Reseña. God shave the King

Ingrid Johanna Bolívar (Cinep / Uniandes), que cita a Phelan en
su ponencia "La interacción histórica entre política y
cultura", quiere dar un ejemplo, con el tema de la revolución
de los comuneros, de una especie de estrabismo común a muchos
historiadores. ¿Incluso Indalecio Liévano Aguirre, con sus
Conflictos sociales y económicos de nuestra historia, al que cita
Phelan, objetando su postura frente al fiasco, el fracaso de los
comuneros? Según Liévano, éste ocurrió sobre todo por la defección
o traición de los patricios, del criollo Berbeo y los demás de la
Junta y los de Tunja, quienes temieron el empuje que tomó el
movimiento en un momento dado. Phelan asegura que no hubo tal
fiasco, y que el movimiento comunero, de carácter más bien
"tradicional" que revolucionario, fue un gran logro para
casi todos los sectores que tocados por las reformas económicas de
Carlos III, los viejos y nuevos monopolios de tierras, tabaco, sal,
y aguardiente que, aún bajando los precios, lograban consolidar su
monopolio, y de esta forma recaudar más y mejor dinero en las arcas
reales para las fracasadas guerras de España con Inglaterra, con
Francia, en las mismas colonias.

El profesor Medina, por su parte, en su ponencia sobre la
historia comparada, declara que "en Colombia la construcción
del mito nacional ha tomado una forma paradójica" (pág. 25).
Cita a Norbert Elias (autor recurrente en estas ponencias), que se
refiere a una utopía alimentada "por la imaginación
colectiva", a una "representación fantasiosa" de la
sociedad. Escribe Medina: "Yo diría que el mito nacional
colombiano se plasma en la utopía-pesadilla de la violencia, de su
inevitabilidad y persistencia. En este orden de inquietudes Daniel
Pécaut anotó hace ya algunos años: 'Fue preciso que viniera
finalmente Gabriel García Márquez para ofrecer el gran mito de la
historia colombiana: el estallido del espacio, la inmovilidad del
tiempo, la condena a la repetición'. Con dureza la omnipresencia de
la violencia no sólo golpea la cotidianidad de todos, sino que la
pesadilla constituye la atmósfera ominosa de inteligibilidad de
nuestro pasado" (pág. 26). ¿Mito-utopía-pesadilla, la
violencia? Evocamos las primeras palabras de la novela de José
Eustasio Rivera, siempre actual, como acabada de salir del horno,
de las puertas del Inferno: "Antes de apasionarme por mujer
alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia".
Así que ésta, la utopía, el mito, la pesadilla de Norbert Elias y
de Medina, la violencia, también es una novela, La vorágine, y no
sucede en los libros sino afuera, en el mundo, en la vida
corriente, incluidas ^fantasías y las fiebres del genial Rivera,
quien, con ella bajo el brazo, para promover su traducción al
inglés y una edición en Nueva York, consiguió tiquete de ida y
vuelta, aunque lo devolvieron ya muerto. Inaugurando, o casi, la
aviación en 1928, el poeta, luego de traer, con su novela, un
viento de afuera, murió ahí, donde estuvo a menudo, en sitios de
frontera, afectado por el asunto de los mapas, siendo funcionario
del Estado, y sobre todo cuando creó su obra narrativa, la cual
vuelve a inventar una lengua dentro de otra lengua, un viento vivo
y temible de afuera, esta vez del corazón de la selva ecuatorial,
vórtice, vértigo que atrae a Arturo Cova y los personajes de esta
obra, ahí donde pulula la cruzada de tambochas, a la hora del lobo,
que es la hora más oscura de la noche. Utopía, literalmente, del
griego u-topos, quiere decir, No-lugar, nowhere, en ninguna parte.
Se refiere a algo que no tiene lugar, aunque no sea imposible, algo
que no es actual, nowhere-hoy, carece de memoria y de presente.
