Reseñas. Bajo el techo de nuestra propia casa
Bajo el techo de nuestra propia casa
"Mi casa no es tu casa". Procesos de
diferenciación en la construcción de Santa Fe, siglos XVI y
XVII
Monika Therrien y Lina Jaramillo Pacheco
Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo,
Premio de Investigación 2003, Bogotá, 2004, 286 págs.
"Mi casa no es tu casa" es Premio de
Investigación Bogotá, 2003, en la categoría de investigación
profesional, y refiere, a partir de un estudio realizado a la Casa
de los Comuneros II, ubicada en los predios de la Plaza de Bolívar,
y de una manera distinta de la que nos tienen acostumbrados (en el
curso de la nota argumentamos dicha aseveración) los historiadores
tradicionales, aquellos procesos sociales generados por el solo
hecho de vivir en la ciudad, y lo hacen —enfatizando los
siglos XVI y XVII, periodos de Conquista y Colonización—
teniendo en cuenta los aspectos que involucran nociones de la
sociología urbana: arraigo, permanencia, pertenencia, distinción y
contactos urbanos.

La historia de Santafé es todavía un cúmulo de información por
clasificar, ordenar e interpretar. La tradición del estudio de la
historia en Colombia, como en la mayoría de los países
suramericanos, estuvo hasta hace muy poco supeditada a los relatos
escritos por los españoles primero y luego por los connacionales,
fieles unos y otros a las versiones que, de los hechos y sucesos de
nuestra historia, fueron proporcionadas por quienes las editaron e
interpretaron en función de favorecer a las personas e
instituciones del poder de turno. En efecto, la historia desde
nuestra independencia ha sido por igual manejada desde la óptica e
intereses de dichos grupos de poder, como desde la mirada y
capricho de su respectiva clase social. E igual ha ocurrido en el
resto de los países, donde la historia ha constituido un botín de
guerra para quienes pretenden argumentar, por ejemplo, la
extracción originaria de sus beneficios políticos y económicos, y,
¿por qué no?, también para quienes buscan la verdad, no con
la intención de desmentirla y sacar provecho de ello, como sería la
tradición, sino en beneficio de esclarecer nuestro pasado con una
exactitud que no podríamos obtener, verbigracia, de nuestro futuro
y menos esperando con ello aliviar el presente. De esa historia,
más oficial que académica, ha quedado una serie de relatos muy
próximos al chisme (como el caso de\ florero de Llórente, o la
intervención de Manuela Sáenz en la noche septembrina) que han
ocultado las historias verdaderas, las cargadas de coherencia. De
habernos relatado esas historias ocultas en su tiempo debido, hoy
cada acción nueva, cada transformación renovadora, sería
consecuencia lógica de su pasado, y no, como lo hemos venido
experimentando en nuestro medio, sucesos tan independientes como
absurdos y, en apariencia, sin ninguna infraestructura histórica,
como si estos fueran faltos de razón y originalidad. Si alguien se
pusiera en la labor de reconstruir a partir de esos relatos
oficiales (y no de los documentos, objetos y demás pruebas de
auténtica e incuestionable información) la realidad colombiana,
erigiría en efecto un país de maravillas (desde su acepción de
atrocidades), ajeno y desconectado de la realidad sociocultural en
la cual hoy nos desenvolvemos. En efecto, si hacemos retrospección
encontraremos en los libros de especialistas pasajes
"históricos" de los cuales no quedan recuerdos de nervio
y sangre —como deben ser los reales— sino técnicas de
olvido y confusión. De tal manera que la historia de nuestro país,
antes de la tendencia historiográfica de la nueva historia de
Colombia, dada a la consideración, entre otros aspectos, de los
hechos económicos fundamentales ("A partir de esa nueva visión
[estas líneas fueron extractadas del prólogo escrito por Efraín
Sánchez para el libro en cuestión] se escribieron obras que
permitieron comprender mejor procesos y fenómenos de la historia de
Colombia, a los que antes apenas se había prestado atención, como
el régimen agrario en la época colonial, la tenencia de la tierra
en la era republicana, las guerras civiles, la formación del
Estado-nación o el sindicalismo")... antes de dicha
generación, el método de la historia no era sino eso: la exaltación
de mitos, héroes y sucesos de carácter tan estrictamente político
como amarrados a los intereses de un grupo social privilegiado.

