Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseña. God shave the King

Ingrid Johanna Bolívar (Cinep / Uniandes), que cita a Phelan en su ponencia "La interacción histórica entre política y cultura", quiere dar un ejemplo, con el tema de la revolución de los comuneros, de una especie de estrabismo común a muchos historiadores. ¿Incluso Indalecio Liévano Aguirre, con sus Conflictos sociales y económicos de nuestra historia, al que cita Phelan, objetando su postura frente al fiasco, el fracaso de los comuneros? Según Liévano, éste ocurrió sobre todo por la defección o traición de los patricios, del criollo Berbeo y los demás de la Junta y los de Tunja, quienes temieron el empuje que tomó el movimiento en un momento dado. Phelan asegura que no hubo tal fiasco, y que el movimiento comunero, de carácter más bien "tradicional" que revolucionario, fue un gran logro para casi todos los sectores que tocados por las reformas económicas de Carlos III, los viejos y nuevos monopolios de tierras, tabaco, sal, y aguardiente que, aún bajando los precios, lograban consolidar su monopolio, y de esta forma recaudar más y mejor dinero en las arcas reales para las fracasadas guerras de España con Inglaterra, con Francia, en las mismas colonias.

El profesor Medina, por su parte, en su ponencia sobre la historia comparada, declara que "en Colombia la construcción del mito nacional ha tomado una forma paradójica" (pág. 25). Cita a Norbert Elias (autor recurrente en estas ponencias), que se refiere a una utopía alimentada "por la imaginación colectiva", a una "representación fantasiosa" de la sociedad. Escribe Medina: "Yo diría que el mito nacional colombiano se plasma en la utopía-pesadilla de la violencia, de su inevitabilidad y persistencia. En este orden de inquietudes Daniel Pécaut anotó hace ya algunos años: 'Fue preciso que viniera finalmente Gabriel García Márquez para ofrecer el gran mito de la historia colombiana: el estallido del espacio, la inmovilidad del tiempo, la condena a la repetición'. Con dureza la omnipresencia de la violencia no sólo golpea la cotidianidad de todos, sino que la pesadilla constituye la atmósfera ominosa de inteligibilidad de nuestro pasado" (pág. 26). ¿Mito-utopía-pesadilla, la violencia? Evocamos las primeras palabras de la novela de José Eustasio Rivera, siempre actual, como acabada de salir del horno, de las puertas del Inferno: "Antes de apasionarme por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia". Así que ésta, la utopía, el mito, la pesadilla de Norbert Elias y de Medina, la violencia, también es una novela, La vorágine, y no sucede en los libros sino afuera, en el mundo, en la vida corriente, incluidas ^fantasías y las fiebres del genial Rivera, quien, con ella bajo el brazo, para promover su traducción al inglés y una edición en Nueva York, consiguió tiquete de ida y vuelta, aunque lo devolvieron ya muerto. Inaugurando, o casi, la aviación en 1928, el poeta, luego de traer, con su novela, un viento de afuera, murió ahí, donde estuvo a menudo, en sitios de frontera, afectado por el asunto de los mapas, siendo funcionario del Estado, y sobre todo cuando creó su obra narrativa, la cual vuelve a inventar una lengua dentro de otra lengua, un viento vivo y temible de afuera, esta vez del corazón de la selva ecuatorial, vórtice, vértigo que atrae a Arturo Cova y los personajes de esta obra, ahí donde pulula la cruzada de tambochas, a la hora del lobo, que es la hora más oscura de la noche. Utopía, literalmente, del griego u-topos, quiere decir, No-lugar, nowhere, en ninguna parte. Se refiere a algo que no tiene lugar, aunque no sea imposible, algo que no