Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Bajo el techo de nuestra propia casa

Bajo el techo de nuestra propia casa

"Mi casa no es tu casa". Procesos de diferenciación en la construcción de Santa Fe, siglos XVI y XVII

Monika Therrien y Lina Jaramillo Pacheco
Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Premio de Investigación 2003, Bogotá, 2004, 286 págs.

 

"Mi casa no es tu casa" es Premio de Investigación Bogotá, 2003, en la categoría de investigación profesional, y refiere, a partir de un estudio realizado a la Casa de los Comuneros II, ubicada en los predios de la Plaza de Bolívar, y de una manera distinta de la que nos tienen acostumbrados (en el curso de la nota argumentamos dicha aseveración) los historiadores tradicionales, aquellos procesos sociales generados por el solo hecho de vivir en la ciudad, y lo hacen —enfatizando los siglos XVI y XVII, periodos de Conquista y Colonización— teniendo en cuenta los aspectos que involucran nociones de la sociología urbana: arraigo, permanencia, pertenencia, distinción y contactos urbanos.

La historia de Santafé es todavía un cúmulo de información por clasificar, ordenar e interpretar. La tradición del estudio de la historia en Colombia, como en la mayoría de los países suramericanos, estuvo hasta hace muy poco supeditada a los relatos escritos por los españoles primero y luego por los connacionales, fieles unos y otros a las versiones que, de los hechos y sucesos de nuestra historia, fueron proporcionadas por quienes las editaron e interpretaron en función de favorecer a las personas e instituciones del poder de turno. En efecto, la historia desde nuestra independencia ha sido por igual manejada desde la óptica e intereses de dichos grupos de poder, como desde la mirada y capricho de su respectiva clase social. E igual ha ocurrido en el resto de los países, donde la historia ha constituido un botín de guerra para quienes pretenden argumentar, por ejemplo, la extracción originaria de sus beneficios políticos y económicos, y, ¿por qué no?, también para quienes buscan la verdad, no con la intención de desmentirla y sacar provecho de ello, como sería la tradición, sino en beneficio de esclarecer nuestro pasado con una exactitud que no podríamos obtener, verbigracia, de nuestro futuro y menos esperando con ello aliviar el presente. De esa historia, más oficial que académica, ha quedado una serie de relatos muy próximos al chisme (como el caso de\ florero de Llórente, o la intervención de Manuela Sáenz en la noche septembrina) que han ocultado las historias verdaderas, las cargadas de coherencia. De habernos relatado esas historias ocultas en su tiempo debido, hoy cada acción nueva, cada transformación renovadora, sería consecuencia lógica de su pasado, y no, como lo hemos venido experimentando en nuestro medio, sucesos tan independientes como absurdos y, en apariencia, sin ninguna infraestructura histórica, como si estos fueran faltos de razón y originalidad. Si alguien se pusiera en la labor de reconstruir a partir de esos relatos oficiales (y no de los documentos, objetos y demás pruebas de auténtica e incuestionable información) la realidad colombiana, erigiría en efecto un país de maravillas (desde su acepción de atrocidades), ajeno y desconectado de la realidad sociocultural en la cual hoy nos desenvolvemos. En efecto, si hacemos retrospección encontraremos en los libros de especialistas pasajes "históricos" de los cuales no quedan recuerdos de nervio y sangre —como deben ser los reales— sino técnicas de olvido y confusión. De tal manera que la historia de nuestro país, antes de la tendencia historiográfica de la nueva historia de Colombia, dada a la consideración, entre otros aspectos, de los hechos económicos fundamentales ("A partir de esa nueva visión [estas líneas fueron extractadas del prólogo escrito por Efraín Sánchez para el libro en cuestión] se escribieron obras que permitieron comprender mejor procesos y fenómenos de la historia de Colombia, a los que antes apenas se había prestado atención, como el régimen agrario en la época colonial, la tenencia de la tierra en la era republicana, las guerras civiles, la formación del Estado-nación o el sindicalismo")... antes de dicha generación, el método de la historia no era sino eso: la exaltación de mitos, héroes y sucesos de carácter tan estrictamente político como amarrados a los intereses de un grupo social privilegiado.

Y bueno, si alguien se pusiera en la labor de construir hipotéticamente la realidad colombiana a partir de tales relatos —ya no los oficiales sino los producidos por los historiadores de la nueva historia de Colombia, que agregan importantísimas informaciones económicas de orden estadístico—, erigiría, sin lugar a dudas, un país insólito, igualmente ajeno y desconectado de la realidad sociocultural del presente.