Y bueno, si alguien se pusiera en la labor de construir
hipotéticamente la realidad colombiana a partir de tales relatos
—ya no los oficiales sino los producidos por los
historiadores de la nueva historia de Colombia, que agregan
importantísimas informaciones económicas de orden
estadístico—, erigiría, sin lugar a dudas, un país insólito,
igualmente ajeno y desconectado de la realidad sociocultural del
presente.
Pero si observamos indistintamente a cada una de estas
metodologías encontraremos que mientras una exalta personajes hasta
hacerlos irreales, héroes (individuos) que se debaten en guerras
civiles..., la otra hace lo propio con instituciones oficiales
(colectividades) que se confrontan, también con guerras civiles,
pero en la toma de decisiones políticas con respecto a la
conformación y administración del Estado, a las reformas sociales,
a las organizaciones sindicalistas, etc., y a cuanto vaya más allá
de los intereses individuales. Ambas posturas carecen, como es
evidente, de las mínimas informaciones requeridas para llevar al
volumen una noción de realidad social tangible. En efecto, estos
"héroes" e "instituciones" no parecieran
habitar y ocupar un espacio humano conocido; por eso no nos vemos
reflejados en las fisonomías que nos han "vendido" de los
proceres ni en las de los presidentes, tampoco en sus vestuarios ni
modales, y menos en sus ideas y ambiciones. Tal vez por eso somos
ajenos a nuestras propias herencias y vivimos empezando siempre de
nuevo, porque el pasado que dicen pertenecemos no nos sirve. Antes
que darnos impulso nos aniquila, y no podría ser distinto si esos
héroes no somos nosotros, si esas instituciones no nos representan.
Desde el punto de vista historiográfico hemos vivido siempre bajo
el engaño de los intermediarios. La historia de un pueblo no es el
relato de la vida de quien tomó las armas; lo es también la
historia de quien no las tomó; no es sólo la reseña de hechos y
sucesos institucionales, sino también de las anécdotas personales;
no es la noticia de quien un día llegó, sino de lo que entonces
encontró. Desde el relato de quienes la "protagonizaron",
la historia nos ha negado casi todo, y sólo ha contado triunfos
(que ocultan miserias) y héroes protagonistas (que ocultan
miserables) pero nunca nos ha sido otorgada la rememoración entera
de una realidad rica en matices de vida. Por ello este estudio, si
bien centrado en el interés específico de la historia de Santafé,
es un modelo adscrito a esas renovadas maneras de abordar la
historia, porque "desde hace más de una década comenzaron a
desarrollarse —como bien lo apunta en el prólogo Efraín
Sánchez— nuevas maneras de ver la historia, a emplearse
nuevos métodos y nuevos conceptos y, sobre todo, a poner el foco de
atención sobre nuevos objetos". Si la
historia de Santafé es todavía una maraña de confusiones
—menos lo será tras el esfuerzo investigativo de Monika
Therrien y Lina Jaramillo Pacheco—, la historia del país es
aún más intrincada y compleja.

Queda, después de leer con deleite el libro, la certeza de que
hace falta el desarrollo de una metodología para la historia, que a
partir de una nueva óptica historiográfica replantee el estudio de
nuestra memoria, partiendo del conocimiento de los espacios
arquitectónicos, de las relaciones interpersonales que éstos mismos
imponen; de los objetos de uso cotidiano, que dan cuenta de las
ocupaciones diarias de cada época y de sus maneras de asumirlas; y,
fundamentalmente, desde todos aquellos excluidos —los
muiscas, en el caso del estudio de la historia de Santafé—,
los testimonios extraoficiales (en este caso el testamento de
Fiórez de Ocáriz, que dio pie al curso de esta investigación) y a
tantos otros objetos (utensilios de cocina, herramientas de
trabajo,...) y elementos a los cuales la historia, o mejor, el
historiador, se les acerca con una sola idea (o conciencia, o
política, o filosófica, etc.,) que es la misma del arqueólogo
cuando estudia los restos materiales de una época pasada, pero con
la intención suprema de explicarse un mundo con la imparcialidad y
distancia propia de quien visita una casa ajena y, desde las
seguridades que ésta le proporciona, sentir de pronto que está bajo
el techo de su propia casa. En efecto, como mejor lo explican sus
autoras, se trata de "entender la formación del ser urbano y
del vivir urbanamente en las posibilidades que brinda una ciudad
colonial, más explícitamente en Santafé. La base del estudio es el
contacto entre individuos con trayectorias distintas y la
configuración de relaciones sociales que, mediadas por objetos y
estructuras, dan sentido y permiten reproducir condiciones
particulares de existencia en la ciudad y se constituyen en modos
de vida diversos que pugnan por originar, situarse o imponerse como
sus formas más apropiadas y legítimas".
GUILLERMO LINERO MONTES