es actual, nowhere-hoy, carece de memoria y de presente. Pero nowhere también puede leerse now-here, así que en ninguna parte es ahora y aquí. La novela, esta tabulación o delirio del poeta, es el reloj que se adelanta y es la pura latencia del clima nacional, el mapa genuino, nada de mitos, es una utopía {nowhere) ahora y aquí (now here). Pero ocurre que los árboles impiden ver el bosque y no se ve sino la polvareda de la guerra, la violencia. En casi todos los estudiosos de la historia en Colombia, Ricaurte en San Mateo en átomos volando (invento de Bolívar). Se pierde la trama sutil que arma día a día los hilos de la telaraña, el arte de la captura, ¿una utopía, una "representación fantasiosa" la violencia en Colombia? Gabo y Botero tienen mucho en común; virtuosos y perversos artistas, pintan la violencia y de tal manera, que nos dan —en el caso de Botero, junto con su colección de pinturas—, las buenas maneras de escribir, de pintar, en lugar de darnos la buena escritura y la buena pintura. Sucede, para mejor captar la diferencia, como en el caso del francés cuando dice que los ingleses tienen las buenas maneras en la mesa, mientras que los franceses tienen la buena mesa, aunque este mismo francés decía que si él no fuera francés, sería un inglés, a lo que el inglés, obstinado, insular, igual que Botero y Gabo, dice: "Si yo no fuera un inglés, sería un inglés". ¿Incorruptibles hasta el sol crepuscular de hoy, en el ojo del huracán del corazón de las tinieblas? Tenemos, por otra parte, sin embargo, acerca de este mito de la violencia, que el mismo Daniel Pécaut, citado por Medina en su ensayo, escribe, en Orden y violencia: "La violencia es consustancial al ejercicio de una democracia, que lejos de referirse a la homogeneidad de los ciudadanos, reposa en la preservación de sus diferencias 'naturales' [...] y que, lejos de aspirar a institucionalizar las relaciones de fuerza que irrigan la sociedad, hace de ellas el resorte de su continuidad". Nos parece que estos ensayos referidos, centrando sus análisis alrededor del tema del Estado-nación, igual que la mayoría de los estudios sobre la violencia, no dan en el punto, cogen el rábano por las hojas, ensimismados, no ven sino la polvareda, confunden el efecto con la causa, el síntoma con la enfermedad, la parte y el todo, porque el todo, o casi, es la guerra, y una muy peculiar, sutil pese al ruido, más bien micro que macro, molecular, flotando hoy en el aire cotidiano igual que un meteoro, grávida, el acontecimiento. Es preciso traer a cuento los análisis de Giorgio Agamben acerca de la soberanía y sobre la fractura de la tríada Estado-nación-territorio, en su obra Medios sin fin. Notas sobre la política (1996). Acerca de la soberanía del Estado: "el poder no tiene hoy otra forma de legitimación que la situación de peligro grave a la que apela en todas partes de forma permanente y que al mismo tiempo se esfuerza en producir secretamente (¿cómo no pensar que un sistema que ya sólo puede funcionar sobre la base de una situación tal no va a seguir también interesado en mantenerla a cualquier precio?)". Así también, los refugiados y los desplazados revelan la crisis, la fractura del Estado-nación - territorio: "En la decadencia del Estado-nación y corrosión general de las categorías jurídico-políticas tradicionales, el refugiado [el desplazado] es quizás la única figura pensable del pueblo en nuestro tiempo y, al menos mientras no llegue a término el proceso de disolución del Estado-nación y de su soberanía, la única categoría en la que hoy nos es dado entrever las formas y los límites de la comunidad política por venir", declara Agamben.

