Reseña. God shave the King
God shave the King
La historia política hoy. Sus métodos y las ciencias
sociales
César Augusto Ayala Diago (compilador)
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2004, 421 págs.

Nombro esta reseña compartiendo el humor del novelista Ramón J.
Sender (La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Billy the Kid)
y aludiendo al título del bien escrito y documentado libro
magistral, en el sentido de que enseña incluso una tesis distinta,
divergente a la sostenida de manera explícita por el autor en el
texto, de John Phelan, El pueblo y el rey. La Revolución Comunera
en Colombia, 1781, original en inglés, The People and the King,
traducido por Hernando Valencia Goelkel en fina edición de Carlos
Valencia Editores (Bogotá, 1980). Este libro aparece citado en un
capítulo, o ponencia, del texto que reseño, presentada al Seminario
de historia política (mayo de 2002) en la Universidad Nacional sede
Bogotá, por Ingrid Johanna Bolívar (CINEP / UNIANDES), acerca de la
"interacción histórica entre política y cultura" (pág.
361). En la mayoría de las catorce ponencias sobre este tema que
aparecen en el libro, y en el mismo libro de Phelan, nos parece que
el rey encabeza la procesión, un rey desnudo (Hans Christian
Andersen: los sastres del rey le han hecho un intrincado y
laborioso vestido tejiendo hilos invisibles, y así desnudo lo porta
ostentoso a los ojos del niño asombrado que exclama), un rey
desnudo va, pues, delante del pueblo y le da sombra, al pueblo
sujeto, no en el sentido de constituido, o por constituirse, sino
en el sentido de anudado, investido, sojuzgado y borrado,
desplazado, empero latente, virtual, en el sentido de no-actual. La
primera parte, de tres, en este interesante libro de Phelan (con
prefacio del propio autor escrito en Madison, Universidad de
Wisconsin en 1975, habiendo muerto de repente poco antes de ver
editada su obra en 1978 por la misma universidad), está dedicada a
Carlos III, la intermedia al criollo del Socorro Juan Francisco
Berbeo, jefe de la expedición comunera, y la última a Antonio
Caballero y Góngora, arzobispo virrey de Nueva Granada, firmante,
con los comuneros, y abjurante, de las capitulaciones de Zipaquirá.
Son los protagonistas del relato. Sin embargo, hay un claro
contraste entre estos dos libros: el de Phelan se puede leer en un
solo y largo aliento, mientras que el otro, el fárrago, la
hojarasca de las ponencias (profesores de la Universidad Nacional
[Bogotá], Industrial de Santander, Univalle, CINEP / UNIANDES) hace
penosa la lectura y mínimo el provecho. Se trata de una diferencia
de estilo y de objetos de elección, diferencia de pasiones, aunque
comparten importantes puntos de vista. Encontramos, por otra parte,
importante la ponencia de Diana Marcela Rojas (lepri, Universidad
Nacional) sobre la necesidad de releer la historia política
nacional desde la perspectiva de las relaciones internacionales, y
la de Óscar Almario, de la Universidad Nacional (sede Medellín),
que recrea las preguntas de Germán Colmenares, sobre el valor
imprescindible de los estudios regionales y la historia de la
constitución, frágil, de las etnias, los negros en particular, en
Puerto Tejada, en Cauca, en el Valle. Apreciamos también la
ponencia breve de Alberto Bejarano, de la Universidad Nacional,
sobre un caso de prensa de oposición en la pluma de Pedro
Escudriñez, seudónimo de columnista del periódico El Autonomista, y
de El Debate, hacia 1896 y 1898, crítico feroz del régimen impuesto
por la Regeneración de Núñez y Caro, ¡Oh gloria inmarcesible!
