Reseñas. Releer a los cronistas
La conclusión aportada por Borja está condensada en el siguiente
epígrafe, extractado del confesor del emperador y presidente del
Consejo de Indias fray García de Loaisa:
Los hombres de tierra firme de Indias comen carne humana, y
son sodomíticos más que generación alguna. Ninguna justicia hay
entre ellos; andan desnudos; no tienen amor ni vergüenza; son
como asnos, abobados, alocados, insensatos; no tienen en nada
matarse y matar; no guardan verdad si no es en su provecho; son
inconstantes; no saben qué cosa sea consejo, son ingratísimos y
amigos de novedades; préciense de borrachos [...] son bestiales en
vicios; [...] son traidores, crueles y vengativos, que nunca
perdonan; inimicísimos de religión, haraganes, ladrones,
mentirosos, y de juicios bajos y apocados.

Es decir, las crónicas, relaciones, etc., de los siglos XVI y
XVII generaron lugares comunes en torno a la narración del indio;
se inventó una imagen del indígena como también del conquistador
español y del sacerdote misionero.
Como se dijo al comienzo, el libro Los indios medievales de fray
Pedro de Aguado es el resultado de una tesis doctoral, y como tal
tiene un notorio y amplio trabajo de investigación, reflexión,
análisis... Sin embargo, hay algunos aspectos que nos parece fueron
tangencialmente tratados pero que quizá hubieran completado el
universo presentado por Borja Gómez. En primer lugar, podía haberse
extendido en la biografía de Aguado, pues el franciscano fue un
eficiente cura doctrinero en algunos de los pueblos de la sabana de
Bogotá y sus alrededores, especialmente en Cogua, cuyos indígenas
se convirtieron rápidamente a la fe cristiana y a las costumbres de
la "pulicía". Aunque el objetivo esencial de Borja es la
construcción del idólatra y la escritura de la historia en una
crónica del siglo XVI, también es cierto que en la obra de Aguado
se hacen evidentes otros aspectos, como el marcado antagonismo que
existía entre los encomenderos y los doctrineros del Nuevo Reino,
la penuria de los conventos, la época en que fue escrita la
Recopilación (que cuadra muy bien con la de las tesis del padre Las
Casas), etc.
En segundo lugar, muy ligeramente el autor trata de los rigores
de la censura oficial a la que fue sometida la Relación
historial, hasta el punto de que sólo en el siglo XX, en
1906, se la publicó parcialmente, y sólo en 1956 y 1957 de manera
completa, lo que nos permite pensar: ¿hasta qué punto la
construcción del indígena hecha por Aguado tuvo una publicidad, se
la conoció, tuvo una difusión en su época? Es evidente que la obra
de Aguado comparte elementos en común con las crónicas y los
cronistas de la primera mitad del siglo XVI, toda vez que el fraile
franciscano participó en los hechos de conquista y la obra fue
escrita en 1568, pero el manuscrito sólo fue leído por los
cosmógrafos Juan López de Velasco, en 1579, y por Juan Bautista
Gesio, en 1581, para que emitieran su parecer, el cual fue positivo
pero, debido a distintos problemas de orden administrativo y de
censura, el manuscrito nunca fue publicado. Si se lo conoció, fue
por algún inquieto lector que lo pudo consultar o por los
misioneros y doctrineros de la misma orden franciscana que lo
debieron tener como fuente de consulta.
En tercer lugar, Borja critica a ciertos historiadores que han
trabajado sobre las crónicas de Indias. No obstante, su crítica no
la hace extensiva a los trabajos interpretativos que han escrito
los literatos, sociólogos, antropólogos, lo que de alguna manera
hace un tanto sesgado el análisis. Sin embargo, estos aspectos
pueden resultar menores ante el juicioso y sesudo análisis
adelantado por Jaime Humberto Borja Gómez.

JOSÉ EDUARDO RUEDA ENCISO
Profesor asistente, Escuela Superior de Administración Pública
(ESAP)