Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. De la soledad a costa de Samper a Soledad Acosta de Samper

De la soledad a costa de Samper a Soledad Acosta de Samper

Diario íntimo y otros escritos

Soledad Acosta de Samper
(edición y notas de Carolina Álzate)
Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Bogotá, 2004, 651 págs., il.

 

Soledad Acosta de Samper, que por entonces se llamaba simplemente Soledad Acosta o Sólita Acosta, es, de lejos, la mujer más importante en la historia de la literatura colombiana del siglo XIX, si es que no de todos los tiempos. Nacida en 1833 y muerta, ya octogenaria, en 1913, esta mujer fue extraordinaria en todos los aspectos, y además supo expresarlo. Hija del general Joaquín Acosta, su madre era una canadiense de Halifax (Nueva Escocia), donde Soledad vivió un año antes de vivir cuatro en París, de donde la familia entera regresó al país en 1849, trayendo con ellos en el barco, y sin contraerlo, el tan temido cólera morbo que pasó de asolar las calles de París a las de Cartagena, en cosa de tres meses. Después de su matrimonio fue corresponsal en París y en Lima de las dos revistas más importantes de la época. El Mosaico y Biblioteca de Señoritas.

Casada con el político y escritor José María Samper, fueron escritores prolíficos ambos, y aunque un tanto mediocres si los juzgamos de acuerdo con los parámetros de hoy (los versos de ambos son ripiosos y pueden ser piadosamente olvidados), no obstante hay en sus escritos una inmensa riqueza cultural de todo tipo: literaria, histórica, política, costumbrista...

Tuvieron cuatro hijas, una de las cuales, nos ha contado Daniel Samper, descendiente de un hermano de don José María, fue la autora de nuestra célebre novena de aguinaldos. A partir de 1869, con sus Novelas y cuadros de la vida suramericana, Soledad comenzó una prolífica carrera de novelista histórica, que no tiene paralelo en ningún lugar en América. En 1878 comenzó a publicar el primer periódico latinoamericano redactado exclusivamente por mujeres, La Mujer.

Este libro registra la sorpresa de un hallazgo que no es tan sorpresivo: el diario manuscrito que escribiera Soledad durante los dos años exactamente anteriores a su matrimonio, ya mencionado en algún discurso en los años cincuenta por Bernardo Caycedo, miembro del Instituto Caro y Cuervo. No es de extrañar, entonces, que haya sido encontrado en la colección Rivas Sacconi que está en la casa del Caro y Cuervo en Yerbabuena, en las afueras de Bogotá. Esta edición, de Carolina Álzate, está dedicada a Montserrat Ordóñez (1941-2001), "quien murió sin haber visto este Diario pero nos puso en su camino".

Antes de considerar cualquier valor literario que pueda tener, hay que advertir que se trata del diario íntimo de una niña de veinte años y que, contrariamente al uso extendido por entonces, nunca quiso verse destinado a la publicación. Luego cualquier defecto que tenga debe ser perdonado. Por el contrario, podemos alabar sus hallazgos y aciertos, porque los hay, y en abundancia, a lo largo de estas setecientas apretadas páginas. Tener presente esto ayuda incluso a interpretar algún pasaje confuso. La verdad es que si a veces la lectura resulta desesperante, consigue en ocasiones hacer cómplice al lector de sus aventuras de alma; tanto es así que por momentos me digo que la suerte de la única persona que me interesa, en 1854, es la de Soledad Acosta.

Diario íntimo, sí, pero también relato histórico... Diario de amor, sí, pero al mismo tiempo un testimonio invaluable de lo que era Bogotá hacia 1854 y, por encima de todo, de la condición que gozaba, o mejor, sufría, la mujer de entonces. ¡Qué buen retrato de la condición de la mujer bogotana de mediados del siglo XIX!

El Diario abarca menos de dos años, entre septiembre de 1853, cuando la escritora acaba de conocer a quien será su esposo, hasta mayo de 1855, cuando va a contraer matrimonio. En adelante, confiará sus impresiones solamente a su marido, o eso es lo que piensa hacer, porque en la realidad siguió escribiendo y escribiendo sin descanso hasta su muerte. Los años anteriores a 1853, por ejemplo, están profusamente ilustrados en la Biografía del general Joaquín Acosta, su padre.

Particularmente me ha impresionado la importancia histórica de estas desconocidas páginas. Durante ocho meses de esos dos años, Colombia vive una de las guerras civiles más angustiosas de su historia, y esto le permite a la autora contarnos día a día los avalares de esa aventura que se inicia con el golpe de Estado del general José María Meló... Nos cuenta, además, acerca de quienes formaban la clase social más alta en Bogotá, aunque se plantean interesantes diferencias que ignorábamos: la clase de los "cachachos" y la clase de los "ricos" no son en ningún caso la clase que podríamos llamar "alta burguesía", a la que pertenecen Soledad y las "gentes de bien". Y está muy documentado todo el episodio que ella llama "la infamia de Meló", a quien no rebaja de "hiena": "Quién sabe lo que será capaz Meló de hacer cuando se vea perdido. Yo temo mucho un saqueo o quién sabe qué diabluras". Ella misma organiza a las mujeres para la resistencia, porque "las mujeres son los enemigos más implacables que tienen los bandidos", aportándonos además un dato nuevo y mucho más esclarecedor que otros testimonios mucho más famosos, acerca de las causas del asesinato de Obando.

