Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Roda (1921-2003) -De Valencia a Bogotá-

Roda (1921-2003) -De Valencia (España) a Bogotá (Colombia)-

 

Nieto de un médico del rey de España y de una dama de honor de la reina, Juan Antonio Roda, nacido en 1921, fue educado como republicano. Era el quinto entre siete hermanos. Su lengua era el español, pero a partir de los nueve años de edad vive en Barcelona y aprende catalán. Lector voraz, con esta segunda lengua escribe una novela titulada Ni la paz ni el reposo. Primer dilema: literatura o pintura, debido a su innegable don para el dibujo. Tras la muerte de su padre, y su precoz orfandad, deberá trabajar en algún acomodo burocrático, en el Ministerio de Obras Públicas, aliviado, de vez en cuando, por un retrato de encargo. Una constante que mantuvo a todo lo largo de su trayectoria con acierto y penetración psicológica.

La guerra civil española lo marcará para siempre. El hambre, las bombas, ese degüello entre hermanos, que ya Goya había previsto con dos torsos sin piernas que siguen dándose garrotazos, quedará, atroz e indeleble, en su memoria. De ahí vendrá ese color sufrido con que afronta una de sus mejores series: la dedicada a Felipe IV. Un hombre que envejece. Un dolor que clama contenido. Lo que padecimos en carne propia bien puede teñir todo el pasado histórico. Desenterrar cadáveres a los quince años es algo que nunca se podrá olvidar.

"No se puede ser de verdad inteligente —históricamente inteligente— en un país estúpido, ni tener una vida públicamente decente en una situación de envilecimiento", escribía Julián Marías ante la muerte de su maestro, José Ortega y Gasset, en 1955. Todo lo que esto implica, como circunstancia vital, determinó que cinco años antes, con una beca del gobierno francés, toda se fuese a París. Huía del mefítico clima franquista, con su clero y su censura, ese trasnochado hispanismo, que intentaba incluso edulcorar a La Celestina.

Ya en París, la pregunta: ¿Cómo se puede ser hoy un pintor español, al tener allí delante a Velázquez y el Greco, a Zurbarán y Ribera, a Goya, Picasso, Miró, Gris y Dalí?

Y máxime en aquellos años insulsos de la guerra fría cuando Picasso, desde París, era el faro que concillaba pintura y política, en su ortodoxa fidelidad al partido comunista. El haber dado rostro al siglo XX con su inmortal Guernica no lo eximía de torpes caídas, como su comprometida denuncia de las masacres en Corea. Quedaba en paz con su conciencia, con la burguesía que seguía comprando su pintura, y con los encargos del comité central. Pero el viejo zorro que era Picasso se escapaba, a veces, de la militancia y se iba a veranear con las desnudas ninfas del Mediterráneo.

Esa línea, vaporosa, ondulante y fina, que danza desnuda en la playa, es la que Roda retoma, con innegable talento y auténtica gracia. Conservará siempre en su dibujo algo de ese neoclasicismo que no sólo vuelve a tocar la flauta del viejo dios Pan y su cortejo de sátiros sino que adorna los botijos de vino, los cacharros de la cocina y los baldosines de entrada a las masías. La pintura como vida. De allí provendría un óleo tan reposado y maduro como La siesta, que en 1957 Roda ya pinta en Colombia y certifica su madurez artística.

Mientras su amigo Antoni Tapies, compañero de esta aventura parisina, se aleja del surrealismo y comienza a fusionar influjos orientales con una consagración cada vez más obsesiva a la materia (muros, costales, grafitos), Roda sigue fiel a su línea. Un arte, ya sin dioses griegos a los cuales recurrir, y que en un ambiente de secularización crítica, bajo la égida de Sartre, terminará por ver cómo se diviniza más a la figura del artista que al trabajo. Y donde sólo el éxito comercial garantiza la siempre ansiada gloria que ahora (Andy Warhol dixit) apenas dura quince minutos.

