Reseñas. Roda (1921-2003) -De Valencia a Bogotá-
Roda (1921-2003) -De Valencia (España) a Bogotá
(Colombia)-
Nieto de un médico del rey de España y de una dama de honor de
la reina, Juan Antonio Roda, nacido en 1921, fue educado como
republicano. Era el quinto entre siete hermanos. Su lengua era el
español, pero a partir de los nueve años de edad vive en Barcelona
y aprende catalán. Lector voraz, con esta segunda lengua escribe
una novela titulada Ni la paz ni el reposo. Primer dilema:
literatura o pintura, debido a su innegable don para el dibujo.
Tras la muerte de su padre, y su precoz orfandad, deberá trabajar
en algún acomodo burocrático, en el Ministerio de Obras Públicas,
aliviado, de vez en cuando, por un retrato de encargo. Una
constante que mantuvo a todo lo largo de su trayectoria con acierto
y penetración psicológica.
La guerra civil española lo marcará para siempre. El hambre, las
bombas, ese degüello entre hermanos, que ya Goya había
previsto con dos torsos sin piernas que siguen dándose garrotazos,
quedará, atroz e indeleble, en su memoria. De ahí vendrá ese color
sufrido con que afronta una de sus mejores series: la dedicada a
Felipe IV. Un hombre que envejece. Un dolor que clama contenido. Lo
que padecimos en carne propia bien puede teñir todo el pasado
histórico. Desenterrar cadáveres a los quince años es algo que
nunca se podrá olvidar.
"No se puede ser de verdad inteligente
—históricamente inteligente— en un país estúpido, ni
tener una vida públicamente decente en una situación de
envilecimiento", escribía Julián Marías ante la muerte de su
maestro, José Ortega y Gasset, en 1955. Todo lo que esto implica,
como circunstancia vital, determinó que cinco años antes, con una
beca del gobierno francés, toda se fuese a París. Huía del mefítico
clima franquista, con su clero y su censura, ese trasnochado
hispanismo, que intentaba incluso edulcorar a La Celestina.
Ya en París, la pregunta: ¿Cómo se puede ser hoy un
pintor español, al tener allí delante a Velázquez y el Greco, a
Zurbarán y Ribera, a Goya, Picasso, Miró, Gris y Dalí?
Y máxime en aquellos años insulsos de la guerra fría cuando
Picasso, desde París, era el faro que concillaba pintura y
política, en su ortodoxa fidelidad al partido comunista. El haber
dado rostro al siglo XX con su inmortal Guernica no lo eximía de
torpes caídas, como su comprometida denuncia de las masacres en
Corea. Quedaba en paz con su conciencia, con la burguesía que
seguía comprando su pintura, y con los encargos del comité central.
Pero el viejo zorro que era Picasso se escapaba, a veces, de la
militancia y se iba a veranear con las desnudas ninfas del
Mediterráneo.

Esa línea, vaporosa, ondulante y fina, que danza desnuda en la
playa, es la que Roda retoma, con innegable talento y auténtica
gracia. Conservará siempre en su dibujo algo de ese neoclasicismo
que no sólo vuelve a tocar la flauta del viejo dios Pan y su
cortejo de sátiros sino que adorna los botijos de vino, los
cacharros de la cocina y los baldosines de entrada a las masías. La
pintura como vida. De allí provendría un óleo tan reposado y maduro
como La siesta, que en 1957 Roda ya pinta en Colombia y certifica
su madurez artística.
Mientras su amigo Antoni Tapies, compañero de esta aventura
parisina, se aleja del surrealismo y comienza a fusionar influjos
orientales con una consagración cada vez más obsesiva a la materia
(muros, costales, grafitos), Roda sigue fiel a su línea. Un arte,
ya sin dioses griegos a los cuales recurrir, y que en un ambiente
de secularización crítica, bajo la égida de Sartre, terminará por
ver cómo se diviniza más a la figura del artista que al trabajo. Y
donde sólo el éxito comercial garantiza la siempre ansiada gloria
que ahora (Andy Warhol dixit) apenas dura quince minutos.
