Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Boris es la enciclopedia viviente del ajedrez colombiano

Boris es la enciclopedia viviente del ajedrez colombiano

Jaque al olvido

Boris de Greiff
(prólogo de Belisario Betancur)
El Navegante Editores, Bogotá, 2004, 197 Págs.

 

Uno de los principales protagonistas de este libro, el maestro Miguel Cuéllar Gacharná (1916-1985), nos dijo un día a varios jóvenes que estábamos reunidos en el antiguo y desapacible recinto en que funcionó durante muchos años la Liga de Ajedrez de Bogotá, en la carrera 7.a, llegando a la calle 19: "A uno le va en la vida según el tiempo que le dedique a cada actividad. Yo fui al mismo tiempo campeón nacional de ajedrez y campeón nacional de billar. Y supe que si quería seguir siendo campeón de algo, tenía que abandonar una de las dos actividades".

El autor de esta reseña, cuya divisa, como la de La Fontaine, es la diversidad, gracias a la cual se ha ganado en algún círculo la dudosa reputación de "experto en general", ha intentado no ser campeón nacional de nada, pero tampoco piensa abandonar nada de lo que le gusta, sino combinar con inmenso placer varias actividades aparentemente incompatibles, por el tiempo que requieren, con el juego ciencia.

Pienso con admiración en un Marcel Duchamp o en un Vladímir Nabokov; el primero, no sólo uno de los artistas más famosos del siglo XX sino jugador profesional de ajedrez que enfrentó en torneos a los mejores de su tiempo; el segundo, tal vez no tan buen jugador pero sí especialista en el nada desdeñable pasatiempo de fabricar problemas de ajedrez, que alternaba con la entomología y, sobra decirlo, con la literatura. Ambos, en todo, fueron excelentes.

Pues bien. Al igual que Boris de Greiff, mucho ha sido el tiempo que he robado a la literatura en beneficio de la música o del fútbol, pero sobre todo del ajedrez. He sido jugador empedernido. Casi vicioso. Como de Greiff, a un nivel mucho más modesto, he sido jugador a lo largo y ancho del planeta, mecenas, directivo, profesor, arbitro, periodista de ajedrez. El mismo De Greiff
cuenta como anécdota que se enteró de un oscuro torneo jugado en Neiva gracias a una columna mía que apareció en una revista en lengua alemana. Como jugador, mi estilo se caracteriza por una mezcla entre el genio y la estupidez. He batido a grandes maestros y perdido con aficionados. Por estar desde muy joven en el medio, conocí a unos pocos de los héroes de este libro, los que hicieron la primera historia de nuestro ajedrez, en la primera parte del siglo XX. Conozco a todos los que hicieron la historia de la segunda parte del siglo: Alonso Zapata, Gildardo García, Carlos Cuartas, Óscar Castro, Raúl Henao, José Antonio Gutiérrez, Rafael Mendoza, Jorge González, Alejandro Acosta, Carlos Ramírez, Adriana Salazar... A todos ellos los considero mis amigos personales, a algunos los he encontrado en competencias en el exterior y aspiro a escribir algún día al menos parte de su historia, si Dios me da vida, talento y, sobre todo, editor.

Aunque más joven que los grandes maestros de esa época, Boris de Greiff es no solamente el único sobreviviente sino la enciclopedia viviente del ajedrez colombiano. Y si no se le hubiera ocurrido guardar sus recuerdos y convertirlos en libro, utilizando los recursos literarios heredados de su padre, todo esto se habría perdido para siempre. Que de eso no quede ninguna duda. Por eso el título es de una inusitada perfección: Jaque al olvido.

Este admirable libro, que he recibido con sin igual regocijo, y que prosigue la serie que ha emprendido de Greiff, está dedicado a la memoria del maestro Luis Augusto Sánchez, cuyo nombre hoy quizá no diga nada a muchos pero que era muy conocido por todos los colombianos hasta los años sesenta. Nunca hablé con el excéntrico maestro, "flacuchento, de vivaces ojos hundidos en unas cuencas abismales", según la descripción de Abraham Borja, y el mayor recuerdo que tengo de él es cuando llegaba a la Liga de Bogotá y se sentaba en un viejo sofá, al que también subía los pies, de tal modo que su figura enjuta y alargada simulaba un gigantesco saltamontes a punto de saltar sobre su presa. Pocos días antes de morir, Sánchez tuvo la brillante idea de confiar sus manuscritos a Boris de Greiff, intuyendo que este libro existiría algún día.

Además de Cuéllar y Sánchez, las glorias de la primera parte del siglo, tuve la suerte de conocer también al tercero en discordia, el excéntrico Carlos Rivera (1916-1989), quien muy pronto se retiró del ajedrez, porque consideraba que su afición era un vicio peor que el del alcohol y la droga. Aun así, y gracias a la amistad de sus hijos, tuve el privilegio de jugar con él en agradables tardes domingueras. Conocí asimismo al maestro Abraham Borja (192020oi), bogotanísimo y afectuoso, que condescendía a compartir siempre con los más jóvenes sus profundos conocimientos y su charla siempre animada y picante. De resto, yo que me precio de ser curioso en los temas que me interesan, no conocía el diez por ciento de todo lo que cuenta De Greiff en este libro y mucho menos la selección de partidas que vaya uno a saber de dónde sacó. El cuarto en discordia, sin discordia porque era el único que se llevaba bien con los demás y que terminó "envuelto en la muy áspera rivalidad que los acompañó hasta la tumba" a Sánchez y a Cuéllar, es precisamente Boris de Greiff, quien en la práctica era el capitán de un equipo olímpico colombiano que se daba el lujo de apabullar a equipos tan poderosos como el de Hungría... Boris era, por así decirlo, el capitán intelectual: hablaba varios idiomas, entre ellos el ruso, y era amigo personal de todos los mejores jugadores del mundo... 

Cuéllar y Sánchez se detestaban cordialmente. Cuenta De Greiff que Sánchez tenía dos perros, uno fino y otro gozque: "Al primero le puse como nombre Alekín, para tirarme al Campeón, que me derrotó en las simultáneas del año 39, y al chandoso lo bauticé Cuéllar, para tirarme al perro".

En aquellos tiempos el ajedrez, como la literatura y la poesía, se jugaba en los cafés bogotanos. De ahí esa identificación dudosa que aún conserva, junto con el billar, de ser un "juego de cantina" más que de clubes sociales.

El libro se inicia con el primer gran suceso del ajedrez colombiano: la visita, en 1939, en vísperas de la Gran Guerra, del campeón mundial en ejercicio, doctor Alexandr Alejin (lo dejo como lo escribe Boris, que al parecer es la forma fonética correcta, más que la más aceptada internacionalmente, Alekhine). Por razones cronológicas obvias no conocí a Alejin pero sí visité su tumba en el año 1999, en el cementerio parisino de Montparnasse, pocos días antes de que un huracán decembrino la redujera a escombros.