En el prefacio a su libro El pueblo y el rey, John Phelan escribe: "En la Nueva Granada de 1781 era impensable un mundo sin monarquía. Podría pensarse sí en una radical transferencia de poder de los españoles a los criollos, bajo el manto protector de la legitimidad monárquica. [...] Ni Carlos III [con sus reformas tributarias radicales] ni sus leales vasallos en la Nueva Granada lograron sus utopías. Las utopías tienen la costumbre de esfumarse cuando nos acercamos a ellas. [...] Sin repudiar jamás su lealtad a la corona, Galán no tenía ninguna idea consciente, ni siquiera en embrión, sobre la conveniencia de darle un nuevo orden a la sociedad". ¿Ni siquiera en embrión? ¿Por obra de Cronos (Saturno) devorando a su criatura, culebra que se come, o se muerde, por la cola? ¿Era impensable un mundo sin monarquías, en los mismos pueblos indios viviendo al margen de los centros chibchas, a distancia del imperio inca, nómadas, salvajes y libertarios en mucha parte del territorio colombiano? El mismo libro de Phelan narra los tumultos provocados por los incas y Túpac Amaru en Perú justo por este mismo tiempo, y trae la proclama de éste, "Acta de la Independencia de la corona española" (como diría Bolívar de la carta de Lope de Aguirre al rey, primera acta), reproducida, con sus propias palabras, muy pronto por los indios del Cocuy en el norte de Boyacá y por los indios de Silos en Santander, en mayo-junio de 1781 (Galán es cazado en septiembre), llevando leña al fuego de la sublevación comunera. Los capitanes del Cocuy escriben a los indios de Támara, Ten y Manare en los llanos —leemos en el libro de Phelan—: "les participamos cómo hay coronado Rey nuevo en las Indias, y se llama el poderoso don Josef Francisco Tupa Amaro [...] Les participamos que se han levantado muchos lugares: ciudad de Vélez, villa de San Gil, el Cocuy, Mogotes, Santa Rosa y otros". Ingrid Bolívar cita a Phelan, cuando dice que con las capitulaciones de Zipaquirá (repudiadas por las autoridades) casi todo el mundo obtuvo un beneficio, "ricos y pobres, patricios y plebeyos, blancos, indios y negros libres. Sólo quedaron por fuera los esclavos negros" (pág. 381). ¿En que clase está Galán, hijo de español pobre y de mestiza o mulata, ahorcado, degollado y descuartizado, ese "hombre de oscurísimo nacimiento" —con sangre mulata, igual que Bolívar—, en palabras del arzobispo Caballero y Góngora, el "Pacificador" del momento? Hay que ver cuáles fueron las "concesiones significativas", luego de restablecer el orden colonial, ya repudiadas las capitulaciones de Zipaquirá, que hizo el virrey a las comunidades. Hay que ver qué pasó en verdad con los indios, con sus resguardos y sus pueblos "a son de campana", ahora sin las salinas de Nemocón, expropiadas por el fisco real.

Que, con la cruda sentencia aplicada a Galán, la Audiencia hizo de él un mito, sostiene Phelan. Ingrid Johanna, por su parte, en su ponencia, asevera: "La política ni en ese entonces ni ahora implica escoger entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo menos malo". Qué esperanzas. Hacia el final del libro, escribe Phelan: "El movimiento de independencia fue esencialmente aristocrático e intelectual. No fue el levantamiento de las masas laboriosas y oprimidas". Expresa además: "Ni Carlos III ni sus leales vasallos en la Nueva Granada lograron sus utopías. Las utopías tienen la costumbre de esfumarse cuando nos acercamos a ellas" (el subrayado es mío). Leamos esta afirmación junto con las últimas palabras del libro: "Por mucho que los patriotas colombianos deban respetar el recuerdo y las acciones de Juan Francisco Berbeo y de José Antonio Galán, los comuneros, en última instancia, eran voceros de un mundo que pronto habría de esfumarse en el pasado. Fue Caballero y Góngora quien, sin darse cuenta, abrió la puerta que daba al futuro". Se refiere, particularmente, a las acciones del virrey tendientes a liberalizar la educación e impulsar la producción de sus vasallos, sobre todo en el Socorro y villas aledañas, San Gil y demás, cuna de las sublevaciones. La propiedad del notable texto de Phelan es que trae, entreveradas y muy precisas, las pruebas que demuestran algo más bien contrario a su tesis manifiesta, como una especie de culebra que se muerde o se come por la cola, pues la escritura viva secreta.

Con el libro editado por la Universidad Nacional, uno aprende algo, aun si termina remal, con la ponencia de Fernando Estrada, de la Uis, acerca del provechoso expediente que pueden ser las metonimias y las metáforas para comprender la naturaleza del conflicto político-social y ayudar a sus soluciones parciales. Uno cree en las metamorfosis, no en los mitos y en las metáforas.

RODRIGO PÉREZ GIL