Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.


Reseña. God shave the King

God shave the King

La historia política hoy. Sus métodos y las ciencias sociales

César Augusto Ayala Diago (compilador)
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2004, 421 págs.

Nombro esta reseña compartiendo el humor del novelista Ramón J. Sender (La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Billy the Kid) y aludiendo al título del bien escrito y documentado libro magistral, en el sentido de que enseña incluso una tesis distinta, divergente a la sostenida de manera explícita por el autor en el texto, de John Phelan, El pueblo y el rey. La Revolución Comunera en Colombia, 1781, original en inglés, The People and the King, traducido por Hernando Valencia Goelkel en fina edición de Carlos Valencia Editores (Bogotá, 1980). Este libro aparece citado en un capítulo, o ponencia, del texto que reseño, presentada al Seminario de historia política (mayo de 2002) en la Universidad Nacional sede Bogotá, por Ingrid Johanna Bolívar (CINEP / UNIANDES), acerca de la "interacción histórica entre política y cultura" (pág. 361). En la mayoría de las catorce ponencias sobre este tema que aparecen en el libro, y en el mismo libro de Phelan, nos parece que el rey encabeza la procesión, un rey desnudo (Hans Christian Andersen: los sastres del rey le han hecho un intrincado y laborioso vestido tejiendo hilos invisibles, y así desnudo lo porta ostentoso a los ojos del niño asombrado que exclama), un rey desnudo va, pues, delante del pueblo y le da sombra, al pueblo sujeto, no en el sentido de constituido, o por constituirse, sino en el sentido de anudado, investido, sojuzgado y borrado, desplazado, empero latente, virtual, en el sentido de no-actual. La primera parte, de tres, en este interesante libro de Phelan (con prefacio del propio autor escrito en Madison, Universidad de Wisconsin en 1975, habiendo muerto de repente poco antes de ver editada su obra en 1978 por la misma universidad), está dedicada a Carlos III, la intermedia al criollo del Socorro Juan Francisco Berbeo, jefe de la expedición comunera, y la última a Antonio Caballero y Góngora, arzobispo virrey de Nueva Granada, firmante, con los comuneros, y abjurante, de las capitulaciones de Zipaquirá. Son los protagonistas del relato. Sin embargo, hay un claro contraste entre estos dos libros: el de Phelan se puede leer en un solo y largo aliento, mientras que el otro, el fárrago, la hojarasca de las ponencias (profesores de la Universidad Nacional [Bogotá], Industrial de Santander, Univalle, CINEP / UNIANDES) hace penosa la lectura y mínimo el provecho. Se trata de una diferencia de estilo y de objetos de elección, diferencia de pasiones, aunque comparten importantes puntos de vista. Encontramos, por otra parte, importante la ponencia de Diana Marcela Rojas (lepri, Universidad Nacional) sobre la necesidad de releer la historia política nacional desde la perspectiva de las relaciones internacionales, y la de Óscar Almario, de la Universidad Nacional (sede Medellín), que recrea las preguntas de Germán Colmenares, sobre el valor imprescindible de los estudios regionales y la historia de la constitución, frágil, de las etnias, los negros en particular, en Puerto Tejada, en Cauca, en el Valle. Apreciamos también la ponencia breve de Alberto Bejarano, de la Universidad Nacional, sobre un caso de prensa de oposición en la pluma de Pedro Escudriñez, seudónimo de columnista del periódico El Autonomista, y de El Debate, hacia 1896 y 1898, crítico feroz del régimen impuesto por la Regeneración de Núñez y Caro, ¡Oh gloria inmarcesible! Si no fuera por estas ponencias, a propósito del libro que reseño, vuelve por fuerza la cuestión de Nietzsche-Goethe en la Segunda consideración intempestiva (1874), la cual arranca el filósofo con la cita del poeta, y que se aplica casi enteramente a este libro editado por la Universidad Nacional, con mínima instrucción y mucha erudición, cuántas citas, y en cambio, estas mismas palabras no le cuadran al de Phelan. Dice Goethe: "Por lo demás, yo detesto todo lo que no hace más que instruirme, sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente". Si tales estudios no producen de veras un movimiento, y se limitan a una reflexión, o a una comunicación, a una repetición o a un mero trabajo de archivero, ¿de qué nos sirven? El título del texto que reseño evoca el del libro editado originalmente en 1978 por Mario Arrubla, quien