que empapa el lomo del animal y mancha el
impoluto y ceñido traje, todo ello ha de ser reducido a blanco y
negro. Al gris de una metáfora que lo sintetice.
Podríamos hablar incluso de una geometría barroca que tiene que
ser desplazada del ruedo a la plancha, y allí darnos esa
visceralidad carnal de la piel de toro, de sus opulentos
testículos, de su cabeza erguida que ya olfatea en el aire el temor
de quien lo provoca detrás del burladero, estudiándolo como el toro
a su vez lo estudia. Enemigos indisociables. La mutua danza de la
fiesta y el eclipse. Del sol vibrante y las sombras, tan dulces
como inquietantes. De la luz que también rasga y de su reverso,
quien piadoso, oculta, y protege. Todo un universo atrapado en un
pliego de papel. Toda la vida resumida en un instante de muerte. El
toreo, como la pintura, es duelo. Combate. Batalla que se renueva
cada día.
JUAN GUSTAVO COBO BORDA