Reseñas. Boris es la enciclopedia viviente del ajedrez
colombiano
Debo decir que sí conozco, por relaciones familiares, y aquí,
por única vez en este libro puedo corregir a De Greiff, a la joven
colombiana que logró vencer a Alejin, doña Ana Caro Tanco (no
"de" Tanco como se afirma en el libro), una encantadora
dama bogotana hoy casi centenaria, nieta de don Miguel Antonio
Caro, la misma que tuvo durante muchos años una columna en el
diario El Tiempo, "Bridge avanzado", y sobre la que
alguna vez escribió una simpática crónica Daniel Samper Pizano.
Cuando le he preguntado sobre su partida con Alejin me ha dicho que
la ganó gracias a "unos vulgares calzoncillos" (en el
argot del ajedrez, el gráfico término "calzoncillos"
significa que un peón consigue atacar a dos piezas al mismo tiempo,
ganando por fuerza una de las dos). La anécdota es interesante por
varios motivos. En su Crónica de mi propia vida, Carlos Lleras
Restrepo, uno de los fanáticos asistentes al evento, nos cuenta que
los chismes de la época intentaron minimizar el triunfo de doña Ana
aduciendo que el galante campeón del mundo habría jugado con menos
energía de la habitual, seducido por los encantos de la joven
bogotana. Pero el lector podrá comprobar en el libro que a la
partida no le faltan méritos propios para desestimar el chisme
público. Una de las víctimas de Alejin en aquella memorable ocasión
fue otro gran aficionado, el director de El Tiempo, don Alfonso
Villegas Restrepo, quien ya en 1927 había contratado un servicio
especial de cable y publicado día a día, y en primera página, todas
las incidencias del primer "match del siglo", jugado en
Buenos Aires entre Alejin y Capablanca.
"En aquellos tiempos era noticia la celebración de un
torneo internacional en estas latitudes". El primer gran
torneo en Medellín (19431944) acompañó a la primera Gran Exposición
en la ciudad... que vio llegar a personajes del mundo musical tan
célebres como Tatiana Goncharova y Nicanor Zabaleta. Ese torneo
terminó con el primer gran escándalo por las "mangualas"
entre los ganadores. Por lo demás, hasta el día de hoy no se conoce
método alguno para evitarlas, y el autor de esta nota opina que
mientras se juegue por premios en dinero se acepta tácitamente
entrar en ellas y en los arreglos que indisimuladamente son ya
parte integrante de las prácticas deportivas.
De Greiff trae datos maravillosos. En una época, y desde su
"Danza de las horas", el periodista Calibán pedía puestos
diplomáticos para los heroicos jugadores colombianos. Jósiv Stalin
envió un telegrama de felicitaciones a Miguel Cuéllar, quien lo
exhibió con orgullo hasta el 9 de abril de 1948, cuando lo escondió
por "peligroso". Igualmente anota y agradece la presencia
de mecenas, que al ajedrez nunca le han faltado, como don Luis
Salomón, quien, para no asistir en solitario a un gran torneo en
Nueva York, invitó a Sánchez y a Cuéllar a acompañarlo, con todos
los gastos pagos, o como Belisario Betancur, autor del prólogo del
libro y gran aficionado al ajedrez, quien más de una vez acudió al
quite en beneficio de los jugadores nacionales.
Sería interminable destacar los hitos que reseña el autor, como
las visitas al país, en 1949, de Edward Lasker, en 1951 de Miguel
Najdorf, famosamente derrotado por Julio Bravo, así como la
actuación de Cuéllar en los torneos de Mar del Plata en 1952 y
1953, o la de Sánchez en el Interzonal de Suecia en 1952. De
adehala. De Greiff nos regala los comentarios de los grandes
maestros como Tartakover, Kotov y Moiseiev sobre las partidas del
colombiano.
Otro momento notable es la olimpiada de Ámsterdam en 1954 (el
mejor momento de Rivera y de De Greiff, sin duda, elogiado hasta
por el campeón mundial Max Euwe). En los boletines del torneo no
faltaron los comentarios despectivos: "Los colombianos [...]
tienen un arma formidable en el continuo temblor de piernas de De
Greiff y de Sánchez cuando se sientan al tablero...". Y
asistimos con una carcajada a gestos de incredulidad ante la
derrota, como el del yugoeslavo Trifunovic, quien declaró que en
una partida Cuéllar le había hecho trampa,
¡hipnotizándolo!

Desfilan en el libro la olimpiada de Moscú, en 1956; la de
Munich, en 1958; la de La Habana, en 1966; la de Siegen, en 1970...
Destacan, como una verdadera curiosidad, los comentarios del
holandés Donner a una partida contra Cuéllar, en la olimpiada de
1972, que contienen "perlas" como estas: "...con el
rabillo del ojo lo observaba atentamente. Lentamente, y simulando
la circunspección que los chambones piensan siempre que es el
distintivo de las mentes superiores, ¡el indio colombiano
movió el rey una casilla hacia adelante! [...] cuando se dio cuenta
de lo que había hecho, el maldito se apuró otra vez por
tiempo".
Desde el punto de vista documental, éste es, desde luego, el
libro más importante de la serie que en los últimos años nos ha
dado el autor. Sus comentarios a las partidas siguen el mismo
método ensayado con tanto éxito en los dos libros anteriores y que
sigo aplaudiendo con entusiasmo, que consiste en no atiborrar al
lector con largos y fastidiosos análisis que sólo pueden desviar la
atención de la belleza del juego, Señalando, después de la
transcripción desnuda de la partida, cuáles fueron sus momentos
claves y la anécdota humana que la rodeó. Y como para distensionar
cualquier ambiente, los comentarios no solamente son divertidos
sino en verdad cómicos, como cuando dice de una jugada: "Desde
luego, la circunstancia de ser amigo personal de Alejin... no
garantiza la corrección de este tipo de sacrificios...".
He comprobado que de las ciento cincuenta partidas que nos
regala el autor no hay más de veinte en las bases de datos más
importantes del mundo. La que no resiste análisis es la erudición
de De Greiff, quien, como un investigador de manuscritos antiguos,
es capaz de seguir las pistas arqueológicas de las ideas en las
aperturas hasta libros que nadie conoce y que estaban en la
biblioteca de su tío Otto.
El material gráfico es igualmente valioso, desde la fotografía
de la portada, tomada en el Café Europa, vecino inmediato de la
Casa del Florero, en 1944, hasta el homenaje que se hace a don
Argemiro Londoño, un hombre humilde que ha esgrimido con orgullo
durante medio siglo en sus tarjetas de presentación su insólita
profesión: "el fotógrafo del ajedrez".
La última frase del libro es melancólica: "Pocos años más
tarde, en 1982, sin haber vuelto a competir, fallecería Luis
Augusto. Miguel, que siguió participando a comienzos de la década
de los ochenta, habría de morir en 1985. En cuanto a mí, me retiré
del ajedrez en 1979, pero continué con mi actividad como cronista
del juego ciencia". Esperemos que, en una próxima entrega. De
Greiff nos regale una recopilación de sus mejores columnas en el
diario El Tiempo y luego, hasta el día de hoy, en la revista
Cromos.
LUIS H. ARISTIZÁBAL