Pero en Colombia, todavía, estas contracciones no se planteaban
de modo tan radical. Apenas si la marihuana teñía algunas de las
gozosas veladas del grupo de Barranquilla, a quien Roda fijó en un
óleo celebratorio y desaparecido, mientras desarrollaba con
ejemplar constancia, y siempre por series, su admirable trayectoria
de gran pintor.
Pero antes de internarnos en ella, por un momento, esta premisa:
Roda, pensándose siempre como pintor, tendrá detrás de sí ese
arpegio vibrante que enlaza las diáfanas atmósferas de Velázquez
con la dorada penumbra de Rembrandt, secundadas, cómo no, por las
gotas de cristal de Mozart. Aquello que no necesita más que una
tumba, un jarrón con flores o su propio rostro, para darnos
fulgores irrepetibles. Esa lenta agonía con que los rosas viejos de
las infantas de Velázquez se apagan a sí mismos y se demoran siglos
en la más suntuosa y dilatada extinción con que la pintura alcanza
su final trascendencia única.
Quizá por ello su larga trayectoria oscila siempre entre un polo
figurativo y uno abstracto, para decirlo en forma tosca. Entre una
preocupación por la figura —él mismo, los Cristos, los
objetos de culto— y una absorción en el juego infinito del
color —los escoriales, las tumbas, la lógica del trópico, el
color de la luz, sus dos magistrales series últimas de 1999 y
2001.
¡Qué libertad avasallante al armar un pentagrama de fuerza
e iridiscencia!
¡Con qué soberano dominio hace del color mismo las líneas
estructurales de una composición que es sólo puro goce de pintar
porque sí!
También la naturaleza, con un inconmovible estar ahí, le
reclamará la atención, en flores y montañas, en tierras de nadie.
Curiosamente, sus Ciudades perdidas, de 1991, terminarán siendo
también paisaje. Abstracto paisaje de emotividad y vivencia. De
memoria y purificación cromática. Y a todo ello, insoslayable, hay
que añadir su rutilante tarea como grabador: la obsesión con ese
desconocido que era él mismo, con los tensos y sensuales
amarraperros y castigos, con las monjas muertas en sublimación
mística del erotismo y la flora de don José Celestino Mutis. Con la
tauromaquia y el seguir siendo tan español como visceralmente
colombiano.
Cuando le entregué Mis pintores, el libro donde hablaba de su
obra, me respondió con uno suyo, y estas palabras: "Para Juan
Gustavo, que 10 sabe todo sobre mí".
No era cierto, por supuesto, pero me alegró constatar cómo mi
admiración por su poder creativo se había hecho pública. Reconocer
el arte como lo mejor y más perdurable que el hombre produce parece
hoy un anacronismo. Pero el arte de Roda continúa terriblemente
vivo, a pesar de que su autor haya sido enterrado en tierra
colombiana.
II
Si la primera exposición de Juan Antonio Roda en Colombia
data de 1958, en la Sociedad Colombiana de Arquitectos, donde
presentaba retratos y algunas naturalezas muertas, su temperamento,
dado al lirismo y a la fantasía, lo llevaría muy pronto, en el 59,
a una abstracción emotiva, que usaba como referente el tema de El
Escorial, y que lo impulsó a definirse así:
"Mi posición romántica ante la pintura y mi deseo de
encontrarle una raíz social". Arte consistía
en el desarrollo de una obsesión. En su despliegue analítico a
través de series. En octubre de 1959, Roda vendía cuadros entre un
mínimo de $ 1.400 y un máximo de $ 2.500. Es decir: la décima parte
de un Volkswagen. Era un pintor de nostalgias clásicas y brochazos
temperamentales. Su gestualidad plástica se impregnaba de una
suerte de poesía dramática, surcada de claroscuros y
tempestades.
Pero continuaba subsistiendo como retratista, con larga familia.
De ahí que en el 64 gane el premio especial de pintura del Salón
Nacional con su obra Las Acosta, una obra de encargo que desató una
agria polémica. Marta Traba, por ejemplo, la consideró apenas digna
de un Salón de 1930. Retrato convencional "que trata de salvar
su completa falta de intención creadora con la pincelada libre de
las Tumbas", su serie de 1963.