Reseñas. De la soledad a costa de Samper a Soledad Acosta de
Samper
De la soledad a costa de Samper a Soledad Acosta de
Samper
Diario íntimo y otros escritos
Soledad Acosta de Samper
(edición y notas de Carolina Álzate)
Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo,
Bogotá, 2004, 651 págs., il.
Soledad Acosta de Samper, que por entonces se llamaba
simplemente Soledad Acosta o Sólita Acosta, es, de lejos, la mujer
más importante en la historia de la literatura colombiana del siglo
XIX, si es que no de todos los tiempos. Nacida en 1833 y muerta, ya
octogenaria, en 1913, esta mujer fue extraordinaria en todos los
aspectos, y además supo expresarlo. Hija del general Joaquín
Acosta, su madre era una canadiense de Halifax (Nueva Escocia),
donde Soledad vivió un año antes de vivir cuatro en París, de donde
la familia entera regresó al país en 1849, trayendo con ellos en el
barco, y sin contraerlo, el tan temido cólera morbo que pasó de
asolar las calles de París a las de Cartagena, en cosa de tres
meses. Después de su matrimonio fue corresponsal en París y en Lima
de las dos revistas más importantes de la época. El Mosaico y
Biblioteca de Señoritas.

Casada con el político y escritor José María Samper, fueron
escritores prolíficos ambos, y aunque un tanto mediocres si los
juzgamos de acuerdo con los parámetros de hoy (los versos de ambos
son ripiosos y pueden ser piadosamente olvidados), no obstante hay
en sus escritos una inmensa riqueza cultural de todo tipo:
literaria, histórica, política, costumbrista...
Tuvieron cuatro hijas, una de las cuales, nos ha contado Daniel
Samper, descendiente de un hermano de don José María, fue la autora
de nuestra célebre novena de aguinaldos. A partir de 1869, con sus
Novelas y cuadros de la vida suramericana, Soledad comenzó una
prolífica carrera de novelista histórica, que no tiene paralelo en
ningún lugar en América. En 1878 comenzó a publicar el primer
periódico latinoamericano redactado exclusivamente por mujeres, La
Mujer.
Este libro registra la sorpresa de un hallazgo que no es tan
sorpresivo: el diario manuscrito que escribiera Soledad durante los
dos años exactamente anteriores a su matrimonio, ya mencionado en
algún discurso en los años cincuenta por Bernardo Caycedo, miembro
del Instituto Caro y Cuervo. No es de extrañar, entonces, que haya
sido encontrado en la colección Rivas Sacconi que está en la casa
del Caro y Cuervo en Yerbabuena, en las afueras de Bogotá. Esta
edición, de Carolina Álzate, está dedicada a Montserrat Ordóñez
(1941-2001), "quien murió sin haber visto este Diario pero nos
puso en su camino".

Antes de considerar cualquier valor literario que pueda tener,
hay que advertir que se trata del diario íntimo de una niña de
veinte años y que, contrariamente al uso extendido por entonces,
nunca quiso verse destinado a la publicación. Luego cualquier
defecto que tenga debe ser perdonado. Por el contrario, podemos
alabar sus hallazgos y aciertos, porque los hay, y en abundancia, a
lo largo de estas setecientas apretadas páginas. Tener presente
esto ayuda incluso a interpretar algún pasaje confuso. La verdad es
que si a veces la lectura resulta desesperante, consigue en
ocasiones hacer cómplice al lector de sus aventuras de alma; tanto
es así que por momentos me digo que la suerte de la única persona
que me interesa, en 1854, es la de Soledad Acosta.
Diario íntimo, sí, pero también relato histórico... Diario de
amor, sí, pero al mismo tiempo un testimonio invaluable de lo que
era Bogotá hacia 1854 y, por encima de todo, de la condición que
gozaba, o mejor, sufría, la mujer de entonces. ¡Qué buen
retrato de la condición de la mujer bogotana de mediados del siglo
XIX!
El Diario abarca menos de dos años, entre septiembre de 1853,
cuando la escritora acaba de conocer a quien será su esposo, hasta
mayo de 1855, cuando va a contraer matrimonio. En adelante,
confiará sus impresiones solamente a su marido, o eso es lo que
piensa hacer, porque en la realidad siguió escribiendo y
escribiendo sin descanso hasta su muerte. Los años anteriores a
1853, por ejemplo, están profusamente ilustrados en la Biografía
del general Joaquín Acosta, su padre.
Particularmente me ha impresionado la importancia histórica de
estas desconocidas páginas. Durante ocho meses de esos dos años,
Colombia vive una de las guerras civiles más angustiosas de su
historia, y esto le permite a la autora contarnos día a día los
avalares de esa aventura que se inicia con el golpe de Estado del
general José María Meló... Nos cuenta, además, acerca de quienes
formaban la clase social más alta en Bogotá, aunque se plantean
interesantes diferencias que ignorábamos: la clase de los
"cachachos" y la clase de los "ricos" no son en
ningún caso la clase que podríamos llamar "alta
burguesía", a la que pertenecen Soledad y las "gentes de
bien". Y está muy documentado todo el episodio que ella llama
"la infamia de Meló", a quien no rebaja de
"hiena": "Quién sabe lo que será capaz Meló de hacer
cuando se vea perdido. Yo temo mucho un saqueo o quién sabe qué
diabluras". Ella misma organiza a las mujeres para la
resistencia, porque "las mujeres son los enemigos más
implacables que tienen los bandidos", aportándonos además un
dato nuevo y mucho más esclarecedor que otros testimonios mucho más
famosos, acerca de las causas del asesinato de Obando.
El amado Samper huye de Bogotá hacia Ibagué, donde se encuentra
el gobierno constitucionalista provisional. Nunca se sabe dónde
está Samper: si en Guaduas, en Honda, en Mariquita o en La Mesa. En
cualquier caso, luchando contra un gobierno considerado por la
sociedad bogotana como espurio y malvado. La ausencia de cartas de
Samper es a menudo un motivo para que ella piense que él la ha
olvidado. De ahí la profusión de femeninas quejas y reproches y lo
apropiado de hablar de una soledad a costa de Samper. Y como el
Diario termina con el matrimonio y ella pasa a ser Soledad Acosta
de Samper, Carolina Álzate se me adelanta y cita una frase de
Cortázar que me estaba rondando y no recordaba dónde la había
leído: que una mujer o se casa o escribe un diario.
Como va a casarse, ella se despide del voluminoso manuscrito:
"Yo no tendré nada que contarte entonces a ti, fiel compañero
de mi amor, depositario de mis secretas penas y alegrías, pues todo
lo que te digo a ti se lo diré a mi Trovador". Por fortuna no
se lo dijo solamente a su Trovador sino al público en general, pues
no dejó de escribir nunca en el resto de su vida y, de alguna
manera, continuó, a través de sus libros, este Diario. Esta edición
trae algunos: unas "Reflexiones" escritas en Guaduas en
agosto de 1853 y unas "Memorias íntimas" muy posteriores,
de 1875. Carolina Álzate, con gran intuición femenina, descubre que
estos textos responden a nuevos periodos de ausencia del amado.