Si no fuera por estas ponencias, a propósito del libro que reseño,
vuelve por fuerza la cuestión de Nietzsche-Goethe en la Segunda
consideración intempestiva (1874), la cual arranca el filósofo con
la cita del poeta, y que se aplica casi enteramente a este libro
editado por la Universidad Nacional, con mínima instrucción y mucha
erudición, cuántas citas, y en cambio, estas mismas palabras no le
cuadran al de Phelan. Dice Goethe: "Por lo demás, yo detesto
todo lo que no hace más que instruirme, sin aumentar mi actividad o
vivificarla inmediatamente". Si tales estudios no producen de
veras un movimiento, y se limitan a una reflexión, o a una
comunicación, a una repetición o a un mero trabajo de archivero,
¿de qué nos sirven? El título del texto que reseño evoca el
del libro editado originalmente en 1978 por Mario Arrubla, quien
también lo introduce: Colombia hoy, perspectivas hacia el siglo
XXI, reeditado con prólogo de Jorge Orlando Meló y con adiciones en
1991, escrito a varias manos. Y es preciso volver hoy a las
palabras del mismo Arrubla en su ensayo en este libro: Síntesis de
historia política contemporánea (1978): "El libre juego de las
ideas políticas tiene que presentar gravísimos interrogantes cuando
se revele en gran medida inocuo frente a los males de la existencia
social". Insiste al final en que las ideas "incapaces de
articularse con la realidad social tienen bloqueado el acceso a la
seriedad". No se trata para nada del pesimismo del para qué la
poesía en tiempos de vacas flacas, del nihilismo del para qué la
historia política, o de si está muerta; no se trata de idealismo
tampoco, se trata de otra cosa. Sin duda, de resistir. Los ojos del
espíritu son un animal que salta, y el duende trasiega los bordes
del pozo donde mana la herida. Es superflua, y es vana, la pregunta
que se hace Óscar Almario encabezando su documentada y bien escrita
ponencia, sobre el suroccidente de Colombia: "Si la Historia
Política ha muerto o está de vuelta es algo que debemos discutir
ampliamente [...]" (pág. 117). Teófilo Medina, en la primera
ponencia del libro acerca de la historia comparada, cita a
Colmenares cuando se refiere al ensimismamiento de casi todos los
historiadores (pág. 17). Sin duda, en el sentido de que hace falta
la "historia comparada", como relieva el profesor Medina;
sin embargo, nos parece que Colmenares apunta sobre todo a la idea,
que vuelve a traer Diana Marcela Rojas en su ponencia citada,
acerca de "la necesidad y la importancia de una relectura de
la historia política del país desde una perspectiva
internacional" (págs. 328-329), por cierto en mora. Nos parece
valioso el objeto del ensayo de Almario sobre los estudios
históricos de Cauca, Nariño, Valle, su pretensión de avalar los
estudios regionales —dentro de una historiografía
generalmente centrada en una especie de antigua parroquia alrededor
del Estado donde la lengua se estanca—, el estudio de la
configuración de los conflictos y las economías de los medios, de
las regiones con sus etnias, haciendo así bascular el centro
grávido de la mayoría de los estudios de este talante, condenados a
repetir la historia de la Construcción de la Muralla China (véase
el cuento de Kafka); es decir, de la soberanía, o del Estadonación,
objeto de muchas ponencias en este libro: la de Armando Martínez
Garnica, de la Universidad Industrial de Santander (UIS), la de
Fernán González del CINEP, la de Ingrid Johanna Bolívar, del CINEP
/ UNIANDES, la de Fernando Estrada de la Uis, la de José David
Cortés, de la Nacional (sede Bogotá). Aun si cada una de éstas
tiene su objeto específico, la última, por ejemplo, "Lecturas
sobre la Iglesia católica como actor en la historia política
colombiana", el real tema de estos ensayos es la cuestión de
la construcción del Estado-nación, condensado en los procesos que
han tenido lugar, por ejemplo, entre la Iglesia y el Estado, en el
caso de esta última ponencia del profesor Cortés, en la llamada
Regeneración. Son ensayos que recaen en un ensimismamiento, lo cual
nos hace pensar en la antigua prohibición colonial de impedir el
acceso a estas colonias ensimismadas de cualquier extranjero, menos
con la pretensión de trazar mapas. Con todas las citas de textos
escritos por autores extranjeros, las ideas que a través de casi
todos ellos traen el grueso de estas ponencias, en rigor, no vienen
de afuera, no traen aire que respirar, no son novedosas y no son
pertinentes a la hora de hacer un diagnóstico de la problemática
colombiana; ventilan el mismo reducto en torno a las
"debilidades de Estado", salvo ciertas luces ocasionales,
los autores norteamericanos, por ejemplo, sobre la delincuencia
urbana (1930-50) que cita Adolfo León Atehortúa (Univalle), en su
ponencia "La historia política a través de sus actores",
salvo ciertas apreciaciones de Daniel Pécaut. Todavía seguimos
siendo xenófobos, en cuanto está prohibido a los extranjeros trazar
mapas de la nación —fue el caso de Bolívar y de Sucre,
venezolanos—, prohibido incluso a un nativo extranjero en su
propiatierra, como, de cierta forma, fue el caso de J. E. Rivera,
de Neiva (Huila), quien logró, pese a la prohibición imperante
hasta el sol de hoy, y a costa de sí mismo (muere de cuarenta años
en Nueva York), pintar, hacia 1924, en una obra intempestiva, un
mapa vivo y genuino del país.