Reseñas. Boris es la enciclopedia viviente del ajedrez
colombiano
Boris es la enciclopedia viviente del ajedrez
colombiano
Jaque al olvido
Boris de Greiff
(prólogo de Belisario Betancur)
El Navegante Editores, Bogotá, 2004, 197 Págs.
Uno de los principales protagonistas de este libro, el maestro
Miguel Cuéllar Gacharná (1916-1985), nos dijo un día a varios
jóvenes que estábamos reunidos en el antiguo y desapacible recinto
en que funcionó durante muchos años la Liga de Ajedrez de Bogotá,
en la carrera 7.a, llegando a la calle 19: "A uno le va en la
vida según el tiempo que le dedique a cada actividad. Yo fui al
mismo tiempo campeón nacional de ajedrez y campeón nacional de
billar. Y supe que si quería seguir siendo campeón de algo, tenía
que abandonar una de las dos actividades".
El autor de esta reseña, cuya divisa, como la de La Fontaine, es
la diversidad, gracias a la cual se ha ganado en algún círculo la
dudosa reputación de "experto en general", ha intentado
no ser campeón nacional de nada, pero tampoco piensa abandonar nada
de lo que le gusta, sino combinar con inmenso placer varias
actividades aparentemente incompatibles, por el tiempo que
requieren, con el juego ciencia.
Pienso con admiración en un Marcel Duchamp o en un Vladímir
Nabokov; el primero, no sólo uno de los artistas más famosos del
siglo XX sino jugador profesional de ajedrez que enfrentó en
torneos a los mejores de su tiempo; el segundo, tal vez no tan buen
jugador pero sí especialista en el nada desdeñable pasatiempo de
fabricar problemas de ajedrez, que alternaba con la entomología y,
sobra decirlo, con la literatura. Ambos, en todo, fueron
excelentes.
Pues bien. Al igual que Boris de Greiff, mucho ha sido el tiempo
que he robado a la literatura en beneficio de la música o del
fútbol, pero sobre todo del ajedrez. He sido jugador empedernido.
Casi vicioso. Como de Greiff, a un nivel mucho más modesto, he sido
jugador a lo largo y ancho del planeta, mecenas, directivo,
profesor, arbitro, periodista de ajedrez. El mismo De Greiff
cuenta como anécdota que se enteró de un oscuro torneo jugado en
Neiva gracias a una columna mía que apareció en una revista en
lengua alemana. Como jugador, mi estilo se caracteriza por una
mezcla entre el genio y la estupidez. He batido a grandes maestros
y perdido con aficionados. Por estar desde muy joven en el medio,
conocí a unos pocos de los héroes de este libro, los que hicieron
la primera historia de nuestro ajedrez, en la primera parte del
siglo XX. Conozco a todos los que hicieron la historia de la
segunda parte del siglo: Alonso Zapata, Gildardo García, Carlos
Cuartas, Óscar Castro, Raúl Henao, José Antonio Gutiérrez, Rafael
Mendoza, Jorge González, Alejandro Acosta, Carlos Ramírez, Adriana
Salazar... A todos ellos los considero mis amigos personales, a
algunos los he encontrado en competencias en el exterior y aspiro a
escribir algún día al menos parte de su historia, si Dios me da
vida, talento y, sobre todo, editor.
Aunque más joven que los grandes maestros de esa época, Boris de
Greiff es no solamente el único sobreviviente sino la enciclopedia
viviente del ajedrez colombiano. Y si no se le hubiera ocurrido
guardar sus recuerdos y convertirlos en libro, utilizando los
recursos literarios heredados de su padre, todo esto se habría
perdido para siempre. Que de eso no quede ninguna duda. Por eso el
título es de una inusitada perfección: Jaque al
olvido.

Este admirable libro, que he recibido con sin igual regocijo, y
que prosigue la serie que ha emprendido de Greiff, está dedicado a
la memoria del maestro Luis Augusto Sánchez, cuyo nombre hoy quizá
no diga nada a muchos pero que era muy conocido por todos los
colombianos hasta los años sesenta. Nunca hablé con el excéntrico
maestro, "flacuchento, de vivaces ojos hundidos en unas
cuencas abismales", según la descripción de Abraham Borja, y
el mayor recuerdo que tengo de él es cuando llegaba a la Liga de
Bogotá y se sentaba en un viejo sofá, al que también subía los
pies, de tal modo que su figura enjuta y alargada simulaba un
gigantesco saltamontes a punto de saltar sobre su presa. Pocos días
antes de morir, Sánchez tuvo la brillante idea de confiar sus
manuscritos a Boris de Greiff, intuyendo que este libro existiría
algún día.
Además de Cuéllar y Sánchez, las glorias de la primera parte del
siglo, tuve la suerte de conocer también al tercero en discordia,
el excéntrico Carlos Rivera (1916-1989), quien muy pronto se retiró
del ajedrez, porque consideraba que su afición era un vicio peor
que el del alcohol y la droga. Aun así, y gracias a la amistad de
sus hijos, tuve el privilegio de jugar con él en agradables tardes
domingueras. Conocí asimismo al maestro Abraham Borja (192020oi),
bogotanísimo y afectuoso, que condescendía a compartir siempre con
los más jóvenes sus profundos conocimientos y su charla siempre
animada y picante. De resto, yo que me precio de ser curioso en los
temas que me interesan, no conocía el diez por ciento de todo lo
que cuenta De Greiff en este libro y mucho menos la selección de
partidas que vaya uno a saber de dónde sacó. El cuarto en
discordia, sin discordia porque era el único que se llevaba bien
con los demás y que terminó "envuelto en la muy áspera
rivalidad que los acompañó hasta la tumba" a Sánchez y a
Cuéllar, es precisamente Boris de Greiff, quien en la práctica era
el capitán de un equipo olímpico colombiano que se daba el lujo de
apabullar a equipos tan poderosos como el de Hungría... Boris era,
por así decirlo, el capitán intelectual: hablaba varios idiomas,
entre ellos el ruso, y era amigo personal de todos los mejores
jugadores del mundo...
Cuéllar y Sánchez se detestaban cordialmente. Cuenta De Greiff
que Sánchez tenía dos perros, uno fino y otro gozque: "Al
primero le puse como nombre Alekín, para tirarme al Campeón, que me
derrotó en las simultáneas del año 39, y al chandoso lo bauticé
Cuéllar, para tirarme al perro".
En aquellos tiempos el ajedrez, como la literatura y la poesía,
se jugaba en los cafés bogotanos. De ahí esa identificación dudosa
que aún conserva, junto con el billar, de ser un "juego de
cantina" más que de clubes sociales.
El libro se inicia con el primer gran suceso del ajedrez
colombiano: la visita, en 1939, en vísperas de la Gran Guerra, del
campeón mundial en ejercicio, doctor Alexandr Alejin (lo dejo como
lo escribe Boris, que al parecer es la forma fonética correcta, más
que la más aceptada internacionalmente, Alekhine). Por razones
cronológicas obvias no conocí a Alejin pero sí visité su tumba en
el año 1999, en el cementerio parisino de Montparnasse, pocos días
antes de que un huracán decembrino la redujera a escombros.