Pero en Colombia, todavía, estas contracciones no se planteaban de modo tan radical. Apenas si la marihuana teñía algunas de las gozosas veladas del grupo de Barranquilla, a quien Roda fijó en un óleo celebratorio y desaparecido, mientras desarrollaba con ejemplar constancia, y siempre por series, su admirable trayectoria de gran pintor.

Pero antes de internarnos en ella, por un momento, esta premisa: Roda, pensándose siempre como pintor, tendrá detrás de sí ese arpegio vibrante que enlaza las diáfanas atmósferas de Velázquez con la dorada penumbra de Rembrandt, secundadas, cómo no, por las gotas de cristal de Mozart. Aquello que no necesita más que una tumba, un jarrón con flores o su propio rostro, para darnos fulgores irrepetibles. Esa lenta agonía con que los rosas viejos de las infantas de Velázquez se apagan a sí mismos y se demoran siglos en la más suntuosa y dilatada extinción con que la pintura alcanza su final trascendencia única.

Quizá por ello su larga trayectoria oscila siempre entre un polo figurativo y uno abstracto, para decirlo en forma tosca. Entre una preocupación por la figura —él mismo, los Cristos, los objetos de culto— y una absorción en el juego infinito del color —los escoriales, las tumbas, la lógica del trópico, el color de la luz, sus dos magistrales series últimas de 1999 y 2001.

¡Qué libertad avasallante al armar un pentagrama de fuerza e iridiscencia!

¡Con qué soberano dominio hace del color mismo las líneas estructurales de una composición que es sólo puro goce de pintar porque sí!

También la naturaleza, con un inconmovible estar ahí, le reclamará la atención, en flores y montañas, en tierras de nadie. Curiosamente, sus Ciudades perdidas, de 1991, terminarán siendo también paisaje. Abstracto paisaje de emotividad y vivencia. De memoria y purificación cromática. Y a todo ello, insoslayable, hay que añadir su rutilante tarea como grabador: la obsesión con ese desconocido que era él mismo, con los tensos y sensuales amarraperros y castigos, con las monjas muertas en sublimación mística del erotismo y la flora de don José Celestino Mutis. Con la tauromaquia y el seguir siendo tan español como visceralmente colombiano.

Cuando le entregué Mis pintores, el libro donde hablaba de su obra, me respondió con uno suyo, y estas palabras: "Para Juan Gustavo, que 10 sabe todo sobre mí".

No era cierto, por supuesto, pero me alegró constatar cómo mi admiración por su poder creativo se había hecho pública. Reconocer el arte como lo mejor y más perdurable que el hombre produce parece hoy un anacronismo. Pero el arte de Roda continúa terriblemente vivo, a pesar de que su autor haya sido enterrado en tierra colombiana.

II
Si la primera exposición de Juan Antonio Roda en Colombia data de 1958, en la Sociedad Colombiana de Arquitectos, donde presentaba retratos y algunas naturalezas muertas, su temperamento, dado al lirismo y a la fantasía, lo llevaría muy pronto, en el 59, a una abstracción emotiva, que usaba como referente el tema de El Escorial, y que lo impulsó a definirse así:

"Mi posición romántica ante la pintura y mi deseo de encontrarle una raíz social".    Arte consistía en el desarrollo de una obsesión. En su despliegue analítico a través de series. En octubre de 1959, Roda vendía cuadros entre un mínimo de $ 1.400 y un máximo de $ 2.500. Es decir: la décima parte de un Volkswagen. Era un pintor de nostalgias clásicas y brochazos temperamentales. Su gestualidad plástica se impregnaba de una suerte de poesía dramática, surcada de claroscuros y tempestades.

Pero continuaba subsistiendo como retratista, con larga familia. De ahí que en el 64 gane el premio especial de pintura del Salón Nacional con su obra Las Acosta, una obra de encargo que desató una agria polémica. Marta Traba, por ejemplo, la consideró apenas digna de un Salón de 1930. Retrato convencional "que trata de salvar su completa falta de intención creadora con la pincelada libre de las Tumbas", su serie de 1963.