Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Boris es la enciclopedia viviente del ajedrez colombiano

Debo decir que sí conozco, por relaciones familiares, y aquí, por única vez en este libro puedo corregir a De Greiff, a la joven colombiana que logró vencer a Alejin, doña Ana Caro Tanco (no "de" Tanco como se afirma en el libro), una encantadora dama bogotana hoy casi centenaria, nieta de don Miguel Antonio Caro, la misma que tuvo durante muchos años una columna en el diario El Tiempo, "Bridge avanzado", y sobre la que alguna vez escribió una simpática crónica Daniel Samper Pizano. Cuando le he preguntado sobre su partida con Alejin me ha dicho que la ganó gracias a "unos vulgares calzoncillos" (en el argot del ajedrez, el gráfico término "calzoncillos" significa que un peón consigue atacar a dos piezas al mismo tiempo, ganando por fuerza una de las dos). La anécdota es interesante por varios motivos. En su Crónica de mi propia vida, Carlos Lleras Restrepo, uno de los fanáticos asistentes al evento, nos cuenta que los chismes de la época intentaron minimizar el triunfo de doña Ana aduciendo que el galante campeón del mundo habría jugado con menos energía de la habitual, seducido por los encantos de la joven bogotana. Pero el lector podrá comprobar en el libro que a la partida no le faltan méritos propios para desestimar el chisme público. Una de las víctimas de Alejin en aquella memorable ocasión fue otro gran aficionado, el director de El Tiempo, don Alfonso Villegas Restrepo, quien ya en 1927 había contratado un servicio especial de cable y publicado día a día, y en primera página, todas las incidencias del primer "match del siglo", jugado en Buenos Aires entre Alejin y Capablanca.

"En aquellos tiempos era noticia la celebración de un torneo internacional en estas latitudes". El primer gran torneo en Medellín (19431944) acompañó a la primera Gran Exposición en la ciudad... que vio llegar a personajes del mundo musical tan célebres como Tatiana Goncharova y Nicanor Zabaleta. Ese torneo terminó con el primer gran escándalo por las "mangualas" entre los ganadores. Por lo demás, hasta el día de hoy no se conoce método alguno para evitarlas, y el autor de esta nota opina que mientras se juegue por premios en dinero se acepta tácitamente entrar en ellas y en los arreglos que indisimuladamente son ya parte integrante de las prácticas deportivas.

De Greiff trae datos maravillosos. En una época, y desde su "Danza de las horas", el periodista Calibán pedía puestos diplomáticos para los heroicos jugadores colombianos. Jósiv Stalin envió un telegrama de felicitaciones a Miguel Cuéllar, quien lo exhibió con orgullo hasta el 9 de abril de 1948, cuando lo escondió por "peligroso". Igualmente anota y agradece la presencia de mecenas, que al ajedrez nunca le han faltado, como don Luis Salomón, quien, para no asistir en solitario a un gran torneo en Nueva York, invitó a Sánchez y a Cuéllar a acompañarlo, con todos los gastos pagos, o como Belisario Betancur, autor del prólogo del libro y gran aficionado al ajedrez, quien más de una vez acudió al quite en beneficio de los jugadores nacionales. 

Sería interminable destacar los hitos que reseña el autor, como las visitas al país, en 1949, de Edward Lasker, en 1951 de Miguel Najdorf, famosamente derrotado por Julio Bravo, así como la actuación de Cuéllar en los torneos de Mar del Plata en 1952 y 1953, o la de Sánchez en el Interzonal de Suecia en 1952. De adehala. De Greiff nos regala los comentarios de los grandes maestros como Tartakover, Kotov y Moiseiev sobre las partidas del colombiano.

Otro momento notable es la olimpiada de Ámsterdam en 1954 (el mejor momento de Rivera y de De Greiff, sin duda, elogiado hasta por el campeón mundial Max Euwe). En los boletines del torneo no faltaron los comentarios despectivos: "Los colombianos [...] tienen un arma formidable en el continuo temblor de piernas de De Greiff y de Sánchez cuando se sientan al tablero...". Y asistimos con una carcajada a gestos de incredulidad ante la derrota, como el del yugoeslavo Trifunovic, quien declaró que en una partida Cuéllar le había hecho trampa, ¡hipnotizándolo!

Desfilan en el libro la olimpiada de Moscú, en 1956; la de Munich, en 1958; la de La Habana, en 1966; la de Siegen, en 1970... Destacan, como una verdadera curiosidad, los comentarios del holandés Donner a una partida contra Cuéllar, en la olimpiada de 1972, que contienen "perlas" como estas: "...con el rabillo del ojo lo observaba atentamente. Lentamente, y simulando la circunspección que los chambones piensan siempre que es el distintivo de las mentes superiores, ¡el indio colombiano movió el rey una casilla hacia adelante! [...] cuando se dio cuenta de lo que había hecho, el maldito se apuró otra vez por tiempo".

Desde el punto de vista documental, éste es, desde luego, el libro más importante de la serie que en los últimos años nos ha dado el autor. Sus comentarios a las partidas siguen el mismo método ensayado con tanto éxito en los dos libros anteriores y que sigo aplaudiendo con entusiasmo, que consiste en no atiborrar al lector con largos y fastidiosos análisis que sólo pueden desviar la atención de la belleza del juego, Señalando, después de la transcripción desnuda de la partida, cuáles fueron sus momentos claves y la anécdota humana que la rodeó. Y como para distensionar cualquier ambiente, los comentarios no solamente son divertidos sino en verdad cómicos, como cuando dice de una jugada: "Desde luego, la circunstancia de ser amigo personal de Alejin... no garantiza la corrección de este tipo de sacrificios...".

He comprobado que de las ciento cincuenta partidas que nos regala el autor no hay más de veinte en las bases de datos más importantes del mundo. La que no resiste análisis es la erudición de De Greiff, quien, como un investigador de manuscritos antiguos, es capaz de seguir las pistas arqueológicas de las ideas en las aperturas hasta libros que nadie conoce y que estaban en la biblioteca de su tío Otto.

El material gráfico es igualmente valioso, desde la fotografía de la portada, tomada en el Café Europa, vecino inmediato de la Casa del Florero, en 1944, hasta el homenaje que se hace a don Argemiro Londoño, un hombre humilde que ha esgrimido con orgullo durante medio siglo en sus tarjetas de presentación su insólita profesión: "el fotógrafo del ajedrez".

La última frase del libro es melancólica: "Pocos años más tarde, en 1982, sin haber vuelto a competir, fallecería Luis Augusto. Miguel, que siguió participando a comienzos de la década de los ochenta, habría de morir en 1985. En cuanto a mí, me retiré del ajedrez en 1979, pero continué con mi actividad como cronista del juego ciencia". Esperemos que, en una próxima entrega. De Greiff nos regale una recopilación de sus mejores columnas en el diario El Tiempo y luego, hasta el día de hoy, en la revista Cromos.

LUIS H. ARISTIZÁBAL