El amado Samper huye de Bogotá hacia Ibagué, donde se encuentra el gobierno constitucionalista provisional. Nunca se sabe dónde está Samper: si en Guaduas, en Honda, en Mariquita o en La Mesa. En cualquier caso, luchando contra un gobierno considerado por la sociedad bogotana como espurio y malvado. La ausencia de cartas de Samper es a menudo un motivo para que ella piense que él la ha olvidado. De ahí la profusión de femeninas quejas y reproches y lo apropiado de hablar de una soledad a costa de Samper. Y como el Diario termina con el matrimonio y ella pasa a ser Soledad Acosta de Samper, Carolina Álzate se me adelanta y cita una frase de Cortázar que me estaba rondando y no recordaba dónde la había leído: que una mujer o se casa o escribe un diario.

Como va a casarse, ella se despide del voluminoso manuscrito: "Yo no tendré nada que contarte entonces a ti, fiel compañero de mi amor, depositario de mis secretas penas y alegrías, pues todo lo que te digo a ti se lo diré a mi Trovador". Por fortuna no se lo dijo solamente a su Trovador sino al público en general, pues no dejó de escribir nunca en el resto de su vida y, de alguna manera, continuó, a través de sus libros, este Diario. Esta edición trae algunos: unas "Reflexiones" escritas en Guaduas en agosto de 1853 y unas "Memorias íntimas" muy posteriores, de 1875. Carolina Álzate, con gran intuición femenina, descubre que estos textos responden a nuevos periodos de ausencia del amado.

Desde la primera frase de las reflexiones se aprecia el tono predominante en el Diario entero: la melancolía, el grito desesperado: "¿Qué cosa es la vida? Toda se compone de quimeras, de esperanzas burladas, y de sueños bellos como el primer soplo del céfiro entre las flores de un jardín".

Es una mezcla de ingenuidad y método: "Me he decidido a escribir todos los días alguna cosa en mi diario, así se aprende a clasificar los pensamientos y a recoger las ideas que una puede haber tenido en el día". O bien: "Qué agradable sería tener el espíritu con orden: mejor es tener poca imaginación pero las ideas bien arregladas en su lugar, que una multitud de ideas que nunca vienen cuando se necesitan y están allí cuando no se quieren". No obstante, las ideas se atropellan, la imaginación de la joven hace estragos, quiere expresarse. Pero observa que cuanto más escribe, más ideas surgen... Sus reflexiones son inteligentes y válidas: "No son los accidentes exteriores los que miden y dividen la vida. Son los accidentes de nuestro espíritu, los acontecimientos del pensamiento".

Hay un lado muy interesante en la introspección psicológica. Soledad Acosta se coloca a sí misma como objeto de contemplación y de estudio de una personalidad difusa y diversa, a menudo contradictoria, que ella misma no alcanza a comprender. Sabe perfectamente que es una mujer intensa. Demasiado "intensa" y obsesionada. Ignoro cómo sería la vida interior de las mujeres de su tiempo, porque Soledad es casi la única que ha dejado testimonio de la vida en la Bogotá de aquellos años, una vida dedicada a sentarse en el balcón a ver pasar a los pisaverdes bogotanos...

Soledad se observa y se analiza a sí misma. Freud habría paladeado estas páginas sin duda, dictadas más por la enorme soledad de un mundo en el cual no hay una sola persona que posea su misma cultura... En su calidad de hija única de un hombre ilustrado, Soledad posee para ella sola, lujo inaudito para una mujer de su tiempo, una gran biblioteca que acaba de heredar de su padre prematuramente desaparecido en febrero de 1852. En ella se encuentra lo más importante que hasta la fecha se ha publicado en tres lenguas. ¡Y Soledad no sólo lee y habla las tres sino que balbucea otras tres más! Sale a relucir entonces el amplio abanico de sus lecturas: Madame de Stael, Byron, Moore, Goethe, Schiller, Heine, Lamartine, Chateaubriand, así como dos colombianas: Josefa Acevedo, hija y biógrafa del Tribuno del Pueblo, Acevedo y Gómez, y Agripina Samper, su cuñada.

Pero piensa sobre todo en su condición de mujer y lo que ella apareja... Entonces se deprime. Cuando nace una niña primogénita en Bogotá, los padres sufren como si alguien hubiera muerto. Ella sólo puede anotar: "Así sucede: siempre nos reciben a las pobres mujeres en el mundo malísimamente. Y tienen razón, que es la suerte de las esclavas". ¿Qué hace una jovencita de veinte años en la Bogotá de 1850? Literalmente, nada. Observar, desde el balcón, a los viandantes, si el día está bueno, o ir de visita. Visitas desabridas, más tediosas para ella que quedarse en casa rumiando su ennui. En la Bogotá de entonces pareciera que llovía todos los días. Si el día estaba "feo", no quedaba otro remedio que hacer calceta. Y eso es todo.

"Domingo por la mañana. Sigue el ennui de ayer". Expresiones como ésta se repiten a todo lo largo y ancho del Diario. Quejosa en demasía, incluso un poco morbosa, quizá trasladaba al papel todo lo que las otras muchachas de su tiempo hacían soportar a sus pacientes esposos, padres o hermanos. En cualquier caso, Soledad Acosta parece haber sido la primera mujer en Colombia que se atrevió a expresar libremente su pensamiento, no como la Pola Salavarrieta, rasgando papel, sino escribiendo encima de él.

A la hora de señalar alguna falta al libro, creo que se extraña un útil índice onomástico.

LUIS H. ARISTIZÁBAL