Pero nowhere también puede leerse now-here, así que en ninguna
parte es ahora y aquí. La novela, esta tabulación o delirio del
poeta, es el reloj que se adelanta y es la pura latencia del clima
nacional, el mapa genuino, nada de mitos, es una utopía {nowhere)
ahora y aquí (now here). Pero ocurre que los árboles impiden ver el
bosque y no se ve sino la polvareda de la guerra, la violencia. En
casi todos los estudiosos de la historia en Colombia, Ricaurte en
San Mateo en átomos volando (invento de Bolívar). Se pierde la
trama sutil que arma día a día los hilos de la telaraña, el arte de
la captura, ¿una utopía, una "representación
fantasiosa" la violencia en Colombia? Gabo y Botero tienen
mucho en común; virtuosos y perversos artistas, pintan la violencia
y de tal manera, que nos dan —en el caso de Botero, junto con
su colección de pinturas—, las buenas maneras de escribir, de
pintar, en lugar de darnos la buena escritura y la buena pintura.
Sucede, para mejor captar la diferencia, como en el caso del
francés cuando dice que los ingleses tienen las buenas maneras en
la mesa, mientras que los franceses tienen la buena mesa, aunque
este mismo francés decía que si él no fuera francés, sería un
inglés, a lo que el inglés, obstinado, insular, igual que Botero y
Gabo, dice: "Si yo no fuera un inglés, sería un inglés".
¿Incorruptibles hasta el sol crepuscular de hoy, en el ojo
del huracán del corazón de las tinieblas? Tenemos, por otra parte,
sin embargo, acerca de este mito de la violencia, que el mismo
Daniel Pécaut, citado por Medina en su ensayo, escribe, en Orden y
violencia: "La violencia es consustancial al ejercicio de una
democracia, que lejos de referirse a la homogeneidad de los
ciudadanos, reposa en la preservación de sus diferencias
'naturales' [...] y que, lejos de aspirar a institucionalizar las
relaciones de fuerza que irrigan la sociedad, hace de ellas el
resorte de su continuidad". Nos parece que estos ensayos
referidos, centrando sus análisis alrededor del tema del
Estado-nación, igual que la mayoría de los estudios sobre la
violencia, no dan en el punto, cogen el rábano por las hojas,
ensimismados, no ven sino la polvareda, confunden el efecto con la
causa, el síntoma con la enfermedad, la parte y el todo, porque el
todo, o casi, es la guerra, y una muy peculiar, sutil pese al
ruido, más bien micro que macro, molecular, flotando hoy en el aire
cotidiano igual que un meteoro, grávida, el acontecimiento. Es
preciso traer a cuento los análisis de Giorgio Agamben acerca de la
soberanía y sobre la fractura de la tríada
Estado-nación-territorio, en su obra Medios sin fin. Notas sobre la
política (1996). Acerca de la soberanía del Estado: "el poder
no tiene hoy otra forma de legitimación que la situación de peligro
grave a la que apela en todas partes de forma permanente y que al
mismo tiempo se esfuerza en producir secretamente (¿cómo no
pensar que un sistema que ya sólo puede funcionar sobre la base de
una situación tal no va a seguir también interesado en mantenerla a
cualquier precio?)". Así también, los refugiados y los
desplazados revelan la crisis, la fractura del Estado-nación -
territorio: "En la decadencia del Estado-nación y corrosión
general de las categorías jurídico-políticas tradicionales, el
refugiado [el desplazado] es quizás la única figura pensable del
pueblo en nuestro tiempo y, al menos mientras no llegue a término
el proceso de disolución del Estado-nación y de su soberanía, la
única categoría en la que hoy nos es dado entrever las formas y los
límites de la comunidad política por venir", declara
Agamben.