Pero si observamos indistintamente a cada una de estas metodologías encontraremos que mientras una exalta personajes hasta hacerlos irreales, héroes (individuos) que se debaten en guerras civiles..., la otra hace lo propio con instituciones oficiales (colectividades) que se confrontan, también con guerras civiles, pero en la toma de decisiones políticas con respecto a la conformación y administración del Estado, a las reformas sociales, a las organizaciones sindicalistas, etc., y a cuanto vaya más allá de los intereses individuales. Ambas posturas carecen, como es evidente, de las mínimas informaciones requeridas para llevar al volumen una noción de realidad social tangible. En efecto, estos "héroes" e "instituciones" no parecieran habitar y ocupar un espacio humano conocido; por eso no nos vemos reflejados en las fisonomías que nos han "vendido" de los proceres ni en las de los presidentes, tampoco en sus vestuarios ni modales, y menos en sus ideas y ambiciones. Tal vez por eso somos ajenos a nuestras propias herencias y vivimos empezando siempre de nuevo, porque el pasado que dicen pertenecemos no nos sirve. Antes que darnos impulso nos aniquila, y no podría ser distinto si esos héroes no somos nosotros, si esas instituciones no nos representan. Desde el punto de vista historiográfico hemos vivido siempre bajo el engaño de los intermediarios. La historia de un pueblo no es el relato de la vida de quien tomó las armas; lo es también la historia de quien no las tomó; no es sólo la reseña de hechos y sucesos institucionales, sino también de las anécdotas personales; no es la noticia de quien un día llegó, sino de lo que entonces encontró. Desde el relato de quienes la "protagonizaron", la historia nos ha negado casi todo, y sólo ha contado triunfos (que ocultan miserias) y héroes protagonistas (que ocultan miserables) pero nunca nos ha sido otorgada la rememoración entera de una realidad rica en matices de vida. Por ello este estudio, si bien centrado en el interés específico de la historia de Santafé, es un modelo adscrito a esas renovadas maneras de abordar la historia, porque "desde hace más de una década comenzaron a desarrollarse —como bien lo apunta en el prólogo Efraín Sánchez— nuevas maneras de ver la historia, a emplearse nuevos métodos y nuevos conceptos y, sobre todo, a poner el foco de atención sobre nuevos objetos".    Si la historia de Santafé es todavía una maraña de confusiones —menos lo será tras el esfuerzo investigativo de Monika Therrien y Lina Jaramillo Pacheco—, la historia del país es aún más intrincada y compleja.

Queda, después de leer con deleite el libro, la certeza de que hace falta el desarrollo de una metodología para la historia, que a partir de una nueva óptica historiográfica replantee el estudio de nuestra memoria, partiendo del conocimiento de los espacios arquitectónicos, de las relaciones interpersonales que éstos mismos imponen; de los objetos de uso cotidiano, que dan cuenta de las ocupaciones diarias de cada época y de sus maneras de asumirlas; y, fundamentalmente, desde todos aquellos excluidos —los muiscas, en el caso del estudio de la historia de Santafé—, los testimonios extraoficiales (en este caso el testamento de Fiórez de Ocáriz, que dio pie al curso de esta investigación) y a tantos otros objetos (utensilios de cocina, herramientas de trabajo,...) y elementos a los cuales la historia, o mejor, el historiador, se les acerca con una sola idea (o conciencia, o política, o filosófica, etc.,) que es la misma del arqueólogo cuando estudia los restos materiales de una época pasada, pero con la intención suprema de explicarse un mundo con la imparcialidad y distancia propia de quien visita una casa ajena y, desde las seguridades que ésta le proporciona, sentir de pronto que está bajo el techo de su propia casa. En efecto, como mejor lo explican sus autoras, se trata de "entender la formación del ser urbano y del vivir urbanamente en las posibilidades que brinda una ciudad colonial, más explícitamente en Santafé. La base del estudio es el contacto entre individuos con trayectorias distintas y la configuración de relaciones sociales que, mediadas por objetos y estructuras, dan sentido y permiten reproducir condiciones particulares de existencia en la ciudad y se constituyen en modos de vida diversos que pugnan por originar, situarse o imponerse como sus formas más apropiadas y legítimas".

GUILLERMO LINERO MONTES