también lo introduce: Colombia hoy, perspectivas hacia el siglo XXI, reeditado con prólogo de Jorge Orlando Meló y con adiciones en 1991, escrito a varias manos. Y es preciso volver hoy a las palabras del mismo Arrubla en su ensayo en este libro: Síntesis de historia política contemporánea (1978): "El libre juego de las ideas políticas tiene que presentar gravísimos interrogantes cuando se revele en gran medida inocuo frente a los males de la existencia social". Insiste al final en que las ideas "incapaces de articularse con la realidad social tienen bloqueado el acceso a la seriedad". No se trata para nada del pesimismo del para qué la poesía en tiempos de vacas flacas, del nihilismo del para qué la historia política, o de si está muerta; no se trata de idealismo tampoco, se trata de otra cosa. Sin duda, de resistir. Los ojos del espíritu son un animal que salta, y el duende trasiega los bordes del pozo donde mana la herida. Es superflua, y es vana, la pregunta que se hace Óscar Almario encabezando su documentada y bien escrita ponencia, sobre el suroccidente de Colombia: "Si la Historia Política ha muerto o está de vuelta es algo que debemos discutir ampliamente [...]" (pág. 117). Teófilo Medina, en la primera ponencia del libro acerca de la historia comparada, cita a Colmenares cuando se refiere al ensimismamiento de casi todos los historiadores (pág. 17). Sin duda, en el sentido de que hace falta la "historia comparada", como relieva el profesor Medina; sin embargo, nos parece que Colmenares apunta sobre todo a la idea, que vuelve a traer Diana Marcela Rojas en su ponencia citada, acerca de "la necesidad y la importancia de una relectura de la historia política del país desde una perspectiva internacional" (págs. 328-329), por cierto en mora. Nos parece valioso el objeto del ensayo de Almario sobre los estudios históricos de Cauca, Nariño, Valle, su pretensión de avalar los estudios regionales —dentro de una historiografía generalmente centrada en una especie de antigua parroquia alrededor del Estado donde la lengua se estanca—, el estudio de la configuración de los conflictos y las economías de los medios, de las regiones con sus etnias, haciendo así bascular el centro grávido de la mayoría de los estudios de este talante, condenados a repetir la historia de la Construcción de la Muralla China (véase el cuento de Kafka); es decir, de la soberanía, o del Estadonación, objeto de muchas ponencias en este libro: la de Armando Martínez Garnica, de la Universidad Industrial de Santander (UIS), la de Fernán González del CINEP, la de Ingrid Johanna Bolívar, del CINEP / UNIANDES, la de Fernando Estrada de la Uis, la de José David Cortés, de la Nacional (sede Bogotá). Aun si cada una de éstas tiene su objeto específico, la última, por ejemplo, "Lecturas sobre la Iglesia católica como actor en la historia política colombiana", el real tema de estos ensayos es la cuestión de la construcción del Estado-nación, condensado en los procesos que han tenido lugar, por ejemplo, entre la Iglesia y el Estado, en el caso de esta última ponencia del profesor Cortés, en la llamada Regeneración. Son ensayos que recaen en un ensimismamiento, lo cual nos hace pensar en la antigua prohibición colonial de impedir el acceso a estas colonias ensimismadas de cualquier extranjero, menos con la pretensión de trazar mapas. Con todas las citas de textos escritos por autores extranjeros, las ideas que a través de casi todos ellos traen el grueso de estas ponencias, en rigor, no vienen de afuera, no traen aire que respirar, no son novedosas y no son pertinentes a la hora de hacer un diagnóstico de la problemática colombiana; ventilan el mismo reducto en torno a las "debilidades de Estado", salvo ciertas luces ocasionales, los autores norteamericanos, por ejemplo, sobre la delincuencia urbana (1930-50) que cita Adolfo León Atehortúa (Univalle), en su ponencia "La historia política a través de sus actores", salvo ciertas apreciaciones de Daniel Pécaut. Todavía seguimos siendo xenófobos, en cuanto está prohibido a los extranjeros trazar mapas de la nación —fue el caso de Bolívar y de Sucre, venezolanos—, prohibido incluso a un nativo extranjero en su propiatierra, como, de cierta forma, fue el caso de J. E. Rivera, de Neiva (Huila), quien logró, pese a la prohibición imperante hasta el sol de hoy, y a costa de sí mismo (muere de cuarenta años en Nueva York), pintar, hacia 1924, en una obra intempestiva, un mapa vivo y genuino del país.