En el prefacio a su libro El pueblo y el rey, John Phelan
escribe: "En la Nueva Granada de 1781 era impensable un mundo
sin monarquía. Podría pensarse sí en una radical transferencia de
poder de los españoles a los criollos, bajo el manto protector de
la legitimidad monárquica. [...] Ni Carlos III [con sus reformas
tributarias radicales] ni sus leales vasallos en la Nueva Granada
lograron sus utopías. Las utopías tienen la costumbre de esfumarse
cuando nos acercamos a ellas. [...] Sin repudiar jamás su lealtad a
la corona, Galán no tenía ninguna idea consciente, ni siquiera en
embrión, sobre la conveniencia de darle un nuevo orden a la
sociedad". ¿Ni siquiera en embrión? ¿Por obra de
Cronos (Saturno) devorando a su criatura, culebra que se come, o se
muerde, por la cola? ¿Era impensable un mundo sin
monarquías, en los mismos pueblos indios viviendo al margen de los
centros chibchas, a distancia del imperio inca, nómadas, salvajes y
libertarios en mucha parte del territorio colombiano? El mismo
libro de Phelan narra los tumultos provocados por los incas y Túpac
Amaru en Perú justo por este mismo tiempo, y trae la proclama de
éste, "Acta de la Independencia de la corona española"
(como diría Bolívar de la carta de Lope de Aguirre al rey, primera
acta), reproducida, con sus propias palabras, muy pronto por los
indios del Cocuy en el norte de Boyacá y por los indios de Silos en
Santander, en mayo-junio de 1781 (Galán es cazado en septiembre),
llevando leña al fuego de la sublevación comunera. Los capitanes
del Cocuy escriben a los indios de Támara, Ten y Manare en los
llanos —leemos en el libro de Phelan—: "les
participamos cómo hay coronado Rey nuevo en las Indias, y se llama
el poderoso don Josef Francisco Tupa Amaro [...] Les participamos
que se han levantado muchos lugares: ciudad de Vélez, villa de San
Gil, el Cocuy, Mogotes, Santa Rosa y otros". Ingrid Bolívar
cita a Phelan, cuando dice que con las capitulaciones de Zipaquirá
(repudiadas por las autoridades) casi todo el mundo obtuvo un
beneficio, "ricos y pobres, patricios y plebeyos, blancos,
indios y negros libres. Sólo quedaron por fuera los esclavos
negros" (pág. 381). ¿En que clase está Galán, hijo de
español pobre y de mestiza o mulata, ahorcado, degollado y
descuartizado, ese "hombre de oscurísimo nacimiento"
—con sangre mulata, igual que Bolívar—, en palabras del
arzobispo Caballero y Góngora, el "Pacificador" del
momento? Hay que ver cuáles fueron las "concesiones
significativas", luego de restablecer el orden colonial, ya
repudiadas las capitulaciones de Zipaquirá, que hizo el virrey a
las comunidades. Hay que ver qué pasó en verdad con los indios, con
sus resguardos y sus pueblos "a son de campana", ahora
sin las salinas de Nemocón, expropiadas por el fisco real.
Que, con la cruda sentencia aplicada a Galán, la Audiencia hizo
de él un mito, sostiene Phelan. Ingrid Johanna, por su parte, en su
ponencia, asevera: "La política ni en ese entonces ni ahora
implica escoger entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo
menos malo". Qué esperanzas. Hacia el final del libro, escribe
Phelan: "El movimiento de independencia fue esencialmente
aristocrático e intelectual. No fue el levantamiento de las masas
laboriosas y oprimidas". Expresa además: "Ni Carlos III
ni sus leales vasallos en la Nueva Granada lograron sus utopías.
Las utopías tienen la costumbre de esfumarse cuando nos acercamos a
ellas" (el subrayado es mío). Leamos esta afirmación junto con
las últimas palabras del libro: "Por mucho que los patriotas
colombianos deban respetar el recuerdo y las acciones de Juan
Francisco Berbeo y de José Antonio Galán, los comuneros, en última
instancia, eran voceros de un mundo que pronto habría de esfumarse
en el pasado. Fue Caballero y Góngora quien, sin darse cuenta,
abrió la puerta que daba al futuro". Se refiere,
particularmente, a las acciones del virrey tendientes a liberalizar
la educación e impulsar la producción de sus vasallos, sobre todo
en el Socorro y villas aledañas, San Gil y demás, cuna de las
sublevaciones. La propiedad del notable texto de Phelan es que
trae, entreveradas y muy precisas, las pruebas que demuestran algo
más bien contrario a su tesis manifiesta, como una especie de
culebra que se muerde o se come por la cola, pues la escritura viva
secreta.

Con el libro editado por la Universidad Nacional, uno aprende
algo, aun si termina remal, con la ponencia de Fernando Estrada, de
la Uis, acerca del provechoso expediente que pueden ser las
metonimias y las metáforas para comprender la naturaleza del
conflicto político-social y ayudar a sus soluciones parciales. Uno
cree en las metamorfosis, no en los mitos y en las metáforas.
RODRIGO PÉREZ GIL