Desde la primera frase de las reflexiones se aprecia el tono
predominante en el Diario entero: la melancolía, el grito
desesperado: "¿Qué cosa es la vida? Toda se compone de
quimeras, de esperanzas burladas, y de sueños bellos como el primer
soplo del céfiro entre las flores de un jardín".
Es una mezcla de ingenuidad y método: "Me he decidido a
escribir todos los días alguna cosa en mi diario, así se aprende a
clasificar los pensamientos y a recoger las ideas que una puede
haber tenido en el día". O bien: "Qué agradable sería
tener el espíritu con orden: mejor es tener poca imaginación pero
las ideas bien arregladas en su lugar, que una multitud de ideas
que nunca vienen cuando se necesitan y están allí cuando no se
quieren". No obstante, las ideas se atropellan, la imaginación
de la joven hace estragos, quiere expresarse. Pero observa que
cuanto más escribe, más ideas surgen... Sus reflexiones son
inteligentes y válidas: "No son los accidentes exteriores los
que miden y dividen la vida. Son los accidentes de nuestro
espíritu, los acontecimientos del pensamiento".
Hay un lado muy interesante en la introspección psicológica.
Soledad Acosta se coloca a sí misma como objeto de contemplación y
de estudio de una personalidad difusa y diversa, a menudo
contradictoria, que ella misma no alcanza a comprender. Sabe
perfectamente que es una mujer intensa. Demasiado
"intensa" y obsesionada. Ignoro cómo sería la vida
interior de las mujeres de su tiempo, porque Soledad es casi la
única que ha dejado testimonio de la vida en la Bogotá de aquellos
años, una vida dedicada a sentarse en el balcón a ver pasar a los
pisaverdes bogotanos...
Soledad se observa y se analiza a sí misma. Freud habría
paladeado estas páginas sin duda, dictadas más por la enorme
soledad de un mundo en el cual no hay una sola persona que posea su
misma cultura... En su calidad de hija única de un hombre
ilustrado, Soledad posee para ella sola, lujo inaudito para una
mujer de su tiempo, una gran biblioteca que acaba de heredar de su
padre prematuramente desaparecido en febrero de 1852. En ella se
encuentra lo más importante que hasta la fecha se ha publicado en
tres lenguas. ¡Y Soledad no sólo lee y habla las tres sino
que balbucea otras tres más! Sale a relucir entonces el amplio
abanico de sus lecturas: Madame de Stael, Byron, Moore, Goethe,
Schiller, Heine, Lamartine, Chateaubriand, así como dos
colombianas: Josefa Acevedo, hija y biógrafa del Tribuno del
Pueblo, Acevedo y Gómez, y Agripina Samper, su cuñada.
Pero piensa sobre todo en su condición de mujer y lo que ella
apareja... Entonces se deprime. Cuando nace una niña primogénita en
Bogotá, los padres sufren como si alguien hubiera muerto. Ella sólo
puede anotar: "Así sucede: siempre nos reciben a las pobres
mujeres en el mundo malísimamente. Y tienen razón, que es la suerte
de las esclavas". ¿Qué hace una jovencita de veinte
años en la Bogotá de 1850? Literalmente, nada. Observar, desde el
balcón, a los viandantes, si el día está bueno, o ir de visita.
Visitas desabridas, más tediosas para ella que quedarse en casa
rumiando su ennui. En la Bogotá de entonces pareciera que llovía
todos los días. Si el día estaba "feo", no quedaba otro
remedio que hacer calceta. Y eso es todo.
"Domingo por la mañana. Sigue el ennui de ayer".
Expresiones como ésta se repiten a todo lo largo y ancho del
Diario. Quejosa en demasía, incluso un poco morbosa, quizá
trasladaba al papel todo lo que las otras muchachas de su tiempo
hacían soportar a sus pacientes esposos, padres o hermanos. En
cualquier caso, Soledad Acosta parece haber sido la primera mujer
en Colombia que se atrevió a expresar libremente su pensamiento, no
como la Pola Salavarrieta, rasgando papel, sino escribiendo encima
de él.
A la hora de señalar alguna falta al libro, creo que se extraña
un útil índice onomástico.
LUIS H. ARISTIZÁBAL